VIOLENCIA Y PROCESO CONSTITUYENTE

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 14 de Febrero de 2020)

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Los partidarios de la campaña del Rechazo al proceso constituyente suelen señalar que los actos de violencia política que vive el país son agua para su molino. Muchos partidarios del Apruebo creen que esta relación es forzosa o antojadiza. Proceden entonces a ironizar que cualquier contratiempo serviría para desacreditar el proceso, ridiculizando así los temores del Rechazo. Aquí desagrego el vínculo entre violencia y proceso constituyente, con el fin de aclarar qué parte del argumento del Rechazo debe ser desechado y qué parte debiese ser tomado en serio.

En primer término, se percibe que amplios sectores de la derecha se sienten estafados: asediados ante un escenario de creciente descontrol en las calles, se vieron presionados a firmar un acuerdo que entregó nada menos que la constitución de Guzmán. Lo que la izquierda democrática no logró en tres décadas, lo hizo posible el estallido social. Atria tenía razón: si no era por las buenas, sería por las malas. El oficialismo pensó que dicho acuerdo -llamado justamente “por la paz”- obligaba a la oposición a desplegar sus mejores esfuerzos para apagar el incendio y recuperar el orden público. Si bien es cierto que parte de la oposición ha mostrado escaso interés en lo último -contextualizando e incluso justificando la violencia callejera, bloqueando las iniciativas del gobierno, y lavándose las manos respecto de las externalidades negativas de la protesta social-, lo cierto es que sus partidos no tienen prácticamente ningún control respecto de lo que ocurre en Plaza Italia o cualquier otro punto crítico. La derecha pecó de ingenua si alguna vez creyó que un llamado de Álvaro Elizalde o Heraldo Muñoz, o incluso de Giorgio Jackson o Gabriel Boric, generaría algún efecto. Que la derecha haya hecho un mal cálculo, incluso considerando que algunos no han cumplido su parte del trato de buena fe, no constituye en sí mismo un argumento contra el proceso constituyente.

Un segundo argumento apunta al desorden que se vive semana a semana en Santiago y otras ciudades del país, representada principalmente por los enfrentamientos entre la “primera línea” y Carabineros, así como por los frecuentes actos de destrucción, piromanía y vandalismo que acompañan el ímpetu justiciero. Pero estas manifestaciones podrían seguir con cierta regularidad -ningún momento insurreccional como el que vivimos se agota de la noche a la mañana-, a través de una serie de ritos situados y circunscritos a campos simbólicos de batalla, mientras en paralelo se desarrolla un proceso constituyente más o menos ordenado. Por el contrario, podría especularse que la electoralización del escenario, la necesidad de participar en la convención y la discusión sobre los contenidos, tienden a trasladar la energía (aunque sea parcialmente) desde la calle al foro y desde la barricada a la asamblea. Desde este punto de vista, más proceso constituyente es menos violencia.

La tercera aprensión es mucho más concreta: que un grupo de manifestantes, ebrios de convicción sobre la nobleza de sus fines, irrumpa en los locales de votación, se robe un puñado de urnas y ensucie gravemente la legitimidad del o los actos eleccionarios. Después de lo ocurrido con la PSU, y testigos de la incapacidad que revelaron nuestras instituciones para asegurar el derecho de los postulantes, esta hipótesis no es descartable. No obstante, cada vez se suman más voces al Apruebo, incluso aquellas que originalmente pensaban en sabotearlo todo. Crece la conciencia sobre la magnitud de la oportunidad. Si algún colectivo idealista piensa en arremeter contra el proceso, el rechazo a esas maniobras será poderoso y transversal.

Finalmente, algunos han señalado que el actual clima de hostigamiento e intolerancia no es idóneo para llevar adelante un proceso de tanta trascendencia. Por eso advierten ante las famosas funas que han afectado a jueces y políticos. Su premisa es que la deliberación constituyente requiere de delegados que sean libres y soberanos, no sometidos a chantaje o amenaza. No es difícil imaginar el escenario: un delegado vota a favor de una disposición controvertida, y al día siguiente las redes sociales publican su dirección, o van a increparlo mientras recoge a sus hijos del colegio -o en el aeropuerto, o en parque, o en un supermercado, etcétera. Aunque hasta ahora estas funas vienen desde la extrema izquierda, la intolerancia política que existe en la extrema derecha es similar. Podría contra-argumentarse que los delegados deben rendir cuenta, y en ese sentido es natural que sean “apretados” por sus representados si no cumplen con su promesa programática. Sin embargo, los constituyentes deben hacer política. Eso implica, muchas veces, ceder, transigir y negociar. Como sostiene correctamente la doctrina Boric-Desbordes, se trata justamente de conversar con los que piensan distinto. Pero mucha gente vive persuadida de la lógica amigo/enemigo. Por lo mismo se apuran en llamar traidor al que construye puentes en lugar de cortarlos. Sin embargo, la convención constituyente depende de los constructores de puentes para ser exitosa como proceso democrático sustentable en el tiempo. De todos los argumentos que ligan la violencia al escepticismo respecto del proceso constituyente, éste es el más plausible, porque pone de manifiesto un germen de intolerancia política que rivaliza con el éxito del proceso. Esta no es (necesariamente) una razón para votar Rechazo, sino más bien una consideración que los partidarios del Apruebo debiésemos tomar en serio si nos importa que los resultados del proceso cumplan su propósito de re-legitimación política.

Link: https://www.capital.cl/violencia-y-proceso-constituyente/

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