Archive for 26 julio 2019

NEYMAR EMOCIONAL

julio 26, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 19 de Julio de 2019)

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“La víctima es el héroe de nuestro tiempo”, escribe el filósofo italiano Daniele Giglioli en su último ensayo Crítica de la víctima (Herder, 2017). Evidentemente, no es un ataque contra las víctimas reales de abusos o injusticias. Lo que Giglioni observa es que “hacerse” la víctima tiene una serie de beneficios, pues se presume automáticamente que la víctima es buena e inocente. Es decir, inmuniza ante la crítica y genera una especie de derecho al reconocimiento moral de la comunidad. Por eso, insinúa, las redes sociales están repletas de acusadores: una vez identificado el victimario, uno queda libre de toda sospecha. Es perfectamente racional, entonces, que exageremos todos los agravios. Hasta la falta más mínima se presenta como el peor de los pecados. Ya lo había notado John Locke: la razón por la cual se hace necesario un tercero imparcial para juzgar nuestras disputas es porque somos especialmente severos y desproporcionados con aquellos que nos hacen un mal, pero rara vez consideramos igual de graves los males que nosotros cometemos.

Un amigo lo definió como el síndrome del Neymar emocional. Más allá de su habilidad superlativa, el crack brasileño se hizo famoso en el último mundial por exagerar a destajo las faltas en su contra. Todavía circula el gif de Neymar rodando hasta el infinito. Algo parecido ocurre en el debate actual: ante un pequeño empellón, nos tiramos al suelo bramando de dolor y exigiendo tarjeta para el agresor. Sabemos lo feo que se pone el fútbol cuando los jugadores caen en esa práctica. El debate público no es la excepción: se pone horrible. Cuando la batalla de los argumentos se pone cuesta arriba, muchos esperan la oportunidad de agrandar una falta que les permita vestirse de víctimas y con ello inhabilitar moralmente al contradictor. El senador Jaime Quintana, por ejemplo, se pasó tres pueblos acusando al presidente Piñera de articular un “discurso de odio” por sugerir obstruccionismo por parte de la oposición. La diputada Andrea Parra acusó de misógino a su colega René Manuel García por una expresión que no tuvo la connotación sexual que prácticamente todos los medios le dieron. Valga la aclaración: el diputado García está lejos de ser santo de mi devoción, pero me parece injusto que no nos hayamos dado el trabajo de analizar de buena fe lo que quiso decir en esa ocasión (en corto, que no se le “caerían los pantalones” como quien no se deja amilanar). Para qué: una vez identificado el victimario, lo imperioso era sumarse a la camotera de las víctimas, aunque sean presuntas. Si andamos por la vida con las antorchas prendidas, siempre encontraremos a quien quemar.

Si el síndrome del Neymar emocional es común en política, lo es más aun en las universidades. En The Coddling of the American Mind, Greg Lukianoff y Jonathan Haidt sacan una extraordinaria foto del momento crítico de la educación superior en Estados Unidos. Muchas de sus observaciones se aplican también a Chile. Son tres los grandes problemas, según los autores. Primero, muchos estudiantes piensan que la universidad debe ser un “espacio seguro”, donde no se vean expuestos a ideas desafiantes o controvertidas que puedan causarles algún cuadro de ansiedad. El fenómeno de vetar invitados en los campus no es nuevo. Lo nuevo es justificar la censura en nombre de la salud mental. Sin embargo, advierten Lukianoff y Haidt, la universidad es el gimnasio intelectual ideal para aprender a enfrentar, en pequeñas dosis como las vacunas, los inquietantes fenómenos políticos que los estudiantes encontrarán fuera de sus burbujas.

En segundo lugar, muchos estudiantes se han malacostumbrado a obedecer a sus emociones, sin necesidad de pasarlas por un filtro de racionalidad crítica. Importa poco si un profesor o un compañero tuvo la intención de causar un daño o si acaso existe mérito objetivo para declararlo. Lo que importa es si acaso los estudiantes se “sienten” ofendidos o vulnerados. Es decir, todo depende de la percepción subjetiva del daño. El problema es que muchas veces nuestras emociones juzgan demasiado rápido y, de cuando en cuando, se equivocan. Sin espacio para generar esa reflexión, el umbral para la victimización es muy bajo. Un ejemplo es lo que ocurrió hace algunos meses con el candidato gremialista a la FEUC. Descontando la arista política del caso, lo más probable es que el centenar de estudiantes que abandonaron el Aula Magna abrazadas y entre lágrimas hayan experimentado una sincera sensación de angustia y vulnerabilidad. Fueron un solo cuerpo representándose como víctima. Lo único que faltó fue una evaluación racional del escenario, tomando en cuenta que se trataba de una acusación anónima en redes sociales, sin indicios serios de su culpabilidad. Las dirigentes sostuvieron incluso que no se sentían seguras a su lado en la tarima, como si el joven en comento fuera un monstruo incapaz de contenerse. Una suposición escasamente racional.

Finalmente, agregan Lukianoff y Haidt, el tercer problema es la reconfortante pero distorsionada idea de que el mundo se divide entre los buenos (nosotros) y los malos (ellos). Bajo ese marco, víctimas y victimarios están predeterminados. Ni siquiera es necesario juzgar caso a caso. Lo que hace falta, sugieren, es aplicar el principio de caridad, es decir, hacer el esfuerzo ético e intelectual por interpretar lo que la otra persona hace o dice en la mejor de sus versiones, tomando en cuenta su contexto y considerando la posibilidad de que no actúa motivado por el egoísmo mezquino o es malo del alma. A fin de cuentas, todos hemos sido malinterpretados o sacados de contexto alguna vez. Por el contrario, si no le damos el beneficio de la duda a nuestros pares, la sentencia condenatoria ya viene escrita. En ella, nosotros siempre somos las víctimas, rodando eternamente por el pasto como Neymar, pidiendo tarjeta para el rival, aunque apenas nos hayan rozado.

Link: https://www.capital.cl/neymar-emocional/

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UN OSCAR PARA CHILE

julio 10, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 5 de Julio de 2019)

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Las encuestas son consistentes: hoy en día, no hay liderazgos presidenciales competitivos dentro del mundo de la ex Nueva Mayoría. En preferencias espontáneas lideran los nombres de Beatriz Sánchez, Joaquín Lavín y José Antonio Kast. Más atrás, es cierto, aparece la incombustible Michelle Bachelet, el todavía senador Alejandro Guillier y el alcalde de Recoleta Daniel Jadue. Pero Bachelet ha dicho que no correrá nuevamente, y su promesa parece sincera. A diferencia de su gloriosa primera salida, esta vez quedó duramente golpeada en lo personal y en lo político. Tiene todas las de perder en un enfrentamiento con una derecha ordenada tras un candidato al alza como Lavín. Por su parte, Guillier representa el extraño caso del excandidato que queda lejísimos de la pole position después de haber llegado segundo en un balotaje. Lavín quedó bien aspectado después de su derrota con Lagos en 2000, lo mismo que Piñera tras perder con Bachelet en 2005. En ese sentido, Guillier se parece más al Frei de 2009, un candidato desechable e ideal para perder una elección que se perdería de todos modos. Jadue podría ser un buen candidato para la izquierda, pero no lo es para la vieja gran familia concertacionista. No es necesario ser anticomunista para que el discurso de Jadue parezca radical y dogmático. Su porcentaje de rechazo le pone techo, lo que suele ser problemático para ganar una presidencial, bajo la premisa que éstas se disputan en el centro político, entre los moderados, en el voto blando. En resumen, la derecha tiene toda la cara de quedarse en el poder. Esto con relativa independencia de que el presidente Piñera no termine con buenos números de aprobación. Frei Ruiz-Tagle terminó su mandato con 28% a su favor y aun así le entregó la banda a Ricardo Lagos. Bachelet cerró su primer gobierno con cifras tropicales de aprobación y no fue capaz de dejar un sucesor de su coalición en La Moneda. Los candidatos importan. Por ahora, los mejores están en la órbita de Chile Vamos.

La crisis de liderazgos presidenciales en la centroizquierda chilena coincide con la crisis ideológica y electoral del proyecto socialdemócrata en el mundo. Es discutible si acaso la Concertación fue genuinamente socialdemócrata. En la esquina autoflagelante, muchos creen que se limitó a administrar el modelo neoliberal heredado de la dictadura. Sin embargo, al menos en lo que respecta al otrora sector progresista de la coalición más exitosa de la historia de Chile (es decir, descontando a la DC), es justo decir que navegaron a tono con los tiempos de la renovación socialista, primero, y de la Tercera Vía, más tarde. Son esos proyectos, reformistas antes que revolucionarios y responsables antes que demagógicos, los que entraron en crisis, asediados por populismos en ambos extremos. Chile no es la excepción.

En este contexto, es especialmente interesante la irrupción de la opción presidencial del economista socialista Oscar Landerretche. Partamos por lo obvio: Landerretche no concita la adhesión de las masas, no recorre matinales y su porcentaje de conocimiento fuera de la elite debe ser bajísimo. Sin embargo, es capaz de motivar una reflexión ideológica y generacional muy necesaria. Landerretche pertenece a un mundo que vio como sus padres recuperaron la democracia y luego se sentó en la segunda fila de la transición. A diferencia de sus hermanos chicos del Frente Amplio, la generación concertacionista de Landerretche aprendió a respetar -demasiado- a sus mayores. Cuando el único de los suyos se atrevió, fue tratado de “Marquitos”. Muchos son viudos de Lagos, y hace rato están preguntándose si acaso les corresponde tramitar su jubilación anticipada de la vida política con apenas cincuenta años. Landerretche representa el espíritu de revancha de la Generación X, apretujada entre los Baby Boomers que se resisten a dejar el poder y los Millennials que amenazan con tomarlo sin permiso.

Pero la gracia de Landerretche no termina ahí. Por la complejidad de su pensamiento político -Landerretche tiene muchas más herramientas intelectuales que el economista estándar y muchas más variantes ideológicas que el socialista promedio-, logra conectar con distintos grupos y tradiciones. Les habla a los socialdemócratas, pero también le habla al comunitarismo que todavía reside en los alrededores de la DC, y al liberalismo igualitario que promovió la figura de Andrés Velasco y que se posiciona en el centro del espectro. Incluso, por el lado izquierdo, despierta simpatías de más de algún RD y frenteamplista razonable. Puede que esta “aventura culta”, como la llamó Alfredo Joignant, no llegue muy lejos. Pero si el panorama para el 2021 ya es difícil, quizás sea mejor perder construyendo algo que florezca eventualmente en el mediano plazo antes que seguir depositando fichas en la generación de la transición (¿Insulza?, ¿Heraldo? ¿Montes? ¿Allende?).

Mis amigos socialistas se entusiasmaron con el triunfo de Pedro Sánchez en España. Significa, dijeron, que Podemos no se comió al PSOE como se había presagiado. Les da esperanza ante el avance del Frente Amplio. Sin embargo, la victoria de Sánchez no fue fortuita. Su partido tuvo que trabajar seriamente para volver a ser una alternativa de gobierno atractiva, incluyendo importantes esfuerzos en la renovación de los elencos. No hay procesos de cambio sin sacrificios ni costos. La pregunta es si acaso un liderazgo como el de Landerretche puede contribuir a activar esos engranajes. Si lo hace, sería bueno para la centroizquierda y bueno para Chile.

Link: https://www.capital.cl/un-oscar-para-chile/