Archive for 30 mayo 2019

LA LEY ARAVENA

mayo 30, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 24 de mayo de 2019)

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Tan bien le fue a Felipe Kast en su postulación senatorial por la Araucanía que le alcanzó para arrastrar a su correligionaria de Evópoli y compañera de subpacto, la entonces desconocida Carmen Gloria Aravena. Mientras Kast fue primera mayoría en la circunscripción con un 18,8% de los votos, Aravena obtuvo apenas un 1,2% de las preferencias, menos que Germán Becker, Rojo Edwards, Gustavo Hasbún, Fuad Chahín, Eduardo Díaz o Aucán Huilcamán, por nombrar algunos que quedaron en carrera. En Evópoli, nadie apostaba por ella. Ni ella misma pensaba ser electa. Por lo mismo, no se chequearon muy celosamente sus posiciones políticas. Hubo cierta sorpresa cuando la flamante senadora confesó discrepar de la línea de su partido en algunas de las llamadas cuestiones “valóricas”. En simple, Aravena resultaba ser más conservadora que liberal. Hace algunas semanas, la senadora renunció a su partido. Se integrará, se ha dicho, al comité de senadores de RN. No sería raro que terminara fichando en esa tienda.

La renuncia de Carmen Gloria Aravena abre dos discusiones. La primera dice relación con el grado de consistencia ideológica interna que deben tener los partidos políticos. Obviamente, a ninguna directiva le gusta la idea de perder parlamentarios. Desde ese punto de vista, la noticia no es buena para Evópoli. Pero hay otra perspectiva: es mejor quedarse con aquellos que comparten el ideario colectivo. En este sentido, la senadora Aravena fue honesta en su proceso de reflexión: prefirió abandonar las filas de Evópoli antes que seguir produciendo ruido interno con cada discrepancia pública. La pregunta que debe contestar Evópoli es si acaso quiere ser un partido que represente ciertas convicciones liberales al interior de una coalición de derecha dominada por el pensamiento conservador, o bien quiere ser un partido donde todos quepan independiente de sus perfiles doctrinarios. Lo primero le pone límite al crecimiento, pero transmite una identidad más nítida. Lo segundo permite un ensanchamiento, aunque diluye su ADN ideológico. Sea cual sea la decisión estratégica, ambas tienen costos. La tentación es dilatarla para evitar pagar esos costos. Pero es mejor que sea una decisión deliberada y consciente antes que seguir ruborizándose por los exabruptos de militantes tipo Gonzalo de la Carrera, cuyas lealtades política están evidentemente con el proyecto de extrema derecha que lidera José Antonio Kast. ¿Puede haber doble militancia entre Acción Republicana y Evópoli? ¿Caben libertarios minarquistas en un partido que dice interesarse por la filosofía política liberal-igualitaria de Amartya Sen y Elizabeth Anderson? ¿Será Evópoli el partido joven que atrapa todo el flujo de las nuevas generaciones, sin importar si son humanistas laicos, católicos ultramontanos o pinochetistas nostálgicos? ¿Sabrá decir que no?

La segunda discusión es de justicia electoral. El problema no es, como algunos han sostenido, que algunos lleguen al Congreso con bajas votaciones. En los sistemas proporcionales, se vota por listas cuyos integrantes representan un cuerpo de ideas políticas y aspiraciones programáticas similares. Es decir, votar por un integrante de una determinada lista es votar por esas ideas y programas. No se vota estrictamente por las personas, como podría eventualmente hacerse en elecciones mayoritarias uninominales como la presidencial o la edilicia. Piense en el caso de Evópoli en la Araucanía. Su subpacto obtuvo 20%. Le corresponden, de acuerdo con la cifra repartidora, dos escaños. Le habrían correspondido los mismos dos escaños si Felipe Kast hubiese obtenido 10% y Carmen Gloria Aravena el 10% restante. Lo importante es cuántos votos obtiene la lista. Quienes alegan contra la elección de congresistas que obtienen por sí mismos una baja votación, no entienden la lógica del sistema o sencillamente se hacen. Si bastaba con un 10% de los votos para obtener un escaño, habría sido injusto, por así decirlo, que Evópoli perdiera el 10% remanente que obtuvo en la Araucanía. Piénselo así: Aravena no salió electa por su 1,2%, más bien, Evópoli se ganó dos escaños por el caudal de votación de su lista.

Precisamente por lo anterior, es injusto que Aravena se lleve la senaduría para la casa como si fuera nominal e intransferible. No es primera vez que un congresista renuncia al partido gracias al cual fue electo. El caso más bullado afectó justamente a RN, cuando una senadora y tres diputados abandonaron el barco para fundar una barcaza propia, Amplitud. A cualquiera le puede pasar. Por esto se hace imperativo legislar. Fórmulas hay varias. Una posibilidad es desincentivar la renuncia, al menos dentro de los primeros dos años desde la elección, creando una causal constitucional de cesación del cargo. En caso de verificarse la causal, a los partidos les gustaría poner en su reemplazo a una persona designada a dedo, tal como lo hizo RN y la UDI cada vez que Sebastián Piñera llamó a uno de sus senadores al gabinete en su primer gobierno. Pero hay formas más democráticas, como llenar la vacante con el candidato o candidata más votada del partido que no haya alcanzado a ser electa, por ejemplo.

Como fuere, lo que una “ley Aravena” tiene que evitar es que algunas personas usen a los partidos y sus listas como trampolín para después abandonarlos apenas iniciados sus períodos legislativos. Suena más grave cuando se trata de candidatos y candidatas que fueron arrastrados, pero, en principio, no cambia si renuncia un senador o diputado que lideró la votación de su lista. Si queremos fortalecer el sistema de partidos -vital para la salud de una democracia liberal- entonces tenemos que insistir en la importancia de la política como un proyecto colectivo que se organiza en torno a ideas y no a personas individualmente consideradas.

Link: https://www.capital.cl/la-ley-aravena/

LA JUSTICIA DE LA DESIGUALDAD

mayo 15, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 10 de mayo de 2019)

world day of social justice

El éxito de la democracia liberal como proyecto político depende en parte importante que la población perciba que las recompensas sociales se distribuyan de una forma que beneficie a todos. Si una porción relevante estima que los ganadores son siempre los mismos, el sistema pierde legitimidad. Ese es el principal riesgo de que las élites económicas no suelten la teta, parafraseando a un ex dirigente empresarial. Ahora bien, el club de los ricos bien podría replicar que todo lo que tienen lo han ganado justamente, y que son por tanto soberanos para hacer con esa riqueza lo que estimen conveniente. Muchos creen que de eso se trata el liberalismo: que la sociedad, a través del estado, se abstenga de meterse en los bolsillos de sus ciudadanos.

Es cierto que el liberalismo no aspira a la igualdad material de las personas. En cierto sentido, lo que hace el liberalismo es precisamente justificar ciertas desigualdades. Algunas serán justas y otra serán injustas. Las justas son, usualmente, aquellas que son producto de una competencia con relativa igualdad de oportunidades. Las injustas son las heredadas, las inmerecidas, las que son fruto de la suerte. Pero al liberalismo, históricamente, también le ha importado el resultado final de la distribución. Algunas de las figuras más importantes de la tradición liberal han manifestado su preferencia por economías libres, abiertas y descentralizadas en el entendido que esas economías son mejores para todos, y no solo para algunos.

Partamos por Adam Smith, nada menos que el padre de la economía clásica y del liberalismo económico. En la lectura de Smith, cada individuo participa en el intercambio de bienes y servicios persiguiendo su interés propio. Sin embargo, el resultado agregado de una multitud de agentes buscando su propio beneficio es el beneficio de la sociedad entera. De ahí la famosa idea de la mano invisible. Ya en la Teoría de los Sentimientos Morales, Smith sostiene que, a pesar del egoísmo y rapacidad de los ricos, orientado a su exclusiva conveniencia, “una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida, que habría tenido lugar si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitante, y así sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie”. Luego, en la Riqueza de las Naciones, Smith señala que los individuos no buscan el interés público ni están conscientes de cuánto lo promueven cuando buscan su propia ganancia. Sin embargo, en estos casos, los individuos “son conducidos, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte en su intención”.

Es decir, Smith entendía el liberalismo económico como un juego donde todos ganan. Si no fuese así, me atrevo a sostener, Smith no lo habría promovido. Si el resultado agregado de cada individuo persiguiendo su interés propio fuese que sólo unos pocos se benefician y la mayoría se empobrece, el modelo pierde parte importante de su atractivo normativo.

Doscientos años más tarde, John Rawls, el filósofo liberal más importante del siglo veinte, confiesa que preferiría una distribución perfectamente igualitaria de las recompensas sociales si acaso una distribución desigual no fuese más ventajosa para todos. Rawls entiende bien el rol que cumplen los incentivos en una economía. Tal como Smith, entiende que no es por la benevolencia del panadero, ni del cervecero ni del carnicero que tendremos nuestra cena esta noche. El bienestar de la sociedad, en especial de los menos aventajados, diría Rawls, se obtiene en cierto modo porque se les permite a las personas que traten de mejorar su propia situación socioeconómica. A su vez, la justicia de un sistema que admite la desigualdad pende del cumplimiento de la promesa Smithiana: que sea win-win y no suma cero.

Finalmente, los argumentos utilitaristas de Milton Friedman para preferir un sistema de mercado por sobre sus alternativas socialistas van en la misma dirección. La libertades económicas, piensa Friedman, son las principales responsables de la inédita prosperidad que ha experimentado casi todo el planeta en los últimos siglos. Todos estamos mejor gracias al capitalismo, en resumen. Los números probablemente le den la razón. Pero si la justicia del sistema descansa en la comprobación empírica de que todos ganan, entonces el sistema deja de ser justo cuando se comprueba que solo gana una fracción. Como todas las justificaciones de corte consecuencialista, hay que atender al resultado. Si el resultado no cumple con lo esperado, entonces podemos empezar a evaluar modelos alternativos.

En síntesis, siguiendo a teóricos liberales tan disímiles como Smith, Rawls y Friedman, la justicia de la desigualdad no sólo depende de la justicia del procedimiento sino también de que los resultados agregados sean beneficiosos para todos. La democracia liberal ha cumplido, hasta ahora, esa promesa. Los niveles de desarrollo material y los indicadores sociales son innegablemente mejores que los que teníamos antes del liberalismo económico. Pero no hay que perder de vista que se trata de una promesa continua. Apenas deja de cumplirse, o apenas la población percibe que el modelo no es win-win, su legitimidad se resquebraja. Parte del auge de los populismos contemporáneos se ha explicado precisamente a partir de esa variable: en los últimos años, los ricos se han hecho más ricos y las clases medias han visto su poder adquisitivo estancado. Ganan terreno las fórmulas autoritarias que prometen redistribuir las recompensas sociales liberándose de los amarres y contrapesos de la democracia liberal. Para que ésta subsista, entonces, no basta con que el estado no nos meta la mano en el bolsillo, como piensan algunos libertarios. Se requiere que la mano invisible actúe generando beneficio colectivo. La élite económica que no lo entienda, más temprano que tarde estará lamentando la pérdida de legitimidad del modelo.

Link: https://www.capital.cl/la-justicia-de-la-desigualdad/

LOS MUCHOS DILEMAS DE LA DC

mayo 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de abril de 2019)

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La decisión de aprobar la idea de legislar la reforma tributaria del gobierno abre una serie de interrogantes sobre el presente y futuro de la Democracia Cristiana. El primer nivel de análisis es contingente: ¿por qué dinamitar las confianzas que se estaban construyendo en la oposición? La DC insiste que su voluntad es seguir trabajando del lado de sus ex socios de la Nueva Mayoría y con el Frente Amplio, pero los hechos parecen demostrar otra cosa. La oposición tiene un problema más grave: aunque ya no crea ni lo que reza la DC, y en consecuencia sienta genuinos deseos de mandarla al carajo, no puede prescindir de ella si no quiere convertirse en minoría parlamentaria -y si no quiere perder por goleada en las inéditas elecciones regionales que vienen.

Por supuesto, es posible que los congresistas de la DC se hayan convencido de que la reforma de Piñera le hace bien a Chile. No todo es cálculo pequeño. En casi todo el espectro ideológico hay expertos que aconsejan la integración tributaria, por ejemplo. Por otro lado, la DC acaba de ser parte de un gobierno que no pasará a la historia por promover el crecimiento ni las oportunidades de negocio. Su timonel, Fuad Chahín, anuncia el voto favorable de la falange junto a un grupo de pequeños y medianos empresarios, queriendo decir que su partido no se ha olvidado de las capas medias que solía representar. La sospecha, al interior de la DC, es que Carlos Peña tenía razón y es Piñera quien mejor interpreta los anhelos de esas capas medias que experimentan el consumo como medio de afirmación de estatus.

Esto nos lleva a un segundo nivel de análisis: ¿dónde se sentiría más cómoda la DC? Parece claro que lejos del Partido Comunista. Si en algo ha sido exitoso el actual gobierno, ha sido en sacarle brillo a las diferencias políticas que convivían en la última coalición de Michelle Bachelet. Dividir para reinar. Pero no se trata sólo del PC. La crisis de pertenencia de la DC viene gatillada por una crisis de identidad: ya no sabe qué es ni para qué sirve. La DC tiene una rica biografía. Sus fundadores eran jóvenes que se escindieron del histórico Partido Conservador, atizados por indiferencia de sus padres ante la apremiante cuestión social y seducidos por la propuesta de la Iglesia Católica para hacerse cargo desde la política. En sus años mozos, en tiempos de Frei Montalva, la DC se dio un lujo que pocos partidos pueden darse: no necesitó de aliados ni coaliciones para gobernar. En un arrebato de orgullo, pensó que gobernaría cien años. Quienes recuerdan la marcha de la Patria Joven pueden dar testimonio de la potencia épica del aquel relato.

Un par de décadas más tarde, en plena madurez, la DC se transformó en el partido eje de la coalición que recuperó la democracia y encabezó uno de los mejores períodos de nuestra historia, en términos de estabilidad política, prosperidad material y paz social. Así fue, al menos, bajo los gobiernos de Aylwin y Frei Ruiz-Tagle. El ascenso de Lagos y luego de Bachelet marcaron un cambio en la correlación de fuerzas al interior de la Concertación. La influencia relativa de la DC menguó, aparejada de un progresivo deterioro electoral y un encorvamiento generacional de su militancia. Hasta que llegamos a la Nueva Mayoría y la confesión de su nuevo rol: limitarse a “hacer matices”. Como ese individuo que se aferra a su pasado glorioso y rehúsa actualizar su propia imagen, la DC se mira al espejo y ya no le gusta lo que ve. Sus carnes están flácidas. Sus músculos han perdido vigor. Su caminar es lento.

En un arranque de amor propio, lleva candidato presidencial y lista parlamentaria propia en las últimas elecciones. Para saber realmente cuantos pares son tres moscas. El resultado es peor de lo esperado. Carolina Goic llega quinta. Obtiene apenas cuatro diputados más que los debutantes de Revolución Democrática. En toda la Región Metropolitana, saca apenas uno. En esas condiciones, ¿qué más se puede pedir que “hacer matices”? De eso se aprovecha el gobierno, que pirquinea votos haciéndoles sentir importantes. Como partido bisagra, la DC puede decidir el curso de muchos proyectos. Parada en el medio de la cancha, la DC tiene el poder de inclinar la balanza hacia uno u otro lado. No es malo, por ahora, teniendo en cuenta las otras opciones: ser comparsa en una coalición de izquierda que no representa a lo que queda de su viejo electorado moderado, o integrarse a una coalición de derecha donde la primera línea todavía la ocupan los cómplices pasivos que exiliaron a sus camaradas en dictadura.

Queda, finalmente, la pregunta ideológica: ¿qué doctrina debiera encarnar la DC en el futuro? A mediados del siglo XX, las coordenadas estaban claras: la DC irrumpía como tercera vía entre el capitalismo salvaje y el marxismo ateo, la ruta reformista entre el statu quo y la revolución. Pero las condiciones ambientales han cambiado: nuestra derecha hizo suyo el discurso de justicia social y nuestra izquierda aceptó las reglas de la democracia burguesa. Ya no tiene mucho sentido, como lo hacía Aylwin, pelear contra la modernización capitalista. Para una buena parte de la población -la mayoría, quizás-, el progreso se mide en la ampliación de la autonomía individual. La insignia religiosa que alguna vez llevó con orgullo, hoy tiene menos brillo que nunca. Leyendo el escenario, Ignacio Walker propuso cambiar de nombre a Partido Demócrata de Centro. En efecto, el mundo DC puede seguir reclamando el centro. No pasa mucho en ese descampado. Ciertamente, no será un centro puramente humanista cristiano. Otras células, liberales y laicas, pululan el mismo espacio. Todas ellas enfrentan el desafío de reanimar el centro político chileno, que en la última elección murió de inanición.

Link: https://www.capital.cl/los-muchos-dilemas-de-la-dc/