Archive for the ‘Uncategorized’ Category

LA ÚLTIMA PALABRA

junio 18, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 14 de Junio de 2018)

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La ex presidenta se reunió con sus ex ministros y la señal que interpretaron los medios fue que el Bacheletismo se estaba “rearmando”, con el propósito de “defender su legado” de los embates del gobierno de Sebastián Piñera. Aunque la propia Michelle Bachelet ha descartado competir por un tercer período, más de alguno quiso leer en este rearme una declaración de voluntad: si hay que pelear por los valores del progresismo, Bachelet sigue disponible. Aunque este año no la acompañaron las cifras tropicales de aprobación que exhibió al finalizar su primer cuatrienio, la ex mandataria sigue siendo probablemente la figura que más adhesiones concita en la otrora gran familia concertacionista. Desde que se subió a un tanque hace dieciséis años, ha sido la figura más importante del mundo de la centroizquierda chilena, prácticamente sin competencia. Hoy no parece ser distinto.

La tentación del Bacheletismo es que sea ella quien tenga la última palabra en este tango del poder que desde el 2005 baila con Piñera. Que el ciclo se cierre por el lado izquierdo. Para que no queden cabos sueltos ni reformas a medio andar. Para que el conservadurismo chileno no tire por la borda los esfuerzos del socialismo. Porque el que ríe último, ríe mejor. Si Bachelet llegara a conquistar un tercer período, sería entonces el Piñerismo el interesado en estirar el ciclo. A Piñera sí que le quita el sueño quedarse con la última palabra.

Aunque se miren como archirrivales -desde que dejó a Lavín en el camino, Piñera también ha sido la figura excluyente de su sector- lo cierto es que este tango ha sido bueno para los chilenos. Los libros de historia serán benevolentes con la era Caburga. En una caricatura, la dinámica ha sido la siguiente: mientras Bachelet incrementa las expectativas sociales y aumenta el gasto público correspondiente, Piñera revisa la cuenta, impugna un par de detalles, pero finalmente no le queda más remedio que pagarla. A fin de cuentas, es Piñera quien llegó al restorán haciendo alarde de su capacidad de abultar la billetera. Es decir, ella corre las fronteras de lo posible y a él le toca hacerlo posible, como si se tratase de una involuntaria interacción simbiótica.

Pero también existe la posibilidad de que a Bachelet no llegue al 2021. Ya sea porque definitivamente no quiere -después de Caval, ¿quién podría culparla? – o porque el Frente Amplio creció lo suficiente como para reclamar la primera opción en la izquierda, lo que queda de la coalición antes conocida como Nueva Mayoría tiene que pensar en alternativas. No puede repetir los errores que cometió hace ocho años, cuando se vio por primera vez fuera de La Moneda desde el retorno de la democracia. La entonces Concertación se durmió en los laureles sabiendo que la reina madre invernaba con su popularidad intacta en Nueva York. En paralelo, dejó que la calle le amargara la vida al primer gobierno de Piñera, permitiendo que el movimiento social le arrebatara el protagonismo político. El resto de la historia es conocida: las movilizaciones del 2011 marcaron un hito que le dio sentido de pertenencia política a toda una generación, difuminando así el hito de 1988 que proporcionaba el combustible identitario esencial del mundo concertacionista.

La pregunta es si acaso esta vez descansarán en la esperanza que Bachelet regrese a solucionar sus problemas, o buscarán los medios para generar liderazgos atractivos y capaces de disputar con un frenteamplismo cuyas acciones se cotizan al alza. Una reciente encuesta muestra que las dos coaliciones con mayor adhesión son justamente Chile Vamos (21%) y el Frente Amplio (19%), seguidos por el nuevo movimiento de José Antonio Kast (10%). La ex Nueva Mayoría no llega a los dos dígitos. Para qué hablar de presidenciables: no tienen a nadie en la lista de los primeros cinco.

En este cuadro tiene responsabilidad la propia Bachelet. Salvo contadas excepciones -como Paula Narváez y Marcelo Mena- y algunos proyectos fallidos -como Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas-, su estilo no se distinguió por darle tiraje a la chimenea y promover nuevos liderazgos. Después de su primer mandato las alternativas se redujeron a Lagos, Insulza o Frei. Después del segundo, a Lagos o Guillier. El legendario canciller alemán Helmut Kohl aleccionaba sobre la importancia de los delfines en política. Pero ninguno de los mencionados puede ser considerado delfín de Bachelet. Piñera no tuvo la necesidad de producir delfines en 2013: su generación todavía estaba ganosa y dispuesta a pelear una última batalla. Estaban a la cola algunos coroneles de la UDI y miembros de la noventera patrulla juvenil de RN. El escenario será distinto en 2021. Piñera entiende que probablemente no haya una tercera administración y que por tanto se queda indirectamente con la última palabra pariendo un sucesor, entregándole la banda presidencial a una figura que se haya ganado los galones colaborando con su gobierno.

Si el Bacheletismo, en cambio, sigue apostando al rearme de lo que fueron en lugar de al completo desarme y rearticulación de un nuevo polo progresista con liderazgos frescos, entonces ya dijo su última palabra.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/15/columna-cristobal-bellolio-la-ultima-palabra/

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LA CRISIS DE LA IGLESIA DESDE LA VEREDA DEL FRENTE

junio 14, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 8 de Junio de 2018)

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Han pasado algo así como veinte años desde la última vez que me declaré católico. Ya no estaba en un período de duda. Había renunciado irremediablemente a mi fe. Según las leyes canónicas modernas, desde entonces estuve fuera de la comunión de la Iglesia sin necesidad de un proceso que certificara mi apostasía. Las estadísticas sugieren que se trata de un fenómeno de largo alcance en Chile. El catolicismo ha perdido tracción: de ser un país hegemónicamente apostólico y romano, hoy sus números apenas rondan la mitad más uno.

Sin embargo, la mayoría de los medios tradicionales no se ha dado por enterado. La pregunta de rigor ha sido cómo devolverle el prestigio a una institución golpeada por escándalos de abuso sexual, como si fuese tarea de todos reverdecer los laureles de la Iglesia Católica. No lo es. La Iglesia es una institución más de aquellas que pueblan la sociedad civil. Su salud reputacional es crucial para sus integrantes. Pero no para aquellos que no participamos en ella. Pretender que los problemas de la Iglesia son problemas nacionales es como pretender que el momento futbolístico de Colo-Colo debiese preocupar a los hinchas del resto de los equipos del torneo. Colo-Colo puede ser el equipo más grande de Chile, pero no es Chile. La Iglesia representa a la denominación religiosa (todavía) más grande de Chile, pero tampoco es Chile.*

Puedo ir todavía más allá. A los hinchas de los equipos rivales, no les conviene que Colo-Colo regrese a su época de gloria. A quienes somos ateos, no nos interesa que la Iglesia Católica siga siendo considerada una autoridad moral indiscutible. Por el contrario. Los líderes de la Iglesia participan de los debates éticos más relevantes que se dan en el foro público. Están en su derecho, como todos los demás actores de la sociedad civil y lo que alguna vez se llamó el tercer sector. Pero no tienen derecho a una presunción de autoridad moral superior por defecto. Han demostrado no tenerla. Habrá curas buenos y malos, clérigos verdaderamente santos y monstruos que se esconden tras la sotana. Pero lo mismo pasa en el resto de las organizaciones y grupos de interés que pujan por promover sus agendas en sede política. Quienes pensamos distinto de la cúpula de la Iglesia no estamos lamentando su pérdida de influencia; la estamos festejando.

En este sentido, es preciso no confundir una crisis institucional con una crisis de fe. La Iglesia atraviesa por una crisis institucional en el sentido que su casta sacerdotal ha fallado estrepitosamente en la dimensión del testimonio. En un eslogan, predican pero no practican. Desde una perspectiva intelectual, el defecto en la práctica no compromete la validez de la prédica. Los católicos pueden lamentar -e incluso sufrir- los desaciertos de su Iglesia pero aquello no echa abajo sus creencias respecto del plan salvífico de Cristo. Hoy, no es un total oxímoron ser creyente y comecuras. Para ciertas congregaciones, sin embargo, la dimensión del testimonio es esencial. Pienso en mis amigos jesuitas, para quienes no tiene mucho sentido adherir a una serie de preceptos trascendentales si no pueden ser encarnados en virtudes concretas en la vida terrenal. En esos casos, la línea entre la crisis institucional y la crisis de fe se vuelve muy delgada.

Los medios usualmente han responsabilizado a los malos hábitos de la curia por el declive religioso. Como he señalado, una crisis institucional potente facilita las condiciones para una crisis de fe. Pero quiero insistir en que son procesos paralelos. Antes de que se conocieran los sótanos putrefactos de Karadima y otros tantos que posaron de santos, el catolicismo en Latinoamérica ya venía en descenso. En la mayoría de los países de la región, cada punto de adhesión que perdía la Iglesia Católica lo ganaban los credos evangélicos. En Chile y Uruguay, en cambio, lo ganaba la tribu de los no creyentes. No es casualidad: Chile y Uruguay exhiben los más altos índices de desarrollo humano del vecindario. Como suele ocurrir, cuando los pueblos dejan atrás las carencias materiales más duras -reduciendo su vulnerabilidad- y sus nuevas generaciones alcanzan mejores niveles educacionales -reduciendo la ignorancia-, las expresiones de religiosidad tradicional tienden a retroceder. Los estados de bienestar sustituyen lo que Marx llamó el opio de las naciones. Ciudadanos mas celosos de su autonomía no comulgan con ruedas de carreta. Es decir, la crisis de credibilidad que afecta a los curas agudiza la caída, pero no es su única causa.

Hay, por supuesto, una importante razón por la cual la desgracia de la Iglesia debiese despertar el interés de quienes estamos en la vereda del frente: porque cuenta una historia justiciera que resuena en el espíritu humano. La cruzada de Cruz, Hamilton y Murillo -así como de tantos otros con menos visibilidad pública- es material de película y postulación al Nobel de la Paz. Es el relato imperecedero de quijotes contra molinos de vientos, de pequeños valientes frente a la indolencia de los gigantes. La crisis de la Iglesia chilena trae esperanza global para muchas otras feligresías abusadas y atrapadas en redes de secretismo y complicidad. Eso es algo que podemos todos -creyentes y no creyentes- celebrar.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/06/07/151237/la-crisis-de-la-iglesia-desde-la-vereda-del-frente/

*No sólo los medios tradicionales no se han enterado. Nuestras autoridades de gobierno tampoco. A propósito de la visita de los enviados vaticanos a Chile, la vocera Cecilia Pérez señaló: “Vemos en esta disposición del Santo Padre la oportunidad que en nuestro país tengamos una nueva Iglesia católica… Esperamos que las señales que el Santo Padre ha dado para la Iglesia Católica en nuestro país sean recogidas no sólo por la jerarquía, sino por todos los sacerdotes para que vuelva la confianza y, además, la creencia en la Iglesia Católica”. No, vocera. Usted representa al estado de Chile. Y que vuelva la creencia no es un asunto de estado. También sería recomendable que dejara esa pésima costumbre de andar santificando líderes de estados extranjeros.

PIÑERA, LA DERECHA Y EL FEMINISMO

junio 11, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 7 de Junio de 2018)

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“No sé lo que significa feminismo”, reconoció con inusual sinceridad el presidente Sebastián Piñera hace algunos días. Luego matizó, agregando que “si significa creer en igualdad de derechos, deberes y dignidad entre hombres y mujeres”, entonces sí calificaría de feminista. Esa sería, en sus palabras, “una aspiración de todos los hombres y mujeres de buena voluntad”. La respuesta a la pregunta de si acaso Piñera es feminista es también la respuesta a la pregunta de si acaso la derecha puede ser considerada feminista. Aunque parezca una cuestión de etiquetas, no es un asunto menor. Si la respuesta es afirmativa, entonces el gobierno de Piñera no el adversario de la ‘Ola Feminista’. Si la respuesta es negativa, entonces la vanguardia del movimiento insistirá en antagonizar con La Moneda.

El feminismo chileno se encuentra en la misma encrucijada que enfrentan muchos movimientos sociales: si opta por ampliarse a todos los sectores políticos, gana en convocatoria pero probablemente pierde en profundidad ideológica. Si opta por intensificar su identidad política, gana en densidad pero probablemente excluye parte de su base de apoyo.

Si todos caben -incluyendo a Isabel Plá, Cecilia Morel, Cathy Barriga, Ximena Ossandón y eventualmente hasta Pilar Molina-, entonces el feminismo se vuelve moneda corriente. Cualquier discurso que busque promover la situación de las mujeres bastaría para ganarse el apelativo. Es la crítica que hace Jessa Crispin en su reciente “Why I Am Not a Feminist”. No es que Crispin le tenga miedo al término para no asustar a los hombres. Al revés: cree que el término se ha vuelto inofensivo y banal. Su universalización le ha quitado dientes. Y sin dientes, es inútil. En Chile, una crítica similar hizo Laura Quintana a propósito de la portada de una revista de mujeres donde aparecen cinco hombres de tacón: cuidado con el feminismo pop, ligero y buena onda. Es fácil de digerir pero es escasamente transformador.

La otra opción es profundizar el vínculo entre feminismo y socialismo. Varias dirigentas ya lo están haciendo. “Una mujer con conciencia feminista, muy probablemente es anticapitalista”, señaló la diputada comunista Karol Cariola en un panel televisivo. En esta lectura, la lucha por derrocar la estructura de subordinación de clase -amparada por el capitalismo- sería inseparable de la lucha por derrocar la estructura de subordinación de género -promovida por el patriarcado. Simone de Beauvoir y Kate Millett habrían estado de acuerdo. La misma idea expusieron Francisca Millán y Daniela Carvacho -ambas de Revolución Democrática- en una reciente columna: rechazan la tesis de que todas caben en el movimiento por el hecho de haber sufrido alguna vez la violencia machista, y en cambio favorecen un feminismo radical que apunte a desmontar el modelo en todas sus dimensiones. Concluyen que la derecha no puede, en consecuencia, llamarse feminista -mucho menos después de haberse opuesto al divorcio, la píldora y el aborto en tres causales, entre otras. El feminismo, rematan, no es un “mujerismo vacío”. En ese sentido, no les sirve la retórica de emparejar la cancha para que hombres y mujeres compitan en igualdad de condiciones, pues en dicho esquema los ganadores siempre impondrán su peso sobre los perdedores, cualquiera sea el género. Es la filosofía Daenerys Targaryen: todos compiten por ser el rayo de la rueda que desde arriba aplasta a los demás; lo que habría que hacer el romper la rueda. Es también la crítica que hizo en su momento la teórica neo-marxista Nancy Fraser contra la narrativa del empoderamiento femenino. Según Fraser, el feminismo de segunda generación inadvertidamente terminó aliándose con la lógica neoliberal, promoviendo un modelo de mujeres fuertes dedicadas al emprendimiento y la promoción de sus carreras individuales. Siempre fue una posibilidad, reconoce Fraser: o transformábamos el mundo en un paraíso donde la emancipación de género fuera de la mano con mayor participación democrática y solidaridad, o construíamos las bases de un nuevo liberalismo que entregara a hombres y mujeres la misma posibilidad de autonomía personal, mayor poder de elección y progreso meritocrático. Resultó lo segundo, se lamenta. La vanguardia ideológica del actual movimiento feminista chileno busca que esta vez no ocurra lo mismo.

Ahí radica uno de los mayores problemas de la derecha y del piñerismo para conectar con el movimiento feminista. (Uno de los problemas, porque sin duda hay otros tantos que se relacionan con la resistencia de los sectores conservadores para abandonar categorías esencialistas respecto del orden biológico ‘natural’). Porque Piñera no sólo cree que la narrativa que Fraser critica es legítima sino que es normativamente deseable. Será también un problema para aquella derecha incipientemente liberal -especialmente desde Evópoli- que busca conectarse con el legado feminista decimonónico de Stuart Mill y Mary Wollstonecraft. Este es un tipo de feminismo que inevitablemente entra en contradicción con el feminismo radical, al menos en la dimensión teórica. Ahora bien, los movimientos sociales y las teorías filosóficas que los inspiran pueden tratarse por separado. Pero será interesante observar cuál será el camino que tomará la vanguardia del movimiento: amplitud de convocatoria a costa de intensidad política, o intensidad política a costa de amplitud de convocatoria. Si es lo último, es muy posible que Piñera y la derecha queden fuera.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/08/columna-cristobal-bellolio-pinera-la-derecha-feminismo/

LA SOLUCIONÁTICA

junio 4, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 31 de mayo de 2018)

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Como si se tratase de responder a una catástrofe natural, el presidente Sebastián Piñera sintió la obligación política de reaccionar ante la ‘Ola Feminista’ que inunda las calles del país. Gobernar, a fin de cuentas, es liderar. El líder, me explicó una vez mi profesor de castellano, no es el que toma la mejor decisión sino el que la toma primero. En ese contexto hay que entender la batería de medidas que anunció el Ejecutivo para contener el conflicto, canalizar las demandas y dirigir el proceso. A Piñera lo eligieron para gobernar y esto es lo hacen los gobernantes.

Se podría objetar que la Ola Feminista no se parece a una catástrofe natural y que por lo tanto la reacción no tiene que ser la misma. Quizás había espacio para probar otras estrategias. Conversar, por ejemplo, con las protagonistas del movimiento. Ya que estábamos citando comisiones para abordar distintos problemas públicos, habría sido buena idea convocar una mesa de trabajo para comprender mejor el espíritu de la protesta. Porque -y en esto Peña tiene razón- Piñera no es un feminista. Por eso habla de “nuestras” mujeres y cita a un abusador confeso como Neruda en su alocución. Porque no entiende la profundidad del fenómeno. No está solo: somos millones los desconcertados. La diferencia es que mientras algunos pueden darse el lujo de callar y otros de hacer preguntas, a Piñera le gana la solucionática: no puede dejar de buscarle solución al problema.

Así lo hizo en 2011 cuando apareció en cadena nacional junto a Joaquín Lavín, entonces ministro de educación, anunciando los acuerdos GANE y FE. Piñera le contestaba al movimiento estudiantil prometiendo más becas y créditos. Le costó mucho al gobierno captar que el desafío que planteaba la calle no era por unos pesos más sino por una transformación de la lógica del sistema. Los que padecen de solucionática no necesitan entender a cabalidad el problema, sólo piensan en resolverlo. Por eso, a veces la solucionática no es el registro adecuado. Esto no significa que los gobernantes tengan que quedarse de brazos cruzados: sólo significa que el tipo de respuesta debe incorporar una lectura política adecuada del escenario.

En su favor, el piñerismo puede decir que al menos se evitó el bochorno del 2011. Puede insistir que su objetivo nunca fue desactivar todos los focos de conflicto o ganarse el corazón del movimiento. Eso sería imposible. Por eso ni siquiera mencionaron la expresión “feminismo” ni se pronunciaron respecto de los cambios necesarios para una educación “no sexista”. Es probable que esos términos suenen como chirriar tiza en una pizarra en el seno de la derecha chilena. El gobierno apuesta en cambio a bajar la temperatura social: a que las chilenas que no marchan pero simpatizan con el movimiento sientan que, en lo medular, fueron escuchadas y sus demandas están siendo procesadas. No quiere matar al movimiento -porque sabe que no puede- pero sí puede robarle algo de su base de apoyo vistiéndose con algunos de sus ropajes.

Las modificaciones al sistema de salud son un buen ejemplo: a muchísimas mujeres les pareció enteramente justo que se anunciará una reducción de sus planes de salud a costa de un aumento en el plan de los varones. A fin de cuentas, si las tareas reproductivas son comunes en una sociedad, sus costos deben ser repartidos de forma más equitativa. La izquierda, en tanto, puso el grito en el cielo. Como si sus parlamentarias hubiesen estado embrujadas en un trance, los aplausos del primer día se tornaron discursos hostiles al día siguiente, cuando se percataron que las Isapres seguirían haciendo su negocio como siempre. Los hombres agarraron papa: que la compensación sea a costa de sus utilidades, no de nosotros, dijeron. Feministos hasta que les tocan el bolsillo.

La agenda de equidad de género se entrampó. Pero, sin querer queriendo, Piñera metió una cuña en el movimiento. Por un lado, introduce un criterio de solidaridad inter-género en un modelo que principalmente se trata de seguros individuales donde cada uno paga sus riesgos promedio. Si los hombres pagarán más que su propio riesgo y las mujeres menos, entonces se está reconociendo un deber redistributivo a favor de las mujeres. Es una buena noticia para el feminismo. Pero, por el otro lado, no promueve cambios sustanciales al modelo de seguros privados ni afecta las ganancias de las aseguradoras. Esa no es una buena noticia para el socialismo. Alguien tenía que ceder y -para variar- cedió el feminismo. El discurso de sus principales dirigentes políticas se centró en la ilegitimidad de las utilidades de las Isapres antes que en advertir que Piñera estaba corrigiendo una injusticia que afecta estructuralmente a todas las mujeres en razón de su mera capacidad de maternidad. Es cierto que el gobierno tiene poco interés en arruinarle el negocio a las Isapres. Pero esa es otra discusión. Darle prioridad en el contexto actual es retrasar los cambios que mejoran la calidad de vida de las mujeres. Aunque le duela en el alma a las sinceras feministas que sienten que su causa es necesariamente de izquierda.

El gobierno pudo haber estado preparado para esta discusión ideológica. Habría contraatacado acusando a la izquierda de restarse en el afán de construir un mundo más equitativo entre hombres y mujeres. Pero ni siquiera tenía muy claro en qué consistía su propia propuesta. Era ingenuo esperar otra cosa: la improvisación suele reinar en la solucionática.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/06/02/columna-cristobal-bellolio-la-solucionatica/

FEMINISMO KING KONG

junio 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 25 de mayo de 2018)

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Virginie Despentes es una de las referentes literarias del feminismo contemporáneo. Su “Teoría King Kong” acaba de llegar a las librerías chilenas con traducción de Paul B. Preciado (otra figura icónica del llamado postfeminismo). No se trata de un denso tratado filosófico sino de un relato biográfico tan crudo como lúcido respecto de la asimetría de poder entre los sexos. Especialmente, como advierte Despentes, cuando te toca ser más King Kong que Kate Moss.

“Seguramente yo no escribiría lo que escribo si fuera guapa”, dice en la apertura, “tan guapa como para cambiar la actitud de todos los hombres con los que me cruzo”. Despentes reconoce que escribe desde la fealdad. Al hacerlo, reconoce que su mirada está determinada por el lugar que ocupan “las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica” en la jerarquía social. Dicho de otra manera, el resentimiento de Despentes está justificado porque en un sistema que evalúa a las mujeres de acuerdo con su valor estético, a ellas les toca la peor parte. Al frente están las que puntean en lo alto en el ranking de la seducción y la feminidad. Ellas tienen pocas razones para subvertir el estatus quo. A ellas les “convienen las cosas tal y como son”. No es raro, desde esta perspectiva, que las principales defensoras de los concursos de belleza y el derecho a la cosificación sean justamente las que pueden ganar estos concursos u obtener importantes réditos de su propia cosificación. Despentes dice que no tiene nada contra ellas porque en el fondo las entiende: ella no vería el mundo como lo ve si le hubiese tocado poseer el recurso que el patriarcado más valora, ése que determina las posiciones en la estratificación social. Pero tampoco puede quedarse de brazos cruzados: tiene que rebelarse.

Los hombres, en cambio, son socialmente evaluados a partir de varios criterios. No son reducidos a su aporte estético, tal como ocurre en la recién estrenada comedia Je ne suis pas un homme facile de la directora Éléonore Pourriat. La película es desconcertante porque nos cuesta mucho imaginar un mundo donde los hombres son encasillados en los roles tradicionalmente asociados al género femenino, particularmente la carga de generar la atracción sexual. Despentes relata que jugó un tiempo ese rol -de escote, minifalda, y taco alto- y que logró dimensionar -e incluso disfrutar- el poder que emana de dicha posición. Es el poder al cual no quieren renunciar figuras del espectáculo que a la vez se declaran feministas como Beyoncé y Emma Watson. Sobre la primera, la escritora Fiona McCade señaló que no era una verdadera feminista porque la explotación del cuerpo para vender discos es justamente caer en el juego del patriarcado que asigna a la deseabilidad sexual el valor central. Sobre la segunda, la académica chilena Alejandra Zúñiga hizo una crítica similar. El problema de las feministas que giran de la cuenta corriente de la atracción sexual es que no están contribuyendo a un mundo mejor para las mujeres en general. La hipersexualización, dice Zúñiga, las hace aun más vulnerables. Normaliza la idea de que su valor está en la dimensión estética y justifica su exclusión o marginalización en áreas distintas del quehacer social, como la política, la empresa o la academia. Para qué hablar de la violencia sexual.

En este sentido, la mujer King Kong no disfruta de los beneficios sociales de la mujer que “logra cambiar la actitud de los hombres con que se cruza”, y paga igualmente los costos de una sociedad hipersexualizada. Al contar la historia de su propia violación, Despentes desmiente la tesis de que los hombres son animales salvajes que requieren de control y vigilancia para domesticar su libido -muy propia de las sociedades que culpan a la víctima por encender pasiones supuestamente incontrolables. Cree, por el contrario, que se trata de una construcción política y “no evidencia natural -pulsional- como nos quieren hacer creer”. En este debate, Despentes está con Susan Brownmiller, quien en su influyente Against Our Will (1975) sostiene que la violación es una práctica de dominación. Una teoría distinta es la que exponen el biólogo Randy Thornhill y el antropólogo Craig T. Palmer en su controversial A Natural History of Rape (2000), que sostiene que la violencia sexual se entiende mejor desde la psicología evolucionaria.

En materia de porno y prostitución, Despentes adopta un registro más liberal. En este campo, la ortodoxia en el feminismo radical la representan Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, quienes consideran que el porno es una violación a la igualdad entre hombres y mujeres. Hasta donde entiendo, su posición también es restrictiva en el caso del comercio sexual. Despentes cree que la pornografía cumple una función mediadora que “relaja la tensión entre delirio sexual abusivo y rechazo exagerado de la realidad sexual”. Mucho de lo que nos excita proviene de zonas oscuras y no tiene sentido negarlo, reconoce. La ficción cinematográfica nos permite soltar esas amarras y perder la razón sin daño a terceros. Habiendo ejercido la prostitución durante algunos años, finalmente, la reflexión de Despentes es poderosa. Rechaza el discurso mojigato de la mujer que quiere abolir el mercado del sexo porque en el fondo le aproblema la competencia desleal. No quiere la falsa compasión que ofrece la sororidad. Busca desmitificar que todas las trabajadoras sexuales son víctimas. No es más que una pega bien pagada si tienes pocas calificaciones, declara la autora. Lo que exige es que se ejerza en las condiciones que ellas escojan.

Como se advierte, no es fácil encasillar el feminismo King Kong en una etiqueta.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/05/24/150712/feminismo-king-kong/

EL 2011 FEMINISTA

mayo 28, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 24 de mayo de 2018)

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“Este es el 2011 feminista”, tuiteó la escritora Arelis Uribe. Si es por la capacidad de una causa de movilizar a cientos de miles de compatriotas, tiene razón. El 2011 fue sobre educación, especialmente para echar abajo el lucro y exigir gratuidad universitaria. Esta vez se trata de igualdad de género, lo que se traduce inmediatamente en terminar con los abusos que sufren las mujeres en los diversos espacios de la vida social –incluidos los establecimientos educacionales, donde comenzó a propagarse el fuego- y más estructuralmente en la modificación de los patrones de subyugación que impone el machismo. En lo central, ambos son movimientos justicieros que interpelan al poder y demandan transformaciones con diversos niveles de radicalidad. Ambos cuentan con el apoyo de vastos sectores de la población que no pueden estar marchando en la calle. Ambos tienen la fuerza para marcar un antes y un después.

Se distinguen, sin embargo, en el destinatario y la expectativa. En el 2011, el interpelado era el gobierno de turno. Los cambios que promovía el movimiento estudiantil requerían de un correlato legislativo: había que terminar con el modelo educativo heredado de la dictadura y perfeccionado en democracia. Para eso era necesario dictar nuevas normativas y aplicar otros modelos matemáticos para el financiamiento. Los cambios que promueve el movimiento feminista tienen una dimensión reglamentaria pero su objetivo no se agota en ello. Tal como lo fraseó Faride Zerán, se trata de una  rebelión cultural contra el patriarcado. Para que sea exitosa, las transformaciones deben producirse en una serie de ámbitos e interacciones que parecen estar fuera de aquello de John Rawls llamó la estructura básica de la sociedad. De ahí la célebre crítica de Iris Marion Young: lo personal también es político. Algunas de estas transformaciones culturales podrán ser absorbidas por la legislación y la política pública. Otras tantas serán parte de una larga batalla donde la victoria será difícil de medir en el corto plazo.

Quizás por lo mismo el gobierno de Sebastián Piñera respira un poco más tranquilo. En el 2011, estaba claro que las posiciones ideológicas eran opuestas. Esta vez no queda claro si la derecha en el poder es necesariamente el adversario del movimiento feminista. El adversario es el machismo, que corroe todos sectores políticos. Lo que puede complicar efectivamente al gobierno no son sus posiciones doctrinarias –como en el caso de la gratuidad de la educación superior, que consideraba moralmente injusta- sino las deficiencias de su elenco para comprender el alcance y empatizar con la sensibilidad del movimiento. Si ya se hace difícil para mi generación –en el límite entre X y Millennial– es poco probable que una generación de hombres sesentones heterosexuales con educación tradicional de clase alta se deconstruya en un par de meses. Se trata de aquellas encrucijadas en que no basta representar por evocación; se requiere algo de representatividad por presencia: alguien que haya vivido lo mismo que tú. En ese contexto hay que interpretar al ministro Varela: sus experiencias –que configuran su manera de entender el mundo- distan bastante de las experiencias de la mayoría de las chicas que desfilaron en tetas por la Alameda.

En la otra vereda, el diputado RD Miguel Crispi ha sugerido que la izquierda debe abrazar la causa feminista como motor de acción política. Algunos lo han criticado por oportunista, pero Crispi describe una necesidad. El hito originario de lo que hoy es el Frente Amplio fueron las movilizaciones del 2011. Una vez que dichas demandas han sido procesadas por el sistema, disminuye el sentido de urgencia política y baja la efervescencia social. Lograron meterse con fuerza en el debate parlamentario, pero ahí no hay mucho romanticismo. Necesitan un nuevo combustible para mantenerse atractivos en la calle y la movilización feminista les cae como anillo al dedo. A fin de cuentas, mucha gente cree que socialismo y feminismo forman una alianza natural. Ser feminista y no ser de izquierda es carecer de estrategia, mientras ser de izquierda y no ser feminista es carecer de profundidad, dicen que dijo Rosa Luxemburgo (y luego Louise Kneeland). Aunque la tradición marxista ha sido criticada por concentrarse en la opresión de clase y perder de vista la opresión a las mujeres, según Nancy Fraser esa lectura es incorrecta: tal como lo señaló Engels, la socialización de los medios de producción y la colectivización del trabajo doméstico –incluyendo el trabajo reproductivo- son procesos inseparables. Pero la izquierda chilena es diversa. Más allá del feminismo de inspiración marxista que identifica a varios colectivos, existe un feminismo de corte liberal, que va desde Mary Wollstonecraft a Martha Nussbaum. El foco de esta teoría está en la promoción de relaciones simétricas –sin dominación- que permitan a las mujeres escoger sus proyectos de vida en igualdad en condiciones con los hombres. Las tensiones entre ambos tipos de feminismo no pueden ser soslayadas: sugieren distintos caminos normativos en temas que van desde la prostitución y el porno hasta lo que Slavoj Zizek acaba de llamar el derecho de las mujeres a “objetualizarse”. Hasta Cathy Barriga cabe en este último tipo de feminismo.

Probablemente las demandas del movimiento feminista que remece a Chile sean aún más ecuménicas y transversales: caminar sin miedo por la vía pública, tener un profesor en vez de un acosador, ser integradas en forma paritaria a la estructura de toma de decisiones. Pero no se agota en “que no nos maten ni nos violen”. Si la izquierda quiere hacer del feminismo su causa, deberá invertir el mismo esfuerzo intelectual que invirtió para remecer la educación en 2011. Y para el Frente Amplio, el desafío será pasar del bromance Boric – Jackson a una nueva camada de políticas e intelectuales que asuman la primera línea.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/24/columna-cristobal-bellolio-2011-feminista/

LA REACCIÓN JACOBINA

mayo 22, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 17 de mayo de 2018)

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Silenciar la expresión de una opinión, pensaba el más grande los liberales, es como robar a la humanidad. Es hurtarle algo a la generación actual y a la posterior, a quienes apoyan dicha opinión pero también a quienes disienten de ella. Pues si se trata de una opinión acertada, proseguía Stuart Mill, nos veremos privados de una oportunidad para salir del error y conocer la verdad. En tanto, si se tratase de una opinión equivocada, nos veríamos privados “de ese inmenso beneficio que consiste en una más clara percepción, en una más vivida impresión de la verdad, como consecuencia de la confrontación de ésta con el error”.

El amor de Stuart Mill por la libertad de expresión tenía una justificación utilitaria. Algo se pierde cuando las opiniones minoritarias -políticamente incorrectas, diríamos hoy- no pueden desplegarse en la discusión pública. Por eso no es buena idea silenciar a nuestros provocadores, ya sea usando la coerción legal o la presión social para que pierdan sus puestos de trabajo. En este contexto, hay un patrón entre lo que pasó con Rafael Gumucio -quien sostuvo que las tomas feministas eran básicamente elitistas y se le vino encima una campaña para removerlo de su posición académica en una universidad santiaguina-, Pablo Andrade -el (ex)director del Museo Histórico Nacional, a quien se le pidió la renuncia por incluir a Pinochet en una exposición sobre la libertad- y lo que le ocurre a José Antonio Kast cada vez que pisa una casa de estudios y debe enfrentarse a una funa más o menos violenta.

Provocadores todos. Gumucio entra al complejo debate sobre los contenidos del feminismo contemporáneo. No hace una observación particularmente nueva. Como describe Margaret Walters en su introducción al feminismo, el movimiento se ha encontrado varias veces con la crítica de que se trata de una revuelta de sectores educados de las capas medias y altas. Probablemente Gumucio no está al día en la literatura sobre interseccionalidad, pero sus comentarios sirven para que las intelectuales feministas nos eduquen al respecto. La exposición donde aparece Pinochet también es una provocación, pero una provocación intelectual sobre los usos de un concepto polisémico y esencialmente controvertido, tomando la expresión que acuñó W. B. Gallie. A lo largo de la historia -global y local- la libertad se ha entendido de distintas maneras y -al menos metodológicamente- es posible reflexionar sobre dichos usos sin comprometerse con su normatividad. Es decir, es posible analizar la manera en la cual la dictadura se sirvió del concepto sin celebrarla ni equipararla a las experiencias democráticas. Finalmente, Kast no hace más que representar el sentimiento del promedio del derechista chileno. Ni más ni menos. Que algunos grupos de la derecha estén virando ligeramente hacia posiciones más liberales lo hace parecer extremista, pero sus opiniones habrían sido la ortodoxia del sector hace apenas un par de lustros. No es cierto que sea un negacionista en el sentido problemático del término ni que ande por la vida incitando el odio. Tuve la oportunidad de entrevistarlo recientemente y busqué con sincero ahínco la evidencia que pudiera descalificarlo del debate civilizado. No la encontré.

Provocadores han existido siempre. Lo que define a nuestros tiempos es la reacción jacobina que suscitan. Evidentemente, los provocadores no tienen derecho a inmunidad. Deben someterse al tribunal de opinión pública y tenemos el derecho a barrer con sus ideas. Pero se cruza una delicada línea cuando negamos el derecho de opiniones provocadoras o impopulares a participar del debate y los situamos fuera de los márgenes de la convivencia democrática. Muchas veces lo hacemos espasmódicamente, sin mediar reflexión crítica sobre los méritos del argumento o empatía respecto del lugar donde se producen dichas opiniones, como si indignarse fuera una obligación moral y ofenderse un deber ciudadano. En ese sentido, no deja de ser una paradoja que la generación que goza de mejores perspectivas en materia de derechos en la historia sea tan proclive a sentirse vulnerada y violentada. Como si no hubiese nada que aprender de una opinión distinta, por último para refinar los argumentos que sirven para rebatirla. Como si fuese imperdonable que alguien no piense como uno. Como si necesitáramos la seguridad de que existen los malos para vivir con la certeza de que nosotros somos los buenos.

El problema de la reacción jacobina es que infunde un temor que silencia a los provocadores. En ciertos espacios, ése es el precio social que hay que pagar por navegar contra la corriente. Lo que resulta preocupante es que la autocensura se imponga en los lugares donde la provocación sirve de combustible para el pensamiento crítico, como museos y universidades. Estas instituciones no están para cobijar certezas sino para inspirar dudas y cuestionamientos. Es difícil llevar a cabo esa misión en un debate cercenado porque las opiniones que discrepan de la vanguardia del progreso han sido desterradas del ámbito de lo civilizado, de lo legítimamente discutible. Y en un debate cercenado perdemos todos, diría Stuart Mill.

Enamorarse de una teoría del progreso social tiene consecuencias: cuando no avanzamos al ritmo esperado, nos invade la frustración y nos baja la tentación de guillotinar reaccionarios. Quizás así se explique la ansiedad jacobina por bajar el umbral de tolerancia respecto de las opiniones admisibles en una sociedad pluralista. Quizás yo esté equivocado y ahora vengan por mí.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/19/columna-cristobal-bellolio-la-reaccion-jacobina/

DE PRINCIPITO A PRÍNCIPE

mayo 19, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 11 de mayo de 2018)

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Las redes sociales no se resistieron a la tentación de columpiar al senador Allamand por haber escogido El Principito como su obra favorita de la literatura en el Día Internacional del Libro. Tampoco pasó colado que el propio Presidente Piñera citara a su autor, Antoine de Saint Exupéry, en su columna conmemorativa. Piñera también es un declarado admirador del Principito. Uno podría esperar que políticos de fuste como los descritos tuvieran coordenadas culturales más complejas que las que entrega un libro para niños, pero se entiende que no están buscando posar de intelectuales sino conectarse con las masas. Espero.

Un libro menos simpático, pero mucho más útil para Piñera es El Príncipe de Maquiavelo. Aunque a estas alturas ya se ha convertido en otro lugar común, sus enseñanzas son más pertinentes para el ejercicio del poder. Maquiavelo, a diferencia de Saint Exupéry, no goza de buena prensa. No me imagino a Sebastián Piñera -y prácticamente a ningún político profesional- subiendo una selfie con El Príncipe. El beaterío lo crucificaría. Saint Exupéry es básico pero inofensivo.

A estas alturas, Piñera no necesita aprender mucho de El Príncipe. En muchos sentidos, se mueve instintivamente como él. Dos son las lecciones fundamentales de Maquiavelo: primero, el poder es la medida de todo. Si se pierde, lo que se hizo estuvo mal. Si se adquiere y se conserva, lo que se hizo estuvo bien. No hay un criterio moral independiente. Se dice que Maquiavelo inaugura la ciencia empírica de la política porque la emancipa del marco ético judeocristiano imperante. En este contexto, Piñera entiende que los gobiernos son juzgados por sus resultados y no por sus intenciones. Son los triunfadores los que escriben la historia.

Ligada a la anterior, la segunda enseñanza es que gobernar es un ejercicio de adaptación a la contingencia que consiste en aprovechar oportunidades y esquivar trampas y tormentas. Gobernar no es educar ni producir, como pensaban los radicales. Gobernar es navegar, diría Maquiavelo. Cada día tiene su afán y el gobernante que no es lo suficientemente plástico aprende antes a fracasar que a triunfar. La ideología es un marco de referencia amplio, pero el Príncipe no puede darse el lujo de ser dogmático. Esa plasticidad incluye, en el esquema maquiaveliano, la capacidad de transgredir códigos morales tradicionales: la capacidad de ser no-bueno. A los gobernantes se les permite más que al ciudadano común. Desde Maquiavelo en adelante, muchos se han preguntado si acaso ensuciarse las manos no es consustancial al ejercicio del poder.

Lo importante, insiste El Príncipe, es guardar las apariencias: “que cuando se le vea y se le oiga, parezca todo compasión, todo lealtad, todo integridad, todo humanidad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria que debe aparentar poseer que esta última cualidad”. Esto lo entendió bien Julio César, como relata Thornton Wilder en su novela epistolar “Los Idus de Marzo”. César nunca creyó en las supersticiones de su tiempo, pero les seguía el juego para contentar al vulgo. Esta puede puede ser una manera de interpretar los constantes despliegues de piedad pública del presidente Piñera. A muchos sinceros creyentes les parece del mal gusto. Pero tienen un propósito político legítimamente maquiaveliano.

Piñera también disfrutaría releyendo el pasaje de El Príncipe que recomienda “animar a los ciudadanos para que puedan ejercer tranquilamente sus actividades, ya sea en el comercio, en la agricultura o en cualquier otra actividad de los hombres; y que nadie tema mejorar sus posesiones por miedo a que se las arrebaten ni abrir un negocio por miedo a los impuestos”. La primera parte es coherente con su promesa de avivar los fuegos de la economía doméstica. La segunda es consistente con el diagnóstico de Carlos Peña: Piñera interpretó mejor que sus rivales la aspiración de las capas de media por mejorar su estatus social a través del acceso diferenciado a ciertos bienes y servicios.

Debo también reconocer que Piñera puso en práctica lo que enseña Maquiavelo respecto de sus consejeros: “si ves que piensa más en sí mismo que en ti y que en todas sus acciones busca su beneficio, entonces jamás será un buen ministro y jamás podrás fiarte de él”. Lo señalo con cierto dolor, porque tuve el privilegio de trabajar para Sebastián Piñera en mi tierna juventud. Después de un año a su lado decidió prescindir de mis servicios al atisbar algo así como una agenda personal de mi parte. No le guardo ningún rencor: según Maquiavelo, hizo lo correcto.

Durante su primer gobierno, se dijo que Piñera quería parecerse a Bachelet y ser “querido” por los chilenos. Nada como el amor del pueblo. Aquí, la recomendación maquiaveliana discurre en el sentido inverso: los gobernantes deben ser temidos antes que amados, pues los hombres aman según su voluble y acomodaticia voluntad, pero temen según la voluntad del Príncipe. Y siempre hay que optar por lo que depende de uno mismo y no de otros. Si aun cobija esa esperanza, Piñera debiese entonces abandonarla.

Vende mejor -guarda las apariencias- citar los insípidos clichés de Saint Exupéry. Pero para gobernar es mejor hacerse adultos y pasar del Principito al Príncipe.

Link: http://www.capital.cl/de-principito-a-principe/

PARA QUÉ LO INVITAN SI SABEN COMO SE PONE

mayo 14, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 10 de mayo de 2018)

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Las visitas de Mario Vargas Llosa a Chile están resultando un dolor de cabeza para la derecha chilena. Pero lo siguen invitando. Hace algunos meses sugirió que aquellos sectores conservadores que se oponían a legalizar el aborto representaban una derecha “cavernaria”. Nadie le contó que prácticamente todos los parlamentarios de la coalición de Sebastián Piñera -a quien vino a apoyar – estaban a favor de continuar criminalizando la interrupción del embarazo aun en los casos más extremos y vejatorios para las mujeres. Esta vez, Vargas Llosa señaló que no había dictaduras buenas, golpeando la creencia extendida en la derecha local de que la de Augusto Pinochet fue bastante decente. O menos mala, como lo fraseó su entrevistador, el director ejecutivo de la Fundación para el Progreso, Axel Káiser. Es decir, primero Vargas Llosa desnudó a la derecha en su integrismo moral y luego la denunció en su autoritarismo político. ¿Para qué lo invitan si saben cómo se pone?

En el papel, la idea de apropiarse de una figura como Vargas Llosa es clever. A la derecha no le sobran los referentes intelectuales de escala mundial. Si bien es cierto que el Nóbel peruano no ha destacado en tanto filósofo político –“La Llamada de la Tribu”, su último libro, es un repaso por sus influencias y no una contribución original ni especialmente sofisticada al pensamiento liberal-, su intensa biografía y su riquísimo palmarés literario lo transforman en una autoridad moral prácticamente indiscutida a lo largo y ancho del espectro ideológico. Es muy posible, sin embargo, que Vargas Llosa le quede grande a la derecha que lo busca cooptar con insistencia.

La mentada conferencia donde Vargas Llosa no aceptó la pregunta de su entrevistador – material inexhaustible de memes- se titulaba “Qué es ser liberal”. ¿Por qué hablo entonces de una derecha herida en sus convicciones? Porque -y en eso Axel Káiser no se equivoca- gran parte del auditorio que los escuchaba piensa genuinamente que es mucho peor vivir bajo la tiranía de Maduro en Venezuela que bajo Pinochet en su época. La inmensa mayoría de los invitados a su conferencia en el hotel W pertenece a círculos políticos y empresariales de derecha, a secas. Algo de fauna liberal había: liberales Burkeanos y uno que otro libertario Rothbariano. Es decir, el tipo de liberales que siempre vota por la derecha porque lo más importante, a fin de cuentas, es la protección de la vida, la libertad y la propiedad. Por eso muchos se hacen llamar clásicos: ésos son los postulados que estableció Locke en el siglo XVII. En cambio, hay pocos liberales plebeyos o frenteamplistas en esa base de datos. El convite no fue en la Fundación Balmaceda. Es entendible: quien pone la plata pone la música. Si Von Mises trató a sus compañeros de sociedad Mont Pelerin de socialistas, sería raro que no lo fueran los liberales de cuño igualitario ante los ojos del anfitrión Nicolás Ibáñez.

Que Káiser haya sido el elegido para conversar con el peruano revela la intención de la iniciativa: la idea era que Vargas Llosa denunciara la miseria del socialismo y repasara a los populismos latinoamericanos. Es decir, que reafirmara a la audiencia en sus convicciones. Káiser es un personaje más complejo de lo que parece. Suele tomar distancia de la derecha confesional -ni siquiera es católico- y probablemente siga a Milton Friedman en la legalización de las drogas. Pero su tema predilecto es cuestionar la moralidad de la redistribución y eso lo pone indefectiblemente en el bando de la derecha. En ese sentido, lo que pueda decir Vargas Llosa no es muy interesante. Hoy, las amenazas más latentes al liberalismo no las presenta tanto la extrema izquierda sino la extrema derecha. La tribu cuyo llamado hay que resistir, diría Vargas Llosa, es nativista y antiglobalización. En Europa, al menos, el problema urgente es el renacer del nacionalismo filo-fascista. El antagonismo que viene no es entre socialdemocracia y liberalismo; es entre demócratas radicales antiliberales que no quieren obstáculos para la voz del pueblo y liberales que insisten en la importancia de pesos y contrapesos, derechos de las minorías y libertades básicas que no pueden ser conculcadas ni aun a pretexto de beneficio colectivo. Es lo que describen en sus libros Mark Lilla, Edward Luce y Yascha Monk: la democracia liberal está en riesgo. En este cuadro, para el liberalismo es más peligroso el relato de José Antonio Kast que la reforma tributaria de Michelle Bachelet.

Y en esto tiene razón nuevamente Káiser: en línea con Hayek, algunos liberales sí han creído que es mejor una dictadura liberal que una democracia iliberal. En más de una ocasión, Vargas Llosa se ha dado el lujo de corregir a Hayek: no se puede ser liberal sin ser a la vez demócrata. Como relata Edmund Fawcett en su colosal biografía del pensamiento liberal, ése no fue un matrimonio fácil. Finalmente, ambos tuvieron que ceder: liberales aceptaron que el poder radica en la mayoría y demócratas concedieron que había ciertas esferas de la vida que quedaban fuera del control colectivo. Ha sido un matrimonio históricamente exitoso. Hoy vive días difíciles en Caracas pero también en Ankara, Moscú, Varsovia y Budapest. Por no decir Washington.

Pero la derecha chilena no está para esas sutilezas. Más de alguno de los asistentes a la conferencia de Vargas Llosa votó por José Antonio Kast. Más de alguno de los parlamentarios oficialistas con quienes se reunió estarían a favor de las leyes que promueve el gobierno populista-conservador polaco. Habría sido como mucho seguir incomodando a los anfitriones. Pero quizás la tercera sea la vencida y Mario Vargas Llosa aprenda finalmente a comportase donde lo invitan.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/11/columna-cristobal-bellolio-lo-invitan-saben-se-pone/

MATAPASIONES

mayo 9, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 3 de mayo de 2018)

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Soledad Alvear y Gutenberg Martínez renuncian a la Democracia Cristiana, partido en el cual militaron por cincuenta años. Dicen que se van para construir un nuevo referente que sea capaz de transmitir de mejor manera los principios del humanismo cristiano. Probablemente, la renuncia también tenga que ver con que perdieron el control interno. Pero esta columna ve caras y no corazones. La pregunta es si acaso un proyecto como el que trama el tándem Alvear – Martínez tiene futuro en el Chile actual. La respuesta no es auspiciosa.

Que la Democracia Cristiana es un partido en franco declive no es un misterio. La evidencia señala que ha perdido un millón de votos en algunos lustros y que su influencia se ha debilitado dramáticamente en el mundo de la centroizquierda. El problema electoral, sin embargo, es un síntoma. Hay dos hipótesis que explican mejor la enfermedad que aqueja a la otrora poderosa DC. La primera es ideológica: la Falange de Frei Montalva y compañía irrumpe a mediados del siglo pasado como alternativa socialcristiana reformista al programa revolucionario del marxismo ateo, por el lado izquierdo, y al programa conservador aliado del “capitalismo salvaje”, por la derecha. En ese escenario, la DC encontró un nicho ecológico que le permitió crecer y desplegarse hasta transformarse en el partido más grande de Chile. La interrogante es si acaso dicho nicho ecológico sigue existiendo. El socialismo se democratizó y a la derecha le empezaron a importar los pobres. La lógica normativa de los tiempos gira en torno a discursos de autonomía y derechos individuales. El debate liberal – comunitario terminó en los ochenta. ¿Qué aporte distintivo puede hacer la filosofía de Maritain en el Chile del año 2018? No es una pregunta sarcástica: es fundamental contestarla.

La segunda es generacional. Los militantes que se emocionaron hasta las lágrimas con la Marcha de Patria Joven en los sesenta van camino al cementerio. Este no es un problema de conducción política: es el ciclo de la vida. La DC es un partido viejo y, principalmente, de viejos. Todavía le queda suficiente stock. El drama es que no tiene mucho flujo. Confesarse democratacristiano a los veinte años es casi matapasiones. Los partidos sin cantera pueden sobrevivir un buen tiempo, pero el futuro no les pertenece. Los mejores socialcristianos de mi cohorte ya partieron buscando puertos que representen mejor la experiencia histórica de su generación. Algunos se fueron a Revolución Democrática (a fin, de cuentas, en su vivencia cultural ya se difuminó la línea divisoria entre humanistas cristianos y humanistas laicos), otros podrían sentirse interpretados por el socialcristianismo que se anida en Renovación Nacional –una frecuencia ideológica que interpreta sinceramente a su nuevo timonel Mario Desbordes. Justamente por RN acaba de fichar el diputado Diego Schalpern, fundador del colectivo universitario Solidaridad, lo más parecido a una nueva Falange en la UC. Otros tantos se encuentran en estado de absoluta desorientación: no es posible quedarse en un barco que se hunde, no es moralmente permitido girar a la derecha, y no es digno rogarles a los hermanos chicos un espacio en sus nuevos referentes.

Si todo esto ya es problemático dentro de la DC, no queda claro en qué sentido estos obstáculos tienen solución fuera de ella. Si la primera hipótesis es correcta, entonces el discurso comunitarista socialcristiano enfrentará las mismas dificultades. Si la segunda hipótesis es correcta, entonces el proyecto al que invita el Gute es igualmente matapasiones para las nuevas generaciones. Leyendo estos contratiempos, Martínez anticipa que el liderazgo del nuevo movimiento lo deben tomar los jóvenes. Llega diez años tarde. Eso era lo que había que hacer pre-MEO. Después del 2011, especialmente, las lealtades e identidades políticas de la nueva generación quedaron más o menos fijadas -tal como antes habían quedado fijadas en 1988 o en 1973- y la tribu Gutista ya no empalmó con este clivaje. El barco de la renovación zarpó y los dejó abajo.

Gutenberg Martínez compara su renuncia a la mítica secesión del Partido Conservador que dio origen a la Falange en los años treinta. Tiene un punto: muchos partidos nacen de la costilla de uno anterior. La diferencia es que aquella renuncia la protagonizan jóvenes con toda la energía y la vida por delante para construir un partido desde sus cimientos: Eduardo Frei Montalva, Rafael Agustín Gumucio, Radomiro Tomic, Edmundo Pérez Zujovic, Manuel Antonio Garretón, entre otros. Lo de Alvear y Martínez, en cambio, se parece mucho más a la salida de Fernando Flores y Jorge Schaulsohn del PPD: dirigentes históricos, pero con escaso poder de convocatoria para imprimirle fuerza a un nuevo animal partidario. El Gute piensa en una nueva Falange. Lo más probable es que termine en otro ChilePrimero.

Quizás Gutenberg Martínez tenga razón y sea hora de abandonar un barco que se hunde. Pero las balsas de salvataje no llegarán muy lejos con las condiciones climático-ideológicas del país y una tripulación que apenas se puede los remos.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/05/06/columna-cristobal-bellolio-matapasiones/