Archive for 22 abril 2019

MALENTENDIDOS SOBRE LA MARIHUANA

abril 22, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de abril de 2019)

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La discusión pública sobre el estatus legal de la marihuana ha estado cruzada por malos entendidos. El principal de ellos ha sido presentar el debate como si se tratase de una competencia sobre quién tiene la mejor evidencia empírica: mientras sus promotores resaltan sus virtudes terapéuticas, sus detractores subrayan su potencial dañino. Como es natural a estas alturas, cada bando escoge los estudios que le convienen. Ninguno se percata que poner todos los huevos en la canasta de las consecuencias obligaría a cambiar de posición apenas el consenso científico sostenga que las consecuencias no son las originalmente afirmadas.

La razón que motiva, al menos la despenalización del cultivo, porte y consumo recreativo de marihuana, no descansa en sus efectos benéficos. Ni siquiera en su inocuidad. Se puede reconocer el daño que genera el consumo temprano y prolongado de cannabis, y al mismo tiempo defender la libertad de las personas adultas a consumirla. Del mismo modo que se reconoce el daño que genera el alcohol y se autoriza su venta regulada. La pregunta por el estatus legal de la marihuana es una pregunta acerca de la estructura de riesgos que los ciudadanos están dispuestos a compartir. Conducir vehículos motorizados es un riesgo. No sólo para el conductor, sino para el resto. Cada vez que salimos a la calle nos exponemos a ser arrollados por máquinas de fierro. Sin embargo, usualmente consideramos que estamos en condiciones de bancarnos ese riesgo. Lo atenuamos cuando prohibimos la conducción en estado de ebriedad. Pero no podemos eliminarlo. Así, vamos negociando la distribución de riesgos permitidos en la vida social.

Lo mismo ocurre con las sustancias que alteran parcialmente nuestro estado de consciencia. Hemos interactuado con ellas desde el comienzo de los tiempos. Todas ellas representan distintos grados de riesgo. De acuerdo a su composición y efectos, la marihuana se ha considerado históricamente la menos poderosa de las drogas. No es casualidad que su consumo se encuentre normalizado en amplios sectores de la población, sin importar estrato social u origen cultural. Es decir, aunque conlleva riesgos, se trata de un tipo de riesgo que adultos libres e informados pueden tomar sobre sí. Este no es un argumento para vetar el debate sobre la despenalización de otras drogas más duras. Pero sí ubica a la marihuana en una posición especial: a la luz del estatus legal del alcohol –cuyos efectos sociales son infinitamente más destructivos-, la exclusión del cannabis del catálogo de drogas reguladas es distintivamente injusto.

Esto es evidente pero a veces se nos olvida: el estatus legal de una sustancia no lo determina un médico. De lo contrario seríamos una tecnocracia científica. Los profesionales e investigadores de la medicina proporcionan insumos para tomar la mejor decisión política. Las decisiones políticas se toman considerando todas las aristas de un problema. Ahí se ponderan los riesgos de salud (en su debida medida) con los imperativos de la autonomía individual en una sociedad libre. No son las únicas consideraciones que importan. La aplicabilidad de una norma o política pública también es relevante. Su impacto en el ecosistema normativo, también. En este último nivel, los detractores de la marihuana suelen sostener que es posible ganar la guerra contra las drogas; sus defensores suelen apuntar que dicha guerra sólo acarrea violencia, mientras que la posibilidad del autocultivo y en general la despenalización de drogas menores permite focalizarse en el verdadero narcotráfico. El club de los ex-presidentes latinoamericanos –entre ellos Ricardo Lagos- ya llegó a esa conclusión.

Quedan, finalmente, las consideraciones prácticas de una eventual legalización de la marihuana. Mientras los activistas cannábicos de izquierda sueñan con un monopolio estatal a la uruguaya, para así evitar que la marihuana se vuelva otro negocio neoliberal, otros piensan que un mercado regulado a la californiana sería lo ideal. Los asistentes al último Expo Weed, una especie de FISA de la marihuana, pudieron atestiguar que hay un hambre comercial en la grilla de largada, lista para el disparo que dé inicio a la competencia. En el mundo de los vaporizadores de última generación y las semillas genéticamente modificadas, la estética no es Bob Marley sino Steve Jobs.

Por ahora, hay una sola causa que une a todos los consumidores habituales y esporádicos de marihuana: que el estado deje de tratarlos como delincuentes. Que saque la discusión del ámbito penitenciario. Después verá si prefiere llevarla al ámbito de la prevención, del tratamiento terapéutico o de la mera información. Pero el mínimo común denominador es que el poder político a través de la ley deje de amenazarlos con cárcel por tener dos plantas en el jardín. Eso es todo. Y no es mucho pedir. Desde el deporte al espectáculo, el alcohol lo auspicia prácticamente todo. Hasta frentes parlamentarios se forman para defender la industria pisquera nacional. Acá se pide algo más básico: el respeto a aquella máxima Milliana que establece que, de no mediar daño evidente a terceros, todo individuo es soberano de sí mismo, de su propio cuerpo y de su propio espíritu.

Link: https://www.capital.cl/malentendidos-sobre-la-marihuana/

LA VENTANA DE OVERTON

abril 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 29 de marzo de 2019)

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Corría 2012 y la campaña municipal estaba en tierra derecha. En un programa televisivo, Josefa Errázuriz se declaraba partidaria del acuerdo de vida en pareja, pero no todavía del matrimonio igualitario. Respecto de la adopción homoparental, agregaba que aun no se formaba una opinión definitiva. En ese entonces, Chile ni siquiera tenía acuerdo de vida en pareja. Aun así, el mundo progresista le cayó duro a la candidata por Providencia (sin considerar, entre otras cosas, que se trataba de una señora mayor que habitó un tiempo más conservador y que nunca se presentó a sí misma como la campeona de las causas liberales). De pronto, estar en contra de una determinada política -que hasta hace pocos años era derechamente impensable- era como confesar un crimen. Debates éticos que admitían varias posiciones razonables, se volvieron más estrechos por la exigencia de uno de los bandos. La ventana del discurso público tolerable, parafraseando al politólogo Joseph P. Overton, se achicó.

Este no es un fenómeno local. Disectando las causas de la victoria de Trump, el columnista británico Edward Luce sugiere que, en los años previos, la izquierda estadounidense cayó en la tentación de presentar la última moda del pensamiento progresista como una verdad moral incontrovertible. El diálogo político dejó de tratarse de convencer a la gente de los méritos de un caso, se lamenta, y empezó a tratarse de la perversión de nuestros contradictores. En la misma línea, Mark Lilla sostiene que los demócratas comenzaron a tratar cada asunto “como si se tratase de un derecho inviolable, sin espacio para la negociación, e inevitablemente presentando a sus oponentes como monstruos inmorales, en vez de simplemente como conciudadanos con visiones distintas”. Esto pasa especialmente en los campus universitarios, agrega Lilla, donde la vigilancia de discurso es implacable y los pecados veniales se inflan como si fueran mortales.

Desde esos campus, donde se demandan espacios seguros para no escuchar ideas que violentan la conciencia del estudiantado (y de algunos profesores), se podría argumentar que la exclusión de discursos barbáricos es efectivamente una señal de progreso. Hace treinta años era peor visto, socialmente hablando, un homosexual que un homofóbico. En la actualidad, parece ser a la inversa. Desde una perspectiva ética liberal, eso es un evidente progreso: se amplían los derechos, gana la tolerancia, se fortalece la igualdad ciudadana. Sin embargo, es posible que esa relación sea inversa sólo en los circuitos culturales progresistas. De esos círculos nace la aspiración buenista de achicar la ventana de Overton, para que afuera queden los homofóbicos, los misóginos, los xenófobos, los racistas, y en general todo lo que huela a fascismo.

El problema que se genera es doble. Por un lado, porque el apuro en diagnosticar perversiones políticas sacrifica la rigurosidad del diagnóstico. Muchos de los estudiantes que se han opuesto a la visita de José Antonio Kast a sus universidades no se han dado el trabajo de explorar con sentido crítico su propuesta más allá de la frase sensacionalista. Les ha salido más fácil colgarle el rosario de etiquetas antes descritas. Esto no significa que las ideas de Kast sean intelectualmente consistentes o políticamente apropiadas. Pueden ser un bodrio tanto en la teoría como en la práctica. Yo, al menos, así lo creo. La pregunta es si acaso sus posiciones deben quedar desterradas de la provincia del desacuerdo razonable en una sociedad pluralista. Las manifestantes contra el Prosur de Piñera llamaron fascistas a todos los presidentes que vinieron a poner su firma. Así, sin más. Pasándose siete pueblos. Ahora bien, quizás crean que cualquier expresión de derecha es fascista. Eso sería dejar la ventana de Overton en ventanilla.

El segundo problema es estratégico. La ventana se achica, dijimos, cuando las visiones que antes eran tolerables dejan de serlo. Muchos de los que se quedan fuera perciben que esa transformación no ha sido el legítimo producto de un consenso cultural sino más bien una imposición del progresismo y su famosa corrección política. Mientras algunos prefieren pasar piola para no violar los nuevos códigos y ser víctima de la policía tuitera, otros, en cambio, se radicalizan. Hablan fuerte y claro, más fuerte y claro de lo necesario, porque también se niegan a negociación entre el cambio y la continuidad. Es la mentalidad reaccionaria, que se para de igual a igual y devuelve ojo por ojo. Es lo que hace atractivo a Kast.

El fenómeno da cuenta de una tendencia humana que se habría exacerbado por las redes sociales. Una de las promesas de Internet era su capacidad de unir mundos y abrirnos al conocimiento. Lo terminamos usando para juntarnos entre los que ya pensamos lo mismo, reforzando la idea de que nuestras intuiciones políticas son rectas mientras que las del adversario son corruptas. Opiniones que difieren, aunque sea ligeramente, de las nuestras, se reciben con “ufff” y “cerremos por fuera”. Es ese mundo donde “ustedes” siempre están pensando y diciendo brutalidades. Como casi todo violenta, el cargo se trivializa. Cuando de fondo hay ruido blanco, se hace difícil distinguir los enunciados realmente problemáticos de aquellos que admiten una que otra vuelta, por último en consideración al contexto.

Si la ventana se sigue achicando y cerco se sigue corriendo hacia un extremo del eje político-cultural, y eso se traduce en castigo social a la discrepancia, se balcanizará el debate y volaremos los puentes que construyen la amistad cívica. En ese sentido, hay un interés público en mantener la ventana relativamente abierta para discutir un ámbito de posiciones e ideas que cumplen un mínimo de razonabilidad, aunque no interpreten exactamente nuestra propia sensibilidad moral.

Link: https://www.capital.cl/la-ventana-de-overton/