EL PUEBLO Y EL CLIMA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 18 de enero de 2019)

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Brasil ya no prestará su casa para la cumbre mundial del clima que tendría lugar en 2019. Bolsonaro no cree que el asunto revista de gravedad. Su futuro canciller señaló que el cambio climático era un complot del marxismo cultural. Emulando a Trump, los nuevos gobernantes brasileños han dicho que se trata de una gran conspiración del gobierno chino para detener el progreso industrial de sus competidores. Es cosa de sentir el frío polar que está haciendo en invierno, tuitea el presidente estadounidense en esta época del año. Sencillamente no puede haber calentamiento global, concluye, apelando a la percepción común de sus compatriotas.

El nexo entre discursos populistas de extrema derecha y negacionismo científico -principal pero no exclusivamente- respecto del cambio climático está comenzando a ser investigado. No es solo Trump y Bolsonaro. El UKIP británico propone retirarse del Acuerdo de París, mientras el AfD alemán insiste que el clima ha cambiado desde que el mundo es mundo, agregando que las simulaciones realizadas por el Panel Internacional del Cambio Climático son solo juegos computacionales. No han llegado a ser gobierno, pero el UKIP fue el gran ganador del Brexit y el AfD ya es el tercer partido más grande del Bundestag. Casos similares de hostilidad al diagnóstico de la comunidad científica se han reportado en otros escenarios donde la extrema derecha populista goza de buena salud electoral.

Lo que ocurrió en Francia hace un par de meses añade otro capítulo a la historia. El movimiento les gilets jaunes, o de los chalecos reflectantes amarillos, nace como expresión de resistencia a las medidas anunciadas por Macron para combatir el cambio climático, entre ellas el aumento al impuesto a los combustibles fósiles. Aunque después se ramifica y complejiza, la narrativa original del conflicto es simple: se trata de una clase media atosigada por el creciente costo de la vida, que necesita bencina para moverse de la periferia al centro en automóvil, y en consecuencia se rebela contra una élite progresista y cosmopolita que puede darse el lujo de pensar en el planeta. Dicho de manera aún más sucinta, la ciudadanía no quiere pagar los costos de una política verde. No es casualidad que el movimiento haya recibido las loas de Marine Le Pen, por la ultraderecha, y de Jean-Luc Melenchón, por la extrema izquierda. En lo contingente, ambos quieren capitalizar el descontento popular. En lo central, ambos populistas están unidos en el relato contra el liberalismo globalista y la socialdemocracia bienpensante.

Este discurso populista -que subraya la oposición moral entre un pueblo virtuoso y una elite corrupta- tiene varios elementos dignos de ser tomados en consideración. No es puro odio ni pura mentira. Sabemos que el chancho está mal pelado. También sabemos que muchas decisiones se toman en cuerpos no electos que emplean criterios técnicos inaccesibles al ciudadano ordinario. En este sentido, el populismo es la exacerbación del ánimo democrático. Y está viviendo sus mejores días. Como viene repitiendo Steve Bannon, ahora en su calidad de conferencista internacional y proselitista-salido-del-clóset, el dilema del futuro no es democracia liberal versus populismo, es populismo capitalista versus populismo socialista.

Si Bannon tiene razón, es una pésima noticia para el planeta y su ecología. Porque Macron será un pije, el Panel Internacional del Cambio Climático un consorcio de científicos que nadie eligió y el Acuerdo de Paris una limitación a la soberanía de las naciones, pero en este asunto tienen razón: la amenaza es real y hay que hacer algo al respecto. Ya estamos llegando tarde. Electoralmente, sin embargo, es rentable acusar que todo es un invento para que el pueblo no pueda seguir forjando los fierros de la industria. Lo fue para Trump, que hizo campaña con un casco minero para prometer la reapertura de las termoeléctricas de carbón y así revivir las zonas económicamente deprimidas. Al populismo le cuesta ser verde, porque una política verde implica muchos sacrificios. Por eso los chalecos amarillos se rebelaron. “La crisis climática es una guerra contra los pobres” rezaban las murallas parisinas. Así, el cambio climático no sólo es un invento de los chinos o del marxismo cultural, también de las élites económicas e intelectuales para detener el carro del progreso, justo cuando ellos ya disfrutaron de todos sus beneficios. Es un portazo en la cara del pueblo que reclama su derecho al consumo contaminante. Porque, la verdad sea dicha, el consumo no contaminante tiene precios fuera de su alcance.

El problema de esta historia es que su desenlace práctico será el inverso: los pobres del mundo son los que más van a sufrir con los efectos del cambio climático. Parafraseando a Joaquín Lavín, los ricos se cuidan solos. Ya circulan series y películas con distopías futuristas donde los pudientes colonizan el espacio mientras menos aventajados se quedan recolectando escombros en un planeta casi inhabitable. Las crisis migratorias que vienen no serán forzadas por la guerra en Siria ni por la tiranía en Venezuela, sino por la desertificación, el aumento del nivel de los océanos a partir del derretimiento de los cascos polares y las catástrofes naturales. Como siempre lo han hecho, las élites encontrarán la manera de zafar. Los chalecos amarillos del mundo, en cambio, no la tendrán tan fácil. La crisis climática es efectivamente una guerra contra los pobres. Pero no en el sentido que los populistas sospechan.

Link: https://www.capital.cl/el-pueblo-y-el-clima/

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