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POR QUÉ NO IMPORTA LA CALIDAD

marzo 20, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de marzo de 2019)

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Es un lugar común sostener que la reforma educacional de Michelle Bachelet partió al revés. Que antes de entrar a picar en la educación particular subvencionada por sus efectos estratificadores, debió haber concentrado sus esfuerzos en una educación municipal de calidad. Así no habría drama con la bendita tómbola. A fin de cuentas, todos quedarían en buenas opciones. Si todos los chilenos tuvieran educación de calidad, habría mayor igualdad de oportunidades y probablemente menos desigualdad de resultados. La desigualdad restante podría ser atribuida, ahora sí que sí, al mérito. En resumen, Bachelet se habría dedicado a cambiar las condiciones de acceso y de financiamiento sin referirse a lo más importante: la calidad.

Este es un lugar común enteramente razonable. Pero es un lugar común ingenuo. La calidad importa menos de lo que parece. Dicho de otra manera, la calidad no es lo que parece. Lo que los padres denominan calidad está relacionado con la capacidad de un establecimiento de cumplir una promesa educacional. Esto es, de dejar a sus hijos en una buena posición para enfrentar la carrera de la vida. Pero lo que determina una buena posición es relativo a la posición del resto. Si todos quedan en una buena posición, nadie queda en una buena posición. No, al menos, en un sistema competitivo de mercado cuyas posiciones más apetecidas son limitadas. En ese sistema, por mucho que todos hayan comprado entrada en cancha, algunos se ubicarán en cancha vip y otros en cancha diamante. No todos caben en cancha diamante. Si todos cupieran en cancha diamante, no sería cancha diamante. Sería cancha.

En eso, el ex ministro Eyzaguirre tenía razón. Si el objetivo de la reforma educacional de Bachelet era igualitario, entonces había que quitarle los patines a los que corrían con ventaja. Para seguir el ejemplo, había que abolir cancha vip (porque la cancha diamante no la tocaron). Ponerle patines a todos, como pidió la derecha, es prácticamente imposible. No sólo, advertía el filosófo libertario Robert Nozick, por lo que cuestan las “nivelaciones hacia arriba”. Sino porque los patines cumplen justamente la función de aventajarse del resto. Lo que quieren las familias que hacen un esfuerzo en equipar a sus hijos e hijas con patines es que ellos y ellas accedan a las posiciones sociales más altas dentro de un rango posible. En el improbable evento que el estado pueda ponerles patines a todos los niños y niñas de Chile –es decir, que pueda asegurar “calidad” a todos-, esas mismas familias equiparan a sus hijos con scooters.

Recordemos las marchas que organizó la Confederación de Padres y Apoderados de Colegios Particulares Subvencionados de Chile (Confepa) durante el pasado gobierno. En una de ellas, se leía un cartel que decía “no nos queremos mezclar”. En la percepción de esa clase media que fue capaz de emigrar de la educación municipal, los incipientes patines que tienen sus hijos no solo son el resultado legítimo del esfuerzo de sus padres, sino que además constituyen la afirmación de un cierto estatus. El estatus es la posición que una persona ocupa en un grupo social. Es, por tanto, siempre relativa respecto a la posición del resto. Si todos acceden automáticamente a mi estatus, mi estatus deja de reflejar una posición diferenciada. Pero eso es justamente lo que resulta en los mercados. Incluido el mercado de la educación. En éste, lo que se persigue no son sólo bienes curriculares, sino esencialmente posicionales. Si las familias son libres de equipar a sus hijos con lo que sea necesario -incluyendo scooters y monopatines con turbo- para acceder a esas posiciones sociales limitadas, entonces siempre habrá desigualdad y nunca tendremos una cancha pareja. Nozick habría visto con claridad el punto de Eyzaguirre: para limitar la desigualdad, en algún punto hay que limitar la libertad. El sistema educacional chileno hasta la reforma de Bachelet, agregaría Nozick, es un buen ejemplo de cómo la libertad se abre camino y genera (a su juicio, legítima) desigualdad.

Por lo anterior, la calidad tiene sólo limitada relación con lo que se enseña en una sala de clases, con diversas metodologías pedagógicas o con la capacidad de un colegio de inculcar disciplina. Esas cosas inciden en la calidad. Sin embargo, para algunos padres, la calidad pasa por mezclarse. Para otros, pasa por no mezclarse. Para los primeros, pasa por obligar a los segundos a que no compren cancha vip o que no ocupen patines. Para los segundos, pasa por que se les permita usar los dispositivos necesarios para aventajarse. En cancha vip se encontrarán con familias como ellas, es decir, con un nivel cultural similar. En la carrera de la vida, competirán entre ellos. Pero, al menos, competirán por la mejor vista de la cancha vip. Competirán entre aquellos con patines, con la tranquilidad de que los que corren a pata pelada no los alcanzarán jamás. Ni hablar de los que habitan la cancha diamante. Esos ni miran para atrás. El turbo monopatín los aventajó lo suficiente. Esa es la verdadera educación de calidad en una sociedad libre de mercado: la que permite diferenciarme en el acceso a las posiciones sociales más apetecidas.

Link: https://www.capital.cl/por-que-no-importa-la-calidad/

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¿ESTÁ EN PELIGRO LA DEMOCRACIA CHILENA?

marzo 7, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 1° de marzo de 2019)

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“How Democracies Die”, de los profesores de Harvard Daniel Ziblatt y Steven Levitsky, se convirtió en el libro de moda de la politología para grandes audiencias. Ariel acaba de publicarlo en castellano (“Cómo Mueren las Democracias”) y hasta Barack Obama lo recomendó en su lista de libros del 2018. En lo central, los autores plantean que las democracias ya no mueren como antes, a punta de Hawker Hunters o a través de cortes radicales con el antiguo régimen. Las democracias de hoy son gradual pero sistemáticamente socavadas por populistas con desvaríos autoritarios que sin embargo conservan la fachada institucional de una democracia liberal. Pasó en Venezuela, pasó en Turquía, pasó en Hungría. Estaría pasando en Estados Unidos. En este sentido, el libro de Ziblatt y Levitsky se une a la nutrida literatura “liberal” que responde al shock que ha significado Donald Trump. En dos años se ha publicado una docena de libros que hablan de lo mismo. A veces da la sensación de que le ponen color. Pero acá se ponen pruebas sobre la mesa: Trump estaría efectivamente echando a perder el juguete.

Más que una reseña, me interesa explorar posibles aprendizajes para el caso chileno, tomando en cuenta que en la derecha dicen que se nos viene una ultraizquierda populista y que en la izquierda dicen que se nos viene una ultraderecha populista. Basta que uno tenga razón para preocuparse. El libro abre con una lección central: los partidos políticos son los principales custodios de la democracia. De ellos depende abrir o cerrar las compuertas a los autócratas en potencia. Los ascensos al poder de Hitler, Mussolini y Chávez, piensan los autores, son paradigmáticas fallas de gatekeeping: el establishment político los invitó pensando que podía servirse de ellos. Luego fue demasiado tarde. Algo similar habría pasado con Trump, una vez que se le permitió competir en la primaria republicana. Al hacerlo, fue validado. La pregunta morbosa en el escenario nacional es si acaso los partidos de Chile Vamos visarán la participación de José Antonio Kast en las internas de 2021. Voces de Evópoli, por ejemplo, ya han anticipado que no les parece una buena idea.

Pero, ¿no le estaremos poniendo color nosotros? ¿Es José Antonio Kast realmente una amenaza para la democracia liberal? Ziblatt y Levitsky fijan varios criterios como señales de alerta. Por ejemplo, un potencial autócrata busca invalidar el sistema y sus instituciones. Trump decía todo el tiempo que le harían trampa y nunca se comprometió a respetar el resultado. Kast dijo que no tenía dudas de que la izquierda podía robarse la última elección presidencial. No recuerdo otro candidato que haya dicho algo similar en el último tiempo. Otro criterio para identificar populistas peligrosos es la sistemática negación de la legitimidad del oponente. Es decir, no es que los adherentes del partido del frente tengan distintas ideas respecto de cómo mejorar la vida de los ciudadanos, como es natural en una sociedad pluralista, sino que se trata de individuos corrompidos hasta la médula. En su carta a Bolsonaro, por ejemplo, Kast sostuvo que la izquierda en la región hacía política “mediante la violencia y la mentira”. Sin embargo, hay otros criterios respecto de los cuáles el fundador de Acción Republicana no resulta especialmente problemático. Parece mucho más amenazante el propio Bolsonaro.

La segunda lección de Ziblatt y Levitsky se vincula con lo anterior: la democracia liberal sobrevive no sólo porque tenga pesos y contrapesos constitucionalmente afinados, sino porque su práctica fortalece ciertos hábitos de convivencia cívica. Como insiste Michael Ignatieff, el gran biógrafo de Isaiah Berlin, las democracias funcionan cuando los políticos respetan la diferencia entre enemigo y adversario. Mientras a los adversarios se los derrota, a los enemigos se les destruye. Ziblatt y Levitsky reconocen que se trata de un ideal sofisticado y bastante reciente. En medio de un aparente revival Schmittiano y la fascinación que despiertan las teorías agonísticas, los valores liberales zozobran. Entre ellos, por un lado, el principio de tolerancia, que consiste en aceptar la legitimidad de posiciones políticas que detestamos, entendiendo además que quizás sean promovidas por personas decentes e igualmente bienintencionadas que nosotros; por el otro, el principio de contención, que sugiere evitar los escalamientos hostiles (incluido el lenguaje) y abstenerse de utilizar el arsenal que permite la legislación cada vez que se pueda herir al oponente. La política, en la versión liberal, no es una guerra. Hay que pensar la democracia, dicen los autores, como si fuera un juego que queremos jugar indefinidamente. Para asegurarnos de aquello, no hay que salir a pegarle tan duro al otro equipo hasta el punto de dejarlo incapacitado o que sencillamente no quiera jugar más con nosotros. Aunque en la democracia se juega a ganar, no es un todo-vale.

Aquí, las alarmas también se prenden en la izquierda. Recuerdo el tweet del diputado comunista Hugo Gutiérrez juramentándose para que derecha no vuelva nunca más al poder. Si bien ha sido un gran aporte a la discusión parlamentaria, a veces cuesta encontrar pasajes en los cuales su compañera Carmen Hertz no se refiera a sus pares de derecha como unos cretinos éticos e intelectuales. El Frente Amplio tampoco ha ejercido mucha contención en el uso de sus herramientas constitucionales a la hora de antagonizar al gobierno. Para qué hablar del calcetinerismo que han exhibido por los asesinos confesos de un senador en democracia.

Paradójicamente, Ziblatt y Levitsky concluyen ejemplificando con el caso Chile durante los noventa. Subrayan que la Concertación, probablemente la coalición más exitosa de nuestra historia en términos de paz social, estabilidad política y prosperidad económica, se fundó sobre un acuerdo entre dos mundos que habían estado profundamente divididos previo al golpe. El abrazo de Carmen Frei con Isabel Allende simboliza esa admirable capacidad de entendimiento, que no es romántica, pero vaya que requiere esfuerzo. Esa capacidad que se perdió en tiempos en los cuales gobernaron sus padres, cuando casi todos los proyectos políticos apostaron al todo o nada. Esa democracia se perdió de un bombazo. Muchas de las actuales, en cambio, degeneran en autoritarismo por la erosión lenta pero perceptible de su convivencia cívica.

Link: https://www.capital.cl/esta-la-democracia-chilena-en-peligro/

EL MITO DEL REVIVAL PINOCHETISTA

febrero 23, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de febrero de 2019)

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No hay tal cosa como un revival del pinochetismo. Viendo la película completa, lo único cierto es que su fuerza política ha ido en declive desde el plebiscito de 1988. En aquel entonces, Pinochet obtuvo nada menos que un 44% de las preferencias populares. Treinta años después, una encuesta arrojó que apenas un 18% votaría por el SÍ en la actualidad. Hay varias hipótesis al respecto, todas plausibles: el reconocimiento oficial de las violaciones a los derechos humanos con su correlato judicial, el descalabro reputacional de la propia figura de Augusto Pinochet a partir de su detención en Londres y el caso Riggs, la necesidad de los partidos de derecha de presentar credenciales democráticas, el advenimiento de una nueva generación que no estuvo marcada emocionalmente por la experiencia autoritaria, etcétera. Por donde se le mire, hoy Pinochet es menos popular que ayer.

¿Por qué entonces tanta alharaca en algunos medios, políticos y círculos de opinión? Por la misma razón por la cual nos impactan las noticias policiales en televisión. Pensamos que se trata de acontecimientos regulares cuando en realidad son extraordinarios. Porque la mayoría de las veces no hay crímenes. Pero cuando no pasa nada, no es noticia. Del mismo modo, el marchitar del pinochetismo no es noticia. Tampoco nos extrañan los exabruptos pinochetistas del diputado Urrutia o del senador Moreira porque no constituyen ninguna novedad. En cambio, nos impactan las declaraciones de Camila Flores justamente porque escapan de la normalidad. Tiene treinta años. Uno esperaría que a esa edad ya hicieran efecto algunas de las razones señaladas en el párrafo anterior. Si las nuevas generaciones, incluso en la derecha, son en promedio más liberales que sus padres -como sugieren algunos estudios- entonces por último el pinochetismo debiera ir decantando por ahí. Eso pasó justamente con Evópoli, el partido más joven de la coalición, el único que no nació al alero del dictador ni comprometido con la continuidad de su proyecto. En otras palabras, Camila Flores llama la atención porque la hegemonía política y cultural la consiguió hace rato el bando del NO.

Pese a que el pinochetismo no tiene fuerza suficiente para plantarse como actor ni como argumento decisivo en el paisaje político chileno, sí tiene (y tendrá) una importancia como parte de un marco discursivo más amplio: la resistencia contra la corrección política y la defensa de la libertad de expresión. Una de las razones por las cuales las expresiones pinochetistas están resultando atractivas -especialmente para grupos jóvenes con inclinaciones libertarias- es precisamente porque suponen una transgresión de lo políticamente correcto. En esa transgresión se reconoce un acto de valentía: decir las cosas por su nombre. No hay nada muy meritorio en someterse a los dictados de la mayoría, diría un lector de Stuart Mill. Afirmar públicamente el pinochetismo es contracultural. Lo mismo pasa con otras posiciones que suponemos en retirada, como la homofobia, el racismo, el machismo y otras tantas que alguna vez fueron dominantes. A los populistas les van bien con este relato porque conectan con un segmento que experimenta ansiedad ante un amenazante cambio en la correlación de fuerzas culturales -e incluso materiales.

Piense en Trump, Orban, Bolsonaro. En Chile, principal pero no exclusivamente, José Antonio Kast. Todos han incorporado la denuncia de la corrección política en sus narrativas. Hasta Jacqueline Van Rysselberghe acaba de confesar que le encantaría contar con el cantante Alberto Plaza en sus filas porque es “políticamente incorrecto”. Todos ellos se proclaman los campeones de esa parte del pueblo que reclama su derecho a seguir diciendo lo que piensa, aunque lastime más de alguna sensibilidad. Es un discurso que, paradójicamente, se nutre de la indignación de los grupos más progresistas, especialmente sus élites intelectuales. Mientras más nos escandalizamos por cosas que hasta hace poco eran normales y más más patrullamos las redes sociales en busca de pecadores por apedrear, la reacción conservadora crece. Por esto son estratégicamente torpes las iniciativas que buscan proscribir el pinochetismo por ley, a través, por ejemplo, de una eventual tipificación del delito de “negacionismo”. Más allá de los buenos argumentos a favor y en contra de una categoría tal, desde el punto vista práctico es agua para el molino de Acción Republicana: no habrá pinochetismo más sexy que el prohibido.

Camila Flores, probablemente, ni siquiera sea tan pinochetista como se pinta. Pero encontró una mina de oro al ponerse esa chapa. Fue electa diputada gracias al arrastre de un compañero de lista. Ahora es conocida a nivel nacional y no depende de los votos de nadie. El pinochetismo por sí mismo no tiene vuelo propio. Pero si se presenta como una posición política asediada por la tiranía de la opinión mayoritaria (cuando no de una ley mordaza), será funcional a un marco programático que apela no solo a pinochetistas, sino que a los “amantes” de la libertad de expresión en general -muchos de los cuales son genuinos liberales. Algunos cometen el error de pensar que Chile en 1990 equivale a Alemania en 1945. Pero en Alemania no quedó un solo nazi en pie para defender la obra de Hitler. En nuestro país casi la mitad de la población visó la continuidad de Pinochet. Bastante bien nos ha ido en estos últimos treinta años reduciendo el pinochetismo a una expresión marginal, sin la necesidad de amenazar con cárcel a sus partidarios. Convertirlos en una especie de minoría perseguida es contraproducente si la narrativa anti-corrección política sigue agarrando vuelo a partir del ascenso del populismo y la perpleja santurronería del progresismo.

Link: https://www.capital.cl/el-mito-del-revival-pinochetista/

EL PUEBLO Y EL CLIMA

enero 23, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 18 de enero de 2019)

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Brasil ya no prestará su casa para la cumbre mundial del clima que tendría lugar en 2019. Bolsonaro no cree que el asunto revista de gravedad. Su futuro canciller señaló que el cambio climático era un complot del marxismo cultural. Emulando a Trump, los nuevos gobernantes brasileños han dicho que se trata de una gran conspiración del gobierno chino para detener el progreso industrial de sus competidores. Es cosa de sentir el frío polar que está haciendo en invierno, tuitea el presidente estadounidense en esta época del año. Sencillamente no puede haber calentamiento global, concluye, apelando a la percepción común de sus compatriotas.

El nexo entre discursos populistas de extrema derecha y negacionismo científico -principal pero no exclusivamente- respecto del cambio climático está comenzando a ser investigado. No es solo Trump y Bolsonaro. El UKIP británico propone retirarse del Acuerdo de París, mientras el AfD alemán insiste que el clima ha cambiado desde que el mundo es mundo, agregando que las simulaciones realizadas por el Panel Internacional del Cambio Climático son solo juegos computacionales. No han llegado a ser gobierno, pero el UKIP fue el gran ganador del Brexit y el AfD ya es el tercer partido más grande del Bundestag. Casos similares de hostilidad al diagnóstico de la comunidad científica se han reportado en otros escenarios donde la extrema derecha populista goza de buena salud electoral.

Lo que ocurrió en Francia hace un par de meses añade otro capítulo a la historia. El movimiento les gilets jaunes, o de los chalecos reflectantes amarillos, nace como expresión de resistencia a las medidas anunciadas por Macron para combatir el cambio climático, entre ellas el aumento al impuesto a los combustibles fósiles. Aunque después se ramifica y complejiza, la narrativa original del conflicto es simple: se trata de una clase media atosigada por el creciente costo de la vida, que necesita bencina para moverse de la periferia al centro en automóvil, y en consecuencia se rebela contra una élite progresista y cosmopolita que puede darse el lujo de pensar en el planeta. Dicho de manera aún más sucinta, la ciudadanía no quiere pagar los costos de una política verde. No es casualidad que el movimiento haya recibido las loas de Marine Le Pen, por la ultraderecha, y de Jean-Luc Melenchón, por la extrema izquierda. En lo contingente, ambos quieren capitalizar el descontento popular. En lo central, ambos populistas están unidos en el relato contra el liberalismo globalista y la socialdemocracia bienpensante.

Este discurso populista -que subraya la oposición moral entre un pueblo virtuoso y una elite corrupta- tiene varios elementos dignos de ser tomados en consideración. No es puro odio ni pura mentira. Sabemos que el chancho está mal pelado. También sabemos que muchas decisiones se toman en cuerpos no electos que emplean criterios técnicos inaccesibles al ciudadano ordinario. En este sentido, el populismo es la exacerbación del ánimo democrático. Y está viviendo sus mejores días. Como viene repitiendo Steve Bannon, ahora en su calidad de conferencista internacional y proselitista-salido-del-clóset, el dilema del futuro no es democracia liberal versus populismo, es populismo capitalista versus populismo socialista.

Si Bannon tiene razón, es una pésima noticia para el planeta y su ecología. Porque Macron será un pije, el Panel Internacional del Cambio Climático un consorcio de científicos que nadie eligió y el Acuerdo de Paris una limitación a la soberanía de las naciones, pero en este asunto tienen razón: la amenaza es real y hay que hacer algo al respecto. Ya estamos llegando tarde. Electoralmente, sin embargo, es rentable acusar que todo es un invento para que el pueblo no pueda seguir forjando los fierros de la industria. Lo fue para Trump, que hizo campaña con un casco minero para prometer la reapertura de las termoeléctricas de carbón y así revivir las zonas económicamente deprimidas. Al populismo le cuesta ser verde, porque una política verde implica muchos sacrificios. Por eso los chalecos amarillos se rebelaron. “La crisis climática es una guerra contra los pobres” rezaban las murallas parisinas. Así, el cambio climático no sólo es un invento de los chinos o del marxismo cultural, también de las élites económicas e intelectuales para detener el carro del progreso, justo cuando ellos ya disfrutaron de todos sus beneficios. Es un portazo en la cara del pueblo que reclama su derecho al consumo contaminante. Porque, la verdad sea dicha, el consumo no contaminante tiene precios fuera de su alcance.

El problema de esta historia es que su desenlace práctico será el inverso: los pobres del mundo son los que más van a sufrir con los efectos del cambio climático. Parafraseando a Joaquín Lavín, los ricos se cuidan solos. Ya circulan series y películas con distopías futuristas donde los pudientes colonizan el espacio mientras menos aventajados se quedan recolectando escombros en un planeta casi inhabitable. Las crisis migratorias que vienen no serán forzadas por la guerra en Siria ni por la tiranía en Venezuela, sino por la desertificación, el aumento del nivel de los océanos a partir del derretimiento de los cascos polares y las catástrofes naturales. Como siempre lo han hecho, las élites encontrarán la manera de zafar. Los chalecos amarillos del mundo, en cambio, no la tendrán tan fácil. La crisis climática es efectivamente una guerra contra los pobres. Pero no en el sentido que los populistas sospechan.

Link: https://www.capital.cl/el-pueblo-y-el-clima/

CHILEXIT

diciembre 26, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 21 de diciembre de 2018)

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Probablemente no alcanza para nuevo clivaje del sistema político, pero la discusión sobre si el estado chileno debía o no debía sumarse al compacto migratorio de Naciones Unidas transparentó una línea divisoria que hasta entonces no era relevante en el debate local. A un lado se ubicaron los partidarios de sumarse al esfuerzo internacional por una migración segura, ordenada y regular, honrando nuestra tradición de multilateralismo. Al otro lado se posicionaron los adversarios del globalismo, que acusaron un intento de restringir la soberanía nacional. A grandes rasgos, en el primer bando se matriculó el mundo político progresista, la intelectualidad y aquellos liberales con sensibilidad cosmopolita. En el segundo se aglutinó el mundo político conservador, los sectores menos educados temerosos del efecto migratorio y en general las voces nativistas. Si bien los primeros dominan la academia y los medios de comunicación ilustrados, los segundos constituyen la mayoría social. En ese sentido, la apuesta electoral del presidente Piñera es rentable: rechazar el pacto es una medida popular.

Aunque es nuevo para nosotros, ya hemos visto en acción el libreto globalismo vs. antiglobalismo en otros países, principalmente en Estados Unidos y Europa, a propósito de sus propios desafíos migratorios. Trump ganó porque hizo la misma apuesta de Piñera. Aunque no es enteramente cierto que su electorado fueran los “perdedores de la globalización”, avivó los miedos de una población que experimenta una creciente ansiedad económica y cultural. El enemigo, sugirió Trump, no es solamente el inmigrante que viene a robar trabajos y a violar mujeres, sino el orden internacional que dispone a su ideológico antojo. Su mandato –Make America Great Again– implica emanciparse de dicho orden. Lo mismo ocurrió en Reino Unido a propósito del Brexit: la promesa de sus promotores era retomar el control, supuestamente arrebatado por la burocracia de Bruselas. Votaron a favor de esta promesa, principalmente, las personas mayores, los grupos con menos años de escolaridad y los sectores provinciales. Votaron en contra los jóvenes, los grupos más educados y los residentes de metrópolis multiétnicas como Londres.

En los últimos años, la narrativa antiglobalista ha sido típica del populismo. Para los populistas, los globalistas cosmopolitas representan una élite sobrealimentada que conspira contra los intereses de la patria. Piñera se aprendió el libreto: a diferencia de Michelle Bachelet, sugirió, él se pondría siempre del lado de sus compatriotas y no del lado de los organismos internacionales, insinuando que los últimos trabajan contra los intereses de los chilenos. La diputada RN Paulina Núñez fue más allá y copió el estilo Bolsonaro, acusando a los organismos internacionales de izquierdistas. La fiebre antiglobalista llevó a la diputada -también RN- Camila Flores a sostener que los países serios se estaban saliendo de la ONU. En este sentido, de capitán a paje, el oficialismo se alinea con la retórica que hasta entonces había empleado José Antonio Kast, que con motivo del litigio con Bolivia en La Haya propuso retirarse del Pacto de Bogotá sobre solución pacífica de controversias en la región. En simple, Piñera gira hacia su derecha y coquetea abiertamente con el populismo antiglobalista. No lo hace porque sea genuinamente antiglobalista o populista. Por el contrario, al presidente le gusta el reconocimiento internacional. Lo hace únicamente porque detecta que allí está la ganancia local.

En ese sentido, no es injusta la comparación que hizo el senador Lagos Weber: tal como lo ha hecho Evo Morales en su eterna presidencia, Piñera construye artificialmente una controversia internacional para fortalecerse en el frente interno. También tienen cierta razón quienes lo comparan con Nicolás Maduro, que insiste en que los organismos internacionales de derechos humanos son enemigos del pueblo venezolano. Estas comparaciones, que pueden ser descabelladas en muchos otros sentidos, no lo son cuando se trata de identificar factores comunes del populismo, justamente porque el populismo trasciende izquierdas y derechas. El verdadero engaño populista, parafraseando el libro de un connotado libertario antiglobalista, es acusar que solo los gobernantes de izquierda son populistas, cuando en la actualidad la mayoría de los populistas son fundamentalmente antiglobalistas, incluso más frecuentes en la derecha nativista. Michelle Bachelet -quien aparece en la portada de dicho título- está en las antípodas del discurso populista en este sentido. Ella representa justamente a la élite globalista, progresista y bienpensante que los populistas detestan.

Los populistas antiglobalistas, en cambio, son los que acompañan a Chile en la lista de países que no se suman al acuerdo de buena voluntad de Naciones Unidas: los Estados Unidos de Trump, la Rusia de Putin, la Hungría de Victor Orbán, el Brasil de Bolsonaro, la Polonia que dirige tras bambalinas Kaczyński y la Italia donde hace lo propio Matteo Salvini, entre otros. Ninguno de ellos le hace asco a deformar la verdad de las exigencias del pacto migratorio, diciéndole a sus respectivos pueblos que su reticencia se debe a su intención de preservar la soberanía nacional (a pesar de que el pacto establece expresamente que la soberanía no se toca) y limitar la inmigración descontrolada (a pesar de que el pacto tiene por objeto precisamente aquello). Es lo mismo que ha hecho el gobierno de Sebastián Piñera en Chile. Pero no debería llamarnos la atención: al populismo, la post verdad le viene como anillo al dedo.

Link: https://www.capital.cl/chilexit/

EVÓPOLI Y EL LIBERALISMO DE LA DIVERSIDAD

diciembre 12, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de diciembre de 2018)

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A propósito del requerimiento que Chile Vamos presentó al Tribunal Constitucional para hacer valer la objeción de conciencia de ciertas instituciones médicas respecto de la ley de aborto en tres causales, el rector Carlos Peña acusó específicamente a Evópoli de no entender de qué se trata el liberalismo que dicen encarnar. Como la UDI y RN son derechamente conservadoras, no hubo crítica de inconsecuencia por ese lado. El intercambio epistolar entre Peña y los líderes de Evópoli (a los cuales se sumó Álvaro Fischer) cubrió finalmente una serie de aristas teóricas que superan el caso del aborto y la objeción institucional. Esta columna es para desmenuzar una de dichas aristas: si acaso es consistente con el liberalismo garantizar excepciones a leyes generalmente obligatorias para ciertos grupos en consideración a sus creencias.

Peña y Fischer, especialmente, abren una discusión fundamental al reflexionar sobre el currículum escolar. Según Peña, los establecimientos educativos particulares no tienen el derecho de rechazar el currículum mínimo que exige el estado y al mismo tiempo demandar subvención. Fischer replica que, si algún colegio no quiere enseñar la teoría de evolución porque va contra sus creencias, entonces el estado debe respetar dicha decisión. A fin de cuentas, esos niños estarán recibiendo otros tantos bienes educacionales que justifican la inversión pública. Que Fischer, probablemente el más célebre Darwinista chileno, ejemplifique con la teoría de evolución da cuenta de la importancia que le asigna a la autonomía de las comunidades, ya sean religiosas o de otra índole. En una reciente entrevista, Fischer ya había sostenido que prefiere que el estado respete la decisión de los padres si éstos eligen un colegio donde se enseñe que la evolución es mentira y “los monos solo producen monitos”.

Esta discusión se parece mucho a la que han tenido los filósofos liberales en las últimas décadas respecto de dos formas distintas de concebir el proyecto liberal. Es un debate que se encendió a partir del caso Wisconsin v. Yoder, que resolvió la Corte Suprema de Estados Unidos en 1972. En él, una comunidad Amish -no es casualidad que Peña se refiera a ellos- solicita al estado el derecho de retirar a sus hijos del sistema educacional antes de cursar todos los años que exige la ley. La Corte les dio la razón, argumentando que su libertad religiosa era más importante que los intereses educacionales del estado. La gran familia liberal se dividió en dos: un grupo sostuvo que el fallo era inaceptable pues, a través de la educación y el currículum obligatorio, los niños desarrollaban no sólo competencias cívicas sino principalmente facilitadoras de la autonomía individual para escoger sus proyectos de vida; el otro grupo apoyó la sentencia, sosteniendo que el liberalismo se trata justamente de respetar la diversidad de creencias e ideas que conviven en la sociedad.

Probablemente el filósofo político más frontal contra los “liberales de la autonomía” y el mayor exponente de los “liberales de la diversidad” ha sido William Galston. En su visión, las distintas comunidades -incluyendo a los grupos religiosos- gozan de amplio espacio para practicar sus formas de vida. La intervención del estado debe ser excepcionalísima y sólo se justifica -esto lo reitera Fischer- cuando derechos de terceros están en juego. Esto quiere decir que la sociedad liberal, según la entiende Galston, puede cobijar en su seno a grupos que internamente son iliberales. Un estado liberal sería aquel que garantiza el pluralismo en la dimensión agregada, sin inmiscuirse demasiado en la dimensión micro. Allí, cada comunidad es soberana: desde el colegio que enseña creacionismo hasta el hospital que no practica abortos. Como el mismo Galston advierte, el “liberalismo de la diversidad” se encuentra más cerca de los ideales de tolerancia que inspiraron la reforma protestante. El “liberalismo de la autonomía”, en cambio, estaría influido por el afán racionalista de la Ilustración, que confiaba en la posibilidad de educar a la ciudadanía.

Los argumentos de Evópoli, en este sentido, son los argumentos de Galston: la defensa de una concepción robusta de la libertad de asociación y el derecho de los cuerpos intermedios de organizarse soberanamente sin excesivo control estatal (aquello de la subsidiariedad no aporta mucho en este sentido). Esto no significa que Evópoli tenga razón en la controversia de la objeción de conciencia institucional o que tengamos que abrazar la versión de Galston para ser “liberales de verdad”. Pero significa, al menos, que sus razones están conectadas a una versión respetable del proyecto liberal. Desde ese punto de vista, Peña se equivoca al quitarles la credencial.

Sostengo lo anterior desde la vereda del “liberalismo de la autonomía”. A diferencia de Fischer, creo que el estado está legitimado para establecer y hacer cumplir un currículum mínimo que, entre otras cosas, enseñe el consenso científico respecto del origen de la biodiversidad. Con Peña, no creo que ninguna comunidad tenga el derecho de sustraer a sus niños de ciertas áreas del conocimiento para no herir sus sensibilidades religiosas, menos con financiamiento público. Creo que Wisconsin v. Yoder fue erróneamente fallado. Y no sostengo estas creencias porque, como acusa Galston, quiera imponer una suerte de totalitarismo cívico. Las sostengo en el nombre de aquellos derechos individuales que resultan violados cuando la comunidad donde nacimos -pero no elegimos nacer- nos impone sus creencias. Es discutible si acaso la enseñanza del creacionismo importa un daño objetivo a los niños. Pero es indiscutible que afecta su igualdad de oportunidades en la carrera de la vida. Evópoli dice tomarse en serio la igualdad de oportunidades. Pues hay que tomarse en serio las tensiones que se producen entre dicho principio y el “liberalismo de la diversidad”.

Link: https://www.capital.cl/evopoli-y-el-liberalismo-de-la-diversidad/

LA DEMOCRACIA LIBERAL Y SUS ENEMIGOS

noviembre 27, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 23 de noviembre de 2018)

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¿Qué tienen en común los gobiernos de Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orbán en Hungría, Jarosław Kaczyński en Polonia, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Rodrigo Duterte en Filipinas, Narendra Modi en la India, Nicolás Maduro en Venezuela, Cinque Stelle y la Lega Nord en Italia? ¿Qué tienen en común los movimientos de Marine Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda, Nigel Farage en Reino Unido, Alternative für Deutschland en Alemania, Syriza en Grecia o Podemos en España? Todos representan distintas versiones del mismo fenómeno populista. Aunque a veces se sitúan a la izquierda y otras veces a la derecha, tienen un enemigo común: la democracia liberal, entendiendo por ella un sistema político que traduce las opiniones de la población en políticas públicas y al mismo tiempo protege los derechos individuales.

Esa es la tesis central del politólogo de Harvard, Yascha Mounk, en su reciente libro The People vs Democracy: Why Our Freedom is in Danger and How to Save It (2018). Aunque pocas veces en la historia de la humanidad habíamos gozado de los niveles actuales de paz y prosperidad, el sistema político que le dio sustento ya no es la alternativa por defecto. Contra la opinión hegemónica de los años noventa, la democracia estaría viviendo un proceso de desconsolidación. Los que creyeron la profecía de Fukuyama tras la caída del muro, diría Yuval Noah Harari, se encuentran igual de perplejos que los jerarcas soviéticos en los años ochenta. El problema, en la interpretación de Mounk, es que el viejo matrimonio por conveniencia entre democracia y liberalismo entró en una fase de desgaste que en muchos lugares del planeta ya entró en franco divorcio. Para Mounk, populismo es sinónimo de democracia iliberal o democracia “sin derechos”.

Respecto de sus características, Mounk sigue la senda de la literatura contemporánea. En el discurso populista, la política es simple y lo que hay que hacer es obvio. De ahí que la mayoría de los populistas insistan en hacer pasar sus ideas como parte del “sentido común”. Si no se hace lo que ellos piden, es porque hay gato encerrado y la élite quiere llevarse la pelota para la casa. En la retórica populista, el pueblo tiene una sola voz y nadie mejor que el líder carismático para encarnarla. Los que piensan distinto son traidores a la patria. La gente de bien, como insinuó Bolsonaro al votar en las recientes elecciones brasileñas, no se equivoca. En la narrativa populista, la mayoría decide y las minorías tienen que acatar -como también dijo explícitamente Bolsonaro en campaña. Los derechos individuales que hay en el camino son -a veces- un obstáculo para la realización de la voluntad popular soberana.

Este populismo o democracia sin derechos, según Mounk, es una respuesta a una democracia liberal progresivamente contramayoritaria. Es decir, un liberalismo no-democrático que ha puesto demasiadas decisiones en manos de órganos no electos. Es la principal queja de los populistas europeos contra los burócratas de Bruselas, por ejemplo. Pero también se dirige contra las agencias gubernamentales que operan con criterios técnicos, contra los bancos centrales autónomos que resisten las presiones del medio político, contra las cortes de justicia que no siempre le dan en el gusto al veredicto popular, contra los tratados internacionales que instauran un “globalismo” que limita la soberanía nacional, contra las instituciones electorales que prometen una competencia igualitaria pero son cooptadas por el poder del dinero, contra el lobby de los grandes actores económicos en desmedro de los ciudadanos de a pie, etcétera.

La explicación de la tensión entre democracia iliberal y liberalismo no-democrático es la parte mejor lograda del libro de Mounk. Si bien el populismo no es presentado como algo positivo -por el contrario-, tampoco es presentado como una pulsión irracional. Sus orígenes, en la mayoría de los casos, pueden ser rastreados a fenómenos culturales y económicos bien precisos. Según Mounk, hay que observar tres: primero, la nueva realidad de las comunicaciones y las redes sociales. Antes, muy pocos controlaban el mensaje que llegaba a millones. Hoy, esos millones se conectan horizontalmente sin mediación ni control. La promesa original -la posibilidad de ampliar la mirada en una conversación en diversidad- se frustró porque en lugar de aquello construimos cámaras de resonancia para reforzar nuestras ideas preconcebidas entre iguales. El resultado fue una mayor polarización de la sociedad. El segundo es el paso de estados mono-éticos a plurinacionales. Una cosa es decidir democráticamente entre personas a quienes atribuimos el mismo derecho a participar. Otra cosa es hacerlo con personas que acaban de llegar y entienden el mundo de manera radicalmente diferente. Es el problema de la identidad y los límites de la pertenencia en tiempos de inmigración. Finalmente, está el asunto del estancamiento económico. A la democracia liberal le va bien cuando la gente percibe que las recompensas del trabajo llegan a todos lados. Eso ha cambiado en los últimos años. Pero, según el autor, es principalmente un problema de expectativas. Los populistas campean allí donde reina la ansiedad económica. Por eso no es tan raro que sectores medios altos voten por candidatos populistas: también le tienen miedo al futuro.

Yascha Mounk cierra su libro con una serie de “remedios” para detener a tiempo la enfermedad. No hay nada muy revolucionario en sus recetas, algunas de las cuales incluso pasan por ingenuas. Pero que sus respuestas a la crisis de la democracia liberal no tengan especial brillo no opaca la claridad de su diagnóstico sobre la misma crisis. Sin duda una lectura recomendada para seguir descifrando los tiempos que corren.

Link: https://www.capital.cl/la-democracia-liberal-y-sus-enemigos/

 

LA RENDICIÓN DEL PRESIDENTE

noviembre 13, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 9 de noviembre de 2018)

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Hasta que Sebastián Piñera se rindió. Lo que no pudieron conseguir sus asesores, lo consiguió una auditora radial que llamó a un programa para aconsejarle al presidente -en el mejor de los tonos- que no siguiera haciendo chistes machistas, a propósito de la llamada “ley de la minifalda” que contó recientemente en Iquique. Piñera se comprometió, en lo sucesivo, a no insistir. Hace lo correcto el presidente de la república. Su investidura impone ciertas restricciones y deberes de abstinencia. Al fin, entendió que hacerse el gracioso a costa de ciertos grupos no va con el cargo.

Sin embargo, sus críticos no quedaron contentos. Dicen que no se mostró muy convencido respecto de los argumentos que motivaron la queja del feminismo. El problema, según manifestó Karol Cariola, es que Piñera todavía no comprende la gravedad de sus expresiones. En palabras de la diputada comunista, éstas serían “profundamente violentas”. Piñera, parece, todavía está al debe.

Sólo que no lo está. En el presidente Piñera confluyen dos personas, una pública y una privada. La persona pública se acaba de comprometer -correctamente- a controlar su temperamento de comediante. A muchos no creyentes nos gustaría, también, que dejara de invocar a dios en cada intervención oficial. Sin querer, el propio presidente establece la diferencia entre la persona pública y la privada. Quejándose del clima de corrección política imperante, reivindica cierta familiaridad en el trato, una forma de relacionarse entre viejos conocidos, como estamos acostumbrados entre amigos. Para bien o para mal, no somos amigos. Somos conciudadanos. Somos parte de una estructura de cooperación social. Pero en ella no hay intimidad. Por lo mismo, Piñera-presidente no puede actuar como si fuésemos de la misma familia. Así, por ejemplo, no era necesario que declarara que, junto a Cecilia Morel, se juramentaran rescatar a los mineros como si fuese hijos suyos. Los mineros atrapados tenían un derecho a ser rescatados que es completamente independiente de la paternidad unilateral que decretó Piñera. Los chilenos eligen presidente, no eligen un padre, ni un amigo, ni un compadre bueno para la talla. En ese sentido es razonable distinguir entre los chistes que puede hacer en público y los que puede hacer en privado.

En privado, en su fuero interno, en el ámbito de su conciencia, el Piñera-individuo tiene todo el derecho de pensar -y seguir pensando hasta que se vaya a la tumba- que las críticas a su chiste son exageradas. Tiene el derecho de pensar que a veces nos ponemos demasiado graves. Tiene el derecho de pensar que no es cómplice de ningún continuo de violencia machista. Tiene todo el derecho, en su sincera perplejidad, de quejarse porque “pareciera que ya no se puede decir nada”. En ese sentido, no le debe a la comunidad política ninguna explicación. Basta con su rendición pública.

Esto no quiere decir que el feminismo u otras identidades históricamente vulneradas no puedan aspirar a erradicar ciertas expresiones simbólicamente discriminatorias de la convivencia social. Es parte de su misión: transformar progresivamente la cultura. Transformar el lenguaje y la forma en la cual nos relacionamos. Pero esa misión se despliega en los espacios de la cultura y no constituye automáticamente una obligación. Porque los cambios culturales se negocian a través del tiempo antes de ser adoptados como criterios compartidos. En este sentido, Chile no es un caso aislado. En todo el mundo, se enfrentan dos campos. A un lado, un grupo que cree en el progreso moral de los pueblos y actúa como vanguardia de los cambios. Al otro lado, un grupo que se resiste -ya sea porque no vislumbra el progreso en los cambios, ya sea porque vive con nostalgia del pasado, ya sea porque no reconoce sus propios privilegios en el statu quo.

La diputada Cariola, sin duda, pertenece al primer grupo. También pertenece al primer grupo el progresismo bienpensante de las redes sociales, el feminismo de campus universitario, el mundo Millennial sobre-educado y en general todos los circuitos cosmopolitas e intelectualmente sofisticados de la población. Pero ahí no se acaba Chile. En el segundo grupo está el presidente Piñera y casi toda su generación, para la cual es un poco tarde para la deconstrucción. También el chileno varón promedio, maduro-heterosexual-bueno para compartir porno por WhatsApp. Ése que todavía no entiende qué tiene de malo decir fleto, mongólico y maraca. Por supuesto, entre ambos campos hay muchos y muchas que tratan de hacer sentido de lo que ocurre a su alrededor. Ahí se decidirá la batalla cultural.

Por eso es contraproducente apuntarlos con el dedo y tratarlos de misóginos al primer micromachismo. Los activistas que mejor entienden su labor saben que educar es mejor que funar. Porque forzar el antagonismo es regalarle un soldado al campo rival. Son miles los que se han pasado al bando de la reacción conservadora porque en lugar de sentirse invitados se han sentido asfixiados. Son los que engrosan políticamente las filas de Trump y en Chile se unen a José Antonio Kast. Esto no quiere decir que el populismo de derecha avance exclusivamente porque las identidades vulnerables se movilicen para exigir igualdad de trato, como a veces se sugiere. Pero la narrativa contra la “tiranía” de la corrección política ha sido indudablemente combustible del fenómeno.

Por todo lo anterior, la prudencia política aconseja que el presidente modere su incontinencia verbal, especialmente cuando se trata de expresiones que pueden ser interpretadas como ofensivas o perpetuadoras de estereotipos negativos. En eso, la crítica ha sido justa. Pero resulta un tanto autoritario exigirle además que tome partido por el bando de la vanguardia cultural que no lo representa. La política aun no adjudica sobre una disputa cultural en marcha.

Link: https://www.capital.cl/la-rendicion-del-presidente/

LA DERECHA MÁS ALLÁ DEL MURO

octubre 29, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de Octubre de 2018)

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Cuando el diputado Jaime Bellolio desafió hace dos años a Jacqueline van Rysselberghe por el control de la UDI, su objetivo no era solamente ganarle a la senadora penquista; ése era solo el objetivo inmediato. El objetivo de largo plazo era salirle al camino a Felipe Kast y al avance de Evópoli. Así quedó claro cuando presentó su diagnóstico: el problema de la UDI no es de stock, es de flujo. Es decir, el gremialismo goza todavía de una robusta posición política en el escenario nacional, una nutrida militancia y un electorado que si bien se encoge sigue siendo fiel. Pero no tiene el futuro asegurado. Por el contrario, las nuevas generaciones -menos pinochetistas y menos conservadoras que sus padres- considerarían más atractiva una propuesta como la de Evópoli, más fresca y liberal, aunque igualmente libremercadista.

Hacía bastante sentido. Parecía incluso una cruzada civilizatoria: matar a la vieja UDI -autoritaria y confesional- para dar nacimiento a una nueva UDI acorde a los tiempos. En esa clave también hay que leer la intencionada elección de adversarios: mientras el diputado Bellolio decía que sus rivales ideológicos estaban en el Frente Amplio (lo mismo que han dicho desde Evópoli), la senadora JVR insistía en que sus rivales eran los sospechosos de siempre agrupados en la Nueva Mayoría.

La irrupción de José Antonio Kast desordenó el naipe. Ironías del destino: JAK fue el mentor del joven Bellolio en el gremialismo, en la época en que representaba una suerte de tercera vía entre el Jovinismo y el Longueirismo. Es más, le abonó el terreno en el viejo distrito de Buin, Calera de Tango, Paine y San Bernardo. Hoy, es su principal problema. Si el proyecto de moderar a la UDI es exitoso, JAK tiene licencia para seguir agrupando a la derecha “sin complejos” que se siente traicionada por líderes que abdican de su pasado. En la mentalidad polarizada y maniqueísta de esos círculos, Jaime Bellolio prácticamente debería unirse al Frente Amplio. Es una derecha enrabiada, que se siente asediada por una supuesta hegemonía cultural del progresismo y la llamada “tiranía” de la corrección política. JAK es su pastor, su líder indiscutido.

En este nuevo escenario, Jackie tiene una misión. Ya no se trata de detener el tiempo. Se trata de contener el avance de la extrema derecha, logrando que la UDI vuelva a interpretar a esos sectores que hoy no se sienten representados por el oficialismo por considerarlo entreguista. He ahí el sentido de su reunión con Jair Bolsonaro. A Van Rysselberghe le importa un comino que la mayoría de los chilenos se escandalicen. Su apuesta tenía otro objetivo: ganarle el “quien vive” a José Antonio Kast, Manuel José Ossandón y cualquier otro actor político de su sector que quiera apropiarse del efectivo discurso populista del próximo presidente brasileño. Aunque JAK partió corriendo detrás de JVR a reunirse con Bolsonaro, llegó placé. En una época en la cual el apelativo de conservador no tiene mucho lustre -como sinónimo de estar siempre a la defensiva, contra el progreso moral de los pueblos, en el lado incorrecto de la historia-, la extrema derecha presenta una narrativa mucho más atractiva por su agresividad: sale al ataque, denuncia la podredumbre ética de la izquierda, reivindica con orgullo sus principios.

En la jerga de Juego de Tronos, JAK es el rey más allá del muro, agrupando una serie de tribus -evangélicos militantes, católicos ultramontanos, militares en retiro, nacional-patriotas, empresarios apartidistas, libertarios dogmáticos, amantes de la mano dura, enemigos juramentados de la elite liberal- bajo el estandarte retórico de la mayoría silenciosa que encarna el sentido común. Van Rysselberghe observa su marcha desde el Castillo Negro de calle Suecia, que separa al mundo civilizado -el sistema de partidos- del mundo salvaje -todos los movimientos que pululan a la derecha de la UDI. Jaime Bellolio, promesa de la Guardia Nocturna, es el personaje que propone trasladar el campamento hacia el sur -es decir, hacia el centro político. Allá el clima es menos inclemente y es posible negociar con el adversario en condiciones menos beligerantes. Jackie, arropada con una pesada manta de plumas de cuervos, tiene ahora un argumento para negarse: si abandonan su puesto, las hordas de JAK invadirán las tierras del norte sin que nadie les oponga resistencia. Reelegirla como Comandante de la Guardia Nocturna (en otras palabras, presidenta de la UDI) significa disputarle a JAK su señorío sobre la derecha más allá del muro. Se trata de un variopinto elenco que, a estas alturas, difícilmente pueda ser representado por la moderación de un Jaime Bellolio o un Felipe Kast.

En estas condiciones, mucho se juega en la próxima elección interna. Un triunfo de Van Rysselberghe sentencia que la UDI se planta en el extremo derecho del espectro para absorber los territorios libres donde galopan las bandas Kastistas. Aunque su rival Javier Macaya está lejos de ser un liberal, al lado de la dirigente que corrió a abrazarse con Bolsonaro cualquiera parece Macron. Su derrota liberaría definitivamente a Jaime Bellolio y sus cercanos para emigrar hacia reinos menos hostiles. La opción de Evópoli cae de cajón.

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UNA TEORÍA SOBRE EL FIN DE LA TRANSICIÓN

octubre 16, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de octubre de 2018)

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Después de Conversación en la Catedral, los peruanos se preguntan cuando se jodió el Perú. Los chilenos, en cambio, con la misma frecuencia nos preguntamos cuando se acabó la transición. ¿Se acabó cuando Pinochet dejó la comandancia en Jefe en 1998? ¿Se acabo cuando el dictador fue detenido en Londres y la primera querella criminal en su contra fue admitida en suelo nacional? ¿Se acabo cuando volvió un socialista a La Moneda? ¿Se acabó con las reformas constitucionales del 2005? ¿Se acabó cuando llegó la derecha democráticamente al poder después de veinte años de Concertación? Ninguna de las anteriores. Se acabó cuando se agotó su clivaje fundacional: el democrático / autoritario.

En 1999, se publicó un influyente articulo (“¿Sobrevivirá el nuevo paisaje político chileno?”) en el cual el sociólogo Eugenio Tironi y el politólogo Felipe Agüero sostenían que el sistema de partidos chileno se había consolidado a partir de las dos opciones que entregaba el plebiscito de 1988. Al lado del NO se organizó la Concertación de Partidos por la Democracia. En torno al SÍ se constituyó una coalición con distintos nombres pero que siempre integró a RN y la UDI. A juicio de los autores, ya no era posible volver al mapa de los tres tercios que existía previo al golpe militar. El plebiscito había generado lo que bautizaron como una “fisura generativa” entre la opción por el autoritarismo y la opción por la democracia. En lugar de diluirse con el tiempo, esta fisura se había consolidado en los noventa, principalmente por el efecto del sistema electoral binominal. Por tanto, Tironi y Agüero aventuraban que el mapa de partidos chilenos seguiría ordenado de la misma forma, al menos en el mediano plazo.

Tuvieron razón. Hasta que la generación de la transición envejeció y una nueva generación que adquirió conciencia política en democracia comenzó a pensar en términos propios. El clivaje democrático / autoritario se fue debilitando en la medida que sus articuladores tuvieron que empezar a compartir la escena con sus hijos. Como parece natural, la generación de la transición se aferró a su clivaje porque que les entregaba orientaciones inequívocas respecto de quién es quién, respecto de las filiaciones y pertenencias que marcan de por vida. Al hacerlo, estiró su permanencia en la primera línea. Ninguna otra generación, sugirió hace un tiempo Enrique Correa, ha durado tanto conduciendo la nación. Marco Enríquez-Ominami fue la señal de alerta. Después del 2011, se abrieron las compuertas de la renovación política de las élites. Aparecieron los Evópolis y las Revoluciones Democráticas. Empezó a desdibujarse el paisaje de la transición.

Lo anterior tiene un correlato desde el punto de vista de la demanda electoral. Todos los chilenos se inscribieron para votar en el plebiscito. Después de eso, los adolescentes que fueron cumpliendo dieciocho se registraron a cuentagotas. El padrón comenzó su progresivo encorvamiento hasta que la inscripción automática metió a la mayoría de los chilenos sub-40 de un tirón. A nuevos partidos, nuevos votantes. No necesariamente más votantes. Se generaron trasvasijes internos: de la UDI a Evópoli, del PPD a RD. Recientes estudios sugieren que el votante joven votó fuertemente por el Frente Amplio en la última votación. Al menos en la centroizquierda, los datos afirman la hipótesis de un quiebre generacional.

Todo esto coincidió con el cambio en el sistema electoral. Nuevas reglas, nuevos incentivos. Apareció una tercera coalición que entendió el juego y sacó provecho (nada menos que veinte diputados y un senador). Otras naufragaron en el intento. Así, retrocedió el duopolio. Los politólogos se preguntarán cuál fue el factor determinante del cambio del paisaje político chileno. No será fácil determinarlo: los factores “sociológicos” (la entrada de una nueva generación a la disputa del poder) y los factores “institucionales” (la modificación del sistema electoral) se confunden en un mismo proceso. Lo que parece claro es que no hay vuelta posible al escenario de la transición. Se agotó su fisura generativa. Se fueron retirando sus elencos. Se demolieron los diques que la contenían.

La manera en que los actores políticos conmemoraron los treinta años del plebiscito es prueba de aquello. El oficialismo apostó a neutralizar el hito: en la narrativa de La Moneda, no se celebraba un resultado determinado sino el acto mismo. Es decir, los que perdieron en 1988 lograron articular un discurso en el cual parecían todos ganadores. De esa forma, quisieron privar a sus viejos rivales de seguir rentando del clivaje democrático / autoritario. Si casi todos estamos al mismo lado de la gran fisura -según una encuesta, un 70% votaría NO y apenas un 18% votaría SÍ en la actualidad- entonces ya no tiene sentido seguir dividiendo el paisaje político de ese modo. A la ex Nueva Mayoría no le gustó la banalización de la fisura del ’88. Con el triunfo cultural del NO se revelan las paradojas de la hegemonía: se pierden las nítidas coordenadas (aliados vs. adversarios) que tenía el clivaje de la transición. Por eso, también, tanta celebración complica al Frente Amplio. En ese esquema, siguen mandando los papás… y el héroe sigue siendo Lagos.

Por todo lo anterior, la transición se acabó en 2011, cuando se venció su clivaje constitutivo. Y se venció porque ya no es suficiente para determinar la pertenencia política de las nuevas generaciones en Chile.

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