Archive for the ‘Uncategorized’ Category

RUBIOS DEL MUNDO, UNÍOS

enero 15, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 11 de Enero de 2018)

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Días después de la primera vuelta concurrí a las dependencias de la Fundación para el Progreso (FPP) a comentar los resultados con un grupo de jóvenes que participan habitualmente de sus actividades. En los últimos años, la FPP ha sido un activo polo de discusión intelectual en torno a las ideas del liberalismo clásico. Cuenta con destacados polemistas  –probablemente el más conocido es Axel Káiser- y desarrolla un trabajo formativo envidiable. Por eso me llamó la atención cuando averigüé que la inmensa mayoría de la concurrencia había votado por José Antonio Kast (de aquí en adelante, JAK) en la elección presidencial.

JAK no sólo no es liberal. Es un anti-liberal. En campaña fue tan liberal como pudo serlo Artés o Navarro. Estos jóvenes de la FPP no pertenecían a la familia militar ni parecían ser evangélicos u Opus Dei. Es cierto que JAK prometió bajar impuestos y achicar el estado, pero a estas alturas no hay liberalismo serio que crea que ésa es la batalla central. El liberalismo se trata de construir reglas donde personas con distintos proyectos de vida puedan vivirla en condiciones de relativa autonomía y el poder político las trate a todas con igual respeto. JAK, por el contrario, no cree en las virtudes del pluralismo. Piensa que su particular idea de la vida buena –que en este caso coincide con una creencia religiosa- tiene que ser respaldada por las instituciones públicas. No hay tal “liberalismo” de JAK.

Al rato comenzaron a fluir mejores explicaciones: JAK dice lo que piensa, aunque no sea popular; JAK dice las cosas como son, lo que muchos estamos pensando pero no nos atrevemos a decir públicamente para evitar la camotera; JAK, en cambio, va de frente contra los “progres” y su intolerancia frente a las opiniones minoritarias; JAK es el líder que desafía la corrección política; JAK no le teme a la policía tuitera ni a la funa de las redes sociales; JAK es de los pocos políticos que entiende que nos encontramos en una batalla cultural contra la moralina de la izquierda, que amordaza nuestra libertad de expresión.

He ahí la novedad de JAK. No se trata de si apoya a los reos de Punta Peuco o si pide feriado para la visita del Papa. El contenido de sus declaraciones no es tan relevante como el lugar desde donde las produce: JAK se pone a sí mismo en el lugar de una minoría vulnerable a la cual le han cercenado su derecho a disentir en un mundo donde corrección política del progresismo se ha hecho hegemónica. JAK transmite a los suyos que están bajo asedio y que la única manera de resistir es peleando de vuelta, sin amilanarse.

¿Le suena conocido? En los últimos lustros, especialmente en universidades, medios de comunicación y redes sociales, en Estados Unidos se instaló una restrictiva cultura de corrección política, atentísima a penalizar socialmente cualquier transgresión al código de los Social Justice Warriors –la versión Millennial del progresismo. En lo central, este código prescribe políticas y modos de expresión que eviten cualquier tipo de ofensa, exclusión o marginalización de grupos históricamente desaventajados. Lo que partió con medidas estructurales de acción afirmativa o discriminación positiva, derivó en exigencias del lenguaje inclusivo y patrullaje de micromachismos hasta la demanda por espacios libres de comentarios despreciativos o incluso que criticaran ciertas adscripciones identitarias. Tal como lo fueron narrando en forma magistral las últimas temporadas de la serie gringa South Park, el celo excesivo de la PC Culture terminó pariendo su propia reacción. En el gigante del norte, esa reacción fue Donald Trump. En Chile, está siendo JAK.

Tanto Trump como JAK dicen hablar por el ciudadano promedio –que en su imaginario es hombre, blanco, maduro, heterosexual, creyente y patriota-, quien se vería sitiado por una serie de restricciones en favor de las mujeres, las etnias minoritarias, la monserga LGTB, los ateos y los migrantes. En lenguaje marxista, serían la nueva clase oprimida. Su mensaje es algo así como “rubios del mundo, uníos”.

Ahí radica la potencia del fenómeno JAK. Jamás llegará a ser presidente de la mano de un puñado de canutos delirantes o de una tribu de viejos decrépitos que insisten en la gesta libertadora del 73. Sin embargo, su crecimiento político será proporcional a la magnitud de la reacción criolla a la cultura de la corrección política. Por esos sus enemigos favoritos son los Social Justice Warriors chilensis, apretujados en los colectivos del Frente Amplio. Su hinchada se excita cada vez que los enfrenta, pues sienten que – ¡al fin!- alguien pone coto al tonito pontificante de la izquierda. Así se explica el entusiasmo de los jóvenes de la FPP (el mismo que profesan por Káiser). Pero también lo celebran quienes reclaman su caducado derecho a proferir tallas sexistas, xenófobas, racistas u homofóbicas. Es decir, quienes añoran regresar al mundo donde la libertad de expresión lo ampara todo. Finalmente, también lo festejan los que volverían a ese país donde el catolicismo se presumía por defecto y el estado podía promoverlo sin pedir permiso ni dar explicaciones. En esta narrativa, los privilegiados de antaño, son los perseguidos de hoy. JAK es su profeta, y les promete volver a la Tierra Prometida.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/01/11/rubios-del-mundo-unios/

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MIENTRAS NOS HACEMOS MAYORES

enero 10, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 4 de enero de 2018)

Wouldn’t it be nice if we were older? Then we wouldn’t have to wait so long” dice la canción de The Beach Boys, del celebrado álbum Pet Sounds de 1966. Bien podría ser el tema que encarne el estado de ánimo de la dirigencia del Frente Amplio (FA) chileno. Aunque irrite a sus detractores y sus partidarios lo consideren una frivolidad, el FA está de moda. La pregunta es si acaso esa frescura y novedad que atrae a tanta gente (especialmente jóvenes) durará hasta que sus cuadros sean lo suficientemente adultos como para encabezar los destinos de la nación. La pregunta es si no se desinfla en el camino.

Piense en el Podemos, el manoseado símil español del FA. Irrumpió con fuerza en 2014, combinando relato generacional con una crítica a la moderación neoliberal del PSOE. Se pensaba que Podemos reemplazaría finalmente al partido de sus padres en el espectro político. La popularidad de su líder Pablo Iglesias subía como la espuma. Era cuestión de tiempo. Sin embargo, acaban de cerrar un año para el olvido. No encontraron un registro adecuado para lidiar con el independentismo catalán y el propio Iglesias se hizo insufrible para la mayoría de sus compatriotas. Hoy, Podemos está bajo el PSOE en las mediciones y está siendo alcanzado por el liberal centrista Ciudadanos.

Por ahora, las acciones del FA van al alza: cuenta con un elenco joven y preparado que ha optado por el duro camino de construir orgánicas partidarias mientras sus rivales en la izquierda representan partidos cansados cuyas glorias están en el pasado. Pero esto no garantiza nada. El desafío del FA es mantenerse culturalmente atractivo en los próximos años. Es decir, seguir tocando las teclas correctas en la sociedad chilena. Primero, no cesar en su actitud de irreverencia política, que incluye una cuota de ingenuidad, otra de heroísmo y una pizca de utopía (esa clase de irreverencia que no tuvieron sus hermanos mayores y que sirvió para correr el cerco de lo programáticamente posible). Segundo, evitar las tentaciones que rodean al ejercicio del poder. Un parlamentario FA es sorprendido negociando con un carabinero para sacarse un parte y –ahora sí- se acaba la magia. Episodios así son inevitables. Pero hay que reducirlos al mínimo. Por efectista que sea, la faramalla de la reducción de sueldos ayuda en ese empeño. En tercer lugar, al FA le toca trabajar en su cara institucional. Ya no son tres sexys quijotes solitarios en Valparaíso. La relación de Giorgio Jackson con Gabriel Boric llegó a ser material homo-erótico. Pero ya no serán los políticos mejor evaluados por la ciudadanía los que estarán siempre frente a las cámaras. De la etapa del lucimiento personal tendrán que mutar al juego colectivo –y a varios en este equipo les cuesta un mundo.

En la dimensión presidencial, el mandato es cuidar a Beatriz Sánchez. Es cierto que tanto Boric como el alcalde de Valparaíso Jorge Sharp tendrán edad suficiente para competir en la próxima presidencial. Pero da la impresión que Boric hace lo posible por des-presidencializarse (en la próxima entrevista puede aparecer con bata y gorra de baño), mientras Sharp no quiere que su mandato porteño sea vista como un mero trampolín. Para exorcizar esa crítica y validar su gestión, debe reelegirse. Por todo lo anterior, la Bea no puede ser liberada de sus obligaciones políticas todavía.

Finalmente, el FA tiene otra tarea pendiente. Hay un Chile que no solo no los conoce, sino que les tiene terror. Partiendo por la élite, que no sabe a qué se enfrenta. Difícilmente lo sabrá si el FA no tiene voz en las tribunas mediáticas del establishment. Dicho de otro modo, el FA necesita cronistas que cuenten su historia. Nadie mejor que Ascanio Cavallo para hablar de la Concertación, nadie mejor que Héctor Soto para hablar de la derecha. ¿Quiénes hablarán del FA?

Hasta ahora, parece tener cuatro almas. La primera es socialdemócrata y está asociada a la hegemonía de Revolución Democrática, eje indiscutible de la coalición. La segunda es de índole libertaria y allí se matricula el Movimiento Autonomista y la Izquierda Autónoma. La tercera parece conectarse con los colectivos populares que apoyaron a Alberto Mayol: Nueva Democracia y Partido Igualdad, además del Partido Poder. Finalmente, el cuarto polo es un híbrido hippie-liberal donde caben humanistas, ecologistas, piratas y el Partido Liberal de Chile. A varios en el FA les complica la presencia de los liberales de Vlado Mirosevic. Sin ir más lejos, el diputado que obtuvieron en Los Lagos fue originalmente vetado por varios colectivos por su pasado piñerista. Otros entienden, en cambio, que el PL cumple un rol relevante para ampliar la cancha ideológica de la coalición. Porque Mirosevic no levanta banderas contra la doctrina del FA; más bien pone temas que no están en la agenda del FA. Del equilibrio de poder entre estas cuatro almas depende si el FA se arrincona en la izquierda o bien busca avanzar hacia el centro político en aras de construir una coalición apta para gobernar.

Pero no hay prisa para los Millenials del FA. Una cosa es llegar a La Moneda porque los astros electorales se alinearon y otra distinta es hacer el gobierno que se quiere. Aunque a veces, como canta Brian Wilson, a uno le den ganas de ser mayor para no tener que esperar tanto tiempo.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/01/08/columna-cristobal-bellolio-nos-hacemos-mayores/

LA MANO INVISIBLE

enero 8, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 5 de enero de 2018)

Varios pensamos que era una mala idea: entregar a tres figuras con agenda propia roles de vocería durante la campaña de segunda vuelta parecía receta para un desastre. A fin de cuentas, José Antonio Kast, Manuel José Ossandón y Felipe Kast estarían pensando más en el 2021 que en la elección de Sebastián Piñera. Sin embargo, la estrategia funcionó.

Como si se tratase de la parábola de los talentos, Piñera le encargó a los tres que maximizaran la votación de sus respectivos nichos. A José Antonio le encomendaron el electorado evangélico y la familia militar. Volvió del Biobío con un saco de votos adicionales. A Manuel José le pidieron los votos que obtuvo Bea Sánchez en las populosas comunas de Santiago Oriente. Regresó de Puente Alto con un saco de votos nuevos.  A Felipe le solicitaron puentes con el centro y el mundo liberal. Retornó de la Araucanía con otro saco de votos. Todos cumplieron.

Como si se tratase de la mano invisible de Adam Smith, cada agente persiguiendo su beneficio individual generó para su sector un beneficio agregado. Como cada uno le habló a su propio electorado, la competencia entre personalismos no le hizo daño a la coherencia de la empresa. Porque competencia hubo. Ossandón y Felipe Kast se agarraron de las mechas por la promesa de gratuidad que el primero le arrancó a Piñera. Ambos sacaron cuentas alegres del altercado: en sus respectivos mundos, defendieron la posición correcta. José Antonio Kast, por su parte, vendió entre los suyos la imagen de un Piñera canuto y defensor de Punta Peuco. A nadie le importó demasiado en el comando: lo importante era tener un Piñera atractivo para cada público.

Por lo anterior, entre todas las variables que se discuten para explicar el triunfazo de Piñera (atributos del candidato, promesa de crecimiento económico, campaña del terror,  movilización territorial, cooptación de reformas de Bachelet, mala performance de Guillier, etc.), hay que incluir la vieja y aritmética práctica de cubrir todas las bases: que a la extrema derecha le hable una figura de extrema derecha y les diga que el candidato piensa como ellos; que a la derecha populista le hable una figura de derecha populista y les diga que el candidato piensa como ellos; que a la derecha liberal le hable una figura de derecha liberal y les diga que el candidato piensa como ellos. Se dice que en política 2 + 2 no suman cuatro. Muchas veces, taparse el pecho implica destaparse los pies y viceversa. Pero Piñera, porfiado, apostó por sus matemáticas. Y el resultado le dio la razón: tres fueron multitud.

La pregunta compleja es qué hacer ahora que los tres están empoderados. La lógica indica que el delfín debiera ser Felipe Kast, flamante senador y líder del único partido post-Pinochet de la derecha chilena. Si Piñera quiere pasar a la historia como el gobernante que lavó definitivamente las culpas de su sector respecto de la dictadura, inclinarse por el fundador de Evópoli tiene todo el sentido. El presidente electo podría además vanagloriarse de ser el entrenador que hizo debutar a toda esa generación en el servicio público. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo: Felipe Kast quiere encarnar una derecha “100% social”, pero su entorno se parece mucho a aquello que Carlos Larraín bautizó como derecha boutique. Tampoco está claro que las banderas liberales que dice representar Evópoli sean las más rentables desde el punto de vista electoral.

El senador Ossandón, por su parte, puede argüir en su favor que le ganó por lejos a Felipe Kast en la primaria (sin mencionar que los 63.594 votos que transformaron a Kast en primera mayoría en el Sur palidecen frente a los 317.311 que necesitó el ex alcalde de Puente Alto para coronarse en Santiago). Aunque nadie tenga muy claro a qué se refiere su idea de “derecha social” –ideológicamente se parece más bien a un cóctel nacionalista y popular que se conecta con la tradición patronal del tronco conservador y latifundista chileno- Ossandón siempre echará encima de la mesa su potencia electoral. Para evitar que Ossandón esté haciéndole la vida imposible al gobierno por deporte, varios analistas piensan que el presidente electo debería convocarlo al gabinete (podría ser Vivienda) ¿No fue así como desactivó a Allamand hace siete años?

Finalmente, embriagado de su propio éxito, está José Antonio Kast. Con su medio millón de votos como aval –no hizo el loco, como muchos esperaban- se pavonea por redes sociales y foros mediáticos insistiendo en la estrategia que tan bien le funcionó: ir de frente contra la izquierda y todo lo que huela a progre, alegando que la derecha ha sido amordazada por la corrección política y ofreciéndose para liderar la ofensiva contra este verdadero estado de sitio cultural. Una reedición del libreto Trumpiano acá en el fin del mundo. Al lado de la derecha acomplejada que representa Piñera, JAK es la derecha irreverente y provocadora que se solaza en su propia incorrección. Por eso también será un dolor de cabeza para el gobierno, como ya lo está siendo al pedir indultos para violadores de derechos humanos a propósito del caso Fujimori. Piñera se compra un problema nacional e internacional de proporciones si le hace caso. Como en el caso anterior, quizás haya que aplicar la sabiduría de la familia Corleone: mantén a tus amigos cerca, pero a tus enemigos aún más cerca.

La mano invisible funcionó. Ahora hay que pagar el precio.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/01/04/146799/la-mano-invisible

¡RESUCITÓ!

enero 2, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 28 de diciembre de 2017)

Recuerdo escolar de cada lunes después de semana santa: en cada pupitre, nos esperaba un queque individual con una banderita que llevaba escrito “¡Resucitó!”. Tuve la misma sensación el lunes después de la segunda vuelta, cuando el rector Carlos Peña hacía su recorrido radial.

Los resultados de la primera vuelta no coincidieron con las predicciones de Monseñor –como le dice con cariño y algo de sorna su feligresía mercurial. En corto, Peña pensaba que el candidato Piñera encarnaba mejor las aspiraciones de una clase media que se ha volcado sin culpa hacia el mercado para satisfacer sus necesidades materiales (bienes) e inmateriales (estatus). En un escenario de modernización capitalista, sugería Peña, la emancipación ya no pasa por las grandes utopías colectivistas sino por la realización de la subjetividad a través del consumo. Pero Piñera apenas obtuvo un 36% de las preferencias y la narrativa de Peña cayó en desgracia académica.

La izquierda le dio especialmente duro: los chilenos no se han vendido a la cultura del mall, retrucaron. Las reformas de Bachelet siguen siendo populares, agregaron. Es cosa de sumar los votos de Goic, Guillier, Sánchez, Navarro y Artés. Los analistas más sofisticados observaron dos cosas. Primero, que Peña instaló una falsa dicotomía pues los chilenos no quieren elegir entre reformas igualitarias y modernización diferenciadora: quieren ambas. Segundo, que constituye un error metodológico tratar de probar hipótesis sociopolíticas con resultados electorales, especialmente cuando el voto es voluntario.

Como fuere, Peña fue casi desahuciado. Intentó defenderse, explicarse mejor. No hubo caso. La lápida ya estaba inscrita: aquí yace CPG, pontífice dominical, que porfiadamente se resistió a reconocer el derrumbe del modelo. Atrás quedaba la imagen del rector que disfrutaba irritando a la elite conservadora con sus agudos comentarios anticlericales. En su versión actual, Peña sería el intelectual orgánico del modelo neoliberal, superior a cualquiera que pretenda serlo desde la propia derecha.

Por eso fue tan dulce la mañana del 18 de diciembre. De las cenizas, Monseñor volvió a la vida. Piñera obtenía la friolera de 9 puntos de diferencia y se convertía en el presidente más votado desde 1993. Los chilenos, finalmente, se habían inclinado ante el candidato que mejor representaba sus anhelos de modernización capitalista. Con Piñera, ganaba Peña.

Es una buena historia pero muy simplificada, principalmente porque no sabemos quiénes le dieron a Piñera su holgado triunfo y por qué votaron por él en el balotaje.

La primera tesis sostiene que, tal como en 2009 existió meo-piñerismo, ahora tuvimos bea-piñerismo. Eso explicaría los buenos resultados de Piñera en populosos núcleos urbanos de clase media donde Beatriz Sánchez tuvo altas votaciones. La pesadilla del Frente Amplio: enterarse que sus electores exhiben baja intensidad ideológica, votos blandos que se pasaron de su candidata al candidato de la derecha sin experimentar disonancia cognitiva. Les habría seducido la frescura de la periodista, pero no necesariamente el contenido quejumbroso de su relato. Como si se tratase de elegir productos en el supermercado. El problema de esta tesis es que los (pocos) números que tenemos sugieren que el 80% de los votos de la Bea fueron a Guillier. Sólo uno de cada diez pasó a Piñera. Es poco para hablar de bea-piñerismo.*

La segunda tesis es que Piñera se mimetizó con Bachelet (otro deja vu de 2009: mientras “El Desalojo” de Allamand decía que Piñera ganaría agudizando sus diferencias con la presidenta, Tironi sostenía que la llegada de la derecha a La Moneda se explicaba por su aprendizaje mimético). Esta vez, Piñera tomó banderas emblemáticas de la Nueva Mayoría. Se comprometió con la gratuidad y hasta se abrió a la posibilidad de tener una AFP estatal. Es decir, neutralizó la ventaja que podía tener Guillier como continuador de las reformas bacheletistas. Articuló un discurso insuperable: los derechos sociales no sirven en el papel, hay que financiarlos, y nadie mejor para financiarlos que un gobierno que viene a meter leños a la locomotora de la economía. Si esto es correcto, la derrota cultural sería de la derecha y Peña no podría cantar victoria.

A todo esto se agrega finalmente otro problema: ¿hay que hacerle caso a la primera o a la segunda vuelta? ¿Cuál entrega señales políticas más confiables? Según algunos, en la primera se experimenta, casi como un juego, mientras en la segunda se vota en serio. Otros recuerdan que la literatura dice lo contrario: la primera vuelta es el verdadero termómetro, cuando están todas las opciones sobre la mesa.

El asesinato de Peña a manos del columnismo de izquierda fue prematuro. Pero su resurrección también depende de la confirmación de hipótesis que aún no han sido confirmadas. Pero si tuvimos quequitos con banderitas por la resurrección menos confirmada de la historia, bien vale uno para monseñor.

Link: http://www.theclinic.cl/2017/12/28/columna-cristobal-bellolio-resucito/

*Un nuevo estudio conocido después de la publicación original de esta columna sugiere que uno de cada cuatro votos de Beatriz Sánchez fue para Piñera, lo que evidentemente fortalece la tesis en comento. 

 

VOTOS VEMOS, CORAZONES NO SABEMOS

diciembre 28, 2017

por Daniel Brieba (publicada en Diario Financiero el 22 de diciembre de 2017)

Solemos olvidar que puede haber una gran diferencia entre las razones que tuvo un electorado para escoger a un político y la interpretación que éste hace de esas razones. Bien lo sabe Bill Clinton, que en 1992 basó su campaña en una gran reforma de la salud, solo para tener que abandonar dicha reforma una vez en el poder ante el creciente rechazo a ella por parte de la misma opinión pública que lo había llevado a la victoria.

Por lo mismo, así como probablemente fue un error interpretar el apoyo electoral a Bachelet el 2013 como un mandato para un programa de reformas profundas, también lo sería el leer los resultados de primera y segunda vuelta como un plebiscito sobre éstas. Sabemos por las encuestas que dichas reformas no han sido populares, pero no sabemos si el apoyo o rechazo a ellas fueron determinantes para las personas a la hora de votar.

La preparación para gobernar, el deseo de caras nuevas, la marcha de la economía y tantas otras razones se conjugan también a la hora de escoger.

Por ello, para entender lo que pasó otro punto de partida puede ser más fructífero. Desde el 2009 en adelante, el cambio político en Chile ha sido impulsado fundamentalmente por un electorado urbano y de clase media.

A pesar de sus profundas diferencias ideológicas y de estilo, es en comunas como Puente Alto, Maipú, La Florida y muchas capitales regionales donde ha estado la fortaleza de ME-O el 2009; de ME-O, Parisi y Andrés Velasco el 2013; y de Ossandón y de Beatriz Sánchez este año.

Esto sugiere pues lo siguiente: la nueva y joven clase media chilena no está ni afectiva ni ideológicamente alineada bajo las coordenadas políticas de los partidos de la transición. Anda en busca de proyectos políticos que interpreten y representen políticamente su propia trayectoria vital. Y en eso, caben tanto proyectos políticos de derecha como de izquierda, porque si bien valoran el acceso al consumo y los resultados de la modernización capitalista, no ven eso como incompatible con querer universidad gratis o mayor seguridad social. Y por lo mismo, lejos de cualquier ideología, no consideran un sacrilegio votar por Sánchez o ME-O en primera vuelta y por Piñera en segunda.

Los datos de votación por comuna son aquí muy sugerentes. Más que la entrada de un ejército de reserva de votantes piñeristas en segunda vuelta – del cual cuesta encontrar evidencia– lo decisivo fue que Piñera subió con mayor fuerza su porcentaje de votación allí donde a Sánchez y a ME-O les fue bien, pero no donde a Goic le fue bien. El electorado de esta última, fiel a su identidad concertacionista, parece haberse inclinado por Guillier en mucho mayor medida. No fue el antiguo centro DC el que abandonó a Guillier, sino estos nuevos (y más jóvenes) votantes.

Por ello, desde el Frente Amplio hasta la UDI, la lucha política de estos tiempos no será por el centro ideológico, sino por el corazón de la nueva clase media.

Link: https://www.df.cl/noticias/economia-y-politica/actualidad/votos-vemos-corazones-no-sabemos/2017-12-21/203216.html

VALE OTRO

diciembre 26, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 22 de diciembre de 2017)

Lo dijo la alcaldesa Evelyn Matthei en medio de los festejos: el nuevo gobierno de Piñera no puede estar dominado por la generación de la transición; debe ser un equipo que refleje la demanda por renovación. Para Matthei es fácil decirlo. Ella fue ministra de la primera administración piñerista. Junto a Joaquín Lavín, ya recibieron su premio a la trayectoria: municipalidades termales. Pero hay otros tantos de la vieja guardia que aún no han disfrutado de la tribuna que garantiza el gabinete.

Una derrota de Piñera habría significado la jubilación definitiva de su generación, o al menos la salida en masa de la primera línea. Es una generación porfiada. Además de un plebiscito perdido, acumula cinco derrotas presidenciales (la primera de ellas, la de Büchi, con el propio Piñera oficiando de jefe de campaña), media docena de parlamentarias y otras tantas municipales. Por el seguro a la derrota que ofrecía el sistema binominal, sus líderes nunca pagaron muchos costos. A diferencia de los conservadores británicos, los conservadores chilenos nunca tuvieron un David Cameron que, cansado de perder elecciones, los pasara a retiro. Pero es también, paradójicamente, una de las generaciones más exitosas que ha tenido la derecha chilena en la historia. En un país que se presume socioculturalmente de centroizquierda, no es cualquier cosa llegar a La Moneda dos veces en ocho años. Es gran mérito de Piñera, sin duda. Pero también de su entorno.

Por lo anterior, la generación “dorada” de la derecha chilena se gana un vale otro. Un Bonus Track. Un Extended Time. Un estirón del chicle. Como Rocky en el epílogo, le alcanza para una última pelea. Por cierto, no todos estarán en el ring. Varios de los próceres de la generación de la transición ya se fundieron: Jovino y Longueira, para empezar. Otros, como Coloma y Melero, entienden que muy probablemente agotarán su vigencia política en la refriega parlamentaria. Allamand es incombustible, pero sería un despropósito abandonar una senaduría tan potente y difícil de alcanzar como Santiago Poniente. Pero no es el caso de Andrés Chadwick, Alberto Espina o Hernán Larraín Fernández. El primero es el Pánzer del piñerismo y sería extraño que no tomara el control político del próximo gobierno. Espina y Larraín se abstuvieron de repostular al Senado para gozar -y sufrir – la titularidad de una cartera ministerial. El primero iría a Justicia o Defensa, el segundo a Cancillería. Esto sin mencionar a Gonzalo Cordero, estratega comunicacional del comando. Nunca fue coronel pero sí fue samurái: tiene un vínculo histórico con el grupo. No es casualidad que Piñera haya conocido los magros números de la primera vuelta a puertas cerradas con estos cuatro nombres: Chadwick, Espina, Larraín y Cordero. La notable excepción del experimentado círculo de hierro es Gonzalo Blumel, que podría ser hijo de los anteriores.

Este cuadro genera una tensión. Una de las principales lecciones de la última elección parlamentaria fue precisamente constatar que la demanda por renovación de los elencos políticos es real. El éxito del Frente Amplio no se explica en pura clave ideológica. Pero, al mismo tiempo, Piñera llega al poder con la presión de incorporar a sus compañeros de batalla, para una última gran marcha como aquella de los Ents, los árboles caminantes, en El Señor de los Anillos. Piñera entiende la necesidad de renovación en su sector. En un reciente encuentro, entusiasmó a los militantes de Evopoli confesando que entre ellos se encontraban tres cuartas partes de su futuro gobierno. La frase no debe haber caído bien en oídos de Jacqueline Van Rysselberghe o de Cristián Monckeberg, timoneles de los partidos más grandes de la coalición. Pero refleja que Piñera está leyendo correctamente el escenario: sabe qué acciones van al alza y cuáles no.

Piñera tendrá entonces que resolver un dilema: o premia los esfuerzos y desvelos de su generación, o entiende que a veces los gobernantes deben sacrificar a los suyos para alcanzar objetivos superiores. No bastan las declaraciones arjonianas. El paisaje político chileno está cambiando y la derecha en el poder necesita tener el olfato afinado y el lenguaje apropiado para los nuevos tiempos. No lo tuvo ciertamente en su primera incursión. El “gabinete de la gente linda”, lo llamó Fernando Villegas. Una alta concentración de hombres caucásicos, capitalinos de colegio particular, católicos heterosexuales, y casi todos en edad madura. No hay nada de malo en coleccionar esas características. La pregunta es si son las ideales para conectar con un país que, como le recordó la presidenta Bachelet al presidente electo en su tradicional llamado, es cada día más complejo.

Los Baby Boomers de la derecha tienen todo el derecho de reclamar su vale otro. Se lo ganaron. A fin de cuentas, equipo que gana repite. En una de esas, Lavín y Allamand siguen pensando que todavía les queda otra más. Pero los resultados del 19N muestran que los Millennials vienen con todo a jubilar no sólo a los Baby Boomers, sino a sus hermanos mayores de la Generación X. Ciertamente, no se construyen gobiernos a partir de cuotas etarias. Pero sería interesante observar si acaso la generación de Piñera demuestra el mismo sentido estratégico de Daniele de Rossi. Ante el llamado de su entrenador para ingresar a la cancha en el empate contra Suecia, el veterano volante defensivo italiano hizo lo que hacen muy pocos: disputó el cambio y exigió que entrara un delantero. Era la única manera de ganar el partido.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/12/21/146425/vale-otro-2

CONCIENCIA DE CLASE

diciembre 22, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 19 de diciembre de 2017)

Pensamos que se trataba de un exabrupto, una salida de libreto, una Piñericosa. ¿De qué otra manera podría interpretarse que un candidato presidencial pusiera en duda la limpieza de los procesos eleccionario de un país que se ha ganado su buena reputación al respecto? Un par de míseros votos marcados son anecdóticos, no bastan -ni de lejos- para montar una sospecha sobre el resultado. Pero ahí estaba Sebastián Piñera insuflando vida a la nada misma. Días después fue José Antonio Kast, el francotirador más efectivo de la derecha, quien dijo no abrigar dudas respecto de la posibilidad de que les robaran la elección. Con esas letras. Con ese talento que tiene para que las barbaridades que salen de su boca no parezcan tan bárbaras.

En los días previos a la segunda vuelta, la infame denuncia ya no parecía un error sino un acierto. Cundió el temor en las huestes piñeristas y la derecha social -no la de Ossandón, sino la de clase- se movilizó con un sentido de urgencia pocas veces visto. El miedo puede ser paralizador, pero también puede ser un motor para la acción política, tan poderoso como la rabia, la culpa o el sentido del deber. El miedo fue el combustible perfecto para energizar a los miles de apoderados que descendieron de las tres o cuatro comunas del barrio alto para desplegarse por la larga y ancha ciudad. Un taxista me comentó que fue apoderado de Guillier en San Joaquín, su comuna. Su par piñerista era un joven capo que venía de Lo Barnechea. Más allá de lo evaluativo, la diputada Karol Cariola no miente cuando señala que vio en Recoleta una gran cantidad de personas “que no había visto nunca, de pelo muy rubio”. Mi mejor amiga vive en Las Condes y cuidó los votos de Piñera en La Granja. En varios de mis grupos de whatsapp se hacían llamados desesperados a acudir a tal o cual colegio porque “la cosa está peluda”. Otra amiga comentó que, asunto curioso, ni a ella ni a su marido le tocaron votos previamente marcados. Repito: que no estaban marcados. Lo consideró digno de ser contado, porque en su imaginario era normal que ocurriera lo contrario.

Lo mismo con #Chilezuela. Lo que pareció una exageración de la diputada electa Erika Olivera se instaló en la campaña: si gana Guillier, bajo la pérfida influencia del Frente Amplio, Chile se irá derechito al despeñadero bolivariano. En ese contexto de polarización, quizás no fue un lapsus de Piñera comparar a su templado y grisáceo rival con ese energúmeno tropi-autoritario que es Nicolás Maduro. Concedamos que Guillier no ayudó mucho con sus metáforas sobre meter la mano en bolsillos que no hacen patria. Pero no se requiere un título en política comparada para reparar en lo descuadrada de la analogía. Los promotores de la campaña del terror desde la derecha –también la hubo desde la izquierda- ignoraron olímpicamente las enormes diferencias que tenemos con la Venezuela chavista en términos institucionales. Partiendo por el hecho fundacional del proceso chavista: una élite local que se abstiene de participar y renuncia a la contienda democrática. Nuestra élite, en cambio, se jugó la vida el pasado domingo.

Es una perogrullada académica observar que las comunas más ricas votan más que las más pobres cuando el voto es voluntario. Las razones suelen apuntar al diferencial en años de escolaridad: a mayor educación, mayor participación. En lenguaje sencillo, los ricos sienten que la política es una conversación propia mientras los pobres la perciben ajena. En promedio, un joven de colegio particular pagado aprende a discutir de política en la mesa y, si las circunstancias lo ameritan, comenta las elecciones con sus compañeros. En promedio, un joven que vive en la marginalidad no le dedica un minuto de su tiempo a ese país paralelo que transcurre fuera de su campo visual y sólo se apersona cada cuatro años en la feria regalando bolsas o calendarios. No llama la atención que en Vitacura haya sufragado un 73% del padrón mientras en La Pintana lo hizo apenas el 37,3%.

Las causas de la holgada victoria de Piñera son múltiples y acá no pretendo reducirlas. Pero es imposible soslayar que una de ellas está vinculada a lo que los marxistas llaman conciencia de clase. La derecha social y cultural chilena –aquella que vive en el distrito 11 pero también, por extensión, la del aspiracionalismo que los progresistas despectivamente identifican con el “facho pobre”- percibió en las últimas semanas que lo que estaba en disputa era demasiado importante como para restarse. Probablemente, la mayoría del electorado que marcó Piñera no lo hizo azuzado por el terror de una nueva UP sino legítimamente persuadido de sus aptitudes para promover crecimiento, empleo y seguridad. Lo que parece innegable es que la derecha dura -esa que coreó “Chile se salvó” en Plaza Italia- activó sus mecanismos defensivos como animal bajo amenaza e irradió un sentimiento de emergencia que fue tan contagioso como efectivo: #Chilezuela fue grito y plata en el sector oriente.

No es motivo de vergüenza reconocer el miedo como elemento movilizador. Tampoco lo es reconocer conciencia de clase. Marx confiaba en que el proletariado despertaría de su letárgica alienación para caer en cuenta que sus intereses eran antagónicos a los dueños del capital. Es razonable que los dueños del capital -o lo más parecido a ello que tenemos- hagan lo mismo.

Link: http://www.theclinic.cl/2017/12/19/columna-cristobal-bellolio-conciencia-clase/

CON CARA DE HAZAÑA

diciembre 18, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 18 de diciembre de 2017)

Piñera gana con insospechada comodidad una segunda vuelta que se anticipaba más reñida. Confirma, a lo menos, dos tendencias. La primera es que en Chile ganan los que han sido punteros durante toda la carrera. A nadie le arrebatan la corona en la última fecha del torneo. Lagos pasó susto en 1999 y Piñera alcanzó a preocuparse tras sus escasos 36 puntos en primera vuelta. Sin embargo, todo vuelve a la normalidad en la recta final: siempre se imponen los favoritos.

Lo segundo que se confirma es nuestra incapacidad de achuntarle al resultado. Estamos siempre pisando territorio desconocido. Se pensaba, por ejemplo, que votaría menos gente en el balotaje. Así suele ocurrir. Pero votó más gente que hace un mes. En ese sentido, Guillier no lo hizo mal: dobló su votación de primera vuelta y superó los tres millones de votos, lo que sugiere que fue capaz de captar la gran mayoría del electorado de Beatriz Sánchez.

La sorpresa fue Piñera: no sólo juntó los tres millones de votos que sumaba con José Antonio Kast, sino que obtuvo 700 mil preferencias adicionales. Superó su propia marca de 2010. Una hazaña, por donde se le mire. Sobre todo porque se estaba instalando la idea de que esta elección era un plebiscito sobre su persona. El anti-piñerismo tomó fuerza en las últimas semanas. La derecha temía que se unieran todos los colores contra el gris, como se decía en jerga universitaria. Pero si éste fue acaso un plebiscito sobre las virtudes y defectos del personaje, Piñera lo ganó por nocaut.

Nadie cree, sin embargo, que el puro amor a Piñera explique este resultado. Hay dos tesis en competencia. La primera es que la campaña del terror fue exitosa. La narrativa #Chilezuela se instaló en ciertos círculos. Los grupos de whatsapp del barrio alto funcionaron como aceitadas máquinas proveedoras de apoderados. Contra lo que esperaba Zurita, fue la derecha la que acudió a sus puestos de combate. El piñerismo entendió que con las reglas del voto voluntario gana quien es capaz de movilizar a la base electoral propia. Para ello, sirve proyectar cuadros dramáticos que generen sentido de emergencia en la tribu. La derecha se movilizó ante el miedo que les provocó un gobierno de Guillier, prisionero de la influencia del Frente Amplio. De ahí la canción que se escuchaba anoche en los festejos: “Chile se salvó”.

La otra tesis es que Piñera ganó porque se apropió de las ideas del adversario. Prometió un cierto tipo de gratuidad en la educación superior y hasta se abrió a la posibilidad de una AFP estatal. Entendió que los chilenos no rechazaban las reformas de Bachelet, y se comprometió a continuarlas en la medida que la billetera lo permita. Los doctrinarios de su sector creen que vendió sus convicciones por un puñado de votos. Victoria pírrica, quizás. Pero victoria a final de cuentas – para satisfacción del senador Ossandón que hizo el negocio.

Piñera se apresta a gobernar un país teóricamente dividido, en la esperanza de que estemos nuevamente equivocados: que la polarización sólo sea un fenómeno electoral y no una realidad sociopolítica.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-12-18&NewsID=389578&BodyID=0&PaginaId=14

 

CINCO CLAVES DE UNA TRISTE SEGUNDA VUELTA

diciembre 12, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 11 de diciembre de 2017)

  1. Campañas del Terror

Tanto Sebastián Piñera como Alejandro Guillier han acusado ser víctimas de una campaña del terror, mientras simultáneamente ambos han legitimado campañas del terror contra el adversario. Se habla de campaña del terror cuando el argumento para movilizar votantes no se concentra en las virtudes del candidato propio sino en las desgracias por venir si gana el otro. Desde la derecha se ha dicho que un triunfo de Guillier nos acerca peligrosamente al chavismo (de ahí el hashtag #Chilezuela que se viraliza en redes sociales) o bien nos pone en el umbral de una nueva UP. Desde la izquierda se dice que un nuevo gobierno de Piñera sería un retroceso en una serie de derechos sociales conquistados bajo la segunda administración Bachelet: se revocaría la ley de aborto en tres causales, se acabaría con la gratuidad y los funcionarios públicos tendrían que abandonar sus puestos de trabajo.

Todas estas son exageraciones. Chile no cambia radicalmente de semblante si gana Piñera o gana Guillier. Piñera entiende que no puede aplicar la lógica de la retroexcavadora sino más bien construir sobre lo obrado. Guillier se ha cuidado de no hacer promesas excesivamente onerosas. Pero sus comandos y colaboradores saben que en escenarios de voto voluntario gana el candidato más eficiente en movilizar su base electoral. Y la mejor manera de movilizar es pintar un cuadro de colores dramáticos. Imprimir sentido de emergencia es el mejor de los incentivos a la participación electoral: aunque muchos no crean realmente todo lo que dicen del rival, le meten carbón al fuego para que sus respectivos partidarios no se queden en la casa el próximo domingo.

  1. Guerra de Condoros

Los candidatos no andan finos. Cada vez que hablan, se exponen al condoro. Piñera ha tenido que volver sobre sus palabras varias veces. Si bien es cierto que hubo un par de denuncias de votos marcados en todo Chile, el número es anecdótico e irrisorio en la escala de las cosas que importan. Ponerlo en la agenda fue una irresponsabilidad. También tuvo que refrasear su posición sobre los niños transgénero.

Dicen que Piñera quedó tan quemado con sus asesores después de los resultados de primera vuelta, que decidió no escuchar a nadie y seguir sus instintos. ¿Se acuerdan de la serie política gringa The West Wing? Un capítulo se titulaba “Let Bartlet Be Bartlet”, en referencia a lo bueno que resultaba, estratégicamente hablando, que el (ficticio) presidente Jed Bartlet se soltara y siguiera sus propias ideas. No es el caso con el ex presidente chileno: Dejar que Piñera sea Piñera es una mala idea.

Un día después de los errores no forzados de Piñera, fue el turno de Guillier, quien habló de meter la mano en el bolsillo de los ricos que no hacen patria y concluyó con adolescentes consignas guevaristas. A mucha gente indecisa, cada vez que habla Piñera le dan ganas de votar por Guillier. Habla Guillier y le dan ganas de votar por Piñera. Cuando agarran el micrófono, sus colaboradores empiezan a preparar el control de daños.

  1. Llorones e hipersensibles.

¿Se ha fijado en lo desagradable que son esos partidos de fútbol donde los equipos están más preocupados de pedir tarjetas para los jugadores contrarios que de jugar a la pelota? Es una justa analogía para lo que ha ocurrido en esta campaña de segunda vuelta. Al menor roce, se movilizan los comandos para denunciar juego sucio. Así ocurrió, por ejemplo, con aquella fugaz escena de la franja de Guillier donde se alcanzan a leer algunos chilenismos que una de sus partidarias pone por escrito acerca de la derecha. Nada del otro mundo. El piñerismo en pleno explotó de falsa indignación como esos jugadores que se lanzan teatralmente al piso cuando los tocan. Corrieron hacia el árbitro con los ojos desorbitados exigiendo las penas del infierno, aun cuando el contexto de la escena hacía obvio que no pretendía ser ofensivo contra su candidato (aunque probablemente lo hicieron para tapar el condoro de los votos marcados).

La hipersensibilidad no es buena consejera en política. Perdieron el día lloriqueando en lugar de instalar su propia agenda. Desde el Guillierismo la actitud no es muy distinta. Se moviliza hasta La Moneda, magnificando y sobrerreaccionando cada expresión de Piñera. La ministra Narváez también lleva un mes corriendo detrás del árbitro pidiendo tarjetas.

  1. A la caza del voto huérfano.

Ambos candidatos quedaron lejos de la mayoría absoluta y se vieron en la obligación de salir a buscar el apoyo de los postulantes que quedaron en el camino. A Piñera se le hizo más fácil: José Antonio Kast se plegó a su campaña sin condiciones. Sin embargo, Piñera se vio obligado a realizar gestos al mundo evangélico y a la familia militar, gestos que pueden alejarlo del votante moderado. Más condiciones puso Manuel José Ossandón para ponerse al servicio de la causa. El caudillo de Puente Alto forzó a Piñera a prometer gratuidad en la educación superior, una política que va contra las ideas de la derecha al respecto. Los doctrinarios se preguntan si acaso vale la pena ganar a toda costa traicionando los principios. Felipe Kast, por su parte, han sido el encargado de sumar apoyos del centro político, abogando por una coalición donde quepan actores más liberales en materias “valóricas”. Es dudoso, sin embargo, que los respaldos que ha recibido Piñera de la tribu velasquista se traduzcan en un caudal electoral relevante.

En la otra vereda, Guillier vive su propia teleserie. No logró abrochar el apoyo institucional del Frente Amplio pero sí de sus figuras más importantes, entre ellas la propia Beatriz Sánchez. No ha cedido en todo lo que le han pedido pero sí se ha acercado con cierta ambigüedad –por ejemplo, anunciando una condonación parcial del CAE. Aunque se le sumó oficialmente la DC, varios en ese mundo han dicho que no votarán por Guillier. Son pocos, pero los medios conservadores disfrutan amplificándolos con megáfono.

  1. Demasiado largo.

No ha sido las mejores semanas para la política chilena. Los candidatos presidenciales en carrera no han sido inspiradores en su relato ni contundentes en su propuesta. No han añadido nada sustantivo a lo que ya sabíamos de ellos. Piñera ha estado más errático que en primera vuelta. Guillier ha mejorado levemente pero está lejos de ser una figura motivante. Por sobre todo, está resultando eterno. Un mes entre la primera y la segunda vuelta es demasiado. Es cierto que entre medio hay que hacer espacio para la Teletón y un feriado religioso de escasa justificación secular, pero lo ideal sería que en el futuro estos períodos se acorten. De lo contrario la ciudadanía se hostiga, especialmente con una campaña que no se ha destacado por sus luces sino por sus sombras. Tampoco tiene mucho sentido que los congresistas electos tengan que esperar cuatro meses para tomar posesión de sus cargos. Por si fuera poco, el gobierno en funciones debe convivir con 6 meses de clima electoral, lo que es excesivo en períodos de cuatro años y agudiza el fenómeno del pato cojo.

Que se termine luego.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-12-11&NewsID=388961&BodyID=0&PaginaId=48

SONRISA DE MUJER

diciembre 8, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de diciembre de 2017)

Michelle Bachelet esboza una sonrisa después de los resultados de la primera vuelta. No porque a la candidatura oficialista le haya ido muy bien. El rendimiento electoral de Alejandro Guillier fue malísimo. No, la presidenta no sonríe por eso. Bachelet sonríe por lo mal que le fue a Piñera y –en cierto sentido- por lo bien que le fue a Beatriz Sánchez.

Un triunfo de Piñera en primera vuelta –o una votación lo suficientemente abultada que lo dejara en el umbral de la mayoría absoluta- habría confirmado la tesis de que el diagnóstico que llevó a Bachelet a La Moneda por segunda vez estaba descuadrado. Es decir, que los chilenos no estaban ansiosos por derribar el modelo sino que aceptaban de buena gana su dinámica, aquella donde el mercado determina el acceso a bienes y servicios básicos de acuerdo al poder adquisitivo de los individuos. Fue la tesis que articuló –mejor que nadie- el intelectual público Carlos Peña.  Los chilenos, decía Peña, valoran la dimensión emancipadora de la modernización capitalista. La expansión del consumo les ha abierto puertas que antes estaba reservadas para unos pocos. Hay cosas que el dinero sí puede comprar –escribe Peña en un guiño antagónico al pensador comunitarista y crítico del liberalismo Michael Sandel- y eso se siente bien. Entre las cosas que se pueden adquirir bajo este sistema no sólo hay bienes materiales; el mercado es también una competencia abierta por estatus.

La tesis de Carlos Peña es sociológica y no necesariamente normativa. Su objetivo es describir el nuevo paisaje más que pontificar sobre los valores que debiéramos profesar. Por cierto, Peña cree que hay algo valioso en la descripción. El suyo no es precisamente un lamento. Pero sus críticos olvidan  –probablemente porque no se han tomado el tiempo de leer su último libro- que Peña reconoce que estos procesos van aparejados de una persistente sensación de malestar social. Aun así, remataba Peña, la clase media chilena se ha encariñado con el vilipendiado modelo, y quien mejor representaba esos anhelos era Sebastián Piñera, no la izquierda quejumbrosa encarnada por el Frente Amplio. Una victoria arrolladora del candidato de Chile Vamos habría dado a Peña la razón y nos habría permitido sostener –ahora con la seguridad que dan los números- que el diagnóstico 2013 estaba ciertamente mal calibrado.

Pero no fue así. Piñera no fue capaz siquiera de repetir la votación que obtuvo ocho años atrás. Aunque gane la segunda vuelta, la sensación que queda en el ambiente es que no confirma ninguna tesis sobre una clase media fundamentalmente satisfecha con el modelo. Entre Guillier, Sánchez, Goic, ME-O, Navarro y Artés –todos más o menos críticos del mismo- acumularon el 55% de los votos válidamente emitidos. En estricto rigor, esto no refuta a Peña: sólo sugiere que su tesis sociológica no se traduce en lenguaje electoral (lo que puede tener explicación dada la naturaleza polarizadora del voto voluntario: quizás los chilenos satisfechos con la modernización capitalista no sufragaron). No prueba tampoco la tesis del derrumbe del modelo. Pero probablemente alcanza para especular que no se han rendido a sus pies.

Por lo mismo se ha puesto hincapié en las holgadas votaciones que consiguió la candidata del Frente Amplio en núcleos urbanos típicamente de clase media –sea lo que eso signifique. Varios integrantes de la familia que pasa el fin de semana en el mall de Maipú o Puente Alto marcaron Beatriz Sánchez. Aunque no es sabio reducir el electorado de la “Bea” a un solo perfil ideológico, parte importante de su base no cree que las reformas de Bachelet sean malas para Chile. Por el contrario, creen que el gobierno de la Nueva Mayoría ha sido tímido al respecto.

En ese sentido, los resultados del domingo 19 nos entregan pistas para resolver un puzzle que parecía insoluble: si acaso la baja popularidad de Michelle Bachelet se debía al rechazo mayoritario de la ciudadanía a sus reformas o a los efectos devastadores que significó el caso Caval para su capital político. Lo primero es de fondo. Lo segundo es contingente. A la derecha le habría gustado que fuera lo primero. Al Frente Amplio le convenía que fuese lo segundo. Ahora es plausible sostener que los últimos estaban en lo correcto: el gobierno no cayó por su programa sino por una falla en el liderazgo encargado de promoverlas.

Eso, paradójicamente, le saca una mueca de alivio a Bachelet –que compara campante sus actuales treinta y tanto de popularidad con la votación de Piñera. No alcanza para carcajada, pero sí para sonrisa. La presidenta no ha sido exitosa en parir sucesores a la altura. En su primer gobierno, tuvo dos hijos políticos: Andrés Velasco y Marco Enríquez. El mateo y el díscolo. Pero Bachelet le cortó las alas al primero –que la seguía en popularidad- y no pudo respaldar la aventura del segundo –que representaba chasconamente sus ideas. Tuvo que apoyar al tío poco agraciado de la familia. En este segundo mandato lo intentó con Peñailillo. Terminó mal. A última hora apareció Beatriz Sánchez, el conchito de este árbol genealógico llamado progresismo. Guillier es otro tío poco agraciado. A Bachelet le habría gustado votar por el Frente Amplio. A fin de cuentas, juntos corrieron el cerco de la política chilena. Por eso se contenta su corazón en el epílogo. Por eso se pasea, como su política pública estrella, con sonrisa de mujer.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/12/06/146057/sonrisa-de-mujer