Archive for 22 mayo 2018

LA REACCIÓN JACOBINA

mayo 22, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 17 de mayo de 2018)

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Silenciar la expresión de una opinión, pensaba el más grande los liberales, es como robar a la humanidad. Es hurtarle algo a la generación actual y a la posterior, a quienes apoyan dicha opinión pero también a quienes disienten de ella. Pues si se trata de una opinión acertada, proseguía Stuart Mill, nos veremos privados de una oportunidad para salir del error y conocer la verdad. En tanto, si se tratase de una opinión equivocada, nos veríamos privados “de ese inmenso beneficio que consiste en una más clara percepción, en una más vivida impresión de la verdad, como consecuencia de la confrontación de ésta con el error”.

El amor de Stuart Mill por la libertad de expresión tenía una justificación utilitaria. Algo se pierde cuando las opiniones minoritarias -políticamente incorrectas, diríamos hoy- no pueden desplegarse en la discusión pública. Por eso no es buena idea silenciar a nuestros provocadores, ya sea usando la coerción legal o la presión social para que pierdan sus puestos de trabajo. En este contexto, hay un patrón entre lo que pasó con Rafael Gumucio -quien sostuvo que las tomas feministas eran básicamente elitistas y se le vino encima una campaña para removerlo de su posición académica en una universidad santiaguina-, Pablo Andrade -el (ex)director del Museo Histórico Nacional, a quien se le pidió la renuncia por incluir a Pinochet en una exposición sobre la libertad- y lo que le ocurre a José Antonio Kast cada vez que pisa una casa de estudios y debe enfrentarse a una funa más o menos violenta.

Provocadores todos. Gumucio entra al complejo debate sobre los contenidos del feminismo contemporáneo. No hace una observación particularmente nueva. Como describe Margaret Walters en su introducción al feminismo, el movimiento se ha encontrado varias veces con la crítica de que se trata de una revuelta de sectores educados de las capas medias y altas. Probablemente Gumucio no está al día en la literatura sobre interseccionalidad, pero sus comentarios sirven para que las intelectuales feministas nos eduquen al respecto. La exposición donde aparece Pinochet también es una provocación, pero una provocación intelectual sobre los usos de un concepto polisémico y esencialmente controvertido, tomando la expresión que acuñó W. B. Gallie. A lo largo de la historia -global y local- la libertad se ha entendido de distintas maneras y -al menos metodológicamente- es posible reflexionar sobre dichos usos sin comprometerse con su normatividad. Es decir, es posible analizar la manera en la cual la dictadura se sirvió del concepto sin celebrarla ni equipararla a las experiencias democráticas. Finalmente, Kast no hace más que representar el sentimiento del promedio del derechista chileno. Ni más ni menos. Que algunos grupos de la derecha estén virando ligeramente hacia posiciones más liberales lo hace parecer extremista, pero sus opiniones habrían sido la ortodoxia del sector hace apenas un par de lustros. No es cierto que sea un negacionista en el sentido problemático del término ni que ande por la vida incitando el odio. Tuve la oportunidad de entrevistarlo recientemente y busqué con sincero ahínco la evidencia que pudiera descalificarlo del debate civilizado. No la encontré.

Provocadores han existido siempre. Lo que define a nuestros tiempos es la reacción jacobina que suscitan. Evidentemente, los provocadores no tienen derecho a inmunidad. Deben someterse al tribunal de opinión pública y tenemos el derecho a barrer con sus ideas. Pero se cruza una delicada línea cuando negamos el derecho de opiniones provocadoras o impopulares a participar del debate y los situamos fuera de los márgenes de la convivencia democrática. Muchas veces lo hacemos espasmódicamente, sin mediar reflexión crítica sobre los méritos del argumento o empatía respecto del lugar donde se producen dichas opiniones, como si indignarse fuera una obligación moral y ofenderse un deber ciudadano. En ese sentido, no deja de ser una paradoja que la generación que goza de mejores perspectivas en materia de derechos en la historia sea tan proclive a sentirse vulnerada y violentada. Como si no hubiese nada que aprender de una opinión distinta, por último para refinar los argumentos que sirven para rebatirla. Como si fuese imperdonable que alguien no piense como uno. Como si necesitáramos la seguridad de que existen los malos para vivir con la certeza de que nosotros somos los buenos.

El problema de la reacción jacobina es que infunde un temor que silencia a los provocadores. En ciertos espacios, ése es el precio social que hay que pagar por navegar contra la corriente. Lo que resulta preocupante es que la autocensura se imponga en los lugares donde la provocación sirve de combustible para el pensamiento crítico, como museos y universidades. Estas instituciones no están para cobijar certezas sino para inspirar dudas y cuestionamientos. Es difícil llevar a cabo esa misión en un debate cercenado porque las opiniones que discrepan de la vanguardia del progreso han sido desterradas del ámbito de lo civilizado, de lo legítimamente discutible. Y en un debate cercenado perdemos todos, diría Stuart Mill.

Enamorarse de una teoría del progreso social tiene consecuencias: cuando no avanzamos al ritmo esperado, nos invade la frustración y nos baja la tentación de guillotinar reaccionarios. Quizás así se explique la ansiedad jacobina por bajar el umbral de tolerancia respecto de las opiniones admisibles en una sociedad pluralista. Quizás yo esté equivocado y ahora vengan por mí.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/19/columna-cristobal-bellolio-la-reaccion-jacobina/

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DE PRINCIPITO A PRÍNCIPE

mayo 19, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 11 de mayo de 2018)

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Las redes sociales no se resistieron a la tentación de columpiar al senador Allamand por haber escogido El Principito como su obra favorita de la literatura en el Día Internacional del Libro. Tampoco pasó colado que el propio Presidente Piñera citara a su autor, Antoine de Saint Exupéry, en su columna conmemorativa. Piñera también es un declarado admirador del Principito. Uno podría esperar que políticos de fuste como los descritos tuvieran coordenadas culturales más complejas que las que entrega un libro para niños, pero se entiende que no están buscando posar de intelectuales sino conectarse con las masas. Espero.

Un libro menos simpático, pero mucho más útil para Piñera es El Príncipe de Maquiavelo. Aunque a estas alturas ya se ha convertido en otro lugar común, sus enseñanzas son más pertinentes para el ejercicio del poder. Maquiavelo, a diferencia de Saint Exupéry, no goza de buena prensa. No me imagino a Sebastián Piñera -y prácticamente a ningún político profesional- subiendo una selfie con El Príncipe. El beaterío lo crucificaría. Saint Exupéry es básico pero inofensivo.

A estas alturas, Piñera no necesita aprender mucho de El Príncipe. En muchos sentidos, se mueve instintivamente como él. Dos son las lecciones fundamentales de Maquiavelo: primero, el poder es la medida de todo. Si se pierde, lo que se hizo estuvo mal. Si se adquiere y se conserva, lo que se hizo estuvo bien. No hay un criterio moral independiente. Se dice que Maquiavelo inaugura la ciencia empírica de la política porque la emancipa del marco ético judeocristiano imperante. En este contexto, Piñera entiende que los gobiernos son juzgados por sus resultados y no por sus intenciones. Son los triunfadores los que escriben la historia.

Ligada a la anterior, la segunda enseñanza es que gobernar es un ejercicio de adaptación a la contingencia que consiste en aprovechar oportunidades y esquivar trampas y tormentas. Gobernar no es educar ni producir, como pensaban los radicales. Gobernar es navegar, diría Maquiavelo. Cada día tiene su afán y el gobernante que no es lo suficientemente plástico aprende antes a fracasar que a triunfar. La ideología es un marco de referencia amplio, pero el Príncipe no puede darse el lujo de ser dogmático. Esa plasticidad incluye, en el esquema maquiaveliano, la capacidad de transgredir códigos morales tradicionales: la capacidad de ser no-bueno. A los gobernantes se les permite más que al ciudadano común. Desde Maquiavelo en adelante, muchos se han preguntado si acaso ensuciarse las manos no es consustancial al ejercicio del poder.

Lo importante, insiste El Príncipe, es guardar las apariencias: “que cuando se le vea y se le oiga, parezca todo compasión, todo lealtad, todo integridad, todo humanidad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria que debe aparentar poseer que esta última cualidad”. Esto lo entendió bien Julio César, como relata Thornton Wilder en su novela epistolar “Los Idus de Marzo”. César nunca creyó en las supersticiones de su tiempo, pero les seguía el juego para contentar al vulgo. Esta puede puede ser una manera de interpretar los constantes despliegues de piedad pública del presidente Piñera. A muchos sinceros creyentes les parece del mal gusto. Pero tienen un propósito político legítimamente maquiaveliano.

Piñera también disfrutaría releyendo el pasaje de El Príncipe que recomienda “animar a los ciudadanos para que puedan ejercer tranquilamente sus actividades, ya sea en el comercio, en la agricultura o en cualquier otra actividad de los hombres; y que nadie tema mejorar sus posesiones por miedo a que se las arrebaten ni abrir un negocio por miedo a los impuestos”. La primera parte es coherente con su promesa de avivar los fuegos de la economía doméstica. La segunda es consistente con el diagnóstico de Carlos Peña: Piñera interpretó mejor que sus rivales la aspiración de las capas de media por mejorar su estatus social a través del acceso diferenciado a ciertos bienes y servicios.

Debo también reconocer que Piñera puso en práctica lo que enseña Maquiavelo respecto de sus consejeros: “si ves que piensa más en sí mismo que en ti y que en todas sus acciones busca su beneficio, entonces jamás será un buen ministro y jamás podrás fiarte de él”. Lo señalo con cierto dolor, porque tuve el privilegio de trabajar para Sebastián Piñera en mi tierna juventud. Después de un año a su lado decidió prescindir de mis servicios al atisbar algo así como una agenda personal de mi parte. No le guardo ningún rencor: según Maquiavelo, hizo lo correcto.

Durante su primer gobierno, se dijo que Piñera quería parecerse a Bachelet y ser “querido” por los chilenos. Nada como el amor del pueblo. Aquí, la recomendación maquiaveliana discurre en el sentido inverso: los gobernantes deben ser temidos antes que amados, pues los hombres aman según su voluble y acomodaticia voluntad, pero temen según la voluntad del Príncipe. Y siempre hay que optar por lo que depende de uno mismo y no de otros. Si aun cobija esa esperanza, Piñera debiese entonces abandonarla.

Vende mejor -guarda las apariencias- citar los insípidos clichés de Saint Exupéry. Pero para gobernar es mejor hacerse adultos y pasar del Principito al Príncipe.

Link: http://www.capital.cl/de-principito-a-principe/

PARA QUÉ LO INVITAN SI SABEN COMO SE PONE

mayo 14, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 10 de mayo de 2018)

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Las visitas de Mario Vargas Llosa a Chile están resultando un dolor de cabeza para la derecha chilena. Pero lo siguen invitando. Hace algunos meses sugirió que aquellos sectores conservadores que se oponían a legalizar el aborto representaban una derecha “cavernaria”. Nadie le contó que prácticamente todos los parlamentarios de la coalición de Sebastián Piñera -a quien vino a apoyar – estaban a favor de continuar criminalizando la interrupción del embarazo aun en los casos más extremos y vejatorios para las mujeres. Esta vez, Vargas Llosa señaló que no había dictaduras buenas, golpeando la creencia extendida en la derecha local de que la de Augusto Pinochet fue bastante decente. O menos mala, como lo fraseó su entrevistador, el director ejecutivo de la Fundación para el Progreso, Axel Káiser. Es decir, primero Vargas Llosa desnudó a la derecha en su integrismo moral y luego la denunció en su autoritarismo político. ¿Para qué lo invitan si saben cómo se pone?

En el papel, la idea de apropiarse de una figura como Vargas Llosa es clever. A la derecha no le sobran los referentes intelectuales de escala mundial. Si bien es cierto que el Nóbel peruano no ha destacado en tanto filósofo político –“La Llamada de la Tribu”, su último libro, es un repaso por sus influencias y no una contribución original ni especialmente sofisticada al pensamiento liberal-, su intensa biografía y su riquísimo palmarés literario lo transforman en una autoridad moral prácticamente indiscutida a lo largo y ancho del espectro ideológico. Es muy posible, sin embargo, que Vargas Llosa le quede grande a la derecha que lo busca cooptar con insistencia.

La mentada conferencia donde Vargas Llosa no aceptó la pregunta de su entrevistador – material inexhaustible de memes- se titulaba “Qué es ser liberal”. ¿Por qué hablo entonces de una derecha herida en sus convicciones? Porque -y en eso Axel Káiser no se equivoca- gran parte del auditorio que los escuchaba piensa genuinamente que es mucho peor vivir bajo la tiranía de Maduro en Venezuela que bajo Pinochet en su época. La inmensa mayoría de los invitados a su conferencia en el hotel W pertenece a círculos políticos y empresariales de derecha, a secas. Algo de fauna liberal había: liberales Burkeanos y uno que otro libertario Rothbariano. Es decir, el tipo de liberales que siempre vota por la derecha porque lo más importante, a fin de cuentas, es la protección de la vida, la libertad y la propiedad. Por eso muchos se hacen llamar clásicos: ésos son los postulados que estableció Locke en el siglo XVII. En cambio, hay pocos liberales plebeyos o frenteamplistas en esa base de datos. El convite no fue en la Fundación Balmaceda. Es entendible: quien pone la plata pone la música. Si Von Mises trató a sus compañeros de sociedad Mont Pelerin de socialistas, sería raro que no lo fueran los liberales de cuño igualitario ante los ojos del anfitrión Nicolás Ibáñez.

Que Káiser haya sido el elegido para conversar con el peruano revela la intención de la iniciativa: la idea era que Vargas Llosa denunciara la miseria del socialismo y repasara a los populismos latinoamericanos. Es decir, que reafirmara a la audiencia en sus convicciones. Káiser es un personaje más complejo de lo que parece. Suele tomar distancia de la derecha confesional -ni siquiera es católico- y probablemente siga a Milton Friedman en la legalización de las drogas. Pero su tema predilecto es cuestionar la moralidad de la redistribución y eso lo pone indefectiblemente en el bando de la derecha. En ese sentido, lo que pueda decir Vargas Llosa no es muy interesante. Hoy, las amenazas más latentes al liberalismo no las presenta tanto la extrema izquierda sino la extrema derecha. La tribu cuyo llamado hay que resistir, diría Vargas Llosa, es nativista y antiglobalización. En Europa, al menos, el problema urgente es el renacer del nacionalismo filo-fascista. El antagonismo que viene no es entre socialdemocracia y liberalismo; es entre demócratas radicales antiliberales que no quieren obstáculos para la voz del pueblo y liberales que insisten en la importancia de pesos y contrapesos, derechos de las minorías y libertades básicas que no pueden ser conculcadas ni aun a pretexto de beneficio colectivo. Es lo que describen en sus libros Mark Lilla, Edward Luce y Yascha Monk: la democracia liberal está en riesgo. En este cuadro, para el liberalismo es más peligroso el relato de José Antonio Kast que la reforma tributaria de Michelle Bachelet.

Y en esto tiene razón nuevamente Káiser: en línea con Hayek, algunos liberales sí han creído que es mejor una dictadura liberal que una democracia iliberal. En más de una ocasión, Vargas Llosa se ha dado el lujo de corregir a Hayek: no se puede ser liberal sin ser a la vez demócrata. Como relata Edmund Fawcett en su colosal biografía del pensamiento liberal, ése no fue un matrimonio fácil. Finalmente, ambos tuvieron que ceder: liberales aceptaron que el poder radica en la mayoría y demócratas concedieron que había ciertas esferas de la vida que quedaban fuera del control colectivo. Ha sido un matrimonio históricamente exitoso. Hoy vive días difíciles en Caracas pero también en Ankara, Moscú, Varsovia y Budapest. Por no decir Washington.

Pero la derecha chilena no está para esas sutilezas. Más de alguno de los asistentes a la conferencia de Vargas Llosa votó por José Antonio Kast. Más de alguno de los parlamentarios oficialistas con quienes se reunió estarían a favor de las leyes que promueve el gobierno populista-conservador polaco. Habría sido como mucho seguir incomodando a los anfitriones. Pero quizás la tercera sea la vencida y Mario Vargas Llosa aprenda finalmente a comportase donde lo invitan.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/11/columna-cristobal-bellolio-lo-invitan-saben-se-pone/

MATAPASIONES

mayo 9, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 3 de mayo de 2018)

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Soledad Alvear y Gutenberg Martínez renuncian a la Democracia Cristiana, partido en el cual militaron por cincuenta años. Dicen que se van para construir un nuevo referente que sea capaz de transmitir de mejor manera los principios del humanismo cristiano. Probablemente, la renuncia también tenga que ver con que perdieron el control interno. Pero esta columna ve caras y no corazones. La pregunta es si acaso un proyecto como el que trama el tándem Alvear – Martínez tiene futuro en el Chile actual. La respuesta no es auspiciosa.

Que la Democracia Cristiana es un partido en franco declive no es un misterio. La evidencia señala que ha perdido un millón de votos en algunos lustros y que su influencia se ha debilitado dramáticamente en el mundo de la centroizquierda. El problema electoral, sin embargo, es un síntoma. Hay dos hipótesis que explican mejor la enfermedad que aqueja a la otrora poderosa DC. La primera es ideológica: la Falange de Frei Montalva y compañía irrumpe a mediados del siglo pasado como alternativa socialcristiana reformista al programa revolucionario del marxismo ateo, por el lado izquierdo, y al programa conservador aliado del “capitalismo salvaje”, por la derecha. En ese escenario, la DC encontró un nicho ecológico que le permitió crecer y desplegarse hasta transformarse en el partido más grande de Chile. La interrogante es si acaso dicho nicho ecológico sigue existiendo. El socialismo se democratizó y a la derecha le empezaron a importar los pobres. La lógica normativa de los tiempos gira en torno a discursos de autonomía y derechos individuales. El debate liberal – comunitario terminó en los ochenta. ¿Qué aporte distintivo puede hacer la filosofía de Maritain en el Chile del año 2018? No es una pregunta sarcástica: es fundamental contestarla.

La segunda es generacional. Los militantes que se emocionaron hasta las lágrimas con la Marcha de Patria Joven en los sesenta van camino al cementerio. Este no es un problema de conducción política: es el ciclo de la vida. La DC es un partido viejo y, principalmente, de viejos. Todavía le queda suficiente stock. El drama es que no tiene mucho flujo. Confesarse democratacristiano a los veinte años es casi matapasiones. Los partidos sin cantera pueden sobrevivir un buen tiempo, pero el futuro no les pertenece. Los mejores socialcristianos de mi cohorte ya partieron buscando puertos que representen mejor la experiencia histórica de su generación. Algunos se fueron a Revolución Democrática (a fin, de cuentas, en su vivencia cultural ya se difuminó la línea divisoria entre humanistas cristianos y humanistas laicos), otros podrían sentirse interpretados por el socialcristianismo que se anida en Renovación Nacional –una frecuencia ideológica que interpreta sinceramente a su nuevo timonel Mario Desbordes. Justamente por RN acaba de fichar el diputado Diego Schalpern, fundador del colectivo universitario Solidaridad, lo más parecido a una nueva Falange en la UC. Otros tantos se encuentran en estado de absoluta desorientación: no es posible quedarse en un barco que se hunde, no es moralmente permitido girar a la derecha, y no es digno rogarles a los hermanos chicos un espacio en sus nuevos referentes.

Si todo esto ya es problemático dentro de la DC, no queda claro en qué sentido estos obstáculos tienen solución fuera de ella. Si la primera hipótesis es correcta, entonces el discurso comunitarista socialcristiano enfrentará las mismas dificultades. Si la segunda hipótesis es correcta, entonces el proyecto al que invita el Gute es igualmente matapasiones para las nuevas generaciones. Leyendo estos contratiempos, Martínez anticipa que el liderazgo del nuevo movimiento lo deben tomar los jóvenes. Llega diez años tarde. Eso era lo que había que hacer pre-MEO. Después del 2011, especialmente, las lealtades e identidades políticas de la nueva generación quedaron más o menos fijadas -tal como antes habían quedado fijadas en 1988 o en 1973- y la tribu Gutista ya no empalmó con este clivaje. El barco de la renovación zarpó y los dejó abajo.

Gutenberg Martínez compara su renuncia a la mítica secesión del Partido Conservador que dio origen a la Falange en los años treinta. Tiene un punto: muchos partidos nacen de la costilla de uno anterior. La diferencia es que aquella renuncia la protagonizan jóvenes con toda la energía y la vida por delante para construir un partido desde sus cimientos: Eduardo Frei Montalva, Rafael Agustín Gumucio, Radomiro Tomic, Edmundo Pérez Zujovic, Manuel Antonio Garretón, entre otros. Lo de Alvear y Martínez, en cambio, se parece mucho más a la salida de Fernando Flores y Jorge Schaulsohn del PPD: dirigentes históricos, pero con escaso poder de convocatoria para imprimirle fuerza a un nuevo animal partidario. El Gute piensa en una nueva Falange. Lo más probable es que termine en otro ChilePrimero.

Quizás Gutenberg Martínez tenga razón y sea hora de abandonar un barco que se hunde. Pero las balsas de salvataje no llegarán muy lejos con las condiciones climático-ideológicas del país y una tripulación que apenas se puede los remos.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/06/columna-cristobal-bellolio-matapasiones/

LA CIENCIA COMO ARGUMENTO POLÍTICO

mayo 4, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 27 de abril de 2018)

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Cinco veces repitió Sebastián Piñera el concepto de evidencia científica al articular la posición de su gobierno en materia de identidad de género. Para que no queda duda respecto del soporte epistémico del proyecto. Para que su propuesta no se confundiera con una “ideología”, como usualmente argumentan sus opositores. No es una señal menor, viniendo de un presidente que invoca regularmente a Dios y en algunas materias descansa en el pensamiento mágico (“Sólo Él tiene el poder para dar la vida y quitarla”).

Lo interesante es que los detractores de la controvertida LIG también dicen tener a la ciencia de su lado. Una defensora del llamado Bus de la Libertad que recorrió las calles de Santiago distinguía entre ideología como “pensamiento humano”, por una parte, y “algo que sea empírico, real, biológicamente comprobable”, por la otra. La diferencia central radica en que lo primero es un constructo cultural -y como tal puede cambiar por la vía de la convención social- y lo segundo no depende de nuestra voluntad -pues está inscrito en el hardware de la especie. De ahí la vilipendiada cuña de Ezzati: las cosas no dejan de ser lo que son porque le llamemos de otra manera. De ahí también la respuesta que dio un escudero de José Antonio Kast cuando le preguntaron por Daniela Vega: “es un hombre, háganle un examen de ADN”. Es probable que varios en el campo conservador estén equivocados respecto de lo que señala la ciencia sobre disforias de género. Pero ése no es el punto de esta columna. Lo que quiero poner de relieve es que incluso los movimientos de inspiración religiosa entienden que no es lo mismo argumentar desde la fe que desde la ciencia. En resumen, todos los sectores invocan la evidencia científica como si la ciencia fuera un tribunal de máxima instancia para adjudicar controversias políticas.

El posmodernismo no ha logrado derribar a la ciencia de su sitial de prestigio epistémico en la discusión pública. La filósofa Mary Midgley advierte que “científico” continúa siendo un adjetivo honorífico. Tal como lo expresa el crítico cultural George Levine, “demuestre que una idea es científica, vista a un actor como médico en un anuncio televisivo y sus afirmaciones ya tienen peso”. Una amiga que vive en California me cuenta que visita una clínica de medicina oriental alternativa pero que le tranquiliza que el facultativo tratante se vista a la usanza de los doctores occidentales. Ya lo decía Michelle Bachelet: el delantal blanco es grito y plata. Otra filósofa de la ciencia, Susan Haack, concluye que “científico” se ha convertido en un término multiuso que implica que algo es confiable y bueno. No es de extrañar, agrega, que los psicólogos, sociólogos y economistas sean tan celosos al insistir en su derecho al título. El más influyente pensador liberal del siglo XX incluyó los indisputables métodos y conclusiones de la ciencia dentro de su conceptualización de razón pública. A diferencia de lo que ocurre con los argumentos religiosos, sugería Rawls, ofrecer argumentos que reflejan el consenso científico es una manera de tratar a los conciudadanos en forma respetuosa. En síntesis, al menos en las democracias liberales, se presume que la ciencia es un generador de conocimiento universal y accesible -al menos en teoría- a todos los ciudadanos sin importar sus particularidades culturales.

Sin embargo, el peso que asignamos a los argumentos científicos puede tentarnos a creer que los debates políticos se resuelven identificando de qué lado está la ciencia. Es una tentación peligrosa, advertía Hannah Arendt: los hechos objetivos, los datos empíricos y las leyes de la ciencia, son despóticos y coercitivos en la medida que se imponen a contrapelo de la deliberación democrática. Las opiniones subjetivas siempre pueden ser discutidas, rechazadas o incluso transigidas. Pero las verdades científicas poseen una obstinación exasperante que, si no queremos aceptarlas, sólo nos dejan espacio a la negación o la mentira. La ciencia y la política viven en tensión porque la primera exige perentoriamente ser reconocida y eso precluye el debate, advertía Arendt, y el debate es la esencia misma de la política.

Sin duda es positivo que nuestra legislación y políticas públicas cuenten con evidencia que valide su conveniencia. Hay que celebrar que Piñera piense en la ciencia y no en su amigo imaginario a la hora de articular la posición del gobierno. Sin embargo, hay que tener cuidado de introducir argumentos científicos como si éstos tuvieran la capacidad autosuficiente de determinar el resultado de debates políticos cuya esencia es normativa. La ciencia es un insumo. Es un insumo especialmente respetable, pero un insumo a fin de cuentas. Las decisiones políticas se toman considerando todos los insumos disponibles.

En ese sentido, la metodología de Piñera es la correcta: al incluir el criterio de los padres en los casos de adolescentes transgénero, entiende que el veredicto de la ciencia no es la única variable sobre la mesa. Lo mismo ocurre, por ejemplo, respecto de las recomendaciones que hacen los expertos para mitigar los efectos del cambio climático: una cosa es aceptar los insumos de la ciencia -que el cambio climático es real y que es principalmente causado por la especie humana- y otra cosa es pretender que los meteorólogos dicten la política pública. La ciencia bien puede constituir una epistemología pública, pero la última palabra la tiene la deliberación democrática.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/04/26/149779/la-ciencia-como-argumento-politico/