Archive for 23 julio 2018

EN EL NOMBRE DE LOS POBRES

julio 23, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 20 de Julio de 2018)

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Primera escena: el entonces candidato presidencial Sebastián Piñera propone eliminar el doblaje de los dibujos animados para niños, con el objeto de que se familiaricen con el inglés desde la más temprana edad. A continuación, el diputado de RD Giorgio Jackson rechaza la propuesta por “elitista”, pues los niños pobres de Chile no tendrían a mano los recursos para entender un idioma foráneo. Segunda escena: en la pasada cuenta pública, el gobierno anuncia la extensión del metro de Santiago hacia La Pintana. Aunque prácticamente todos celebran la medida, el diputado frenteamplista Gonzalo Winter pone en el acento en la perniciosa especulación inmobiliaria que dicho proyecto alentaría. Tercera escena: el gobierno de Piñera dispone una serie de medidas para facilitar el acceso de los adultos mayores al sistema bancario, de tal forma que sigan siendo sujetos de crédito. Desde el Frente Amplio, nuevamente, dijeron que lo que parece una medida a favor de la tercera edad es solo un “mal entendido derecho a endeudarse”, añadiendo que la bancarización es finalmente un negocio para unos pocos.

¿En qué se parecen estos tres casos? En todos ellos, la derecha ha propuesto medidas que van en beneficio de los sectores populares. En todos ellos, la nueva izquierda representada por el Frente Amplio ha retrucado que dichos beneficios son solo aparentes. ¿Lo son?

En el caso de los dibujos animados en idioma original -lo que algunos medios bautizaron como el #Peppagate- la evidencia es abrumadora a favor de la medida si se trata de que nuestro país mejore sus tristes niveles de inglés. Los niños tienen más capacidad de absorber una lengua distinta que los adultos. La idea es justamente lo opuesto de elitista, pues se trata de llevar un recurso pedagógico que la gran mayoría de las familias chilenas carece, a la pantalla de sus hogares. Lo elitista es precisamente dejar que los niños de sectores acomodados tengan clases de inglés en sus colegios y olvidarse del resto. Para quienes no pueden pagar clases particulares, que los dibujos animados se transmitan en inglés es una propuesta democratizadora e igualadora de oportunidades. Que sea difícil en un comienzo no es un argumento demoledor en contra: todos los procesos educativos lo son.

En el caso del metro a La Pintana, la evidencia nuevamente muestra que prácticamente no hay inversión inmobiliaria privada en dichas áreas de la capital, salvo la que hace el propio estado. Es cierto que la llegada del metro sube el valor del terreno, pero eso no es malo para vecinos y comerciantes del sector. La inversión pública atrae inversión privada, de la que muchos -no sólo las grandes inmobiliarias- pueden beneficiarse. Por lo demás, tomando en cuenta que uno de los principales problemas de nuestra ciudad es la segregación, una buena red de transporte público es fundamental para conectar nuestras experiencias sociales. Eso también genera equidad, que debiese ser un valor central para la izquierda, tanto la vieja como la nueva.

Finalmente, está el temor a la bancarización como sinónimo de negocio para los bancos y deudas para los mortales. Pero la bancarización también se conoce como inclusión financiera, justamente porque descansa sobre la premisa que una economía cuyos instrumentos le están vedados a ciertos grupos es una economía que discrimina injustamente. Los países que más admira la izquierda chilena (no autoritaria) por su ethos igualitarista -es decir, los países nórdicos- han sido precisamente los más entusiastas a la hora de promover la bancarización. No lo hacen porque quieran asegurar el negocio de los bancos ni porque disfruten viendo como los ancianos se endeudan; lo hacen justamente porque la inclusión financiera es democratizadora en su capacidad de generar accesos igualitarios a los instrumentos modernos del comercio y el mercado.

En resumen, los sectores menos aventajados de la sociedad chilena bien podrían preguntarse quién representa mejor sus intereses: una derecha que promueve accesos igualitarios a recursos educacionales, de plusvalía y acceso al crédito, o una izquierda que mira con reticencia dichos avances. Digo con reticencia en lugar de rechazo porque tampoco es justo hacer una caricatura. El diputado Winter, por ejemplo, entiende perfectamente los beneficios de la extensión del metro. De hecho, los celebró. Pero hizo noticia porque prefirió llamar la atención acerca de los potenciales abusos de la especulación inmobiliaria. Y en ese sentido tiene razón: si lo vamos a hacer, hagámoslo bien. Lo mismo respecto de la inclusión financiera. Como bien me retrucó un tuitero, la izquierda chilena no propone volver al trueque. Por su parte, el diputado Jackson me señaló correctamente que los avances tecnológicos del comercio -por ejemplo, la progresiva desaparición del efectivo y la conversión al dinero electrónico- podrían ser independientes de la bancarización “neoliberal” a la que apuesta parte de la derecha chilena. Finalmente, siempre está la posibilidad teórica -desde la izquierda- de cuestionar estructuralmente la promesa de estas inclusiones capitalistas. Por eso no argumento que el Frente Amplio sea necesariamente incoherente en su crítica. Lo que sí hago es llamar la atención respecto de algo que ya parece un patrón. No vaya a ser que desde esos mismos sectores desaventajados le pidan a esta nueva izquierda que no siga hablando a nombre de los pobres.

Link: https://www.capital.cl/en-el-nombre-de-los-pobres/

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LA LIBERTAD DE LOS MERCADOS

julio 17, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 6 de Julio de 2018)

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Acaba de estar en Chile el filósofo político John Tomasi. La de Tomasi no es una empresa chica: quiere fusionar la tradición liberal clásica con la liberal igualitaria en un solo programa. Es lo que propone su libro “Free Market Fairness” (2012). Sería posible, según Tomasi, sentar a conversar a Hayek con Rawls. De ese coito intelectual nacería una nueva teoría de justicia liberal, una síntesis mejor que las teorías que propusieron padres, que Tomasi bautiza como “democracia de mercado”.

Lo que distingue a los liberales clásicos, piensa Tomasi, es la importancia que le dan a las libertades económicas típicas del capitalismo. Éstas se expresan en el derecho a trabajar en lo que uno estime conveniente, en poseer propiedad privada, en hacer transacciones con sus bienes y en definitiva en usarlos o consumirlos a su gusto. Estos son derechos básicos pero no absolutos para la tradición liberal clásica, advierte Tomasi. Son tan básicos como los otros derechos civiles y políticos que asegura una constitución liberal. En ese sentido, el autor dibuja una línea entre liberales clásicos y libertarios. Tomasi sabe de libertarios: solía ser uno de ellos. Los libertarios -de derecha, habría que agregar- creen que no hay nada más importante que las libertades económicas. Por lo mismo rechazan cualquier otro rol para el estado que no sea el de proteger la propiedad y hacer respetar los contratos. Los liberales clásicos, como Hayek, pensaban en cambio que el gobierno tenía entre sus funciones financiar la educación y otros bienes sociales que no se obtenían por mera iniciativa privada. La idea de asegurar estándares mínimos de subsistencia, por ejemplo, viene del liberalismo clásico y no está muy presente en la tradición libertaria de Murray Rothbard o Ayn Rand.

Las cosas empezaron a cambiar con Stuart Mill, piensa Tomasi. De pronto, las libertades más importantes pasaron a ser las de pensamiento y expresión, consciencia y asociación. Ahí se jugaba la individualidad, el corazón del pensamiento liberal. Las libertades económicas fueron progresivamente desplazadas en un proceso que culminó con John Rawls y el advenimiento de un nuevo tipo de liberalismo, que se promocionó a sí mismo como un upgrade moral de la versión anterior. En efecto, hablar de liberalismo en los círculos académicos actuales es hablar de la corriente liberal igualitaria. Rawls es el alfa y el omega, para coincidir o discrepar. Pero entre las libertades básicas que buscaba asegurar el modelo Rawlsiano no había muchas libertades económicas capitalistas. De hecho, sólo menciona el derecho a poseer propiedad personal.

He ahí el problema del liberalismo igualitario -o High Liberals, como los llama Tomasi a propósito de la denominación algo pedante que les dio Samuel Freeman-: no advierten que las libertades económicas forman parte esencial del ámbito en que las personas deciden sobre su proyecto de vida. En lo que uno trabaja, lo que uno produce, lo que compra y vende, lo que consume, son todas actividades significativas si se trata de configurar la identidad propia. Tomasi cree que Rawls y los High Liberals tienen razón en que las sociedades son estructuras cooperativas donde los ciudadanos comparten su suerte. Cree que tienen razón en que estamos donde estamos, en gran medida, debido a contingencias moralmente arbitrarias y no realmente a nuestros merecimientos estrictos. Cree que tienen razón en que el liberalismo se trata de respetar las distintas formas de la existencia humana, y que para ello es condición esencial que todas las personas -y no sólo unos pocos suertudos- gocen de estándares de vida dignos que les permitan elegir un camino de vida. Cree que tienen razón en que la búsqueda de la igualdad no puede agotarse en la mera igualdad formal ante la ley del liberalismo clásico. Pero también cree que dentro del set de libertades básicas del liberalismo de izquierda deben incluirse las libertades de una economía capitalista. De lo contrario se ponen todos los huevos en la canasta de la igualdad de estatus democrático pero muy pocos en la agencia individual, que es fundamental para que las personas sean dueñas de su destino.

En efecto, el liberalismo igualitario de la escuela Rawlsiana tiene una tensa relación con la economía de mercado. Somos capitalistas renuentes, diría Ronald Dworkin. Por lo mismo, la tarea de Tomasi ha sido internamente controversial. No dejó muy contentos a los libertarios ortodoxos ni a los liberales de izquierda. Pero es un esfuerzo encomiable. En palabras de Tomasi, su idea fue desanclar el liberalismo clásico de sus cimientos utilitarios y reconstruirlo sobre las premisas deontológicas del liberalismo igualitario. Aquí, las personas son tratadas como ciudadanos democráticos, fines en sí mismos, antes que como maximizadores de utilidad económica. La novedad que propone el autor de “Free Market Fairness” es que dicha concepción incorpore la importancia de las libertades económicas típicas del capitalismo porque son fundamentales si la idea es que los individuos sean los autores de su propia existencia, y porque a la vez generan dinámicas de crecimiento que mejoran sistemáticamente la calidad de vida material de las capas menos aventajadas de la sociedad. Es decir, Rawls y Hayek juntos en un atractivo híbrido filosófico.

Link: https://www.capital.cl/la-libertad-de-los-mercados/

TRABAJEN, FLOJOS

julio 12, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 5 de Julio de 2018)

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“Pónganse a trabajar”, fue el recado que mandó el presidente Sebastián Piñera a la oposición, en medio de acusaciones de sequía legislativa por parte del Ejecutivo. Pero averiguar si la culpa del tránsito lento en el Congreso recae en el oficialismo o en las huestes de la ex Nueva Mayoría y el Frente Amplio no tiene mucho sentido. Obviamente, hay responsabilidades compartidas. En los sistemas hiper-presidenciales, la música -y especialmente el ritmo a través de las urgencias- la pone el gobierno. Sin embargo, el Congreso no está pintado. Los parlamentarios de oposición tienen sus propios mecanismos para regular los éxitos legislativos de La Moneda. Por eso, esta discusión tiene poca sustancia en el campo del derecho constitucional y sus derivados.

No obstante, es una controversia sabrosa en otro ámbito: el de la simbología política. La gente no evaluará si la razón la tiene Piñera o la oposición de acuerdo a lo que dice la constitución respecto de la tramitación de las leyes. La gente suele creerles a los actores políticos que promueven un discurso consistente con sus atributos. En ese sentido, Piñera sabe que sale ganando al tratar -sutilmente- a sus adversarios de flojos. En subsidio, de obstruccionistas. En el imaginario colectivo, Piñera puede tener mil defectos, pero pocos disputan que se trata de un hombre extraordinariamente trabajador. Sus problemas reputaciones son de orden ético, pero no de aquel que los ingleses denominan work ethics. En otras palabras, da la sensación de que Piñera se saca la chucha trabajando. Que, a diferencia de la mayoría de los mortales, le gusta levantarse a laburar. Tan obsesivo como entusiasta, Piñera no pasa por remolón ni sacador de vuelta.

De pasada, refuerza la idea que la derecha es mejor para hacer que para discursear. En los noventa, fueron las alcaldías lavinistas. Más adelante, con el propio Piñera, las parcas rojas. El primer presidente de derecha electo en democracia no quería ser un Jefe de Estado en la estratósfera de los estadistas que miran a cien años plazo, sino un Primer Ministro con las manos en la masa. Esto no quiere decir que los políticos de izquierda sean poco trabajadores. Pero se ha ido consolidando la imagen de que sus habilidades están más bien en el campo de la oratoria, la negociación y la refriega doctrinaria. La derecha reflexiona menos, lo que quizás tenga relación con su mayor vocación ejecutiva. Es la izquierda la que pide acortar la jornada laboral y aprueba con beneplácito nuevos feriados. Y es la derecha, usualmente, la que pone el grito en el cielo por la eventual disminución de la productividad.

El desenlace de la última elección presidencial también puede leerse en esta clave. El cientista político Patricio Navia la resumió como una contienda entre el pillo (Piñera) y el flojo (Guillier), agregando que su voto sería para Piñera porque “es más fácil controlar a un pillo que hacer trabajar a un flojo”. El propio Guillier salió en defensa de lo que llamó la “vieja práctica provinciana de la siesta”, que lamentablemente la campaña le estaba negando. Quizás por lo mismo invitó a los chilenos a pegarse una pestaña el domingo que se realizaban las primarias de Chile Vamos y el Frente Amplio. Aunque fue una humorada que varios se tomaron con excesiva gravedad, el episodio sirvió para reafirmar la sospecha: Guillier es virtualmente narcolépsico. Y tal como expresó Navia con crudeza, muchísimos chilenos prefirieron al pillo trabajólico.

Por tanto, si la idea es salir a golpear al gobierno porque ha sido flojo en sus deberes legislativos, tendrá que ser ejecutada a la perfección para que sea creíble. Si el eje semántico del debate gira en torno a la capacidad de trabajo de los actores políticos, entonces Piñera lleva las de ganar. Hay otras áreas en las cuales el presidente es vulnerable. Por ejemplo, la mayoría de los chilenos creyó a pies juntillas que Piñera estuvo involucrado -vía Ruiz-Tagle- en la salida de Harold Mayne-Nicholls de la ANFP, y consecuentemente, de Marcelo Bielsa del seleccionado nacional. Se lo creyeron porque es algo que Piñera podría hacer. Lo conocieron a través de una radio Kioto conspirando telefónicamente con amigotes para destruir a una correligionaria. No es descabellado pensar que estuvo metido en la salida de Bielsa -un personaje que le resultaba difícil de manejar por su declarada antipatía. Pero sí suena raro que el Congreso no esté haciendo su pega por culpa de la inacción de un presidente con piduye que si pudiera reescribiría todas las leyes para que lleven su firma.

A Piñera, en el fondo, le conviene esta polémica. Es una cancha que le favorece en la dimensión de las percepciones generales y las llamadas verdades históricas. Le costará un censo a la oposición hacer que Piñera parezca dejado, desmotivado, flojo. Por eso Piñera contraataca con la cantinela del obstruccionismo. A fin de cuentas, ese es un cargo que el jurado ciudadano se puede tragar fácil. Todas las oposiciones son más o menos obstruccionistas. Y esta no tiene cara de ser la excepción.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/07/04/columna-cristobal-bellolio-trabajen-flojos/

¿QUIÉN ES MÁS DE IZQUIERDA?

julio 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 28 de Junio de 2018)

En teoría, la idea cae de cajón: el Frente Amplio debe sumar sus fuerzas al Partido Socialista y al Partido Comunista para configurar un gran polo de izquierda en Chile. El ala Girardista del PPD también calza en la ecuación.

¿Qué gana el Frente Amplio? Su proyecto dejaría de ser la moda del momento -como el Podemos en España- y se conectaría con los referentes históricos de la izquierda chilena del siglo XX. Es decir, gana en densidad biográfica. Sin mencionar la ganancia electoral y el músculo para gobernar. El Frente Amplio, con su primera línea de Millennials que pasaron de la refriega universitaria a la política nacional sin escalas, no está todavía en condiciones de darle a Chile un gobierno a la altura de sus propias expectativas: simultáneamente transformador y políticamente sostenible. En cambio, con los cuadros técnicos del mundo socialista adentro, la promesa suena más creíble. Para gobernar bien hay que penetrar muchas estructuras que van del mundo empresarial al sindical. El PS y el PC ya tienen muchos recursos invertidos en ello. Por una cuestión generacional, al Frente Amplio se le hace difícil copar todos esos espacios por sí mismo.

¿Qué ganan el PS y el PC? La frescura que no tienen. Como diría Piero, ellos tienen los años viejos y el Frente Amplio los años nuevos. Les da también la oportunidad de sacudirse de sus lazos neomayoritarios. La coalición de Bachelet II no resultó como se esperaba. Más allá de las apreciaciones sobre su legado, desde el punto de vista de la proyección, la presidenta hizo poco por consolidar los puentes entre los partidos que la apoyaron. Como alguna vez lo hizo el difunto Prince reemplazando su nombre por un logo que se traducía como “el artista antes conocido como Prince”, quienes llevaron por segunda vez a Bachelet a La Moneda deberían buscarse una imagen que se leyera como “la coalición antes conocida como Nueva Mayoría”. Socialistas y comunistas están perdiendo el tiempo al alero de una marca que envejeció mal y muy rápido. Al menos desde la perspectiva estética -más relevante de lo que muchos intelectuales creen- la unión con el frenteamplismo sexy de Boric y Jackson les permite volver posar de modernos. La Casa Común que acaba de fundar Fernando Atria es justamente un paso en ese sentido.

Evidentemente, los obstáculos son casi tantos como las oportunidades. Muchos comunistas y socialistas de base no creen que el Frente Amplio sea realmente de izquierda. El alcalde de Recoleta Daniel Jadue sugirió que incluso había colectivos anticomunistas en su seno, probablemente refiriéndose a los liberales del diputado Mirosevic -uno de los pocos que no han sido ambiguos en condenar al régimen de Maduro que Jadue defiende contra viento, marea y evidencia. Por otra parte, los comunistas no olvidan que las huestes autonomistas son herederas de la Surda y de aquellas voces que llamaban a restarse del proceso democrático burgués. Infantilismo revolucionario, le llamaba Lenin. Tampoco, finalmente, les cae bien el registro pseudo-mesiánico y maximalista de varios dirigentes frenteamplistas que parecen pensar que la historia empieza con ellos y que el resto son todos unos vendidos.

Por lado del Frente Amplio, las sospechas son similares. ¿No son estos mismos socialistas y comunistas los que gobernaron hasta ayer con la Democracia Cristiana? ¿No es acaso la Nueva Mayoría una versión remozada de la Concertación que profundizó el modelo neoliberal? ¿Con qué cara acusan al Frente Amplio de hipo-izquierdismo? Ante estas incómodas preguntas, socialistas y comunistas usualmente apelan al pragmatismo -una noción difícil de aceptar cuando eres dirigente universitario y el mundo está a tus pies. Los socialistas añaden que sus bases nunca extraviaron el camino doctrinario -como sí lo habrían hecho sus elites- y los comunistas insisten en que la Nueva Mayoría era sustancialmente distinta de la Concertación.

Todo esto es conversable. Tener ideas comunes es fundamental para compartir un proyecto político, pero también son esenciales los afectos. En eso, lo de Atria apunta en el sentido correcto. Para que el asunto cuaje, el Frente Amplio tiene que dejar de ver al PS y al PC como resabios decrépitos de una transición demasiado benevolente con el dictador, mientras el PS y el PC deben dejar de mirar al Frente Amplio como un conglomerado de jovencitos iluminados que quieren partir de cero.

En lo que ambos pueden coincidir es que nadie necesita realmente a la DC en la etapa que comienza. Hubo un tiempo en que no se podía hacer nada en el ámbito de la centroizquierda sin la imponente presencia democratacristiana. Ese tiempo ya pasó. Nadie se vuelve loco por reclutar las fuerzas de un partido en progresivo proceso de jibarización. Sería como pagar una millonada por un jugador que está más cerca del retiro que de su peak de rendimiento. Sin embargo, esto no es necesariamente un problema. En cierto sentido, es lo que la izquierda siempre ha soñado: que el llamado polo progresista tenga la suficiente fuerza política y electoral para competir de igual a igual con la derecha, sin tener que estar haciendo concesiones permanentes a una tribu que en lo central sigue siendo conservadora. A medida que el fantasma de Pinochet se siga desdibujando en la memoria y la derecha sea capaz de interpretar el espíritu socialcristiano matizando su capitalismo salvaje, parte de la sensibilidad falangista se sentirá más cómoda en ese lado del espectro. El verdadero problema es seguir compitiendo por quién es más de izquierda.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/27/columna-cristobal-bellolio-quien-mas-izquierda/