Archive for 27 junio 2019

LA POLÍTICA CONTRA LA POLÍTICA

junio 27, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 21 de Junio de 2019)

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Observó bien Carlos Peña: la novedad de la segunda cuenta pública de Sebastián Piñera fue su énfasis en reformas que apuntan a modificar la institucionalidad política. La derecha, sugería el rector, suele moverse dentro de las reglas del juego, confiando que puede hacer la diferencia por la vía de la gestión. El presidente Piñera, sin embargo, le tiró los perros al poder legislativo y al poder judicial. Al primero lo amenazó con reducir la plantilla de congresistas. Al segundo le comunicó el fin de sus atribuciones en materia de nombramientos. Llamó a generar un gran acuerdo nacional para perfeccionar ciertos aspectos de nuestra democracia. Novedoso, es cierto, viniendo de un sector político que durante toda la transición insistió que las reformas políticas no estaban entre las prioridades ciudadanas ni representaban los problemas reales para la gente.

Pero, a pesar de las apariencias, Piñera usa la política para combatir la política. La idea de reducir el número de senadores y diputados no encuentra su fundamento en ninguna teoría normativa o científica muy sofisticada. Sí encuentra eco, y mucho, en la opinión pública, que suele considerar que los políticos son una manga de flojos con salarios exorbitantes e incontables prebendas. Al fijar el blanco en el supuesto exceso de congresistas, Piñera le sigue la corriente a la leyenda popular según la cual los políticos son malos. Porque son malos, justamente, es mejor tener menos que más. En vez de combatir el desprestigio de la función política profesional, el presidente lo alimenta. A los analistas les costó encontrar una razón para esta medida que no fuera sencillamente la convicción piñerista de que atacar al Congreso le puede ayudar a subir en las encuestas.

Pero hay otras hipótesis disponibles. El aumento en el número de diputados de 120 a 155 se correlaciona con la entrada en gloria y majestad del Frente Amplio al hemiciclo, que se ha opuesto a casi todas las iniciativas legislativas relevantes de La Moneda. En círculos del oficialismo se lamentan tener que lidiar con una Cámara más chúcara que las anteriores. De ahí la nostalgia por un Congreso más ordenado. Así como Pinochet se quejaba de los “señores políticos”, Piñera parece quejarse de los “jóvenes políticos”. En esta lectura, la propuesta del presidente no ataca al Congreso per se, sino al Frente Amplio, a partir de la percepción generalizada en su sector de que esta muchachada sólo contribuye a revolver el gallinero. Lo paradójico es que si bien el aumento de congresistas permitió elegir a una nutrida bancada frenteamplista, los partidos más beneficiados por el aumento de congresistas fueron precisamente los oficialistas.

Restan dos hipótesis más caritativas. La primera, sugerida por el ministro Blumel, es que los congresos más reducidos son más “eficientes” en su trabajo legislativo. Pero no hay evidencia concluyente de dicha afirmación. Los problemas del trabajo parlamentario podrían resolverse limitando el número de comisiones en las cuales cada congresista debe participar, o bien mejorando la asesoría técnica del Congreso. Por lo demás, es normal que un diputado que viene llegando se tome cierto tiempo en entender los vericuetos procedimentales y burocráticos de su labor. La elección de 2017 significó la mayor renovación del Congreso desde el retorno de la democracia, con 92 nuevas incorporaciones. Desde esta perspectiva, el problema no tiene tanto que ver con la ineficiencia de un Congreso más numeroso, sino con el hecho de que muchos congresistas están debutando. Si a La Moneda le interesa tener puros legisladores veteranos, entonces no se entiende que estén patrocinando al mismo tiempo la idea de restringir la reelección indefinida.

La segunda hipótesis caritativa, deslizada por el propio Piñera, apunta a evitar la fragmentación del sistema de partidos, en el entendido que la fragmentación redunda en un déficit de gobernabilidad. A diferencia de lo que ocurre en los sistemas mayoritarios uninominales –donde ganan las primeras mayorías-, los sistemas proporcionales por lista permiten que partidos y coaliciones minoritarias obtengan su cuota de escaños. El sistema binominal era el menos proporcional de los proporcionales. Mientras más escaños a repartir, se incentiva la formación de nuevos partidos y coaliciones. Esto representa un dolor de cabeza para los Ejecutivos obligados a negociar con distintas fuerzas políticas para llegar a acuerdos. Hasta el partido más pichiruchi puede tener la sartén por el mango.

Esta última consideración sí amerita una reflexión profunda respecto del sistema político que queremos. Hay que evitar, sin embargo, la tentación de demonizar ciertos grados razonables de fragmentación. La generación de la transición se parapetó en dos grandes coaliciones estables y Chile fue reconocido entre los politólogos por la baja volatilidad de su sistema de partidos. Pero, al mismo tiempo, cada vez más chilenos dijeron no sentirse identificados con esa oferta electoral. La aparición de nuevos contendores tanto dentro como fuera de las coaliciones tradicionales es solo el síntoma de la incapacidad que demostraron los partidos de la transición para renovarse internamente e incorporar mayor diversidad en sus cuadros dirigentes. El nuevo sistema electoral, en parte por el aumento del número de congresistas, dio cabida a algunas de esas nuevas expresiones. Achicar el Congreso es revertir el proceso hacia una menor diversidad ideológica y cultural de la representación. ¿Queremos acaso eso en un Chile cada vez más complejo?

Link: https://www.capital.cl/la-politica-contra-la-politica/

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EL CATOLICISMO DE GUMUCIO

junio 12, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de junio de 2019)

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En la introducción de Ateos fuera del Clóset (Debate, 2014) cuento que la idea de escribir el libro nace en una tertulia navideña donde confieso mi ateísmo como quien confiesa un crimen. “Ok, pero no es algo de lo cual puedas sentirte orgulloso”, replicó el patriarca de la familia, dolido por lo que interpretaba como una traición a mi formación católica y al colegio que nos educó. En ese entonces, antes de los escándalos de abuso sexual del clero chileno, declararse ateo era una provocación, al menos en círculos conservadores o de la elite criolla. En menos de una década, la situación es la inversa. Lo tiene claro Rafael Gumucio, acostumbrado como los buenos intelectuales a nadar contra la corriente, al publicar su ensayo Por qué soy Católico en pleno 2019. Lo que antes habría resultado una perogrullada, hoy constituye una curiosa provocación.

Pero, ¿de qué se trata el catolicismo de Gumucio? ¿es acaso una defensa de esos curas indefendibles? ¿de la sabiduría sempiterna de la iglesia apostólica y romana? ¿de las premisas metafísicas de la fe? ¿de la necesidad humana de rendirse ante el misterio de la vida? De todo esto hay poco. Gumucio destaca uno o dos curas obreros y al resto los considera un lastre. De la jerarquía vaticana y su pretensión de infalibilidad epistémica, no hay siquiera un párrafo. Tampoco se molesta en articular argumentos racionales de la existencia de dios, a la usanza tomista que todavía se enseña en la Pontificia. Y sobre el misterio, Gumucio no le da muchas vueltas y prefiere rendirse ante una versión actualizada de la apuesta pragmática de Pascal: es mejor creer que no creer, porque se pierde poco y se puede ganar mucho si el cielo efectivamente existe. A Gumucio no le importa tanto que su creencia sea o no sea Verdad, con mayúscula. Mientras sirva como antídoto contra la desesperanza y placebo contra el dolor existencial, su catolicismo resulta enteramente razonable.

Pero este catolicismo esconde también una colosal enseñanza ética. Mientras los ateos a-la-Dawkins insisten que la evolución es el mayor espectáculo sobre la Tierra, los creyentes a-la-Gumucio sostiene que la vida de Jesús es la historia más grande jamás contada. Su novedad literaria tiene menos que ver con la promesa teológica de la resurrección y mucho más con su reivindicación de los perdedores del mundo. En esta revolucionaria narrativa cristiana, advierte Gumucio, “ser pobre no solo es más sabio que ser rico, sino hay que procurar también ser nadie, paria sin ciudad, exiliado, esclavo de esclavos, perderlo todo para ganar un hipotético paraíso”. Esto ya lo había observado con claridad Nietzsche, que describió al cristianismo como una moral de esclavos. Nietzsche lamenta la inversión de valores que ocurrió en el mundo antiguo. Para los primeros romanos, relata, lo moralmente bueno estaba asociado a lo noble y aristocrático, mientras lo malo estaba asociado a lo bajo, lo abyecto, lo vulgar. Los judíos, acusa Nietzsche, dieron vuelta el tablero, glorificando a los perdedores, a los últimos, a los oprimidos. No podía ser de otra forma, viniendo de un pueblo acostumbrado a la esclavitud. Por su parte, a los poderosos de siempre se les hizo más difícil llegar al reino de los cielos que a los camellos pasar por el ojo de una aguja. Irónicamente, el judío a quien condenaron a muerte logró a través de su crucifixión la victoria final de la nueva narrativa y la derrota del viejo orden de valores. Es Jesús quien nos ofrece el relato imperecedero de cómo se puede ganar, perdiéndolo todo. Jesús de Nazareth, el mismo andrajoso que se juntaba con putas, publicanos y leprosos.

El catolicismo de Gumucio es anti-winner. Es el catolicismo de los dignos perdedores. Está destinado al éxito, confiesa sin querer, porque los perdedores siempre son más que los ganadores. Su cristianismo es democrático y solidario. Se preocupa de los desvalidos y los viejitos, los únicos que todavía van a misa un domingo de Otoño. El catolicismo de Gumucio no es para machos alfa, demasiado seguros de sí mismos. Quizás, consciente o inconscientemente, porque el autor se siente macho beta en un mundo de alfas: políticos alfa, actores alfa, periodistas alfa, mujeres alfa. Pero también es el catolicismo comunitarista, ése que entiende la filiación religiosa como pertenencia a un linaje de historias familiares. Porque el catolicismo de Gumucio no es protestante: no se vive en la individualidad, sino que se vive con aquellos que son parte de la misma historia. Con los tíos y los primos, en el almuerzo dominical, a punta de ritualidades. En ese sentido, comparte la crítica de MacIntyre y Taylor al liberalismo contemporáneo, su escasa solidaridad y su metodología depredadora.

Finalmente, aunque Gumucio sigue a Harari en considerar que el liberalismo no es más que una ficción apenas más sofisticada que el cristianismo, reconoce entre ambos raíces comunes –“le tenemos el cariño que uno le tiene a sus hijos”, dijo en la presentación del libro- y les vislumbra una alianza futura, contra el discurso puritano moralizante ha pegado fuerte en la izquierda del último tiempo. Yo no veo una alianza tan obvia. Si el cristianismo es la filosofía de los perdedores, es propicia para la cultura de la queja y la victimización que vivimos. Pero mi desacuerdo central con el catolicismo de Gumucio no es político ni literario. Ser católico, bajo su definición, es hasta romántico. Mi desacuerdo es teológico. Si Jesús no hubiese resucitado, escribió Saulo de Tarso, nuestra fe sería vana. No hay gimnasia retórica capaz, aun en la pluma de uno de los mejores narradores de su generación, de alterar la cuestión central sobre la religión cristiana: si acaso dice o no dice la verdad.

Link: https://www.capital.cl/el-catolicismo-de-gumucio/