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EL NUEVO CONSENSO

septiembre 20, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 14 de septiembre de 2018)

Tres grandes consensos gozamos a lo largo de nuestra trayectoria independiente, sugería el historiador Gonzalo Vial. El primero era de carácter doctrinario, y se habría perdido cuando liberales y conservadores decimonónicos se enfrentaron por el rol de la Iglesia en la república. El segundo era de carácter político, y habría naufragado cuando presidencialistas y parlamentaristas hicieron estallar la Guerra Civil de 1891. El tercer consenso cayó cuando la oligarquía que hasta entonces había conducido los destinos del país no supo responder a las exigencias de la cuestión social a comienzos del siglo XX. Desde entonces, insinuaba Vial, Chile se encontraba tectónicamente dividido.

Desde 1932 a 1973, sin embargo, otros consensos parecen haber surgido: la expansión del estado, la industrialización, la democracia en un sentido formal. El golpe militar volvió todo a fojas cero. Pinochet pretendió refundar la patria, pero los consensos no se obtienen a punta de pistola. El plebiscito de 1988, por el contrario, reveló una fractura tan o más profunda que las anteriores. Los cientistas políticos se refirieron entonces al clivaje “autoritarismo vs. democracia”. La transición fue, qué duda cabe, un ejercicio exitoso administrando esa fractura. Pero la llamada democracia de los acuerdos fue un plan de contingencia más que un consenso en un sentido sustantivo. Las legítimas diferencias ideológicas, como diría Mansuy, fueron quedando en silencio. Por eso es tan importante lo que está ocurriendo por estos días en la política nacional.

Después de varios intentos fallidos por sacarse la mochila afectiva de la dictadura -desde Lavín admitiendo que habría votado por el NO con la información que tiene en la actualidad hasta Piñera hablando de los “cómplices pasivos” en su anterior gobierno- finalmente empieza a aparecer en la derecha un discurso consistentemente crítico respecto del período. Aparece, como era previsible, de la mano de las nuevas generaciones, aquellas que no tenían edad para votar en el plebiscito. Fue el argumento central que ofreció Hernán Larraín Matte (43), presidente de Evópoli, al sostener la tesis de la inviabilidad política de Mauricio Rojas en el Ministerio de Cultura: las violaciones a los DDHH no deben ser sometidas a ninguna “contextualización” que busque pasar de contrabando algún tipo de justificación o relativización. El mismo Larraín había coordinado hace cinco años una declaración con marcado acento generacional, distanciándose no sólo de los horrores cometidos por los agentes del estado bajo Pinochet, sino de la tesis de la “inevitabilidad” del golpe, además de proponer a los partidos del sector que retiraran de sus declaraciones de principios las alusiones a la “gesta liberadora del 11 de septiembre” (lo que ya ocurrió en RN y se debate en la UDI).

Algo similar hace el diputado gremialista Jaime Bellolio (37), quien le pide a la derecha que no caiga en lo mismo que critica y condene sin ambages los procederes del régimen militar. Su tesis es radical en el sentido que contradice el argumento de naturaleza utilitarista que muchas veces se esgrime en la derecha para moderar su condena: no habríamos tenido el despegue económico que tuvimos sin Pinochet. Recientemente, el díscolo de la UDI ha tomado el camino Kantiano: los buenos resultados en un área particular no justifican jamás los procedimientos viciados.

Al otro lado del firmamento, la bengala más luminosa la lanzó Gabriel Boric (32). El diputado autonomista pidió a sus socios del Frente Amplio reflexionar sobre los silencios cómplices y las apologías explícitas que abundan en la izquierda respecto de los regímenes autoritarios del mismo signo ideológico. Los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela salieron a la palestra. Sus palabras fueron aplaudidas por casi todo el espectro, pero el ala más radical de su coalición le cayó encima. Pidieron, de la misma forma que lo hace la derecha con Pinochet, “contextualizar” los distintos procesos. Pero lo de Boric también es Kantiano: ningún proceso puede reivindicarse a punta de atropellos a los DDHH, y ninguna concepción de democracia económica o social puede ser tan laxa como para devaluar garantías políticas en materia de libertad de expresión y posibilidad efectiva de oposición.

Con Boric se matricularon sus colegas de Revolución Democrática, Giorgio Jackson (31), y del Partido Liberal, Vlado Mirosevic (31). Este último renunció a la presidencia de la comisión de RREE de la Cámara Baja por las críticas sistemáticas que los sectores duros del frenteamplismo le dirigen, justamente por sus posiciones universalistas en materia de DDHH. Mirosevic ha sido consistente en su discurso: ni Castro ni Pinochet. Desde el punto de vista estratégico, además, el triunvirato que conforman Boric, Jackson y Mirosevic -el autentico partido transversal del FA- entiende que es incompatible un proyecto político con vocación de mayoría que al mismo tiempo defienda lo indefendible ante el tribunal de la opinión pública. No están solos. Varios parlamentarios del bloque -especialmente sus correligionarios- se han pronunciado en el mismo registro. A primera vista, incluso, es la minoría política del frenteamplismo -MDP, Poder, Igualdad- la que se niega a reconocer los abusos de la izquierda en la región. En este sentido, sus visiones son mucho más afines a las del Partido Comunista chileno. Y emergen de una mecánica de razonamiento que comparten muchos en RN y la UDI, especialmente los más veteranos: en ambos extremos del espectro, se imponen visiones consecuencialistas que privilegian el fin (desarrollo económico en caso de la derecha, justicia social en el caso de la izquierda) por sobre los medios utilizados. 

Sin embargo, volviendo a la nomenclatura de Vial, irrumpe un nuevo consenso, que va desde Jaime Bellolio en la derecha hasta Gabriel Boric en la izquierda, en torno a la inviolabilidad de los DDHH y a la observación irrestricta de los procedimientos democráticos. Es un consenso que, finalmente, expresa una convicción transversalmente liberal: lo que se construye con atajos no goza de legitimidad.

Link: https://www.capital.cl/el-nuevo-consenso/

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LA FORMA Y EL FONDO

septiembre 6, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 31 de agosto de 2018)

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Es la obsesión de muchos nuevos movimientos y partidos en formación: venderse como castos, puros y virginales, alejados de las malas prácticas y de los vicios mañosos de sus exponentes más tradicionales. La promesa es una nueva forma de hacer política, éticamente impoluta, horizontal y participativa, de puertas abiertas y fraterna camaradería. Sin cocina. Sin macuqueros. Sin lucha de egos. Sin traiciones. Sin agendas personales. A veces, incluso, sin ideología.

Pero asaltan varias preguntas. Primero, si acaso existe tal novel forma, tomando en cuenta las particularidades de la actividad política. Segundo, si es conveniente anunciar a los cuatros vientos que eres distinto a los demás, cuando aún no le has tomado el peso a las inercias del ejercicio del poder. Me inclino a responder negativamente a ambas. No existe una nueva forma de hacer política y cuando se dice no es más que un eslogan. Acá no hay salvadores ni mesías. Nadie ha descubierto la piedra filosofal. La política es la política y siempre estará cruzada por las imperecederas debilidades humanas. La ambición por el poder no un defecto de los políticos sino su condición inherente y necesaria. Nos gusta pensar que somos moralmente mejores que nuestros rivales, pero sometidos a prueba reaccionamos en forma más o menos parecida. Por lo mismo, abusar del discurso de las manos limpias es un error estratégico. A la primera que te sorprenden haciendo lo que hacen todos los demás, el reproche es doble: no solo eres corrupto, también eres farsante. En cambio, los partidos viejos, curtidos en el arte de gobernar, son prudentes a la hora de escupir al cielo. Entienden que la lucha por el poder es como jugar en el Parque Schott en pleno invierno: todos salen embarrados.

Este ha sido uno de los problemas que ha debido enfrentar el Frente Amplio. Dijeron que eran distintos. Ahora, los medios de comunicación y sus adversarios políticos festinan con sus episodios de crisis. Nada del otro mundo, pero terminan siendo amplificadas por la propia hipersensibilidad de sus dirigentes y militantes. Recientemente, el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, se quejó porque su bloque estaba “en el peligroso camino de parecerse a una fuerza más en el escenario político”. ¿Y qué se supone que son? ¿Los elfos de Lothlórien? ¿Monjes tibetanos? ¡Son justamente una fuerza más en el escenario político! La gracia del Frente Amplio es que se trata de una tercera alternativa que viene a oxigenar el petrificado paisaje coalicional chileno, que tiene una vocación declaradamente autoflagelante respecto de los años de la Concertación y que se conecta naturalmente mejor con la experiencia histórica de la generación post-Pinochet. Es decir, un marco ideológico claro -a la izquierda del espectro-, un mito originario -las movilizaciones estudiantiles del 2011- y una estética atractiva -rostros frescos como de sitcom de Netflix. Con eso basta. No hay necesidad de agregarle fanfarrias de virtuosismo moral. Ese camino conduce derechito a la frustración. Es cosa de ver lo que le ocurrió al propio movimiento social porteño que levantó la candidatura de Sharp: son los principales desencantados porque pensaron que gozarían de una alcaldía ciudadana y horizontal. Acusaron traición -échele un vistazo al libro de Rocío Venegas- cuando el Autonomismo se llevó la pelota para casa. Pero quizás los ingenuos hayan sido ellos y sencillamente no haya forma de ejercer el poder que no tenga cierta verticalidad, hermetismo y horizonte electoral.

Para qué hablar de Ciudadanos. Andrés Velasco irrumpió en política promoviendo las buenas prácticas. Si la encerrona del almuerzo millonario ya le hizo mella, el espectáculo tragicómico que está dando su partido en la elección interna es para cerrar por fuera. Aunque las sospechas de fraude recaen sobre los rivales del velasquismo -que habrían violentado las reglas electorales- el desenlace no será feliz para ninguno. Los únicos que se ríen son Guido Girardi y Francisco Vidal, íconos de las malas prácticas en el relato original. Lo que ocurrió en Ciudadanos sería grave en cualquier partido -lo fue para la DC en el llamado Carmengate que selló la candidatura presidencial de Aylwin sobre Gabriel Valdés en 1988- pero no todos los partidos nacen con un eje discursivo tan centrado en hacer una nueva política, limpia y honesta. Evópoli, por ejemplo, se concentró en un par de ideas de fondo -los niños primero, la meritocracia y la posibilidad de una derecha medianamente liberal en las llamadas materias “valóricas”- antes que jactarse de sus formas éticamente superiores a la hora de hacer política. Saben que en una de esas les toca participar de alguna cocina en el futuro. Porque cocina habrá siempre; la pregunta es cuán legitimados están los actores que participan en ella y cuanto recambio es necesario para que las elites no se estanquen. El Partido Liberal del diputado Mirosevic también ha tocado las teclas correctas, conectándose con la tradición del liberalismo decimonónico chileno, peleando por la autonomía personal en la arena legislativa y marcando el contraste con sus socios frenteamplistas respecto de la universalidad de los DDHH. No construyó su discurso sobre la base de una pretendida inmunidad frente a las tentaciones del lado oscuro de la política, que -sabemos- es un error subestimar.

En resumen, el consejo estratégico parece ir por el lado de fortalecer la identidad ideológica antes que vestirse con ropajes santurrones. Principalmente porque la política no es para santos y tarde o temprano nuestros pecadillos quedarán expuestos frente a todos aquellos que alguna vez mandamos al confesionario.

Link: https://www.capital.cl/la-forma-y-el-fondo/