LIBERALISMO DARWINIANO

marzo 7, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 2 de marzo de 2018)

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En su superventas Sapiens, el historiador Yuval Noah Harari afirma dos cosas: primero, que las discusiones sobre moral, derecho y política ya no pueden abordarse seriamente sin considerar los descubrimientos de las ciencias naturales; segundo, que esos mismos descubrimientos minan severamente las bases de nuestro ordenamiento jurídico liberal. En su nuevo libro “De Naturaleza Liberal” (Catalonia, 2017), el ingeniero y divulgador científico chileno Álvaro Fischer coincide con lo primero, pero llega a la conclusión opuesta respecto de lo segundo: el sistema social que mejor se acomoda a nuestra naturaleza es precisamente aquel que se funda en principios liberales.

El libro de Fischer es un tour-de-force por el estado del arte en psicología evolutiva. En ese sentido, se enmarca en la tradición intelectual que va desde E. O. Wilson hasta Leda Cosmides, pasando por Steven Pinker y Jonathan Haidt, entre otros. La tesis central del saber sociobiológico es que nuestros sentimientos morales y patrones conductuales fueron labrados pacientemente por millones de años de evolución. Dicho de otro modo, estamos en condiciones de explicar -gracias al mejor recurso epistemológico disponible: el método científico- los rasgos centrales del comportamiento humano a partir de nuestra herencia genética. La obra de Fischer, por ponerlo en un eslogan, toma partido por la naturaleza por sobre la cultura.

Las implicancias de esta posición evolucionista son claras, según Fischer: los seres humanos tenemos un hardware difícil de modificar, y debemos tomar nota de ello a la hora de diseñar instituciones políticas y económicas. No somos tan maleables como pensaba la escuela marxista. No es cosa de llegar y proponer reformas, por bienintencionadas que parezcan; si chocan contra la madera dura de nuestro ADN, el resultado será invariablemente un fracaso.

Hay, en este viejo debate, un dilema complejo. David Hume enseñaba que los hechos (descriptivos) y los valores (normativos) no se mezclan. La ciencia explica cómo funciona el mundo, pero no puede instruirnos respecto de cómo vivir. Ese fue, justamente, el pecado mortal del darwinismo social asociado a Herbert Spencer y luego a los nazis. Fischer está plenamente consciente de los peligros de esa jugada. Sin embargo, parece proponer una relectura de la vieja máxima Humeana: sin bien es cierto que la ciencia no puede determinar la dimensión normativa, sí puede imponerle ciertas condiciones de factibilidad. El propio Hume no habría estado en desacuerdo: los pensadores de la ilustración escocesa -incluido Adam Smith- fueron escépticos de las utopías racionalistas y respetuosos de los sentimientos morales originarios del ser humano. Estos sentimientos, inclinaciones y pasiones pueden ser domesticados y canalizados para evitar daños a terceros, pero en lo fundamental no pueden ser extirpados por artefactos culturales.

Aquí radica, según Fischer, el gran problema del socialismo, pues ignora sistemáticamente la dirección de nuestros impulsos conductuales modelados al calor de la selección natural. Los seres humanos, tal como lo hacen nuestros parientes primates, compiten por estatus en la búsqueda de mejores alternativas reproductivas. No tendrían futuro, entonces, las políticas orientadas a eliminar las pulsiones competitivas en la sociedad. Del mismo modo, no tendrán futuro las políticas que ignoran la relevancia de los incentivos y las recompensas como retribución al esfuerzo. La izquierda, como ya lo advirtió el filósofo Peter Singer, haría bien en incorporar estos elementos a su propuesta.

Pero la evolución no es solo un juego de competencia sino también de cooperación, nos recuerda el autor. Colaborar es esencial. Sin embargo, los dispositivos sociales que favorecían la cooperación fueron “diseñados” para interactuar en grupos reducidos. Es natural que seamos altruistas y generosos con nuestra familia y amigos. En escenarios donde prima el anonimato, en cambio, lo normal es adoptar actitudes competitivas. El error ideológico, por así decirlo, consiste en importar acríticamente los principios de la cooperación a sociedades extensas y complejas donde no nos conocemos lo suficientemente bien para demandar deberes de solidaridad.

Este es, en resumidísimas cuentas, el proyecto intelectual de la psicología evolutiva militante: las piezas de fábrica de la naturaleza humana actúan como limitaciones al empeño transformador de la cultura. En ese registro, la recomendación de Fischer es evitar las restricciones a la libertad, tanto en un sentido moral como económico. De ahí su respaldo al ideario liberal. Las personas necesitan del espacio necesario para diferenciarse. Las restricciones operan generalmente en un sentido igualador. Además -agrega el autor- dichas regulaciones serán inefectivas porque la naturaleza suele abrirse camino.

Jugar la carta “naturalista” en los debates públicos es controversial. Incluso dentro del liberalismo. Más de algún correligionario dirá que el Darwinismo de Fischer funciona como una auténtica doctrina comprehensiva, casi como una religión, y por ende no deberíamos descansar en ella como razón pública para fundar la legitimidad política. Pero no han sido pocos los liberales evolucionistas. Hayek, sin ir más lejos. Fischer se inscribe en esa escuela.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/03/01/148216/liberalismo-darwiniano/

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MISS REEF Y FEMINISMO

marzo 5, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 1 de marzo de 2018)

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The Girls of the Taliban es el nombre de un aclamado documental de Al Jazeera. En él se cuenta cómo se educan las niñas en las zonas de Afganistán controladas por el extremismo religioso de los Talibanes. En un pasaje, los profesores explican por qué sus clases se desarrollan detrás de una cortina que impide el contacto visual con las alumnas. La razón es simple: apenas posan sus ojos los unos en los otros, se apodera de todos ellos un irrefrenable deseo carnal. Lo explican como si fuese algo inevitable, inexorable, natural. De algún modo, justifica los códigos de vestimenta que se exigen a las mujeres en las sociedades musulmanas: deben cubrirse para evitar encender la pasión de los hombres. Es el paroxismo de la sinceridad: se reconoce que los hombres son animales irracionales conducidos por sus apetitos sexuales y la única forma de convivir con aquello no es reformar a los hombres sino anular los espacios de tentación.

Suena patético, pero la narrativa no es enteramente distinta de que entregaron los organizadores del Miss Reef al suspender su tradicional evento veraniego. Lo hicieron, según ellos, “debido a la preocupación y conciencia que empezó a surgir por la violencia de género”. Es decir, al asociar un desfile en tanga a la violencia de género se presume que los hombres les perderán el respeto a las mujeres por el hecho de mirar sus traseros. No es un argumento ridículo. En una de esas, es cierto. Pero sin duda es un argumento perturbador, pues parte de una base similar al que se esgrime en las sociedades islámicas: la única manera de que los hombres se comporten civilizada y respetuosamente con las mujeres es evitando la tentación que genera la poca ropa. Los hombres serían incapaces de sobreponerse a sus bajas inclinaciones. Incapaces de autonomía, en terminología Kantiana. Pero es también un argumento complejo de aceptar para las mujeres, pues se parece al relato que busca culparlas de todo lo que les pasa cuando salen a la calle con vestimentas “atrevidas”. Como los hombres son autómatas, a las mujeres no les queda otra que el recato para ponerse a salvo del peligro. Triste para ambos bandos.

Los organizadores del Miss Reef pudieron, sin embargo, emplear otra línea argumental: el concurso cosifica a las mujeres en tanto las presenta como cuerpos disponibles para el goce visual masculino, lo que perpetúa el clásico patrón patriarcal donde las mujeres son objetos para poseer sexualmente y no mucho más que eso. La pregunta del millón es si acaso las mujeres tienen algo así como un derecho a cosificarse por voluntad propia. En cierto sentido, no vale que la contesten los hombres: a ellos les resulta bastante conveniente que la emancipación femenina consista básicamente en sacarse la ropa. Pero es interesante revisar qué opinaron las mujeres respecto a la cancelación del Miss Reef. Muchas lo criticaron en redes sociales. Las ex participantes del certamen lo defendieron abiertamente. Sus ganadoras tuvieron acceso a un mundo de oportunidades gracias a esa corona. El concurso, recordemos, no se acabó por falta de interesadas. El Miss Reef, como otros torneos de belleza, es un trampolín a la fama. Pero lo que parece molestar en ciertos sectores de esa gran y diversa familia que es el feminismo es que en esos certámenes no se premia la inteligencia ni la destreza sino únicamente la estética, usualmente en su versión más cruda, más básica, más vulgar. La premisa pareciera ser que hay algo indigno en ganar un concurso a la cara más linda, el cuerpo más perfecto, el poto más redondo. Un prejuicio platónico: la carne es menos que el alma. Una suspicacia cartesiana: los asuntos del cuerpo y de la mente no se mezclan.

Sin embargo, gracias a la ciencia sabemos que tanto Platón como Descartes se equivocaron. Lo advirtió Cristopher Hitchens en su lecho de muerte: “no es gracioso a estas alturas constatar la verdad de la proposición materialista que enseña que no tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo”. Dicho de otro modo, no debiésemos dar por descontado que los concursos que premian las virtudes del cuerpo son indignos. En ese sentido, hay que reconocer, el feminismo no tiene una sola voz. Muchas mujeres reclaman su derecho a ser sexualmente atractivas y a desplegar estrategias en esa dirección. Esas estrategias ancestrales no son un invento capitalista, sino que obedecen a la pulsión evolutiva de nuestra especie por alcanzar mejores opciones reproductivas. Esas opciones usualmente van asociadas a la búsqueda de estatus social. Hombres y mujeres apuestan a distintas estrategias de búsqueda de estatus. Para algunos es la riqueza. Para otros, será el poder. Otros cultivan el intelecto. Otros tantos usarán su cuerpo para hacerse diestros en el deporte. Otros, finalmente, esculpirán su carne. Acusar que sólo las últimas operan bajo la categoría marxista de falsa conciencia peca de cierta condescendencia. La obsesión de cierto feminismo por “liberar verdaderamente” a la mujer -y de paso atacar a quienes quieran liberarse de una manera distinta- es de las típicas fantasías Rousseaunianas con tufillo autoritario.

Es difícil referirse a estos temas sin ser acusado de mansplainning. Pero al igual que la religión, que es demasiado relevante para dejársela solamente a los creyentes, el feminismo es demasiado importante como para dejárselo solo a las mujeres. Si sus proposiciones son éticamente correctas, entonces todos debiésemos ser feministas. Pero para eso hay que tener claridad respecto de cuáles son sus componentes esenciales y cuáles son accesorios.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/03/02/columna-miss-reef-feminismo/

PREGUNTAS AL FEMINISMO

febrero 28, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 16 de febrero de 2018)

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Arelis Uribe tiene 31 años y quiere que explote todo. Así se titula, al menos, el volumen que recopila sus columnas más comprometidas con la causa feminista en el contexto chileno. La rabia de Arelis Uribe tiene pies y cabeza. Va dirigida contra la estructura social que llamamos patriarcado y contra las expresiones cotidianas que reproducen la asimetría entre hombres y mujeres. Para quienes no entienden qué está en disputa en la batalla cultural que libra diariamente el feminismo, la selección de Arelis Uribe es un piquero a ese mundo.

Vamos por parte. Arelis Uribe reconoce que el feminismo es “polifónico”, como lo denomina. Polisémico, dirían otras. El punto es que no existe una sola forma de practicar el feminismo. Porque el feminismo no es, en la mirada de la autora, un set de convicciones finales sino una actividad, como la felicidad en Aristóteles. Esa práctica puede tener distintos fundamentos teóricos. En la tradición que sigue Arelis, muchas de las diferencias que existen entre hombres y mujeres han sido culturalmente impuestas. Sin embargo, añade, también pueden declararse feministas aquellas que piensan que los estereotipos de género están vinculados a la naturaleza de la especie y no han sido necesariamente construidos. Es decir, cuando se trata de dibujar el perímetro conceptual, el feminismo de Arelis es ecuménico.

Justamente por esta admisión, Arelis no busca denunciar los falsos feminismos. Pero la tensión está presente. Sería interesante saber qué piensa la autora respecto del “feminismo sin bigote” que dice representar la alcaldesa de Maipú. La alusión de Kathy Barriga no es trivial: su punto es que se puede ser feminista y al mismo tiempo abrazar ciertos cánones estéticos que refuerzan la idea de mujer como objeto de deseo. Para cierto feminismo, dichos cánones han sido impuestos por el patriarcado. Por ende, no se puede ser libre dentro de esos cánones opresivos. Sin embargo, feministas como Ema Watson, Kathy Barriga y las conejitas de Playboy que lloraron la partida de Hugh Hefner consideran que sí existe un espacio significativo de liberación en la explotación de la propia sexualidad. Para el feminismo de raigambre marxista, esta idea de emancipación no es más que falsa conciencia. Para el feminismo de fibra liberal, en cambio, la igualdad que se persigue consiste justamente en la capacidad de tomar decisiones autónomas. Para las marxistas, el problema es la estructura; para las liberales, es la agencia individual.

El feminismo de Arelis es declaradamente de izquierda. Sabe en qué lugar la ubica su cuerpo y su clase. Tiene consciencia interseccional, dirían las académicas. Quizás por lo mismo, su mejor capítulo está dedicado al machismo de izquierda, que a ratos -muchos ratos- olvida que las formas de opresión son múltiples. “El género”, dice la autora en la senda que va de Angela Davis a Nancy Fraser, “al igual que la clase, es un sistema que divide el poder”.

La selección de Arelis Uribe también es instructiva para reconocer las tensiones no resueltas que se generan en el eje naturaleza – cultura. La columnista habla de lo “naturalizado” que está hablar del cuerpo de las mujeres, la “naturalización” del ideario conservador sobre la división sexual del trabajo, y lo “natural” que nos parece escuchar historias desde la perspectiva masculina. Lo que no queda enteramente claro es qué rol juega la idea de naturaleza en estos problemas. Una posibilidad es entender natural como “neutral”, “imparcial”, “objetivo”. En ese sentido, siguiendo inconscientemente a De Beauvoir, Arelis tiene razón: aunque estemos acostumbrados, lo masculino no es neutral y cuando se hace pasar por neutral se produce una asimetría injusta. De ahí su persuasivo alegato por un lenguaje inclusivo. La otra posibilidad es entender natural como preconfigurado por siglos de evolución biológica. En ese sentido, la crítica del feminismo al concepto de lo natural entra en arenas movedizas. Arelis llega a sostener que el patrón que usualmente hace que las mujeres críen a sus hijos “no es instinto maternal” sino “carga política”. Como tal, es susceptible de ser modificado vía intervención cultural. Esta es la vieja discusión que suele enfrentar a la psicología evolutiva que afirma que el ser humano no es una pizarra en blanco y el bando feminista de fibra marxista que cree que somos fundamentalmente maleables. La pregunta que surge es si acaso es necesario batallar contra las conclusiones de la ciencia -que acredita las tendencias básicas de nuestra división sexual- para justificar las posiciones normativas del feminismo y su alegato central: que las diferencias biológicas no se traduzcan en diferencias políticas, sociales y económicas. Si lo primero no determina lo segundo, ¿para qué pelear contra lo primero?

Los textos, finalmente, son de una feminista Millennial. Reconoce con hidalguía que su nueva militancia le “arruinó el sentido del humor”. Arelis Uribe pertenece al grupo que patrulla las micro-agresiones que se dan en la conversación cotidiana. Reivindica la funa como reprimenda social contra el machismo porque la visión de mundo que dice defender es “la única moral que vale la pena”. Sin embargo, no es estalinista. Hija de su tiempo, se le escapa la veta liberal cuando añade que no quiere prohibirle a nadie sus chistes por hirientes que parezcan. Arelis no viene a censurar. Arelis viene a educar.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/02/15/147885/preguntas-al-feminismo/

YO SOY TU PADRE

febrero 25, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 14 de febrero de 2018)

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El politólogo Patricio Navia solía decir que Pinochet es el padre del nuevo Chile. De su rostro actual. De su fisonomía político-social. Siempre me gustó esa metáfora. Pero me he convencido últimamente que ese título le queda mejor a la Concertación. Ella tiene la paternidad (o maternidad) del nuevo Chile. La Concertación fue la síntesis perfecta de lo que había que producir después de la tesis upelienta y la antítesis dictatorial. Se juntaron en una misma fuerza una serie de voces que expresaban distintos temperamentos ideológicos y que no habían actuado antes juntas. Los viudos de Allende trajeron su renovación socialista y los herederos de Frei Montalva su reformismo legalista. Persistieron las diferencias en el discurso económico, pero no fueron tantas tampoco. La Concertación descubrió desde su tierna infancia que el crecimiento es condición sine qua non. Su proyecto fue eminentemente político y se llamó democracia, que para estos efectos significaba desinfección progresiva del tutelaje militar. En ese sentido, su legado es profundamente liberal.

La Concertación fue el matrimonio por conveniencia entre el humanismo cristiano y el humanismo laico. Dos tribus originalmente antagónicas que tuvieron que compartir la habitación de los ministerios. Más importante que eso: tuvieron que compartir problemas y pensar juntos en soluciones. No es un pegamento que dure para siempre, pero dura lo suficiente. Piñera acaba de felicitar a “Chile Vamos” porque “pocas coaliciones políticas han logrado tanto, tan valioso y en poco tiempo”. Suena algo ridículo cuando pensamos en la coalición que recuperó la democracia y gobernó invicta por veinte años. La Concertación parió al Chile que marchó el 2011.

Un buen proxy para conocer a los padres es examinar a los hijos. El caso de la Concertación y los suyos es una linda historia. Cada uno venía con hijos de anteriores relaciones. Recuerdo las disputas universitarias de los noventa: a un lado se sentaba la familia democratacristiana, al otro lado la familia progresista. Pero con el tiempo tuvieron hijos juntos. Hijos culturalmente similares. Hijos que ya no podían determinar con facilidad si eran humanistas laicos o humanistas cristianos. El límite se difuminó. ¿Se acuerdan de Sebastián Bowen, fugaz jefe de campaña de Frei en 2009? Siempre lo vi como el vástago más químicamente puro de ese coito doctrinario: un auténtico socialcristiano progresista. En Bowen era difícil distinguir donde comenzaba el humanismo cristiano y empezaba el humanismo laico. Si hubiese estudiado un par de años después, habría militado en el NAU, semillero de Revolución Democrática. Es precisamente en RD donde mejor se advierte esta fusión cromosómica. Son los hijos comunes de ese acuerdo conyugal llamado Concertación. Que intenten matar al padre es otra historia. Es lo que deben hacer los hijos a cierta edad. Lo importante es que la Concertación, como esas parejas que ya no se llevan, siguió unida por el bien de la familia. Un matrimonio que duró casi 30 años, ¿qué más quieren?

El eje de ese acuerdo fue lo que Mirko Macari denomina el “partido del orden”, un pacto de hierro forjado en el odio al dictador, la coincidencia estratégica y el sentido excluyente del poder.  Un engranaje vaticano cuyos cardenales fueron los Gutenberg, los Escalonas, los Zaldívar, los Viera-Gallo, los Arriagada, los Núñez, entre otros. Un reinado de príncipes florentinos que se fueron poniendo viejos, guatones y pelados en el ejercicio de sus delicadas magistraturas. Hay gente que le tiene mala a la cultura Mapu. Yo creo que fue indispensable. Podemos juzgarlos por venderse al libremercadismo y traicionar la revolución. Pero algún día la historia los reconocerá como el grupo que captó oportunamente que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Donde algunos ven claudicación, otros identifican realismo y madurez. Nadie va a escribir poemas románticos sobre el Mapu y menos sobre la Concertación y el partido transversal que le dio sustento político. Salvo que sea un poema Parriano. A Parra, me atrevo a pensar, le caía bien la Concertación pues había algo muy chileno en ella. Esa seriedad de funcionario público. Ese temor disfrazado de mesura. La obsesión por el reconocimiento internacional. La sacada de vuelta en horario laboral. Los vidrios polarizados. El primer viaje en avión con la familia. El colegio particular subvencionado con copago. Radio Cooperativa y el primer café. La Fundación Chile 21. Diputados y empresarios como héroes nacionales, antes de la crisis reputacional que les pegó a todos. Las ganas de pintar un arco iris en el rincón menos colorido de Latinoamérica. El catolicismo. Sobre todo, el catolicismo. La Concertación no quiso destape a la española. Selló una alianza fáctica con la Iglesia y se encargó de dosificar el cambio cultural que anunciaba la modernización capitalista. Hasta sus socialistas fueron católicos. Decían que Chile no estaba preparado para, bueno, para nada. Tuvieron que ser dos parlamentarios democratacristianos de misa dominical los promotores de la ley de divorcio. Era la única manera de avanzar. Y fue un parto con fórceps.

La Concertación me recuerda la canción que Piero le dedica a su viejo. Un buen tipo que creció con el siglo, la figura pesada, sin carnaval ni comparsa. Ahora ya camina lento porque la edad se le vino encima. Pero es nuestro querido viejo. Somos su sangre y su tiempo.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/02/14/columna-cristobal-bellolio-padre/

CONTRAGOLPE

febrero 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic el 30 de enero de 2018)

En el fútbol, se habla de su majestad el contragolpe cuando un equipo está bajo asedio, recupera la pelota y se va con todo en demanda del pórtico rival. Es una analogía pertinente para explicar el diseño ministerial del presidente electo Sebastián Piñera. En los últimos años, la derecha chilena ha sufrido importantes derrotas ideológicas. Probablemente la más importante ha sido la demonización del lucro y el juicio ético sobre la focalización y la subsidiariedad. También ha recibido otras palizas culturales en aquellas batallas que tienen que ver con el cuerpo, la autonomía y la moral. La izquierda corrió el cerco de lo posible.

Por eso el gabinete que saldrá a la cancha en marzo se interpreta como una maniobra ofensiva. Agressor. Gerardo Varela será ministro de Educación y se ha confesado enemigo frontal de la agenda del movimiento estudiantil que la Nueva Mayoría adoptó como suya. Isabel Plá será Ministra de la Mujer y clamó a los cielos cuando se aprobó el aborto en tres causales –un logro apenas civilizatorio para el feminismo. Roberto Ampuero será Canciller y hace explotar granadas cuando se refiere a Cuba, Venezuela u otro paraíso bolivariano. Alfredo Moreno estará a cargo de la cartera que tiene por misión superar la pobreza y tiene más plata que pelo en la cabeza. José Ramón Valente será titular de Economía habiendo defendido toda su vida una ortodoxia cuasi-minarquista. O sea, Piñera sale a tocarle la oreja a la izquierda. Inaugura una derecha sin complejos de inferioridad.

Hay varias maneras de leer este envalentonamiento. La primera tiene que ver con el resultado de la segunda vuelta. Piñera esperaba ganar por una cabeza. Pero ganó con distancia. Eso le permite suponer que el mandato que los chilenos le han dado es amplio. La segunda no tiene tanto que ver con los holgados números que lo hicieron presidente por segunda vez. A fin de cuentas, el Piñera del balotaje tuvo que replegarse programáticamente, incluso abanderarse con algunos proyectos prototípicamente Bacheletistas. Por tanto, no puede creer realmente que la ciudadanía esté enamorada de las ideas de la derecha. No, esta segunda tesis parte de la premisa de que la realidad está siempre en disputa y hay que salir a pelear por configurarla a la pinta. Es decir, Piñera se habría comprado la tesis de que estamos librando una batalla cultural y no es tiempo de guardarse nada. Piñera no va por el empate, como lo hizo la derecha desde el regreso a la democracia. Va por los tres puntos.

Esta tesis adquiere fuerza cuando se mira el tablero completo. Al frente, el gobierno tendrá un adversario mal parado, fracturado, groggy. No hay mejor momento para contragolpear. Piñera incita a la izquierda frenteamplista a atacar. La invita a salir a la calle. Le ofrece un partido de ida y vuelta. Sabe que la efervescencia del 2011 es irrepetible. La gente no se bancará otro año intenso de movilizaciones, especialmente cuando se percibe que las más demandas más emblemáticas de esa fuerza tectónica que recorrió Chile ya están siendo procesadas de una manera u otra por el sistema político. Por el lado de la vieja gran familia concertacionista, Piñera sabe que no hay nadie capaz de devolver el combo. Ya no está Mamá Michelle para protegerlos.

También hay cierta provocación en ignorar olímpicamente la demanda por renovación política que se escuchó fuerte y clara en las elecciones parlamentarias. Piñera coqueteó con la idea de la savia nueva pero finalmente depositó su confianza en los viejos estandartes. Por un lado, se repite el plato una inédita cifra de seis ministros –convirtiendo a Piñera en el campeón de las sillas musicales que su coalición criticó por lustros con histeria. Por el otro, adjudica premios a la trayectoria a todos sus coetáneos que no agarraron ministerio la primera vez. Finalmente, eleva el promedio de edad en seis años respecto de su primer gabinete, inaugurando el gobierno más longevo desde Aylwin. Es decir, la manida demanda por recambio generacional le entró por un oído y le salió por el otro.

Tampoco se le nota intranquilo por designar un gabinete que acumula varios casos que calzan con la definición periodística de conflicto de interés. Mal que mal, el propio Piñera fue el niño símbolo del conflicto de interés en su estreno presidencial –la pobre Ena usó sus primeros seis meses frente al micrófono explicando las estrategias accionarias del jefe- y nada de aquello le hizo mella en su regreso. Fue costo hundido. Un gabinete ideológicamente radicalizado es una historia más sabrosa que cualquier otra. Si la oposición quiere golpear al nuevo gobierno por ese lado, estará hablando con la muralla.

Existe la posibilidad de que toda esta especulación sea ociosa y Piñera haya echado mano a lo que tenía sin tanto diseño ni estrategia. Pero a uno le gustaría pensar que hay una idea detrás de todo esto. En efecto, Ampuero puede vocalizar el anhelo piñerista de convertir a Chile en el opositor regional por excelencia del proyecto chavista, empalmando con el discurso de Amnistía y la OEA. Con Moreno, el presidente puede decir que pone la plata donde pone la boca. La Concertación usó ese ministerio como el vuelto del pan. Piñera, en cambio, pone al mejor de los suyos. Nunca un ministerio social había tenido tanta relevancia política. Otras apuestas son más difíciles de descifrar. Pero casi todas van en la misma línea: contradecir, al menos en el discurso, las ideas y las políticas más simbólicas que ha instalado culturalmente la izquierda en los últimos años en Chile.

Link: https://www.theclinic.cl/2018/01/30/columna-cristobal-bellolio-contragolpe/

¡ABAJO LOS INTELECTUALES!

enero 29, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic el 25 de enero de 2018)

Populismo es un concepto jabonoso. Para entenderlo mejor, la editorial de la Universidad de Oxford acaba de publicar un compendio con la mirada de académicos de todo el mundo que han estudiado sobre el tema. Para nosotros, la novedad es que dos de sus editores trabajan en universidades chilenas: Cristóbal Rovira en la Universidad Diego Portales y Pierre Ostiguy en la Pontificia Universidad Católica. Por si fuera poco, Rovira escribió junto al reconocido especialista Cas Mudde el volumen sobre populismo de la reconocida colección de introducciones breves de la misma prestigiosa editorial. Es decir, Chile se está convirtiendo en un foco de investigación de alto nivel sobre el fenómeno del populismo.

Aunque hay discrepancias, la gran mayoría de los especialistas coincide en que todas las formas de populismo apelan al pueblo y denuncian a la élite. Es decir, exaltan las virtudes de la gente común y corriente, la que vería sus intereses truncados por culpa de una élite corrupta y fuera de contacto con la realidad. Es una relación antagónica: el líder populista necesita de un enemigo visible para articular su narrativa redentora. La élite que ataca el populismo no es necesariamente económica. Puede ser social o cultural. En este último sentido, el populismo suele ser anti-intelectualista. No le gustan los expertos. En contraste, el populismo dice hablar desde el sentido común. Como lo describía el historiador Richard Hofstadter, el anti-intelectualismo consiste en una actitud de sospecha frente a todo eso que ocurre en los laboratorios, las universidades, los cuerpos diplomáticos y en general frente a los grupos más educados de la población.

Me acordé de todo esto a propósito de la respuesta que el ex candidato presidencial José Antonio Kast le dedicó a mi columna “Rubios del Mundo, Uníos”. En su texto, Kast sugiere que nuestra diferencia radica en que él no tuvo “el privilegio de estudiar un postgrado”, lo que le impidió llenarse de “conceptos, ideas foráneas y citas de autores extravagantes que son capaces de explicar cómo funciona el mundo desde una biblioteca”. Señala, en suma, que mi incapacidad para entender al ciudadano promedio tiene que ver con mi calidad de intelectual, pues la descripción correcta de la realidad no la entrega un paper académico. Después de un ejercicio de victimización –que no hace más que confirmar dramáticamente el punto central de mi columna original-, remata que su intención es “darle visibilidad a esa mayoría silenciosa que ha sido marginada… olvidada de los papers y discusiones extranjeras”. Esa realidad que también ignoran “las columnas de El Mercurio, La Tercera, The Clinic o la Revista Capital”. Él, en cambio, sí conoce esa realidad: Kast está del lado del verdadero pueblo, y su adversario es la élite.

En este sentido, Kast desarrolla una narrativa populista de manual. La columna vertebral de su discurso es el anti-intelectualismo. Recuerda las amenazas que ha dirigido el primer ministro húngaro Viktor Orbán –un caso de estudio de populismo contemporáneo- contra la Universidad Central de Europa con sede en Budapest, comandada por el intelectual liberal Michael Ignatieff. Evoca también el estilo de Nigel Farage, el líder del partido nacionalista euroescéptico UKIP, que gustaba de retratarse en la barra de un bar para posar de ciudadano común. La batalla por el Brexit estuvo cargada de sentimiento anti-intelectualista. “Gran Bretaña ya está cansada de los expertos”, espetó el dirigente conservador Michael Gove. Recuerda también a Sarah Palin del Tea Party gringo, cuyo “populismo chic” –como lo bautizó Mark Lilla- amenazaba incluso con barrer con el aporte intelectual de la propia tradición conservadora. Trae a la memoria, finalmente, el relato de Fujimori contra Vargas Llosa en Perú: todo lo que prestigiaba al Nobel peruano en el circuito internacional y la élite local –su erudición, su ideario liberal, su cosmopolitismo- fue convenientemente presentado por el fujimorismo como un lastre que lo incapacitaba para comprender la realidad del ciudadano medio.

Pensábamos que el modelo de populista anti-intelectual lo encarnaba Manuel José Ossandón (quien dijo su programa costaría exactamente “cuatro mil trescientos cuarenta y cuatro mil quinientos millones, coma cinco dólares” como una forma de ridiculizar a los políticos que sí manejan los números). Pero quizás sea José Antonio Kast quien encaje mejor en la categoría. Su apelación a la mayoría silenciosa también es de manual. Viene de tiempos de Nixon y busca romper el eje tradicional de izquierda y derecha para situar un nuevo clivaje: nosotros, la mayoría común, versus ellos, el establishment. Su alusión sarcástica a ciertos medios de prensa está en consonancia con la típica denuncia Trumpiana a los “medios liberales”. Todo esto sin mencionar las otras características propias del fenómeno populista que se acumulan en el personaje político de José Antonio Kast: un caudillo carismático sin estructura orgánica, adorado por sus seguidores –le llaman “emperador”- y festejado transversalmente por sus simpáticas ocurrencias que subliminalmente refuerzan el mensaje (los “martes de pololeo” resaltan su sencilla virilidad y el “rayo derechizador” su calidad de hombre fuerte).

Chile se está convirtiendo en un foco de investigación de alto nivel sobre el fenómeno del populismo, como lo demuestra el trabajo de Rovira y Ostiguy. Pero también está dando material local para el análisis. Aunque para Kast esto no sean más que “conceptos, ideas foráneas y citas de autores extravagantes”, al menos ya no son “discusiones extranjeras”.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/01/24/columna-cristobal-bellolio-los-intelectuales/

NOSTALGIA NOVENTERA

enero 24, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 19 de enero de 2018)

Un fantasma recorre Chile: el fantasma de la frustración de la generación que fue joven en los noventa y que no entiende en qué momento les cambiaron el país. Se trata de la generación que adquirió consciencia política hacia fines de los ochenta y miró como sus padres condujeron el retorno a la democracia. Usando el término popularizado por la novela de Douglas Coupland, son nuestra generación X, esa nacida entre mediados de los sesenta y fines de los setenta.

Hoy están desorientados: sus hermanos menores –los Millennials– irrumpieron con todo en la escena política. Han renegado de la transición, se olvidaron de Pinochet, fundaron partidos propios y aspiran a ejercer el poder lo antes posible. A la generación X chilena, en cambio, le enseñaron que había que esperar. Esperar a cumplir cincuenta para heredar los partidos. Pregúntenle a Álvaro Elizalde. Los Millennials no esperan. Vienen por todo.

Los X están genuinamente preocupados. Fueron testigos de lo difícil que fue la transición. Se acuerdan del Chile que tenía casi la mitad de la población viviendo en la pobreza. Se acuerdan del primer McDonalds que se instaló en Santiago. Se acuerdan de cuando llegó la música electrónica y las pastillas, como contaba Hernán Rodríguez Matte en “Barrio Alto”. Se acuerdan de ese Chile contenido a la espera de un destape que nunca llegó. Sobre todo se acuerdan que la política era un asunto de adultos. Ellos no estaban para gobernar, sino para observar cómo gobernaban sus papás. La vida era eso que transcurría en el frívolo gozo individual de la bonanza económica, eso que pasaba en los cuentos de Alberto Fuguet.

Por eso volcaron su irreverencia juvenil en otras expresiones culturales. Armaron canales de televisión como el Rock ‘n Pop y organizaron talleres literarios en la Zona de Contacto. Son la generación que hizo Plan Z y fundó The Clinic. Lo cuenta Rafael Gumucio en su nuevo libro “La Edad Media”. Eran irreverentes porque desacralizaban los tabúes de una sociedad en transición hacia la modernidad, todavía encerrada en sus traumas. Era el país donde no se podía ver La Última Tentación de Cristo y la sodomía todavía estaba en Código Penal. Fueron irreverentes cuando ser irreverente era sexy. En el país de los Jaguares, los estelares pagaban millones para que un comentarista deportivo fuera a despotricar contra todo lo que se movía. El  Chino Ríos llegaba a ser número uno del planeta mientras mostraba una indiferencia sublime frente a los procesos políticos y sociales que ocurrían en su tierra. Clasificar a un Mundial no era un derecho, sino un privilegio. Fue una generación que jugó con todo, pero no le dejaron tocar el poder.

Por eso se incomodan ante el tonito pontificante de sus hermanos chicos, que creen que el mundo empezó con ellos. Es una frustración que sin quererlo se cuela en las páginas de “Chamullo”, el último libro de Oscar Landerretche: al autor le molesta la actitud mesiánica de estos jovenzuelos que adquirieron conciencia política en un Chile sin carencias materiales graves. Les cuestiona su idealismo romántico, su ética maniquea. Les critica su incapacidad de mirar el país en perspectiva. Porque los Millennials no se acuerdan del ejercicio de enlace ni de lo que era vivir con Pinochet instalado en la Comandancia en Jefe, atento a cualquier atisbo de reforma sustancial de su legado.

Como no se acuerdan, creen que sus hermanos mayores fueron pusilánimes. Que no le pusieron empeño real a las transformaciones. Por lo demás, nunca mostraron hambre. Se conformaron con que Lagos les diera un par de subsecretarías. Fue lo más cerca que estuvieron del poder real. Antes de eso ni hablar: Aylwin y Frei gobernaron con sus abuelos. Marco Enríquez-Ominami fue el único que se atrevió. Pero ya era tarde. Los Millennials lo jubilaron apenas dos años después de irrupción presidencial.

El mundo que añora Gumucio ya no existe. En los noventa, pasaba por genio irreverente. En tiempos de corrección política, la irreverencia se paga cara –como lo paga Gumucio cada vez que sugiere alguna teoría sobre las mujeres o los animales en redes sociales. El título de su libro es perfecto: para los jóvenes progresistas con los cuales discute en Twitter, la era dorada de Gumucio es medieval. Un humorista se podía llevar un cargamento de gaviotas ridiculizando homosexuales y Plan Z hacía “Mapuches Millonarios”. Estos, en cambio, son los tiempos del stand up combativo, feminista y que se toma la comedia muy en serio. En el país donde ya no circula la Bomba 4, el sketch de Plan Z habría sido acusado de perpetuar estereotipos racistas contra un colectivo vulnerable. Gumucio habría querido ser Zizek. Pero mis hermanos chicos lo encuentran parecido a Villegas.

Los Millennials no entienden a Gumucio. No creen que sea de izquierda. Lo consideran un conservador. Muchas veces, entre broma y en serio, así suena. Pero cómo no ser conservador si el mundo que te vistió de fama ya se fue. “La Edad Media” es un retrato de ese mundo. Para el disfrute nostálgico de aquellos que fueron jóvenes en los noventa, pero especialmente para que las nuevas generaciones le tomen el pulso al país que existía justo antes de que ellos llegaran a cambiarlo todo.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/01/18/147225/nostalgia-noventera/

CRÓNICA DE UN ÉXITO ANUNCIADO

enero 21, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 18 de enero de 2018)

La votación del proyecto de ley de identidad de género le dio al senador electo Felipe Kast la oportunidad que estaba buscando: distinguirse del conservadurismo esencialista de sus socios y mostrar la cara liberal que no pudo ofrecer en la discusión del aborto en tres causales. Que se le hayan echado encima parlamentarios reconocidamente pechoños de su sector es pura ganancia para el joven Kast y su partido: le permitió articular un discurso sobre el compromiso de Evópoli con la libertad de las personas, no sólo en la dimensión económica sino también moral. Les sirve también para dar vuelta la página respecto de las declaraciones de su senadora por chiripa Carmen Gloria Aravena y su negativa a legislar favorablemente el matrimonio igualitario.

Esta será la tónica de los próximos años. La nueva bancada de Evópoli, comandada por Kast, buscará la manera de matizar el momiaje de Chile Vamos en aquellas batallas bautizadas como “valóricas”. Se generará tensión porque la UDI y RN acusarán deslealtad con el programa del presidente Piñera. Cada vez que ello ocurra, Evópoli cosechará la simpatía de parte importante del electorado de derecha que no es tan conservador como la gran mayoría de sus dirigentes.

Lo de Evópoli es la crónica de un éxito anunciado. Cuando Allamand intentó forjar una derecha liberal a contrapelo de los carcamales que Renovación Nacional (RN) absorbió de la dictadura, fracasó estrepitosamente. Al poco tiempo, Allamand se sumó al bando Lavinista y desde entonces nunca más figuró entre los referentes liberales del país. La idea noventera de Allamand no era mala. Pero, como enseña su biografía política, suele llegar a destiempo. Su epitafio dirá: aquí yace un adelantado. Diez años más tarde apareció un colectivo llamado Independientes en Red, donde muchos de los fundadores de Evópoli se vieron por primera vez las caras: Hernán Larraín Matte, Francisco Undurraga, Francisca Florenzano, el propio Kast, entre otros. Este proyecto tampoco tuvo un final feliz, pero sirvió para despertar el hambre de un nuevo elenco. Diez años después de eso, ya hay suficiente agua en la piscina para esa esquiva derecha liberal, aunque sea en una versión tímida.

Dos factores contribuyen a ello. El primero es la derechización de RN. La vieja derecha pre-pinochetista funcionaba en base a la alianza histórica de liberales y conservadores. Con la llegada de la democracia, era razonable reeditar el pacto. De ahí el atractivo de la llamada “patrulla juvenil” y de los esfuerzos del propio Allamand. Pero tras el Lavinismo vino el largo reinado de Carlos Larraín en RN y las posibilidades de articular una voz liberal consistente desde ahí se desvanecieron. A Don Carlos no le gustaban los pipiolos, como los llamaba con sorna. Entonces, los pocos liderazgos liberales que habitaban en RN se marcharon. Lily Pérez y Karla Rubilar fundaron Amplitud. Y aunque esta apuesta no haya funcionado electoralmente, su nacimiento sí dio cuenta de una necesidad insatisfecha. Esa necesidad la satisface hoy Evópoli, que se ve mejor aspectado que Amplitud. En resumen, Evopoli no habría sido necesario si RN hubiese cumplido su rol como patita liberal en una gran alianza con los conservadores de la UDI. La historia dirá que Carlos Larraín fue uno de los principales instigadores del éxito del clan de Kast y compañía.

El segundo factor es generacional. Piense en el universitario promedio que simpatiza en general con las ideas de la derecha. Se define libremercadista, no tiene ningún vínculo emotivo con Pinochet y adquirió consciencia política en un país culturalmente más abierto y menos pudoroso que el de sus padres. Ese joven tiene pocos incentivos para militar en partidos que nacieron para defender la obra de una dictadura que no conoció y cuyos parlamentarios se han opuesto sistemáticamente a todas las cuestiones que a él le parecen obvias: diversidad de orientación sexual, posibilidad de divorciarse, igualdad legal entre hijos nacidos fuera y dentro del matrimonio, acceso a la píldora del día después, etcétera.

Un reciente estudio de la socióloga Stephanie Alenda confirma esta hipótesis. Alenda examinó el posicionamiento de los dirigentes de los partidos de Chile Vamos en una serie de materias. Mientras no se registraron grandes diferencias en el eje económico, en el eje “valórico” las discrepancias entre Evópoli y sus socios fueron manifiestas. Mi hipótesis adicional es que Evópoli arroja un perfil más liberal justamente porque el grueso de sus adherentes pertenece a una nueva generación. Dicho de otro modo, la mayoría de los jóvenes que se forman tanto intelectual como afectivamente en circuitos familiares y culturales de derecha preferirán a Evópoli porque se conecta mejor con su propia experiencia histórica en un Chile que ha cambiado progresivamente de piel. En jerga financiera, mientras la UDI y RN gozan en la actualidad de un saludable stock de militantes, en términos de flujo la situación de Evópoli parece más auspiciosa. Están condenados a crecer. El sueño de Allamand lo hará finalmente realidad Felipe Kast.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/01/17/columna-cristobal-bellolio-cronica-exito-anunciado/

RUBIOS DEL MUNDO, UNÍOS

enero 15, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 11 de Enero de 2018)

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Días después de la primera vuelta concurrí a las dependencias de la Fundación para el Progreso (FPP) a comentar los resultados con un grupo de jóvenes que participan habitualmente de sus actividades. En los últimos años, la FPP ha sido un activo polo de discusión intelectual en torno a las ideas del liberalismo clásico. Cuenta con destacados polemistas  –probablemente el más conocido es Axel Káiser- y desarrolla un trabajo formativo envidiable. Por eso me llamó la atención cuando averigüé que la inmensa mayoría de la concurrencia había votado por José Antonio Kast (de aquí en adelante, JAK) en la elección presidencial.

JAK no sólo no es liberal. Es un anti-liberal. En campaña fue tan liberal como pudo serlo Artés o Navarro. Estos jóvenes de la FPP no pertenecían a la familia militar ni parecían ser evangélicos u Opus Dei. Es cierto que JAK prometió bajar impuestos y achicar el estado, pero a estas alturas no hay liberalismo serio que crea que ésa es la batalla central. El liberalismo se trata de construir reglas donde personas con distintos proyectos de vida puedan vivirla en condiciones de relativa autonomía y el poder político las trate a todas con igual respeto. JAK, por el contrario, no cree en las virtudes del pluralismo. Piensa que su particular idea de la vida buena –que en este caso coincide con una creencia religiosa- tiene que ser respaldada por las instituciones públicas. No hay tal “liberalismo” de JAK.

Al rato comenzaron a fluir mejores explicaciones: JAK dice lo que piensa, aunque no sea popular; JAK dice las cosas como son, lo que muchos estamos pensando pero no nos atrevemos a decir públicamente para evitar la camotera; JAK, en cambio, va de frente contra los “progres” y su intolerancia frente a las opiniones minoritarias; JAK es el líder que desafía la corrección política; JAK no le teme a la policía tuitera ni a la funa de las redes sociales; JAK es de los pocos políticos que entiende que nos encontramos en una batalla cultural contra la moralina de la izquierda, que amordaza nuestra libertad de expresión.

He ahí la novedad de JAK. No se trata de si apoya a los reos de Punta Peuco o si pide feriado para la visita del Papa. El contenido de sus declaraciones no es tan relevante como el lugar desde donde las produce: JAK se pone a sí mismo en el lugar de una minoría vulnerable a la cual le han cercenado su derecho a disentir en un mundo donde corrección política del progresismo se ha hecho hegemónica. JAK transmite a los suyos que están bajo asedio y que la única manera de resistir es peleando de vuelta, sin amilanarse.

¿Le suena conocido? En los últimos lustros, especialmente en universidades, medios de comunicación y redes sociales, en Estados Unidos se instaló una restrictiva cultura de corrección política, atentísima a penalizar socialmente cualquier transgresión al código de los Social Justice Warriors –la versión Millennial del progresismo. En lo central, este código prescribe políticas y modos de expresión que eviten cualquier tipo de ofensa, exclusión o marginalización de grupos históricamente desaventajados. Lo que partió con medidas estructurales de acción afirmativa o discriminación positiva, derivó en exigencias del lenguaje inclusivo y patrullaje de micromachismos hasta la demanda por espacios libres de comentarios despreciativos o incluso que criticaran ciertas adscripciones identitarias. Tal como lo fueron narrando en forma magistral las últimas temporadas de la serie gringa South Park, el celo excesivo de la PC Culture terminó pariendo su propia reacción. En el gigante del norte, esa reacción fue Donald Trump. En Chile, está siendo JAK.

Tanto Trump como JAK dicen hablar por el ciudadano promedio –que en su imaginario es hombre, blanco, maduro, heterosexual, creyente y patriota-, quien se vería sitiado por una serie de restricciones en favor de las mujeres, las etnias minoritarias, la monserga LGTB, los ateos y los migrantes. En lenguaje marxista, serían la nueva clase oprimida. Su mensaje es algo así como “rubios del mundo, uníos”.

Ahí radica la potencia del fenómeno JAK. Jamás llegará a ser presidente de la mano de un puñado de canutos delirantes o de una tribu de viejos decrépitos que insisten en la gesta libertadora del 73. Sin embargo, su crecimiento político será proporcional a la magnitud de la reacción criolla a la cultura de la corrección política. Por esos sus enemigos favoritos son los Social Justice Warriors chilensis, apretujados en los colectivos del Frente Amplio. Su hinchada se excita cada vez que los enfrenta, pues sienten que – ¡al fin!- alguien pone coto al tonito pontificante de la izquierda. Así se explica el entusiasmo de los jóvenes de la FPP (el mismo que profesan por Káiser). Pero también lo celebran quienes reclaman su caducado derecho a proferir tallas sexistas, xenófobas, racistas u homofóbicas. Es decir, quienes añoran regresar al mundo donde la libertad de expresión lo ampara todo. Finalmente, también lo festejan los que volverían a ese país donde el catolicismo se presumía por defecto y el estado podía promoverlo sin pedir permiso ni dar explicaciones. En esta narrativa, los privilegiados de antaño, son los perseguidos de hoy. JAK es su profeta, y les promete volver a la Tierra Prometida.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/01/11/rubios-del-mundo-unios/

MIENTRAS NOS HACEMOS MAYORES

enero 10, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 4 de enero de 2018)

Wouldn’t it be nice if we were older? Then we wouldn’t have to wait so long” dice la canción de The Beach Boys, del celebrado álbum Pet Sounds de 1966. Bien podría ser el tema que encarne el estado de ánimo de la dirigencia del Frente Amplio (FA) chileno. Aunque irrite a sus detractores y sus partidarios lo consideren una frivolidad, el FA está de moda. La pregunta es si acaso esa frescura y novedad que atrae a tanta gente (especialmente jóvenes) durará hasta que sus cuadros sean lo suficientemente adultos como para encabezar los destinos de la nación. La pregunta es si no se desinfla en el camino.

Piense en el Podemos, el manoseado símil español del FA. Irrumpió con fuerza en 2014, combinando relato generacional con una crítica a la moderación neoliberal del PSOE. Se pensaba que Podemos reemplazaría finalmente al partido de sus padres en el espectro político. La popularidad de su líder Pablo Iglesias subía como la espuma. Era cuestión de tiempo. Sin embargo, acaban de cerrar un año para el olvido. No encontraron un registro adecuado para lidiar con el independentismo catalán y el propio Iglesias se hizo insufrible para la mayoría de sus compatriotas. Hoy, Podemos está bajo el PSOE en las mediciones y está siendo alcanzado por el liberal centrista Ciudadanos.

Por ahora, las acciones del FA van al alza: cuenta con un elenco joven y preparado que ha optado por el duro camino de construir orgánicas partidarias mientras sus rivales en la izquierda representan partidos cansados cuyas glorias están en el pasado. Pero esto no garantiza nada. El desafío del FA es mantenerse culturalmente atractivo en los próximos años. Es decir, seguir tocando las teclas correctas en la sociedad chilena. Primero, no cesar en su actitud de irreverencia política, que incluye una cuota de ingenuidad, otra de heroísmo y una pizca de utopía (esa clase de irreverencia que no tuvieron sus hermanos mayores y que sirvió para correr el cerco de lo programáticamente posible). Segundo, evitar las tentaciones que rodean al ejercicio del poder. Un parlamentario FA es sorprendido negociando con un carabinero para sacarse un parte y –ahora sí- se acaba la magia. Episodios así son inevitables. Pero hay que reducirlos al mínimo. Por efectista que sea, la faramalla de la reducción de sueldos ayuda en ese empeño. En tercer lugar, al FA le toca trabajar en su cara institucional. Ya no son tres sexys quijotes solitarios en Valparaíso. La relación de Giorgio Jackson con Gabriel Boric llegó a ser material homo-erótico. Pero ya no serán los políticos mejor evaluados por la ciudadanía los que estarán siempre frente a las cámaras. De la etapa del lucimiento personal tendrán que mutar al juego colectivo –y a varios en este equipo les cuesta un mundo.

En la dimensión presidencial, el mandato es cuidar a Beatriz Sánchez. Es cierto que tanto Boric como el alcalde de Valparaíso Jorge Sharp tendrán edad suficiente para competir en la próxima presidencial. Pero da la impresión que Boric hace lo posible por des-presidencializarse (en la próxima entrevista puede aparecer con bata y gorra de baño), mientras Sharp no quiere que su mandato porteño sea vista como un mero trampolín. Para exorcizar esa crítica y validar su gestión, debe reelegirse. Por todo lo anterior, la Bea no puede ser liberada de sus obligaciones políticas todavía.

Finalmente, el FA tiene otra tarea pendiente. Hay un Chile que no solo no los conoce, sino que les tiene terror. Partiendo por la élite, que no sabe a qué se enfrenta. Difícilmente lo sabrá si el FA no tiene voz en las tribunas mediáticas del establishment. Dicho de otro modo, el FA necesita cronistas que cuenten su historia. Nadie mejor que Ascanio Cavallo para hablar de la Concertación, nadie mejor que Héctor Soto para hablar de la derecha. ¿Quiénes hablarán del FA?

Hasta ahora, parece tener cuatro almas. La primera es socialdemócrata y está asociada a la hegemonía de Revolución Democrática, eje indiscutible de la coalición. La segunda es de índole libertaria y allí se matricula el Movimiento Autonomista y la Izquierda Autónoma. La tercera parece conectarse con los colectivos populares que apoyaron a Alberto Mayol: Nueva Democracia y Partido Igualdad, además del Partido Poder. Finalmente, el cuarto polo es un híbrido hippie-liberal donde caben humanistas, ecologistas, piratas y el Partido Liberal de Chile. A varios en el FA les complica la presencia de los liberales de Vlado Mirosevic. Sin ir más lejos, el diputado que obtuvieron en Los Lagos fue originalmente vetado por varios colectivos por su pasado piñerista. Otros entienden, en cambio, que el PL cumple un rol relevante para ampliar la cancha ideológica de la coalición. Porque Mirosevic no levanta banderas contra la doctrina del FA; más bien pone temas que no están en la agenda del FA. Del equilibrio de poder entre estas cuatro almas depende si el FA se arrincona en la izquierda o bien busca avanzar hacia el centro político en aras de construir una coalición apta para gobernar.

Pero no hay prisa para los Millenials del FA. Una cosa es llegar a La Moneda porque los astros electorales se alinearon y otra distinta es hacer el gobierno que se quiere. Aunque a veces, como canta Brian Wilson, a uno le den ganas de ser mayor para no tener que esperar tanto tiempo.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/01/08/columna-cristobal-bellolio-nos-hacemos-mayores/