Archive for 19 noviembre 2019

SOBRE LA VIOLENCIA

noviembre 19, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 8 de noviembre de 2019)

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Aceptemos una verdad incómoda: sin los hechos violentos del viernes 18, jamás habríamos asistido a la impresionante concentración del viernes 25 siguiente. Sin viernes de furia, no hay viernes de paz. Sin el espectáculo escalofriante de las estaciones de metro vandalizadas en medio de las llamas, no se produce esta movilización social ni resucita el proceso constituyente ni el gobierno termina contra las cuerdas. Si Chile efectivamente despertó, como celebran tantos compatriotas, fue porque lo sacaron de la cama a patadas. Es una tesis incómoda pero inescapable: la esperanza que millones de chilenos depositan en el desenlace de esta historia, esa nueva normalidad a la que aspiran, expresada en un cambio de modelo, en una distribución más justa, en una vida menos onerosa, en el fin de los abusos, etcétera, no habría surgido sin el hito insurrecto y pirómano que abrió las compuertas del descontento y alteró el equilibrio de poder. Cacerolazos, carnavales y cabildos, todas las formas de expresión que se han sumado a la causa -esa causa donde caben todas las causas- son consecuencia de la violencia original.

Por supuesto, la mayoría de los manifestantes pacíficos condena la violencia y reivindica el derecho a reunión, asamblea y expresión. Es una condena genuina, pero que olvida convenientemente un detalle: esos derechos no se hubieran activado sin el caos purgante que asoló Santiago y otras ciudades. Como si un buen día, sin mediar detonante, se les hubiera ocurrido salir en masa a marchar por las injusticias acumuladas. Muchos incluso agregan que los violentistas no son verdaderos luchadores sociales, sino que reman en contra del movimiento. Son como esos dirigentes deportivos que se desmarcan de sus barras bravas después de un incidente, diciendo que no son verdaderos hinchas. Obvio que lo son, en ambos casos. Las formas de protesta son variadas y dependen de los recursos culturales de los manifestantes. Algunos protestan bailando electrónica en Ñuñoa, otros asistiendo con la familia a actos culturales, otros jugando a la guerrilla urbana contra fuerzas especiales, y otros saqueando supermercados para ¡por una vez que sea! ganarle al sistema. En el escenario actual, disculpen mi cinismo, me parecen más honestos los que admiten que hay ciertas transformaciones que, por su envergadura, no se obtienen siguiendo las reglas del juego convencionales. O bien, que la correlación de fuerzas está tan amañada por el sector que escribió las reglas en su beneficio, que no hay otro camino más efectivo que patear el tablero y empezar de nuevo. En estos días, le pongo más oreja a los que dicen que la democracia liberal y representativa, con su majadera insistencia en las formas y su exasperante lentitud burocrática, sencillamente no sirve para procesar el desborde de la voluntad popular.

Es una conclusión incómoda, insisto. Para quienes nos consideramos liberales y demócratas, una conclusión temible. Nosotros pensamos que la violencia está descartada para conseguir objetivos políticos. Pero este estallido nos recuerda que esa es una declaración de buenas intenciones, no una realidad. Nuestro sistema político, legalista y representativo, prescribe cuáles son las acciones permisibles para influir en el curso de la vida social. Una de esas acciones, obviamente, es competir en elecciones para ejercer cargos de poder. Otras consisten en organizarse en torno a un interés -empresarial, sindical, etcétera- para hacerlo avanzar frente a los tomadores de decisiones. Ese rango de acciones permisibles excluye el uso bruto de la fuerza. Entendida en términos Arendtianos, la violencia es la negación de la política. Sin embargo, aunque haya sido desterrada del rango de acciones permisibles en una comunidad política civilizada, la violencia no ha desaparecido del repertorio humano. Está siempre ahí, contenida, esperando activarse cuando la desidia e inoperancia de los mecanismos formales genera una frustración más allá de lo tolerable.

Esta es probablemente la lección más radical de las últimas semanas en Chile: aunque elaboremos reglas que la excluyen de la vida cívica, la violencia no puede ser exorcizada de la convivencia social. Esto significa reconocer que dichas reglas -las reglas de una democracia liberal y representativa- son más frágiles de lo que parecen. Y nos obliga a aceptar que la normatividad impresa en nuestras instituciones no es neutra ni evidente ni refleja una verdad metafísica. Sobre esa normatividad específica se eleva un sinfín de posibilidades empíricas que describen la realidad del conflicto político, y eventualmente diseñan una nueva normatividad. Esto no significa, finalmente, que la violencia sea buena, legítima o aceptable. Bajo los parámetros de la democracia liberal, no lo es y nunca lo será. Pero nos recuerda, como enseñaba Maquiavelo, a mirar de cerca la verita effettuale della cosa.

Link: https://www.capital.cl/sobre-la-violencia/

EL MOMENTO POPULISTA

noviembre 5, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en La Nación de Argentina el 9 de noviembre de 2019)

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Sebastián Piñera tenía razón al presentar a Chile como una excepción -un “oasis”, dijo- en un contexto de inestabilidad política regional y global. El viernes 18 de octubre de 2019, sin embargo, Chile se sumó finalmente a la larga lista de países que viven un momento populista, en el sentido académico del término: un pueblo que denuncia y se manifiesta contra una élite que percibe como corrupta y abusiva. Esa es la nueva normalidad, en Latinoamérica y el mundo. Es lo que conecta, guardando las obvias particularidades, el Brexit y Donald Trump, Orban y Erdogan, Cinque Stelle y Des Gilets Jaunes, el impeachment a Dilma y la revuelta de Ecuador. Si Chile era un oasis, lo era porque aun no entraba en la dinámica de los tiempos. Seguía fiel a la teoría noventera de Fukuyama. El viernes 18 de octubre de 2019, como me sugirió un colega historiador, Chile entró definitivamente en el siglo XXI.

Por supuesto, la tesis del momento populista no excluye otras claves interpretativas de un fenómeno que aun está en desarrollo. Hay que dudar de los diagnósticos concluyentes, sobre todo si nos falta perspectiva y distancia. Pero hay muchos elementos que se conjugan para darle sustento. Es cierto que la furia ciudadana se combustionó a partir del alza en la tarifa del transporte público, y se explicó más tarde como un malestar extendido por el encarecimiento de los servicios básicos y del costo de la vida, en general. En Chile, sabemos, todo se paga. Sin embargo, las dificultades para llegar a fin de mes y las exigencias que impone una sociedad de consumo se ligaron, en el discurso de las últimas semanas, a la convicción de que existe una clase dirigente que flota en sus privilegios, estruja a la población en su exclusivo beneficio, y nunca responde por sus pecados de la misma manera que lo hace la clase trabajadora. Hasta las demandas más oportunistas y teóricamente incompatibles con el reclamo original -como los automovilistas particulares que exigen la rebaja del peaje de las autopistas, una demanda regresiva desde el punto de vista redistributivo y perjudicial desde el punto de vista medioambiental- calzan con esta doble condición: por un lado, se trata de incrementos objetivos del costo de la vida; por el otro, se percibe que los empresarios detrás de estas concesiones lucran en forma desmedida e inmoral.

El momento también parece populista en su rechazo transversal a la dirigencia política. No hay banderas de partidos y los pocos congresistas que se han aparecido por las marchas corren peligro de ser linchados. El populismo, explica la literatura, prescinde de las instituciones mediadoras del conflicto político. El líder populista busca conectarse directamente con la voluntad putativa del pueblo, sin intermediarios ni representantes, sin comités de expertos ni mecanismos contramayoritarios. Aunque de este movimiento no ha surgido (aun) ningún caudillo carismático -la ausencia de interlocutores claros es su marca registrada-, el rechazo a todas las instituciones de intermediación, sin distinción ideológica, es patente en el ánimo colectivo.

Ligado a lo anterior, el momento también parece populista en tanto simplifica problemas complejos. Se multiplican las voces que consideran que las soluciones son sencillas y que la única razón por la cual no se procesan inmediatamente las innumerables demandas del movimiento social es mezquindad o pura mala voluntad. Nadie quiere ser el aguafiestas que recuerda las restricciones presupuestarias. Aunque puede ser la oportunidad idónea para plasmar las bases de un nuevo acuerdo político y así rehabilitar la legitimidad del sistema, se ha presentado el camino de la asamblea constituyente como el remedio a todos los males de la patria.

Pareciera que fue hace una eternidad cuando éramos Greta-lovers y discutíamos sobre la urgencia de mitigar los efectos de la crisis climática. Chile acaba de cancelar la organización de la COP25, y los más felices son los extremos del espectro político. Emulando a otros líderes mundiales de derecha populista, José Antonio Kast viene diciendo hace tiempo que estas cumbres de liberales biempensantes y burócratas internacionales son innecesarias y desvían la atención de las verdaderas necesidades de la gente. Por su parte, el Partido Comunista afirmó que la cancelación de la COP25 era un triunfo del pueblo movilizado. La similitud con el caso francés salta a la vista: la resistencia ciudadana a los impuestos verdes de Macron fue simultáneamente azuzada por Le Pen en la esquina derecha y Melenchón en la esquina izquierda: ¿De qué sirven los compromisos multilaterales y el desfile de expertos cuando hay carencias materiales indiferentes a la huella de carbono? Usando un argumento similar al de los Brexiteers en Reino Unido, que exigían la salida de Bruselas para financiar hospitales, Kast y los comunistas chilenos consideran que hay mejores formas de emplear esos recursos (aunque sean apenas simbólicos para la magnitud de los desafíos).

En todas estas dimensiones, el golpe lo acusa la democracia liberal, formalista y representativa. Más que un enemigo ideológico, el populismo aparece como el síntoma de todas sus limitaciones, deficiencias y promesas incumplidas. Con todas las complejidades de un movimiento social y políticamente heterogéneo, un denominador común subyace a todas sus demandas: la percepción de asimetría y subordinación ante un establishment que dice gobernar por todos pero concentra glotonamente las granjerías. Es un sentimiento que lleva tiempo instalándose en el mundo a partir de la ralentización de la economía. Chile recién se pone al día.

Link: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/de-el-fin-de-la-historia-de-fukuyama-al-fin-de-la-excepcion-chilena-nid2303026