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CONTRA LA POLÍTICA DE LAS IDENTIDADES

agosto 24, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 17 de agosto de 2018)

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Mark Lilla es uno de los intelectuales de cabecera del mundo liberal gringo. Allá, liberal es sinónimo de centroizquierda y es la sensibilidad que representa el Partido Demócrata. Por eso, leer a Lilla es leer la autocrítica de un mundo que perdió dolorosamente a manos de Donald Trump. Es lo que hace en “The Once and Future Liberal” (2017) -recientemente publicado en castellano como “El Regreso Liberal”-, una fiera crítica a la política de las identidades como eje narrativo de la acción política, y al mismo tiempo su manifiesto para recuperar el poder.

Fue adoptar la política de las identidades, sostiene Lilla, lo que condenó a la centroizquierda. No sólo en la última elección. Es un proceso que se viene arrastrando. Los demócratas tuvieron alguna vez una visión convocante. Fue en tiempos del New Deal de Roosevelt, rememora. La siguiente gran visión-país vino con Reagan en los ochentas: una visión libertaria, individualista, winner. Desde entonces, piensa el autor, ha habido poco que apele a lo que tenemos en común, y mucho más de aquello que nos divide en identidades. La izquierda liberal construyó su discurso apelando a grupos que pedían para sí una serie de reivindicaciones justas: LGTB, mujeres, afroamericanos, nativo-americanos, inmigrantes, hispanos, etcétera. Pero, en la pasada, dejó de hablarle al resto de la nación, especialmente a aquellos sectores trabajadores que siempre fueron su sostén electoral. Eso que Trump y los populistas de manual llaman la “mayoría silenciosa”. Los liberales norteamericanos se parapetaron en las universidades y construyeron burbujas progresistas fáciles de escandalizar de sus cavernarios compatriotas. Asociado a lo anterior, descuidaron la política de verdad, esa que se gana con votos, y declararon su amor a los movimientos sociales y las ONG. No es raro que de ahí vengan sus élites dirigentes.

En la política de las identidades y el reconocimiento, piensa Lilla, no hay como ganar. Los negros se quejaron de que la mayoría de la dirigencia era blanca -lo que era cierto. Las feministas dijeron lo mismo de los hombres -también cierto. Luego las mujeres negras enjuiciaron a sus pares negros de machismo y el racismo implícito de las feministas blancas. A continuación, todas ellas fueron cuestionadas por las lesbianas por presumir la naturalidad de la familia heterosexual. Y así sucesivamente. La política de las identidades abrió nuevos frentes de conflicto: las llamadas guerras culturales y los avatares de la corrección política. Las discusiones dejaron de tratarse del mejor argumento y se transformaron en un concurso donde gana la identidad moralmente superior. De ahí que solo ciertas personas puedan hablar de ciertos temas. Ya no fue tan importante si las aseveraciones eran verdaderas o falsas, lo importante fue si son puras o impuras desde un pretendido olimpo ético. Es cosa de darse una vuelta por Twitter, donde los sumos sacerdotes del buenismo dan sus sermones.

Dice Lilla que a los liberales gringos se les metió el hábito de “tratar cada asunto como si se tratase de un derecho inviolable, sin espacio para la negociación, e inevitablemente presentando a sus oponentes como monstruos inmorales, en vez de simplemente como conciudadanos con visiones distintas”. Se les olvidó que los grandes cambios, para que sean sustentables, requieren de amplios consensos y para eso es mala idea demonizar al adversario. La política de campus se volvió religiosa, reflexiona Lilla: “implacable vigilancia del discurso, protección de oídos vírgenes, inflación de pecados veniales como si fuesen mortales, la prohibición de los predicadores de ideas impías”. Las redes sociales, por su parte, no ayudaron, pues funcionan como cámaras de eco donde principalmente escuchamos a los que piensan igual.

En su tránsito hacia la pontificación discursiva, la izquierda perdió contacto con el mundo real. En la lógica de las identidades, las fuerzas se mueven en forma centrífuga. En cambio, la política partidista que convoca y aglutina es centrípeta: habla del futuro compartido. No tiene miedo a decir a nosotros, como si en aquello se escondiera un privilegio que busca pasar por neutral. No busca tanto la expresión de la propia personalidad, sino que se orienta hacia la persuasión. Esa es la política que la centroizquierda necesita, remata Lilla. Lo otro, la política de las identidades, es la abolición de la sociedad. Es Reagan para izquierdistas.

En Chile, uno de los principales lectores de Lilla es Andrés Velasco. En un reciente artículo publicado en Project Syndicate, Velasco pide reconocer que la derecha, especialmente la reaccionaria y populista, también apela a las identidades de ciertos grupos. Su punto central es que quizás no sea posible una política que no se construya en cierta forma desde las distintas identidades, y que eso no es enteramente malo. La representación por evocación de valores abstractos tiene limitaciones. Lo que queremos, muchas veces, es que nos represente alguien que haya vivido algo parecido a lo que nosotros hemos vivido. Esa idea de representatividad por presencia, sugiere Velasco, no debe ser desechada. Aun reconociendo sus evidentes riesgos y problemas, la tesis del ex ministro de hacienda es que es posible rescatar el lado virtuoso de la política de las identidades. En el fondo, Lilla y Velasco no están en desacuerdo: ambos destacan la vitalidad social del pluralismo -y en ese sentido son antipopulistas- pero insisten en la importancia de desarrollar una conciencia cívica común -desde el liberalismo- que ponga acento en lo que nos une antes que en lo que nos separa.

Link: https://www.capital.cl/lilla-contra-la-politica-de-las-identidades/

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TIERRAPLANISTAS

agosto 6, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 3 de agosto de 2018)

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Un importante periódico de la plaza le dedicó hace poco una de sus secciones al tierraplanismo, relatado en primera persona por uno de sus cultores, el arquitecto Guillermo Wood. Era importante precisar su profesión. Le da más autoridad. No es un cualquiera: debe tener alguna idea de lo que está hablando. Muchos se quejaron en las redes sociales. Les pareció que se validaba una creencia absurda, manifiestamente falsa, casi peligrosa. No vaya a ser que alguien lea el artículo y empiece a creer que la Tierra es plana. Bueno, es lo que le pasó a Wood, que abre su presentación contando que se hizo tierraplanista tras leer una noticia en ese vasto mar que es Internet.

La polémica sobre el tierraplanismo no es científica, pero sí es política. Es el caso de laboratorio (que suelen ser los más extremos) que ocupan los filósofos para preguntarse cuál es el espacio -en el contexto de una sociedad pluralista y un régimen democrático- que pueden tener las creencias, ideas y opiniones que se rebelan frente al conocimiento científico, contra los hechos establecidos, contra la verdad de como son las cosas. Es una pregunta cada vez más importante. Aunque nadie sabe con certeza qué diablos es la post-verdad, pareciera tener relación con la reivindicación de ciertos de grupos de promover visiones alternativas de la realidad. Dicho de otra manera, de llevarle la contra a la ciencia. Populistas, fundamentalistas religiosos y libertarios -aunque por distintas razones- suelen encontrarse en los pastos del negacionismo científico. El manifiesto del tierraplanista tiene de un poco de todo eso: conspirativo, apelando al sentido común, rebelándose ante la ciencia como discurso disciplinario a-la-Foucault, estructuralmente escéptico al mismo tiempo que insoportablemente dogmático.

Pero, al menos desde la perspectiva liberal, no es cosa de llegar y silenciar el negacionismo. Se supone que tenemos un compromiso con la tolerancia. Sostener creencias en ausencia de evidencia -o contra la evidencia- es un derecho. Persistir en una equivocación fáctica, ídem. Más todavía, reservarse el derecho de dudar del consenso científico. En eso estaremos más o menos de acuerdo. Los problemas empiezan cuando salen de la privacidad de la creencia individual y reclaman no solamente libertad de expresión, sino derecho a plataforma y tribuna. Por eso las redes sociales se enojaron con el medio y no con el tierraplanista. El segundo está loco, decían, pero el primero es irresponsable. Es la misma intuición que nos invade cuando vemos científicos de verdad y negacionistas discutiendo de igual a igual en los matinales: no son posiciones simétricas, pensamos, no deberían tener el mismo espacio. Pero esa es una decisión que deben tomar los medios, guiados por sus lineamientos éticos. Si entre ellos se encuentra la importancia de educar a la población y no meramente entretenerla, entonces se desprende que deben tomar partido por el conocimiento científico establecido (en cualquier caso, no pienso que La Tercera haya “avalado” el tierraplanismo: la sección en comento se llama “cosas de la vida”, que es como decir “hay de todo en la viña del Señor”. Es casi una celebración del folclore patrio). Por cierto, los medios también debiesen reflexionar sobre la posibilidad legitimar teorías que pueden poner en riesgo físico a la población. Los Tierraplanistas son jocosos por la debilidad de su evidencia pero también porque son inofensivos. No es el mismo caso de los antivacunas.

De aquí pasamos al siguiente nivel de complejidad: ¿tienen los padres el derecho de educar a sus hijos en creencias manifiestamente falsas o que contradicen las “verdades” de la ciencia? Álvaro Fischer, el gran darwinista chileno, sostuvo en una reciente entrevista que las familias tenían el derecho de educar a sus hijos en colegios creacionistas, aquellos que niegan la teoría de la evolución. Más aún, con subsidio público. Muchos liberales piensan lo mismo. Les aterra que el estado les diga qué pensar. Mejor una familia ignorante que vive libre que un estado que obligue a la ilustración. Pero ¿no estamos comprometiendo los derechos individuales del niño al presentarle una visión científicamente equivocada de la realidad? Si nos importa la igualdad de oportunidades, ¿no los estamos desaventajando negligentemente en la carrera de la vida? ¿No deberíamos asegurar un set de conocimientos básicos sobre la estructura y funcionamiento del cosmos que funcione como mínimo común democrático, como una especie de requerimiento de ciudadanía?

Finalmente, el tercer nivel de complejidad versa sobre el tipo de argumentos y razones que ofrecen los actores políticos para justificar normas y políticas públicas. La ciencia se presume epistemología pública. En su versión ideal, es un método que todos los ciudadanos razonables pueden reconocer como imparcial y válido para dirimir contiendas fácticas. Por eso se espera, al menos como un deber de civilidad, que los gobernantes, congresistas y jueces, no se aparten en sus labores públicas de la evidencia científica disponible. Que un diputado tenga preferencias esotéricas no constituye ningún problema cívico. El problema son los diputados que legislan contra la ciencia.

Como el ministro Varela, que agradece que su “mala analogía” haya introducido una conversación importante, hay que agradecerle al tierraplanista por introducir la punta de un iceberg que hay que abordar de manera más sistemática.

Link: https://www.capital.cl/tierraplanistas/