LA SOLUCIONÁTICA

junio 4, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 31 de mayo de 2018)

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Como si se tratase de responder a una catástrofe natural, el presidente Sebastián Piñera sintió la obligación política de reaccionar ante la ‘Ola Feminista’ que inunda las calles del país. Gobernar, a fin de cuentas, es liderar. El líder, me explicó una vez mi profesor de castellano, no es el que toma la mejor decisión sino el que la toma primero. En ese contexto hay que entender la batería de medidas que anunció el Ejecutivo para contener el conflicto, canalizar las demandas y dirigir el proceso. A Piñera lo eligieron para gobernar y esto es lo hacen los gobernantes.

Se podría objetar que la Ola Feminista no se parece a una catástrofe natural y que por lo tanto la reacción no tiene que ser la misma. Quizás había espacio para probar otras estrategias. Conversar, por ejemplo, con las protagonistas del movimiento. Ya que estábamos citando comisiones para abordar distintos problemas públicos, habría sido buena idea convocar una mesa de trabajo para comprender mejor el espíritu de la protesta. Porque -y en esto Peña tiene razón- Piñera no es un feminista. Por eso habla de “nuestras” mujeres y cita a un abusador confeso como Neruda en su alocución. Porque no entiende la profundidad del fenómeno. No está solo: somos millones los desconcertados. La diferencia es que mientras algunos pueden darse el lujo de callar y otros de hacer preguntas, a Piñera le gana la solucionática: no puede dejar de buscarle solución al problema.

Así lo hizo en 2011 cuando apareció en cadena nacional junto a Joaquín Lavín, entonces ministro de educación, anunciando los acuerdos GANE y FE. Piñera le contestaba al movimiento estudiantil prometiendo más becas y créditos. Le costó mucho al gobierno captar que el desafío que planteaba la calle no era por unos pesos más sino por una transformación de la lógica del sistema. Los que padecen de solucionática no necesitan entender a cabalidad el problema, sólo piensan en resolverlo. Por eso, a veces la solucionática no es el registro adecuado. Esto no significa que los gobernantes tengan que quedarse de brazos cruzados: sólo significa que el tipo de respuesta debe incorporar una lectura política adecuada del escenario.

En su favor, el piñerismo puede decir que al menos se evitó el bochorno del 2011. Puede insistir que su objetivo nunca fue desactivar todos los focos de conflicto o ganarse el corazón del movimiento. Eso sería imposible. Por eso ni siquiera mencionaron la expresión “feminismo” ni se pronunciaron respecto de los cambios necesarios para una educación “no sexista”. Es probable que esos términos suenen como chirriar tiza en una pizarra en el seno de la derecha chilena. El gobierno apuesta en cambio a bajar la temperatura social: a que las chilenas que no marchan pero simpatizan con el movimiento sientan que, en lo medular, fueron escuchadas y sus demandas están siendo procesadas. No quiere matar al movimiento -porque sabe que no puede- pero sí puede robarle algo de su base de apoyo vistiéndose con algunos de sus ropajes.

Las modificaciones al sistema de salud son un buen ejemplo: a muchísimas mujeres les pareció enteramente justo que se anunciará una reducción de sus planes de salud a costa de un aumento en el plan de los varones. A fin de cuentas, si las tareas reproductivas son comunes en una sociedad, sus costos deben ser repartidos de forma más equitativa. La izquierda, en tanto, puso el grito en el cielo. Como si sus parlamentarias hubiesen estado embrujadas en un trance, los aplausos del primer día se tornaron discursos hostiles al día siguiente, cuando se percataron que las Isapres seguirían haciendo su negocio como siempre. Los hombres agarraron papa: que la compensación sea a costa de sus utilidades, no de nosotros, dijeron. Feministos hasta que les tocan el bolsillo.

La agenda de equidad de género se entrampó. Pero, sin querer queriendo, Piñera metió una cuña en el movimiento. Por un lado, introduce un criterio de solidaridad inter-género en un modelo que principalmente se trata de seguros individuales donde cada uno paga sus riesgos promedio. Si los hombres pagarán más que su propio riesgo y las mujeres menos, entonces se está reconociendo un deber redistributivo a favor de las mujeres. Es una buena noticia para el feminismo. Pero, por el otro lado, no promueve cambios sustanciales al modelo de seguros privados ni afecta las ganancias de las aseguradoras. Esa no es una buena noticia para el socialismo. Alguien tenía que ceder y -para variar- cedió el feminismo. El discurso de sus principales dirigentes políticas se centró en la ilegitimidad de las utilidades de las Isapres antes que en advertir que Piñera estaba corrigiendo una injusticia que afecta estructuralmente a todas las mujeres en razón de su mera capacidad de maternidad. Es cierto que el gobierno tiene poco interés en arruinarle el negocio a las Isapres. Pero esa es otra discusión. Darle prioridad en el contexto actual es retrasar los cambios que mejoran la calidad de vida de las mujeres. Aunque le duela en el alma a las sinceras feministas que sienten que su causa es necesariamente de izquierda.

El gobierno pudo haber estado preparado para esta discusión ideológica. Habría contraatacado acusando a la izquierda de restarse en el afán de construir un mundo más equitativo entre hombres y mujeres. Pero ni siquiera tenía muy claro en qué consistía su propia propuesta. Era ingenuo esperar otra cosa: la improvisación suele reinar en la solucionática.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/02/columna-cristobal-bellolio-la-solucionatica/

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FEMINISMO KING KONG

junio 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 25 de mayo de 2018)

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Virginie Despentes es una de las referentes literarias del feminismo contemporáneo. Su “Teoría King Kong” acaba de llegar a las librerías chilenas con traducción de Paul B. Preciado (otra figura icónica del llamado postfeminismo). No se trata de un denso tratado filosófico sino de un relato biográfico tan crudo como lúcido respecto de la asimetría de poder entre los sexos. Especialmente, como advierte Despentes, cuando te toca ser más King Kong que Kate Moss.

“Seguramente yo no escribiría lo que escribo si fuera guapa”, dice en la apertura, “tan guapa como para cambiar la actitud de todos los hombres con los que me cruzo”. Despentes reconoce que escribe desde la fealdad. Al hacerlo, reconoce que su mirada está determinada por el lugar que ocupan “las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica” en la jerarquía social. Dicho de otra manera, el resentimiento de Despentes está justificado porque en un sistema que evalúa a las mujeres de acuerdo con su valor estético, a ellas les toca la peor parte. Al frente están las que puntean en lo alto en el ranking de la seducción y la feminidad. Ellas tienen pocas razones para subvertir el estatus quo. A ellas les “convienen las cosas tal y como son”. No es raro, desde esta perspectiva, que las principales defensoras de los concursos de belleza y el derecho a la cosificación sean justamente las que pueden ganar estos concursos u obtener importantes réditos de su propia cosificación. Despentes dice que no tiene nada contra ellas porque en el fondo las entiende: ella no vería el mundo como lo ve si le hubiese tocado poseer el recurso que el patriarcado más valora, ése que determina las posiciones en la estratificación social. Pero tampoco puede quedarse de brazos cruzados: tiene que rebelarse.

Los hombres, en cambio, son socialmente evaluados a partir de varios criterios. No son reducidos a su aporte estético, tal como ocurre en la recién estrenada comedia Je ne suis pas un homme facile de la directora Éléonore Pourriat. La película es desconcertante porque nos cuesta mucho imaginar un mundo donde los hombres son encasillados en los roles tradicionalmente asociados al género femenino, particularmente la carga de generar la atracción sexual. Despentes relata que jugó un tiempo ese rol -de escote, minifalda, y taco alto- y que logró dimensionar -e incluso disfrutar- el poder que emana de dicha posición. Es el poder al cual no quieren renunciar figuras del espectáculo que a la vez se declaran feministas como Beyoncé y Emma Watson. Sobre la primera, la escritora Fiona McCade señaló que no era una verdadera feminista porque la explotación del cuerpo para vender discos es justamente caer en el juego del patriarcado que asigna a la deseabilidad sexual el valor central. Sobre la segunda, la académica chilena Alejandra Zúñiga hizo una crítica similar. El problema de las feministas que giran de la cuenta corriente de la atracción sexual es que no están contribuyendo a un mundo mejor para las mujeres en general. La hipersexualización, dice Zúñiga, las hace aun más vulnerables. Normaliza la idea de que su valor está en la dimensión estética y justifica su exclusión o marginalización en áreas distintas del quehacer social, como la política, la empresa o la academia. Para qué hablar de la violencia sexual.

En este sentido, la mujer King Kong no disfruta de los beneficios sociales de la mujer que “logra cambiar la actitud de los hombres con que se cruza”, y paga igualmente los costos de una sociedad hipersexualizada. Al contar la historia de su propia violación, Despentes desmiente la tesis de que los hombres son animales salvajes que requieren de control y vigilancia para domesticar su libido -muy propia de las sociedades que culpan a la víctima por encender pasiones supuestamente incontrolables. Cree, por el contrario, que se trata de una construcción política y “no evidencia natural -pulsional- como nos quieren hacer creer”. En este debate, Despentes está con Susan Brownmiller, quien en su influyente Against Our Will (1975) sostiene que la violación es una práctica de dominación. Una teoría distinta es la que exponen el biólogo Randy Thornhill y el antropólogo Craig T. Palmer en su controversial A Natural History of Rape (2000), que sostiene que la violencia sexual se entiende mejor desde la psicología evolucionaria.

En materia de porno y prostitución, Despentes adopta un registro más liberal. En este campo, la ortodoxia en el feminismo radical la representan Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, quienes consideran que el porno es una violación a la igualdad entre hombres y mujeres. Hasta donde entiendo, su posición también es restrictiva en el caso del comercio sexual. Despentes cree que la pornografía cumple una función mediadora que “relaja la tensión entre delirio sexual abusivo y rechazo exagerado de la realidad sexual”. Mucho de lo que nos excita proviene de zonas oscuras y no tiene sentido negarlo, reconoce. La ficción cinematográfica nos permite soltar esas amarras y perder la razón sin daño a terceros. Habiendo ejercido la prostitución durante algunos años, finalmente, la reflexión de Despentes es poderosa. Rechaza el discurso mojigato de la mujer que quiere abolir el mercado del sexo porque en el fondo le aproblema la competencia desleal. No quiere la falsa compasión que ofrece la sororidad. Busca desmitificar que todas las trabajadoras sexuales son víctimas. No es más que una pega bien pagada si tienes pocas calificaciones, declara la autora. Lo que exige es que se ejerza en las condiciones que ellas escojan.

Como se advierte, no es fácil encasillar el feminismo King Kong en una etiqueta.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/05/24/150712/feminismo-king-kong/

EL 2011 FEMINISTA

mayo 28, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 24 de mayo de 2018)

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“Este es el 2011 feminista”, tuiteó la escritora Arelis Uribe. Si es por la capacidad de una causa de movilizar a cientos de miles de compatriotas, tiene razón. El 2011 fue sobre educación, especialmente para echar abajo el lucro y exigir gratuidad universitaria. Esta vez se trata de igualdad de género, lo que se traduce inmediatamente en terminar con los abusos que sufren las mujeres en los diversos espacios de la vida social –incluidos los establecimientos educacionales, donde comenzó a propagarse el fuego- y más estructuralmente en la modificación de los patrones de subyugación que impone el machismo. En lo central, ambos son movimientos justicieros que interpelan al poder y demandan transformaciones con diversos niveles de radicalidad. Ambos cuentan con el apoyo de vastos sectores de la población que no pueden estar marchando en la calle. Ambos tienen la fuerza para marcar un antes y un después.

Se distinguen, sin embargo, en el destinatario y la expectativa. En el 2011, el interpelado era el gobierno de turno. Los cambios que promovía el movimiento estudiantil requerían de un correlato legislativo: había que terminar con el modelo educativo heredado de la dictadura y perfeccionado en democracia. Para eso era necesario dictar nuevas normativas y aplicar otros modelos matemáticos para el financiamiento. Los cambios que promueve el movimiento feminista tienen una dimensión reglamentaria pero su objetivo no se agota en ello. Tal como lo fraseó Faride Zerán, se trata de una  rebelión cultural contra el patriarcado. Para que sea exitosa, las transformaciones deben producirse en una serie de ámbitos e interacciones que parecen estar fuera de aquello de John Rawls llamó la estructura básica de la sociedad. De ahí la célebre crítica de Iris Marion Young: lo personal también es político. Algunas de estas transformaciones culturales podrán ser absorbidas por la legislación y la política pública. Otras tantas serán parte de una larga batalla donde la victoria será difícil de medir en el corto plazo.

Quizás por lo mismo el gobierno de Sebastián Piñera respira un poco más tranquilo. En el 2011, estaba claro que las posiciones ideológicas eran opuestas. Esta vez no queda claro si la derecha en el poder es necesariamente el adversario del movimiento feminista. El adversario es el machismo, que corroe todos sectores políticos. Lo que puede complicar efectivamente al gobierno no son sus posiciones doctrinarias –como en el caso de la gratuidad de la educación superior, que consideraba moralmente injusta- sino las deficiencias de su elenco para comprender el alcance y empatizar con la sensibilidad del movimiento. Si ya se hace difícil para mi generación –en el límite entre X y Millennial– es poco probable que una generación de hombres sesentones heterosexuales con educación tradicional de clase alta se deconstruya en un par de meses. Se trata de aquellas encrucijadas en que no basta representar por evocación; se requiere algo de representatividad por presencia: alguien que haya vivido lo mismo que tú. En ese contexto hay que interpretar al ministro Varela: sus experiencias –que configuran su manera de entender el mundo- distan bastante de las experiencias de la mayoría de las chicas que desfilaron en tetas por la Alameda.

En la otra vereda, el diputado RD Miguel Crispi ha sugerido que la izquierda debe abrazar la causa feminista como motor de acción política. Algunos lo han criticado por oportunista, pero Crispi describe una necesidad. El hito originario de lo que hoy es el Frente Amplio fueron las movilizaciones del 2011. Una vez que dichas demandas han sido procesadas por el sistema, disminuye el sentido de urgencia política y baja la efervescencia social. Lograron meterse con fuerza en el debate parlamentario, pero ahí no hay mucho romanticismo. Necesitan un nuevo combustible para mantenerse atractivos en la calle y la movilización feminista les cae como anillo al dedo. A fin de cuentas, mucha gente cree que socialismo y feminismo forman una alianza natural. Ser feminista y no ser de izquierda es carecer de estrategia, mientras ser de izquierda y no ser feminista es carecer de profundidad, dicen que dijo Rosa Luxemburgo (y luego Louise Kneeland). Aunque la tradición marxista ha sido criticada por concentrarse en la opresión de clase y perder de vista la opresión a las mujeres, según Nancy Fraser esa lectura es incorrecta: tal como lo señaló Engels, la socialización de los medios de producción y la colectivización del trabajo doméstico –incluyendo el trabajo reproductivo- son procesos inseparables. Pero la izquierda chilena es diversa. Más allá del feminismo de inspiración marxista que identifica a varios colectivos, existe un feminismo de corte liberal, que va desde Mary Wollstonecraft a Martha Nussbaum. El foco de esta teoría está en la promoción de relaciones simétricas –sin dominación- que permitan a las mujeres escoger sus proyectos de vida en igualdad en condiciones con los hombres. Las tensiones entre ambos tipos de feminismo no pueden ser soslayadas: sugieren distintos caminos normativos en temas que van desde la prostitución y el porno hasta lo que Slavoj Zizek acaba de llamar el derecho de las mujeres a “objetualizarse”. Hasta Cathy Barriga cabe en este último tipo de feminismo.

Probablemente las demandas del movimiento feminista que remece a Chile sean aún más ecuménicas y transversales: caminar sin miedo por la vía pública, tener un profesor en vez de un acosador, ser integradas en forma paritaria a la estructura de toma de decisiones. Pero no se agota en “que no nos maten ni nos violen”. Si la izquierda quiere hacer del feminismo su causa, deberá invertir el mismo esfuerzo intelectual que invirtió para remecer la educación en 2011. Y para el Frente Amplio, el desafío será pasar del bromance Boric – Jackson a una nueva camada de políticas e intelectuales que asuman la primera línea.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/24/columna-cristobal-bellolio-2011-feminista/

LA REACCIÓN JACOBINA

mayo 22, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 17 de mayo de 2018)

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Silenciar la expresión de una opinión, pensaba el más grande los liberales, es como robar a la humanidad. Es hurtarle algo a la generación actual y a la posterior, a quienes apoyan dicha opinión pero también a quienes disienten de ella. Pues si se trata de una opinión acertada, proseguía Stuart Mill, nos veremos privados de una oportunidad para salir del error y conocer la verdad. En tanto, si se tratase de una opinión equivocada, nos veríamos privados “de ese inmenso beneficio que consiste en una más clara percepción, en una más vivida impresión de la verdad, como consecuencia de la confrontación de ésta con el error”.

El amor de Stuart Mill por la libertad de expresión tenía una justificación utilitaria. Algo se pierde cuando las opiniones minoritarias -políticamente incorrectas, diríamos hoy- no pueden desplegarse en la discusión pública. Por eso no es buena idea silenciar a nuestros provocadores, ya sea usando la coerción legal o la presión social para que pierdan sus puestos de trabajo. En este contexto, hay un patrón entre lo que pasó con Rafael Gumucio -quien sostuvo que las tomas feministas eran básicamente elitistas y se le vino encima una campaña para removerlo de su posición académica en una universidad santiaguina-, Pablo Andrade -el (ex)director del Museo Histórico Nacional, a quien se le pidió la renuncia por incluir a Pinochet en una exposición sobre la libertad- y lo que le ocurre a José Antonio Kast cada vez que pisa una casa de estudios y debe enfrentarse a una funa más o menos violenta.

Provocadores todos. Gumucio entra al complejo debate sobre los contenidos del feminismo contemporáneo. No hace una observación particularmente nueva. Como describe Margaret Walters en su introducción al feminismo, el movimiento se ha encontrado varias veces con la crítica de que se trata de una revuelta de sectores educados de las capas medias y altas. Probablemente Gumucio no está al día en la literatura sobre interseccionalidad, pero sus comentarios sirven para que las intelectuales feministas nos eduquen al respecto. La exposición donde aparece Pinochet también es una provocación, pero una provocación intelectual sobre los usos de un concepto polisémico y esencialmente controvertido, tomando la expresión que acuñó W. B. Gallie. A lo largo de la historia -global y local- la libertad se ha entendido de distintas maneras y -al menos metodológicamente- es posible reflexionar sobre dichos usos sin comprometerse con su normatividad. Es decir, es posible analizar la manera en la cual la dictadura se sirvió del concepto sin celebrarla ni equipararla a las experiencias democráticas. Finalmente, Kast no hace más que representar el sentimiento del promedio del derechista chileno. Ni más ni menos. Que algunos grupos de la derecha estén virando ligeramente hacia posiciones más liberales lo hace parecer extremista, pero sus opiniones habrían sido la ortodoxia del sector hace apenas un par de lustros. No es cierto que sea un negacionista en el sentido problemático del término ni que ande por la vida incitando el odio. Tuve la oportunidad de entrevistarlo recientemente y busqué con sincero ahínco la evidencia que pudiera descalificarlo del debate civilizado. No la encontré.

Provocadores han existido siempre. Lo que define a nuestros tiempos es la reacción jacobina que suscitan. Evidentemente, los provocadores no tienen derecho a inmunidad. Deben someterse al tribunal de opinión pública y tenemos el derecho a barrer con sus ideas. Pero se cruza una delicada línea cuando negamos el derecho de opiniones provocadoras o impopulares a participar del debate y los situamos fuera de los márgenes de la convivencia democrática. Muchas veces lo hacemos espasmódicamente, sin mediar reflexión crítica sobre los méritos del argumento o empatía respecto del lugar donde se producen dichas opiniones, como si indignarse fuera una obligación moral y ofenderse un deber ciudadano. En ese sentido, no deja de ser una paradoja que la generación que goza de mejores perspectivas en materia de derechos en la historia sea tan proclive a sentirse vulnerada y violentada. Como si no hubiese nada que aprender de una opinión distinta, por último para refinar los argumentos que sirven para rebatirla. Como si fuese imperdonable que alguien no piense como uno. Como si necesitáramos la seguridad de que existen los malos para vivir con la certeza de que nosotros somos los buenos.

El problema de la reacción jacobina es que infunde un temor que silencia a los provocadores. En ciertos espacios, ése es el precio social que hay que pagar por navegar contra la corriente. Lo que resulta preocupante es que la autocensura se imponga en los lugares donde la provocación sirve de combustible para el pensamiento crítico, como museos y universidades. Estas instituciones no están para cobijar certezas sino para inspirar dudas y cuestionamientos. Es difícil llevar a cabo esa misión en un debate cercenado porque las opiniones que discrepan de la vanguardia del progreso han sido desterradas del ámbito de lo civilizado, de lo legítimamente discutible. Y en un debate cercenado perdemos todos, diría Stuart Mill.

Enamorarse de una teoría del progreso social tiene consecuencias: cuando no avanzamos al ritmo esperado, nos invade la frustración y nos baja la tentación de guillotinar reaccionarios. Quizás así se explique la ansiedad jacobina por bajar el umbral de tolerancia respecto de las opiniones admisibles en una sociedad pluralista. Quizás yo esté equivocado y ahora vengan por mí.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/19/columna-cristobal-bellolio-la-reaccion-jacobina/

DE PRINCIPITO A PRÍNCIPE

mayo 19, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 11 de mayo de 2018)

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Las redes sociales no se resistieron a la tentación de columpiar al senador Allamand por haber escogido El Principito como su obra favorita de la literatura en el Día Internacional del Libro. Tampoco pasó colado que el propio Presidente Piñera citara a su autor, Antoine de Saint Exupéry, en su columna conmemorativa. Piñera también es un declarado admirador del Principito. Uno podría esperar que políticos de fuste como los descritos tuvieran coordenadas culturales más complejas que las que entrega un libro para niños, pero se entiende que no están buscando posar de intelectuales sino conectarse con las masas. Espero.

Un libro menos simpático, pero mucho más útil para Piñera es El Príncipe de Maquiavelo. Aunque a estas alturas ya se ha convertido en otro lugar común, sus enseñanzas son más pertinentes para el ejercicio del poder. Maquiavelo, a diferencia de Saint Exupéry, no goza de buena prensa. No me imagino a Sebastián Piñera -y prácticamente a ningún político profesional- subiendo una selfie con El Príncipe. El beaterío lo crucificaría. Saint Exupéry es básico pero inofensivo.

A estas alturas, Piñera no necesita aprender mucho de El Príncipe. En muchos sentidos, se mueve instintivamente como él. Dos son las lecciones fundamentales de Maquiavelo: primero, el poder es la medida de todo. Si se pierde, lo que se hizo estuvo mal. Si se adquiere y se conserva, lo que se hizo estuvo bien. No hay un criterio moral independiente. Se dice que Maquiavelo inaugura la ciencia empírica de la política porque la emancipa del marco ético judeocristiano imperante. En este contexto, Piñera entiende que los gobiernos son juzgados por sus resultados y no por sus intenciones. Son los triunfadores los que escriben la historia.

Ligada a la anterior, la segunda enseñanza es que gobernar es un ejercicio de adaptación a la contingencia que consiste en aprovechar oportunidades y esquivar trampas y tormentas. Gobernar no es educar ni producir, como pensaban los radicales. Gobernar es navegar, diría Maquiavelo. Cada día tiene su afán y el gobernante que no es lo suficientemente plástico aprende antes a fracasar que a triunfar. La ideología es un marco de referencia amplio, pero el Príncipe no puede darse el lujo de ser dogmático. Esa plasticidad incluye, en el esquema maquiaveliano, la capacidad de transgredir códigos morales tradicionales: la capacidad de ser no-bueno. A los gobernantes se les permite más que al ciudadano común. Desde Maquiavelo en adelante, muchos se han preguntado si acaso ensuciarse las manos no es consustancial al ejercicio del poder.

Lo importante, insiste El Príncipe, es guardar las apariencias: “que cuando se le vea y se le oiga, parezca todo compasión, todo lealtad, todo integridad, todo humanidad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria que debe aparentar poseer que esta última cualidad”. Esto lo entendió bien Julio César, como relata Thornton Wilder en su novela epistolar “Los Idus de Marzo”. César nunca creyó en las supersticiones de su tiempo, pero les seguía el juego para contentar al vulgo. Esta puede puede ser una manera de interpretar los constantes despliegues de piedad pública del presidente Piñera. A muchos sinceros creyentes les parece del mal gusto. Pero tienen un propósito político legítimamente maquiaveliano.

Piñera también disfrutaría releyendo el pasaje de El Príncipe que recomienda “animar a los ciudadanos para que puedan ejercer tranquilamente sus actividades, ya sea en el comercio, en la agricultura o en cualquier otra actividad de los hombres; y que nadie tema mejorar sus posesiones por miedo a que se las arrebaten ni abrir un negocio por miedo a los impuestos”. La primera parte es coherente con su promesa de avivar los fuegos de la economía doméstica. La segunda es consistente con el diagnóstico de Carlos Peña: Piñera interpretó mejor que sus rivales la aspiración de las capas de media por mejorar su estatus social a través del acceso diferenciado a ciertos bienes y servicios.

Debo también reconocer que Piñera puso en práctica lo que enseña Maquiavelo respecto de sus consejeros: “si ves que piensa más en sí mismo que en ti y que en todas sus acciones busca su beneficio, entonces jamás será un buen ministro y jamás podrás fiarte de él”. Lo señalo con cierto dolor, porque tuve el privilegio de trabajar para Sebastián Piñera en mi tierna juventud. Después de un año a su lado decidió prescindir de mis servicios al atisbar algo así como una agenda personal de mi parte. No le guardo ningún rencor: según Maquiavelo, hizo lo correcto.

Durante su primer gobierno, se dijo que Piñera quería parecerse a Bachelet y ser “querido” por los chilenos. Nada como el amor del pueblo. Aquí, la recomendación maquiaveliana discurre en el sentido inverso: los gobernantes deben ser temidos antes que amados, pues los hombres aman según su voluble y acomodaticia voluntad, pero temen según la voluntad del Príncipe. Y siempre hay que optar por lo que depende de uno mismo y no de otros. Si aun cobija esa esperanza, Piñera debiese entonces abandonarla.

Vende mejor -guarda las apariencias- citar los insípidos clichés de Saint Exupéry. Pero para gobernar es mejor hacerse adultos y pasar del Principito al Príncipe.

Link: http://www.capital.cl/de-principito-a-principe/

PARA QUÉ LO INVITAN SI SABEN COMO SE PONE

mayo 14, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 10 de mayo de 2018)

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Las visitas de Mario Vargas Llosa a Chile están resultando un dolor de cabeza para la derecha chilena. Pero lo siguen invitando. Hace algunos meses sugirió que aquellos sectores conservadores que se oponían a legalizar el aborto representaban una derecha “cavernaria”. Nadie le contó que prácticamente todos los parlamentarios de la coalición de Sebastián Piñera -a quien vino a apoyar – estaban a favor de continuar criminalizando la interrupción del embarazo aun en los casos más extremos y vejatorios para las mujeres. Esta vez, Vargas Llosa señaló que no había dictaduras buenas, golpeando la creencia extendida en la derecha local de que la de Augusto Pinochet fue bastante decente. O menos mala, como lo fraseó su entrevistador, el director ejecutivo de la Fundación para el Progreso, Axel Káiser. Es decir, primero Vargas Llosa desnudó a la derecha en su integrismo moral y luego la denunció en su autoritarismo político. ¿Para qué lo invitan si saben cómo se pone?

En el papel, la idea de apropiarse de una figura como Vargas Llosa es clever. A la derecha no le sobran los referentes intelectuales de escala mundial. Si bien es cierto que el Nóbel peruano no ha destacado en tanto filósofo político –“La Llamada de la Tribu”, su último libro, es un repaso por sus influencias y no una contribución original ni especialmente sofisticada al pensamiento liberal-, su intensa biografía y su riquísimo palmarés literario lo transforman en una autoridad moral prácticamente indiscutida a lo largo y ancho del espectro ideológico. Es muy posible, sin embargo, que Vargas Llosa le quede grande a la derecha que lo busca cooptar con insistencia.

La mentada conferencia donde Vargas Llosa no aceptó la pregunta de su entrevistador – material inexhaustible de memes- se titulaba “Qué es ser liberal”. ¿Por qué hablo entonces de una derecha herida en sus convicciones? Porque -y en eso Axel Káiser no se equivoca- gran parte del auditorio que los escuchaba piensa genuinamente que es mucho peor vivir bajo la tiranía de Maduro en Venezuela que bajo Pinochet en su época. La inmensa mayoría de los invitados a su conferencia en el hotel W pertenece a círculos políticos y empresariales de derecha, a secas. Algo de fauna liberal había: liberales Burkeanos y uno que otro libertario Rothbariano. Es decir, el tipo de liberales que siempre vota por la derecha porque lo más importante, a fin de cuentas, es la protección de la vida, la libertad y la propiedad. Por eso muchos se hacen llamar clásicos: ésos son los postulados que estableció Locke en el siglo XVII. En cambio, hay pocos liberales plebeyos o frenteamplistas en esa base de datos. El convite no fue en la Fundación Balmaceda. Es entendible: quien pone la plata pone la música. Si Von Mises trató a sus compañeros de sociedad Mont Pelerin de socialistas, sería raro que no lo fueran los liberales de cuño igualitario ante los ojos del anfitrión Nicolás Ibáñez.

Que Káiser haya sido el elegido para conversar con el peruano revela la intención de la iniciativa: la idea era que Vargas Llosa denunciara la miseria del socialismo y repasara a los populismos latinoamericanos. Es decir, que reafirmara a la audiencia en sus convicciones. Káiser es un personaje más complejo de lo que parece. Suele tomar distancia de la derecha confesional -ni siquiera es católico- y probablemente siga a Milton Friedman en la legalización de las drogas. Pero su tema predilecto es cuestionar la moralidad de la redistribución y eso lo pone indefectiblemente en el bando de la derecha. En ese sentido, lo que pueda decir Vargas Llosa no es muy interesante. Hoy, las amenazas más latentes al liberalismo no las presenta tanto la extrema izquierda sino la extrema derecha. La tribu cuyo llamado hay que resistir, diría Vargas Llosa, es nativista y antiglobalización. En Europa, al menos, el problema urgente es el renacer del nacionalismo filo-fascista. El antagonismo que viene no es entre socialdemocracia y liberalismo; es entre demócratas radicales antiliberales que no quieren obstáculos para la voz del pueblo y liberales que insisten en la importancia de pesos y contrapesos, derechos de las minorías y libertades básicas que no pueden ser conculcadas ni aun a pretexto de beneficio colectivo. Es lo que describen en sus libros Mark Lilla, Edward Luce y Yascha Monk: la democracia liberal está en riesgo. En este cuadro, para el liberalismo es más peligroso el relato de José Antonio Kast que la reforma tributaria de Michelle Bachelet.

Y en esto tiene razón nuevamente Káiser: en línea con Hayek, algunos liberales sí han creído que es mejor una dictadura liberal que una democracia iliberal. En más de una ocasión, Vargas Llosa se ha dado el lujo de corregir a Hayek: no se puede ser liberal sin ser a la vez demócrata. Como relata Edmund Fawcett en su colosal biografía del pensamiento liberal, ése no fue un matrimonio fácil. Finalmente, ambos tuvieron que ceder: liberales aceptaron que el poder radica en la mayoría y demócratas concedieron que había ciertas esferas de la vida que quedaban fuera del control colectivo. Ha sido un matrimonio históricamente exitoso. Hoy vive días difíciles en Caracas pero también en Ankara, Moscú, Varsovia y Budapest. Por no decir Washington.

Pero la derecha chilena no está para esas sutilezas. Más de alguno de los asistentes a la conferencia de Vargas Llosa votó por José Antonio Kast. Más de alguno de los parlamentarios oficialistas con quienes se reunió estarían a favor de las leyes que promueve el gobierno populista-conservador polaco. Habría sido como mucho seguir incomodando a los anfitriones. Pero quizás la tercera sea la vencida y Mario Vargas Llosa aprenda finalmente a comportase donde lo invitan.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/11/columna-cristobal-bellolio-lo-invitan-saben-se-pone/

MATAPASIONES

mayo 9, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 3 de mayo de 2018)

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Soledad Alvear y Gutenberg Martínez renuncian a la Democracia Cristiana, partido en el cual militaron por cincuenta años. Dicen que se van para construir un nuevo referente que sea capaz de transmitir de mejor manera los principios del humanismo cristiano. Probablemente, la renuncia también tenga que ver con que perdieron el control interno. Pero esta columna ve caras y no corazones. La pregunta es si acaso un proyecto como el que trama el tándem Alvear – Martínez tiene futuro en el Chile actual. La respuesta no es auspiciosa.

Que la Democracia Cristiana es un partido en franco declive no es un misterio. La evidencia señala que ha perdido un millón de votos en algunos lustros y que su influencia se ha debilitado dramáticamente en el mundo de la centroizquierda. El problema electoral, sin embargo, es un síntoma. Hay dos hipótesis que explican mejor la enfermedad que aqueja a la otrora poderosa DC. La primera es ideológica: la Falange de Frei Montalva y compañía irrumpe a mediados del siglo pasado como alternativa socialcristiana reformista al programa revolucionario del marxismo ateo, por el lado izquierdo, y al programa conservador aliado del “capitalismo salvaje”, por la derecha. En ese escenario, la DC encontró un nicho ecológico que le permitió crecer y desplegarse hasta transformarse en el partido más grande de Chile. La interrogante es si acaso dicho nicho ecológico sigue existiendo. El socialismo se democratizó y a la derecha le empezaron a importar los pobres. La lógica normativa de los tiempos gira en torno a discursos de autonomía y derechos individuales. El debate liberal – comunitario terminó en los ochenta. ¿Qué aporte distintivo puede hacer la filosofía de Maritain en el Chile del año 2018? No es una pregunta sarcástica: es fundamental contestarla.

La segunda es generacional. Los militantes que se emocionaron hasta las lágrimas con la Marcha de Patria Joven en los sesenta van camino al cementerio. Este no es un problema de conducción política: es el ciclo de la vida. La DC es un partido viejo y, principalmente, de viejos. Todavía le queda suficiente stock. El drama es que no tiene mucho flujo. Confesarse democratacristiano a los veinte años es casi matapasiones. Los partidos sin cantera pueden sobrevivir un buen tiempo, pero el futuro no les pertenece. Los mejores socialcristianos de mi cohorte ya partieron buscando puertos que representen mejor la experiencia histórica de su generación. Algunos se fueron a Revolución Democrática (a fin, de cuentas, en su vivencia cultural ya se difuminó la línea divisoria entre humanistas cristianos y humanistas laicos), otros podrían sentirse interpretados por el socialcristianismo que se anida en Renovación Nacional –una frecuencia ideológica que interpreta sinceramente a su nuevo timonel Mario Desbordes. Justamente por RN acaba de fichar el diputado Diego Schalpern, fundador del colectivo universitario Solidaridad, lo más parecido a una nueva Falange en la UC. Otros tantos se encuentran en estado de absoluta desorientación: no es posible quedarse en un barco que se hunde, no es moralmente permitido girar a la derecha, y no es digno rogarles a los hermanos chicos un espacio en sus nuevos referentes.

Si todo esto ya es problemático dentro de la DC, no queda claro en qué sentido estos obstáculos tienen solución fuera de ella. Si la primera hipótesis es correcta, entonces el discurso comunitarista socialcristiano enfrentará las mismas dificultades. Si la segunda hipótesis es correcta, entonces el proyecto al que invita el Gute es igualmente matapasiones para las nuevas generaciones. Leyendo estos contratiempos, Martínez anticipa que el liderazgo del nuevo movimiento lo deben tomar los jóvenes. Llega diez años tarde. Eso era lo que había que hacer pre-MEO. Después del 2011, especialmente, las lealtades e identidades políticas de la nueva generación quedaron más o menos fijadas -tal como antes habían quedado fijadas en 1988 o en 1973- y la tribu Gutista ya no empalmó con este clivaje. El barco de la renovación zarpó y los dejó abajo.

Gutenberg Martínez compara su renuncia a la mítica secesión del Partido Conservador que dio origen a la Falange en los años treinta. Tiene un punto: muchos partidos nacen de la costilla de uno anterior. La diferencia es que aquella renuncia la protagonizan jóvenes con toda la energía y la vida por delante para construir un partido desde sus cimientos: Eduardo Frei Montalva, Rafael Agustín Gumucio, Radomiro Tomic, Edmundo Pérez Zujovic, Manuel Antonio Garretón, entre otros. Lo de Alvear y Martínez, en cambio, se parece mucho más a la salida de Fernando Flores y Jorge Schaulsohn del PPD: dirigentes históricos, pero con escaso poder de convocatoria para imprimirle fuerza a un nuevo animal partidario. El Gute piensa en una nueva Falange. Lo más probable es que termine en otro ChilePrimero.

Quizás Gutenberg Martínez tenga razón y sea hora de abandonar un barco que se hunde. Pero las balsas de salvataje no llegarán muy lejos con las condiciones climático-ideológicas del país y una tripulación que apenas se puede los remos.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/06/columna-cristobal-bellolio-matapasiones/

LA CIENCIA COMO ARGUMENTO POLÍTICO

mayo 4, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 27 de abril de 2018)

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Cinco veces repitió Sebastián Piñera el concepto de evidencia científica al articular la posición de su gobierno en materia de identidad de género. Para que no queda duda respecto del soporte epistémico del proyecto. Para que su propuesta no se confundiera con una “ideología”, como usualmente argumentan sus opositores. No es una señal menor, viniendo de un presidente que invoca regularmente a Dios y en algunas materias descansa en el pensamiento mágico (“Sólo Él tiene el poder para dar la vida y quitarla”).

Lo interesante es que los detractores de la controvertida LIG también dicen tener a la ciencia de su lado. Una defensora del llamado Bus de la Libertad que recorrió las calles de Santiago distinguía entre ideología como “pensamiento humano”, por una parte, y “algo que sea empírico, real, biológicamente comprobable”, por la otra. La diferencia central radica en que lo primero es un constructo cultural -y como tal puede cambiar por la vía de la convención social- y lo segundo no depende de nuestra voluntad -pues está inscrito en el hardware de la especie. De ahí la vilipendiada cuña de Ezzati: las cosas no dejan de ser lo que son porque le llamemos de otra manera. De ahí también la respuesta que dio un escudero de José Antonio Kast cuando le preguntaron por Daniela Vega: “es un hombre, háganle un examen de ADN”. Es probable que varios en el campo conservador estén equivocados respecto de lo que señala la ciencia sobre disforias de género. Pero ése no es el punto de esta columna. Lo que quiero poner de relieve es que incluso los movimientos de inspiración religiosa entienden que no es lo mismo argumentar desde la fe que desde la ciencia. En resumen, todos los sectores invocan la evidencia científica como si la ciencia fuera un tribunal de máxima instancia para adjudicar controversias políticas.

El posmodernismo no ha logrado derribar a la ciencia de su sitial de prestigio epistémico en la discusión pública. La filósofa Mary Midgley advierte que “científico” continúa siendo un adjetivo honorífico. Tal como lo expresa el crítico cultural George Levine, “demuestre que una idea es científica, vista a un actor como médico en un anuncio televisivo y sus afirmaciones ya tienen peso”. Una amiga que vive en California me cuenta que visita una clínica de medicina oriental alternativa pero que le tranquiliza que el facultativo tratante se vista a la usanza de los doctores occidentales. Ya lo decía Michelle Bachelet: el delantal blanco es grito y plata. Otra filósofa de la ciencia, Susan Haack, concluye que “científico” se ha convertido en un término multiuso que implica que algo es confiable y bueno. No es de extrañar, agrega, que los psicólogos, sociólogos y economistas sean tan celosos al insistir en su derecho al título. El más influyente pensador liberal del siglo XX incluyó los indisputables métodos y conclusiones de la ciencia dentro de su conceptualización de razón pública. A diferencia de lo que ocurre con los argumentos religiosos, sugería Rawls, ofrecer argumentos que reflejan el consenso científico es una manera de tratar a los conciudadanos en forma respetuosa. En síntesis, al menos en las democracias liberales, se presume que la ciencia es un generador de conocimiento universal y accesible -al menos en teoría- a todos los ciudadanos sin importar sus particularidades culturales.

Sin embargo, el peso que asignamos a los argumentos científicos puede tentarnos a creer que los debates políticos se resuelven identificando de qué lado está la ciencia. Es una tentación peligrosa, advertía Hannah Arendt: los hechos objetivos, los datos empíricos y las leyes de la ciencia, son despóticos y coercitivos en la medida que se imponen a contrapelo de la deliberación democrática. Las opiniones subjetivas siempre pueden ser discutidas, rechazadas o incluso transigidas. Pero las verdades científicas poseen una obstinación exasperante que, si no queremos aceptarlas, sólo nos dejan espacio a la negación o la mentira. La ciencia y la política viven en tensión porque la primera exige perentoriamente ser reconocida y eso precluye el debate, advertía Arendt, y el debate es la esencia misma de la política.

Sin duda es positivo que nuestra legislación y políticas públicas cuenten con evidencia que valide su conveniencia. Hay que celebrar que Piñera piense en la ciencia y no en su amigo imaginario a la hora de articular la posición del gobierno. Sin embargo, hay que tener cuidado de introducir argumentos científicos como si éstos tuvieran la capacidad autosuficiente de determinar el resultado de debates políticos cuya esencia es normativa. La ciencia es un insumo. Es un insumo especialmente respetable, pero un insumo a fin de cuentas. Las decisiones políticas se toman considerando todos los insumos disponibles.

En ese sentido, la metodología de Piñera es la correcta: al incluir el criterio de los padres en los casos de adolescentes transgénero, entiende que el veredicto de la ciencia no es la única variable sobre la mesa. Lo mismo ocurre, por ejemplo, respecto de las recomendaciones que hacen los expertos para mitigar los efectos del cambio climático: una cosa es aceptar los insumos de la ciencia -que el cambio climático es real y que es principalmente causado por la especie humana- y otra cosa es pretender que los meteorólogos dicten la política pública. La ciencia bien puede constituir una epistemología pública, pero la última palabra la tiene la deliberación democrática.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/04/26/149779/la-ciencia-como-argumento-politico/

TOD@S ÍBAMOS A SER CAMILA

abril 30, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 26 de abril de 2018)

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No hay generación de dirigentes universitarios que no quiera inscribir su nombre en la historia, que no quiera convertirse en un héroe de la calle, que no quiera dejar su marca en la trayectoria del movimiento estudiantil, que no quiera correr la frontera de lo posible. No hay dirigente universitario, en este sentido, que no quiera vivir lo que vivieron Camila Vallejo o Giorgio Jackson.

Sin embargo, no todos pueden ser Camila o Giorgio. Las condiciones que se dieron en 2011 no se repiten todos los años. Una cosa es la voluntad de los nuevos dirigentes y su convicción en torno a la justicia de su causa. Otra cosa es que concurran todos los ingredientes del cóctel explosivo que amargó el primer gobierno de Sebastián Piñera, cuando la gran mayoría de la ciudadanía se sumó con entusiasmo a las demandas de los estudiantes movilizados. O como ocurrió en la revolución pingüina de 2006, cuando hasta las señoras empingorotadas tocaban la bocina en sus Subaru Outback para manifestar su apoyo. Tener a los estudiantes marchando en la Alameda es el desde. Los movimientos sociales que ponen entre las cuerdas a los gobiernos necesitan más que eso.

La pregunta que viene a continuación es si acaso dichas condiciones podrían repetirse durante el segundo mandato de Piñera. Y la respuesta es: difícil. Muy difícil. Esto no tiene que ver necesariamente con la calidad de los nuevos dirigentes. Si bien es cierto que las cualidades personales de Camila y Giorgio fueron fundamentales para el atractivo del movimiento del 2011, lo que conspira contra la posibilidad de una renovada efervescencia social en torno al tema de la educación es que la mayoría de la población percibe que las demandas de ese mundo ya están siendo procesadas por el sistema político.

Aunque parcial, la gratuidad en la educación superior es una realidad. Hace una década, lo más osado que proponía la izquierda universitaria era arancel diferenciado. En efecto, la generación del 2011 corrió la frontera ideológica de lo posible. En materia de educación particular subvencionada, lograron que Bachelet derribara el lucro, la selección y el copago. De yapa, el viejo anhelo de la desmunicipalización. En esto tiene razón el ministro Gerardo Varela: en lo grueso, los jóvenes ya ganaron. Lo confirmó Piñera: la gratuidad llegó para quedarse y la ley de inclusión no será modificada en lo sustantivo. Al año 2018, quedan muchos otros grupos de la población que aún no ganan: los viejos con malas pensiones, los enfermos en listas de espera y las víctimas de la delincuencia, por nombrar sólo algunos. Sería raro que la ciudadanía se sumara con renovada efervescencia a una agenda que considera más o menos satisfecha, existiendo otras prioridades tan evidentes.

En este contexto, es plenamente entendible que los estudiantes exageren con histeria contratiempos menores como el fallo del Tribunal Constitucional -sobre un artículo que no es tan importante si se mira la película completa- o los exabruptos verbales del propio Varela sobre las virtudes sexuales de sus hijos. Necesitan que la opinión pública los penalice con la misma severidad para construir sentido de urgencia política. Necesitan ponerle todo el color del mundo para que la ciudadanía se ponga nuevamente en pie de guerra contra la derecha. Es dudoso que lo logren.

Salvo, por cierto, que el gobierno de Piñera ponga su ineptitud estratégica al servicio de la causa. Las salidas de libreto de los ministros son problemáticas, pero curiosamente le estaban haciendo un favor al presidente: en el contraste con el error, la figura de Piñera crece. En vez de piñericosas se comenzó a hablar de las varelicosas. Hasta que designa a su propio hermano como embajador en Argentina -una imbecilidad política que no admite eufemismos suavizantes. Si durante el primer gobierno la oposición se dio un festín apuntando los diversos conflictos de interés del primer mandatario y su gabinete, esta vez no les ha costado mucho instalar la narrativa de una derecha nepotista. Aunque esto no tiene que ver directamente con los estudiantes, les sirve para subir la temperatura anti-oficialista. En resumen, las posibilidades del movimiento estudiantil son proporcionales a las provocaciones del gobierno. Si los dardos se concentran en Varela, no es el acabose. Varela es un amortiguador y un fusible. Si el amortiguador se gasta, se busca otro. Lo que el gobierno debe evitar es que Piñera cometa torpezas que le aviven la cueca a una nueva camada de dirigentes que está esperando una ventana de oportunidad para ser protagonista. Porque ésa es la expectativa del dirigente estudiantil: vivir, aunque sea un poco, eso que vivieron Camila y Giorgio una mañana de agosto bajo los paraguas.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/28/columna-cristobal-bellolio-tods-ibamos-camila/

EL DENG XIAOPING CHILENO

abril 26, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 19 de abril de 2018)

Corría la campaña presidencial de 1999 y el candidato Joaquín Lavín decía que no le importaba si las ideas eran de izquierda o de derecha en la medida que funcionaran bien. Imposible no compararlo con el pragmatismo del líder que gobernó China desde 1978 a 1989. Lavín y Deng Xiaoping coinciden en que da lo mismo el color del gato, lo relevante es que cace ratones. En su momento, el conservadurismo -que miraba con horror como Lavín firmaba piernas en San Camilo- pensó que se trataba de una estrategia para conseguir el poder. Había que desideologizar el debate para no sufrir más derrotas a manos de una izquierda que se manejaba mejor en ese terreno. La esperanza era que Lavín se comportara como un gobernante genuinamente de derecha una vez en La Moneda. El resto de la historia es conocida: Lavín se desinfló y Piñera se metió por los palos. Hoy, los nuevos intelectuales de la derecha -esos que dicen dar la batalla de las ideas desde fundaciones y centros de estudios- juzgan con dureza la escasa densidad del “cosismo”, como llegó a ser conocida la propuesta lavinista.

Sin embargo, ahí está Lavín: sonriendo con el candor de Milhouse Mussolini Van Houten y gozando de estupenda salud política. Según los números que arrojó una reciente encuesta, el alcalde de Las Condes es el político mejor evaluado del momento. Lavín revive con el frenetismo ejecutivo de la función edilicia. Lo pasó mal en el gabinete. Duró poco en educación. Su gestión en esa cartera fue testimonio de la incapacidad del primer gobierno de Piñera para conectarse con la frecuencia política del desafío que planteaban los estudiantes. Esas movilizaciones, por si fuera poco, parieron una nueva generación dorada para la izquierda chilena. Lavín fue entonces reciclado en el Ministerio de Desarrollo Social, donde pasó sin pena ni gloria. En 2013, cuando a la coalición de gobierno se le empezaron a fundir los candidatos presidenciales, nadie pensó en Lavín. Hasta Evelyn Matthei venía antes en la línea de sucesión. En 2016 tuvo que dejarle el paso a Felipe Alessandri en Santiago. Y se recluyó en su viejo elemento: la comuna-ciudad que lo vio brillar en los noventa. Usa drones para ver lo que está pasando y navega en redes sociales conversando con los vecinos. Fue a comerse un panqueque con una tuitera. Lo disfruta tanto que llega a doler. Lo que parecía ser un premio termal a la trayectoria para coronar su carrera, se está convirtiendo en un pasaje de regreso a la competencia.

Su resurrección política revuelve el gallinero con miras al codiciado segundo período que la derecha espera obtener después de Piñera. Es una mala noticia para Felipe Kast. El pragmatismo de Lavín se extiende a la dimensión moral-cultural. Si hay que liberalizarse, Lavín se liberaliza. A estas alturas, después de tanto camino recorrido y una vida familiar que probablemente le resultó distinta a lo pensado, uno esperaría menos dogmatismo numerario y más escepticismo hayekiano. Así, Evópoli dejaría de ser especial en la derecha. Es también una complicación para José Antonio Kast, quien necesita recuperar el corazón gremialista para dejar la marginalidad política. Lavín, en cambio, es el recuerdo vivo de los mejores momentos de la UDI. Es probable que aun conserve sus redes intactas. Es el único de la generación de los coroneles que tiene algún futuro político. JAK lo acaba de recriminar por su entusiasmo ante la inmobiliaria popular del alcalde comunista de Recoleta, Daniel Jadue. Le recordó sus tiempos de bacheletismo-aliancismo. Pero Lavín sabe que gana si la opinión pública lo percibe como un político capaz de cruzar las fronteras partidistas. Tampoco son buenas noticias para Manuel José Ossandón. Si se trata de haber administrado municipalidades, están a mano. Si se trata de derechas sociales, Lavín también tiene su narrativa. Su último round con Vitacura es pura ganancia: mientras Torrealba quiere áreas verdes, Lavín quiere viviendas sociales. Es, finalmente, un obstáculo más para Andrés Allamand. En tiempos de renovación, no hay espacio para dos veteranos. El presidente Piñera, por su parte, desearía que su delfín saliera de la exposición y el brillo que permite el gabinete.

Lavín dice que no está disponible para aventuras presidenciales. Es justamente lo que tiene que decir. Anunciar con letras de liquidación que no está interesado en nada más que en su gestión municipal. Pero si los números lo avalan, no hay espacio para hacerle el quite a la responsabilidad. Lavín está de vuelta. Con él vuelve el cosismo y la filosofía gatuna de Deng Xiaoping.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/21/deng-xiaoping-chileno/