EL MITO DEL REVIVAL PINOCHETISTA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de febrero de 2019)

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No hay tal cosa como un revival del pinochetismo. Viendo la película completa, lo único cierto es que su fuerza política ha ido en declive desde el plebiscito de 1988. En aquel entonces, Pinochet obtuvo nada menos que un 44% de las preferencias populares. Treinta años después, una encuesta arrojó que apenas un 18% votaría por el SÍ en la actualidad. Hay varias hipótesis al respecto, todas plausibles: el reconocimiento oficial de las violaciones a los derechos humanos con su correlato judicial, el descalabro reputacional de la propia figura de Augusto Pinochet a partir de su detención en Londres y el caso Riggs, la necesidad de los partidos de derecha de presentar credenciales democráticas, el advenimiento de una nueva generación que no estuvo marcada emocionalmente por la experiencia autoritaria, etcétera. Por donde se le mire, hoy Pinochet es menos popular que ayer.

¿Por qué entonces tanta alharaca en algunos medios, políticos y círculos de opinión? Por la misma razón por la cual nos impactan las noticias policiales en televisión. Pensamos que se trata de acontecimientos regulares cuando en realidad son extraordinarios. Porque la mayoría de las veces no hay crímenes. Pero cuando no pasa nada, no es noticia. Del mismo modo, el marchitar del pinochetismo no es noticia. Tampoco nos extrañan los exabruptos pinochetistas del diputado Urrutia o del senador Moreira porque no constituyen ninguna novedad. En cambio, nos impactan las declaraciones de Camila Flores justamente porque escapan de la normalidad. Tiene treinta años. Uno esperaría que a esa edad ya hicieran efecto algunas de las razones señaladas en el párrafo anterior. Si las nuevas generaciones, incluso en la derecha, son en promedio más liberales que sus padres -como sugieren algunos estudios- entonces por último el pinochetismo debiera ir decantando por ahí. Eso pasó justamente con Evópoli, el partido más joven de la coalición, el único que no nació al alero del dictador ni comprometido con la continuidad de su proyecto. En otras palabras, Camila Flores llama la atención porque la hegemonía política y cultural la consiguió hace rato el bando del NO.

Pese a que el pinochetismo no tiene fuerza suficiente para plantarse como actor ni como argumento decisivo en el paisaje político chileno, sí tiene (y tendrá) una importancia como parte de un marco discursivo más amplio: la resistencia contra la corrección política y la defensa de la libertad de expresión. Una de las razones por las cuales las expresiones pinochetistas están resultando atractivas -especialmente para grupos jóvenes con inclinaciones libertarias- es precisamente porque suponen una transgresión de lo políticamente correcto. En esa transgresión se reconoce un acto de valentía: decir las cosas por su nombre. No hay nada muy meritorio en someterse a los dictados de la mayoría, diría un lector de Stuart Mill. Afirmar públicamente el pinochetismo es contracultural. Lo mismo pasa con otras posiciones que suponemos en retirada, como la homofobia, el racismo, el machismo y otras tantas que alguna vez fueron dominantes. A los populistas les van bien con este relato porque conectan con un segmento que experimenta ansiedad ante un amenazante cambio en la correlación de fuerzas culturales -e incluso materiales.

Piense en Trump, Orban, Bolsonaro. En Chile, principal pero no exclusivamente, José Antonio Kast. Todos han incorporado la denuncia de la corrección política en sus narrativas. Hasta Jacqueline Van Rysselberghe acaba de confesar que le encantaría contar con el cantante Alberto Plaza en sus filas porque es “políticamente incorrecto”. Todos ellos se proclaman los campeones de esa parte del pueblo que reclama su derecho a seguir diciendo lo que piensa, aunque lastime más de alguna sensibilidad. Es un discurso que, paradójicamente, se nutre de la indignación de los grupos más progresistas, especialmente sus élites intelectuales. Mientras más nos escandalizamos por cosas que hasta hace poco eran normales y más más patrullamos las redes sociales en busca de pecadores por apedrear, la reacción conservadora crece. Por esto son estratégicamente torpes las iniciativas que buscan proscribir el pinochetismo por ley, a través, por ejemplo, de una eventual tipificación del delito de “negacionismo”. Más allá de los buenos argumentos a favor y en contra de una categoría tal, desde el punto vista práctico es agua para el molino de Acción Republicana: no habrá pinochetismo más sexy que el prohibido.

Camila Flores, probablemente, ni siquiera sea tan pinochetista como se pinta. Pero encontró una mina de oro al ponerse esa chapa. Fue electa diputada gracias al arrastre de un compañero de lista. Ahora es conocida a nivel nacional y no depende de los votos de nadie. El pinochetismo por sí mismo no tiene vuelo propio. Pero si se presenta como una posición política asediada por la tiranía de la opinión mayoritaria (cuando no de una ley mordaza), será funcional a un marco programático que apela no solo a pinochetistas, sino que a los “amantes” de la libertad de expresión en general -muchos de los cuales son genuinos liberales. Algunos cometen el error de pensar que Chile en 1990 equivale a Alemania en 1945. Pero en Alemania no quedó un solo nazi en pie para defender la obra de Hitler. En nuestro país casi la mitad de la población visó la continuidad de Pinochet. Bastante bien nos ha ido en estos últimos treinta años reduciendo el pinochetismo a una expresión marginal, sin la necesidad de amenazar con cárcel a sus partidarios. Convertirlos en una especie de minoría perseguida es contraproducente si la narrativa anti-corrección política sigue agarrando vuelo a partir del ascenso del populismo y la perpleja santurronería del progresismo.

Link: https://www.capital.cl/el-mito-del-revival-pinochetista/

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