LA CASA DE LOS ESPÍRITUS

agosto 8, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 2 de agosto de 2019)

Image result for medium espíritus

La gobernación provincial de Antofagasta acaba de facilitar una propiedad fiscal al “centro de sanación espiritual Luz y Progreso” que, según la declaración de la propia autoridad, trata a los enfermos con la ayuda de “médicos que han fallecido y que siguen trabajando en esta tierra, pero desde otra dimensión”. El comunicado detalla que estas almas (¿en pena?) tendrían “diferentes especializaciones”, las que se harían efectivas a través de la acción de una médium.

Naturalmente, la noticia despertó la indignación de las sensibilidades más racionalistas y las comunidades científicas. El senador por la zona, Alejandro, Guillier pidió incluso un informe del ministro de Bienes Nacionales, comparando las actividades del centro en comento con el tierraplanismo y el movimiento antivacunas. El gobierno provincial, por su parte, se defendió argumentando que la casa en comento estaba infestada de drogadictos y okupas. Desde ese punto de vista, la asignación sin duda mejora la situación actual. Sin embargo, se supo que había otras instituciones -como la Cruz Roja- que también habían postulado -sin éxito- a terrenos fiscales para desarrollar su labor social. La diputada RN Paulina Núñez avaló las actividades del grupo -aparentemente cristiano- Luz y Progreso, por su larga trayectoria sirviendo a la población local a través de actividades de extensión social y cultural. Pero esa no fue la razón por la cual se les asignó el inmueble, según el propio documento oficial. La discusión está circunscrita a sus métodos controversiales de sanación vía participación sobrenatural.

A primera vista, este es un clásico caso donde falla la separación entre estado e iglesia. Al aceptar la validez de las prácticas de este centro de sanación espiritual, el estado chileno estaría reconociendo la veracidad de un postulado metafísico de textura religiosa: que los muertos siguen participando de alguna manera en los asuntos terrenales. No obstante, tal como lo sugiere Guillier, estos rituales de sanación espiritual se parecen al tierraplanismo y al antivacunismo. Pero estos últimos no son fenómenos religiosos sino bastante seculares. Lo que los hace problemáticos desde el punto de vista político no es su carácter religioso o secular, sino ciertas deficiencias epistémicas: no cuentan con evidencia a su favor, no siguen el método científico, no son creencias justificadas ante estándares de razonamiento compartido, no funcionan, etcétera.En Estados Unidos, por ejemplo, los creacionistas que desafían la teoría de Darwin han intentado varias veces hacerse un espacio en los textos escolares y las clases de biología. Las cortes han fallado que, en la medida que se propone una hipótesis sobrenatural para explicar la biodiversidad, el creacionismo es religión y por tanto debe quedar fuera del currículo. Sin embargo, esta lógica parece igual de equivocada: la razón por la cual el creacionismo queda fuera del currículo no es porque invoque agencia sobrenatural sino porque es mala ciencia.

Piense en el caso de la homeopatía. En Reino Unido y Francia se ha debatido intensamente si acaso los servicios públicos de salud deben costear tratamientos y medicinas homeopáticas. Mucha gente piensa que no. Y sus razones no tienen ninguna relación con la religión, sino con que se trata de una pseudo-ciencia igual de desacreditada que la quiromancia, la numerología, la iridología o las teorías agrícolas de Lysenko en la Unión Soviética. Lo que se advierte es que sólo la ciencia occidental establecida y convencional basta como estándar justificatorio para el desembolso de recursos fiscales y como base para las políticas públicas. Ninguna medicina alternativa, por ejemplo, cumpliría esas condiciones. Los ciudadanos conservan el derecho de recurrir a ellas, pero no pueden esperar ayuda del gobierno para acceder a ellas.

Piense ahora en el siguiente ejemplo. Tenemos tres alternativas y debemos escoger una para el currículum escolar obligatorio: dos horas de educación física, dos horas de Yoga, o dos horas de plegarias. A mucha gente le parece obvio que debemos optar por lo primero. El Yoga todavía suena demasiado oriental, místico, esotérico. Sin embargo, si se hacen explícitos sus objetivos beneficios físicos y mentales, quizás estén dispuestos a reevaluar su decisión. La razón por la cual no escogerán las plegarias no tiene que ver con su carácter religioso, sino con que no son efectivas como práctica gimnástica o deportiva. Es decir, la decisión dependerá de cuál de las alternativas parece ser más efectiva para los propósitos específicos. Lo mismo ocurre con la ciencia: damos por sentada su primacía justificatoria porque casi siempre funciona.

Pero esto no resuelve el problema que se genera en sociedades pluralistas donde coexisten grupos de personas que tienen distintas ideas de lo que funciona para ellos. Esta discusión se vincula con el tipo de reconocimiento que deben (o no deben) tener los placebos y se extiende hacia las distintas nociones de efectividad que caben en medio de la diversidad cultural y cognitiva contemporánea. No basta, por tanto, decir que la casa de los espíritus de Antofagasta es una afrenta contra la ciencia. Hay que explicar por qué la ciencia goza de un lugar preferencial en la estructura de justificación en democracias donde hay gente que cree en métodos alternativos. Esa tarea, al menos desde la filosofía política, está incompleta, y se hace cada vez más urgente en un mundo donde las grandes autoridades epistémicas se han debilitado y las personas reivindican su derecho a conducirse de acuerdo con teorías que desafían el consenso científico.

Link: https://www.capital.cl/la-casa-de-los-espiritus/

NEYMAR EMOCIONAL

julio 26, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 19 de Julio de 2019)

Image result for Neymar + foul

“La víctima es el héroe de nuestro tiempo”, escribe el filósofo italiano Daniele Giglioli en su último ensayo Crítica de la víctima (Herder, 2017). Evidentemente, no es un ataque contra las víctimas reales de abusos o injusticias. Lo que Giglioni observa es que “hacerse” la víctima tiene una serie de beneficios, pues se presume automáticamente que la víctima es buena e inocente. Es decir, inmuniza ante la crítica y genera una especie de derecho al reconocimiento moral de la comunidad. Por eso, insinúa, las redes sociales están repletas de acusadores: una vez identificado el victimario, uno queda libre de toda sospecha. Es perfectamente racional, entonces, que exageremos todos los agravios. Hasta la falta más mínima se presenta como el peor de los pecados. Ya lo había notado John Locke: la razón por la cual se hace necesario un tercero imparcial para juzgar nuestras disputas es porque somos especialmente severos y desproporcionados con aquellos que nos hacen un mal, pero rara vez consideramos igual de graves los males que nosotros cometemos.

Un amigo lo definió como el síndrome del Neymar emocional. Más allá de su habilidad superlativa, el crack brasileño se hizo famoso en el último mundial por exagerar a destajo las faltas en su contra. Todavía circula el gif de Neymar rodando hasta el infinito. Algo parecido ocurre en el debate actual: ante un pequeño empellón, nos tiramos al suelo bramando de dolor y exigiendo tarjeta para el agresor. Sabemos lo feo que se pone el fútbol cuando los jugadores caen en esa práctica. El debate público no es la excepción: se pone horrible. Cuando la batalla de los argumentos se pone cuesta arriba, muchos esperan la oportunidad de agrandar una falta que les permita vestirse de víctimas y con ello inhabilitar moralmente al contradictor. El senador Jaime Quintana, por ejemplo, se pasó tres pueblos acusando al presidente Piñera de articular un “discurso de odio” por sugerir obstruccionismo por parte de la oposición. La diputada Andrea Parra acusó de misógino a su colega René Manuel García por una expresión que no tuvo la connotación sexual que prácticamente todos los medios le dieron. Valga la aclaración: el diputado García está lejos de ser santo de mi devoción, pero me parece injusto que no nos hayamos dado el trabajo de analizar de buena fe lo que quiso decir en esa ocasión (en corto, que no se le “caerían los pantalones” como quien no se deja amilanar). Para qué: una vez identificado el victimario, lo imperioso era sumarse a la camotera de las víctimas, aunque sean presuntas. Si andamos por la vida con las antorchas prendidas, siempre encontraremos a quien quemar.

Si el síndrome del Neymar emocional es común en política, lo es más aun en las universidades. En The Coddling of the American Mind, Greg Lukianoff y Jonathan Haidt sacan una extraordinaria foto del momento crítico de la educación superior en Estados Unidos. Muchas de sus observaciones se aplican también a Chile. Son tres los grandes problemas, según los autores. Primero, muchos estudiantes piensan que la universidad debe ser un “espacio seguro”, donde no se vean expuestos a ideas desafiantes o controvertidas que puedan causarles algún cuadro de ansiedad. El fenómeno de vetar invitados en los campus no es nuevo. Lo nuevo es justificar la censura en nombre de la salud mental. Sin embargo, advierten Lukianoff y Haidt, la universidad es el gimnasio intelectual ideal para aprender a enfrentar, en pequeñas dosis como las vacunas, los inquietantes fenómenos políticos que los estudiantes encontrarán fuera de sus burbujas.

En segundo lugar, muchos estudiantes se han malacostumbrado a obedecer a sus emociones, sin necesidad de pasarlas por un filtro de racionalidad crítica. Importa poco si un profesor o un compañero tuvo la intención de causar un daño o si acaso existe mérito objetivo para declararlo. Lo que importa es si acaso los estudiantes se “sienten” ofendidos o vulnerados. Es decir, todo depende de la percepción subjetiva del daño. El problema es que muchas veces nuestras emociones juzgan demasiado rápido y, de cuando en cuando, se equivocan. Sin espacio para generar esa reflexión, el umbral para la victimización es muy bajo. Un ejemplo es lo que ocurrió hace algunos meses con el candidato gremialista a la FEUC. Descontando la arista política del caso, lo más probable es que el centenar de estudiantes que abandonaron el Aula Magna abrazadas y entre lágrimas hayan experimentado una sincera sensación de angustia y vulnerabilidad. Fueron un solo cuerpo representándose como víctima. Lo único que faltó fue una evaluación racional del escenario, tomando en cuenta que se trataba de una acusación anónima en redes sociales, sin indicios serios de su culpabilidad. Las dirigentes sostuvieron incluso que no se sentían seguras a su lado en la tarima, como si el joven en comento fuera un monstruo incapaz de contenerse. Una suposición escasamente racional.

Finalmente, agregan Lukianoff y Haidt, el tercer problema es la reconfortante pero distorsionada idea de que el mundo se divide entre los buenos (nosotros) y los malos (ellos). Bajo ese marco, víctimas y victimarios están predeterminados. Ni siquiera es necesario juzgar caso a caso. Lo que hace falta, sugieren, es aplicar el principio de caridad, es decir, hacer el esfuerzo ético e intelectual por interpretar lo que la otra persona hace o dice en la mejor de sus versiones, tomando en cuenta su contexto y considerando la posibilidad de que no actúa motivado por el egoísmo mezquino o es malo del alma. A fin de cuentas, todos hemos sido malinterpretados o sacados de contexto alguna vez. Por el contrario, si no le damos el beneficio de la duda a nuestros pares, la sentencia condenatoria ya viene escrita. En ella, nosotros siempre somos las víctimas, rodando eternamente por el pasto como Neymar, pidiendo tarjeta para el rival, aunque apenas nos hayan rozado.

Link: https://www.capital.cl/neymar-emocional/

UN OSCAR PARA CHILE

julio 10, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 5 de Julio de 2019)

Image result for oscar landerretche

Las encuestas son consistentes: hoy en día, no hay liderazgos presidenciales competitivos dentro del mundo de la ex Nueva Mayoría. En preferencias espontáneas lideran los nombres de Beatriz Sánchez, Joaquín Lavín y José Antonio Kast. Más atrás, es cierto, aparece la incombustible Michelle Bachelet, el todavía senador Alejandro Guillier y el alcalde de Recoleta Daniel Jadue. Pero Bachelet ha dicho que no correrá nuevamente, y su promesa parece sincera. A diferencia de su gloriosa primera salida, esta vez quedó duramente golpeada en lo personal y en lo político. Tiene todas las de perder en un enfrentamiento con una derecha ordenada tras un candidato al alza como Lavín. Por su parte, Guillier representa el extraño caso del excandidato que queda lejísimos de la pole position después de haber llegado segundo en un balotaje. Lavín quedó bien aspectado después de su derrota con Lagos en 2000, lo mismo que Piñera tras perder con Bachelet en 2005. En ese sentido, Guillier se parece más al Frei de 2009, un candidato desechable e ideal para perder una elección que se perdería de todos modos. Jadue podría ser un buen candidato para la izquierda, pero no lo es para la vieja gran familia concertacionista. No es necesario ser anticomunista para que el discurso de Jadue parezca radical y dogmático. Su porcentaje de rechazo le pone techo, lo que suele ser problemático para ganar una presidencial, bajo la premisa que éstas se disputan en el centro político, entre los moderados, en el voto blando. En resumen, la derecha tiene toda la cara de quedarse en el poder. Esto con relativa independencia de que el presidente Piñera no termine con buenos números de aprobación. Frei Ruiz-Tagle terminó su mandato con 28% a su favor y aun así le entregó la banda a Ricardo Lagos. Bachelet cerró su primer gobierno con cifras tropicales de aprobación y no fue capaz de dejar un sucesor de su coalición en La Moneda. Los candidatos importan. Por ahora, los mejores están en la órbita de Chile Vamos.

La crisis de liderazgos presidenciales en la centroizquierda chilena coincide con la crisis ideológica y electoral del proyecto socialdemócrata en el mundo. Es discutible si acaso la Concertación fue genuinamente socialdemócrata. En la esquina autoflagelante, muchos creen que se limitó a administrar el modelo neoliberal heredado de la dictadura. Sin embargo, al menos en lo que respecta al otrora sector progresista de la coalición más exitosa de la historia de Chile (es decir, descontando a la DC), es justo decir que navegaron a tono con los tiempos de la renovación socialista, primero, y de la Tercera Vía, más tarde. Son esos proyectos, reformistas antes que revolucionarios y responsables antes que demagógicos, los que entraron en crisis, asediados por populismos en ambos extremos. Chile no es la excepción.

En este contexto, es especialmente interesante la irrupción de la opción presidencial del economista socialista Oscar Landerretche. Partamos por lo obvio: Landerretche no concita la adhesión de las masas, no recorre matinales y su porcentaje de conocimiento fuera de la elite debe ser bajísimo. Sin embargo, es capaz de motivar una reflexión ideológica y generacional muy necesaria. Landerretche pertenece a un mundo que vio como sus padres recuperaron la democracia y luego se sentó en la segunda fila de la transición. A diferencia de sus hermanos chicos del Frente Amplio, la generación concertacionista de Landerretche aprendió a respetar -demasiado- a sus mayores. Cuando el único de los suyos se atrevió, fue tratado de “Marquitos”. Muchos son viudos de Lagos, y hace rato están preguntándose si acaso les corresponde tramitar su jubilación anticipada de la vida política con apenas cincuenta años. Landerretche representa el espíritu de revancha de la Generación X, apretujada entre los Baby Boomers que se resisten a dejar el poder y los Millennials que amenazan con tomarlo sin permiso.

Pero la gracia de Landerretche no termina ahí. Por la complejidad de su pensamiento político -Landerretche tiene muchas más herramientas intelectuales que el economista estándar y muchas más variantes ideológicas que el socialista promedio-, logra conectar con distintos grupos y tradiciones. Les habla a los socialdemócratas, pero también le habla al comunitarismo que todavía reside en los alrededores de la DC, y al liberalismo igualitario que promovió la figura de Andrés Velasco y que se posiciona en el centro del espectro. Incluso, por el lado izquierdo, despierta simpatías de más de algún RD y frenteamplista razonable. Puede que esta “aventura culta”, como la llamó Alfredo Joignant, no llegue muy lejos. Pero si el panorama para el 2021 ya es difícil, quizás sea mejor perder construyendo algo que florezca eventualmente en el mediano plazo antes que seguir depositando fichas en la generación de la transición (¿Insulza?, ¿Heraldo? ¿Montes? ¿Allende?).

Mis amigos socialistas se entusiasmaron con el triunfo de Pedro Sánchez en España. Significa, dijeron, que Podemos no se comió al PSOE como se había presagiado. Les da esperanza ante el avance del Frente Amplio. Sin embargo, la victoria de Sánchez no fue fortuita. Su partido tuvo que trabajar seriamente para volver a ser una alternativa de gobierno atractiva, incluyendo importantes esfuerzos en la renovación de los elencos. No hay procesos de cambio sin sacrificios ni costos. La pregunta es si acaso un liderazgo como el de Landerretche puede contribuir a activar esos engranajes. Si lo hace, sería bueno para la centroizquierda y bueno para Chile.

Link: https://www.capital.cl/un-oscar-para-chile/

LA POLÍTICA CONTRA LA POLÍTICA

junio 27, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 21 de Junio de 2019)

Image result for numero diputados piñera

Observó bien Carlos Peña: la novedad de la segunda cuenta pública de Sebastián Piñera fue su énfasis en reformas que apuntan a modificar la institucionalidad política. La derecha, sugería el rector, suele moverse dentro de las reglas del juego, confiando que puede hacer la diferencia por la vía de la gestión. El presidente Piñera, sin embargo, le tiró los perros al poder legislativo y al poder judicial. Al primero lo amenazó con reducir la plantilla de congresistas. Al segundo le comunicó el fin de sus atribuciones en materia de nombramientos. Llamó a generar un gran acuerdo nacional para perfeccionar ciertos aspectos de nuestra democracia. Novedoso, es cierto, viniendo de un sector político que durante toda la transición insistió que las reformas políticas no estaban entre las prioridades ciudadanas ni representaban los problemas reales para la gente.

Pero, a pesar de las apariencias, Piñera usa la política para combatir la política. La idea de reducir el número de senadores y diputados no encuentra su fundamento en ninguna teoría normativa o científica muy sofisticada. Sí encuentra eco, y mucho, en la opinión pública, que suele considerar que los políticos son una manga de flojos con salarios exorbitantes e incontables prebendas. Al fijar el blanco en el supuesto exceso de congresistas, Piñera le sigue la corriente a la leyenda popular según la cual los políticos son malos. Porque son malos, justamente, es mejor tener menos que más. En vez de combatir el desprestigio de la función política profesional, el presidente lo alimenta. A los analistas les costó encontrar una razón para esta medida que no fuera sencillamente la convicción piñerista de que atacar al Congreso le puede ayudar a subir en las encuestas.

Pero hay otras hipótesis disponibles. El aumento en el número de diputados de 120 a 155 se correlaciona con la entrada en gloria y majestad del Frente Amplio al hemiciclo, que se ha opuesto a casi todas las iniciativas legislativas relevantes de La Moneda. En círculos del oficialismo se lamentan tener que lidiar con una Cámara más chúcara que las anteriores. De ahí la nostalgia por un Congreso más ordenado. Así como Pinochet se quejaba de los “señores políticos”, Piñera parece quejarse de los “jóvenes políticos”. En esta lectura, la propuesta del presidente no ataca al Congreso per se, sino al Frente Amplio, a partir de la percepción generalizada en su sector de que esta muchachada sólo contribuye a revolver el gallinero. Lo paradójico es que si bien el aumento de congresistas permitió elegir a una nutrida bancada frenteamplista, los partidos más beneficiados por el aumento de congresistas fueron precisamente los oficialistas.

Restan dos hipótesis más caritativas. La primera, sugerida por el ministro Blumel, es que los congresos más reducidos son más “eficientes” en su trabajo legislativo. Pero no hay evidencia concluyente de dicha afirmación. Los problemas del trabajo parlamentario podrían resolverse limitando el número de comisiones en las cuales cada congresista debe participar, o bien mejorando la asesoría técnica del Congreso. Por lo demás, es normal que un diputado que viene llegando se tome cierto tiempo en entender los vericuetos procedimentales y burocráticos de su labor. La elección de 2017 significó la mayor renovación del Congreso desde el retorno de la democracia, con 92 nuevas incorporaciones. Desde esta perspectiva, el problema no tiene tanto que ver con la ineficiencia de un Congreso más numeroso, sino con el hecho de que muchos congresistas están debutando. Si a La Moneda le interesa tener puros legisladores veteranos, entonces no se entiende que estén patrocinando al mismo tiempo la idea de restringir la reelección indefinida.

La segunda hipótesis caritativa, deslizada por el propio Piñera, apunta a evitar la fragmentación del sistema de partidos, en el entendido que la fragmentación redunda en un déficit de gobernabilidad. A diferencia de lo que ocurre en los sistemas mayoritarios uninominales –donde ganan las primeras mayorías-, los sistemas proporcionales por lista permiten que partidos y coaliciones minoritarias obtengan su cuota de escaños. El sistema binominal era el menos proporcional de los proporcionales. Mientras más escaños a repartir, se incentiva la formación de nuevos partidos y coaliciones. Esto representa un dolor de cabeza para los Ejecutivos obligados a negociar con distintas fuerzas políticas para llegar a acuerdos. Hasta el partido más pichiruchi puede tener la sartén por el mango.

Esta última consideración sí amerita una reflexión profunda respecto del sistema político que queremos. Hay que evitar, sin embargo, la tentación de demonizar ciertos grados razonables de fragmentación. La generación de la transición se parapetó en dos grandes coaliciones estables y Chile fue reconocido entre los politólogos por la baja volatilidad de su sistema de partidos. Pero, al mismo tiempo, cada vez más chilenos dijeron no sentirse identificados con esa oferta electoral. La aparición de nuevos contendores tanto dentro como fuera de las coaliciones tradicionales es solo el síntoma de la incapacidad que demostraron los partidos de la transición para renovarse internamente e incorporar mayor diversidad en sus cuadros dirigentes. El nuevo sistema electoral, en parte por el aumento del número de congresistas, dio cabida a algunas de esas nuevas expresiones. Achicar el Congreso es revertir el proceso hacia una menor diversidad ideológica y cultural de la representación. ¿Queremos acaso eso en un Chile cada vez más complejo?

Link: https://www.capital.cl/la-politica-contra-la-politica/

EL CATOLICISMO DE GUMUCIO

junio 12, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de junio de 2019)

Image result for por qué soy católico gumucio

En la introducción de Ateos fuera del Clóset (Debate, 2014) cuento que la idea de escribir el libro nace en una tertulia navideña donde confieso mi ateísmo como quien confiesa un crimen. “Ok, pero no es algo de lo cual puedas sentirte orgulloso”, replicó el patriarca de la familia, dolido por lo que interpretaba como una traición a mi formación católica y al colegio que nos educó. En ese entonces, antes de los escándalos de abuso sexual del clero chileno, declararse ateo era una provocación, al menos en círculos conservadores o de la elite criolla. En menos de una década, la situación es la inversa. Lo tiene claro Rafael Gumucio, acostumbrado como los buenos intelectuales a nadar contra la corriente, al publicar su ensayo Por qué soy Católico en pleno 2019. Lo que antes habría resultado una perogrullada, hoy constituye una curiosa provocación.

Pero, ¿de qué se trata el catolicismo de Gumucio? ¿es acaso una defensa de esos curas indefendibles? ¿de la sabiduría sempiterna de la iglesia apostólica y romana? ¿de las premisas metafísicas de la fe? ¿de la necesidad humana de rendirse ante el misterio de la vida? De todo esto hay poco. Gumucio destaca uno o dos curas obreros y al resto los considera un lastre. De la jerarquía vaticana y su pretensión de infalibilidad epistémica, no hay siquiera un párrafo. Tampoco se molesta en articular argumentos racionales de la existencia de dios, a la usanza tomista que todavía se enseña en la Pontificia. Y sobre el misterio, Gumucio no le da muchas vueltas y prefiere rendirse ante una versión actualizada de la apuesta pragmática de Pascal: es mejor creer que no creer, porque se pierde poco y se puede ganar mucho si el cielo efectivamente existe. A Gumucio no le importa tanto que su creencia sea o no sea Verdad, con mayúscula. Mientras sirva como antídoto contra la desesperanza y placebo contra el dolor existencial, su catolicismo resulta enteramente razonable.

Pero este catolicismo esconde también una colosal enseñanza ética. Mientras los ateos a-la-Dawkins insisten que la evolución es el mayor espectáculo sobre la Tierra, los creyentes a-la-Gumucio sostiene que la vida de Jesús es la historia más grande jamás contada. Su novedad literaria tiene menos que ver con la promesa teológica de la resurrección y mucho más con su reivindicación de los perdedores del mundo. En esta revolucionaria narrativa cristiana, advierte Gumucio, “ser pobre no solo es más sabio que ser rico, sino hay que procurar también ser nadie, paria sin ciudad, exiliado, esclavo de esclavos, perderlo todo para ganar un hipotético paraíso”. Esto ya lo había observado con claridad Nietzsche, que describió al cristianismo como una moral de esclavos. Nietzsche lamenta la inversión de valores que ocurrió en el mundo antiguo. Para los primeros romanos, relata, lo moralmente bueno estaba asociado a lo noble y aristocrático, mientras lo malo estaba asociado a lo bajo, lo abyecto, lo vulgar. Los judíos, acusa Nietzsche, dieron vuelta el tablero, glorificando a los perdedores, a los últimos, a los oprimidos. No podía ser de otra forma, viniendo de un pueblo acostumbrado a la esclavitud. Por su parte, a los poderosos de siempre se les hizo más difícil llegar al reino de los cielos que a los camellos pasar por el ojo de una aguja. Irónicamente, el judío a quien condenaron a muerte logró a través de su crucifixión la victoria final de la nueva narrativa y la derrota del viejo orden de valores. Es Jesús quien nos ofrece el relato imperecedero de cómo se puede ganar, perdiéndolo todo. Jesús de Nazareth, el mismo andrajoso que se juntaba con putas, publicanos y leprosos.

El catolicismo de Gumucio es anti-winner. Es el catolicismo de los dignos perdedores. Está destinado al éxito, confiesa sin querer, porque los perdedores siempre son más que los ganadores. Su cristianismo es democrático y solidario. Se preocupa de los desvalidos y los viejitos, los únicos que todavía van a misa un domingo de Otoño. El catolicismo de Gumucio no es para machos alfa, demasiado seguros de sí mismos. Quizás, consciente o inconscientemente, porque el autor se siente macho beta en un mundo de alfas: políticos alfa, actores alfa, periodistas alfa, mujeres alfa. Pero también es el catolicismo comunitarista, ése que entiende la filiación religiosa como pertenencia a un linaje de historias familiares. Porque el catolicismo de Gumucio no es protestante: no se vive en la individualidad, sino que se vive con aquellos que son parte de la misma historia. Con los tíos y los primos, en el almuerzo dominical, a punta de ritualidades. En ese sentido, comparte la crítica de MacIntyre y Taylor al liberalismo contemporáneo, su escasa solidaridad y su metodología depredadora.

Finalmente, aunque Gumucio sigue a Harari en considerar que el liberalismo no es más que una ficción apenas más sofisticada que el cristianismo, reconoce entre ambos raíces comunes –“le tenemos el cariño que uno le tiene a sus hijos”, dijo en la presentación del libro- y les vislumbra una alianza futura, contra el discurso puritano moralizante ha pegado fuerte en la izquierda del último tiempo. Yo no veo una alianza tan obvia. Si el cristianismo es la filosofía de los perdedores, es propicia para la cultura de la queja y la victimización que vivimos. Pero mi desacuerdo central con el catolicismo de Gumucio no es político ni literario. Ser católico, bajo su definición, es hasta romántico. Mi desacuerdo es teológico. Si Jesús no hubiese resucitado, escribió Saulo de Tarso, nuestra fe sería vana. No hay gimnasia retórica capaz, aun en la pluma de uno de los mejores narradores de su generación, de alterar la cuestión central sobre la religión cristiana: si acaso dice o no dice la verdad.

Link: https://www.capital.cl/el-catolicismo-de-gumucio/

 

LA LEY ARAVENA

mayo 30, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 24 de mayo de 2019)

Resultado de imagen para carmen gloria aravena + felipe kast + evopoli

Tan bien le fue a Felipe Kast en su postulación senatorial por la Araucanía que le alcanzó para arrastrar a su correligionaria de Evópoli y compañera de subpacto, la entonces desconocida Carmen Gloria Aravena. Mientras Kast fue primera mayoría en la circunscripción con un 18,8% de los votos, Aravena obtuvo apenas un 1,2% de las preferencias, menos que Germán Becker, Rojo Edwards, Gustavo Hasbún, Fuad Chahín, Eduardo Díaz o Aucán Huilcamán, por nombrar algunos que quedaron en carrera. En Evópoli, nadie apostaba por ella. Ni ella misma pensaba ser electa. Por lo mismo, no se chequearon muy celosamente sus posiciones políticas. Hubo cierta sorpresa cuando la flamante senadora confesó discrepar de la línea de su partido en algunas de las llamadas cuestiones “valóricas”. En simple, Aravena resultaba ser más conservadora que liberal. Hace algunas semanas, la senadora renunció a su partido. Se integrará, se ha dicho, al comité de senadores de RN. No sería raro que terminara fichando en esa tienda.

La renuncia de Carmen Gloria Aravena abre dos discusiones. La primera dice relación con el grado de consistencia ideológica interna que deben tener los partidos políticos. Obviamente, a ninguna directiva le gusta la idea de perder parlamentarios. Desde ese punto de vista, la noticia no es buena para Evópoli. Pero hay otra perspectiva: es mejor quedarse con aquellos que comparten el ideario colectivo. En este sentido, la senadora Aravena fue honesta en su proceso de reflexión: prefirió abandonar las filas de Evópoli antes que seguir produciendo ruido interno con cada discrepancia pública. La pregunta que debe contestar Evópoli es si acaso quiere ser un partido que represente ciertas convicciones liberales al interior de una coalición de derecha dominada por el pensamiento conservador, o bien quiere ser un partido donde todos quepan independiente de sus perfiles doctrinarios. Lo primero le pone límite al crecimiento, pero transmite una identidad más nítida. Lo segundo permite un ensanchamiento, aunque diluye su ADN ideológico. Sea cual sea la decisión estratégica, ambas tienen costos. La tentación es dilatarla para evitar pagar esos costos. Pero es mejor que sea una decisión deliberada y consciente antes que seguir ruborizándose por los exabruptos de militantes tipo Gonzalo de la Carrera, cuyas lealtades política están evidentemente con el proyecto de extrema derecha que lidera José Antonio Kast. ¿Puede haber doble militancia entre Acción Republicana y Evópoli? ¿Caben libertarios minarquistas en un partido que dice interesarse por la filosofía política liberal-igualitaria de Amartya Sen y Elizabeth Anderson? ¿Será Evópoli el partido joven que atrapa todo el flujo de las nuevas generaciones, sin importar si son humanistas laicos, católicos ultramontanos o pinochetistas nostálgicos? ¿Sabrá decir que no?

La segunda discusión es de justicia electoral. El problema no es, como algunos han sostenido, que algunos lleguen al Congreso con bajas votaciones. En los sistemas proporcionales, se vota por listas cuyos integrantes representan un cuerpo de ideas políticas y aspiraciones programáticas similares. Es decir, votar por un integrante de una determinada lista es votar por esas ideas y programas. No se vota estrictamente por las personas, como podría eventualmente hacerse en elecciones mayoritarias uninominales como la presidencial o la edilicia. Piense en el caso de Evópoli en la Araucanía. Su subpacto obtuvo 20%. Le corresponden, de acuerdo con la cifra repartidora, dos escaños. Le habrían correspondido los mismos dos escaños si Felipe Kast hubiese obtenido 10% y Carmen Gloria Aravena el 10% restante. Lo importante es cuántos votos obtiene la lista. Quienes alegan contra la elección de congresistas que obtienen por sí mismos una baja votación, no entienden la lógica del sistema o sencillamente se hacen. Si bastaba con un 10% de los votos para obtener un escaño, habría sido injusto, por así decirlo, que Evópoli perdiera el 10% remanente que obtuvo en la Araucanía. Piénselo así: Aravena no salió electa por su 1,2%, más bien, Evópoli se ganó dos escaños por el caudal de votación de su lista.

Precisamente por lo anterior, es injusto que Aravena se lleve la senaduría para la casa como si fuera nominal e intransferible. No es primera vez que un congresista renuncia al partido gracias al cual fue electo. El caso más bullado afectó justamente a RN, cuando una senadora y tres diputados abandonaron el barco para fundar una barcaza propia, Amplitud. A cualquiera le puede pasar. Por esto se hace imperativo legislar. Fórmulas hay varias. Una posibilidad es desincentivar la renuncia, al menos dentro de los primeros dos años desde la elección, creando una causal constitucional de cesación del cargo. En caso de verificarse la causal, a los partidos les gustaría poner en su reemplazo a una persona designada a dedo, tal como lo hizo RN y la UDI cada vez que Sebastián Piñera llamó a uno de sus senadores al gabinete en su primer gobierno. Pero hay formas más democráticas, como llenar la vacante con el candidato o candidata más votada del partido que no haya alcanzado a ser electa, por ejemplo.

Como fuere, lo que una “ley Aravena” tiene que evitar es que algunas personas usen a los partidos y sus listas como trampolín para después abandonarlos apenas iniciados sus períodos legislativos. Suena más grave cuando se trata de candidatos y candidatas que fueron arrastrados, pero, en principio, no cambia si renuncia un senador o diputado que lideró la votación de su lista. Si queremos fortalecer el sistema de partidos -vital para la salud de una democracia liberal- entonces tenemos que insistir en la importancia de la política como un proyecto colectivo que se organiza en torno a ideas y no a personas individualmente consideradas.

Link: https://www.capital.cl/la-ley-aravena/

LA JUSTICIA DE LA DESIGUALDAD

mayo 15, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 10 de mayo de 2019)

world day of social justice

El éxito de la democracia liberal como proyecto político depende en parte importante que la población perciba que las recompensas sociales se distribuyan de una forma que beneficie a todos. Si una porción relevante estima que los ganadores son siempre los mismos, el sistema pierde legitimidad. Ese es el principal riesgo de que las élites económicas no suelten la teta, parafraseando a un ex dirigente empresarial. Ahora bien, el club de los ricos bien podría replicar que todo lo que tienen lo han ganado justamente, y que son por tanto soberanos para hacer con esa riqueza lo que estimen conveniente. Muchos creen que de eso se trata el liberalismo: que la sociedad, a través del estado, se abstenga de meterse en los bolsillos de sus ciudadanos.

Es cierto que el liberalismo no aspira a la igualdad material de las personas. En cierto sentido, lo que hace el liberalismo es precisamente justificar ciertas desigualdades. Algunas serán justas y otra serán injustas. Las justas son, usualmente, aquellas que son producto de una competencia con relativa igualdad de oportunidades. Las injustas son las heredadas, las inmerecidas, las que son fruto de la suerte. Pero al liberalismo, históricamente, también le ha importado el resultado final de la distribución. Algunas de las figuras más importantes de la tradición liberal han manifestado su preferencia por economías libres, abiertas y descentralizadas en el entendido que esas economías son mejores para todos, y no solo para algunos.

Partamos por Adam Smith, nada menos que el padre de la economía clásica y del liberalismo económico. En la lectura de Smith, cada individuo participa en el intercambio de bienes y servicios persiguiendo su interés propio. Sin embargo, el resultado agregado de una multitud de agentes buscando su propio beneficio es el beneficio de la sociedad entera. De ahí la famosa idea de la mano invisible. Ya en la Teoría de los Sentimientos Morales, Smith sostiene que, a pesar del egoísmo y rapacidad de los ricos, orientado a su exclusiva conveniencia, “una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida, que habría tenido lugar si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitante, y así sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie”. Luego, en la Riqueza de las Naciones, Smith señala que los individuos no buscan el interés público ni están conscientes de cuánto lo promueven cuando buscan su propia ganancia. Sin embargo, en estos casos, los individuos “son conducidos, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte en su intención”.

Es decir, Smith entendía el liberalismo económico como un juego donde todos ganan. Si no fuese así, me atrevo a sostener, Smith no lo habría promovido. Si el resultado agregado de cada individuo persiguiendo su interés propio fuese que sólo unos pocos se benefician y la mayoría se empobrece, el modelo pierde parte importante de su atractivo normativo.

Doscientos años más tarde, John Rawls, el filósofo liberal más importante del siglo veinte, confiesa que preferiría una distribución perfectamente igualitaria de las recompensas sociales si acaso una distribución desigual no fuese más ventajosa para todos. Rawls entiende bien el rol que cumplen los incentivos en una economía. Tal como Smith, entiende que no es por la benevolencia del panadero, ni del cervecero ni del carnicero que tendremos nuestra cena esta noche. El bienestar de la sociedad, en especial de los menos aventajados, diría Rawls, se obtiene en cierto modo porque se les permite a las personas que traten de mejorar su propia situación socioeconómica. A su vez, la justicia de un sistema que admite la desigualdad pende del cumplimiento de la promesa Smithiana: que sea win-win y no suma cero.

Finalmente, los argumentos utilitaristas de Milton Friedman para preferir un sistema de mercado por sobre sus alternativas socialistas van en la misma dirección. La libertades económicas, piensa Friedman, son las principales responsables de la inédita prosperidad que ha experimentado casi todo el planeta en los últimos siglos. Todos estamos mejor gracias al capitalismo, en resumen. Los números probablemente le den la razón. Pero si la justicia del sistema descansa en la comprobación empírica de que todos ganan, entonces el sistema deja de ser justo cuando se comprueba que solo gana una fracción. Como todas las justificaciones de corte consecuencialista, hay que atender al resultado. Si el resultado no cumple con lo esperado, entonces podemos empezar a evaluar modelos alternativos.

En síntesis, siguiendo a teóricos liberales tan disímiles como Smith, Rawls y Friedman, la justicia de la desigualdad no sólo depende de la justicia del procedimiento sino también de que los resultados agregados sean beneficiosos para todos. La democracia liberal ha cumplido, hasta ahora, esa promesa. Los niveles de desarrollo material y los indicadores sociales son innegablemente mejores que los que teníamos antes del liberalismo económico. Pero no hay que perder de vista que se trata de una promesa continua. Apenas deja de cumplirse, o apenas la población percibe que el modelo no es win-win, su legitimidad se resquebraja. Parte del auge de los populismos contemporáneos se ha explicado precisamente a partir de esa variable: en los últimos años, los ricos se han hecho más ricos y las clases medias han visto su poder adquisitivo estancado. Ganan terreno las fórmulas autoritarias que prometen redistribuir las recompensas sociales liberándose de los amarres y contrapesos de la democracia liberal. Para que ésta subsista, entonces, no basta con que el estado no nos meta la mano en el bolsillo, como piensan algunos libertarios. Se requiere que la mano invisible actúe generando beneficio colectivo. La élite económica que no lo entienda, más temprano que tarde estará lamentando la pérdida de legitimidad del modelo.

Link: https://www.capital.cl/la-justicia-de-la-desigualdad/

LOS MUCHOS DILEMAS DE LA DC

mayo 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de abril de 2019)

Resultado de imagen para fuad chahin reforma tributaria

La decisión de aprobar la idea de legislar la reforma tributaria del gobierno abre una serie de interrogantes sobre el presente y futuro de la Democracia Cristiana. El primer nivel de análisis es contingente: ¿por qué dinamitar las confianzas que se estaban construyendo en la oposición? La DC insiste que su voluntad es seguir trabajando del lado de sus ex socios de la Nueva Mayoría y con el Frente Amplio, pero los hechos parecen demostrar otra cosa. La oposición tiene un problema más grave: aunque ya no crea ni lo que reza la DC, y en consecuencia sienta genuinos deseos de mandarla al carajo, no puede prescindir de ella si no quiere convertirse en minoría parlamentaria -y si no quiere perder por goleada en las inéditas elecciones regionales que vienen.

Por supuesto, es posible que los congresistas de la DC se hayan convencido de que la reforma de Piñera le hace bien a Chile. No todo es cálculo pequeño. En casi todo el espectro ideológico hay expertos que aconsejan la integración tributaria, por ejemplo. Por otro lado, la DC acaba de ser parte de un gobierno que no pasará a la historia por promover el crecimiento ni las oportunidades de negocio. Su timonel, Fuad Chahín, anuncia el voto favorable de la falange junto a un grupo de pequeños y medianos empresarios, queriendo decir que su partido no se ha olvidado de las capas medias que solía representar. La sospecha, al interior de la DC, es que Carlos Peña tenía razón y es Piñera quien mejor interpreta los anhelos de esas capas medias que experimentan el consumo como medio de afirmación de estatus.

Esto nos lleva a un segundo nivel de análisis: ¿dónde se sentiría más cómoda la DC? Parece claro que lejos del Partido Comunista. Si en algo ha sido exitoso el actual gobierno, ha sido en sacarle brillo a las diferencias políticas que convivían en la última coalición de Michelle Bachelet. Dividir para reinar. Pero no se trata sólo del PC. La crisis de pertenencia de la DC viene gatillada por una crisis de identidad: ya no sabe qué es ni para qué sirve. La DC tiene una rica biografía. Sus fundadores eran jóvenes que se escindieron del histórico Partido Conservador, atizados por indiferencia de sus padres ante la apremiante cuestión social y seducidos por la propuesta de la Iglesia Católica para hacerse cargo desde la política. En sus años mozos, en tiempos de Frei Montalva, la DC se dio un lujo que pocos partidos pueden darse: no necesitó de aliados ni coaliciones para gobernar. En un arrebato de orgullo, pensó que gobernaría cien años. Quienes recuerdan la marcha de la Patria Joven pueden dar testimonio de la potencia épica del aquel relato.

Un par de décadas más tarde, en plena madurez, la DC se transformó en el partido eje de la coalición que recuperó la democracia y encabezó uno de los mejores períodos de nuestra historia, en términos de estabilidad política, prosperidad material y paz social. Así fue, al menos, bajo los gobiernos de Aylwin y Frei Ruiz-Tagle. El ascenso de Lagos y luego de Bachelet marcaron un cambio en la correlación de fuerzas al interior de la Concertación. La influencia relativa de la DC menguó, aparejada de un progresivo deterioro electoral y un encorvamiento generacional de su militancia. Hasta que llegamos a la Nueva Mayoría y la confesión de su nuevo rol: limitarse a “hacer matices”. Como ese individuo que se aferra a su pasado glorioso y rehúsa actualizar su propia imagen, la DC se mira al espejo y ya no le gusta lo que ve. Sus carnes están flácidas. Sus músculos han perdido vigor. Su caminar es lento.

En un arranque de amor propio, lleva candidato presidencial y lista parlamentaria propia en las últimas elecciones. Para saber realmente cuantos pares son tres moscas. El resultado es peor de lo esperado. Carolina Goic llega quinta. Obtiene apenas cuatro diputados más que los debutantes de Revolución Democrática. En toda la Región Metropolitana, saca apenas uno. En esas condiciones, ¿qué más se puede pedir que “hacer matices”? De eso se aprovecha el gobierno, que pirquinea votos haciéndoles sentir importantes. Como partido bisagra, la DC puede decidir el curso de muchos proyectos. Parada en el medio de la cancha, la DC tiene el poder de inclinar la balanza hacia uno u otro lado. No es malo, por ahora, teniendo en cuenta las otras opciones: ser comparsa en una coalición de izquierda que no representa a lo que queda de su viejo electorado moderado, o integrarse a una coalición de derecha donde la primera línea todavía la ocupan los cómplices pasivos que exiliaron a sus camaradas en dictadura.

Queda, finalmente, la pregunta ideológica: ¿qué doctrina debiera encarnar la DC en el futuro? A mediados del siglo XX, las coordenadas estaban claras: la DC irrumpía como tercera vía entre el capitalismo salvaje y el marxismo ateo, la ruta reformista entre el statu quo y la revolución. Pero las condiciones ambientales han cambiado: nuestra derecha hizo suyo el discurso de justicia social y nuestra izquierda aceptó las reglas de la democracia burguesa. Ya no tiene mucho sentido, como lo hacía Aylwin, pelear contra la modernización capitalista. Para una buena parte de la población -la mayoría, quizás-, el progreso se mide en la ampliación de la autonomía individual. La insignia religiosa que alguna vez llevó con orgullo, hoy tiene menos brillo que nunca. Leyendo el escenario, Ignacio Walker propuso cambiar de nombre a Partido Demócrata de Centro. En efecto, el mundo DC puede seguir reclamando el centro. No pasa mucho en ese descampado. Ciertamente, no será un centro puramente humanista cristiano. Otras células, liberales y laicas, pululan el mismo espacio. Todas ellas enfrentan el desafío de reanimar el centro político chileno, que en la última elección murió de inanición.

Link: https://www.capital.cl/los-muchos-dilemas-de-la-dc/

MALENTENDIDOS SOBRE LA MARIHUANA

abril 22, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de abril de 2019)

Image result for weed in chile

La discusión pública sobre el estatus legal de la marihuana ha estado cruzada por malos entendidos. El principal de ellos ha sido presentar el debate como si se tratase de una competencia sobre quién tiene la mejor evidencia empírica: mientras sus promotores resaltan sus virtudes terapéuticas, sus detractores subrayan su potencial dañino. Como es natural a estas alturas, cada bando escoge los estudios que le convienen. Ninguno se percata que poner todos los huevos en la canasta de las consecuencias obligaría a cambiar de posición apenas el consenso científico sostenga que las consecuencias no son las originalmente afirmadas.

La razón que motiva, al menos la despenalización del cultivo, porte y consumo recreativo de marihuana, no descansa en sus efectos benéficos. Ni siquiera en su inocuidad. Se puede reconocer el daño que genera el consumo temprano y prolongado de cannabis, y al mismo tiempo defender la libertad de las personas adultas a consumirla. Del mismo modo que se reconoce el daño que genera el alcohol y se autoriza su venta regulada. La pregunta por el estatus legal de la marihuana es una pregunta acerca de la estructura de riesgos que los ciudadanos están dispuestos a compartir. Conducir vehículos motorizados es un riesgo. No sólo para el conductor, sino para el resto. Cada vez que salimos a la calle nos exponemos a ser arrollados por máquinas de fierro. Sin embargo, usualmente consideramos que estamos en condiciones de bancarnos ese riesgo. Lo atenuamos cuando prohibimos la conducción en estado de ebriedad. Pero no podemos eliminarlo. Así, vamos negociando la distribución de riesgos permitidos en la vida social.

Lo mismo ocurre con las sustancias que alteran parcialmente nuestro estado de consciencia. Hemos interactuado con ellas desde el comienzo de los tiempos. Todas ellas representan distintos grados de riesgo. De acuerdo a su composición y efectos, la marihuana se ha considerado históricamente la menos poderosa de las drogas. No es casualidad que su consumo se encuentre normalizado en amplios sectores de la población, sin importar estrato social u origen cultural. Es decir, aunque conlleva riesgos, se trata de un tipo de riesgo que adultos libres e informados pueden tomar sobre sí. Este no es un argumento para vetar el debate sobre la despenalización de otras drogas más duras. Pero sí ubica a la marihuana en una posición especial: a la luz del estatus legal del alcohol –cuyos efectos sociales son infinitamente más destructivos-, la exclusión del cannabis del catálogo de drogas reguladas es distintivamente injusto.

Esto es evidente pero a veces se nos olvida: el estatus legal de una sustancia no lo determina un médico. De lo contrario seríamos una tecnocracia científica. Los profesionales e investigadores de la medicina proporcionan insumos para tomar la mejor decisión política. Las decisiones políticas se toman considerando todas las aristas de un problema. Ahí se ponderan los riesgos de salud (en su debida medida) con los imperativos de la autonomía individual en una sociedad libre. No son las únicas consideraciones que importan. La aplicabilidad de una norma o política pública también es relevante. Su impacto en el ecosistema normativo, también. En este último nivel, los detractores de la marihuana suelen sostener que es posible ganar la guerra contra las drogas; sus defensores suelen apuntar que dicha guerra sólo acarrea violencia, mientras que la posibilidad del autocultivo y en general la despenalización de drogas menores permite focalizarse en el verdadero narcotráfico. El club de los ex-presidentes latinoamericanos –entre ellos Ricardo Lagos- ya llegó a esa conclusión.

Quedan, finalmente, las consideraciones prácticas de una eventual legalización de la marihuana. Mientras los activistas cannábicos de izquierda sueñan con un monopolio estatal a la uruguaya, para así evitar que la marihuana se vuelva otro negocio neoliberal, otros piensan que un mercado regulado a la californiana sería lo ideal. Los asistentes al último Expo Weed, una especie de FISA de la marihuana, pudieron atestiguar que hay un hambre comercial en la grilla de largada, lista para el disparo que dé inicio a la competencia. En el mundo de los vaporizadores de última generación y las semillas genéticamente modificadas, la estética no es Bob Marley sino Steve Jobs.

Por ahora, hay una sola causa que une a todos los consumidores habituales y esporádicos de marihuana: que el estado deje de tratarlos como delincuentes. Que saque la discusión del ámbito penitenciario. Después verá si prefiere llevarla al ámbito de la prevención, del tratamiento terapéutico o de la mera información. Pero el mínimo común denominador es que el poder político a través de la ley deje de amenazarlos con cárcel por tener dos plantas en el jardín. Eso es todo. Y no es mucho pedir. Desde el deporte al espectáculo, el alcohol lo auspicia prácticamente todo. Hasta frentes parlamentarios se forman para defender la industria pisquera nacional. Acá se pide algo más básico: el respeto a aquella máxima Milliana que establece que, de no mediar daño evidente a terceros, todo individuo es soberano de sí mismo, de su propio cuerpo y de su propio espíritu.

Link: https://www.capital.cl/malentendidos-sobre-la-marihuana/

LA VENTANA DE OVERTON

abril 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 29 de marzo de 2019)

Image result for overton window

Corría 2012 y la campaña municipal estaba en tierra derecha. En un programa televisivo, Josefa Errázuriz se declaraba partidaria del acuerdo de vida en pareja, pero no todavía del matrimonio igualitario. Respecto de la adopción homoparental, agregaba que aun no se formaba una opinión definitiva. En ese entonces, Chile ni siquiera tenía acuerdo de vida en pareja. Aun así, el mundo progresista le cayó duro a la candidata por Providencia (sin considerar, entre otras cosas, que se trataba de una señora mayor que habitó un tiempo más conservador y que nunca se presentó a sí misma como la campeona de las causas liberales). De pronto, estar en contra de una determinada política -que hasta hace pocos años era derechamente impensable- era como confesar un crimen. Debates éticos que admitían varias posiciones razonables, se volvieron más estrechos por la exigencia de uno de los bandos. La ventana del discurso público tolerable, parafraseando al politólogo Joseph P. Overton, se achicó.

Este no es un fenómeno local. Disectando las causas de la victoria de Trump, el columnista británico Edward Luce sugiere que, en los años previos, la izquierda estadounidense cayó en la tentación de presentar la última moda del pensamiento progresista como una verdad moral incontrovertible. El diálogo político dejó de tratarse de convencer a la gente de los méritos de un caso, se lamenta, y empezó a tratarse de la perversión de nuestros contradictores. En la misma línea, Mark Lilla sostiene que los demócratas comenzaron a tratar cada asunto “como si se tratase de un derecho inviolable, sin espacio para la negociación, e inevitablemente presentando a sus oponentes como monstruos inmorales, en vez de simplemente como conciudadanos con visiones distintas”. Esto pasa especialmente en los campus universitarios, agrega Lilla, donde la vigilancia de discurso es implacable y los pecados veniales se inflan como si fueran mortales.

Desde esos campus, donde se demandan espacios seguros para no escuchar ideas que violentan la conciencia del estudiantado (y de algunos profesores), se podría argumentar que la exclusión de discursos barbáricos es efectivamente una señal de progreso. Hace treinta años era peor visto, socialmente hablando, un homosexual que un homofóbico. En la actualidad, parece ser a la inversa. Desde una perspectiva ética liberal, eso es un evidente progreso: se amplían los derechos, gana la tolerancia, se fortalece la igualdad ciudadana. Sin embargo, es posible que esa relación sea inversa sólo en los circuitos culturales progresistas. De esos círculos nace la aspiración buenista de achicar la ventana de Overton, para que afuera queden los homofóbicos, los misóginos, los xenófobos, los racistas, y en general todo lo que huela a fascismo.

El problema que se genera es doble. Por un lado, porque el apuro en diagnosticar perversiones políticas sacrifica la rigurosidad del diagnóstico. Muchos de los estudiantes que se han opuesto a la visita de José Antonio Kast a sus universidades no se han dado el trabajo de explorar con sentido crítico su propuesta más allá de la frase sensacionalista. Les ha salido más fácil colgarle el rosario de etiquetas antes descritas. Esto no significa que las ideas de Kast sean intelectualmente consistentes o políticamente apropiadas. Pueden ser un bodrio tanto en la teoría como en la práctica. Yo, al menos, así lo creo. La pregunta es si acaso sus posiciones deben quedar desterradas de la provincia del desacuerdo razonable en una sociedad pluralista. Las manifestantes contra el Prosur de Piñera llamaron fascistas a todos los presidentes que vinieron a poner su firma. Así, sin más. Pasándose siete pueblos. Ahora bien, quizás crean que cualquier expresión de derecha es fascista. Eso sería dejar la ventana de Overton en ventanilla.

El segundo problema es estratégico. La ventana se achica, dijimos, cuando las visiones que antes eran tolerables dejan de serlo. Muchos de los que se quedan fuera perciben que esa transformación no ha sido el legítimo producto de un consenso cultural sino más bien una imposición del progresismo y su famosa corrección política. Mientras algunos prefieren pasar piola para no violar los nuevos códigos y ser víctima de la policía tuitera, otros, en cambio, se radicalizan. Hablan fuerte y claro, más fuerte y claro de lo necesario, porque también se niegan a negociación entre el cambio y la continuidad. Es la mentalidad reaccionaria, que se para de igual a igual y devuelve ojo por ojo. Es lo que hace atractivo a Kast.

El fenómeno da cuenta de una tendencia humana que se habría exacerbado por las redes sociales. Una de las promesas de Internet era su capacidad de unir mundos y abrirnos al conocimiento. Lo terminamos usando para juntarnos entre los que ya pensamos lo mismo, reforzando la idea de que nuestras intuiciones políticas son rectas mientras que las del adversario son corruptas. Opiniones que difieren, aunque sea ligeramente, de las nuestras, se reciben con “ufff” y “cerremos por fuera”. Es ese mundo donde “ustedes” siempre están pensando y diciendo brutalidades. Como casi todo violenta, el cargo se trivializa. Cuando de fondo hay ruido blanco, se hace difícil distinguir los enunciados realmente problemáticos de aquellos que admiten una que otra vuelta, por último en consideración al contexto.

Si la ventana se sigue achicando y cerco se sigue corriendo hacia un extremo del eje político-cultural, y eso se traduce en castigo social a la discrepancia, se balcanizará el debate y volaremos los puentes que construyen la amistad cívica. En ese sentido, hay un interés público en mantener la ventana relativamente abierta para discutir un ámbito de posiciones e ideas que cumplen un mínimo de razonabilidad, aunque no interpreten exactamente nuestra propia sensibilidad moral.

Link: https://www.capital.cl/la-ventana-de-overton/