MORIR CON LAS BOTAS PUESTAS

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 27 de septiembre de 2019)

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En el último tiempo, principalmente gracias al trabajo de Daniel Kahneman y Amos Tversky, se ha popularizado la idea de que los seres humanos pensamos con dos sistemas alternativos: por un lado, uno rápido, que apela fundamentalmente a emociones e intuiciones; por el otro, uno lento, que involucra lógica y deliberación. Entre otras cosas, esta teoría explicaría por qué los ciudadanos ordinarios y los expertos discrepan en tantos debates públicos: mientras los primeros piensan (más seguido) con el sistema 1, los segundos aplican (más seguido) el sistema 2. Los expertos serían capaces, dándole en el gusto a Kant, de elevarse por sobre sus deseos de guata para analizar los escenarios de manera fría y racional. Esta teoría también echaría por tierra una vieja premisa de la llamada “epistemología naturalizada”: que las personas comunes y los científicos profesionales activan el mismo sistema cognitivo, con la única diferencia de que los segundos corrigen sus sesgos de confirmación a través de una serie de procesos de control. En lo central, pensaban autores como W. V. O. Quine, John Dewey e incluso Karl Popper, el razonamiento científico es apenas una extensión del sentido común. Según la teoría del sistema dual, se ha dicho, se trata de dos formas de razonamiento distintas.

Sin embargo, la teoría del sistema dual de pensamiento ha sido recientemente amenazada por una nueva teoría, que sus promotores denominan “interaccionista”. La teoría interaccionista, articulada en detalle en el libro The Enigma of Reason (Penguin: 2017) de Hugo Mercier y Dan Sperber, sostiene que no es posible establecer dicha separación. La razón humana, señalan los autores, evolucionó para adaptarse a un nicho ecológico altamente social. Eso significa que su función no es precisamente identificar la verdad de las cosas, sino para navegar la realidad de su entorno. En otras palabras, para interactuar exitosamente. Mercier y Sperber no descartan la existencia de distintos módulos inferenciales, pero que no son independientes. La relación entre intuición y razón sería más estrecha de lo que pensamos: las personas se mueven básicamente por intuición, y la razón cumple la función de justificar ex post dichas intuiciones. Esta no es una función menor, pues el éxito de nuestras interacciones sociales depende de la capacidad de ofrecer razones persuasivas al resto. Eso es lo que llamamos capacidad argumentativa. Contra Kant, la idea básica de esta teoría ya está presente en Hume: la razón es la sierva de las pasiones, y su función es proveer de los medios más eficientes para alcanzar los fines que las intuiciones morales ya decidieron. Lo que esta teoría añade es que no da lo mismo la calidad de las razones que ponemos sobre la mesa, pues de ellas depende nuestra vida social.

En resumen, lo que Mercier y Sperber proponen es olvidarse del paradigma del genio solitario, que aplicando procesos mentales complejos, llega a las mejores conclusiones o realiza los más grandes descubrimientos. Lo cierto es que pensamos mejor en colectivo, justamente por la razón humana evolucionó en ese contexto. Por lo mismo, somos flojos para evaluar nuestras propias razones y estrictos cuando se trata de evaluar las razones ajenas. Esto explica por qué nos enamoramos de nuestras tesis y nos cuesta tanto reconocer que estamos equivocados. No queremos aparecer ante el mundo como personas equivocadas y por tanto hacemos lo posible por presentar nuestras opiniones de la manera más convincente posible, incluso cuando sospechamos que algo huele mal. Seleccionamos la evidencia que refuerza nuestro punto y descartamos la que infringe daño. Siempre ha sido mejor, desde una perspectiva evolucionaria, morir con las botas puestas. Esto resume, en buena parte, nuestra vida social y política.

Pero también explica la importancia de contar con procedimientos e instituciones capaces de canalizar nuestra tendencia a los sesgos de confirmación. Una de esas instituciones son los jurados. Varias cabezas piensan mejor que una, en la medida que se aplican, en forma cruzada, estándares más exigentes para las opiniones del resto. Lo mismo respecto de la ciencia. Mercier y Sperber no creen que los científicos razonen distinto a los ciudadanos comunes y corrientes. Ellos también quieren tener (siempre) la razón. No son modelos de virtud epistémica. Por el contrario, la virtud epistémica de la ciencia radica en el método, capaz de mitigar la influencia de los distintos sesgos de confirmación en acción. Justamente porque conocemos nuestra necesidad ancestral de ganar las discusiones, y en la ciencia no debiera ganar la retórica más hábil sino la teoría que mejor describa la realidad fáctica, es que sometemos las hipótesis científicas a exhaustivos controles de pares. Esto, de paso, rehabilita a Quine: el razonamiento científico no es, en esencia, distinto al razonamiento de la persona común. La diferencia es que el razonamiento científico se produce en un contexto social que nos permite apreciar sistemáticamente los errores en los que habitualmente incurre la razón.

Todo esto tiene aplicaciones prácticas que superan la mera reflexión filosófica. Permite entender mejor la naturalidad de nuestros desacuerdos políticos y morales, así como nos ayuda a comprender fenómenos como el negacionismo científico contemporáneo. Las personas se aferran a sus creencias y elaboran argumentos más o menos complejos para defenderlas en la vida social. Por eso escuchamos tan pocas veces la frase: tienes razón, estoy equivocado. Nuestros sistemas cognitivos evolucionaron para -si se perdona la teleología- morir con las botas puestas.

Link: https://www.capital.cl/morir-con-las-botas-puestas/

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