Archive for 16 octubre 2019

EL DERECHO A GOBERNAR

octubre 16, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 11 de octubre de 2019)

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Se salvó la ministra de educación Marcela Cubillos. En el fragor de la celebración, describió el rechazo de la acusación constitucional en su contra como “el reconocimiento al derecho de gobernar”. Es el argumento más inteligente que desplegó el gobierno. La cuestión tenía poco que ver con la “valentía” de la ministra (como majaderamente trató de instalar el oficialismo a través de un hashtag absurdo), sino con una pregunta más fundamental: ¿puede un gobierno promover su propia agenda cuando ésta colisiona con las reformas aprobadas por la administración anterior? Fue el enfoque de la defensa del abogado Francisco Cox, quien si bien se definió como opositor ideológico al gobierno de Sebastián Piñera, insistió en que las acusaciones constitucionales no se pueden usar para castigar la discrepancia política. Es el mismo argumento que terminó por convencer a los diputados Pepe Auth y Matías Walker: ambos dejaron claro que les desagrada el estilo agresivo y confrontacional de la ministra Cubillos, y que no comulgan con las políticas de educación del actual gobierno, pero recalcaron que aquello no configura ninguna de las causales de cesación del cargo que establece la constitución.

Es decir, la tesis que se impuso no constituye un espaldarazo político a la gestión de Marcela Cubillos ni necesariamente sugiere que el gobierno va por buen camino en materia educacional. La tesis que se impuso es mucho más gruesa: los gobiernos tienen derecho a llevar adelante el programa con el cual fueron elegidos, aunque eso signifique desalentar las normas y políticas públicas del antecesor. Desde el oficialismo señalan que a Cubillos no se le puede exigir entusiasmo en la promoción de reformas que no sólo no comparte, sino que considera injustas y perjudiciales para los niños de Chile. Es obvio y natural que haya insistido en las falencias de la ley de inclusión de Michelle Bachelet. Si bien es cierto que se trata de una cuestión emblemática para el mundo de la ex Nueva Mayoría, e incluso para el Frente Amplio (pues fueron sus dirigentes los que comenzaron a empujar sus ideas matrices en las movilizaciones de 2011), el principio de evaluación es el mismo: al votar nuevamente por Piñera, la gente votó por rechazar las reformas del segundo mandato de Bachelet. De eso se trata, precisamente, el derecho a gobernar: es un derecho a desandar lo andado, que emana del mandato popular.

Pero la línea es delgada. ¿Es qué momento la crítica pública de las normas vigentes se confunde con la displicencia dolosa de su aplicación? ¿En qué momento la falta de entusiasmo de la ministra Cubillos para comunicar el nuevo sistema se confunde con sus ganas de sabotearlo? ¿En qué momento la selección de evidencia a favor de la tesis propia se confunde con la omisión o tergiversación de la evidencia a favor de la tesis contraria? Estas son preguntas válidas. No es necesario pertenecer a una “izquierda totalitaria”, como señaló un diputado UDI, para atender a estas preguntas. Aunque, personalmente, no creo que los casos citados por el libelo acusatorio hayan sido lo suficientemente contundentes como para demostrar notable abandono de deberes por parte de la ministra, tampoco creo que este episodio haya demostrado necesariamente la mala utilización de la herramienta. En jerga futbolística, la ministra venía pegando patadas y al menos se merecía una amarilla. Por eso me hace ruido ese lugar común que declara que la ministra salió “fortalecida”. Por jugar al filo del reglamento, estuvo a punto de ver la tarjeta roja. Conservar la pega no equivale, al menos no directamente, a salir fortalecido de una situación.

El gobierno de Piñera, entonces, impuso su tesis: en democracia, los gobiernos entrantes tienen derecho a un sutil torpedeo de las reformas del gobierno anterior. Sutil, porque no puede consistir en incumplimiento flagrante de la ley. Pero torpedeo a fin de cuentas, porque es evidente que no le interesa en lo más mínimo que a esas reformas les vaya bien, o que tengan buena acogida en la ciudadanía. Por el contrario, piensa Cubillos, ojalá que no la tengan. Con ese propósito explícito recorrió Chile. Por supuesto, nadie en el gobierno actual fue tan bruto como para hablar de una retroexcavadora. Pero la diferencia es de grado, no de esencia. En el fondo, la tesis que salvó a Cubillos es incompatible con nuestra tradición -que tanto nos enorgullecía en tiempos de la Concertación- de continuidad de las políticas públicas. No puede haber continuidad en las políticas públicas si cada nuevo gobierno reclama su derecho a desandar el camino andado por el gobierno anterior, especialmente si se trata de sus reformas más emblemáticas. Esto no quiere decir que no tenga ese derecho. Sólo quiere decir que afirmar ese derecho colisiona con la vieja narrativa de la continuidad de las políticas públicas. La derecha, al menos, queda impedida de usarla honestamente.

De aquí en adelante, los grupos políticos que accedan al poder tienen un precedente: si no les gustan las políticas de sus antecesores, tienen derecho a torpedearlas sutilmente. Nada muy vistoso: una exageración por aquí, una caída de sistema por allá. Las leyes hay que cumplirlas, pero no es exigible la buena fe. Tampoco comprometerse con su implementación exitosa. A fin de cuentas, diría un tomista, es inmoral perseguir con ahínco el cumplimiento de leyes que se estiman injustas.

Link: https://www.capital.cl/el-derecho-a-gobernar/

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MORIR CON LAS BOTAS PUESTAS

octubre 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 27 de septiembre de 2019)

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En el último tiempo, principalmente gracias al trabajo de Daniel Kahneman y Amos Tversky, se ha popularizado la idea de que los seres humanos pensamos con dos sistemas alternativos: por un lado, uno rápido, que apela fundamentalmente a emociones e intuiciones; por el otro, uno lento, que involucra lógica y deliberación. Entre otras cosas, esta teoría explicaría por qué los ciudadanos ordinarios y los expertos discrepan en tantos debates públicos: mientras los primeros piensan (más seguido) con el sistema 1, los segundos aplican (más seguido) el sistema 2. Los expertos serían capaces, dándole en el gusto a Kant, de elevarse por sobre sus deseos de guata para analizar los escenarios de manera fría y racional. Esta teoría también echaría por tierra una vieja premisa de la llamada “epistemología naturalizada”: que las personas comunes y los científicos profesionales activan el mismo sistema cognitivo, con la única diferencia de que los segundos corrigen sus sesgos de confirmación a través de una serie de procesos de control. En lo central, pensaban autores como W. V. O. Quine, John Dewey e incluso Karl Popper, el razonamiento científico es apenas una extensión del sentido común. Según la teoría del sistema dual, se ha dicho, se trata de dos formas de razonamiento distintas.

Sin embargo, la teoría del sistema dual de pensamiento ha sido recientemente amenazada por una nueva teoría, que sus promotores denominan “interaccionista”. La teoría interaccionista, articulada en detalle en el libro The Enigma of Reason (Penguin: 2017) de Hugo Mercier y Dan Sperber, sostiene que no es posible establecer dicha separación. La razón humana, señalan los autores, evolucionó para adaptarse a un nicho ecológico altamente social. Eso significa que su función no es precisamente identificar la verdad de las cosas, sino para navegar la realidad de su entorno. En otras palabras, para interactuar exitosamente. Mercier y Sperber no descartan la existencia de distintos módulos inferenciales, pero que no son independientes. La relación entre intuición y razón sería más estrecha de lo que pensamos: las personas se mueven básicamente por intuición, y la razón cumple la función de justificar ex post dichas intuiciones. Esta no es una función menor, pues el éxito de nuestras interacciones sociales depende de la capacidad de ofrecer razones persuasivas al resto. Eso es lo que llamamos capacidad argumentativa. Contra Kant, la idea básica de esta teoría ya está presente en Hume: la razón es la sierva de las pasiones, y su función es proveer de los medios más eficientes para alcanzar los fines que las intuiciones morales ya decidieron. Lo que esta teoría añade es que no da lo mismo la calidad de las razones que ponemos sobre la mesa, pues de ellas depende nuestra vida social.

En resumen, lo que Mercier y Sperber proponen es olvidarse del paradigma del genio solitario, que aplicando procesos mentales complejos, llega a las mejores conclusiones o realiza los más grandes descubrimientos. Lo cierto es que pensamos mejor en colectivo, justamente por la razón humana evolucionó en ese contexto. Por lo mismo, somos flojos para evaluar nuestras propias razones y estrictos cuando se trata de evaluar las razones ajenas. Esto explica por qué nos enamoramos de nuestras tesis y nos cuesta tanto reconocer que estamos equivocados. No queremos aparecer ante el mundo como personas equivocadas y por tanto hacemos lo posible por presentar nuestras opiniones de la manera más convincente posible, incluso cuando sospechamos que algo huele mal. Seleccionamos la evidencia que refuerza nuestro punto y descartamos la que infringe daño. Siempre ha sido mejor, desde una perspectiva evolucionaria, morir con las botas puestas. Esto resume, en buena parte, nuestra vida social y política.

Pero también explica la importancia de contar con procedimientos e instituciones capaces de canalizar nuestra tendencia a los sesgos de confirmación. Una de esas instituciones son los jurados. Varias cabezas piensan mejor que una, en la medida que se aplican, en forma cruzada, estándares más exigentes para las opiniones del resto. Lo mismo respecto de la ciencia. Mercier y Sperber no creen que los científicos razonen distinto a los ciudadanos comunes y corrientes. Ellos también quieren tener (siempre) la razón. No son modelos de virtud epistémica. Por el contrario, la virtud epistémica de la ciencia radica en el método, capaz de mitigar la influencia de los distintos sesgos de confirmación en acción. Justamente porque conocemos nuestra necesidad ancestral de ganar las discusiones, y en la ciencia no debiera ganar la retórica más hábil sino la teoría que mejor describa la realidad fáctica, es que sometemos las hipótesis científicas a exhaustivos controles de pares. Esto, de paso, rehabilita a Quine: el razonamiento científico no es, en esencia, distinto al razonamiento de la persona común. La diferencia es que el razonamiento científico se produce en un contexto social que nos permite apreciar sistemáticamente los errores en los que habitualmente incurre la razón.

Todo esto tiene aplicaciones prácticas que superan la mera reflexión filosófica. Permite entender mejor la naturalidad de nuestros desacuerdos políticos y morales, así como nos ayuda a comprender fenómenos como el negacionismo científico contemporáneo. Las personas se aferran a sus creencias y elaboran argumentos más o menos complejos para defenderlas en la vida social. Por eso escuchamos tan pocas veces la frase: tienes razón, estoy equivocado. Nuestros sistemas cognitivos evolucionaron para -si se perdona la teleología- morir con las botas puestas.

Link: https://www.capital.cl/morir-con-las-botas-puestas/