YO SOY TU PADRE

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 14 de febrero de 2018)

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El politólogo Patricio Navia solía decir que Pinochet es el padre del nuevo Chile. De su rostro actual. De su fisonomía político-social. Siempre me gustó esa metáfora. Pero me he convencido últimamente que ese título le queda mejor a la Concertación. Ella tiene la paternidad (o maternidad) del nuevo Chile. La Concertación fue la síntesis perfecta de lo que había que producir después de la tesis upelienta y la antítesis dictatorial. Se juntaron en una misma fuerza una serie de voces que expresaban distintos temperamentos ideológicos y que no habían actuado antes juntas. Los viudos de Allende trajeron su renovación socialista y los herederos de Frei Montalva su reformismo legalista. Persistieron las diferencias en el discurso económico, pero no fueron tantas tampoco. La Concertación descubrió desde su tierna infancia que el crecimiento es condición sine qua non. Su proyecto fue eminentemente político y se llamó democracia, que para estos efectos significaba desinfección progresiva del tutelaje militar. En ese sentido, su legado es profundamente liberal.

La Concertación fue el matrimonio por conveniencia entre el humanismo cristiano y el humanismo laico. Dos tribus originalmente antagónicas que tuvieron que compartir la habitación de los ministerios. Más importante que eso: tuvieron que compartir problemas y pensar juntos en soluciones. No es un pegamento que dure para siempre, pero dura lo suficiente. Piñera acaba de felicitar a “Chile Vamos” porque “pocas coaliciones políticas han logrado tanto, tan valioso y en poco tiempo”. Suena algo ridículo cuando pensamos en la coalición que recuperó la democracia y gobernó invicta por veinte años. La Concertación parió al Chile que marchó el 2011.

Un buen proxy para conocer a los padres es examinar a los hijos. El caso de la Concertación y los suyos es una linda historia. Cada uno venía con hijos de anteriores relaciones. Recuerdo las disputas universitarias de los noventa: a un lado se sentaba la familia democratacristiana, al otro lado la familia progresista. Pero con el tiempo tuvieron hijos juntos. Hijos culturalmente similares. Hijos que ya no podían determinar con facilidad si eran humanistas laicos o humanistas cristianos. El límite se difuminó. ¿Se acuerdan de Sebastián Bowen, fugaz jefe de campaña de Frei en 2009? Siempre lo vi como el vástago más químicamente puro de ese coito doctrinario: un auténtico socialcristiano progresista. En Bowen era difícil distinguir donde comenzaba el humanismo cristiano y empezaba el humanismo laico. Si hubiese estudiado un par de años después, habría militado en el NAU, semillero de Revolución Democrática. Es precisamente en RD donde mejor se advierte esta fusión cromosómica. Son los hijos comunes de ese acuerdo conyugal llamado Concertación. Que intenten matar al padre es otra historia. Es lo que deben hacer los hijos a cierta edad. Lo importante es que la Concertación, como esas parejas que ya no se llevan, siguió unida por el bien de la familia. Un matrimonio que duró casi 30 años, ¿qué más quieren?

El eje de ese acuerdo fue lo que Mirko Macari denomina el “partido del orden”, un pacto de hierro forjado en el odio al dictador, la coincidencia estratégica y el sentido excluyente del poder.  Un engranaje vaticano cuyos cardenales fueron los Gutenberg, los Escalonas, los Zaldívar, los Viera-Gallo, los Arriagada, los Núñez, entre otros. Un reinado de príncipes florentinos que se fueron poniendo viejos, guatones y pelados en el ejercicio de sus delicadas magistraturas. Hay gente que le tiene mala a la cultura Mapu. Yo creo que fue indispensable. Podemos juzgarlos por venderse al libremercadismo y traicionar la revolución. Pero algún día la historia los reconocerá como el grupo que captó oportunamente que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Donde algunos ven claudicación, otros identifican realismo y madurez. Nadie va a escribir poemas románticos sobre el Mapu y menos sobre la Concertación y el partido transversal que le dio sustento político. Salvo que sea un poema Parriano. A Parra, me atrevo a pensar, le caía bien la Concertación pues había algo muy chileno en ella. Esa seriedad de funcionario público. Ese temor disfrazado de mesura. La obsesión por el reconocimiento internacional. La sacada de vuelta en horario laboral. Los vidrios polarizados. El primer viaje en avión con la familia. El colegio particular subvencionado con copago. Radio Cooperativa y el primer café. La Fundación Chile 21. Diputados y empresarios como héroes nacionales, antes de la crisis reputacional que les pegó a todos. Las ganas de pintar un arco iris en el rincón menos colorido de Latinoamérica. El catolicismo. Sobre todo, el catolicismo. La Concertación no quiso destape a la española. Selló una alianza fáctica con la Iglesia y se encargó de dosificar el cambio cultural que anunciaba la modernización capitalista. Hasta sus socialistas fueron católicos. Decían que Chile no estaba preparado para, bueno, para nada. Tuvieron que ser dos parlamentarios democratacristianos de misa dominical los promotores de la ley de divorcio. Era la única manera de avanzar. Y fue un parto con fórceps.

La Concertación me recuerda la canción que Piero le dedica a su viejo. Un buen tipo que creció con el siglo, la figura pesada, sin carnaval ni comparsa. Ahora ya camina lento porque la edad se le vino encima. Pero es nuestro querido viejo. Somos su sangre y su tiempo.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/02/14/columna-cristobal-bellolio-padre/

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