Archive for 27 diciembre 2019

LA TRAGEDIA DEL FRENTE AMPLIO

diciembre 27, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 20 de Diciembre de 2019)

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El nacimiento del Frente Amplio era una buena noticia para Chile. Se conformaba una coalición de partidos y movimientos que aspiraba a competir democráticamente a partir de dos elementos comunes. Por una parte, una crítica ideológica, desde la izquierda, al extenso tránsito de la Concertación en el poder. Por otra parte, la experiencia compartida de una generación que no vivió los traumas de la dictadura. El Frente Amplio representaba renovación doctrinaria y estética de la política. Por lo mismo, le fue tan bien en sus primeras elecciones: su candidata presidencial llegó tercera (pisándole los talones al candidato del oficialismo) y obtuvo, para sorpresa de todos, veinte diputados y un senador.

La élite económica y los sectores conservadores vieron al Frente Amplio como el cuco. En su desconexión, y por la poca información que había de ellos en los medios tradicionales, pensaban que querían convertir a Chile en Cuba o Venezuela. Pero las mentes lúcidas del Frente Amplio siempre estuvieron mirando a los países nórdicos, que gozan de altos grados de libertad -incluida económica- pero al mismo tiempo han sido capaces de tejer redes de protección social y asegurar derechos sociales para todos. Es cierto que el Frente Amplio quiere ampliar las atribuciones empresariales del estado, pero ha sido justamente por esa vía que muchos países han logrado encaminar estrategias de desarrollo de largo plazo. De los miles de estudiantes chilenos que se perfeccionan en el exterior, es probable que la mayoría se sienta representada por el ethos generacional y el perfil ideológico del Frente Amplio. Es decir, mientras la vieja guardia les recriminaba su poca experiencia, estos jóvenes construían en silencio su músculo académico, técnico e intelectual.

Que llegaran al poder era cuestión de tiempo. Era cosa de esperar que su generación dorada estuviera en edad de merecer. Es cierto que la convivencia de sus primeros años no estuvo exenta de polémica. Pero muchas de esas escaramuzas internas eran anecdóticas, propias de la adolescencia política y la ansiedad de protagonismo. ¿Acaso la derecha no fue una hoguera de vanidades durante toda la transición? De pronto, vino el estallido social. Es falso que la movilización no sea de izquierda ni de derecha. La mayoría de sus demandas empalma mejor con un ideario de izquierda, tal como el del Frente Amplio. Por eso, esta era su oportunidad para mostrarle a Chile una ruta doctrinaria y encontrar una voz que resonara en medio del balbuceo desconcertado del resto de los actores políticos. Lamentablemente, no fue así.

El Frente Amplio nunca supo cómo relacionarse con el momento insurreccional. Fueron ambivalentes entre cuadrarse con la institucionalidad democrática y el orden público, por un lado, y echarle más leños al fuego del conflicto para poner al gobierno contra las cuerdas, por el otro. Sus condenas a la violencia siempre vinieron contextualizadas con admirable destreza retórica, como si en el fondo hubiesen querido estar en barricada, o como si les tuvieran miedo a los elementos más chorizos de la movilización. Sin embargo, para liderar proyectos políticos en serio, es necesario frustrar a los elementos más extremos de la tribu propia. Lo hizo Luther King, lo hizo Mandela, lo hizo Aylwin. Cosechar aplausos entre los que piensan igual es fácil. Tal como lo hizo Boric en su arrebato con los militares en Plaza Italia. Para mostrar el camino y construir una nación para todos, en cambio, se requiere valentía. Como la que tuvo el mismo Boric la noche del acuerdo constituyente. Que haya sido penalizado entre sus pares por su actuación estadista del 15N dice mucho de sus pares. La suerte política nunca está echada, pero la figura de Jorge Sharp se ha hundido en los escombros de Valparaíso.

La tragedia del Frente Amplio no se limita a las dificultades de encontrar una voz propia en un escenario ideológicamente propicio. Se extiende hacia el futuro. Una cosa es tratar de ser Finlandia con un país económicamente en marcha y otra cosa es administrar pobreza. En el peor escenario proyectado por el Banco Central -10% de desempleo y 6% de inflación- vamos a retroceder 27 años en materia de desigualdad. Profunda ironía que ésa sea la resaca de un movimiento justiciero. El poco interés que han demostrado en ponerle coto a la dimensión destructiva de la movilización -llegaron a pedir perdón por sancionar formas evidentemente violentas de protesta social- demuestra que no están pensando seriamente en administrar el estado. Por lo demás, si se trata de alianzas público-privadas y grandes acuerdos que establezcan estrategias de desarrollo de largo plazo, lo fundamental es construir confianzas. Con el grado de polarización de los últimos meses -borrachera de maniqueísmo moral en la cual ha participado el Frente Amplio- será difícil hacerlo.

Las vueltas de la vida: este es el momento en el cual el Frente Amplio tiene que parecerse a la Concertación que venció a Pinochet a finales de los ochenta. Con pragmatismo democrático y minimalismo programático, entendiendo que todo se devuelve y llegará el minuto de trabajar con -y no contra- los adversarios políticos. Este es el momento de aislar a los elementos que atornillan al revés, y de trabajar con sentido histórico -no para la selfie– para el rebaraje de poder más importante de las últimas décadas que se producirá en la convención constituyente.

Link: https://www.capital.cl/la-tragedia-del-frente-amplio/

JUDEA CONTRA ROMA

diciembre 12, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 6 de diciembre de 2019)

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Se han ensayado distintas teorías para explicar el estallido social chileno. Algunas son de corte marxista, otras de textura liberal. Las primeras apuntan al grado de desigualdad material que produce un modelo de desarrollo capitalista donde unos pocos concentran la riqueza a expensas de los trabajadores. Las segundas apuntan a las frustraciones y expectativas insatisfechas de un modelo que prometía expandir la fiesta del consumo y democratizar el acceso a bienes y servicios que reflejan estatus y autonomía. Para las teorías marxistas, la solución pasa por derribar el modelo. Para las teorías liberales, la solución pasa porque el modelo cumpla su promesa. Sin perjuicio de la validez de ambas interpretaciones, aquí propongo una aproximación alternativa a la movilización social y a la forma en la cual ha construido inorgánicamente su relato justiciero.

La aproximación que propongo es Nietzscheana. En La Genealogía de la Moral (1887), el filósofo alemán sostiene que la idea de lo bueno y lo malo han invertido su significado a través del tiempo. En la vieja Roma, cuenta Nietzsche, lo bueno estaba vinculado a los valores aristocráticos, a imagen y semejanza de la contextura, nobleza y carácter de los patricios. Lo malo, en cambio, era lo abyecto, lo bajo, lo pobre, a imagen y semejanza del mendigo que se presumía mentiroso, ladrón, flojo y borracho. Hasta que llegaron los judíos y afirmaron todo lo contrario: los poderosos son los malos, los oprimidos son los buenos. Una narrativa conveniente, piensa Nietzsche, para una nación acostumbrada a la esclavitud y la persecución. La paradoja de esta historia es que fue Jesús de Nazareth, el judío que los judíos mandaron a matar, quien consolidó esta inversión de significados con los grandes éxitos de la naciente ética cristiana: los últimos serán los primeros, es más fácil para un camello pasar por el ojo de un aguja que para un rico entrar al reino de los cielos, bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra, los envío como corderos entre lobos, si te golpean una mejilla entrega la otra, etcétera. La moral judeocristiana, en resumen, trocó para siempre la noción de lo bueno y de lo malo que tenían los romanos. Es cosa de mirar la historia: salvo el breve destello de valores clásicos que observamos en el Renacimiento, Judea se ha impuesto sobre Roma una y otra vez. La Revolución Francesa, según Nietzsche, es su máxima expresión moderna: los buenos son los revolucionarios de la liberté, égalité, fraternité, que a punta de resentimiento acumulado pasan por la guillotina a la familia real y a toda la jerarquía social que oliera a antiguo régimen, los malos de la película.

La escena del movimiento social chileno acusando a la élite política, económica y social de secuestrar en su favor las instituciones y abusar de su poder tiene mucho de Judea contra Roma. Hubo un tiempo reciente en el cual la sociedad chilena destacaba las virtudes patricias. Nuestros empresarios eran máquinas de crear empleo y nuestros políticos eran sobrias excepciones en un contexto regional bananero. Hoy, en cambio, los poderosos están en entredicho por el mero hecho de serlo. Un rayado que dijera “Los señores están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido” -así lo describe el propio Nietzsche- estaría a tono con la movilización. Porque si algo caracteriza al movimiento social -probablemente a todos los movimientos justicieros- es la exaltación de sus propias virtudes y la parcialidad frente sus defectos. Sus participantes insisten en que las formas violentas o destructivas de protesta no son verdaderamente parte del movimiento, como si uno pudiera excluir a los primos indeseables de la familia. Algo de ese narcisismo está retratado en su iconografía Marvel. En lugar de promover liderazgos con nombre y apellido -porque esos siempre tienen tejado de vidrio y son vulnerables a la funa- sus héroes usan capucha y antifaz, cuando no disfraz completo. La llamada “primera línea” -los muchachos que enfrentan a Carabineros para permitir que la manifestación pueda desarrollarse a su espaldas- ha sido elevada a categoría mitológica: son nuestros 300 enfrentando al ejército infernal de Jerjes.

Esta inversión de valores tiene una expresión más nítida, aunque filosóficamente más compleja: la idea de que los pecados de la élite son peores que los pecados del pueblo. En tiempos de Roma, los delitos de cuello y corbata se tienen por desajustes menores. Por el contrario, se encarcela la pobreza. En tiempos de Judea, el reproche de las faltas depende de su magnitud. El pueblo saca la calculadora y concluye que colusiones, evasiones y perdonazos suman mucho más que las pillerías de los plebeyos. Es la derrota de la tesis del cura Berríos, que hace algunos años advertía que “todos tenemos un Penta chiquitito”, es decir, que todos somos infractores con independencia de la magnitud del daño. Es una tesis Kantiana, porque lo que importa no es la consecuencia sino la buena voluntad. En estas semanas, se ha impuesto la tesis opuesta: el tamaño del Penta sí importa. Eso explica que el movimiento no haya juzgado nunca las evasiones masivas del Metro y haga gimnasia retórica para contextualizar los costos que está sufriendo el país, como si no le correspondiera hacer ninguna autocrítica hasta a empatar el saqueo de la élite.

Judea, eso sí, carga con una promesa: su “odio creador” debe dar paso a un “amor nuevo”. No sirve el resentimiento seco ni la rabia como combustible anímico si no se construye un orden social renovado donde plasmar esos valores. En ese mundo, advierte Nietzsche, hasta Roma se judaíza.

Link: https://www.capital.cl/judea-contra-roma/

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE DIGNIDAD

diciembre 3, 2019

por Cristóbal Bellolio y Daniel Brieba (publicada en La Segunda del 27 de noviembre de 2019)

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Desde el estallido social del 18 de octubre, la noción de dignidad ha sido recurrente en lienzos, murallas y discursos. La Plaza Italia, incluso, ha sido rebautizada como la Plaza de la Dignidad. Si bien todos tenemos una noción intuitiva de qué significa la dignidad, el concepto es tan amplio que casi cualquier demanda podría ser presentada ante el resto como una demanda por dignidad. Por eso, queremos rescatar aquí dos ideas filosóficas que pueden ayudar a darle contenido específico a esta noción.

La primera idea es del teórico liberal-igualitario John Rawls, que plantea que en una sociedad justa no solo deben distribuirse de manera relativamente igualitaria bienes como las libertades, las oportunidades y la riqueza, sino que también algo que él llama las bases sociales del autorrespeto. En concreto, éstas refieren a las condiciones sociales que permiten a cada ciudadano desarrollar un cierto grado de autoestima o percepción del valor propio. Por ejemplo, una sociedad donde algunos se ven a sí mismos como dignos de especial consideración y trato, mientras otros son socializados desde la infancia acerca de su escasa valía, no le está proveyendo las bases sociales del autorrespeto a los segundos. El clasismo y el racismo, por ejemplo, se sostienen en la creencia de que hay cierto grupo de personas que es inherentemente superior a las de otro grupo.

La segunda idea es de Elizabeth Anderson, quien ha insistido que la igualdad más propia de una sociedad democrática no es la de ingreso sino la igualdad relacional, es decir, la que se produce cuando las personas se relacionan unas con otras en un pie de igualdad. Lo contrario a la igualdad relacional son las jerarquías de estatus dictadas por la raza, la clase, el género u otras semejantes, donde un grupo puede dominar o imponer sus términos sobre otro.

Ambas ideas son muy relevantes para el caso chileno, pues se trata de una sociedad con fuertes resabios estamentales e informalmente estructurada en torno a jerarquías de clase y raza. Ejemplos abundan: la diferencia entre tener un apellido de origen castellano-vasco o anglosajón versus uno de origen mapuche se traduce con frecuencia en oportunidades diferenciales y/o discriminación; la gente percibe que, con frecuencia, es maltratada debido a su clase social, lo que ocurre tanto en lugares de trabajo como en servicios públicos; en Chile, la sociedad y los profesores asumen que los niños de tez más blanca tendrán mejor rendimiento académico, y los alumnos de tez más oscura comparten esa apreciación y reportan una menor confianza en sus propias competencias. Por lo tanto, sugerimos, la demanda por dignidad se puede pensar como una demanda por una sociedad donde cada persona pueda contar con las condiciones sociales que le permitan desarrollar su autorrespeto y se pueda relacionar con otras desde un pie de igualdad, es decir, como iguales ciudadanos.

Por todo lo anterior, es probable que el cambio constitucional –fundamental para dibujar la nueva arquitectura institucional del país- no sea suficiente para revertir nuestro déficit de igualdad relacional y asegurar así las bases sociales del autorrespeto para todos y todas. Para ello, será necesario abordar también dimensiones materiales, simbólicas y de trato que requieren, más allá de los cambios institucionales, de importantes cambios culturales en nuestra sociedad.

Link: https://digital.lasegunda.com/2019/11/27/A/9F3NI27C#zoom=page-width