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EVÓPOLI Y EL LIBERALISMO DE LA DIVERSIDAD

diciembre 12, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de diciembre de 2018)

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A propósito del requerimiento que Chile Vamos presentó al Tribunal Constitucional para hacer valer la objeción de conciencia de ciertas instituciones médicas respecto de la ley de aborto en tres causales, el rector Carlos Peña acusó específicamente a Evópoli de no entender de qué se trata el liberalismo que dicen encarnar. Como la UDI y RN son derechamente conservadoras, no hubo crítica de inconsecuencia por ese lado. El intercambio epistolar entre Peña y los líderes de Evópoli (a los cuales se sumó Álvaro Fischer) cubrió finalmente una serie de aristas teóricas que superan el caso del aborto y la objeción institucional. Esta columna es para desmenuzar una de dichas aristas: si acaso es consistente con el liberalismo garantizar excepciones a leyes generalmente obligatorias para ciertos grupos en consideración a sus creencias.

Peña y Fischer, especialmente, abren una discusión fundamental al reflexionar sobre el currículum escolar. Según Peña, los establecimientos educativos particulares no tienen el derecho de rechazar el currículum mínimo que exige el estado y al mismo tiempo demandar subvención. Fischer replica que, si algún colegio no quiere enseñar la teoría de evolución porque va contra sus creencias, entonces el estado debe respetar dicha decisión. A fin de cuentas, esos niños estarán recibiendo otros tantos bienes educacionales que justifican la inversión pública. Que Fischer, probablemente el más célebre Darwinista chileno, ejemplifique con la teoría de evolución da cuenta de la importancia que le asigna a la autonomía de las comunidades, ya sean religiosas o de otra índole. En una reciente entrevista, Fischer ya había sostenido que prefiere que el estado respete la decisión de los padres si éstos eligen un colegio donde se enseñe que la evolución es mentira y “los monos solo producen monitos”.

Esta discusión se parece mucho a la que han tenido los filósofos liberales en las últimas décadas respecto de dos formas distintas de concebir el proyecto liberal. Es un debate que se encendió a partir del caso Wisconsin v. Yoder, que resolvió la Corte Suprema de Estados Unidos en 1972. En él, una comunidad Amish -no es casualidad que Peña se refiera a ellos- solicita al estado el derecho de retirar a sus hijos del sistema educacional antes de cursar todos los años que exige la ley. La Corte les dio la razón, argumentando que su libertad religiosa era más importante que los intereses educacionales del estado. La gran familia liberal se dividió en dos: un grupo sostuvo que el fallo era inaceptable pues, a través de la educación y el currículum obligatorio, los niños desarrollaban no sólo competencias cívicas sino principalmente facilitadoras de la autonomía individual para escoger sus proyectos de vida; el otro grupo apoyó la sentencia, sosteniendo que el liberalismo se trata justamente de respetar la diversidad de creencias e ideas que conviven en la sociedad.

Probablemente el filósofo político más frontal contra los “liberales de la autonomía” y el mayor exponente de los “liberales de la diversidad” ha sido William Galston. En su visión, las distintas comunidades -incluyendo a los grupos religiosos- gozan de amplio espacio para practicar sus formas de vida. La intervención del estado debe ser excepcionalísima y sólo se justifica -esto lo reitera Fischer- cuando derechos de terceros están en juego. Esto quiere decir que la sociedad liberal, según la entiende Galston, puede cobijar en su seno a grupos que internamente son iliberales. Un estado liberal sería aquel que garantiza el pluralismo en la dimensión agregada, sin inmiscuirse demasiado en la dimensión micro. Allí, cada comunidad es soberana: desde el colegio que enseña creacionismo hasta el hospital que no practica abortos. Como el mismo Galston advierte, el “liberalismo de la diversidad” se encuentra más cerca de los ideales de tolerancia que inspiraron la reforma protestante. El “liberalismo de la autonomía”, en cambio, estaría influido por el afán racionalista de la Ilustración, que confiaba en la posibilidad de educar a la ciudadanía.

Los argumentos de Evópoli, en este sentido, son los argumentos de Galston: la defensa de una concepción robusta de la libertad de asociación y el derecho de los cuerpos intermedios de organizarse soberanamente sin excesivo control estatal (aquello de la subsidiariedad no aporta mucho en este sentido). Esto no significa que Evópoli tenga razón en la controversia de la objeción de conciencia institucional o que tengamos que abrazar la versión de Galston para ser “liberales de verdad”. Pero significa, al menos, que sus razones están conectadas a una versión respetable del proyecto liberal. Desde ese punto de vista, Peña se equivoca al quitarles la credencial.

Sostengo lo anterior desde la vereda del “liberalismo de la autonomía”. A diferencia de Fischer, creo que el estado está legitimado para establecer y hacer cumplir un currículum mínimo que, entre otras cosas, enseñe el consenso científico respecto del origen de la biodiversidad. Con Peña, no creo que ninguna comunidad tenga el derecho de sustraer a sus niños de ciertas áreas del conocimiento para no herir sus sensibilidades religiosas, menos con financiamiento público. Creo que Wisconsin v. Yoder fue erróneamente fallado. Y no sostengo estas creencias porque, como acusa Galston, quiera imponer una suerte de totalitarismo cívico. Las sostengo en el nombre de aquellos derechos individuales que resultan violados cuando la comunidad donde nacimos -pero no elegimos nacer- nos impone sus creencias. Es discutible si acaso la enseñanza del creacionismo importa un daño objetivo a los niños. Pero es indiscutible que afecta su igualdad de oportunidades en la carrera de la vida. Evópoli dice tomarse en serio la igualdad de oportunidades. Pues hay que tomarse en serio las tensiones que se producen entre dicho principio y el “liberalismo de la diversidad”.

Link: https://www.capital.cl/evopoli-y-el-liberalismo-de-la-diversidad/

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LA DEMOCRACIA LIBERAL Y SUS ENEMIGOS

noviembre 27, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 23 de noviembre de 2018)

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¿Qué tienen en común los gobiernos de Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orbán en Hungría, Jarosław Kaczyński en Polonia, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Rodrigo Duterte en Filipinas, Narendra Modi en la India, Nicolás Maduro en Venezuela, Cinque Stelle y la Lega Nord en Italia? ¿Qué tienen en común los movimientos de Marine Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda, Nigel Farage en Reino Unido, Alternative für Deutschland en Alemania, Syriza en Grecia o Podemos en España? Todos representan distintas versiones del mismo fenómeno populista. Aunque a veces se sitúan a la izquierda y otras veces a la derecha, tienen un enemigo común: la democracia liberal, entendiendo por ella un sistema político que traduce las opiniones de la población en políticas públicas y al mismo tiempo protege los derechos individuales.

Esa es la tesis central del politólogo de Harvard, Yascha Mounk, en su reciente libro The People vs Democracy: Why Our Freedom is in Danger and How to Save It (2018). Aunque pocas veces en la historia de la humanidad habíamos gozado de los niveles actuales de paz y prosperidad, el sistema político que le dio sustento ya no es la alternativa por defecto. Contra la opinión hegemónica de los años noventa, la democracia estaría viviendo un proceso de desconsolidación. Los que creyeron la profecía de Fukuyama tras la caída del muro, diría Yuval Noah Harari, se encuentran igual de perplejos que los jerarcas soviéticos en los años ochenta. El problema, en la interpretación de Mounk, es que el viejo matrimonio por conveniencia entre democracia y liberalismo entró en una fase de desgaste que en muchos lugares del planeta ya entró en franco divorcio. Para Mounk, populismo es sinónimo de democracia iliberal o democracia “sin derechos”.

Respecto de sus características, Mounk sigue la senda de la literatura contemporánea. En el discurso populista, la política es simple y lo que hay que hacer es obvio. De ahí que la mayoría de los populistas insistan en hacer pasar sus ideas como parte del “sentido común”. Si no se hace lo que ellos piden, es porque hay gato encerrado y la élite quiere llevarse la pelota para la casa. En la retórica populista, el pueblo tiene una sola voz y nadie mejor que el líder carismático para encarnarla. Los que piensan distinto son traidores a la patria. La gente de bien, como insinuó Bolsonaro al votar en las recientes elecciones brasileñas, no se equivoca. En la narrativa populista, la mayoría decide y las minorías tienen que acatar -como también dijo explícitamente Bolsonaro en campaña. Los derechos individuales que hay en el camino son -a veces- un obstáculo para la realización de la voluntad popular soberana.

Este populismo o democracia sin derechos, según Mounk, es una respuesta a una democracia liberal progresivamente contramayoritaria. Es decir, un liberalismo no-democrático que ha puesto demasiadas decisiones en manos de órganos no electos. Es la principal queja de los populistas europeos contra los burócratas de Bruselas, por ejemplo. Pero también se dirige contra las agencias gubernamentales que operan con criterios técnicos, contra los bancos centrales autónomos que resisten las presiones del medio político, contra las cortes de justicia que no siempre le dan en el gusto al veredicto popular, contra los tratados internacionales que instauran un “globalismo” que limita la soberanía nacional, contra las instituciones electorales que prometen una competencia igualitaria pero son cooptadas por el poder del dinero, contra el lobby de los grandes actores económicos en desmedro de los ciudadanos de a pie, etcétera.

La explicación de la tensión entre democracia iliberal y liberalismo no-democrático es la parte mejor lograda del libro de Mounk. Si bien el populismo no es presentado como algo positivo -por el contrario-, tampoco es presentado como una pulsión irracional. Sus orígenes, en la mayoría de los casos, pueden ser rastreados a fenómenos culturales y económicos bien precisos. Según Mounk, hay que observar tres: primero, la nueva realidad de las comunicaciones y las redes sociales. Antes, muy pocos controlaban el mensaje que llegaba a millones. Hoy, esos millones se conectan horizontalmente sin mediación ni control. La promesa original -la posibilidad de ampliar la mirada en una conversación en diversidad- se frustró porque en lugar de aquello construimos cámaras de resonancia para reforzar nuestras ideas preconcebidas entre iguales. El resultado fue una mayor polarización de la sociedad. El segundo es el paso de estados mono-éticos a plurinacionales. Una cosa es decidir democráticamente entre personas a quienes atribuimos el mismo derecho a participar. Otra cosa es hacerlo con personas que acaban de llegar y entienden el mundo de manera radicalmente diferente. Es el problema de la identidad y los límites de la pertenencia en tiempos de inmigración. Finalmente, está el asunto del estancamiento económico. A la democracia liberal le va bien cuando la gente percibe que las recompensas del trabajo llegan a todos lados. Eso ha cambiado en los últimos años. Pero, según el autor, es principalmente un problema de expectativas. Los populistas campean allí donde reina la ansiedad económica. Por eso no es tan raro que sectores medios altos voten por candidatos populistas: también le tienen miedo al futuro.

Yascha Mounk cierra su libro con una serie de “remedios” para detener a tiempo la enfermedad. No hay nada muy revolucionario en sus recetas, algunas de las cuales incluso pasan por ingenuas. Pero que sus respuestas a la crisis de la democracia liberal no tengan especial brillo no opaca la claridad de su diagnóstico sobre la misma crisis. Sin duda una lectura recomendada para seguir descifrando los tiempos que corren.

Link: https://www.capital.cl/la-democracia-liberal-y-sus-enemigos/

 

LA RENDICIÓN DEL PRESIDENTE

noviembre 13, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 9 de noviembre de 2018)

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Hasta que Sebastián Piñera se rindió. Lo que no pudieron conseguir sus asesores, lo consiguió una auditora radial que llamó a un programa para aconsejarle al presidente -en el mejor de los tonos- que no siguiera haciendo chistes machistas, a propósito de la llamada “ley de la minifalda” que contó recientemente en Iquique. Piñera se comprometió, en lo sucesivo, a no insistir. Hace lo correcto el presidente de la república. Su investidura impone ciertas restricciones y deberes de abstinencia. Al fin, entendió que hacerse el gracioso a costa de ciertos grupos no va con el cargo.

Sin embargo, sus críticos no quedaron contentos. Dicen que no se mostró muy convencido respecto de los argumentos que motivaron la queja del feminismo. El problema, según manifestó Karol Cariola, es que Piñera todavía no comprende la gravedad de sus expresiones. En palabras de la diputada comunista, éstas serían “profundamente violentas”. Piñera, parece, todavía está al debe.

Sólo que no lo está. En el presidente Piñera confluyen dos personas, una pública y una privada. La persona pública se acaba de comprometer -correctamente- a controlar su temperamento de comediante. A muchos no creyentes nos gustaría, también, que dejara de invocar a dios en cada intervención oficial. Sin querer, el propio presidente establece la diferencia entre la persona pública y la privada. Quejándose del clima de corrección política imperante, reivindica cierta familiaridad en el trato, una forma de relacionarse entre viejos conocidos, como estamos acostumbrados entre amigos. Para bien o para mal, no somos amigos. Somos conciudadanos. Somos parte de una estructura de cooperación social. Pero en ella no hay intimidad. Por lo mismo, Piñera-presidente no puede actuar como si fuésemos de la misma familia. Así, por ejemplo, no era necesario que declarara que, junto a Cecilia Morel, se juramentaran rescatar a los mineros como si fuese hijos suyos. Los mineros atrapados tenían un derecho a ser rescatados que es completamente independiente de la paternidad unilateral que decretó Piñera. Los chilenos eligen presidente, no eligen un padre, ni un amigo, ni un compadre bueno para la talla. En ese sentido es razonable distinguir entre los chistes que puede hacer en público y los que puede hacer en privado.

En privado, en su fuero interno, en el ámbito de su conciencia, el Piñera-individuo tiene todo el derecho de pensar -y seguir pensando hasta que se vaya a la tumba- que las críticas a su chiste son exageradas. Tiene el derecho de pensar que a veces nos ponemos demasiado graves. Tiene el derecho de pensar que no es cómplice de ningún continuo de violencia machista. Tiene todo el derecho, en su sincera perplejidad, de quejarse porque “pareciera que ya no se puede decir nada”. En ese sentido, no le debe a la comunidad política ninguna explicación. Basta con su rendición pública.

Esto no quiere decir que el feminismo u otras identidades históricamente vulneradas no puedan aspirar a erradicar ciertas expresiones simbólicamente discriminatorias de la convivencia social. Es parte de su misión: transformar progresivamente la cultura. Transformar el lenguaje y la forma en la cual nos relacionamos. Pero esa misión se despliega en los espacios de la cultura y no constituye automáticamente una obligación. Porque los cambios culturales se negocian a través del tiempo antes de ser adoptados como criterios compartidos. En este sentido, Chile no es un caso aislado. En todo el mundo, se enfrentan dos campos. A un lado, un grupo que cree en el progreso moral de los pueblos y actúa como vanguardia de los cambios. Al otro lado, un grupo que se resiste -ya sea porque no vislumbra el progreso en los cambios, ya sea porque vive con nostalgia del pasado, ya sea porque no reconoce sus propios privilegios en el statu quo.

La diputada Cariola, sin duda, pertenece al primer grupo. También pertenece al primer grupo el progresismo bienpensante de las redes sociales, el feminismo de campus universitario, el mundo Millennial sobre-educado y en general todos los circuitos cosmopolitas e intelectualmente sofisticados de la población. Pero ahí no se acaba Chile. En el segundo grupo está el presidente Piñera y casi toda su generación, para la cual es un poco tarde para la deconstrucción. También el chileno varón promedio, maduro-heterosexual-bueno para compartir porno por WhatsApp. Ése que todavía no entiende qué tiene de malo decir fleto, mongólico y maraca. Por supuesto, entre ambos campos hay muchos y muchas que tratan de hacer sentido de lo que ocurre a su alrededor. Ahí se decidirá la batalla cultural.

Por eso es contraproducente apuntarlos con el dedo y tratarlos de misóginos al primer micromachismo. Los activistas que mejor entienden su labor saben que educar es mejor que funar. Porque forzar el antagonismo es regalarle un soldado al campo rival. Son miles los que se han pasado al bando de la reacción conservadora porque en lugar de sentirse invitados se han sentido asfixiados. Son los que engrosan políticamente las filas de Trump y en Chile se unen a José Antonio Kast. Esto no quiere decir que el populismo de derecha avance exclusivamente porque las identidades vulnerables se movilicen para exigir igualdad de trato, como a veces se sugiere. Pero la narrativa contra la “tiranía” de la corrección política ha sido indudablemente combustible del fenómeno.

Por todo lo anterior, la prudencia política aconseja que el presidente modere su incontinencia verbal, especialmente cuando se trata de expresiones que pueden ser interpretadas como ofensivas o perpetuadoras de estereotipos negativos. En eso, la crítica ha sido justa. Pero resulta un tanto autoritario exigirle además que tome partido por el bando de la vanguardia cultural que no lo representa. La política aun no adjudica sobre una disputa cultural en marcha.

Link: https://www.capital.cl/la-rendicion-del-presidente/

LA DERECHA MÁS ALLÁ DEL MURO

octubre 29, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de Octubre de 2018)

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Cuando el diputado Jaime Bellolio desafió hace dos años a Jacqueline van Rysselberghe por el control de la UDI, su objetivo no era solamente ganarle a la senadora penquista; ése era solo el objetivo inmediato. El objetivo de largo plazo era salirle al camino a Felipe Kast y al avance de Evópoli. Así quedó claro cuando presentó su diagnóstico: el problema de la UDI no es de stock, es de flujo. Es decir, el gremialismo goza todavía de una robusta posición política en el escenario nacional, una nutrida militancia y un electorado que si bien se encoge sigue siendo fiel. Pero no tiene el futuro asegurado. Por el contrario, las nuevas generaciones -menos pinochetistas y menos conservadoras que sus padres- considerarían más atractiva una propuesta como la de Evópoli, más fresca y liberal, aunque igualmente libremercadista.

Hacía bastante sentido. Parecía incluso una cruzada civilizatoria: matar a la vieja UDI -autoritaria y confesional- para dar nacimiento a una nueva UDI acorde a los tiempos. En esa clave también hay que leer la intencionada elección de adversarios: mientras el diputado Bellolio decía que sus rivales ideológicos estaban en el Frente Amplio (lo mismo que han dicho desde Evópoli), la senadora JVR insistía en que sus rivales eran los sospechosos de siempre agrupados en la Nueva Mayoría.

La irrupción de José Antonio Kast desordenó el naipe. Ironías del destino: JAK fue el mentor del joven Bellolio en el gremialismo, en la época en que representaba una suerte de tercera vía entre el Jovinismo y el Longueirismo. Es más, le abonó el terreno en el viejo distrito de Buin, Calera de Tango, Paine y San Bernardo. Hoy, es su principal problema. Si el proyecto de moderar a la UDI es exitoso, JAK tiene licencia para seguir agrupando a la derecha “sin complejos” que se siente traicionada por líderes que abdican de su pasado. En la mentalidad polarizada y maniqueísta de esos círculos, Jaime Bellolio prácticamente debería unirse al Frente Amplio. Es una derecha enrabiada, que se siente asediada por una supuesta hegemonía cultural del progresismo y la llamada “tiranía” de la corrección política. JAK es su pastor, su líder indiscutido.

En este nuevo escenario, Jackie tiene una misión. Ya no se trata de detener el tiempo. Se trata de contener el avance de la extrema derecha, logrando que la UDI vuelva a interpretar a esos sectores que hoy no se sienten representados por el oficialismo por considerarlo entreguista. He ahí el sentido de su reunión con Jair Bolsonaro. A Van Rysselberghe le importa un comino que la mayoría de los chilenos se escandalicen. Su apuesta tenía otro objetivo: ganarle el “quien vive” a José Antonio Kast, Manuel José Ossandón y cualquier otro actor político de su sector que quiera apropiarse del efectivo discurso populista del próximo presidente brasileño. Aunque JAK partió corriendo detrás de JVR a reunirse con Bolsonaro, llegó placé. En una época en la cual el apelativo de conservador no tiene mucho lustre -como sinónimo de estar siempre a la defensiva, contra el progreso moral de los pueblos, en el lado incorrecto de la historia-, la extrema derecha presenta una narrativa mucho más atractiva por su agresividad: sale al ataque, denuncia la podredumbre ética de la izquierda, reivindica con orgullo sus principios.

En la jerga de Juego de Tronos, JAK es el rey más allá del muro, agrupando una serie de tribus -evangélicos militantes, católicos ultramontanos, militares en retiro, nacional-patriotas, empresarios apartidistas, libertarios dogmáticos, amantes de la mano dura, enemigos juramentados de la elite liberal- bajo el estandarte retórico de la mayoría silenciosa que encarna el sentido común. Van Rysselberghe observa su marcha desde el Castillo Negro de calle Suecia, que separa al mundo civilizado -el sistema de partidos- del mundo salvaje -todos los movimientos que pululan a la derecha de la UDI. Jaime Bellolio, promesa de la Guardia Nocturna, es el personaje que propone trasladar el campamento hacia el sur -es decir, hacia el centro político. Allá el clima es menos inclemente y es posible negociar con el adversario en condiciones menos beligerantes. Jackie, arropada con una pesada manta de plumas de cuervos, tiene ahora un argumento para negarse: si abandonan su puesto, las hordas de JAK invadirán las tierras del norte sin que nadie les oponga resistencia. Reelegirla como Comandante de la Guardia Nocturna (en otras palabras, presidenta de la UDI) significa disputarle a JAK su señorío sobre la derecha más allá del muro. Se trata de un variopinto elenco que, a estas alturas, difícilmente pueda ser representado por la moderación de un Jaime Bellolio o un Felipe Kast.

En estas condiciones, mucho se juega en la próxima elección interna. Un triunfo de Van Rysselberghe sentencia que la UDI se planta en el extremo derecho del espectro para absorber los territorios libres donde galopan las bandas Kastistas. Aunque su rival Javier Macaya está lejos de ser un liberal, al lado de la dirigente que corrió a abrazarse con Bolsonaro cualquiera parece Macron. Su derrota liberaría definitivamente a Jaime Bellolio y sus cercanos para emigrar hacia reinos menos hostiles. La opción de Evópoli cae de cajón.

Link: https://www.capital.cl/la-derecha-mas-alla-del-muro/

UNA TEORÍA SOBRE EL FIN DE LA TRANSICIÓN

octubre 16, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de octubre de 2018)

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Después de Conversación en la Catedral, los peruanos se preguntan cuando se jodió el Perú. Los chilenos, en cambio, con la misma frecuencia nos preguntamos cuando se acabó la transición. ¿Se acabó cuando Pinochet dejó la comandancia en Jefe en 1998? ¿Se acabo cuando el dictador fue detenido en Londres y la primera querella criminal en su contra fue admitida en suelo nacional? ¿Se acabo cuando volvió un socialista a La Moneda? ¿Se acabó con las reformas constitucionales del 2005? ¿Se acabó cuando llegó la derecha democráticamente al poder después de veinte años de Concertación? Ninguna de las anteriores. Se acabó cuando se agotó su clivaje fundacional: el democrático / autoritario.

En 1999, se publicó un influyente articulo (“¿Sobrevivirá el nuevo paisaje político chileno?”) en el cual el sociólogo Eugenio Tironi y el politólogo Felipe Agüero sostenían que el sistema de partidos chileno se había consolidado a partir de las dos opciones que entregaba el plebiscito de 1988. Al lado del NO se organizó la Concertación de Partidos por la Democracia. En torno al SÍ se constituyó una coalición con distintos nombres pero que siempre integró a RN y la UDI. A juicio de los autores, ya no era posible volver al mapa de los tres tercios que existía previo al golpe militar. El plebiscito había generado lo que bautizaron como una “fisura generativa” entre la opción por el autoritarismo y la opción por la democracia. En lugar de diluirse con el tiempo, esta fisura se había consolidado en los noventa, principalmente por el efecto del sistema electoral binominal. Por tanto, Tironi y Agüero aventuraban que el mapa de partidos chilenos seguiría ordenado de la misma forma, al menos en el mediano plazo.

Tuvieron razón. Hasta que la generación de la transición envejeció y una nueva generación que adquirió conciencia política en democracia comenzó a pensar en términos propios. El clivaje democrático / autoritario se fue debilitando en la medida que sus articuladores tuvieron que empezar a compartir la escena con sus hijos. Como parece natural, la generación de la transición se aferró a su clivaje porque que les entregaba orientaciones inequívocas respecto de quién es quién, respecto de las filiaciones y pertenencias que marcan de por vida. Al hacerlo, estiró su permanencia en la primera línea. Ninguna otra generación, sugirió hace un tiempo Enrique Correa, ha durado tanto conduciendo la nación. Marco Enríquez-Ominami fue la señal de alerta. Después del 2011, se abrieron las compuertas de la renovación política de las élites. Aparecieron los Evópolis y las Revoluciones Democráticas. Empezó a desdibujarse el paisaje de la transición.

Lo anterior tiene un correlato desde el punto de vista de la demanda electoral. Todos los chilenos se inscribieron para votar en el plebiscito. Después de eso, los adolescentes que fueron cumpliendo dieciocho se registraron a cuentagotas. El padrón comenzó su progresivo encorvamiento hasta que la inscripción automática metió a la mayoría de los chilenos sub-40 de un tirón. A nuevos partidos, nuevos votantes. No necesariamente más votantes. Se generaron trasvasijes internos: de la UDI a Evópoli, del PPD a RD. Recientes estudios sugieren que el votante joven votó fuertemente por el Frente Amplio en la última votación. Al menos en la centroizquierda, los datos afirman la hipótesis de un quiebre generacional.

Todo esto coincidió con el cambio en el sistema electoral. Nuevas reglas, nuevos incentivos. Apareció una tercera coalición que entendió el juego y sacó provecho (nada menos que veinte diputados y un senador). Otras naufragaron en el intento. Así, retrocedió el duopolio. Los politólogos se preguntarán cuál fue el factor determinante del cambio del paisaje político chileno. No será fácil determinarlo: los factores “sociológicos” (la entrada de una nueva generación a la disputa del poder) y los factores “institucionales” (la modificación del sistema electoral) se confunden en un mismo proceso. Lo que parece claro es que no hay vuelta posible al escenario de la transición. Se agotó su fisura generativa. Se fueron retirando sus elencos. Se demolieron los diques que la contenían.

La manera en que los actores políticos conmemoraron los treinta años del plebiscito es prueba de aquello. El oficialismo apostó a neutralizar el hito: en la narrativa de La Moneda, no se celebraba un resultado determinado sino el acto mismo. Es decir, los que perdieron en 1988 lograron articular un discurso en el cual parecían todos ganadores. De esa forma, quisieron privar a sus viejos rivales de seguir rentando del clivaje democrático / autoritario. Si casi todos estamos al mismo lado de la gran fisura -según una encuesta, un 70% votaría NO y apenas un 18% votaría SÍ en la actualidad- entonces ya no tiene sentido seguir dividiendo el paisaje político de ese modo. A la ex Nueva Mayoría no le gustó la banalización de la fisura del ’88. Con el triunfo cultural del NO se revelan las paradojas de la hegemonía: se pierden las nítidas coordenadas (aliados vs. adversarios) que tenía el clivaje de la transición. Por eso, también, tanta celebración complica al Frente Amplio. En ese esquema, siguen mandando los papás… y el héroe sigue siendo Lagos.

Por todo lo anterior, la transición se acabó en 2011, cuando se venció su clivaje constitutivo. Y se venció porque ya no es suficiente para determinar la pertenencia política de las nuevas generaciones en Chile.

Link: https://www.capital.cl/una-teoria-sobre-el-fin-de-la-transicion/

LA CUARTA OLA DE POPULISMO LATINOAMERICANO

octubre 4, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 28 de septiembre de 2018)

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Tres son las olas de populismo que han recorrido Latinoamérica, según los cientistas políticos. La primera tuvo lugar a mediados del siglo pasado, con los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y Lázaro Cárdenas en México, entre otros. Promotora de la industria local y antiimperialista, se extendió hasta que los movimientos revolucionarios se tomaron la escena en los años sesenta. Después de las dictaduras que sacudieron al continente, una segunda ola de populismo se registró a comienzos de los noventa de la mano de Alberto Fujimori en Perú, Carlos Saúl Menem en Argentina y Fernando Collor de Mello en Brasil. Acusaron a las élites de llevarlas al despeñadero económico y ofrecieron recetas neoliberales. La tercera ola de populismo latinoamericano sería luego asociada al “socialismo del siglo XXI” que promovió Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, entre otros. López Obrador sería su realización tardía en tierras aztecas.

No debiera llamar la atención que la lista incluya actores políticos tanto de izquierda como de derecha. El populismo, se dice, es una ideología “delgada” que se combina con elementos ideológicos de otras tradiciones de pensamiento. Lo que tienen en común los populistas, según una de las visiones dominantes en la literatura especializada (Mudde, Rovira, Müller, Taggard), es aquel discurso que divide en forma categórica a la nación entre una élite corrupta y un pueblo virtuoso. Es, por tanto, una línea divisoria de aguas moral. Lo que esta columna plantea es que en la actualidad hay material suficiente para testear la hipótesis de una cuarta ola de populismo en la región. Ésta estaría caracterizada por la irrupción de líderes y movimientos que despliegan discursos que calzan relativamente bien con la estructura recién mencionada, y que tienen por característica común la exaltación de la pertenencia religiosa.

Vamos por parte. En Brasil, puntea las encuestas presidenciales Jair Messias Bolsonaro. No tiene el triunfo asegurado, toda vez que las fuerzas políticas restantes están dispuestas a unirse para evitar que gane en segunda vuelta -tal como le ocurrió a Marine Le Pen en las elecciones francesas de 2017. Aun así, el Donald Trump paulista es un fenómeno de popularidad. La explicación de su ascenso no se agota en su carisma personal. Bolsonaro lleva una eternidad en el parlamento. Pero se le alinearon los astros: por un lado, muchos brasileños perciben que la única de manera de ponerle coto a la corrupción y la delincuencia es a través de un hombre fuerte que ponga mano dura; por el otro, el crecimiento de la población evangélica y su decidido ingreso en la arena política. Bolsonaro es su candidato. Su posición en los llamados temas “valóricos”, tales como orientación sexual o identidad de género, coincide con la visión del conservadurismo más radical. Bolsonaro es un cruzado contra el progresismo. Su lema de campaña es “Dios por encima de todos”.

En Costa Rica, una de las democracias más desarrolladas del continente, la derecha religiosa también pisó fuerte en las elecciones presidenciales de principio de año. El cantante de música cristiana y predicador Fabricio Alvarado obtuvo mayoría relativa en primera vuelta, siendo derrotado en el balotaje por el candidato oficialista. Su sostén fue el partido Restauración Nacional, orgullosamente evangélico y promotor de una agenda ultraconservadora. Alvarado no prometió expertise técnica ni credenciales académicas. Por el contrario, se presentó como un sencillo hombre del pueblo que llevaría los valores cristianos al poder. Estuvo cerca.

En Chile, más allá de la renovada presencia evangélica en el Congreso, han sido católicos como Manuel José Ossandón y José Antonio Kast los que se han destacado por discursos con ciertos rasgos populistas. Ambos han disparado contra las élites liberales y esa casta de intelectuales aparentemente divorciada de la realidad. Al mismo tiempo, ambos creen que a Chile le falta Dios. Kast, en particular, ha puesto en marcha una retórica con elementos populistas de manual: la alusión a una mayoría silenciosa que se enfrenta a una minoría vociferante, la apelación al sentido común como una forma de simplificar debates normativamente complejos, la imagen de una libertad de expresión asediada por la tiranía de la corrección política. En este último sentido, ha destacado que su par brasileño “dice con fuerza y con valentía las cosas que cree, a diferencia de otros políticos”. Es la misma virtud que le reconocen a Kast sus partidarios: dice lo que piensa, y lo que piensa lo pensamos muchos. Ese fue justamente es eslogan del populista Heinz-Christian Strache, sucesor de Jörg Haider como líder de la ultraderecha austríaca: “Él dice lo que Viena piensa”. Las similitudes entre Kast y Bolsonaro no se detienen ahí: ambos combinan su conservadurismo moral con liberalismo económico, y ambos tienen una buena opinión de las dictaduras que respectivamente gobernaron sobre Chile y Brasil. En justicia, Bolsonaro es Kast al cuadrado.

Pero el elemento central que los une, siguiendo el marco propuesto por la literatura sobre populismo, es su tendencia a moralizar el espectro político. La izquierda, le escribió Kast a Bolsonaro recientemente, “quiere seguir imponiendo su ideología mediante la violencia y la mentira”. Es decir, no se trata de adversarios que tienen opiniones legítimamente diferentes en el contexto de una sociedad pluralista. Por el contrario, los adversarios estarían éticamente corrompidos. Por cierto, lo mismo piensan los populistas de izquierda respecto de sus adversarios a la derecha, confirmando el carácter anti-pluralista del populismo. La novedad de esta nueva ola de populismo latinoamericano, sin embargo, es que utiliza la misma estructura retórica de siempre, pero con una identidad fuertemente religiosa.

Link: https://www.capital.cl/la-cuarta-ola-de-populismo-latinoamericano/

LA TRITURADORA DE FRANCISCO

octubre 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 29 de septiembre de 2018)

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Antes de convertirme en el ateo comecuras que soy, fui un niño profundamente religioso. Solía oficiar de acólito en las misas del colegio. Un buen día a fines de los ochenta o principio de los noventa nos llevaron a la Parroquia El Bosque a conocer al padre Fernando Karadima. Según me recuerdan, era una especie de prueba para ver si calificábamos para auxiliarlo en sus populares misas de domingo. No quedé entre los seleccionados. Probablemente no tenía “zapatitos”, como dicen que decía Karadima para referirse a las aptitudes de un postulante. A veces pienso, de la que me salvé. Otros no tuvieron la misma suerte. Otros conocieron su lado más oscuro. Otros conocieron al déspota abusador que resultó ser el sacerdote regalón de la clase alta chilena.

Me acuerdo de todo esto en el día que el Papa Francisco lo expulsa de la Iglesia. La justicia vaticana se tomó su tiempo. Pero llegó. Me pregunto qué le impidió al pontífice argentino tomar estas medidas antes de visitar en Chile en enero de este año, cuando la mayoría de los antecedentes que tiene ahora a la vista ya estaban disponibles. Su visita fue un fracaso diplomático y pastoral, en gran parte porque los fieles chilenos vieron al jesuita del lado de los abusadores. Perdió una oportunidad Francisco. Debe estar rezando para que no sea demasiado tarde. Debe estar enfurecido con la red de protección que se tejieron entre ellos los obispos para cubrirse las espaldas.

Sus últimas acciones han sido tan inéditas como decididas. Unos tras otros van cayendo los victimarios de sotana, sus cómplices y sus encubridores. El Papa Pancho no debería detenerse aquí en su cruzada justiciera. Ya abrió la válvula. Ya salió del desengaño. La razzia tendrá que ser intensa para limpiar su Iglesia. Porque pocas instituciones han sufrido un descalabro reputacional mayor. Los otrora bastiones morales de la nación hacen agua. Primero fueron los políticos y los empresarios. Después carabineros y los curas. A todos se les acabó la fiesta. Porque la confianza cuesta un mundo construirla, y cuesta poco perderla. Francisco pasará a la historia como el valiente que se atrevió a ventilar el vertedero. Pero nada asegura que los chilenos volverán a confiar. A mí, al menos, no me quita el sueño devolverle su prestigio ni su sitial de influencia política, social o espiritual. Por mí, que la Iglesia Católica cierre por fuera.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2018-09-29&NewsID=410678&BodyID=0&PaginaId=2

EL NUEVO CONSENSO

septiembre 20, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 14 de septiembre de 2018)

Tres grandes consensos gozamos a lo largo de nuestra trayectoria independiente, sugería el historiador Gonzalo Vial. El primero era de carácter doctrinario, y se habría perdido cuando liberales y conservadores decimonónicos se enfrentaron por el rol de la Iglesia en la república. El segundo era de carácter político, y habría naufragado cuando presidencialistas y parlamentaristas hicieron estallar la Guerra Civil de 1891. El tercer consenso cayó cuando la oligarquía que hasta entonces había conducido los destinos del país no supo responder a las exigencias de la cuestión social a comienzos del siglo XX. Desde entonces, insinuaba Vial, Chile se encontraba tectónicamente dividido.

Desde 1932 a 1973, sin embargo, otros consensos parecen haber surgido: la expansión del estado, la industrialización, la democracia en un sentido formal. El golpe militar volvió todo a fojas cero. Pinochet pretendió refundar la patria, pero los consensos no se obtienen a punta de pistola. El plebiscito de 1988, por el contrario, reveló una fractura tan o más profunda que las anteriores. Los cientistas políticos se refirieron entonces al clivaje “autoritarismo vs. democracia”. La transición fue, qué duda cabe, un ejercicio exitoso administrando esa fractura. Pero la llamada democracia de los acuerdos fue un plan de contingencia más que un consenso en un sentido sustantivo. Las legítimas diferencias ideológicas, como diría Mansuy, fueron quedando en silencio. Por eso es tan importante lo que está ocurriendo por estos días en la política nacional.

Después de varios intentos fallidos por sacarse la mochila afectiva de la dictadura -desde Lavín admitiendo que habría votado por el NO con la información que tiene en la actualidad hasta Piñera hablando de los “cómplices pasivos” en su anterior gobierno- finalmente empieza a aparecer en la derecha un discurso consistentemente crítico respecto del período. Aparece, como era previsible, de la mano de las nuevas generaciones, aquellas que no tenían edad para votar en el plebiscito. Fue el argumento central que ofreció Hernán Larraín Matte (43), presidente de Evópoli, al sostener la tesis de la inviabilidad política de Mauricio Rojas en el Ministerio de Cultura: las violaciones a los DDHH no deben ser sometidas a ninguna “contextualización” que busque pasar de contrabando algún tipo de justificación o relativización. El mismo Larraín había coordinado hace cinco años una declaración con marcado acento generacional, distanciándose no sólo de los horrores cometidos por los agentes del estado bajo Pinochet, sino de la tesis de la “inevitabilidad” del golpe, además de proponer a los partidos del sector que retiraran de sus declaraciones de principios las alusiones a la “gesta liberadora del 11 de septiembre” (lo que ya ocurrió en RN y se debate en la UDI).

Algo similar hace el diputado gremialista Jaime Bellolio (37), quien le pide a la derecha que no caiga en lo mismo que critica y condene sin ambages los procederes del régimen militar. Su tesis es radical en el sentido que contradice el argumento de naturaleza utilitarista que muchas veces se esgrime en la derecha para moderar su condena: no habríamos tenido el despegue económico que tuvimos sin Pinochet. Recientemente, el díscolo de la UDI ha tomado el camino Kantiano: los buenos resultados en un área particular no justifican jamás los procedimientos viciados.

Al otro lado del firmamento, la bengala más luminosa la lanzó Gabriel Boric (32). El diputado autonomista pidió a sus socios del Frente Amplio reflexionar sobre los silencios cómplices y las apologías explícitas que abundan en la izquierda respecto de los regímenes autoritarios del mismo signo ideológico. Los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela salieron a la palestra. Sus palabras fueron aplaudidas por casi todo el espectro, pero el ala más radical de su coalición le cayó encima. Pidieron, de la misma forma que lo hace la derecha con Pinochet, “contextualizar” los distintos procesos. Pero lo de Boric también es Kantiano: ningún proceso puede reivindicarse a punta de atropellos a los DDHH, y ninguna concepción de democracia económica o social puede ser tan laxa como para devaluar garantías políticas en materia de libertad de expresión y posibilidad efectiva de oposición.

Con Boric se matricularon sus colegas de Revolución Democrática, Giorgio Jackson (31), y del Partido Liberal, Vlado Mirosevic (31). Este último renunció a la presidencia de la comisión de RREE de la Cámara Baja por las críticas sistemáticas que los sectores duros del frenteamplismo le dirigen, justamente por sus posiciones universalistas en materia de DDHH. Mirosevic ha sido consistente en su discurso: ni Castro ni Pinochet. Desde el punto de vista estratégico, además, el triunvirato que conforman Boric, Jackson y Mirosevic -el autentico partido transversal del FA- entiende que es incompatible un proyecto político con vocación de mayoría que al mismo tiempo defienda lo indefendible ante el tribunal de la opinión pública. No están solos. Varios parlamentarios del bloque -especialmente sus correligionarios- se han pronunciado en el mismo registro. A primera vista, incluso, es la minoría política del frenteamplismo -MDP, Poder, Igualdad- la que se niega a reconocer los abusos de la izquierda en la región. En este sentido, sus visiones son mucho más afines a las del Partido Comunista chileno. Y emergen de una mecánica de razonamiento que comparten muchos en RN y la UDI, especialmente los más veteranos: en ambos extremos del espectro, se imponen visiones consecuencialistas que privilegian el fin (desarrollo económico en caso de la derecha, justicia social en el caso de la izquierda) por sobre los medios utilizados. 

Sin embargo, volviendo a la nomenclatura de Vial, irrumpe un nuevo consenso, que va desde Jaime Bellolio en la derecha hasta Gabriel Boric en la izquierda, en torno a la inviolabilidad de los DDHH y a la observación irrestricta de los procedimientos democráticos. Es un consenso que, finalmente, expresa una convicción transversalmente liberal: lo que se construye con atajos no goza de legitimidad.

Link: https://www.capital.cl/el-nuevo-consenso/

LA FORMA Y EL FONDO

septiembre 6, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 31 de agosto de 2018)

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Es la obsesión de muchos nuevos movimientos y partidos en formación: venderse como castos, puros y virginales, alejados de las malas prácticas y de los vicios mañosos de sus exponentes más tradicionales. La promesa es una nueva forma de hacer política, éticamente impoluta, horizontal y participativa, de puertas abiertas y fraterna camaradería. Sin cocina. Sin macuqueros. Sin lucha de egos. Sin traiciones. Sin agendas personales. A veces, incluso, sin ideología.

Pero asaltan varias preguntas. Primero, si acaso existe tal novel forma, tomando en cuenta las particularidades de la actividad política. Segundo, si es conveniente anunciar a los cuatros vientos que eres distinto a los demás, cuando aún no le has tomado el peso a las inercias del ejercicio del poder. Me inclino a responder negativamente a ambas. No existe una nueva forma de hacer política y cuando se dice no es más que un eslogan. Acá no hay salvadores ni mesías. Nadie ha descubierto la piedra filosofal. La política es la política y siempre estará cruzada por las imperecederas debilidades humanas. La ambición por el poder no un defecto de los políticos sino su condición inherente y necesaria. Nos gusta pensar que somos moralmente mejores que nuestros rivales, pero sometidos a prueba reaccionamos en forma más o menos parecida. Por lo mismo, abusar del discurso de las manos limpias es un error estratégico. A la primera que te sorprenden haciendo lo que hacen todos los demás, el reproche es doble: no solo eres corrupto, también eres farsante. En cambio, los partidos viejos, curtidos en el arte de gobernar, son prudentes a la hora de escupir al cielo. Entienden que la lucha por el poder es como jugar en el Parque Schott en pleno invierno: todos salen embarrados.

Este ha sido uno de los problemas que ha debido enfrentar el Frente Amplio. Dijeron que eran distintos. Ahora, los medios de comunicación y sus adversarios políticos festinan con sus episodios de crisis. Nada del otro mundo, pero terminan siendo amplificadas por la propia hipersensibilidad de sus dirigentes y militantes. Recientemente, el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, se quejó porque su bloque estaba “en el peligroso camino de parecerse a una fuerza más en el escenario político”. ¿Y qué se supone que son? ¿Los elfos de Lothlórien? ¿Monjes tibetanos? ¡Son justamente una fuerza más en el escenario político! La gracia del Frente Amplio es que se trata de una tercera alternativa que viene a oxigenar el petrificado paisaje coalicional chileno, que tiene una vocación declaradamente autoflagelante respecto de los años de la Concertación y que se conecta naturalmente mejor con la experiencia histórica de la generación post-Pinochet. Es decir, un marco ideológico claro -a la izquierda del espectro-, un mito originario -las movilizaciones estudiantiles del 2011- y una estética atractiva -rostros frescos como de sitcom de Netflix. Con eso basta. No hay necesidad de agregarle fanfarrias de virtuosismo moral. Ese camino conduce derechito a la frustración. Es cosa de ver lo que le ocurrió al propio movimiento social porteño que levantó la candidatura de Sharp: son los principales desencantados porque pensaron que gozarían de una alcaldía ciudadana y horizontal. Acusaron traición -échele un vistazo al libro de Rocío Venegas- cuando el Autonomismo se llevó la pelota para casa. Pero quizás los ingenuos hayan sido ellos y sencillamente no haya forma de ejercer el poder que no tenga cierta verticalidad, hermetismo y horizonte electoral.

Para qué hablar de Ciudadanos. Andrés Velasco irrumpió en política promoviendo las buenas prácticas. Si la encerrona del almuerzo millonario ya le hizo mella, el espectáculo tragicómico que está dando su partido en la elección interna es para cerrar por fuera. Aunque las sospechas de fraude recaen sobre los rivales del velasquismo -que habrían violentado las reglas electorales- el desenlace no será feliz para ninguno. Los únicos que se ríen son Guido Girardi y Francisco Vidal, íconos de las malas prácticas en el relato original. Lo que ocurrió en Ciudadanos sería grave en cualquier partido -lo fue para la DC en el llamado Carmengate que selló la candidatura presidencial de Aylwin sobre Gabriel Valdés en 1988- pero no todos los partidos nacen con un eje discursivo tan centrado en hacer una nueva política, limpia y honesta. Evópoli, por ejemplo, se concentró en un par de ideas de fondo -los niños primero, la meritocracia y la posibilidad de una derecha medianamente liberal en las llamadas materias “valóricas”- antes que jactarse de sus formas éticamente superiores a la hora de hacer política. Saben que en una de esas les toca participar de alguna cocina en el futuro. Porque cocina habrá siempre; la pregunta es cuán legitimados están los actores que participan en ella y cuanto recambio es necesario para que las elites no se estanquen. El Partido Liberal del diputado Mirosevic también ha tocado las teclas correctas, conectándose con la tradición del liberalismo decimonónico chileno, peleando por la autonomía personal en la arena legislativa y marcando el contraste con sus socios frenteamplistas respecto de la universalidad de los DDHH. No construyó su discurso sobre la base de una pretendida inmunidad frente a las tentaciones del lado oscuro de la política, que -sabemos- es un error subestimar.

En resumen, el consejo estratégico parece ir por el lado de fortalecer la identidad ideológica antes que vestirse con ropajes santurrones. Principalmente porque la política no es para santos y tarde o temprano nuestros pecadillos quedarán expuestos frente a todos aquellos que alguna vez mandamos al confesionario.

Link: https://www.capital.cl/la-forma-y-el-fondo/

CONTRA LA POLÍTICA DE LAS IDENTIDADES

agosto 24, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 17 de agosto de 2018)

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Mark Lilla es uno de los intelectuales de cabecera del mundo liberal gringo. Allá, liberal es sinónimo de centroizquierda y es la sensibilidad que representa el Partido Demócrata. Por eso, leer a Lilla es leer la autocrítica de un mundo que perdió dolorosamente a manos de Donald Trump. Es lo que hace en “The Once and Future Liberal” (2017) -recientemente publicado en castellano como “El Regreso Liberal”-, una fiera crítica a la política de las identidades como eje narrativo de la acción política, y al mismo tiempo su manifiesto para recuperar el poder.

Fue adoptar la política de las identidades, sostiene Lilla, lo que condenó a la centroizquierda. No sólo en la última elección. Es un proceso que se viene arrastrando. Los demócratas tuvieron alguna vez una visión convocante. Fue en tiempos del New Deal de Roosevelt, rememora. La siguiente gran visión-país vino con Reagan en los ochentas: una visión libertaria, individualista, winner. Desde entonces, piensa el autor, ha habido poco que apele a lo que tenemos en común, y mucho más de aquello que nos divide en identidades. La izquierda liberal construyó su discurso apelando a grupos que pedían para sí una serie de reivindicaciones justas: LGTB, mujeres, afroamericanos, nativo-americanos, inmigrantes, hispanos, etcétera. Pero, en la pasada, dejó de hablarle al resto de la nación, especialmente a aquellos sectores trabajadores que siempre fueron su sostén electoral. Eso que Trump y los populistas de manual llaman la “mayoría silenciosa”. Los liberales norteamericanos se parapetaron en las universidades y construyeron burbujas progresistas fáciles de escandalizar de sus cavernarios compatriotas. Asociado a lo anterior, descuidaron la política de verdad, esa que se gana con votos, y declararon su amor a los movimientos sociales y las ONG. No es raro que de ahí vengan sus élites dirigentes.

En la política de las identidades y el reconocimiento, piensa Lilla, no hay como ganar. Los negros se quejaron de que la mayoría de la dirigencia era blanca -lo que era cierto. Las feministas dijeron lo mismo de los hombres -también cierto. Luego las mujeres negras enjuiciaron a sus pares negros de machismo y el racismo implícito de las feministas blancas. A continuación, todas ellas fueron cuestionadas por las lesbianas por presumir la naturalidad de la familia heterosexual. Y así sucesivamente. La política de las identidades abrió nuevos frentes de conflicto: las llamadas guerras culturales y los avatares de la corrección política. Las discusiones dejaron de tratarse del mejor argumento y se transformaron en un concurso donde gana la identidad moralmente superior. De ahí que solo ciertas personas puedan hablar de ciertos temas. Ya no fue tan importante si las aseveraciones eran verdaderas o falsas, lo importante fue si son puras o impuras desde un pretendido olimpo ético. Es cosa de darse una vuelta por Twitter, donde los sumos sacerdotes del buenismo dan sus sermones.

Dice Lilla que a los liberales gringos se les metió el hábito de “tratar cada asunto como si se tratase de un derecho inviolable, sin espacio para la negociación, e inevitablemente presentando a sus oponentes como monstruos inmorales, en vez de simplemente como conciudadanos con visiones distintas”. Se les olvidó que los grandes cambios, para que sean sustentables, requieren de amplios consensos y para eso es mala idea demonizar al adversario. La política de campus se volvió religiosa, reflexiona Lilla: “implacable vigilancia del discurso, protección de oídos vírgenes, inflación de pecados veniales como si fuesen mortales, la prohibición de los predicadores de ideas impías”. Las redes sociales, por su parte, no ayudaron, pues funcionan como cámaras de eco donde principalmente escuchamos a los que piensan igual.

En su tránsito hacia la pontificación discursiva, la izquierda perdió contacto con el mundo real. En la lógica de las identidades, las fuerzas se mueven en forma centrífuga. En cambio, la política partidista que convoca y aglutina es centrípeta: habla del futuro compartido. No tiene miedo a decir a nosotros, como si en aquello se escondiera un privilegio que busca pasar por neutral. No busca tanto la expresión de la propia personalidad, sino que se orienta hacia la persuasión. Esa es la política que la centroizquierda necesita, remata Lilla. Lo otro, la política de las identidades, es la abolición de la sociedad. Es Reagan para izquierdistas.

En Chile, uno de los principales lectores de Lilla es Andrés Velasco. En un reciente artículo publicado en Project Syndicate, Velasco pide reconocer que la derecha, especialmente la reaccionaria y populista, también apela a las identidades de ciertos grupos. Su punto central es que quizás no sea posible una política que no se construya en cierta forma desde las distintas identidades, y que eso no es enteramente malo. La representación por evocación de valores abstractos tiene limitaciones. Lo que queremos, muchas veces, es que nos represente alguien que haya vivido algo parecido a lo que nosotros hemos vivido. Esa idea de representatividad por presencia, sugiere Velasco, no debe ser desechada. Aun reconociendo sus evidentes riesgos y problemas, la tesis del ex ministro de hacienda es que es posible rescatar el lado virtuoso de la política de las identidades. En el fondo, Lilla y Velasco no están en desacuerdo: ambos destacan la vitalidad social del pluralismo -y en ese sentido son antipopulistas- pero insisten en la importancia de desarrollar una conciencia cívica común -desde el liberalismo- que ponga acento en lo que nos une antes que en lo que nos separa.

Link: https://www.capital.cl/lilla-contra-la-politica-de-las-identidades/