LA DEMOCRACIA LIBERAL Y SUS ENEMIGOS

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 23 de noviembre de 2018)

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¿Qué tienen en común los gobiernos de Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orbán en Hungría, Jarosław Kaczyński en Polonia, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Rodrigo Duterte en Filipinas, Narendra Modi en la India, Nicolás Maduro en Venezuela, Cinque Stelle y la Lega Nord en Italia? ¿Qué tienen en común los movimientos de Marine Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda, Nigel Farage en Reino Unido, Alternative für Deutschland en Alemania, Syriza en Grecia o Podemos en España? Todos representan distintas versiones del mismo fenómeno populista. Aunque a veces se sitúan a la izquierda y otras veces a la derecha, tienen un enemigo común: la democracia liberal, entendiendo por ella un sistema político que traduce las opiniones de la población en políticas públicas y al mismo tiempo protege los derechos individuales.

Esa es la tesis central del politólogo de Harvard, Yascha Mounk, en su reciente libro The People vs Democracy: Why Our Freedom is in Danger and How to Save It (2018). Aunque pocas veces en la historia de la humanidad habíamos gozado de los niveles actuales de paz y prosperidad, el sistema político que le dio sustento ya no es la alternativa por defecto. Contra la opinión hegemónica de los años noventa, la democracia estaría viviendo un proceso de desconsolidación. Los que creyeron la profecía de Fukuyama tras la caída del muro, diría Yuval Noah Harari, se encuentran igual de perplejos que los jerarcas soviéticos en los años ochenta. El problema, en la interpretación de Mounk, es que el viejo matrimonio por conveniencia entre democracia y liberalismo entró en una fase de desgaste que en muchos lugares del planeta ya entró en franco divorcio. Para Mounk, populismo es sinónimo de democracia iliberal o democracia “sin derechos”.

Respecto de sus características, Mounk sigue la senda de la literatura contemporánea. En el discurso populista, la política es simple y lo que hay que hacer es obvio. De ahí que la mayoría de los populistas insistan en hacer pasar sus ideas como parte del “sentido común”. Si no se hace lo que ellos piden, es porque hay gato encerrado y la élite quiere llevarse la pelota para la casa. En la retórica populista, el pueblo tiene una sola voz y nadie mejor que el líder carismático para encarnarla. Los que piensan distinto son traidores a la patria. La gente de bien, como insinuó Bolsonaro al votar en las recientes elecciones brasileñas, no se equivoca. En la narrativa populista, la mayoría decide y las minorías tienen que acatar -como también dijo explícitamente Bolsonaro en campaña. Los derechos individuales que hay en el camino son -a veces- un obstáculo para la realización de la voluntad popular soberana.

Este populismo o democracia sin derechos, según Mounk, es una respuesta a una democracia liberal progresivamente contramayoritaria. Es decir, un liberalismo no-democrático que ha puesto demasiadas decisiones en manos de órganos no electos. Es la principal queja de los populistas europeos contra los burócratas de Bruselas, por ejemplo. Pero también se dirige contra las agencias gubernamentales que operan con criterios técnicos, contra los bancos centrales autónomos que resisten las presiones del medio político, contra las cortes de justicia que no siempre le dan en el gusto al veredicto popular, contra los tratados internacionales que instauran un “globalismo” que limita la soberanía nacional, contra las instituciones electorales que prometen una competencia igualitaria pero son cooptadas por el poder del dinero, contra el lobby de los grandes actores económicos en desmedro de los ciudadanos de a pie, etcétera.

La explicación de la tensión entre democracia iliberal y liberalismo no-democrático es la parte mejor lograda del libro de Mounk. Si bien el populismo no es presentado como algo positivo -por el contrario-, tampoco es presentado como una pulsión irracional. Sus orígenes, en la mayoría de los casos, pueden ser rastreados a fenómenos culturales y económicos bien precisos. Según Mounk, hay que observar tres: primero, la nueva realidad de las comunicaciones y las redes sociales. Antes, muy pocos controlaban el mensaje que llegaba a millones. Hoy, esos millones se conectan horizontalmente sin mediación ni control. La promesa original -la posibilidad de ampliar la mirada en una conversación en diversidad- se frustró porque en lugar de aquello construimos cámaras de resonancia para reforzar nuestras ideas preconcebidas entre iguales. El resultado fue una mayor polarización de la sociedad. El segundo es el paso de estados mono-éticos a plurinacionales. Una cosa es decidir democráticamente entre personas a quienes atribuimos el mismo derecho a participar. Otra cosa es hacerlo con personas que acaban de llegar y entienden el mundo de manera radicalmente diferente. Es el problema de la identidad y los límites de la pertenencia en tiempos de inmigración. Finalmente, está el asunto del estancamiento económico. A la democracia liberal le va bien cuando la gente percibe que las recompensas del trabajo llegan a todos lados. Eso ha cambiado en los últimos años. Pero, según el autor, es principalmente un problema de expectativas. Los populistas campean allí donde reina la ansiedad económica. Por eso no es tan raro que sectores medios altos voten por candidatos populistas: también le tienen miedo al futuro.

Yascha Mounk cierra su libro con una serie de “remedios” para detener a tiempo la enfermedad. No hay nada muy revolucionario en sus recetas, algunas de las cuales incluso pasan por ingenuas. Pero que sus respuestas a la crisis de la democracia liberal no tengan especial brillo no opaca la claridad de su diagnóstico sobre la misma crisis. Sin duda una lectura recomendada para seguir descifrando los tiempos que corren.

Link: https://www.capital.cl/la-democracia-liberal-y-sus-enemigos/

 

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