Archive for 29 octubre 2018

LA DERECHA MÁS ALLÁ DEL MURO

octubre 29, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de Octubre de 2018)

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Cuando el diputado Jaime Bellolio desafió hace dos años a Jacqueline van Rysselberghe por el control de la UDI, su objetivo no era solamente ganarle a la senadora penquista; ése era solo el objetivo inmediato. El objetivo de largo plazo era salirle al camino a Felipe Kast y al avance de Evópoli. Así quedó claro cuando presentó su diagnóstico: el problema de la UDI no es de stock, es de flujo. Es decir, el gremialismo goza todavía de una robusta posición política en el escenario nacional, una nutrida militancia y un electorado que si bien se encoge sigue siendo fiel. Pero no tiene el futuro asegurado. Por el contrario, las nuevas generaciones -menos pinochetistas y menos conservadoras que sus padres- considerarían más atractiva una propuesta como la de Evópoli, más fresca y liberal, aunque igualmente libremercadista.

Hacía bastante sentido. Parecía incluso una cruzada civilizatoria: matar a la vieja UDI -autoritaria y confesional- para dar nacimiento a una nueva UDI acorde a los tiempos. En esa clave también hay que leer la intencionada elección de adversarios: mientras el diputado Bellolio decía que sus rivales ideológicos estaban en el Frente Amplio (lo mismo que han dicho desde Evópoli), la senadora JVR insistía en que sus rivales eran los sospechosos de siempre agrupados en la Nueva Mayoría.

La irrupción de José Antonio Kast desordenó el naipe. Ironías del destino: JAK fue el mentor del joven Bellolio en el gremialismo, en la época en que representaba una suerte de tercera vía entre el Jovinismo y el Longueirismo. Es más, le abonó el terreno en el viejo distrito de Buin, Calera de Tango, Paine y San Bernardo. Hoy, es su principal problema. Si el proyecto de moderar a la UDI es exitoso, JAK tiene licencia para seguir agrupando a la derecha “sin complejos” que se siente traicionada por líderes que abdican de su pasado. En la mentalidad polarizada y maniqueísta de esos círculos, Jaime Bellolio prácticamente debería unirse al Frente Amplio. Es una derecha enrabiada, que se siente asediada por una supuesta hegemonía cultural del progresismo y la llamada “tiranía” de la corrección política. JAK es su pastor, su líder indiscutido.

En este nuevo escenario, Jackie tiene una misión. Ya no se trata de detener el tiempo. Se trata de contener el avance de la extrema derecha, logrando que la UDI vuelva a interpretar a esos sectores que hoy no se sienten representados por el oficialismo por considerarlo entreguista. He ahí el sentido de su reunión con Jair Bolsonaro. A Van Rysselberghe le importa un comino que la mayoría de los chilenos se escandalicen. Su apuesta tenía otro objetivo: ganarle el “quien vive” a José Antonio Kast, Manuel José Ossandón y cualquier otro actor político de su sector que quiera apropiarse del efectivo discurso populista del próximo presidente brasileño. Aunque JAK partió corriendo detrás de JVR a reunirse con Bolsonaro, llegó placé. En una época en la cual el apelativo de conservador no tiene mucho lustre -como sinónimo de estar siempre a la defensiva, contra el progreso moral de los pueblos, en el lado incorrecto de la historia-, la extrema derecha presenta una narrativa mucho más atractiva por su agresividad: sale al ataque, denuncia la podredumbre ética de la izquierda, reivindica con orgullo sus principios.

En la jerga de Juego de Tronos, JAK es el rey más allá del muro, agrupando una serie de tribus -evangélicos militantes, católicos ultramontanos, militares en retiro, nacional-patriotas, empresarios apartidistas, libertarios dogmáticos, amantes de la mano dura, enemigos juramentados de la elite liberal- bajo el estandarte retórico de la mayoría silenciosa que encarna el sentido común. Van Rysselberghe observa su marcha desde el Castillo Negro de calle Suecia, que separa al mundo civilizado -el sistema de partidos- del mundo salvaje -todos los movimientos que pululan a la derecha de la UDI. Jaime Bellolio, promesa de la Guardia Nocturna, es el personaje que propone trasladar el campamento hacia el sur -es decir, hacia el centro político. Allá el clima es menos inclemente y es posible negociar con el adversario en condiciones menos beligerantes. Jackie, arropada con una pesada manta de plumas de cuervos, tiene ahora un argumento para negarse: si abandonan su puesto, las hordas de JAK invadirán las tierras del norte sin que nadie les oponga resistencia. Reelegirla como Comandante de la Guardia Nocturna (en otras palabras, presidenta de la UDI) significa disputarle a JAK su señorío sobre la derecha más allá del muro. Se trata de un variopinto elenco que, a estas alturas, difícilmente pueda ser representado por la moderación de un Jaime Bellolio o un Felipe Kast.

En estas condiciones, mucho se juega en la próxima elección interna. Un triunfo de Van Rysselberghe sentencia que la UDI se planta en el extremo derecho del espectro para absorber los territorios libres donde galopan las bandas Kastistas. Aunque su rival Javier Macaya está lejos de ser un liberal, al lado de la dirigente que corrió a abrazarse con Bolsonaro cualquiera parece Macron. Su derrota liberaría definitivamente a Jaime Bellolio y sus cercanos para emigrar hacia reinos menos hostiles. La opción de Evópoli cae de cajón.

Link: https://www.capital.cl/la-derecha-mas-alla-del-muro/

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UNA TEORÍA SOBRE EL FIN DE LA TRANSICIÓN

octubre 16, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de octubre de 2018)

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Después de Conversación en la Catedral, los peruanos se preguntan cuando se jodió el Perú. Los chilenos, en cambio, con la misma frecuencia nos preguntamos cuando se acabó la transición. ¿Se acabó cuando Pinochet dejó la comandancia en Jefe en 1998? ¿Se acabo cuando el dictador fue detenido en Londres y la primera querella criminal en su contra fue admitida en suelo nacional? ¿Se acabo cuando volvió un socialista a La Moneda? ¿Se acabó con las reformas constitucionales del 2005? ¿Se acabó cuando llegó la derecha democráticamente al poder después de veinte años de Concertación? Ninguna de las anteriores. Se acabó cuando se agotó su clivaje fundacional: el democrático / autoritario.

En 1999, se publicó un influyente articulo (“¿Sobrevivirá el nuevo paisaje político chileno?”) en el cual el sociólogo Eugenio Tironi y el politólogo Felipe Agüero sostenían que el sistema de partidos chileno se había consolidado a partir de las dos opciones que entregaba el plebiscito de 1988. Al lado del NO se organizó la Concertación de Partidos por la Democracia. En torno al SÍ se constituyó una coalición con distintos nombres pero que siempre integró a RN y la UDI. A juicio de los autores, ya no era posible volver al mapa de los tres tercios que existía previo al golpe militar. El plebiscito había generado lo que bautizaron como una “fisura generativa” entre la opción por el autoritarismo y la opción por la democracia. En lugar de diluirse con el tiempo, esta fisura se había consolidado en los noventa, principalmente por el efecto del sistema electoral binominal. Por tanto, Tironi y Agüero aventuraban que el mapa de partidos chilenos seguiría ordenado de la misma forma, al menos en el mediano plazo.

Tuvieron razón. Hasta que la generación de la transición envejeció y una nueva generación que adquirió conciencia política en democracia comenzó a pensar en términos propios. El clivaje democrático / autoritario se fue debilitando en la medida que sus articuladores tuvieron que empezar a compartir la escena con sus hijos. Como parece natural, la generación de la transición se aferró a su clivaje porque que les entregaba orientaciones inequívocas respecto de quién es quién, respecto de las filiaciones y pertenencias que marcan de por vida. Al hacerlo, estiró su permanencia en la primera línea. Ninguna otra generación, sugirió hace un tiempo Enrique Correa, ha durado tanto conduciendo la nación. Marco Enríquez-Ominami fue la señal de alerta. Después del 2011, se abrieron las compuertas de la renovación política de las élites. Aparecieron los Evópolis y las Revoluciones Democráticas. Empezó a desdibujarse el paisaje de la transición.

Lo anterior tiene un correlato desde el punto de vista de la demanda electoral. Todos los chilenos se inscribieron para votar en el plebiscito. Después de eso, los adolescentes que fueron cumpliendo dieciocho se registraron a cuentagotas. El padrón comenzó su progresivo encorvamiento hasta que la inscripción automática metió a la mayoría de los chilenos sub-40 de un tirón. A nuevos partidos, nuevos votantes. No necesariamente más votantes. Se generaron trasvasijes internos: de la UDI a Evópoli, del PPD a RD. Recientes estudios sugieren que el votante joven votó fuertemente por el Frente Amplio en la última votación. Al menos en la centroizquierda, los datos afirman la hipótesis de un quiebre generacional.

Todo esto coincidió con el cambio en el sistema electoral. Nuevas reglas, nuevos incentivos. Apareció una tercera coalición que entendió el juego y sacó provecho (nada menos que veinte diputados y un senador). Otras naufragaron en el intento. Así, retrocedió el duopolio. Los politólogos se preguntarán cuál fue el factor determinante del cambio del paisaje político chileno. No será fácil determinarlo: los factores “sociológicos” (la entrada de una nueva generación a la disputa del poder) y los factores “institucionales” (la modificación del sistema electoral) se confunden en un mismo proceso. Lo que parece claro es que no hay vuelta posible al escenario de la transición. Se agotó su fisura generativa. Se fueron retirando sus elencos. Se demolieron los diques que la contenían.

La manera en que los actores políticos conmemoraron los treinta años del plebiscito es prueba de aquello. El oficialismo apostó a neutralizar el hito: en la narrativa de La Moneda, no se celebraba un resultado determinado sino el acto mismo. Es decir, los que perdieron en 1988 lograron articular un discurso en el cual parecían todos ganadores. De esa forma, quisieron privar a sus viejos rivales de seguir rentando del clivaje democrático / autoritario. Si casi todos estamos al mismo lado de la gran fisura -según una encuesta, un 70% votaría NO y apenas un 18% votaría SÍ en la actualidad- entonces ya no tiene sentido seguir dividiendo el paisaje político de ese modo. A la ex Nueva Mayoría no le gustó la banalización de la fisura del ’88. Con el triunfo cultural del NO se revelan las paradojas de la hegemonía: se pierden las nítidas coordenadas (aliados vs. adversarios) que tenía el clivaje de la transición. Por eso, también, tanta celebración complica al Frente Amplio. En ese esquema, siguen mandando los papás… y el héroe sigue siendo Lagos.

Por todo lo anterior, la transición se acabó en 2011, cuando se venció su clivaje constitutivo. Y se venció porque ya no es suficiente para determinar la pertenencia política de las nuevas generaciones en Chile.

Link: https://www.capital.cl/una-teoria-sobre-el-fin-de-la-transicion/

LA CUARTA OLA DE POPULISMO LATINOAMERICANO

octubre 4, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 28 de septiembre de 2018)

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Tres son las olas de populismo que han recorrido Latinoamérica, según los cientistas políticos. La primera tuvo lugar a mediados del siglo pasado, con los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y Lázaro Cárdenas en México, entre otros. Promotora de la industria local y antiimperialista, se extendió hasta que los movimientos revolucionarios se tomaron la escena en los años sesenta. Después de las dictaduras que sacudieron al continente, una segunda ola de populismo se registró a comienzos de los noventa de la mano de Alberto Fujimori en Perú, Carlos Saúl Menem en Argentina y Fernando Collor de Mello en Brasil. Acusaron a las élites de llevarlas al despeñadero económico y ofrecieron recetas neoliberales. La tercera ola de populismo latinoamericano sería luego asociada al “socialismo del siglo XXI” que promovió Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, entre otros. López Obrador sería su realización tardía en tierras aztecas.

No debiera llamar la atención que la lista incluya actores políticos tanto de izquierda como de derecha. El populismo, se dice, es una ideología “delgada” que se combina con elementos ideológicos de otras tradiciones de pensamiento. Lo que tienen en común los populistas, según una de las visiones dominantes en la literatura especializada (Mudde, Rovira, Müller, Taggard), es aquel discurso que divide en forma categórica a la nación entre una élite corrupta y un pueblo virtuoso. Es, por tanto, una línea divisoria de aguas moral. Lo que esta columna plantea es que en la actualidad hay material suficiente para testear la hipótesis de una cuarta ola de populismo en la región. Ésta estaría caracterizada por la irrupción de líderes y movimientos que despliegan discursos que calzan relativamente bien con la estructura recién mencionada, y que tienen por característica común la exaltación de la pertenencia religiosa.

Vamos por parte. En Brasil, puntea las encuestas presidenciales Jair Messias Bolsonaro. No tiene el triunfo asegurado, toda vez que las fuerzas políticas restantes están dispuestas a unirse para evitar que gane en segunda vuelta -tal como le ocurrió a Marine Le Pen en las elecciones francesas de 2017. Aun así, el Donald Trump paulista es un fenómeno de popularidad. La explicación de su ascenso no se agota en su carisma personal. Bolsonaro lleva una eternidad en el parlamento. Pero se le alinearon los astros: por un lado, muchos brasileños perciben que la única de manera de ponerle coto a la corrupción y la delincuencia es a través de un hombre fuerte que ponga mano dura; por el otro, el crecimiento de la población evangélica y su decidido ingreso en la arena política. Bolsonaro es su candidato. Su posición en los llamados temas “valóricos”, tales como orientación sexual o identidad de género, coincide con la visión del conservadurismo más radical. Bolsonaro es un cruzado contra el progresismo. Su lema de campaña es “Dios por encima de todos”.

En Costa Rica, una de las democracias más desarrolladas del continente, la derecha religiosa también pisó fuerte en las elecciones presidenciales de principio de año. El cantante de música cristiana y predicador Fabricio Alvarado obtuvo mayoría relativa en primera vuelta, siendo derrotado en el balotaje por el candidato oficialista. Su sostén fue el partido Restauración Nacional, orgullosamente evangélico y promotor de una agenda ultraconservadora. Alvarado no prometió expertise técnica ni credenciales académicas. Por el contrario, se presentó como un sencillo hombre del pueblo que llevaría los valores cristianos al poder. Estuvo cerca.

En Chile, más allá de la renovada presencia evangélica en el Congreso, han sido católicos como Manuel José Ossandón y José Antonio Kast los que se han destacado por discursos con ciertos rasgos populistas. Ambos han disparado contra las élites liberales y esa casta de intelectuales aparentemente divorciada de la realidad. Al mismo tiempo, ambos creen que a Chile le falta Dios. Kast, en particular, ha puesto en marcha una retórica con elementos populistas de manual: la alusión a una mayoría silenciosa que se enfrenta a una minoría vociferante, la apelación al sentido común como una forma de simplificar debates normativamente complejos, la imagen de una libertad de expresión asediada por la tiranía de la corrección política. En este último sentido, ha destacado que su par brasileño “dice con fuerza y con valentía las cosas que cree, a diferencia de otros políticos”. Es la misma virtud que le reconocen a Kast sus partidarios: dice lo que piensa, y lo que piensa lo pensamos muchos. Ese fue justamente es eslogan del populista Heinz-Christian Strache, sucesor de Jörg Haider como líder de la ultraderecha austríaca: “Él dice lo que Viena piensa”. Las similitudes entre Kast y Bolsonaro no se detienen ahí: ambos combinan su conservadurismo moral con liberalismo económico, y ambos tienen una buena opinión de las dictaduras que respectivamente gobernaron sobre Chile y Brasil. En justicia, Bolsonaro es Kast al cuadrado.

Pero el elemento central que los une, siguiendo el marco propuesto por la literatura sobre populismo, es su tendencia a moralizar el espectro político. La izquierda, le escribió Kast a Bolsonaro recientemente, “quiere seguir imponiendo su ideología mediante la violencia y la mentira”. Es decir, no se trata de adversarios que tienen opiniones legítimamente diferentes en el contexto de una sociedad pluralista. Por el contrario, los adversarios estarían éticamente corrompidos. Por cierto, lo mismo piensan los populistas de izquierda respecto de sus adversarios a la derecha, confirmando el carácter anti-pluralista del populismo. La novedad de esta nueva ola de populismo latinoamericano, sin embargo, es que utiliza la misma estructura retórica de siempre, pero con una identidad fuertemente religiosa.

Link: https://www.capital.cl/la-cuarta-ola-de-populismo-latinoamericano/

LA TRITURADORA DE FRANCISCO

octubre 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 29 de septiembre de 2018)

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Antes de convertirme en el ateo comecuras que soy, fui un niño profundamente religioso. Solía oficiar de acólito en las misas del colegio. Un buen día a fines de los ochenta o principio de los noventa nos llevaron a la Parroquia El Bosque a conocer al padre Fernando Karadima. Según me recuerdan, era una especie de prueba para ver si calificábamos para auxiliarlo en sus populares misas de domingo. No quedé entre los seleccionados. Probablemente no tenía “zapatitos”, como dicen que decía Karadima para referirse a las aptitudes de un postulante. A veces pienso, de la que me salvé. Otros no tuvieron la misma suerte. Otros conocieron su lado más oscuro. Otros conocieron al déspota abusador que resultó ser el sacerdote regalón de la clase alta chilena.

Me acuerdo de todo esto en el día que el Papa Francisco lo expulsa de la Iglesia. La justicia vaticana se tomó su tiempo. Pero llegó. Me pregunto qué le impidió al pontífice argentino tomar estas medidas antes de visitar en Chile en enero de este año, cuando la mayoría de los antecedentes que tiene ahora a la vista ya estaban disponibles. Su visita fue un fracaso diplomático y pastoral, en gran parte porque los fieles chilenos vieron al jesuita del lado de los abusadores. Perdió una oportunidad Francisco. Debe estar rezando para que no sea demasiado tarde. Debe estar enfurecido con la red de protección que se tejieron entre ellos los obispos para cubrirse las espaldas.

Sus últimas acciones han sido tan inéditas como decididas. Unos tras otros van cayendo los victimarios de sotana, sus cómplices y sus encubridores. El Papa Pancho no debería detenerse aquí en su cruzada justiciera. Ya abrió la válvula. Ya salió del desengaño. La razzia tendrá que ser intensa para limpiar su Iglesia. Porque pocas instituciones han sufrido un descalabro reputacional mayor. Los otrora bastiones morales de la nación hacen agua. Primero fueron los políticos y los empresarios. Después carabineros y los curas. A todos se les acabó la fiesta. Porque la confianza cuesta un mundo construirla, y cuesta poco perderla. Francisco pasará a la historia como el valiente que se atrevió a ventilar el vertedero. Pero nada asegura que los chilenos volverán a confiar. A mí, al menos, no me quita el sueño devolverle su prestigio ni su sitial de influencia política, social o espiritual. Por mí, que la Iglesia Católica cierre por fuera.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2018-09-29&NewsID=410678&BodyID=0&PaginaId=2