TIERRAPLANISTAS

agosto 6, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 3 de agosto de 2018)

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Un importante periódico de la plaza le dedicó hace poco una de sus secciones al tierraplanismo, relatado en primera persona por uno de sus cultores, el arquitecto Guillermo Wood. Era importante precisar su profesión. Le da más autoridad. No es un cualquiera: debe tener alguna idea de lo que está hablando. Muchos se quejaron en las redes sociales. Les pareció que se validaba una creencia absurda, manifiestamente falsa, casi peligrosa. No vaya a ser que alguien lea el artículo y empiece a creer que la Tierra es plana. Bueno, es lo que le pasó a Wood, que abre su presentación contando que se hizo tierraplanista tras leer una noticia en ese vasto mar que es Internet.

La polémica sobre el tierraplanismo no es científica, pero sí es política. Es el caso de laboratorio (que suelen ser los más extremos) que ocupan los filósofos para preguntarse cuál es el espacio -en el contexto de una sociedad pluralista y un régimen democrático- que pueden tener las creencias, ideas y opiniones que se rebelan frente al conocimiento científico, contra los hechos establecidos, contra la verdad de como son las cosas. Es una pregunta cada vez más importante. Aunque nadie sabe con certeza qué diablos es la post-verdad, pareciera tener relación con la reivindicación de ciertos de grupos de promover visiones alternativas de la realidad. Dicho de otra manera, de llevarle la contra a la ciencia. Populistas, fundamentalistas religiosos y libertarios -aunque por distintas razones- suelen encontrarse en los pastos del negacionismo científico. El manifiesto del tierraplanista tiene de un poco de todo eso: conspirativo, apelando al sentido común, rebelándose ante la ciencia como discurso disciplinario a-la-Foucault, estructuralmente escéptico al mismo tiempo que insoportablemente dogmático.

Pero, al menos desde la perspectiva liberal, no es cosa de llegar y silenciar el negacionismo. Se supone que tenemos un compromiso con la tolerancia. Sostener creencias en ausencia de evidencia -o contra la evidencia- es un derecho. Persistir en una equivocación fáctica, ídem. Más todavía, reservarse el derecho de dudar del consenso científico. En eso estaremos más o menos de acuerdo. Los problemas empiezan cuando salen de la privacidad de la creencia individual y reclaman no solamente libertad de expresión, sino derecho a plataforma y tribuna. Por eso las redes sociales se enojaron con el medio y no con el tierraplanista. El segundo está loco, decían, pero el primero es irresponsable. Es la misma intuición que nos invade cuando vemos científicos de verdad y negacionistas discutiendo de igual a igual en los matinales: no son posiciones simétricas, pensamos, no deberían tener el mismo espacio. Pero esa es una decisión que deben tomar los medios, guiados por sus lineamientos éticos. Si entre ellos se encuentra la importancia de educar a la población y no meramente entretenerla, entonces se desprende que deben tomar partido por el conocimiento científico establecido (en cualquier caso, no pienso que La Tercera haya “avalado” el tierraplanismo: la sección en comento se llama “cosas de la vida”, que es como decir “hay de todo en la viña del Señor”. Es casi una celebración del folclore patrio). Por cierto, los medios también debiesen reflexionar sobre la posibilidad legitimar teorías que pueden poner en riesgo físico a la población. Los Tierraplanistas son jocosos por la debilidad de su evidencia pero también porque son inofensivos. No es el mismo caso de los antivacunas.

De aquí pasamos al siguiente nivel de complejidad: ¿tienen los padres el derecho de educar a sus hijos en creencias manifiestamente falsas o que contradicen las “verdades” de la ciencia? Álvaro Fischer, el gran darwinista chileno, sostuvo en una reciente entrevista que las familias tenían el derecho de educar a sus hijos en colegios creacionistas, aquellos que niegan la teoría de la evolución. Más aún, con subsidio público. Muchos liberales piensan lo mismo. Les aterra que el estado les diga qué pensar. Mejor una familia ignorante que vive libre que un estado que obligue a la ilustración. Pero ¿no estamos comprometiendo los derechos individuales del niño al presentarle una visión científicamente equivocada de la realidad? Si nos importa la igualdad de oportunidades, ¿no los estamos desaventajando negligentemente en la carrera de la vida? ¿No deberíamos asegurar un set de conocimientos básicos sobre la estructura y funcionamiento del cosmos que funcione como mínimo común democrático, como una especie de requerimiento de ciudadanía?

Finalmente, el tercer nivel de complejidad versa sobre el tipo de argumentos y razones que ofrecen los actores políticos para justificar normas y políticas públicas. La ciencia se presume epistemología pública. En su versión ideal, es un método que todos los ciudadanos razonables pueden reconocer como imparcial y válido para dirimir contiendas fácticas. Por eso se espera, al menos como un deber de civilidad, que los gobernantes, congresistas y jueces, no se aparten en sus labores públicas de la evidencia científica disponible. Que un diputado tenga preferencias esotéricas no constituye ningún problema cívico. El problema son los diputados que legislan contra la ciencia.

Como el ministro Varela, que agradece que su “mala analogía” haya introducido una conversación importante, hay que agradecerle al tierraplanista por introducir la punta de un iceberg que hay que abordar de manera más sistemática.

Link: https://www.capital.cl/tierraplanistas/

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EN EL NOMBRE DE LOS POBRES

julio 23, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 20 de Julio de 2018)

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Primera escena: el entonces candidato presidencial Sebastián Piñera propone eliminar el doblaje de los dibujos animados para niños, con el objeto de que se familiaricen con el inglés desde la más temprana edad. A continuación, el diputado de RD Giorgio Jackson rechaza la propuesta por “elitista”, pues los niños pobres de Chile no tendrían a mano los recursos para entender un idioma foráneo. Segunda escena: en la pasada cuenta pública, el gobierno anuncia la extensión del metro de Santiago hacia La Pintana. Aunque prácticamente todos celebran la medida, el diputado frenteamplista Gonzalo Winter pone en el acento en la perniciosa especulación inmobiliaria que dicho proyecto alentaría. Tercera escena: el gobierno de Piñera dispone una serie de medidas para facilitar el acceso de los adultos mayores al sistema bancario, de tal forma que sigan siendo sujetos de crédito. Desde el Frente Amplio, nuevamente, dijeron que lo que parece una medida a favor de la tercera edad es solo un “mal entendido derecho a endeudarse”, añadiendo que la bancarización es finalmente un negocio para unos pocos.

¿En qué se parecen estos tres casos? En todos ellos, la derecha ha propuesto medidas que van en beneficio de los sectores populares. En todos ellos, la nueva izquierda representada por el Frente Amplio ha retrucado que dichos beneficios son solo aparentes. ¿Lo son?

En el caso de los dibujos animados en idioma original -lo que algunos medios bautizaron como el #Peppagate- la evidencia es abrumadora a favor de la medida si se trata de que nuestro país mejore sus tristes niveles de inglés. Los niños tienen más capacidad de absorber una lengua distinta que los adultos. La idea es justamente lo opuesto de elitista, pues se trata de llevar un recurso pedagógico que la gran mayoría de las familias chilenas carece, a la pantalla de sus hogares. Lo elitista es precisamente dejar que los niños de sectores acomodados tengan clases de inglés en sus colegios y olvidarse del resto. Para quienes no pueden pagar clases particulares, que los dibujos animados se transmitan en inglés es una propuesta democratizadora e igualadora de oportunidades. Que sea difícil en un comienzo no es un argumento demoledor en contra: todos los procesos educativos lo son.

En el caso del metro a La Pintana, la evidencia nuevamente muestra que prácticamente no hay inversión inmobiliaria privada en dichas áreas de la capital, salvo la que hace el propio estado. Es cierto que la llegada del metro sube el valor del terreno, pero eso no es malo para vecinos y comerciantes del sector. La inversión pública atrae inversión privada, de la que muchos -no sólo las grandes inmobiliarias- pueden beneficiarse. Por lo demás, tomando en cuenta que uno de los principales problemas de nuestra ciudad es la segregación, una buena red de transporte público es fundamental para conectar nuestras experiencias sociales. Eso también genera equidad, que debiese ser un valor central para la izquierda, tanto la vieja como la nueva.

Finalmente, está el temor a la bancarización como sinónimo de negocio para los bancos y deudas para los mortales. Pero la bancarización también se conoce como inclusión financiera, justamente porque descansa sobre la premisa que una economía cuyos instrumentos le están vedados a ciertos grupos es una economía que discrimina injustamente. Los países que más admira la izquierda chilena (no autoritaria) por su ethos igualitarista -es decir, los países nórdicos- han sido precisamente los más entusiastas a la hora de promover la bancarización. No lo hacen porque quieran asegurar el negocio de los bancos ni porque disfruten viendo como los ancianos se endeudan; lo hacen justamente porque la inclusión financiera es democratizadora en su capacidad de generar accesos igualitarios a los instrumentos modernos del comercio y el mercado.

En resumen, los sectores menos aventajados de la sociedad chilena bien podrían preguntarse quién representa mejor sus intereses: una derecha que promueve accesos igualitarios a recursos educacionales, de plusvalía y acceso al crédito, o una izquierda que mira con reticencia dichos avances. Digo con reticencia en lugar de rechazo porque tampoco es justo hacer una caricatura. El diputado Winter, por ejemplo, entiende perfectamente los beneficios de la extensión del metro. De hecho, los celebró. Pero hizo noticia porque prefirió llamar la atención acerca de los potenciales abusos de la especulación inmobiliaria. Y en ese sentido tiene razón: si lo vamos a hacer, hagámoslo bien. Lo mismo respecto de la inclusión financiera. Como bien me retrucó un tuitero, la izquierda chilena no propone volver al trueque. Por su parte, el diputado Jackson me señaló correctamente que los avances tecnológicos del comercio -por ejemplo, la progresiva desaparición del efectivo y la conversión al dinero electrónico- podrían ser independientes de la bancarización “neoliberal” a la que apuesta parte de la derecha chilena. Finalmente, siempre está la posibilidad teórica -desde la izquierda- de cuestionar estructuralmente la promesa de estas inclusiones capitalistas. Por eso no argumento que el Frente Amplio sea necesariamente incoherente en su crítica. Lo que sí hago es llamar la atención respecto de algo que ya parece un patrón. No vaya a ser que desde esos mismos sectores desaventajados le pidan a esta nueva izquierda que no siga hablando a nombre de los pobres.

Link: https://www.capital.cl/en-el-nombre-de-los-pobres/

LA LIBERTAD DE LOS MERCADOS

julio 17, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 6 de Julio de 2018)

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Acaba de estar en Chile el filósofo político John Tomasi. La de Tomasi no es una empresa chica: quiere fusionar la tradición liberal clásica con la liberal igualitaria en un solo programa. Es lo que propone su libro “Free Market Fairness” (2012). Sería posible, según Tomasi, sentar a conversar a Hayek con Rawls. De ese coito intelectual nacería una nueva teoría de justicia liberal, una síntesis mejor que las teorías que propusieron padres, que Tomasi bautiza como “democracia de mercado”.

Lo que distingue a los liberales clásicos, piensa Tomasi, es la importancia que le dan a las libertades económicas típicas del capitalismo. Éstas se expresan en el derecho a trabajar en lo que uno estime conveniente, en poseer propiedad privada, en hacer transacciones con sus bienes y en definitiva en usarlos o consumirlos a su gusto. Estos son derechos básicos pero no absolutos para la tradición liberal clásica, advierte Tomasi. Son tan básicos como los otros derechos civiles y políticos que asegura una constitución liberal. En ese sentido, el autor dibuja una línea entre liberales clásicos y libertarios. Tomasi sabe de libertarios: solía ser uno de ellos. Los libertarios -de derecha, habría que agregar- creen que no hay nada más importante que las libertades económicas. Por lo mismo rechazan cualquier otro rol para el estado que no sea el de proteger la propiedad y hacer respetar los contratos. Los liberales clásicos, como Hayek, pensaban en cambio que el gobierno tenía entre sus funciones financiar la educación y otros bienes sociales que no se obtenían por mera iniciativa privada. La idea de asegurar estándares mínimos de subsistencia, por ejemplo, viene del liberalismo clásico y no está muy presente en la tradición libertaria de Murray Rothbard o Ayn Rand.

Las cosas empezaron a cambiar con Stuart Mill, piensa Tomasi. De pronto, las libertades más importantes pasaron a ser las de pensamiento y expresión, consciencia y asociación. Ahí se jugaba la individualidad, el corazón del pensamiento liberal. Las libertades económicas fueron progresivamente desplazadas en un proceso que culminó con John Rawls y el advenimiento de un nuevo tipo de liberalismo, que se promocionó a sí mismo como un upgrade moral de la versión anterior. En efecto, hablar de liberalismo en los círculos académicos actuales es hablar de la corriente liberal igualitaria. Rawls es el alfa y el omega, para coincidir o discrepar. Pero entre las libertades básicas que buscaba asegurar el modelo Rawlsiano no había muchas libertades económicas capitalistas. De hecho, sólo menciona el derecho a poseer propiedad personal.

He ahí el problema del liberalismo igualitario -o High Liberals, como los llama Tomasi a propósito de la denominación algo pedante que les dio Samuel Freeman-: no advierten que las libertades económicas forman parte esencial del ámbito en que las personas deciden sobre su proyecto de vida. En lo que uno trabaja, lo que uno produce, lo que compra y vende, lo que consume, son todas actividades significativas si se trata de configurar la identidad propia. Tomasi cree que Rawls y los High Liberals tienen razón en que las sociedades son estructuras cooperativas donde los ciudadanos comparten su suerte. Cree que tienen razón en que estamos donde estamos, en gran medida, debido a contingencias moralmente arbitrarias y no realmente a nuestros merecimientos estrictos. Cree que tienen razón en que el liberalismo se trata de respetar las distintas formas de la existencia humana, y que para ello es condición esencial que todas las personas -y no sólo unos pocos suertudos- gocen de estándares de vida dignos que les permitan elegir un camino de vida. Cree que tienen razón en que la búsqueda de la igualdad no puede agotarse en la mera igualdad formal ante la ley del liberalismo clásico. Pero también cree que dentro del set de libertades básicas del liberalismo de izquierda deben incluirse las libertades de una economía capitalista. De lo contrario se ponen todos los huevos en la canasta de la igualdad de estatus democrático pero muy pocos en la agencia individual, que es fundamental para que las personas sean dueñas de su destino.

En efecto, el liberalismo igualitario de la escuela Rawlsiana tiene una tensa relación con la economía de mercado. Somos capitalistas renuentes, diría Ronald Dworkin. Por lo mismo, la tarea de Tomasi ha sido internamente controversial. No dejó muy contentos a los libertarios ortodoxos ni a los liberales de izquierda. Pero es un esfuerzo encomiable. En palabras de Tomasi, su idea fue desanclar el liberalismo clásico de sus cimientos utilitarios y reconstruirlo sobre las premisas deontológicas del liberalismo igualitario. Aquí, las personas son tratadas como ciudadanos democráticos, fines en sí mismos, antes que como maximizadores de utilidad económica. La novedad que propone el autor de “Free Market Fairness” es que dicha concepción incorpore la importancia de las libertades económicas típicas del capitalismo porque son fundamentales si la idea es que los individuos sean los autores de su propia existencia, y porque a la vez generan dinámicas de crecimiento que mejoran sistemáticamente la calidad de vida material de las capas menos aventajadas de la sociedad. Es decir, Rawls y Hayek juntos en un atractivo híbrido filosófico.

Link: https://www.capital.cl/la-libertad-de-los-mercados/

TRABAJEN, FLOJOS

julio 12, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 5 de Julio de 2018)

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“Pónganse a trabajar”, fue el recado que mandó el presidente Sebastián Piñera a la oposición, en medio de acusaciones de sequía legislativa por parte del Ejecutivo. Pero averiguar si la culpa del tránsito lento en el Congreso recae en el oficialismo o en las huestes de la ex Nueva Mayoría y el Frente Amplio no tiene mucho sentido. Obviamente, hay responsabilidades compartidas. En los sistemas hiper-presidenciales, la música -y especialmente el ritmo a través de las urgencias- la pone el gobierno. Sin embargo, el Congreso no está pintado. Los parlamentarios de oposición tienen sus propios mecanismos para regular los éxitos legislativos de La Moneda. Por eso, esta discusión tiene poca sustancia en el campo del derecho constitucional y sus derivados.

No obstante, es una controversia sabrosa en otro ámbito: el de la simbología política. La gente no evaluará si la razón la tiene Piñera o la oposición de acuerdo a lo que dice la constitución respecto de la tramitación de las leyes. La gente suele creerles a los actores políticos que promueven un discurso consistente con sus atributos. En ese sentido, Piñera sabe que sale ganando al tratar -sutilmente- a sus adversarios de flojos. En subsidio, de obstruccionistas. En el imaginario colectivo, Piñera puede tener mil defectos, pero pocos disputan que se trata de un hombre extraordinariamente trabajador. Sus problemas reputaciones son de orden ético, pero no de aquel que los ingleses denominan work ethics. En otras palabras, da la sensación de que Piñera se saca la chucha trabajando. Que, a diferencia de la mayoría de los mortales, le gusta levantarse a laburar. Tan obsesivo como entusiasta, Piñera no pasa por remolón ni sacador de vuelta.

De pasada, refuerza la idea que la derecha es mejor para hacer que para discursear. En los noventa, fueron las alcaldías lavinistas. Más adelante, con el propio Piñera, las parcas rojas. El primer presidente de derecha electo en democracia no quería ser un Jefe de Estado en la estratósfera de los estadistas que miran a cien años plazo, sino un Primer Ministro con las manos en la masa. Esto no quiere decir que los políticos de izquierda sean poco trabajadores. Pero se ha ido consolidando la imagen de que sus habilidades están más bien en el campo de la oratoria, la negociación y la refriega doctrinaria. La derecha reflexiona menos, lo que quizás tenga relación con su mayor vocación ejecutiva. Es la izquierda la que pide acortar la jornada laboral y aprueba con beneplácito nuevos feriados. Y es la derecha, usualmente, la que pone el grito en el cielo por la eventual disminución de la productividad.

El desenlace de la última elección presidencial también puede leerse en esta clave. El cientista político Patricio Navia la resumió como una contienda entre el pillo (Piñera) y el flojo (Guillier), agregando que su voto sería para Piñera porque “es más fácil controlar a un pillo que hacer trabajar a un flojo”. El propio Guillier salió en defensa de lo que llamó la “vieja práctica provinciana de la siesta”, que lamentablemente la campaña le estaba negando. Quizás por lo mismo invitó a los chilenos a pegarse una pestaña el domingo que se realizaban las primarias de Chile Vamos y el Frente Amplio. Aunque fue una humorada que varios se tomaron con excesiva gravedad, el episodio sirvió para reafirmar la sospecha: Guillier es virtualmente narcolépsico. Y tal como expresó Navia con crudeza, muchísimos chilenos prefirieron al pillo trabajólico.

Por tanto, si la idea es salir a golpear al gobierno porque ha sido flojo en sus deberes legislativos, tendrá que ser ejecutada a la perfección para que sea creíble. Si el eje semántico del debate gira en torno a la capacidad de trabajo de los actores políticos, entonces Piñera lleva las de ganar. Hay otras áreas en las cuales el presidente es vulnerable. Por ejemplo, la mayoría de los chilenos creyó a pies juntillas que Piñera estuvo involucrado -vía Ruiz-Tagle- en la salida de Harold Mayne-Nicholls de la ANFP, y consecuentemente, de Marcelo Bielsa del seleccionado nacional. Se lo creyeron porque es algo que Piñera podría hacer. Lo conocieron a través de una radio Kioto conspirando telefónicamente con amigotes para destruir a una correligionaria. No es descabellado pensar que estuvo metido en la salida de Bielsa -un personaje que le resultaba difícil de manejar por su declarada antipatía. Pero sí suena raro que el Congreso no esté haciendo su pega por culpa de la inacción de un presidente con piduye que si pudiera reescribiría todas las leyes para que lleven su firma.

A Piñera, en el fondo, le conviene esta polémica. Es una cancha que le favorece en la dimensión de las percepciones generales y las llamadas verdades históricas. Le costará un censo a la oposición hacer que Piñera parezca dejado, desmotivado, flojo. Por eso Piñera contraataca con la cantinela del obstruccionismo. A fin de cuentas, ese es un cargo que el jurado ciudadano se puede tragar fácil. Todas las oposiciones son más o menos obstruccionistas. Y esta no tiene cara de ser la excepción.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/07/04/columna-cristobal-bellolio-trabajen-flojos/

¿QUIÉN ES MÁS DE IZQUIERDA?

julio 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 28 de Junio de 2018)

En teoría, la idea cae de cajón: el Frente Amplio debe sumar sus fuerzas al Partido Socialista y al Partido Comunista para configurar un gran polo de izquierda en Chile. El ala Girardista del PPD también calza en la ecuación.

¿Qué gana el Frente Amplio? Su proyecto dejaría de ser la moda del momento -como el Podemos en España- y se conectaría con los referentes históricos de la izquierda chilena del siglo XX. Es decir, gana en densidad biográfica. Sin mencionar la ganancia electoral y el músculo para gobernar. El Frente Amplio, con su primera línea de Millennials que pasaron de la refriega universitaria a la política nacional sin escalas, no está todavía en condiciones de darle a Chile un gobierno a la altura de sus propias expectativas: simultáneamente transformador y políticamente sostenible. En cambio, con los cuadros técnicos del mundo socialista adentro, la promesa suena más creíble. Para gobernar bien hay que penetrar muchas estructuras que van del mundo empresarial al sindical. El PS y el PC ya tienen muchos recursos invertidos en ello. Por una cuestión generacional, al Frente Amplio se le hace difícil copar todos esos espacios por sí mismo.

¿Qué ganan el PS y el PC? La frescura que no tienen. Como diría Piero, ellos tienen los años viejos y el Frente Amplio los años nuevos. Les da también la oportunidad de sacudirse de sus lazos neomayoritarios. La coalición de Bachelet II no resultó como se esperaba. Más allá de las apreciaciones sobre su legado, desde el punto de vista de la proyección, la presidenta hizo poco por consolidar los puentes entre los partidos que la apoyaron. Como alguna vez lo hizo el difunto Prince reemplazando su nombre por un logo que se traducía como “el artista antes conocido como Prince”, quienes llevaron por segunda vez a Bachelet a La Moneda deberían buscarse una imagen que se leyera como “la coalición antes conocida como Nueva Mayoría”. Socialistas y comunistas están perdiendo el tiempo al alero de una marca que envejeció mal y muy rápido. Al menos desde la perspectiva estética -más relevante de lo que muchos intelectuales creen- la unión con el frenteamplismo sexy de Boric y Jackson les permite volver posar de modernos. La Casa Común que acaba de fundar Fernando Atria es justamente un paso en ese sentido.

Evidentemente, los obstáculos son casi tantos como las oportunidades. Muchos comunistas y socialistas de base no creen que el Frente Amplio sea realmente de izquierda. El alcalde de Recoleta Daniel Jadue sugirió que incluso había colectivos anticomunistas en su seno, probablemente refiriéndose a los liberales del diputado Mirosevic -uno de los pocos que no han sido ambiguos en condenar al régimen de Maduro que Jadue defiende contra viento, marea y evidencia. Por otra parte, los comunistas no olvidan que las huestes autonomistas son herederas de la Surda y de aquellas voces que llamaban a restarse del proceso democrático burgués. Infantilismo revolucionario, le llamaba Lenin. Tampoco, finalmente, les cae bien el registro pseudo-mesiánico y maximalista de varios dirigentes frenteamplistas que parecen pensar que la historia empieza con ellos y que el resto son todos unos vendidos.

Por lado del Frente Amplio, las sospechas son similares. ¿No son estos mismos socialistas y comunistas los que gobernaron hasta ayer con la Democracia Cristiana? ¿No es acaso la Nueva Mayoría una versión remozada de la Concertación que profundizó el modelo neoliberal? ¿Con qué cara acusan al Frente Amplio de hipo-izquierdismo? Ante estas incómodas preguntas, socialistas y comunistas usualmente apelan al pragmatismo -una noción difícil de aceptar cuando eres dirigente universitario y el mundo está a tus pies. Los socialistas añaden que sus bases nunca extraviaron el camino doctrinario -como sí lo habrían hecho sus elites- y los comunistas insisten en que la Nueva Mayoría era sustancialmente distinta de la Concertación.

Todo esto es conversable. Tener ideas comunes es fundamental para compartir un proyecto político, pero también son esenciales los afectos. En eso, lo de Atria apunta en el sentido correcto. Para que el asunto cuaje, el Frente Amplio tiene que dejar de ver al PS y al PC como resabios decrépitos de una transición demasiado benevolente con el dictador, mientras el PS y el PC deben dejar de mirar al Frente Amplio como un conglomerado de jovencitos iluminados que quieren partir de cero.

En lo que ambos pueden coincidir es que nadie necesita realmente a la DC en la etapa que comienza. Hubo un tiempo en que no se podía hacer nada en el ámbito de la centroizquierda sin la imponente presencia democratacristiana. Ese tiempo ya pasó. Nadie se vuelve loco por reclutar las fuerzas de un partido en progresivo proceso de jibarización. Sería como pagar una millonada por un jugador que está más cerca del retiro que de su peak de rendimiento. Sin embargo, esto no es necesariamente un problema. En cierto sentido, es lo que la izquierda siempre ha soñado: que el llamado polo progresista tenga la suficiente fuerza política y electoral para competir de igual a igual con la derecha, sin tener que estar haciendo concesiones permanentes a una tribu que en lo central sigue siendo conservadora. A medida que el fantasma de Pinochet se siga desdibujando en la memoria y la derecha sea capaz de interpretar el espíritu socialcristiano matizando su capitalismo salvaje, parte de la sensibilidad falangista se sentirá más cómoda en ese lado del espectro. El verdadero problema es seguir compitiendo por quién es más de izquierda.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/27/columna-cristobal-bellolio-quien-mas-izquierda/

LA HORA MÁS OSCURA

junio 27, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 22 de Junio de 2018)

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La democracia liberal vive su hora mas oscura. Ésa es la tesis central del último -y celebrado- libro de Edward Luce, The Retreat of Western Liberalism (2017). El ascenso de Trump al poder en Estados Unidos es el síntoma más visible, pero el fenómeno es global: ocurre en Moscú, Beijing, Ankara, El Cairo, Caracas y Budapest, por nombrar algunos centros neurálgicos del populismo contemporáneo. En la narrativa de Luce, las elites liberales han ido abandonando la parte democrática de la conjunción democracia-liberal, generando una reacción opuesta que desecha el liberalismo y se queda con la pura exaltación democrática: la democracia iliberal, o populismo.

Este populismo no es necesariamente de izquierda o de derecha, pero tiende a ser de derecha en la medida que las élites progresistas se volcaron a interpretar la voz de colectivos vulnerables, dejando de hablar por la “mayoría silenciosa” -un concepto repetido hasta el cansancio en la retórica populista- que había sido su sostén electoral. Como diría el intelectual estadounidense Mark Lilla, la izquierda anglosajona se enamoró la política de las identidades: minorías sexuales, géneros en desventaja, inmigrantes discriminados. Esa habría sido la perdición del Partido Demócrata en EEUU, por ejemplo.

En ese contexto es instructiva la historia que cuenta Luce sobre Didier Eribon, biógrafo de Michel Foucault. Eribon nació en un pueblo francés que votaba mayoritariamente por el partido comunista. La derecha representaba a los ricos, y por ende constituía el adversario ideológico. Eribon descubrió su homosexualidad en la adolescencia y se mudó al París de los años sesenta, donde frecuentó a los artistas, escritores e intelectuales de la bohemia progresista. Volvió treinta años después a su pueblo natal para el funeral de su padre. Se encontró con una sorpresa política: ya no votaban por la izquierda, sino por el Frente Nacional de la familia Le Pen. El adversario había cambiado: en vez de proletarios contra capitalistas, esta vez eran franceses contra extranjeros. Frente a esa vulnerabilidad, el populismo de derecha respondía mejor. Lo que antaño se llamó la “clase trabajadora” fue reemplazada por los left-behind: aquellos que el progreso dejó atrás. El discurso liberal de izquierda se volvió demasiado sofisticado, arrogante y oikofóbico para ellos.

No hay que soslayar la razón económica, explica Luce. Los premios se han concentrado escandalosamente en las élites mientras las capas medias europeas y norteamericanas han soportado los costos. No es tan difícil darse cuenta -y en eso ayudó Thomas Piketty- que la meritocracia es un cuento que nos contamos para justificar nuestra posición de privilegio. Pero es un cuento políticamente insostenible. Con su indiferencia y similitud, piensa Luce, las élites económicas provocaron el auge del neopopulismo rabioso: proteccionista y antiglobalización, nativista y anticosmopolita, vulgar y antitecnocrático.

En una de esas, los chinos están en lo correcto con su modelo autocrático. Si la democracia liberal no cumple sus promesas en Occidente, en circunstancias que las clases medias de países no-democráticos prosperan, ¿para qué insistir con las formalidades burguesas del liberalismo? Trump está a un paso de convertirse en un autócrata, piensa Luce. Está destruyendo los fundamentos morales de la democracia liberal. Ésta nunca fue sexy en Beijing ni Moscú. Pero por primera vez está perdiendo brillo donde se supone que estaban sus cultores. Eso es lo peligroso. En la historia de la democracia liberal, siempre ha existido una tensión entre la teoría del poder popular y el pensamiento liberal: uno amplía el rango de la agregación democrática y el otro la restringe en nombre de la libertad individual. En el equilibrio estaba la clave que celebró Fukuyama después de la caída del Muro. La novedad de Trump es que está desequilibrando la balanza a favor de la democracia iliberal, que es casi lo mismo que decir populismo y no enteramente distante de un régimen autocrático donde líder se atribuye la interpretación de la voluntad general. Lo peor, cree Luce, es que el remedio populista tampoco sirve para aplacar la rabia de las clases medias olvidadas. Esto irá de mal en peor. Trump es solo el comienzo.

Hacia el final del libro, Luce regala una reflexión pertinente para el debate nacional. La izquierda biempensante del mundo anglosajón, nos dice, se dejó llevar por la tentación de presentar la última moda del pensamiento progresista como una verdad moral incontrovertible. Es cosa de escuchar a nuestros universitarios Millennials que sostienen que la visita de un José Antonio Kast les resulta ofensiva y agraviante, en circunstancias que sus posiciones siguen siendo moneda corriente en la derecha. Existe una delgada línea, dice con agudeza Luce, entre convencer a la gente de los méritos de un caso y sugerir que las personas en desacuerdo son éticamente unos monstruos. Es parte de los errores que está cometiendo parte de nuestra izquierda y en especial el Frente Amplio. Seducidos por la lógica de la política de las identidades, nuestra izquierda Millennial también pierde la perspectiva respecto de aquello que Rawls llamaba el hecho del pluralismo. Así, más de alguna vez pretende excluir del debate a quienes no se conforman con su manera de ver el mundo. De esa forma no hacen más que alimentar la reacción populista de la derecha… bueno, ya tienen a José Antonio Kast en la pole position del 2021.

Link: https://www.capital.cl/la-hora-mas-oscura/

LA ERA DE LA DEFERENCIA HA TERMINADO

junio 23, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 21 de Junio de 2018)

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Ocurre en un episodio de The Crown, la serie que cuenta la vida y obra de la Reina Isabel de Inglaterra. Después de criticarla fuertemente, un tal Lord Altrincham es invitado al Palacio de Buckingham a exponer sus ideas sobre posibles reformas al funcionamiento de la corona. Altrincham se esfuerza en explicarle a la Reina que las cosas han cambiado en el mundo. ¿Qué cosas?, pregunta ella. Pues la era de la deferencia ha terminado, replica el invitado. ¿Qué nos queda sin deferencia? ¿Acaso la anarquía?, contraataca su majestad desconcertada. No, le contesta Altrincham, nos queda la igualdad.

Se me vino a la memoria este capítulo a propósito de los argumentos que esgrimió el Presidente Piñera y varios en la derecha respecto del confuso incidente en el aeropuerto que culminó con un chofer de Uber baleado por un carabinero. Esta columna no pretende terciar en el debate respecto de quién actuó bien y quién actuó mal. En mi humilde opinión, ambos estuvieron mal. Por una parte, el chofer de Uber se comportó como un pendejo prepotente. Por la otra, pienso que las policías deben ser extremadamente cuidadosas con el monopolio de la fuerza que las leyes le encomiendan. En ese sentido, es razonable exigir que la violencia furibunda que implica descargar una pistola sobre un ciudadano sea un recurso de última ratio. Ignoro si éste fue el caso, pero a simple vista pareciera que había cursos de acción alternativos. Mal que mal, el tipo que intentaba escaparse no estaba secuestrando a nadie ni trasladando un cargamento de uranio. Estaba realizando una actividad comercial que se encuentra en una zona legalmente gris pero no constituye un peligro para la sociedad. ¿Van a acribillar mañana a la señora que vende sopaipillas a la salida del metro porque resistiéndose al arresto les tira encima el carrito? El antropólogo Pablo Ortúzar ha llamado la atención justamente sobre esta desproporción en la represión de modos informales de trabajo.

Pero me interesa volver a los argumentos que se desplegaron para defender el proceder de carabineros. “Llegó la hora de que aprendamos a respetarlos”, señaló Piñera. “A Carabineros de Chile se le respeta y obedece. Entiéndanlo ya!”, publicó el senador Ossandón en su cuenta de Twitter. El mismo guion siguió prácticamente todo el oficialismo. Son argumentos similares a los que se ponen sobre la mesa cuando se legisla para sancionar el maltrato de palabra a Carabineros. En éstos se advierte la obsesión por el respeto a la autoridad como eje vertebral del discurso político de la derecha. Se trata, sin duda, de un guion popular. A mucha le gente le enciende la mano dura. Emulando a Sarkozy, el propio Piñera ha dicho que hay que recuperar la deferencia a la autoridad en todos los planos: de los hijos a los padres, de los alumnos a sus profesores. Por qué no, de los feligreses a los curas. Algo parecido ha sugerido Trump. Tirándole inéditas flores al tirano coreano Kim Jong Un, dijo: “no permite que nadie piense diferente. Cuando habla su gente se sienta y pone atención. Quisiera que mi gente hiciera lo mismo”. La línea entre la deferencia y la obediencia ciega es tenue.

El problema de este guion es que ya no pasa colado. Crecientes capas de la ciudadanía se rebelan ante la idea de que ciertas personas sean merecedoras de una consideración especial que otras no necesariamente gozan. Lo refrendó el sociólogo Aldo Mascareño a propósito del mismo episodio: los modelos de autoridad vertical con los que estábamos acostumbrados a vivir se están desmoronando, mientras avanzamos hacia dinámicas de relación más horizontales. Las propias instituciones que históricamente han reclamado para sí un trato deferencial han caído en el descrédito, lo que agudiza el proceso. Carabineros no es la excepción. Abuso policial ha existido siempre. Ahora se le agregan procedimientos fraudulentos -como en la operación Huracán- y desfalcos millonarios contra el fisco -como en el bautizado Pacogate. Esto no quiere decir que estemos autorizados a ignorar las órdenes policiales. Pero es evidente que desgasta el imaginario del carabinero como autoridad a la cual se le debe cierta deferencia. Ese tipo de autoridad se gana, no se exige.

Queda pendiente, finalmente, una reflexión sobre el alcance del discurso que justifica el uso letal de la fuerza en el seno de la derecha chilena. Supuestamente, conviven en ella sectores conservadores con sectores más liberales. No es raro que los sectores conservadores sean de gatillo fácil. Mientras más a la derecha, diría el psicólogo social Jonatan Haidt, más favorables a la autoridad en el eje autoridad / subversión. Pero los liberales debiesen hacer valer sus matices en la narrativa oficialista. El liberalismo no se agota en promover el matrimonio igualitario o el aborto en tres causales. También implica un compromiso con vigilar celosamente los posibles exabruptos de la autoridad. Si de limitar el poder político se trata, los autoproclamados liberales de Chile Vamos deben estar especialmente atentos a los abusos de las fuerzas policiales. El resto es liberalismo pop. Los derechos individuales sufren cuando las relaciones de poder son tan asimétricas que facilitan la dominación. De Piñera no cabe esperar otra cosa porque nunca ha sido liberal. Pero sí de aquellos que buscan ser reconocidos como tales en el seno de la coalición gobernante. Ellos deberían, como Lord Altrincham, recordarle al Presidente que la era de la deferencia ha terminado. No es tan malo. Nos queda la igualdad.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/22/columna-cristobal-bellolio-la-la-deferencia-ha-terminado/

LA ÚLTIMA PALABRA

junio 18, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 14 de Junio de 2018)

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La ex presidenta se reunió con sus ex ministros y la señal que interpretaron los medios fue que el Bacheletismo se estaba “rearmando”, con el propósito de “defender su legado” de los embates del gobierno de Sebastián Piñera. Aunque la propia Michelle Bachelet ha descartado competir por un tercer período, más de alguno quiso leer en este rearme una declaración de voluntad: si hay que pelear por los valores del progresismo, Bachelet sigue disponible. Aunque este año no la acompañaron las cifras tropicales de aprobación que exhibió al finalizar su primer cuatrienio, la ex mandataria sigue siendo probablemente la figura que más adhesiones concita en la otrora gran familia concertacionista. Desde que se subió a un tanque hace dieciséis años, ha sido la figura más importante del mundo de la centroizquierda chilena, prácticamente sin competencia. Hoy no parece ser distinto.

La tentación del Bacheletismo es que sea ella quien tenga la última palabra en este tango del poder que desde el 2005 baila con Piñera. Que el ciclo se cierre por el lado izquierdo. Para que no queden cabos sueltos ni reformas a medio andar. Para que el conservadurismo chileno no tire por la borda los esfuerzos del socialismo. Porque el que ríe último, ríe mejor. Si Bachelet llegara a conquistar un tercer período, sería entonces el Piñerismo el interesado en estirar el ciclo. A Piñera sí que le quita el sueño quedarse con la última palabra.

Aunque se miren como archirrivales -desde que dejó a Lavín en el camino, Piñera también ha sido la figura excluyente de su sector- lo cierto es que este tango ha sido bueno para los chilenos. Los libros de historia serán benevolentes con la era Caburga. En una caricatura, la dinámica ha sido la siguiente: mientras Bachelet incrementa las expectativas sociales y aumenta el gasto público correspondiente, Piñera revisa la cuenta, impugna un par de detalles, pero finalmente no le queda más remedio que pagarla. A fin de cuentas, es Piñera quien llegó al restorán haciendo alarde de su capacidad de abultar la billetera. Es decir, ella corre las fronteras de lo posible y a él le toca hacerlo posible, como si se tratase de una involuntaria interacción simbiótica.

Pero también existe la posibilidad de que a Bachelet no llegue al 2021. Ya sea porque definitivamente no quiere -después de Caval, ¿quién podría culparla? – o porque el Frente Amplio creció lo suficiente como para reclamar la primera opción en la izquierda, lo que queda de la coalición antes conocida como Nueva Mayoría tiene que pensar en alternativas. No puede repetir los errores que cometió hace ocho años, cuando se vio por primera vez fuera de La Moneda desde el retorno de la democracia. La entonces Concertación se durmió en los laureles sabiendo que la reina madre invernaba con su popularidad intacta en Nueva York. En paralelo, dejó que la calle le amargara la vida al primer gobierno de Piñera, permitiendo que el movimiento social le arrebatara el protagonismo político. El resto de la historia es conocida: las movilizaciones del 2011 marcaron un hito que le dio sentido de pertenencia política a toda una generación, difuminando así el hito de 1988 que proporcionaba el combustible identitario esencial del mundo concertacionista.

La pregunta es si acaso esta vez descansarán en la esperanza que Bachelet regrese a solucionar sus problemas, o buscarán los medios para generar liderazgos atractivos y capaces de disputar con un frenteamplismo cuyas acciones se cotizan al alza. Una reciente encuesta muestra que las dos coaliciones con mayor adhesión son justamente Chile Vamos (21%) y el Frente Amplio (19%), seguidos por el nuevo movimiento de José Antonio Kast (10%). La ex Nueva Mayoría no llega a los dos dígitos. Para qué hablar de presidenciables: no tienen a nadie en la lista de los primeros cinco.

En este cuadro tiene responsabilidad la propia Bachelet. Salvo contadas excepciones -como Paula Narváez y Marcelo Mena- y algunos proyectos fallidos -como Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas-, su estilo no se distinguió por darle tiraje a la chimenea y promover nuevos liderazgos. Después de su primer mandato las alternativas se redujeron a Lagos, Insulza o Frei. Después del segundo, a Lagos o Guillier. El legendario canciller alemán Helmut Kohl aleccionaba sobre la importancia de los delfines en política. Pero ninguno de los mencionados puede ser considerado delfín de Bachelet. Piñera no tuvo la necesidad de producir delfines en 2013: su generación todavía estaba ganosa y dispuesta a pelear una última batalla. Estaban a la cola algunos coroneles de la UDI y miembros de la noventera patrulla juvenil de RN. El escenario será distinto en 2021. Piñera entiende que probablemente no haya una tercera administración y que por tanto se queda indirectamente con la última palabra pariendo un sucesor, entregándole la banda presidencial a una figura que se haya ganado los galones colaborando con su gobierno.

Si el Bacheletismo, en cambio, sigue apostando al rearme de lo que fueron en lugar de al completo desarme y rearticulación de un nuevo polo progresista con liderazgos frescos, entonces ya dijo su última palabra.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/15/columna-cristobal-bellolio-la-ultima-palabra/

LA CRISIS DE LA IGLESIA DESDE LA VEREDA DEL FRENTE

junio 14, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 8 de Junio de 2018)

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Han pasado algo así como veinte años desde la última vez que me declaré católico. Ya no estaba en un período de duda. Había renunciado irremediablemente a mi fe. Según las leyes canónicas modernas, desde entonces estuve fuera de la comunión de la Iglesia sin necesidad de un proceso que certificara mi apostasía. Las estadísticas sugieren que se trata de un fenómeno de largo alcance en Chile. El catolicismo ha perdido tracción: de ser un país hegemónicamente apostólico y romano, hoy sus números apenas rondan la mitad más uno.

Sin embargo, la mayoría de los medios tradicionales no se ha dado por enterado. La pregunta de rigor ha sido cómo devolverle el prestigio a una institución golpeada por escándalos de abuso sexual, como si fuese tarea de todos reverdecer los laureles de la Iglesia Católica. No lo es. La Iglesia es una institución más de aquellas que pueblan la sociedad civil. Su salud reputacional es crucial para sus integrantes. Pero no para aquellos que no participamos en ella. Pretender que los problemas de la Iglesia son problemas nacionales es como pretender que el momento futbolístico de Colo-Colo debiese preocupar a los hinchas del resto de los equipos del torneo. Colo-Colo puede ser el equipo más grande de Chile, pero no es Chile. La Iglesia representa a la denominación religiosa (todavía) más grande de Chile, pero tampoco es Chile.*

Puedo ir todavía más allá. A los hinchas de los equipos rivales, no les conviene que Colo-Colo regrese a su época de gloria. A quienes somos ateos, no nos interesa que la Iglesia Católica siga siendo considerada una autoridad moral indiscutible. Por el contrario. Los líderes de la Iglesia participan de los debates éticos más relevantes que se dan en el foro público. Están en su derecho, como todos los demás actores de la sociedad civil y lo que alguna vez se llamó el tercer sector. Pero no tienen derecho a una presunción de autoridad moral superior por defecto. Han demostrado no tenerla. Habrá curas buenos y malos, clérigos verdaderamente santos y monstruos que se esconden tras la sotana. Pero lo mismo pasa en el resto de las organizaciones y grupos de interés que pujan por promover sus agendas en sede política. Quienes pensamos distinto de la cúpula de la Iglesia no estamos lamentando su pérdida de influencia; la estamos festejando.

En este sentido, es preciso no confundir una crisis institucional con una crisis de fe. La Iglesia atraviesa por una crisis institucional en el sentido que su casta sacerdotal ha fallado estrepitosamente en la dimensión del testimonio. En un eslogan, predican pero no practican. Desde una perspectiva intelectual, el defecto en la práctica no compromete la validez de la prédica. Los católicos pueden lamentar -e incluso sufrir- los desaciertos de su Iglesia pero aquello no echa abajo sus creencias respecto del plan salvífico de Cristo. Hoy, no es un total oxímoron ser creyente y comecuras. Para ciertas congregaciones, sin embargo, la dimensión del testimonio es esencial. Pienso en mis amigos jesuitas, para quienes no tiene mucho sentido adherir a una serie de preceptos trascendentales si no pueden ser encarnados en virtudes concretas en la vida terrenal. En esos casos, la línea entre la crisis institucional y la crisis de fe se vuelve muy delgada.

Los medios usualmente han responsabilizado a los malos hábitos de la curia por el declive religioso. Como he señalado, una crisis institucional potente facilita las condiciones para una crisis de fe. Pero quiero insistir en que son procesos paralelos. Antes de que se conocieran los sótanos putrefactos de Karadima y otros tantos que posaron de santos, el catolicismo en Latinoamérica ya venía en descenso. En la mayoría de los países de la región, cada punto de adhesión que perdía la Iglesia Católica lo ganaban los credos evangélicos. En Chile y Uruguay, en cambio, lo ganaba la tribu de los no creyentes. No es casualidad: Chile y Uruguay exhiben los más altos índices de desarrollo humano del vecindario. Como suele ocurrir, cuando los pueblos dejan atrás las carencias materiales más duras -reduciendo su vulnerabilidad- y sus nuevas generaciones alcanzan mejores niveles educacionales -reduciendo la ignorancia-, las expresiones de religiosidad tradicional tienden a retroceder. Los estados de bienestar sustituyen lo que Marx llamó el opio de las naciones. Ciudadanos mas celosos de su autonomía no comulgan con ruedas de carreta. Es decir, la crisis de credibilidad que afecta a los curas agudiza la caída, pero no es su única causa.

Hay, por supuesto, una importante razón por la cual la desgracia de la Iglesia debiese despertar el interés de quienes estamos en la vereda del frente: porque cuenta una historia justiciera que resuena en el espíritu humano. La cruzada de Cruz, Hamilton y Murillo -así como de tantos otros con menos visibilidad pública- es material de película y postulación al Nobel de la Paz. Es el relato imperecedero de quijotes contra molinos de vientos, de pequeños valientes frente a la indolencia de los gigantes. La crisis de la Iglesia chilena trae esperanza global para muchas otras feligresías abusadas y atrapadas en redes de secretismo y complicidad. Eso es algo que podemos todos -creyentes y no creyentes- celebrar.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/06/07/151237/la-crisis-de-la-iglesia-desde-la-vereda-del-frente/

*No sólo los medios tradicionales no se han enterado. Nuestras autoridades de gobierno tampoco. A propósito de la visita de los enviados vaticanos a Chile, la vocera Cecilia Pérez señaló: “Vemos en esta disposición del Santo Padre la oportunidad que en nuestro país tengamos una nueva Iglesia católica… Esperamos que las señales que el Santo Padre ha dado para la Iglesia Católica en nuestro país sean recogidas no sólo por la jerarquía, sino por todos los sacerdotes para que vuelva la confianza y, además, la creencia en la Iglesia Católica”. No, vocera. Usted representa al estado de Chile. Y que vuelva la creencia no es un asunto de estado. También sería recomendable que dejara esa pésima costumbre de andar santificando líderes de estados extranjeros.

PIÑERA, LA DERECHA Y EL FEMINISMO

junio 11, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 7 de Junio de 2018)

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“No sé lo que significa feminismo”, reconoció con inusual sinceridad el presidente Sebastián Piñera hace algunos días. Luego matizó, agregando que “si significa creer en igualdad de derechos, deberes y dignidad entre hombres y mujeres”, entonces sí calificaría de feminista. Esa sería, en sus palabras, “una aspiración de todos los hombres y mujeres de buena voluntad”. La respuesta a la pregunta de si acaso Piñera es feminista es también la respuesta a la pregunta de si acaso la derecha puede ser considerada feminista. Aunque parezca una cuestión de etiquetas, no es un asunto menor. Si la respuesta es afirmativa, entonces el gobierno de Piñera no el adversario de la ‘Ola Feminista’. Si la respuesta es negativa, entonces la vanguardia del movimiento insistirá en antagonizar con La Moneda.

El feminismo chileno se encuentra en la misma encrucijada que enfrentan muchos movimientos sociales: si opta por ampliarse a todos los sectores políticos, gana en convocatoria pero probablemente pierde en profundidad ideológica. Si opta por intensificar su identidad política, gana en densidad pero probablemente excluye parte de su base de apoyo.

Si todos caben -incluyendo a Isabel Plá, Cecilia Morel, Cathy Barriga, Ximena Ossandón y eventualmente hasta Pilar Molina-, entonces el feminismo se vuelve moneda corriente. Cualquier discurso que busque promover la situación de las mujeres bastaría para ganarse el apelativo. Es la crítica que hace Jessa Crispin en su reciente “Why I Am Not a Feminist”. No es que Crispin le tenga miedo al término para no asustar a los hombres. Al revés: cree que el término se ha vuelto inofensivo y banal. Su universalización le ha quitado dientes. Y sin dientes, es inútil. En Chile, una crítica similar hizo Laura Quintana a propósito de la portada de una revista de mujeres donde aparecen cinco hombres de tacón: cuidado con el feminismo pop, ligero y buena onda. Es fácil de digerir pero es escasamente transformador.

La otra opción es profundizar el vínculo entre feminismo y socialismo. Varias dirigentas ya lo están haciendo. “Una mujer con conciencia feminista, muy probablemente es anticapitalista”, señaló la diputada comunista Karol Cariola en un panel televisivo. En esta lectura, la lucha por derrocar la estructura de subordinación de clase -amparada por el capitalismo- sería inseparable de la lucha por derrocar la estructura de subordinación de género -promovida por el patriarcado. Simone de Beauvoir y Kate Millett habrían estado de acuerdo. La misma idea expusieron Francisca Millán y Daniela Carvacho -ambas de Revolución Democrática- en una reciente columna: rechazan la tesis de que todas caben en el movimiento por el hecho de haber sufrido alguna vez la violencia machista, y en cambio favorecen un feminismo radical que apunte a desmontar el modelo en todas sus dimensiones. Concluyen que la derecha no puede, en consecuencia, llamarse feminista -mucho menos después de haberse opuesto al divorcio, la píldora y el aborto en tres causales, entre otras. El feminismo, rematan, no es un “mujerismo vacío”. En ese sentido, no les sirve la retórica de emparejar la cancha para que hombres y mujeres compitan en igualdad de condiciones, pues en dicho esquema los ganadores siempre impondrán su peso sobre los perdedores, cualquiera sea el género. Es la filosofía Daenerys Targaryen: todos compiten por ser el rayo de la rueda que desde arriba aplasta a los demás; lo que habría que hacer el romper la rueda. Es también la crítica que hizo en su momento la teórica neo-marxista Nancy Fraser contra la narrativa del empoderamiento femenino. Según Fraser, el feminismo de segunda generación inadvertidamente terminó aliándose con la lógica neoliberal, promoviendo un modelo de mujeres fuertes dedicadas al emprendimiento y la promoción de sus carreras individuales. Siempre fue una posibilidad, reconoce Fraser: o transformábamos el mundo en un paraíso donde la emancipación de género fuera de la mano con mayor participación democrática y solidaridad, o construíamos las bases de un nuevo liberalismo que entregara a hombres y mujeres la misma posibilidad de autonomía personal, mayor poder de elección y progreso meritocrático. Resultó lo segundo, se lamenta. La vanguardia ideológica del actual movimiento feminista chileno busca que esta vez no ocurra lo mismo.

Ahí radica uno de los mayores problemas de la derecha y del piñerismo para conectar con el movimiento feminista. (Uno de los problemas, porque sin duda hay otros tantos que se relacionan con la resistencia de los sectores conservadores para abandonar categorías esencialistas respecto del orden biológico ‘natural’). Porque Piñera no sólo cree que la narrativa que Fraser critica es legítima sino que es normativamente deseable. Será también un problema para aquella derecha incipientemente liberal -especialmente desde Evópoli- que busca conectarse con el legado feminista decimonónico de Stuart Mill y Mary Wollstonecraft. Este es un tipo de feminismo que inevitablemente entra en contradicción con el feminismo radical, al menos en la dimensión teórica. Ahora bien, los movimientos sociales y las teorías filosóficas que los inspiran pueden tratarse por separado. Pero será interesante observar cuál será el camino que tomará la vanguardia del movimiento: amplitud de convocatoria a costa de intensidad política, o intensidad política a costa de amplitud de convocatoria. Si es lo último, es muy posible que Piñera y la derecha queden fuera.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/08/columna-cristobal-bellolio-pinera-la-derecha-feminismo/