LA CASA DE LOS ESPÍRITUS

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 2 de agosto de 2019)

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La gobernación provincial de Antofagasta acaba de facilitar una propiedad fiscal al “centro de sanación espiritual Luz y Progreso” que, según la declaración de la propia autoridad, trata a los enfermos con la ayuda de “médicos que han fallecido y que siguen trabajando en esta tierra, pero desde otra dimensión”. El comunicado detalla que estas almas (¿en pena?) tendrían “diferentes especializaciones”, las que se harían efectivas a través de la acción de una médium.

Naturalmente, la noticia despertó la indignación de las sensibilidades más racionalistas y las comunidades científicas. El senador por la zona, Alejandro, Guillier pidió incluso un informe del ministro de Bienes Nacionales, comparando las actividades del centro en comento con el tierraplanismo y el movimiento antivacunas. El gobierno provincial, por su parte, se defendió argumentando que la casa en comento estaba infestada de drogadictos y okupas. Desde ese punto de vista, la asignación sin duda mejora la situación actual. Sin embargo, se supo que había otras instituciones -como la Cruz Roja- que también habían postulado -sin éxito- a terrenos fiscales para desarrollar su labor social. La diputada RN Paulina Núñez avaló las actividades del grupo -aparentemente cristiano- Luz y Progreso, por su larga trayectoria sirviendo a la población local a través de actividades de extensión social y cultural. Pero esa no fue la razón por la cual se les asignó el inmueble, según el propio documento oficial. La discusión está circunscrita a sus métodos controversiales de sanación vía participación sobrenatural.

A primera vista, este es un clásico caso donde falla la separación entre estado e iglesia. Al aceptar la validez de las prácticas de este centro de sanación espiritual, el estado chileno estaría reconociendo la veracidad de un postulado metafísico de textura religiosa: que los muertos siguen participando de alguna manera en los asuntos terrenales. No obstante, tal como lo sugiere Guillier, estos rituales de sanación espiritual se parecen al tierraplanismo y al antivacunismo. Pero estos últimos no son fenómenos religiosos sino bastante seculares. Lo que los hace problemáticos desde el punto de vista político no es su carácter religioso o secular, sino ciertas deficiencias epistémicas: no cuentan con evidencia a su favor, no siguen el método científico, no son creencias justificadas ante estándares de razonamiento compartido, no funcionan, etcétera.En Estados Unidos, por ejemplo, los creacionistas que desafían la teoría de Darwin han intentado varias veces hacerse un espacio en los textos escolares y las clases de biología. Las cortes han fallado que, en la medida que se propone una hipótesis sobrenatural para explicar la biodiversidad, el creacionismo es religión y por tanto debe quedar fuera del currículo. Sin embargo, esta lógica parece igual de equivocada: la razón por la cual el creacionismo queda fuera del currículo no es porque invoque agencia sobrenatural sino porque es mala ciencia.

Piense en el caso de la homeopatía. En Reino Unido y Francia se ha debatido intensamente si acaso los servicios públicos de salud deben costear tratamientos y medicinas homeopáticas. Mucha gente piensa que no. Y sus razones no tienen ninguna relación con la religión, sino con que se trata de una pseudo-ciencia igual de desacreditada que la quiromancia, la numerología, la iridología o las teorías agrícolas de Lysenko en la Unión Soviética. Lo que se advierte es que sólo la ciencia occidental establecida y convencional basta como estándar justificatorio para el desembolso de recursos fiscales y como base para las políticas públicas. Ninguna medicina alternativa, por ejemplo, cumpliría esas condiciones. Los ciudadanos conservan el derecho de recurrir a ellas, pero no pueden esperar ayuda del gobierno para acceder a ellas.

Piense ahora en el siguiente ejemplo. Tenemos tres alternativas y debemos escoger una para el currículum escolar obligatorio: dos horas de educación física, dos horas de Yoga, o dos horas de plegarias. A mucha gente le parece obvio que debemos optar por lo primero. El Yoga todavía suena demasiado oriental, místico, esotérico. Sin embargo, si se hacen explícitos sus objetivos beneficios físicos y mentales, quizás estén dispuestos a reevaluar su decisión. La razón por la cual no escogerán las plegarias no tiene que ver con su carácter religioso, sino con que no son efectivas como práctica gimnástica o deportiva. Es decir, la decisión dependerá de cuál de las alternativas parece ser más efectiva para los propósitos específicos. Lo mismo ocurre con la ciencia: damos por sentada su primacía justificatoria porque casi siempre funciona.

Pero esto no resuelve el problema que se genera en sociedades pluralistas donde coexisten grupos de personas que tienen distintas ideas de lo que funciona para ellos. Esta discusión se vincula con el tipo de reconocimiento que deben (o no deben) tener los placebos y se extiende hacia las distintas nociones de efectividad que caben en medio de la diversidad cultural y cognitiva contemporánea. No basta, por tanto, decir que la casa de los espíritus de Antofagasta es una afrenta contra la ciencia. Hay que explicar por qué la ciencia goza de un lugar preferencial en la estructura de justificación en democracias donde hay gente que cree en métodos alternativos. Esa tarea, al menos desde la filosofía política, está incompleta, y se hace cada vez más urgente en un mundo donde las grandes autoridades epistémicas se han debilitado y las personas reivindican su derecho a conducirse de acuerdo con teorías que desafían el consenso científico.

Link: https://www.capital.cl/la-casa-de-los-espiritus/

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2 comentarios to “LA CASA DE LOS ESPÍRITUS”

  1. Emilio Meneses Says:

    Bueno, que esperabas, ¿si se aceptó poner centros médicos de “medicina mapuche” en varias partes por que no esto?.

    Este centro espiritual es la evolución lógica de aceptar cosas como vudú indigenista.

  2. Max Astudillo Says:

    La ciencia es una herramienta que usamos para resolver nuestros problemas, o para crear cosas, o para sanar enfermedades, etc. Es una herramienta que ha demostrado ser efectiva. Esta herramienta tiene la característica de no tener todas las respuestas, porque su naturaleza es así, se va desarrollando metódicamente y en el transcurso va mejorando y siendo más y más efectiva y eficiente. Pero deja vacíos que por diversas razones no llena, entre esas razones hay justificaciones políticas, técnicas, culturales, etc. Estos espacios vacíos son llenados por alguna otra herramienta. Llámese homeopatía, espíritus, dioses, etc. Y los humanos somos expertos en crear herramientas, experticia que desarrollamos evolutivamente como mecanismo de supervivencia. Por eso aparecen y aparecen alternativas a la ciencia. Es algo instintivo. Sin embargo el instinto falla. Aunque el instinto nos ha llevado a vivir milenios sin la ciencia, la ciencia fue la que nos ha brindado más beneficio que ninguna otra cosa. La casa de los espíritus representa esa herramienta del pasado acientífico que desarrollamos por instinto. Entonces, la sociedad actual no se debería basar en instintos, sin embargo lo hace. ¿Quien tiene el derecho a quitarle esa humanidad instintiva al humano? El propio humano es el único que puede hacerlo y para eso ha desarrollado instituciones como el estado para poner las reglas del juego. ¿Pero el estado se basa en instintos o en ciencia? Depende del gobierno que controle ese estado. La casa de los espíritus es lo que el gobierno, y en última instancia el pueblo que eligió a ese gobierno, eligió para ese pueblo.
    Sin embargo, la salud del pueblo ya tiene su herramienta, y es la medicina basada en evidencia. Y el estado provee esa medicina a través de su sistema de salud: la salud pública. ¿La salud pública cubre todas las necesidades? ¿La salud pública es suficiente? La salud pública es deficiente, lo sabemos, y esos vacíos que no llena son ocupados por otros paradigmas que pululan y surgen del instinto de la gente. Quizás la solución no sea quitarle ese instinto a la gente, sino mejorar la salud pública.

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