UNA TEORÍA SOBRE EL FIN DE LA TRANSICIÓN

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de octubre de 2018)

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Después de Conversación en la Catedral, los peruanos se preguntan cuando se jodió el Perú. Los chilenos, en cambio, con la misma frecuencia nos preguntamos cuando se acabó la transición. ¿Se acabó cuando Pinochet dejó la comandancia en Jefe en 1998? ¿Se acabo cuando el dictador fue detenido en Londres y la primera querella criminal en su contra fue admitida en suelo nacional? ¿Se acabo cuando volvió un socialista a La Moneda? ¿Se acabó con las reformas constitucionales del 2005? ¿Se acabó cuando llegó la derecha democráticamente al poder después de veinte años de Concertación? Ninguna de las anteriores. Se acabó cuando se agotó su clivaje fundacional: el democrático / autoritario.

En 1999, se publicó un influyente articulo (“¿Sobrevivirá el nuevo paisaje político chileno?”) en el cual el sociólogo Eugenio Tironi y el politólogo Felipe Agüero sostenían que el sistema de partidos chileno se había consolidado a partir de las dos opciones que entregaba el plebiscito de 1988. Al lado del NO se organizó la Concertación de Partidos por la Democracia. En torno al SÍ se constituyó una coalición con distintos nombres pero que siempre integró a RN y la UDI. A juicio de los autores, ya no era posible volver al mapa de los tres tercios que existía previo al golpe militar. El plebiscito había generado lo que bautizaron como una “fisura generativa” entre la opción por el autoritarismo y la opción por la democracia. En lugar de diluirse con el tiempo, esta fisura se había consolidado en los noventa, principalmente por el efecto del sistema electoral binominal. Por tanto, Tironi y Agüero aventuraban que el mapa de partidos chilenos seguiría ordenado de la misma forma, al menos en el mediano plazo.

Tuvieron razón. Hasta que la generación de la transición envejeció y una nueva generación que adquirió conciencia política en democracia comenzó a pensar en términos propios. El clivaje democrático / autoritario se fue debilitando en la medida que sus articuladores tuvieron que empezar a compartir la escena con sus hijos. Como parece natural, la generación de la transición se aferró a su clivaje porque que les entregaba orientaciones inequívocas respecto de quién es quién, respecto de las filiaciones y pertenencias que marcan de por vida. Al hacerlo, estiró su permanencia en la primera línea. Ninguna otra generación, sugirió hace un tiempo Enrique Correa, ha durado tanto conduciendo la nación. Marco Enríquez-Ominami fue la señal de alerta. Después del 2011, se abrieron las compuertas de la renovación política de las élites. Aparecieron los Evópolis y las Revoluciones Democráticas. Empezó a desdibujarse el paisaje de la transición.

Lo anterior tiene un correlato desde el punto de vista de la demanda electoral. Todos los chilenos se inscribieron para votar en el plebiscito. Después de eso, los adolescentes que fueron cumpliendo dieciocho se registraron a cuentagotas. El padrón comenzó su progresivo encorvamiento hasta que la inscripción automática metió a la mayoría de los chilenos sub-40 de un tirón. A nuevos partidos, nuevos votantes. No necesariamente más votantes. Se generaron trasvasijes internos: de la UDI a Evópoli, del PPD a RD. Recientes estudios sugieren que el votante joven votó fuertemente por el Frente Amplio en la última votación. Al menos en la centroizquierda, los datos afirman la hipótesis de un quiebre generacional.

Todo esto coincidió con el cambio en el sistema electoral. Nuevas reglas, nuevos incentivos. Apareció una tercera coalición que entendió el juego y sacó provecho (nada menos que veinte diputados y un senador). Otras naufragaron en el intento. Así, retrocedió el duopolio. Los politólogos se preguntarán cuál fue el factor determinante del cambio del paisaje político chileno. No será fácil determinarlo: los factores “sociológicos” (la entrada de una nueva generación a la disputa del poder) y los factores “institucionales” (la modificación del sistema electoral) se confunden en un mismo proceso. Lo que parece claro es que no hay vuelta posible al escenario de la transición. Se agotó su fisura generativa. Se fueron retirando sus elencos. Se demolieron los diques que la contenían.

La manera en que los actores políticos conmemoraron los treinta años del plebiscito es prueba de aquello. El oficialismo apostó a neutralizar el hito: en la narrativa de La Moneda, no se celebraba un resultado determinado sino el acto mismo. Es decir, los que perdieron en 1988 lograron articular un discurso en el cual parecían todos ganadores. De esa forma, quisieron privar a sus viejos rivales de seguir rentando del clivaje democrático / autoritario. Si casi todos estamos al mismo lado de la gran fisura -según una encuesta, un 70% votaría NO y apenas un 18% votaría SÍ en la actualidad- entonces ya no tiene sentido seguir dividiendo el paisaje político de ese modo. A la ex Nueva Mayoría no le gustó la banalización de la fisura del ’88. Con el triunfo cultural del NO se revelan las paradojas de la hegemonía: se pierden las nítidas coordenadas (aliados vs. adversarios) que tenía el clivaje de la transición. Por eso, también, tanta celebración complica al Frente Amplio. En ese esquema, siguen mandando los papás… y el héroe sigue siendo Lagos.

Por todo lo anterior, la transición se acabó en 2011, cuando se venció su clivaje constitutivo. Y se venció porque ya no es suficiente para determinar la pertenencia política de las nuevas generaciones en Chile.

Link: https://www.capital.cl/una-teoria-sobre-el-fin-de-la-transicion/

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