Archive for 30 abril 2018

TOD@S ÍBAMOS A SER CAMILA

abril 30, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 26 de abril de 2018)

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No hay generación de dirigentes universitarios que no quiera inscribir su nombre en la historia, que no quiera convertirse en un héroe de la calle, que no quiera dejar su marca en la trayectoria del movimiento estudiantil, que no quiera correr la frontera de lo posible. No hay dirigente universitario, en este sentido, que no quiera vivir lo que vivieron Camila Vallejo o Giorgio Jackson.

Sin embargo, no todos pueden ser Camila o Giorgio. Las condiciones que se dieron en 2011 no se repiten todos los años. Una cosa es la voluntad de los nuevos dirigentes y su convicción en torno a la justicia de su causa. Otra cosa es que concurran todos los ingredientes del cóctel explosivo que amargó el primer gobierno de Sebastián Piñera, cuando la gran mayoría de la ciudadanía se sumó con entusiasmo a las demandas de los estudiantes movilizados. O como ocurrió en la revolución pingüina de 2006, cuando hasta las señoras empingorotadas tocaban la bocina en sus Subaru Outback para manifestar su apoyo. Tener a los estudiantes marchando en la Alameda es el desde. Los movimientos sociales que ponen entre las cuerdas a los gobiernos necesitan más que eso.

La pregunta que viene a continuación es si acaso dichas condiciones podrían repetirse durante el segundo mandato de Piñera. Y la respuesta es: difícil. Muy difícil. Esto no tiene que ver necesariamente con la calidad de los nuevos dirigentes. Si bien es cierto que las cualidades personales de Camila y Giorgio fueron fundamentales para el atractivo del movimiento del 2011, lo que conspira contra la posibilidad de una renovada efervescencia social en torno al tema de la educación es que la mayoría de la población percibe que las demandas de ese mundo ya están siendo procesadas por el sistema político.

Aunque parcial, la gratuidad en la educación superior es una realidad. Hace una década, lo más osado que proponía la izquierda universitaria era arancel diferenciado. En efecto, la generación del 2011 corrió la frontera ideológica de lo posible. En materia de educación particular subvencionada, lograron que Bachelet derribara el lucro, la selección y el copago. De yapa, el viejo anhelo de la desmunicipalización. En esto tiene razón el ministro Gerardo Varela: en lo grueso, los jóvenes ya ganaron. Lo confirmó Piñera: la gratuidad llegó para quedarse y la ley de inclusión no será modificada en lo sustantivo. Al año 2018, quedan muchos otros grupos de la población que aún no ganan: los viejos con malas pensiones, los enfermos en listas de espera y las víctimas de la delincuencia, por nombrar sólo algunos. Sería raro que la ciudadanía se sumara con renovada efervescencia a una agenda que considera más o menos satisfecha, existiendo otras prioridades tan evidentes.

En este contexto, es plenamente entendible que los estudiantes exageren con histeria contratiempos menores como el fallo del Tribunal Constitucional -sobre un artículo que no es tan importante si se mira la película completa- o los exabruptos verbales del propio Varela sobre las virtudes sexuales de sus hijos. Necesitan que la opinión pública los penalice con la misma severidad para construir sentido de urgencia política. Necesitan ponerle todo el color del mundo para que la ciudadanía se ponga nuevamente en pie de guerra contra la derecha. Es dudoso que lo logren.

Salvo, por cierto, que el gobierno de Piñera ponga su ineptitud estratégica al servicio de la causa. Las salidas de libreto de los ministros son problemáticas, pero curiosamente le estaban haciendo un favor al presidente: en el contraste con el error, la figura de Piñera crece. En vez de piñericosas se comenzó a hablar de las varelicosas. Hasta que designa a su propio hermano como embajador en Argentina -una imbecilidad política que no admite eufemismos suavizantes. Si durante el primer gobierno la oposición se dio un festín apuntando los diversos conflictos de interés del primer mandatario y su gabinete, esta vez no les ha costado mucho instalar la narrativa de una derecha nepotista. Aunque esto no tiene que ver directamente con los estudiantes, les sirve para subir la temperatura anti-oficialista. En resumen, las posibilidades del movimiento estudiantil son proporcionales a las provocaciones del gobierno. Si los dardos se concentran en Varela, no es el acabose. Varela es un amortiguador y un fusible. Si el amortiguador se gasta, se busca otro. Lo que el gobierno debe evitar es que Piñera cometa torpezas que le aviven la cueca a una nueva camada de dirigentes que está esperando una ventana de oportunidad para ser protagonista. Porque ésa es la expectativa del dirigente estudiantil: vivir, aunque sea un poco, eso que vivieron Camila y Giorgio una mañana de agosto bajo los paraguas.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/28/columna-cristobal-bellolio-tods-ibamos-camila/

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EL DENG XIAOPING CHILENO

abril 26, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 19 de abril de 2018)

Corría la campaña presidencial de 1999 y el candidato Joaquín Lavín decía que no le importaba si las ideas eran de izquierda o de derecha en la medida que funcionaran bien. Imposible no compararlo con el pragmatismo del líder que gobernó China desde 1978 a 1989. Lavín y Deng Xiaoping coinciden en que da lo mismo el color del gato, lo relevante es que cace ratones. En su momento, el conservadurismo -que miraba con horror como Lavín firmaba piernas en San Camilo- pensó que se trataba de una estrategia para conseguir el poder. Había que desideologizar el debate para no sufrir más derrotas a manos de una izquierda que se manejaba mejor en ese terreno. La esperanza era que Lavín se comportara como un gobernante genuinamente de derecha una vez en La Moneda. El resto de la historia es conocida: Lavín se desinfló y Piñera se metió por los palos. Hoy, los nuevos intelectuales de la derecha -esos que dicen dar la batalla de las ideas desde fundaciones y centros de estudios- juzgan con dureza la escasa densidad del “cosismo”, como llegó a ser conocida la propuesta lavinista.

Sin embargo, ahí está Lavín: sonriendo con el candor de Milhouse Mussolini Van Houten y gozando de estupenda salud política. Según los números que arrojó una reciente encuesta, el alcalde de Las Condes es el político mejor evaluado del momento. Lavín revive con el frenetismo ejecutivo de la función edilicia. Lo pasó mal en el gabinete. Duró poco en educación. Su gestión en esa cartera fue testimonio de la incapacidad del primer gobierno de Piñera para conectarse con la frecuencia política del desafío que planteaban los estudiantes. Esas movilizaciones, por si fuera poco, parieron una nueva generación dorada para la izquierda chilena. Lavín fue entonces reciclado en el Ministerio de Desarrollo Social, donde pasó sin pena ni gloria. En 2013, cuando a la coalición de gobierno se le empezaron a fundir los candidatos presidenciales, nadie pensó en Lavín. Hasta Evelyn Matthei venía antes en la línea de sucesión. En 2016 tuvo que dejarle el paso a Felipe Alessandri en Santiago. Y se recluyó en su viejo elemento: la comuna-ciudad que lo vio brillar en los noventa. Usa drones para ver lo que está pasando y navega en redes sociales conversando con los vecinos. Fue a comerse un panqueque con una tuitera. Lo disfruta tanto que llega a doler. Lo que parecía ser un premio termal a la trayectoria para coronar su carrera, se está convirtiendo en un pasaje de regreso a la competencia.

Su resurrección política revuelve el gallinero con miras al codiciado segundo período que la derecha espera obtener después de Piñera. Es una mala noticia para Felipe Kast. El pragmatismo de Lavín se extiende a la dimensión moral-cultural. Si hay que liberalizarse, Lavín se liberaliza. A estas alturas, después de tanto camino recorrido y una vida familiar que probablemente le resultó distinta a lo pensado, uno esperaría menos dogmatismo numerario y más escepticismo hayekiano. Así, Evópoli dejaría de ser especial en la derecha. Es también una complicación para José Antonio Kast, quien necesita recuperar el corazón gremialista para dejar la marginalidad política. Lavín, en cambio, es el recuerdo vivo de los mejores momentos de la UDI. Es probable que aun conserve sus redes intactas. Es el único de la generación de los coroneles que tiene algún futuro político. JAK lo acaba de recriminar por su entusiasmo ante la inmobiliaria popular del alcalde comunista de Recoleta, Daniel Jadue. Le recordó sus tiempos de bacheletismo-aliancismo. Pero Lavín sabe que gana si la opinión pública lo percibe como un político capaz de cruzar las fronteras partidistas. Tampoco son buenas noticias para Manuel José Ossandón. Si se trata de haber administrado municipalidades, están a mano. Si se trata de derechas sociales, Lavín también tiene su narrativa. Su último round con Vitacura es pura ganancia: mientras Torrealba quiere áreas verdes, Lavín quiere viviendas sociales. Es, finalmente, un obstáculo más para Andrés Allamand. En tiempos de renovación, no hay espacio para dos veteranos. El presidente Piñera, por su parte, desearía que su delfín saliera de la exposición y el brillo que permite el gabinete.

Lavín dice que no está disponible para aventuras presidenciales. Es justamente lo que tiene que decir. Anunciar con letras de liquidación que no está interesado en nada más que en su gestión municipal. Pero si los números lo avalan, no hay espacio para hacerle el quite a la responsabilidad. Lavín está de vuelta. Con él vuelve el cosismo y la filosofía gatuna de Deng Xiaoping.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/21/deng-xiaoping-chileno/

MÁS RELIGIÓN, MENOS CATEQUESIS

abril 20, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de abril de 2018)

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La visita del Papa Francisco a Chile sirvió, entre otras cosas, para volver a conversar sobre los requisitos de un estado laico, categoría que supuestamente describe al nuestro. Supuestamente, porque la Constitución no lo dice con todas sus letras. El nuevo texto que Michelle Bachelet envió al Congreso aprovechando sus últimas horas en el poder tampoco lo señala. Por el contrario, insiste en la idea básica de libertad de culto y valida las excepciones tributarias para las iglesias. A pesar de lo anterior, y gracias a las gestiones de Arturo Alessandri, se suele decir que la religión y el Estado están institucionalmente separados en Chile desde 1925.

En ese contexto, se hace especialmente interesante reflexionar sobre la pertinencia del controvertido Decreto 924 de 1983, que regula las clases de religión en la educación escolar. Una serie de organizaciones y personas naturales se han unido en el movimiento “Por una Educación Laica” para levantar una voz común contra dicha normativa. En lo central, el Decreto en comento establece que todos los establecimientos educacionales del país deben destinar dos horas lectivas semanales a la enseñanza de (al menos) una religión. En la práctica, dada la escasez de recursos físicos e intelectuales, se enseña sólo la versión católica. Los padres conservan el derecho, eso sí, de eximir a sus hijos. En la práctica, nuevamente, la eximición presenta una serie de problemas. Según los informes disponibles, más de la mitad de los alumnos eximidos tienen que quedarse en la sala mientras se imparte la clase –o más bien, la catequesis. En aquellos casos en que la infraestructura lo permite, pueden irse a biblioteca o realizar actividades alternativas. Pero la norma general es que el adoctrinamiento católico se impone por defecto. Tanto es así que la única manera en que los estudiantes de un colegio pueden reemplazar religión por otra área del conocimiento –como lo dispone una ordenanza de 2010- es cuando todos los apoderados así lo acuerdan. Basta uno sólo que se oponga para que se retorne al sistema por defecto.

Llama la atención que el Decreto 924 no distingue entre colegios públicos y particulares pagados a la hora de regular la eximición. En teoría, los padres podrían pedir que sus hijos no fueran sometidos al régimen general de clases de religión incluso en los colegios confesionales. Estos últimos, sin embargo, han encontrado la forma de burlar esta disposición a través de la asignatura de “formación cristiana”, que se evalúa con nota de uno a siete al igual que todas las demás. En mis tiempos, al menos, no entraba en el promedio. Me soplan que ahora sí. El Ministerio de Educación ha avalado esta práctica. En resumen, las violaciones al espíritu de la ley –que debiese resguardar el derecho a una educación libre de proselitismo religioso como corresponde en un estado laico- son sistemáticas y nuestras autoridades raramente se inmutan. A propósito de la publicación de “Ateos fuera del Clóset” (Debate, 2014), recibí decenas de testimonios que confirman esta triste realidad.

Eliminar el Decreto 924 es imperativo. Pero ello no significa promover el ateísmo o cultivar una actitud hostil ante la religiosidad o la fe. Un curso que adoctrine a los niños en un sentido inverso es igualmente tóxico para el compromiso de neutralidad religiosa que debe adoptar el poder político en una democracia liberal. Tampoco implica formar analfabetos teológicos. El fenómeno religioso es tan intelectualmente fascinante como integrante central de la cultura humana. La religión está en la historia del arte, de la arquitectura, de la música, de la política. Por otra parte, la psicología evolutiva sospecha que estamos cableados para creer en poderes sobrenaturales. El teísmo todavía ofrece algunas hipótesis (algunas más competitivas que otras) sobre el origen de la vida, qué pasa cuando dejamos de existir en este mundo y cuáles son las fuentes últimas de la moralidad. Sería una pena que nuestros hijos sólo tuviesen acceso a dichos debates a través de la óptica particular de la familia o la parroquia. La educación pública y privada debiese entregar las herramientas necesarias para participar de estas fundamentales discusiones, en un marco de respeto a las distintas visiones éticas y religiosas existentes, y sobre todo estimulando el pensamiento crítico. Lo que hay que rechazar es el proselitismo teológico, no los estudios sobre la religión per se. Por el contrario, como ha sugerido Daniel Dennett, ojalá hubiese más y no menos religión en ese sentido.

Ojalá hubiese más educación sobre los distintos credos, sus presupuestos metafísicos,  epistemológicos y cosmológicos. Más educación sobre los distintos rituales y cómo diferentes comunidades encarnan de diversas maneras la espiritualidad y el anhelo de trascendencia. Más educación sobre los aportes del pensamiento religioso a la construcción de un mundo más justo, desde el rol de los clérigos en las luchas por los derechos civiles hasta el trabajo que realizan día a día en nuestras cárceles, desde el florecimiento intelectual del Islam en sus primeros años a las contribuciones del cristianismo moderno a la ciencia. Más educación sobre los horrores de su historia, desde la Inquisición al antisemitismo, desde el triste papel del Vaticano en África en la batalla contra el sida hasta el fascismo islamista contemporáneo. Si la educación tiene por objeto ejercitar el pensamiento crítico y no repetir dogmas como papagayo, entonces éste debiera ser el camino a seguir: más discusión y contenidos sobre la religión, menos catequesis y adoctrinamiento. Para ello, bien podría servir la cuestionada asignatura de filosofía.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/04/13/149402/mas-religion-menos-catequesis/

EL FANTASMA DEL ARTÍCULO OCTAVO

abril 16, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 12 de abril de 2018)

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Un fantasma recorre Chile: el fantasma del artículo octavo. Es la ironía de la historia: esta vez no es Pinochet sino la propia izquierda la que busca revivir su espíritu. La disposición más odiada por la izquierda del texto original de 1980 establecía la proscripción legal de “las doctrinas que atenten contra la familia, propugnen la violencia o una concepción de la sociedad, del Estado o del orden jurídico, de carácter totalitario o fundada en la lucha de clases”. Esta vez, varios elementos del Frente Amplio y el Partido Comunista son los que proponen castigar con penas privativas de libertad a quienes promuevan discursos que, a su juicio, inciten al odio o la discriminación contra ciertos grupos en razón de su raza, género, religión o ideología política. Del mismo modo, sostienen que debiesen ser sancionadas las visiones apologéticas y revisionistas de la dictadura, haciendo un símil con las leyes europeas que penalizan el negacionismo del Holocausto. Aunque leyes de estas características ya se tramitan en el Congreso chileno, el debate ha vuelto al primer lugar de la agenda a partir de la censura que ha sufrido el excandidato presidencial José Antonio Kast en diversos establecimientos universitarios. De acuerdo con el debutante diputado autonomista Diego Ibáñez, por ejemplo, Kast promueve un discurso “neofascista” y en consecuencia “debería estar preso”.

En esta materia existen dos tradiciones. La estadounidense considera que la libertad de expresión es sagrada. En este marco, una sociedad diversa contiene necesariamente una diversidad de discursos y algunos pueden resultar ofensivos para ciertos grupos. Los europeos, en cambio, han optado por restringir el ámbito de los discursos permisibles justamente a partir de su creciente multiculturalidad. En ambos casos hay disidentes. El teórico legal Jeremy Waldron aboga porque Estados Unidos se haga más sensible al hecho de que ciertos discursos odiosos producen un daño objetivo que horada la dignidad de las personas del mismo modo que lo hace la violencia física. No habría, en este sentido, una clara diferencia entre palabra y acción. En contrapartida, Flemming Rose -el editor que comisionó las controversiales caricaturas del profeta Mahoma en el periódico danés Jyllands-Posten- sostiene que los europeos deben acercarse al modelo americano pues la proliferación de grupos que dicen sentirse ofendidos o agraviados está acorralando a la libertad de expresión. El debate que se produjo en el Senado chileno así lo refleja: mientras unos exigían protección especial para la memoria histórica de ciertos pueblos, otros pedían lo mismo para ciertas creencias religiosas, y así sucesivamente. Hay, quizás, una tercera posición menos dogmática: tienen razón quienes sostienen que ciertos discursos odiosos causan daño objetivo, pero las consecuencias prácticas de la censura legal son aún más nefastas. Al proscribirlos, los llamados discursos de odio son inmunizados: no pueden ser enfrentados abiertamente en el debate democrático, sus falencias no pueden ser desnudadas y sus promotores son convenientemente victimizados. Esto sin mencionar que aquellos en el poder tendrán siempre la tentación de cargarle al adversario la etiqueta en cuestión: cuenta la historia que los soviéticos respaldaron con entusiasmo las disposiciones contra el negacionismo que se establecieron después de la segunda guerra en Europa, pues les proveyó de un renovado marco normativo para justificar la censura a la disidencia interna.

En este sentido, no es un misterio la posición de Manuel Riesco y la vieja guardia del PC. Sabemos que en ciertas discusiones a esa tribu se le suelta la cadena autoritaria. Más interesante es la pugna al interior del joven Frente Amplio. Como se ha documentado, en la cultura política de la izquierda chilena se reconoce un sustrato liberal antifascista que valora especialmente las libertades públicas. Es cosa de ver las actuaciones de los diputados Boric y Jackson, que no le prestan ropa a la tiranía de Maduro ni le prenden velas a Fidel. Cada vez que se producen estos episodios, la novel coalición se tensiona.

A propósito de la exigencia Millennial de censurar discursos incómodos y exigir espacios libres de agravio en las universidades, el filósofo británico John Gray tiene una teoría alternativa: esta renovada cultura inquisitorial que tanto molesta a los liberales de cuño clásico no es otra cosa que un hyper-liberalismo que busca eliminar de la faz de la tierra aquellas visiones intelectuales y morales que el progreso -se supone- debió dejar atrás hace rato. La ideología que los anima no es precisamente marxista: los jóvenes educados y progresistas que apoyaron a Bernie Sanders en EEUU y a Jeremy Corbyn en Reino Unido -y que en Chile pueblan el Frente Amplio- consideran que la otrora clase proletaria que actualmente se refugia en la identidad nacional y experimenta ansiedad ante el fenómeno migratorio es más bien un obstáculo en la tarea de construir un mundo nuevo a la altura de los más nobles ideales. El liberalismo siempre ha oscilado entre el principio de tolerancia que sacraliza la ausencia de interferencia -dejar hacer, dejar pasar- y el principio de autonomía que aspira a que todos los individuos alcancen la mejor versión de sí mismos. La inflación de este último -la rabia que provoca que algunos sencillamente se resistan a progresar con nosotros- produce esta versión de liberalismo iliberal. Mucho de esto se advierte en el relato biempensante del frenteamplismo. Si el artículo octavo de Pinochet fue elaborado para descalificar permanentemente al adversario ideológico, el espíritu que anima su versión actualizada es el temor de reconocer que vivimos en una sociedad que no es tan progresista como -pensamos- debería ser.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/12/columna-cristobal-bellolio-fantasma-del-articulo-octavo/

LA SEGUNDA TRANSICIÓN

abril 8, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 5 de abril de 2018)

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Según el presidente Sebastián Piñera, su segundo gobierno nos convoca a una nueva transición en Chile. La primera transición, nos recuerda, fue la que nos hizo pasar de la dictadura de Pinochet a un régimen democrático con libertad política. En este contexto, Piñera aprovecha de destacar la figura unitaria de Patricio Aylwin. La segunda transición, en cambio, consistiría en pasar de la situación socioeconómica actual -expectante pero remolona, sospechosa de haber caído en la “trampa de los ingresos medios”- a convertirnos en un país desarrollado y sin pobreza. En este relato, por supuesto, Piñera es el nuevo Aylwin.

El papel lo aguanta todo, pero el recurso discursivo en comento no se sostiene mucho. En primer lugar, porque trivializa el concepto de transición que utiliza la ciencia política justamente para describir el complejo paso de regímenes autoritarios a democracias plenas. Es decir, es un concepto eminentemente político que da cuenta de un traslado progresivo del poder desde gobernantes no democráticos hacia gobernantes electos y sometidos a la ley. En segundo lugar, aunque pudiera usarse el concepto para describir una transición genérica -sencillamente como el tránsito de una cosa a otra- la verdad es que la transición económica al desarrollo comenzó más o menos al mismo tiempo que la política. Salvo un par de baches, el incremento de nuestra calidad de vida material ha sido progresivo desde hace aproximadamente 30 años. El término, de hecho, lo utiliza Alejandro Foxley -ministro de Hacienda de Aylwin- para titular un libro que publicó en 2017. El propio Piñera lo habría ocupado en su primer gobierno. Es decir, no da cuenta de un momento político distinguible. Parece más bien una muletilla retórica.

Sólo que a Piñera le gusta mucho. Y le gusta por una buena razón: en su recuerdo, la primera transición estuvo marcada por el ánimo transversal de confluir en grandes acuerdos. A él le gustaría gobernar en las mismas condiciones: alcanzando grandes acuerdos a partir de diálogos estrictamente institucionales -sin el alboroto de la calle, por favor- y bajo un clima de unidad nacional -un término aún más jabonoso e impreciso que el de transición. ¿Quién puede culpar al presidente de querer llevar la fiesta en paz? Un gobierno que va por la vida articulando grandes acuerdos es un gobierno que escapa de las olas que levantan los choques ideológicos frontales. Los últimos años de la política chilena han sido ricos en conversación ideológica. Pedir una segunda democracia de los acuerdos justo ahora es como pedir boli, eso que hacen los niños cuando declaran unilateralmente una tregua en sus juegos. Es difícil que la oposición pise el palito: cada movida del gobierno de Piñera será interpretada -o exagerada- como una agresión al legado de Bachelet o un retroceso en la conquista de derechos sociales.

Pero hay otra forma de darle contenido al término, una transición más plausible y a la mano. Piñera no está inaugurando ningún ciclo histórico. Bachelet tampoco lo hizo. Dejémonos de cuentos. Lo cierto es que Piñera II parece estar cerrando el ciclo de vigencia de los protagonistas de la primera transición. Se trata del ciclo de aquellos que recuerdan perfectamente donde estaban para el golpe de 1973 y sufragaron en el plebiscito de 1988. Es un ciclo que se abre con Aylwin y termina con Piñera. En las manos de este último está la transición a una derecha que no tenga vínculos afectivos ni deudas pendientes con la dictadura. Para que eso ocurra, Piñera tiene que jubilar a toda su cohorte y un poco más abajo. Tiene que forzar el tránsito hacia una derecha cuyos líderes hayan adquirido conciencia política en democracia. Hacia una derecha que no sólo sea post-pinochetista en lo ideológico -eso, probablemente, ya lo consiguió- sino que sea plenamente post-Pinochet en lo biográfico.

En su narrativa para alcanzar la presidencia de Francia, Nicolás Sarkozy solía recordar que la suya era la primera generación nacida después de la Segunda Guerra Mundial. De esa manera, hacía un corte simbólico con el largo ciclo en que reinaron los incombustibles Mitterrand y Chirac. La derecha que se construye bajo Piñera tiene la oportunidad de hacer lo mismo y el hito del plebiscito de 1988 le sirve como línea divisoria de aguas: quiénes alcanzaron a votar y quiénes no. Material no falta. La primera línea de Evópoli, sin ir más lejos, es post-Pinochet en este sentido. Dos de las figuras mejor evaluadas de la derecha -el senador Felipe Kast y el diputado Jaime Bellolio- tenían 11 y 8 años respectivamente para ese crucial 5 de octubre. Además, son los que mejor pueden plantar cara a sus coetáneos del Frente Amplio en lo que viene. Piñera ya envió una señal nombrando varios subsecretarios menores de 40 años en carteras importantes.

He ahí el corte, aunque cueste el pataleo de Moreno, Allamand, Ossandón o cualquier otro legítimo pretendiente presidencial. Piñera no les debe mucho. Por el contrario, se asegura para siempre el sitial de primus inter pares si pasa la pelota hacia abajo en vez de compartirla con sus rivales de toda la vida. Sobre todo, he ahí la posibilidad de un relato de transición que tiene patas y cabeza. Ya que no tiene ganas de pasar a la historia como el presidente que optó expresamente por una derecha liberal -como le pidió Carlos Peña hasta el cansancio en su primer gobierno- Piñera podría pasar a la historia como el presidente que produjo el necesario recambio generacional en su sector, dejándola lista y afinada para competir en el nuevo ciclo que se abre.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/06/columna-cristobal-bellolio-la-segunda-transicion/

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE POPULISMO?

abril 5, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 29 de marzo de 2018)

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Populismo suena como una mala palabra. Son pocos los políticos que se autodenominan populistas. Por el contrario, llamamos populista al adversario como una forma de denostación. En Chile, el Frente Amplio y la candidatura de Beatriz Sánchez fueron acusadas de populismo. La ex presidenta Bachelet apareció junto a Fidel, Chávez y Cristina Kirchner en la portada de un libro titulado “El Engaño Populista”. Desde la otra vereda, se ha dicho que los derechistas Manuel José Ossandón y José Antonio Kast son populistas.

En el lenguaje común, ser populista se parece mucho a ser demagogo: prometer cosas que no se pueden cumplir, comportarse en forma irresponsable con la billetera fiscal, anunciar soluciones simples para problemas complejos. En el lenguaje académico, sin embargo, la conceptualización es distinta.

No es la única, pero la interpretación dominante parece ser la que define al discurso populista en términos de antagonismo entre el pueblo (virtuoso) y la élite (corrupta). Así, el populismo consiste en poner de manifiesto una tensión irreconciliable de intereses en la sociedad, una grieta tectónica que divide moralmente entre buenos y malos. El populismo lucha por promover los intereses del pueblo contra los intereses de una élite que ha secuestrado el poder. En este sentido, se presume que el pueblo es un cuerpo social orgánico cuya voluntad es indivisible. El líder populista debe ser capaz de representar dicha voluntad, de convertirse en su vehículo. Aunque a primera vista se parezcan, ésta no es precisamente una tesis marxista: Lenin creía en las élites revolucionarias y en la incesante lucha de clases. Los populistas buscan arrebatarles el poder a las élites y descreen en la existencia de rígidas clases socio-económicas.

La élite puede adquirir diversas características. En los populismos de izquierda, el adversario suele ser la élite financiera local o internacional. En los populismos de derecha, la élite suele ser la intelectualidad cosmopolita. Los actores populistas construyen un enemigo político dependiendo de las circunstancias. En la discusión sobre cambio climático, por ejemplo, Donald Trump escoge como blanco a la comunidad científica, a la que acusa de estar desconectada de la realidad y de participar en una conspiración contra los intereses de la nación.

Según esta perspectiva, existen entonces populismos de izquierda y de derecha. El populismo sería una ideología “delgada”, en el sentido que requiere ser combinada con otros discursos ideológicos. Los populismos originales latinoamericanos -Perón en Argentina, Vargas en Brasil- eran desarrollistas. Los populismos de segunda generación -Menem en Argentina, Fujimori en Perú- fueron neoliberales. Los de tercera generación -Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia- serían abiertamente socialistas. Los populismos de derecha europeos –el Frente Nacional en Francia, UKIP en Reino Unido, AfD en Alemania- son nacionalistas o nativistas, cuando no lisa y llanamente xenófobos. En Polonia y Hungría, los partidos populistas en el poder son, además, fuertemente conservadores. En resumen, el populismo necesita de apellidos porque su nombre de pila no basta para hacerse una idea del fenómeno que se intenta describir.

Todas estas expresiones populistas mantienen, sin embargo, relaciones complejas con los mismos modelos ideológicos. En principio, populismo y tecnocracia se encuentran en las antípodas. La tecnocracia aboga por entregar el poder político a los técnicos y a los expertos. No hay nada peor para el populismo, que pone su confianza en las capacidades epistémicas del pueblo llano. En cualquier caso, se ha especulado que ambos tienen problemas endémicos para procesar la inexorabilidad del conflicto democrático. Mientras los tecnócratas buscan bypassear la deliberación política promoviendo soluciones técnicas que serían objetivamente correctas, los populistas bypassean la mediación política atribuyéndose la voz unívoca del pueblo.

En este contexto, se ha sostenido que el populismo es anti-pluralista, pues no acepta que diversos sectores de la población tengan concepciones de la vida buena legítimamente contrapuestas y eventualmente irreconciliables. Finalmente, el populismo entendido como narrativa de democracia radical se contrapone a lo que usualmente entendemos por democracia liberal, aquella que se define por la inviolabilidad de los derechos individuales, la separación y equilibrio de los poderes del estado, y la existencia de ciertas instituciones autónomas (como cortes constitucionales) capaces de frenar la avidez de mayorías temporales. En este enfoque, el populismo es democracia sin liberalismo.

¿Es populismo, entonces, una mala palabra en la discusión académica? No necesariamente. Acabo de asistir a una conferencia en la Universidad de Arizona y me pareció percibir algo así como dos bandos. A un lado, probablemente influenciados por la obra de Laclau y avalados por la tradición anglosajona de los movimientos sociales de base, se ubicaban aquellos que buscaban rehabilitar el concepto: populismo como inclusión democrática y gobierno de los plebeyos. Para otros, probablemente preocupados por el abuso de la retórica anti-liberal, populismo era entendido como síntoma de la enfermedad que aqueja a la democracia representativa a partir de la globalización.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/03/29/148851/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-populismo/

EL DÍA DESPUÉS DE LA HAYA

abril 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 29 de marzo de 2018)

Es normal que en las contiendas internacionales -ya sean bélicas, deportivas o judiciales- prácticamente todo el país se identifique con la postura nacional. Prácticamente, digo, porque siempre hay unos pocos que disienten. Se les llama entonces traidores. Se les acusa de deslealtad. Son los cargos que deben enfrentar, por ejemplo, los escasos políticos chilenos que se abren a la idea de entregarle un pedazo de mar a Bolivia. Sería un acto de generosidad, sugirió el flamante diputado Flor Motuda. Pasando y pasando, insinuó el ex presidenciable Alejandro Guillier. Algo similar dijo su colega democratacristiano Jorge Pizarro, apurándose a enfatizar que apoyaba la posición chilena en La Haya. No vaya a ser cosa que lo etiqueten de traidor y desleal.

Porque rara vez la acusación es por razonamiento jurídico equivocado, malinterpretación de la historia o ignorancia cartográfica. En una de esas, Bolivia tiene razón. Me declaro incompetente para juzgarlo. Pero pareciese que ése no es el punto: acá, lo importante es ganar la discusión. No digo que no nos importe la justicia. Pero -oh sorpresa- todos estamos convencidos de la justicia de la postura nacional. ¿No estará aquello correlacionado con la humana tendencia a reforzar nuestras creencias escuchando a pura gente que piensa igual que nosotros? En algunos matinales y despachos periodísticos lo único que falta es que suene Vamos Chilenos. Bueno, a falta de mundial, el chauvinismo tiene que salir por alguna parte. No creo que esto sea distinto en Bolivia. De hecho, me imagino que debe ser peor. No sé cuántos intelectuales públicos bolivianos pueden pasearse por los medios de comunicación (sin temor de linchamiento) con la tesis de que Chile no les debe absolutamente nada. Como en Turquía, donde la clase popular no les perdona a sus laureados escritores -Orhan Pamuk, el principal- que reconozcan y pidan reparaciones por el genocidio armenio perpetrado por el imperio Otomano y la república que le sucedió. Antipatriotas, es el epíteto más suave que reciben.

Pero es fundamental que haya individuos que, ya sea por altruismo, deber ético o pragmatismo duro, estén mirando la película completa y no sólo los intereses nacionales. En el caso particular de Chile y sus relaciones con países limítrofes, ojalá haya más intelectuales y políticos pensando “fuera de la caja” de la confrontación. Pensando, por ejemplo, en los desafíos que plantean los problemas globales indiferentes a las fronteras del estado-nación. Al cambio climático no le importa la jerga de los paralelos ni los corredores. Le vale un comino la soberanía. Sin embargo, de eso es lo único que hablamos, en circunstancias que vivimos en una larga y angosta playa fácil de inundar cuando los cascos polares se derritan. ¿Hay alguien pensando en cien años plazo, cuando Evo esté en los libros de historia y las urgencias migratorias nos obliguen a mirar hacia el altiplano? El escenario me recuerda la película hollywoodense The Day After Tomorrow (2004): el golpe meteorológico le pega tan duro a Estados Unidos, que sus habitantes se ven forzosamente desplazados hacia México, rogando por la solidaridad de una nación que históricamente miraron por debajo del hombro. Ok, no hay necesidad de ponerse alarmistas. Pensemos entonces en las oportunidades que se abren a partir de la conformación de alianzas regionales estratégicas. Sigamos dándole una vuelta a la idea de la integración latinoamericana desde una perspectiva no puramente comercial, sin que sea necesariamente secuestrada por un clan ideológico particular -el error fatal del bolivarianismo. Por otro lado, ¿Quién dijo que teníamos que vivir por toda la eternidad encerrados en un país que se llama Chile? Los chilenos que viven afuera suelen entender mejor que quienes viven adentro lo similares que somos a nuestros vecinos. Cuando uno está lejos, viviendo entre anglosajones, nórdicos, asiáticos o árabes, el latino siempre será un hermano. Pues somos verdaderamente una patria grande, dicen que dijo Ernesto Guevara, que va del Río Grande a Tierra del Fuego.

Quizás no sea hoy el momento de ponerse creativos. Estamos en la mitad de un proceso cuyas condiciones no fueron libremente escogidas. A nadie le gusta que lo obliguen a negociar. Quizás, en los zapatos de la alcaldesa de Antofagasta, también sacaría cientos de embanderados tricolores a la calle. No desconozco que el asunto es rentable. Pero si no nos ponemos creativos nosotros, se pondrán creativos los jueces de alguna corte internacional o los árbitros que tengan que cortar eventualmente el queque. Por eso es bueno que los actores políticos e intelectuales que dominarán la escena local en las próximas décadas vayan craneando alternativas.

La historia ancestral de nuestra especie enseña que colaboramos y somos altruistas entre conocidos, mientras competimos y somos egoístas entre desconocidos. En demasiados aspectos, nuestros hermanos latinoamericanos son unos desconocidos. Siendo tan parecidos, nos hemos inventado un mundo de diferencias. Los europeos se estuvieron matando hasta hace poco, no comparten ni lengua ni religión, y se las ingeniaron para montar ese avance civilizatorio que es la Unión Europea. No propongo que ocurra lo mismo mañana por estos lados. Partamos por conocernos, para que la colaboración se nos haga un poco más natural. Multipliquemos los intercambios académicos en la región, a la usanza del programa Erasmus que funciona en el viejo continente. Para que cuando nos toque sentarnos a la mesa de negociación, se manifiesten nuestros impulsos altruistas y menos tribales. Para cuando llegue el día después de La Haya.

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