Archive for 27 noviembre 2018

LA DEMOCRACIA LIBERAL Y SUS ENEMIGOS

noviembre 27, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 23 de noviembre de 2018)

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¿Qué tienen en común los gobiernos de Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orbán en Hungría, Jarosław Kaczyński en Polonia, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Rodrigo Duterte en Filipinas, Narendra Modi en la India, Nicolás Maduro en Venezuela, Cinque Stelle y la Lega Nord en Italia? ¿Qué tienen en común los movimientos de Marine Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda, Nigel Farage en Reino Unido, Alternative für Deutschland en Alemania, Syriza en Grecia o Podemos en España? Todos representan distintas versiones del mismo fenómeno populista. Aunque a veces se sitúan a la izquierda y otras veces a la derecha, tienen un enemigo común: la democracia liberal, entendiendo por ella un sistema político que traduce las opiniones de la población en políticas públicas y al mismo tiempo protege los derechos individuales.

Esa es la tesis central del politólogo de Harvard, Yascha Mounk, en su reciente libro The People vs Democracy: Why Our Freedom is in Danger and How to Save It (2018). Aunque pocas veces en la historia de la humanidad habíamos gozado de los niveles actuales de paz y prosperidad, el sistema político que le dio sustento ya no es la alternativa por defecto. Contra la opinión hegemónica de los años noventa, la democracia estaría viviendo un proceso de desconsolidación. Los que creyeron la profecía de Fukuyama tras la caída del muro, diría Yuval Noah Harari, se encuentran igual de perplejos que los jerarcas soviéticos en los años ochenta. El problema, en la interpretación de Mounk, es que el viejo matrimonio por conveniencia entre democracia y liberalismo entró en una fase de desgaste que en muchos lugares del planeta ya entró en franco divorcio. Para Mounk, populismo es sinónimo de democracia iliberal o democracia “sin derechos”.

Respecto de sus características, Mounk sigue la senda de la literatura contemporánea. En el discurso populista, la política es simple y lo que hay que hacer es obvio. De ahí que la mayoría de los populistas insistan en hacer pasar sus ideas como parte del “sentido común”. Si no se hace lo que ellos piden, es porque hay gato encerrado y la élite quiere llevarse la pelota para la casa. En la retórica populista, el pueblo tiene una sola voz y nadie mejor que el líder carismático para encarnarla. Los que piensan distinto son traidores a la patria. La gente de bien, como insinuó Bolsonaro al votar en las recientes elecciones brasileñas, no se equivoca. En la narrativa populista, la mayoría decide y las minorías tienen que acatar -como también dijo explícitamente Bolsonaro en campaña. Los derechos individuales que hay en el camino son -a veces- un obstáculo para la realización de la voluntad popular soberana.

Este populismo o democracia sin derechos, según Mounk, es una respuesta a una democracia liberal progresivamente contramayoritaria. Es decir, un liberalismo no-democrático que ha puesto demasiadas decisiones en manos de órganos no electos. Es la principal queja de los populistas europeos contra los burócratas de Bruselas, por ejemplo. Pero también se dirige contra las agencias gubernamentales que operan con criterios técnicos, contra los bancos centrales autónomos que resisten las presiones del medio político, contra las cortes de justicia que no siempre le dan en el gusto al veredicto popular, contra los tratados internacionales que instauran un “globalismo” que limita la soberanía nacional, contra las instituciones electorales que prometen una competencia igualitaria pero son cooptadas por el poder del dinero, contra el lobby de los grandes actores económicos en desmedro de los ciudadanos de a pie, etcétera.

La explicación de la tensión entre democracia iliberal y liberalismo no-democrático es la parte mejor lograda del libro de Mounk. Si bien el populismo no es presentado como algo positivo -por el contrario-, tampoco es presentado como una pulsión irracional. Sus orígenes, en la mayoría de los casos, pueden ser rastreados a fenómenos culturales y económicos bien precisos. Según Mounk, hay que observar tres: primero, la nueva realidad de las comunicaciones y las redes sociales. Antes, muy pocos controlaban el mensaje que llegaba a millones. Hoy, esos millones se conectan horizontalmente sin mediación ni control. La promesa original -la posibilidad de ampliar la mirada en una conversación en diversidad- se frustró porque en lugar de aquello construimos cámaras de resonancia para reforzar nuestras ideas preconcebidas entre iguales. El resultado fue una mayor polarización de la sociedad. El segundo es el paso de estados mono-éticos a plurinacionales. Una cosa es decidir democráticamente entre personas a quienes atribuimos el mismo derecho a participar. Otra cosa es hacerlo con personas que acaban de llegar y entienden el mundo de manera radicalmente diferente. Es el problema de la identidad y los límites de la pertenencia en tiempos de inmigración. Finalmente, está el asunto del estancamiento económico. A la democracia liberal le va bien cuando la gente percibe que las recompensas del trabajo llegan a todos lados. Eso ha cambiado en los últimos años. Pero, según el autor, es principalmente un problema de expectativas. Los populistas campean allí donde reina la ansiedad económica. Por eso no es tan raro que sectores medios altos voten por candidatos populistas: también le tienen miedo al futuro.

Yascha Mounk cierra su libro con una serie de “remedios” para detener a tiempo la enfermedad. No hay nada muy revolucionario en sus recetas, algunas de las cuales incluso pasan por ingenuas. Pero que sus respuestas a la crisis de la democracia liberal no tengan especial brillo no opaca la claridad de su diagnóstico sobre la misma crisis. Sin duda una lectura recomendada para seguir descifrando los tiempos que corren.

Link: https://www.capital.cl/la-democracia-liberal-y-sus-enemigos/

 

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LA RENDICIÓN DEL PRESIDENTE

noviembre 13, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 9 de noviembre de 2018)

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Hasta que Sebastián Piñera se rindió. Lo que no pudieron conseguir sus asesores, lo consiguió una auditora radial que llamó a un programa para aconsejarle al presidente -en el mejor de los tonos- que no siguiera haciendo chistes machistas, a propósito de la llamada “ley de la minifalda” que contó recientemente en Iquique. Piñera se comprometió, en lo sucesivo, a no insistir. Hace lo correcto el presidente de la república. Su investidura impone ciertas restricciones y deberes de abstinencia. Al fin, entendió que hacerse el gracioso a costa de ciertos grupos no va con el cargo.

Sin embargo, sus críticos no quedaron contentos. Dicen que no se mostró muy convencido respecto de los argumentos que motivaron la queja del feminismo. El problema, según manifestó Karol Cariola, es que Piñera todavía no comprende la gravedad de sus expresiones. En palabras de la diputada comunista, éstas serían “profundamente violentas”. Piñera, parece, todavía está al debe.

Sólo que no lo está. En el presidente Piñera confluyen dos personas, una pública y una privada. La persona pública se acaba de comprometer -correctamente- a controlar su temperamento de comediante. A muchos no creyentes nos gustaría, también, que dejara de invocar a dios en cada intervención oficial. Sin querer, el propio presidente establece la diferencia entre la persona pública y la privada. Quejándose del clima de corrección política imperante, reivindica cierta familiaridad en el trato, una forma de relacionarse entre viejos conocidos, como estamos acostumbrados entre amigos. Para bien o para mal, no somos amigos. Somos conciudadanos. Somos parte de una estructura de cooperación social. Pero en ella no hay intimidad. Por lo mismo, Piñera-presidente no puede actuar como si fuésemos de la misma familia. Así, por ejemplo, no era necesario que declarara que, junto a Cecilia Morel, se juramentaran rescatar a los mineros como si fuese hijos suyos. Los mineros atrapados tenían un derecho a ser rescatados que es completamente independiente de la paternidad unilateral que decretó Piñera. Los chilenos eligen presidente, no eligen un padre, ni un amigo, ni un compadre bueno para la talla. En ese sentido es razonable distinguir entre los chistes que puede hacer en público y los que puede hacer en privado.

En privado, en su fuero interno, en el ámbito de su conciencia, el Piñera-individuo tiene todo el derecho de pensar -y seguir pensando hasta que se vaya a la tumba- que las críticas a su chiste son exageradas. Tiene el derecho de pensar que a veces nos ponemos demasiado graves. Tiene el derecho de pensar que no es cómplice de ningún continuo de violencia machista. Tiene todo el derecho, en su sincera perplejidad, de quejarse porque “pareciera que ya no se puede decir nada”. En ese sentido, no le debe a la comunidad política ninguna explicación. Basta con su rendición pública.

Esto no quiere decir que el feminismo u otras identidades históricamente vulneradas no puedan aspirar a erradicar ciertas expresiones simbólicamente discriminatorias de la convivencia social. Es parte de su misión: transformar progresivamente la cultura. Transformar el lenguaje y la forma en la cual nos relacionamos. Pero esa misión se despliega en los espacios de la cultura y no constituye automáticamente una obligación. Porque los cambios culturales se negocian a través del tiempo antes de ser adoptados como criterios compartidos. En este sentido, Chile no es un caso aislado. En todo el mundo, se enfrentan dos campos. A un lado, un grupo que cree en el progreso moral de los pueblos y actúa como vanguardia de los cambios. Al otro lado, un grupo que se resiste -ya sea porque no vislumbra el progreso en los cambios, ya sea porque vive con nostalgia del pasado, ya sea porque no reconoce sus propios privilegios en el statu quo.

La diputada Cariola, sin duda, pertenece al primer grupo. También pertenece al primer grupo el progresismo bienpensante de las redes sociales, el feminismo de campus universitario, el mundo Millennial sobre-educado y en general todos los circuitos cosmopolitas e intelectualmente sofisticados de la población. Pero ahí no se acaba Chile. En el segundo grupo está el presidente Piñera y casi toda su generación, para la cual es un poco tarde para la deconstrucción. También el chileno varón promedio, maduro-heterosexual-bueno para compartir porno por WhatsApp. Ése que todavía no entiende qué tiene de malo decir fleto, mongólico y maraca. Por supuesto, entre ambos campos hay muchos y muchas que tratan de hacer sentido de lo que ocurre a su alrededor. Ahí se decidirá la batalla cultural.

Por eso es contraproducente apuntarlos con el dedo y tratarlos de misóginos al primer micromachismo. Los activistas que mejor entienden su labor saben que educar es mejor que funar. Porque forzar el antagonismo es regalarle un soldado al campo rival. Son miles los que se han pasado al bando de la reacción conservadora porque en lugar de sentirse invitados se han sentido asfixiados. Son los que engrosan políticamente las filas de Trump y en Chile se unen a José Antonio Kast. Esto no quiere decir que el populismo de derecha avance exclusivamente porque las identidades vulnerables se movilicen para exigir igualdad de trato, como a veces se sugiere. Pero la narrativa contra la “tiranía” de la corrección política ha sido indudablemente combustible del fenómeno.

Por todo lo anterior, la prudencia política aconseja que el presidente modere su incontinencia verbal, especialmente cuando se trata de expresiones que pueden ser interpretadas como ofensivas o perpetuadoras de estereotipos negativos. En eso, la crítica ha sido justa. Pero resulta un tanto autoritario exigirle además que tome partido por el bando de la vanguardia cultural que no lo representa. La política aun no adjudica sobre una disputa cultural en marcha.

Link: https://www.capital.cl/la-rendicion-del-presidente/