¿CUÁNTO AGUANTA UNA DEMOCRACIA?

por Cristóbal Bellolio (publicada el viernes 25 de octubre en revista Capital)

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¿Cuánto aguanta una democracia? ¿Qué tan fea tiene ponerse la cosa para que sea claro que el orden vigente no da abasto? ¿Qué tan asediado por la realidad tiene que verse un jefe de estado para evaluar su continuidad en el cargo? ¿Cuánta excepcionalidad es admisible para volver a la normalidad? ¿Dónde está la línea que distingue a un dirigente que exige responsabilidades políticas de un golpista? ¿Cuánto vale el mandato popular obtenido en elecciones limpias frente a una movilización social posterior que pareciera, informalmente, revertirlo?

Al momento de hacer estas preguntas (N. de la R.: lunes 21 de octubre), ninguna suena evidentemente descabellada. Ojalá que al momento de su publicación, esta columna esté desactualizada, el caos haya sido superado, la violencia haya cesado, y los chilenos hayan vuelto a lo suyo. Ahora bien, ni en el escenario de más rápida estabilización será posible hacer como que nada pasó. El orden de las prioridades cambió y ningún actor político relevante puede ignorarlo. Si las propias instituciones democráticas son capaces de procesar los dolores más sentidos de la calle, estaremos bien. Esta columna está pensada para un escenario más sombrío: el escenario en que la dirigencia es incapaz de conducir esta crisis a buen término, las posiciones no se acercan, y se hace imposible saber si la conflictividad va in crescendo o lo peor ya pasó. El tipo de escenario donde se producen manifestaciones que piden explícitamente el término del gobierno en funciones.

A primera vista, pedir la renuncia de Piñera es absurdo. Que un gobierno no esté cumpliendo sus promesas de campaña a medio camino de su gestión no es causal para interrumpir el ciclo democrático constitucional, eso es evidente. Hasta los malos gobiernos tienen derecho a terminar, diría un auténtico demócrata. Cuenta la leyenda que, en 1973, al enterarse que un golpe militar estaba en marcha, el dirigente democratacristiano Bernardo Leighton quiso abandonar la seguridad de su casa para concurrir a La Moneda a defender al gobierno en funciones. No era mucho lo que podía hacer, pero para Leighton se trataba de una cuestión de principios. Leighton era opositor a Salvador Allende. Pero lo que estaba en juego no era una cuestión de alianzas partidistas. Lo que estaba en juego era la continuidad del sistema democrático. La familia y sus amigos, según esta historia, tuvieron que extremar recursos para abortar su arrebato. Si aplicamos el estándar Leighton, todos deberíamos defender la continuidad del gobierno de Sebastián Piñera, aunque no nos guste su ideología, su programa o su estilo de conducción.

Concebida de esta forma, la democracia puede ser exasperante. Mucho énfasis en los procedimientos y poco en los resultados. Pero son justamente esos procedimientos los que garantizan que nadie se lleve la pelota para la casa. La democracia es lenta y burocrática, inhabilitada para operar transformaciones sustantivas en corto plazo. Los únicos regímenes que aprueban reformas estructurales de la noche a la mañana son las dictaduras. La democracia tampoco asegura un derrotero recto hacia un mundo mejor, precisamente porque reconoce la existencia de distintas ideas respecto de lo que constituye un mundo mejor. La democracia es un camino zigzagueante, lleno de baches, retrocesos y saltos discretos. Probablemente ni siquiera sea digna de un poema o de una exhortación dramática. Pero suele resolver una cuestión central para la vida social: el traspaso no violento del poder. Nadie muere en la cámara secreta como se muere en las guerras. Simple y radical a la vez. Cualquier alternativa es peor.

¿Qué argumento podría elaborarse entonces para pedir la renuncia de Piñera sin abandonar el compromiso democrático? Que dirigentes comunistas y tuiteros afiebrados declaren unilateralmente su incompetencia no parece suficiente. Podemos enumerar todo lo que el gobierno ha hecho mal en esta crisis, pero -hasta el momento- nada sugiere que esa negligencia política se pague con la rescisión del mandato popular otorgado en diciembre de 2017. Lo único que podría echar todo abajo es el abuso de la fuerza contra la propia población. La decisión de mandar a los militares a la calle es riesgosa. Se multiplicarán las situaciones confusas donde más de algún testimonio delatará la brutalidad de los fusiles. En principio, y esto es importante decirlo, no hay contradicción entre un régimen democrático y la presencia de las Fuerzas Armadas controlando el orden público que las fuerzas originalmente destinadas a ello no pudieron controlar. No es una medida necesariamente arbitraria o injusta, en la medida que las atribuciones del estado de excepción respectivo están expresamente detallas en la constitución. Una cosa es lamentarse -y con razón- de una imagen que la inmensa mayoría de los chilenos no quería volver a ver, y otra es inventar un principio según el cual eso no puede nunca ocurrir. Si las FFAA son efectivas y discretas en su rol de asegurar condiciones básicas de orden público, Piñera habrá cumplido su rol más esencial. Es su deber escuchar las demandas de la ciudadanía movilizada y procesar políticamente la nueva agenda. No obstante, como enseña Hobbes, no hay nada más importante que la seguridad, pues nadie quiere vivir una vida breve. El desafío es que el Leviatán no amenace la seguridad de aquellos que debe defender. Al delegar en ellos, la suerte de Piñera depende del criterio de los militares. Si fallan, no habrá formalidad democrática que valga.

Link: https://www.capital.cl/cuanto-aguanta-una-democracia/

2 comentarios to “¿CUÁNTO AGUANTA UNA DEMOCRACIA?”

  1. Gian Franco Baltazar Says:

    Hola y buenas noches, me gusto mucho la referencia a Bernando Leighton, estoy de acuerdo con usted de que la renuncia o destitución de Piñera es antidemocratico.
    Lo felicito por realizar este breve sumario del tema polemico del momento, realmente logra exponer su punto de vista con claridad.
    La duda que me surge de sus palabras es dl cumplimiento de Piñera como presidente que escucha a sus ciudadanos, ya que las manifestaciones como las de ahora siempre existieron, y el modo en que Piñera exponia a Chile al mundo muestra una ignorancia que no se puede perdonar.
    Me gustaria encontrar una explicación a ese problema y ordenar mis pensamientos sobre la verdad de retirar del cargo al actual presidente.
    Sin nada más que agregar, me despido.

  2. Eduardo Quiroz Salinas Says:

    Hasta los malos gobiernos tienen derecho a terminar. La democracia es de hecho el menos malo de los sistemas de dirección de una república. Que varios personeros de los que hay y habían en el gobierno actual no hayan tenido la misma actitud y filosofía en ese entonces siquiera es causal que el actual, que a.mi criterio cometió el error de incluirlos nuevamente, no termine su mandato otorgado por la mayoría que indica la ley.
    Las FF.AA. en las calles, si bien son legales, no son precisamente elegantes y su presencia rememora épocas aciagas y agita recuerdos en quienes incluso aun no sanan de lo vivido.
    En política no se trata, a veces, sólo de lo legal, sino que se exige y espera una vara algo más alta en cuanto al comportamiento, la ética y las decisiones que se toman. Ejemplo, incluidos de evasión de impuestos a través paraísos fiscales “legales”, o de contribuciones a través de resquicios también “legales”, entre otros, hay demasiados.
    Es por ello que este gobierno, pese a una acción errónea tras otra, tiene el derecho a terminar lo que inició, sin embargo, creo que también es permitido que la gente exprese su sentir y pida un “mínimo” de decencia a modo de “fair play”. Lo contrario, es un equipo que a punta de trampas quiera marcar un gol.
    Saludos fraternos.

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