TOD@S ÍBAMOS A SER CAMILA

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 26 de abril de 2018)

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No hay generación de dirigentes universitarios que no quiera inscribir su nombre en la historia, que no quiera convertirse en un héroe de la calle, que no quiera dejar su marca en la trayectoria del movimiento estudiantil, que no quiera correr la frontera de lo posible. No hay dirigente universitario, en este sentido, que no quiera vivir lo que vivieron Camila Vallejo o Giorgio Jackson.

Sin embargo, no todos pueden ser Camila o Giorgio. Las condiciones que se dieron en 2011 no se repiten todos los años. Una cosa es la voluntad de los nuevos dirigentes y su convicción en torno a la justicia de su causa. Otra cosa es que concurran todos los ingredientes del cóctel explosivo que amargó el primer gobierno de Sebastián Piñera, cuando la gran mayoría de la ciudadanía se sumó con entusiasmo a las demandas de los estudiantes movilizados. O como ocurrió en la revolución pingüina de 2006, cuando hasta las señoras empingorotadas tocaban la bocina en sus Subaru Outback para manifestar su apoyo. Tener a los estudiantes marchando en la Alameda es el desde. Los movimientos sociales que ponen entre las cuerdas a los gobiernos necesitan más que eso.

La pregunta que viene a continuación es si acaso dichas condiciones podrían repetirse durante el segundo mandato de Piñera. Y la respuesta es: difícil. Muy difícil. Esto no tiene que ver necesariamente con la calidad de los nuevos dirigentes. Si bien es cierto que las cualidades personales de Camila y Giorgio fueron fundamentales para el atractivo del movimiento del 2011, lo que conspira contra la posibilidad de una renovada efervescencia social en torno al tema de la educación es que la mayoría de la población percibe que las demandas de ese mundo ya están siendo procesadas por el sistema político.

Aunque parcial, la gratuidad en la educación superior es una realidad. Hace una década, lo más osado que proponía la izquierda universitaria era arancel diferenciado. En efecto, la generación del 2011 corrió la frontera ideológica de lo posible. En materia de educación particular subvencionada, lograron que Bachelet derribara el lucro, la selección y el copago. De yapa, el viejo anhelo de la desmunicipalización. En esto tiene razón el ministro Gerardo Varela: en lo grueso, los jóvenes ya ganaron. Lo confirmó Piñera: la gratuidad llegó para quedarse y la ley de inclusión no será modificada en lo sustantivo. Al año 2018, quedan muchos otros grupos de la población que aún no ganan: los viejos con malas pensiones, los enfermos en listas de espera y las víctimas de la delincuencia, por nombrar sólo algunos. Sería raro que la ciudadanía se sumara con renovada efervescencia a una agenda que considera más o menos satisfecha, existiendo otras prioridades tan evidentes.

En este contexto, es plenamente entendible que los estudiantes exageren con histeria contratiempos menores como el fallo del Tribunal Constitucional -sobre un artículo que no es tan importante si se mira la película completa- o los exabruptos verbales del propio Varela sobre las virtudes sexuales de sus hijos. Necesitan que la opinión pública los penalice con la misma severidad para construir sentido de urgencia política. Necesitan ponerle todo el color del mundo para que la ciudadanía se ponga nuevamente en pie de guerra contra la derecha. Es dudoso que lo logren.

Salvo, por cierto, que el gobierno de Piñera ponga su ineptitud estratégica al servicio de la causa. Las salidas de libreto de los ministros son problemáticas, pero curiosamente le estaban haciendo un favor al presidente: en el contraste con el error, la figura de Piñera crece. En vez de piñericosas se comenzó a hablar de las varelicosas. Hasta que designa a su propio hermano como embajador en Argentina -una imbecilidad política que no admite eufemismos suavizantes. Si durante el primer gobierno la oposición se dio un festín apuntando los diversos conflictos de interés del primer mandatario y su gabinete, esta vez no les ha costado mucho instalar la narrativa de una derecha nepotista. Aunque esto no tiene que ver directamente con los estudiantes, les sirve para subir la temperatura anti-oficialista. En resumen, las posibilidades del movimiento estudiantil son proporcionales a las provocaciones del gobierno. Si los dardos se concentran en Varela, no es el acabose. Varela es un amortiguador y un fusible. Si el amortiguador se gasta, se busca otro. Lo que el gobierno debe evitar es que Piñera cometa torpezas que le aviven la cueca a una nueva camada de dirigentes que está esperando una ventana de oportunidad para ser protagonista. Porque ésa es la expectativa del dirigente estudiantil: vivir, aunque sea un poco, eso que vivieron Camila y Giorgio una mañana de agosto bajo los paraguas.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/28/columna-cristobal-bellolio-tods-ibamos-camila/

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