Archive for the ‘Uncategorized’ Category

MÁS RELIGIÓN, MENOS CATEQUESIS

abril 20, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de abril de 2018)

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La visita del Papa Francisco a Chile sirvió, entre otras cosas, para volver a conversar sobre los requisitos de un estado laico, categoría que supuestamente describe al nuestro. Supuestamente, porque la Constitución no lo dice con todas sus letras. El nuevo texto que Michelle Bachelet envió al Congreso aprovechando sus últimas horas en el poder tampoco lo señala. Por el contrario, insiste en la idea básica de libertad de culto y valida las excepciones tributarias para las iglesias. A pesar de lo anterior, y gracias a las gestiones de Arturo Alessandri, se suele decir que la religión y el Estado están institucionalmente separados en Chile desde 1925.

En ese contexto, se hace especialmente interesante reflexionar sobre la pertinencia del controvertido Decreto 924 de 1983, que regula las clases de religión en la educación escolar. Una serie de organizaciones y personas naturales se han unido en el movimiento “Por una Educación Laica” para levantar una voz común contra dicha normativa. En lo central, el Decreto en comento establece que todos los establecimientos educacionales del país deben destinar dos horas lectivas semanales a la enseñanza de (al menos) una religión. En la práctica, dada la escasez de recursos físicos e intelectuales, se enseña sólo la versión católica. Los padres conservan el derecho, eso sí, de eximir a sus hijos. En la práctica, nuevamente, la eximición presenta una serie de problemas. Según los informes disponibles, más de la mitad de los alumnos eximidos tienen que quedarse en la sala mientras se imparte la clase –o más bien, la catequesis. En aquellos casos en que la infraestructura lo permite, pueden irse a biblioteca o realizar actividades alternativas. Pero la norma general es que el adoctrinamiento católico se impone por defecto. Tanto es así que la única manera en que los estudiantes de un colegio pueden reemplazar religión por otra área del conocimiento –como lo dispone una ordenanza de 2010- es cuando todos los apoderados así lo acuerdan. Basta uno sólo que se oponga para que se retorne al sistema por defecto.

Llama la atención que el Decreto 924 no distingue entre colegios públicos y particulares pagados a la hora de regular la eximición. En teoría, los padres podrían pedir que sus hijos no fueran sometidos al régimen general de clases de religión incluso en los colegios confesionales. Estos últimos, sin embargo, han encontrado la forma de burlar esta disposición a través de la asignatura de “formación cristiana”, que se evalúa con nota de uno a siete al igual que todas las demás. En mis tiempos, al menos, no entraba en el promedio. Me soplan que ahora sí. El Ministerio de Educación ha avalado esta práctica. En resumen, las violaciones al espíritu de la ley –que debiese resguardar el derecho a una educación libre de proselitismo religioso como corresponde en un estado laico- son sistemáticas y nuestras autoridades raramente se inmutan. A propósito de la publicación de “Ateos fuera del Clóset” (Debate, 2014), recibí decenas de testimonios que confirman esta triste realidad.

Eliminar el Decreto 924 es imperativo. Pero ello no significa promover el ateísmo o cultivar una actitud hostil ante la religiosidad o la fe. Un curso que adoctrine a los niños en un sentido inverso es igualmente tóxico para el compromiso de neutralidad religiosa que debe adoptar el poder político en una democracia liberal. Tampoco implica formar analfabetos teológicos. El fenómeno religioso es tan intelectualmente fascinante como integrante central de la cultura humana. La religión está en la historia del arte, de la arquitectura, de la música, de la política. Por otra parte, la psicología evolutiva sospecha que estamos cableados para creer en poderes sobrenaturales. El teísmo todavía ofrece algunas hipótesis (algunas más competitivas que otras) sobre el origen de la vida, qué pasa cuando dejamos de existir en este mundo y cuáles son las fuentes últimas de la moralidad. Sería una pena que nuestros hijos sólo tuviesen acceso a dichos debates a través de la óptica particular de la familia o la parroquia. La educación pública y privada debiese entregar las herramientas necesarias para participar de estas fundamentales discusiones, en un marco de respeto a las distintas visiones éticas y religiosas existentes, y sobre todo estimulando el pensamiento crítico. Lo que hay que rechazar es el proselitismo teológico, no los estudios sobre la religión per se. Por el contrario, como ha sugerido Daniel Dennett, ojalá hubiese más y no menos religión en ese sentido.

Ojalá hubiese más educación sobre los distintos credos, sus presupuestos metafísicos,  epistemológicos y cosmológicos. Más educación sobre los distintos rituales y cómo diferentes comunidades encarnan de diversas maneras la espiritualidad y el anhelo de trascendencia. Más educación sobre los aportes del pensamiento religioso a la construcción de un mundo más justo, desde el rol de los clérigos en las luchas por los derechos civiles hasta el trabajo que realizan día a día en nuestras cárceles, desde el florecimiento intelectual del Islam en sus primeros años a las contribuciones del cristianismo moderno a la ciencia. Más educación sobre los horrores de su historia, desde la Inquisición al antisemitismo, desde el triste papel del Vaticano en África en la batalla contra el sida hasta el fascismo islamista contemporáneo. Si la educación tiene por objeto ejercitar el pensamiento crítico y no repetir dogmas como papagayo, entonces éste debiera ser el camino a seguir: más discusión y contenidos sobre la religión, menos catequesis y adoctrinamiento. Para ello, bien podría servir la cuestionada asignatura de filosofía.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/04/13/149402/mas-religion-menos-catequesis/

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EL FANTASMA DEL ARTÍCULO OCTAVO

abril 16, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 12 de abril de 2018)

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Un fantasma recorre Chile: el fantasma del artículo octavo. Es la ironía de la historia: esta vez no es Pinochet sino la propia izquierda la que busca revivir su espíritu. La disposición más odiada por la izquierda del texto original de 1980 establecía la proscripción legal de “las doctrinas que atenten contra la familia, propugnen la violencia o una concepción de la sociedad, del Estado o del orden jurídico, de carácter totalitario o fundada en la lucha de clases”. Esta vez, varios elementos del Frente Amplio y el Partido Comunista son los que proponen castigar con penas privativas de libertad a quienes promuevan discursos que, a su juicio, inciten al odio o la discriminación contra ciertos grupos en razón de su raza, género, religión o ideología política. Del mismo modo, sostienen que debiesen ser sancionadas las visiones apologéticas y revisionistas de la dictadura, haciendo un símil con las leyes europeas que penalizan el negacionismo del Holocausto. Aunque leyes de estas características ya se tramitan en el Congreso chileno, el debate ha vuelto al primer lugar de la agenda a partir de la censura que ha sufrido el excandidato presidencial José Antonio Kast en diversos establecimientos universitarios. De acuerdo con el debutante diputado autonomista Diego Ibáñez, por ejemplo, Kast promueve un discurso “neofascista” y en consecuencia “debería estar preso”.

En esta materia existen dos tradiciones. La estadounidense considera que la libertad de expresión es sagrada. En este marco, una sociedad diversa contiene necesariamente una diversidad de discursos y algunos pueden resultar ofensivos para ciertos grupos. Los europeos, en cambio, han optado por restringir el ámbito de los discursos permisibles justamente a partir de su creciente multiculturalidad. En ambos casos hay disidentes. El teórico legal Jeremy Waldron aboga porque Estados Unidos se haga más sensible al hecho de que ciertos discursos odiosos producen un daño objetivo que horada la dignidad de las personas del mismo modo que lo hace la violencia física. No habría, en este sentido, una clara diferencia entre palabra y acción. En contrapartida, Flemming Rose -el editor que comisionó las controversiales caricaturas del profeta Mahoma en el periódico danés Jyllands-Posten- sostiene que los europeos deben acercarse al modelo americano pues la proliferación de grupos que dicen sentirse ofendidos o agraviados está acorralando a la libertad de expresión. El debate que se produjo en el Senado chileno así lo refleja: mientras unos exigían protección especial para la memoria histórica de ciertos pueblos, otros pedían lo mismo para ciertas creencias religiosas, y así sucesivamente. Hay, quizás, una tercera posición menos dogmática: tienen razón quienes sostienen que ciertos discursos odiosos causan daño objetivo, pero las consecuencias prácticas de la censura legal son aún más nefastas. Al proscribirlos, los llamados discursos de odio son inmunizados: no pueden ser enfrentados abiertamente en el debate democrático, sus falencias no pueden ser desnudadas y sus promotores son convenientemente victimizados. Esto sin mencionar que aquellos en el poder tendrán siempre la tentación de cargarle al adversario la etiqueta en cuestión: cuenta la historia que los soviéticos respaldaron con entusiasmo las disposiciones contra el negacionismo que se establecieron después de la segunda guerra en Europa, pues les proveyó de un renovado marco normativo para justificar la censura a la disidencia interna.

En este sentido, no es un misterio la posición de Manuel Riesco y la vieja guardia del PC. Sabemos que en ciertas discusiones a esa tribu se le suelta la cadena autoritaria. Más interesante es la pugna al interior del joven Frente Amplio. Como se ha documentado, en la cultura política de la izquierda chilena se reconoce un sustrato liberal antifascista que valora especialmente las libertades públicas. Es cosa de ver las actuaciones de los diputados Boric y Jackson, que no le prestan ropa a la tiranía de Maduro ni le prenden velas a Fidel. Cada vez que se producen estos episodios, la novel coalición se tensiona.

A propósito de la exigencia Millennial de censurar discursos incómodos y exigir espacios libres de agravio en las universidades, el filósofo británico John Gray tiene una teoría alternativa: esta renovada cultura inquisitorial que tanto molesta a los liberales de cuño clásico no es otra cosa que un hyper-liberalismo que busca eliminar de la faz de la tierra aquellas visiones intelectuales y morales que el progreso -se supone- debió dejar atrás hace rato. La ideología que los anima no es precisamente marxista: los jóvenes educados y progresistas que apoyaron a Bernie Sanders en EEUU y a Jeremy Corbyn en Reino Unido -y que en Chile pueblan el Frente Amplio- consideran que la otrora clase proletaria que actualmente se refugia en la identidad nacional y experimenta ansiedad ante el fenómeno migratorio es más bien un obstáculo en la tarea de construir un mundo nuevo a la altura de los más nobles ideales. El liberalismo siempre ha oscilado entre el principio de tolerancia que sacraliza la ausencia de interferencia -dejar hacer, dejar pasar- y el principio de autonomía que aspira a que todos los individuos alcancen la mejor versión de sí mismos. La inflación de este último -la rabia que provoca que algunos sencillamente se resistan a progresar con nosotros- produce esta versión de liberalismo iliberal. Mucho de esto se advierte en el relato biempensante del frenteamplismo. Si el artículo octavo de Pinochet fue elaborado para descalificar permanentemente al adversario ideológico, el espíritu que anima su versión actualizada es el temor de reconocer que vivimos en una sociedad que no es tan progresista como -pensamos- debería ser.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/12/columna-cristobal-bellolio-fantasma-del-articulo-octavo/

LA SEGUNDA TRANSICIÓN

abril 8, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 5 de abril de 2018)

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Según el presidente Sebastián Piñera, su segundo gobierno nos convoca a una nueva transición en Chile. La primera transición, nos recuerda, fue la que nos hizo pasar de la dictadura de Pinochet a un régimen democrático con libertad política. En este contexto, Piñera aprovecha de destacar la figura unitaria de Patricio Aylwin. La segunda transición, en cambio, consistiría en pasar de la situación socioeconómica actual -expectante pero remolona, sospechosa de haber caído en la “trampa de los ingresos medios”- a convertirnos en un país desarrollado y sin pobreza. En este relato, por supuesto, Piñera es el nuevo Aylwin.

El papel lo aguanta todo, pero el recurso discursivo en comento no se sostiene mucho. En primer lugar, porque trivializa el concepto de transición que utiliza la ciencia política justamente para describir el complejo paso de regímenes autoritarios a democracias plenas. Es decir, es un concepto eminentemente político que da cuenta de un traslado progresivo del poder desde gobernantes no democráticos hacia gobernantes electos y sometidos a la ley. En segundo lugar, aunque pudiera usarse el concepto para describir una transición genérica -sencillamente como el tránsito de una cosa a otra- la verdad es que la transición económica al desarrollo comenzó más o menos al mismo tiempo que la política. Salvo un par de baches, el incremento de nuestra calidad de vida material ha sido progresivo desde hace aproximadamente 30 años. El término, de hecho, lo utiliza Alejandro Foxley -ministro de Hacienda de Aylwin- para titular un libro que publicó en 2017. El propio Piñera lo habría ocupado en su primer gobierno. Es decir, no da cuenta de un momento político distinguible. Parece más bien una muletilla retórica.

Sólo que a Piñera le gusta mucho. Y le gusta por una buena razón: en su recuerdo, la primera transición estuvo marcada por el ánimo transversal de confluir en grandes acuerdos. A él le gustaría gobernar en las mismas condiciones: alcanzando grandes acuerdos a partir de diálogos estrictamente institucionales -sin el alboroto de la calle, por favor- y bajo un clima de unidad nacional -un término aún más jabonoso e impreciso que el de transición. ¿Quién puede culpar al presidente de querer llevar la fiesta en paz? Un gobierno que va por la vida articulando grandes acuerdos es un gobierno que escapa de las olas que levantan los choques ideológicos frontales. Los últimos años de la política chilena han sido ricos en conversación ideológica. Pedir una segunda democracia de los acuerdos justo ahora es como pedir boli, eso que hacen los niños cuando declaran unilateralmente una tregua en sus juegos. Es difícil que la oposición pise el palito: cada movida del gobierno de Piñera será interpretada -o exagerada- como una agresión al legado de Bachelet o un retroceso en la conquista de derechos sociales.

Pero hay otra forma de darle contenido al término, una transición más plausible y a la mano. Piñera no está inaugurando ningún ciclo histórico. Bachelet tampoco lo hizo. Dejémonos de cuentos. Lo cierto es que Piñera II parece estar cerrando el ciclo de vigencia de los protagonistas de la primera transición. Se trata del ciclo de aquellos que recuerdan perfectamente donde estaban para el golpe de 1973 y sufragaron en el plebiscito de 1988. Es un ciclo que se abre con Aylwin y termina con Piñera. En las manos de este último está la transición a una derecha que no tenga vínculos afectivos ni deudas pendientes con la dictadura. Para que eso ocurra, Piñera tiene que jubilar a toda su cohorte y un poco más abajo. Tiene que forzar el tránsito hacia una derecha cuyos líderes hayan adquirido conciencia política en democracia. Hacia una derecha que no sólo sea post-pinochetista en lo ideológico -eso, probablemente, ya lo consiguió- sino que sea plenamente post-Pinochet en lo biográfico.

En su narrativa para alcanzar la presidencia de Francia, Nicolás Sarkozy solía recordar que la suya era la primera generación nacida después de la Segunda Guerra Mundial. De esa manera, hacía un corte simbólico con el largo ciclo en que reinaron los incombustibles Mitterrand y Chirac. La derecha que se construye bajo Piñera tiene la oportunidad de hacer lo mismo y el hito del plebiscito de 1988 le sirve como línea divisoria de aguas: quiénes alcanzaron a votar y quiénes no. Material no falta. La primera línea de Evópoli, sin ir más lejos, es post-Pinochet en este sentido. Dos de las figuras mejor evaluadas de la derecha -el senador Felipe Kast y el diputado Jaime Bellolio- tenían 11 y 8 años respectivamente para ese crucial 5 de octubre. Además, son los que mejor pueden plantar cara a sus coetáneos del Frente Amplio en lo que viene. Piñera ya envió una señal nombrando varios subsecretarios menores de 40 años en carteras importantes.

He ahí el corte, aunque cueste el pataleo de Moreno, Allamand, Ossandón o cualquier otro legítimo pretendiente presidencial. Piñera no les debe mucho. Por el contrario, se asegura para siempre el sitial de primus inter pares si pasa la pelota hacia abajo en vez de compartirla con sus rivales de toda la vida. Sobre todo, he ahí la posibilidad de un relato de transición que tiene patas y cabeza. Ya que no tiene ganas de pasar a la historia como el presidente que optó expresamente por una derecha liberal -como le pidió Carlos Peña hasta el cansancio en su primer gobierno- Piñera podría pasar a la historia como el presidente que produjo el necesario recambio generacional en su sector, dejándola lista y afinada para competir en el nuevo ciclo que se abre.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/04/06/columna-cristobal-bellolio-la-segunda-transicion/

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE POPULISMO?

abril 5, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 29 de marzo de 2018)

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Populismo suena como una mala palabra. Son pocos los políticos que se autodenominan populistas. Por el contrario, llamamos populista al adversario como una forma de denostación. En Chile, el Frente Amplio y la candidatura de Beatriz Sánchez fueron acusadas de populismo. La ex presidenta Bachelet apareció junto a Fidel, Chávez y Cristina Kirchner en la portada de un libro titulado “El Engaño Populista”. Desde la otra vereda, se ha dicho que los derechistas Manuel José Ossandón y José Antonio Kast son populistas.

En el lenguaje común, ser populista se parece mucho a ser demagogo: prometer cosas que no se pueden cumplir, comportarse en forma irresponsable con la billetera fiscal, anunciar soluciones simples para problemas complejos. En el lenguaje académico, sin embargo, la conceptualización es distinta.

No es la única, pero la interpretación dominante parece ser la que define al discurso populista en términos de antagonismo entre el pueblo (virtuoso) y la élite (corrupta). Así, el populismo consiste en poner de manifiesto una tensión irreconciliable de intereses en la sociedad, una grieta tectónica que divide moralmente entre buenos y malos. El populismo lucha por promover los intereses del pueblo contra los intereses de una élite que ha secuestrado el poder. En este sentido, se presume que el pueblo es un cuerpo social orgánico cuya voluntad es indivisible. El líder populista debe ser capaz de representar dicha voluntad, de convertirse en su vehículo. Aunque a primera vista se parezcan, ésta no es precisamente una tesis marxista: Lenin creía en las élites revolucionarias y en la incesante lucha de clases. Los populistas buscan arrebatarles el poder a las élites y descreen en la existencia de rígidas clases socio-económicas.

La élite puede adquirir diversas características. En los populismos de izquierda, el adversario suele ser la élite financiera local o internacional. En los populismos de derecha, la élite suele ser la intelectualidad cosmopolita. Los actores populistas construyen un enemigo político dependiendo de las circunstancias. En la discusión sobre cambio climático, por ejemplo, Donald Trump escoge como blanco a la comunidad científica, a la que acusa de estar desconectada de la realidad y de participar en una conspiración contra los intereses de la nación.

Según esta perspectiva, existen entonces populismos de izquierda y de derecha. El populismo sería una ideología “delgada”, en el sentido que requiere ser combinada con otros discursos ideológicos. Los populismos originales latinoamericanos -Perón en Argentina, Vargas en Brasil- eran desarrollistas. Los populismos de segunda generación -Menem en Argentina, Fujimori en Perú- fueron neoliberales. Los de tercera generación -Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia- serían abiertamente socialistas. Los populismos de derecha europeos –el Frente Nacional en Francia, UKIP en Reino Unido, AfD en Alemania- son nacionalistas o nativistas, cuando no lisa y llanamente xenófobos. En Polonia y Hungría, los partidos populistas en el poder son, además, fuertemente conservadores. En resumen, el populismo necesita de apellidos porque su nombre de pila no basta para hacerse una idea del fenómeno que se intenta describir.

Todas estas expresiones populistas mantienen, sin embargo, relaciones complejas con los mismos modelos ideológicos. En principio, populismo y tecnocracia se encuentran en las antípodas. La tecnocracia aboga por entregar el poder político a los técnicos y a los expertos. No hay nada peor para el populismo, que pone su confianza en las capacidades epistémicas del pueblo llano. En cualquier caso, se ha especulado que ambos tienen problemas endémicos para procesar la inexorabilidad del conflicto democrático. Mientras los tecnócratas buscan bypassear la deliberación política promoviendo soluciones técnicas que serían objetivamente correctas, los populistas bypassean la mediación política atribuyéndose la voz unívoca del pueblo.

En este contexto, se ha sostenido que el populismo es anti-pluralista, pues no acepta que diversos sectores de la población tengan concepciones de la vida buena legítimamente contrapuestas y eventualmente irreconciliables. Finalmente, el populismo entendido como narrativa de democracia radical se contrapone a lo que usualmente entendemos por democracia liberal, aquella que se define por la inviolabilidad de los derechos individuales, la separación y equilibrio de los poderes del estado, y la existencia de ciertas instituciones autónomas (como cortes constitucionales) capaces de frenar la avidez de mayorías temporales. En este enfoque, el populismo es democracia sin liberalismo.

¿Es populismo, entonces, una mala palabra en la discusión académica? No necesariamente. Acabo de asistir a una conferencia en la Universidad de Arizona y me pareció percibir algo así como dos bandos. A un lado, probablemente influenciados por la obra de Laclau y avalados por la tradición anglosajona de los movimientos sociales de base, se ubicaban aquellos que buscaban rehabilitar el concepto: populismo como inclusión democrática y gobierno de los plebeyos. Para otros, probablemente preocupados por el abuso de la retórica anti-liberal, populismo era entendido como síntoma de la enfermedad que aqueja a la democracia representativa a partir de la globalización.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/03/29/148851/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-populismo/

EL DÍA DESPUÉS DE LA HAYA

abril 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 29 de marzo de 2018)

Es normal que en las contiendas internacionales -ya sean bélicas, deportivas o judiciales- prácticamente todo el país se identifique con la postura nacional. Prácticamente, digo, porque siempre hay unos pocos que disienten. Se les llama entonces traidores. Se les acusa de deslealtad. Son los cargos que deben enfrentar, por ejemplo, los escasos políticos chilenos que se abren a la idea de entregarle un pedazo de mar a Bolivia. Sería un acto de generosidad, sugirió el flamante diputado Flor Motuda. Pasando y pasando, insinuó el ex presidenciable Alejandro Guillier. Algo similar dijo su colega democratacristiano Jorge Pizarro, apurándose a enfatizar que apoyaba la posición chilena en La Haya. No vaya a ser cosa que lo etiqueten de traidor y desleal.

Porque rara vez la acusación es por razonamiento jurídico equivocado, malinterpretación de la historia o ignorancia cartográfica. En una de esas, Bolivia tiene razón. Me declaro incompetente para juzgarlo. Pero pareciese que ése no es el punto: acá, lo importante es ganar la discusión. No digo que no nos importe la justicia. Pero -oh sorpresa- todos estamos convencidos de la justicia de la postura nacional. ¿No estará aquello correlacionado con la humana tendencia a reforzar nuestras creencias escuchando a pura gente que piensa igual que nosotros? En algunos matinales y despachos periodísticos lo único que falta es que suene Vamos Chilenos. Bueno, a falta de mundial, el chauvinismo tiene que salir por alguna parte. No creo que esto sea distinto en Bolivia. De hecho, me imagino que debe ser peor. No sé cuántos intelectuales públicos bolivianos pueden pasearse por los medios de comunicación (sin temor de linchamiento) con la tesis de que Chile no les debe absolutamente nada. Como en Turquía, donde la clase popular no les perdona a sus laureados escritores -Orhan Pamuk, el principal- que reconozcan y pidan reparaciones por el genocidio armenio perpetrado por el imperio Otomano y la república que le sucedió. Antipatriotas, es el epíteto más suave que reciben.

Pero es fundamental que haya individuos que, ya sea por altruismo, deber ético o pragmatismo duro, estén mirando la película completa y no sólo los intereses nacionales. En el caso particular de Chile y sus relaciones con países limítrofes, ojalá haya más intelectuales y políticos pensando “fuera de la caja” de la confrontación. Pensando, por ejemplo, en los desafíos que plantean los problemas globales indiferentes a las fronteras del estado-nación. Al cambio climático no le importa la jerga de los paralelos ni los corredores. Le vale un comino la soberanía. Sin embargo, de eso es lo único que hablamos, en circunstancias que vivimos en una larga y angosta playa fácil de inundar cuando los cascos polares se derritan. ¿Hay alguien pensando en cien años plazo, cuando Evo esté en los libros de historia y las urgencias migratorias nos obliguen a mirar hacia el altiplano? El escenario me recuerda la película hollywoodense The Day After Tomorrow (2004): el golpe meteorológico le pega tan duro a Estados Unidos, que sus habitantes se ven forzosamente desplazados hacia México, rogando por la solidaridad de una nación que históricamente miraron por debajo del hombro. Ok, no hay necesidad de ponerse alarmistas. Pensemos entonces en las oportunidades que se abren a partir de la conformación de alianzas regionales estratégicas. Sigamos dándole una vuelta a la idea de la integración latinoamericana desde una perspectiva no puramente comercial, sin que sea necesariamente secuestrada por un clan ideológico particular -el error fatal del bolivarianismo. Por otro lado, ¿Quién dijo que teníamos que vivir por toda la eternidad encerrados en un país que se llama Chile? Los chilenos que viven afuera suelen entender mejor que quienes viven adentro lo similares que somos a nuestros vecinos. Cuando uno está lejos, viviendo entre anglosajones, nórdicos, asiáticos o árabes, el latino siempre será un hermano. Pues somos verdaderamente una patria grande, dicen que dijo Ernesto Guevara, que va del Río Grande a Tierra del Fuego.

Quizás no sea hoy el momento de ponerse creativos. Estamos en la mitad de un proceso cuyas condiciones no fueron libremente escogidas. A nadie le gusta que lo obliguen a negociar. Quizás, en los zapatos de la alcaldesa de Antofagasta, también sacaría cientos de embanderados tricolores a la calle. No desconozco que el asunto es rentable. Pero si no nos ponemos creativos nosotros, se pondrán creativos los jueces de alguna corte internacional o los árbitros que tengan que cortar eventualmente el queque. Por eso es bueno que los actores políticos e intelectuales que dominarán la escena local en las próximas décadas vayan craneando alternativas.

La historia ancestral de nuestra especie enseña que colaboramos y somos altruistas entre conocidos, mientras competimos y somos egoístas entre desconocidos. En demasiados aspectos, nuestros hermanos latinoamericanos son unos desconocidos. Siendo tan parecidos, nos hemos inventado un mundo de diferencias. Los europeos se estuvieron matando hasta hace poco, no comparten ni lengua ni religión, y se las ingeniaron para montar ese avance civilizatorio que es la Unión Europea. No propongo que ocurra lo mismo mañana por estos lados. Partamos por conocernos, para que la colaboración se nos haga un poco más natural. Multipliquemos los intercambios académicos en la región, a la usanza del programa Erasmus que funciona en el viejo continente. Para que cuando nos toque sentarnos a la mesa de negociación, se manifiesten nuestros impulsos altruistas y menos tribales. Para cuando llegue el día después de La Haya.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/03/29/dia-despues-la-haya/

LA IZQUIERDA COPITO DE NIEVE

marzo 27, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 22 de marzo de 2018)

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José Antonio Kast no es santo de mi devoción. Los lectores de este semanario lo saben. He dedicado dos recientes columnas a analizarlo como un entomólogo. Mis conclusiones no han sido benevolentes: no es un estadista sino un provocador. Su estilo, además, es sucio. Pero es justamente porque no me gusta lo que dice que defiendo su derecho a decirlo. De eso se trata la libertad de expresión en las democracias liberales: de tolerar aquello que nos resulta nauseabundo.

Cierta izquierda, en cambio, piensa diferente. Un nutrido grupo de estudiantes de la Universidad de Concepción se movilizó para censurar una charla que José Antonio Kast daría en dicha casa de estudios. La Universidad entregó razones administrativas, aunque nadie se las tomó en serio: eso de que sus aulas no pueden servir para el proselitismo es ridículo, especialmente tomando en cuenta la larga y rica trayectoria del establecimiento penquista en promover el debate político. Más honestas son las razones que esgrimieron los estudiantes: vetaron a Kast porque les parece xenófobo, machista, apologista de la dictadura y promotor de discursos de odio. Uno de estos inquisidores concluyó orgulloso: “El fascismo quiere conquistar la UdeC. La UdeC será la tumba del fascismo”.

Esto de silenciar conferencistas se ha vuelto común en algunas universidades del mundo. Cada vez que un grupo se siente potencialmente ofendido por las visiones de un invitado, moviliza sus recursos para impedir su intervención. Su objetivo es que las universidades sean “espacios seguros”, es decir, espacios donde no tengan que confrontar ideas amenazantes para sus particulares sensibilidades e identidades. Aunque es evidente que las universidades no pueden ser “espacios seguros” –pues contradeciría su misión: generar debate y pensamiento crítico-, el fenómeno ha sido asociado a las características de la llamada generación snowflake (copo de nieve): aquella que tiene la epidermis tan sensible que casi toda perspectiva contraria les resulta perturbadora y agraviante. Tal como le ocurrió a los emocionalmente vulnerables jóvenes de la Universidad de Concepción. Ellos son nuestra izquierda copito de nieve.

Algunas voces que se han levantado para defender el veto a Kast han invocado la paradoja de la tolerancia de Popper. El viejo filósofo liberal sostenía que las sociedades abiertas no tenían la obligación de tolerar a los intolerantes, pues si los intolerantes llegan al poder se acaba la tolerancia. Sin embargo, esta discusión es más compleja que lo que muestra un meme de Pictoline. En primer lugar, los intolerantes que Popper tenía en mente eran los movimientos totalitarios de su tiempo: nazismo, fascismo, comunismo. Todos aspiraban a destruir la democracia liberal una vez instalados en el poder. Nadie en su sano juicio podría decir que José Antonio Kast tiene ese propósito. Podrá tener una percepción favorable del legado de Pinochet, pero eso no lo convierte en un promotor de dictaduras. El personaje tiene una larga trayectoria como congresista y acaba de sacar limpiamente el 8% de los votos en la última presidencial. Tampoco es un fascista, en el sentido riguroso del término. Si bien es cierto que la izquierda gusta de llamarle “facho” a casi todo lo que se encuentra en la vereda opuesta, la banalización del término sólo le resta fuerza. Las ideas de Kast, en lo central, no se distinguen de las ideas de la UDI. La diferencia es que Kast las articula con mayor arrojo. ¿Vamos a vetar también a los líderes del gremialismo de concurrir a expresar sus puntos de vista a nuestras universidades?

En segundo lugar, aunque Kast fuese técnicamente un intolerante, Popper recomendaba dejar hablar a los intolerantes en la medida que sus ideas pudieran ser confrontadas en el debate público. Sólo perdían esta calidad, en el marco popperiano, cuando sus partidarios se negaban a discutir y sólo ofrecían los puños por respuesta. Tampoco es el caso de Kast. No niego que muchos de sus seguidores parezcan afiebrados en redes sociales, pero están lejos de constituirse en una fuerza violenta y organizada a partir de la incitación de su líder.

Otros, finalmente, han sacado a colación a Hitler. Si no se le hubiese permitido hablar, apuntan, el mundo se habría ahorrado su reino de terror. Pero eso no es correcto: Hitler sí fue originalmente censurado por la república de Weimar bajo el cargo de propagar –justamente- un “discurso de odio”. A continuación, sus partidarios lo dibujaron con una mordaza, preguntándose por qué todos tenían derecho a hablar menos él. Como era de esperarse, la victimización de Hitler aumentó su popularidad. No sería raro que estas lumbreras penquistas consigan lo mismo para José Antonio Kast.

La pregunta sobre los límites de la libertad de expresión sigue abierta. Lo que parece razonable es limitar la expresión “discurso de odio” a casos excepcionalmente graves. La evidencia enseña que calificamos de discurso de odio al discurso que emite nuestro adversario ideológico más que al discurso suyo contenido es objetivamente una incitación al odio contra un grupo específico. Es decir, “discurso de odio” significa usualmente “discurso que odio”. Un tuitero contó que asistió a una charla donde JAK dijo que una familia que no entrega hijos a la sociedad no es una verdadera familia. Cientos lo tomaron como prueba definitiva a favor de su censura. Craso error. Censurar a Kast por sostener dicha creencia es como censurar a la escritora chilena Lina Meruane por publicar un manifiesto contra los hijos. Aunque haya gente de lado y lado que odie esos discursos, ninguno constituye en rigor un discurso de odio. Una libertad de expresión robusta le da cabida a discursos que odiamos. De eso se trata, a fin de cuentas, la tolerancia. A Kast hay que bancárselo y ganarle en la cancha democrática. Lo otro es de llorones que gustan de ganar por W.O. Lo otro es de la izquierda copito de nieve.

*Esta columna fue escrita con anterioridad a los eventos de Iquique, donde J. A. Kast no sólo fue silenciado sino además agredido físicamente por estudiantes de la U. Arturo Prat.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/03/21/columna-cristobal-bellolio-la-izquierda-copito-nieve/

 

EN DEFENSA DEL HEDONISMO

marzo 23, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 16 de marzo de 2018)

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El hedonismo tiene mala prensa. En las culturas culposas, el placer es un pecado, un exabrupto, una concesión que pone de manifiesto nuestra debilidad, nuestra incapacidad de ganarle a las bajas inclinaciones. El verdadero gozo, decía Agustín, sólo se alcanza en la contemplación de Dios. En este mundo, pensaba el obispo de Hipona, a lo más que podemos aspirar es a una felicidad recortada, truncada, a medias. Ahora que sabemos -o al menos intuimos- que no hay vida eterna, es hora de reivindicar el placer como uno de los ejes morales de la vida humana.

Los filósofos epicúreos pre cristianos pasaron a la historia por su canto al placer. Sus adversarios los tacharon de depravados, aunque en rigor su prédica era bastante moralista. No alimentaban el desenfreno sino la prudencia, e incentivaban a su feligresía a tomar en cuenta las consecuencias de largo plazo. En su Carta a Meneceo, Epicuro señala que el verdadero placer está en evitar los dolores del cuerpo y las turbaciones del alma. Después de siglos de hegemonía cristiana, los utilitaristas modernos rehabilitaron el hedonismo como senda ética. Jeremy Bentham decía que la vida transcurría bajo el yugo de dos amos: el dolor y el placer. La receta de la felicidad consistía en evitar lo primero y buscar lo segundo.

Pero ¿de qué placer estamos hablando? Seis forma configuran, al menos, mi mapa personal del placer.

En primer lugar, pocas cosas me producen más placer que la amistad. Los amigos son fuente inagotable de alegría, una carcajada interminable. Con ellos alejamos el temor -esa incómoda sensación de angustia- y nos movemos en un mar de confianza. No hay nada más triste que un niño sin amigos, solo en el recreo, víctima de la ley del hielo. Se nos ilumina el rostro, en cambio, cuando lo vemos reír con sus pares. Buscamos amigos para compartir el viaje de la vida, dentro y fuera de la familia. Porque una vida solitaria es una vida malgastada. Con los amigos florecemos.

En segundo lugar, me provoca un placer infinito discutir entre iguales acerca de las condiciones de nuestra vida en común. Organizarse es un placer, cantaba Sol y Lluvia. Quizás por lo mismo me apasiona la política como el arte de lo público. Algunos entran a la política porque tienen una injusticia que reivindicar -los mueve la rabia. Otros porque tienen algo que defender -los mueve el miedo. Algunos porque sienten la necesidad de devolver lo recibido -como mis amigos jesuitas. Los tiranos persiguen ciegamente el poder. A mí, en cambio, me produce un genuino placer participar de la construcción de un mundo compartido. Ganen o pierdan mis ideas. Me acompañen o no me acompañen mis amigos. Por el puro gusto de participar.

En tercer lugar, me llena de placer aprender algo nuevo. Leer un libro y encontrar un argumento brillante que me atraviese las neuronas como un rayo. Que me caiga la teja. Que se me prenda la ampolleta. Gritar Eureka para mis adentros. Darme cuenta de un error. Hacerme más culto, y reparar en el hecho que mientras más cultivados somos queda más conocimiento por develar. Irme a la cama pensando en una idea, dejarla madurar sobre la almohada, despertar con ella pidiéndome atención.

En cuarto lugar, descubrir nuevo territorio. No es un placer excéntrico: pregunte a su alrededor y muchos le dirán que nada les gusta más que viajar. Pero viajar a lugares inexplorados. La nostalgia de volver a un lugar querido es linda, pero heredé mi temperamento inquieto de mi tocayo Colón. Mi familia viene de dos puertos. Contemplar el mar me arrebata. No obstante, no me excita descansar de guata al sol en una playa; necesito recorrer una ciudad, ancha y misteriosa. Aplanar sus calles hasta la rendición. Perderme sin rumbo. Darme un festín de olores y colores.

A propósito de los sentidos, mi quinto placer es el consumo del cuerpo. Probablemente por eso soy sibarita, caído al trago y drogadicto recreacional. No me gusta cocinar, pero soy un niño en un restorán. Examinar la carta es un ritual, como la previa del sexo del cual ya vamos a hablar. Una cerveza de trigo para empezar, un vino sangriento para continuar, un whisky -no me quejo si es single malt– para terminar. Negocio la retirada con cualquier licor de la casa. Mantengo con casi todas las drogas una estupenda relación. No tengo nada de qué avergonzarme: en la taberna del mundo se ofrecen muchos manjares y yo quiero probarlos todos. Por lo demás, todo lo que entra a nuestro cuerpo tiene alguna dimensión nociva y la clave epicúrea está en la moderación. No me haría mal, eso sí, tomar ese consejo de anticipar las consecuencias: mis cañas son de proporciones bíblicas. El sexto es, finalmente, el placer de la piel. La carne en su modo erótico. La electricidad de la epidermis. Las pulsaciones del apareamiento. La gloria del orgasmo. Y su anticipo: dicen que la mejor parte del sexo no es cuando lo estás teniendo sino cuando tu cerebro ya sabe que lo va a tener.

¿Se suma al bando de los hedonistas impenitentes? En caso afirmativo, lo invito a hacer el mismo ejercicio. Entonces, ¿cuáles son sus placeres?

Link: http://www.capital.cl/opinion/2018/03/15/148595/en-defensa-del-hedonismo/

MAESTRA CHASQUILLA

marzo 20, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 15 de marzo de 2018)

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A una semana de terminar su mandato, Michelle Bachelet cumplió parcialmente su promesa de dotar a Chile de una nueva constitución. Parcialmente, porque lo que hace es apenas enviar un texto al Congreso, donde su pronóstico no es muy auspicioso. El gobierno de Sebastián Piñera no moverá un dedo para que la constitución de su archirrival vea la luz. En lo que alguna vez se llamó Nueva Mayoría tampoco se palpita un entusiasmo desbordante. El Frente Amplio, por su parte, entiende que este documento equivale a enterrar la idea de una asamblea constituyente de verdad. Por lo demás, eso de que hay que tener más de cuarenta para postular a la presidencia es una afrenta directa a una coalición cuyas principales figuras quedarían bajo el umbral. En resumen, este feto tiene cara de inviable.

Nada que le quite el sueño al bacheletismo. Para ellos, lo importante era cumplir. Poner el check. Decir “lo hicimos”. Que aparezca la firma de la jefa. Lo que pase de aquí en adelante es problema de otros. Porque, la verdad sea dicha, el mundo neo-mayorista nunca comprendió a cabalidad el espíritu del momento constituyente. Es cosa de recordar las palabras del entonces líder socialista Osvaldo Andrade: “a mí me interesa este debate desde el punto de vista del producto, no del método… Lo que queremos es cambiar la constitución, no hacer una discusión académica”. Es decir, el bacheletismo se obsesionó con la idea de parir un nuevo texto sin entender que nuestros problemas de legitimidad constitucional eran justamente procedimentales. Había que tomarse el tiempo necesario para discutir distintas alternativas procedimentales. La academia, a propósito de los dichos de Andrade, estaba en pleno proceso de brainstorming cuando la presidenta ya estaba lanzada en su cruzada personal. La ansiedad constituyente del bacheletismo conspiró contra un final feliz.

Lo mejor del proceso constituyente fueron precisamente los encuentros locales donde varios miles de compatriotas metieron algo de tiempo, ganas y seso. De manera inédita, nos juntamos a conversar entre amigos y vecinos sobre los principios que debieran fundar nuestra convivencia política y sobre las instituciones llamadas a encarnarlos. Una catarsis constituyente, un malón de ciudadanía, una poesía democrática. La codificación posterior daba un poco lo mismo. Lo importante era abrir la válvula de la participación. No la minuta de conclusiones. La clave estaba en el procedimiento, no en el contenido.

Por supuesto, que la relativa magia que hubo en ese empeño se haya desvanecido no es culpa exclusiva del gobierno. La derecha -salvo Evópoli- no aportó en nada. Parte de la izquierda -incluyendo al movimiento Marca tu Voto- seguía condicionando el proceso a que el resultado reflejara sus preferencias ideológicas. La agenda se fue por otro lado y cada día tiene su afán. Y así pasaron los meses. De pronto, como quien saca un conejo del sombrero, Bachelet anuncia que la constitución ya está lista. No solo eso: que se trata de un “salto gigantesco en nuestra sociedad, que nos pone a la altura de los países más desarrollados del mundo”. De no creer tanta maravilla. La presidenta llegó a decir que ahora sí que sí tendríamos herramientas para hacer efectivos nuestros derechos (¿no es justamente eso lo que hacen los actuales recursos de protección y amparo?). A la Piñera, le faltó decir que era el mejor texto de la historia. En lengua vulgar, Bachelet terminó por contagiarse de esa mala práctica de tirarse peos más arriba de la cintura.

Es entendible que, en el epílogo, el gobierno quiera transmitir la sensación de que lo hicieron espléndido. Pero hay algo que no calza. La primera vez que abandonó La Moneda, Bachelet exhibía cifras de aprobación tropicales. Esta vez, un poco menos que tibias. La algarabía está saliendo un poco forzada porque no está en sintonía con la indiferencia de la mayoría de los chilenos. Esta observación no desconoce los significativos avances que significó el gobierno de la Nueva Mayoría. No son pocos. Varios, especialmente para profundizar la democracia y ampliar derechos civiles, se caían de maduros. Varias pelotas estaban dando bote en el área chica y Michelle Bachelet las echó adentro. Es muy posible que los libros de historia sean benevolentes respecto de los últimos cuatro años. En lo personal, creo que no fueron tan buenos como su fanaticada sugiere ni tan malos como la derecha insiste.

Pero el caso de la constitución en los descuentos pone de manifiesto un cierto patrón. Como lo que ocurrió con reforma tributaria prometida: quedó mal hecha. Lo suyo sale barato, pero lo barato cuesta caro porque hay que entrar a picar. Muy maestra será Bachelet, pero es una maestra chasquilla.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/03/15/columna-cristobal-bellolio-maestra-chasquilla/

NO HACE FALTA RODAJE

marzo 13, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en La Nación de Argentina el 12 de marzo de 2018)

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Si Sebastián Piñera fuera un vehículo, podríamos decir que no necesita rodaje. Hace ocho años, cuando llegó por primera vez a La Moneda, las piezas de su equipo necesitaron de tiempo para ajustarse. Después de dos décadas ininterrumpidas de Concertación -la coalición de centroizquierda que derrotó a Pinochet y se instaló en el poder desde 1990 a 2010-, la derecha debutaba con dificultad en el arte de gobernar. La gran mayoría de su elenco era inexperto. Esta vez, en cambio, Piñera conformó un equipo que conoce el terreno y entiende el partido que le toca disputar.

De hecho, repite a seis de sus ministros. El gabinete político es prácticamente el mismo que lo acompañó hasta el último día de su primer gobierno. Piñera regresa a conducir Chile como el profesor que tuvo que ausentarse y cuando vuelve pregunta a la clase: ¿en qué habíamos quedado? Desde la izquierda se decía que su primer mandato fue un paréntesis en la era bacheletista. Piñera quiere transmitir que la verdadera anomalía fue Bachelet II. En paralelo, inaugura una auténtica carrera funcionaria en la derecha. En su primera administración, muchos jóvenes se incorporaron a las labores de estado. Se decía que estaban haciendo turismo político. Pero ya no están turisteando. Esos jóvenes -que entonces tuvieron cargos menores- retornan ahora con mayores responsabilidades.

En la dimensión ideológica, Piñera parte con una formación agresiva. Esta es una derecha sin complejos. Aunque le será difícil desbaratar las reformas emblemáticas de Michelle Bachelet -en parte, ganó prometiendo que no lo haría- el perfil de sus ministros es llamativo. Se equivocaron los que creyeron que Piñera seleccionaría un plantel que reflejara mejor la diversidad cultural de los chilenos. Se equivocaron los que pensaron que Piñera optaría por nombres moderados en las carteras más controvertidas. Por el contrario, su primera línea es socialmente homogénea y políticamente dura. Piñera dice que quiere emular al difunto Patricio Aylwin, reeditar la democracia de los acuerdos y hace continuas gárgaras con la unidad nacional. Pero sus nombramientos dicen otra cosa.

No es una apuesta irracional. Piñera mira el tablero y observa que al frente tiene una oposición fragmentada y obligada a reinventarse. No hay mejor momento para contragolpear que cuando el rival está mal parado en la cancha. También apuesta a que los movimientos sociales -que le provocaron úlceras en su primer período- no volverán a inundar la calle con la misma intensidad y efervescencia. A fin de cuentas, las demandas más importantes de mundo estudiantil ya están siendo procesadas por el sistema político de una u otra forma. Las prioridades serán otras: salud, delincuencia, pensiones, migración.

Todo eso se resuelve, en la mente del piñerismo, activando los engranajes de la economía. A los gobiernos de izquierda se los evalúa por su capacidad redistributiva, a los gobiernos de derecha por su aptitud para crecer y generar empleo. En eso, el nuevo presidente no se confunde. Piñera palidece frente al liderazgo de Bachelet en muchas variables. Pero aquí no. La narrativa oficial es que Chile dejó de crecer y que Piñera viene a recuperar el tiempo perdido. Es, curiosamente, un relato compatible con el del gobierno que se va. El discurso de los derechos sociales que ha promovido con relativo éxito la izquierda chilena en los últimos años no tiene correlato práctico si no puede financiarse. Los chilenos eligieron a Piñera porque intuyen que su fuerte es abultar la billetera. A eso se dedicará desde el primer día. Y sin rodaje.

Link: https://www.lanacion.com.ar/2116165-El

EL DERECHO A MORIR

marzo 10, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 8 de marzo de 2018)

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No es primera vez que se toca el tema, pero parece que ésta vez la discusión de la eutanasia va en serio. Ya era hora. Las razones que se esgrimen para oponerse a ella son dignas de consideración democrática, pero difícilmente resistirán el embate de los argumentos a favor de una muerte digna para enfermos terminales o aquejados por dolores insoportables que hayan manifestado inequívocamente su intención de morir.

No es casualidad que la propuesta venga de un diputado del renacido Partido Liberal. Los argumentos a favor de la eutanasia son típicamente liberales. Por un lado, está la idea de autonomía personal; sobre nuestros cuerpos, escribió Stuart Mill, somos los únicos soberanos. Ahí radica el corazón del proyecto liberal: es la consciencia individual -no la de la sociedad o del estado- el último tribunal normativo. Por el otro, está la idea de que el poder político no puede exigir a ningún ciudadano deberes heroicos o de sublimación. Las religiones tienen todo el derecho de sostener que la mortificación nos hace mejores personas o nos acerca al creador. Pero no las democracias liberales, donde las cruces se cargan voluntariamente. Es el mismo argumento que se desplegó para aprobar el aborto en tres causales: hay ciertas cargas que no podemos poner a la fuerza sobre los hombros de nuestros compatriotas sin afectar gravemente el principio de igualdad. Finalmente, está la idea de empatía -aquella que Adam Smith llamaba simpatía y que consiste en ponerse en el lugar del otro. Es justamente porque nos duele el dolor ajeno que nos resulta de una crueldad inaudita extenderlo indefinidamente ante la convicción médica de que no habrá recuperación en el horizonte.

No todos piensan igual. Desde su tribuna mercurial -que comparte en contienda desigual con Carlos Peña- el filósofo del derecho Joaquín García-Huidobro ha señalado que es una rareza eso de que para ser liberal haya “que promover la posibilidad de matar a la gente antes de su muerte natural”. García-Huidobro, catedrático de la principal universidad del Opus Dei en Chile, prefiere el puritanismo moral de los liberales clásicos y el anti-relativismo de los imperativos categóricos kantianos. No es extraño que los intelectuales católicos tengan debilidad por el liberalismo de Kant. Su contemporáneo Arthur Schopenhauer decía que Kant se parecía al tipo que todas las noches saca a bailar a una hermosa enmascarada, seguro de que se trata de un excitante amorío, sólo para darse cuenta al final de la velada que se trata de su esposa. Es decir, Kant estaba seguro de estar fundando una ética nueva, solo para descubrir que se trataba del viejo cristianismo con antifaz. (Rupert Holmes cuenta una versión actualizada de la historia en su canción sobre la piña colada)

Lo que llama la atención es que García-Huidobro omita que prácticamente todo el panteón del liberalismo contemporáneo se ha pronunciado a favor de la permisibilidad tanto del aborto como de la eutanasia. John Rawls -que construye su teoría de justicia sobre premisas kantianas- polemizó con el filósofo comunitarista Michael Walzer por la eutanasia. Sobre el aborto, escribió que las mujeres debían tener derecho a terminar su embarazo durante el primer trimestre, precisamente porque su derecho a la igualdad política prima por sobre las demás consideraciones. Ronald Dworkin, el otro gigante del liberalismo anglosajón, le dedicó un libro completo al aborto y la eutanasia. Aunque su argumento es distinto al de Rawls, su conclusión es la misma: ambos deben ser legales. Lo único raro en este debate es que García-Huidobro no conozca el estado del arte en la materia y pensara que el liberalismo se quedó pegado en las pelucas que reconoce añorar. Salvo, por cierto, que coincida con el juicio de su colega pontificio José Joaquín Ugarte, que lleva semanas ninguneando a Dworkin a través de cartas al director. No me extraña de Ugarte: fui su estudiante y por poco me hizo creer que no existía conocimiento filosófico digno después de Tomás de Aquino. Por poco.

Evidentemente, que la eutanasia sea una causa liberal no la hace por sí misma una buena causa. Sostener, a-la-Piñera, que sólo Dios puede dar y quitar la vida, es legítimo. Pero tendrán que mejorar sus argumentos si quieren vencer en la deliberación democrática. Tal como en el caso del aborto, la alternativa que han propuesto es la del acompañamiento. José Antonio Kast ha sostenido que la culpa de todo la tiene el estado por el abandono (¿?) en que se encuentran los enfermos terminales. En efecto, puede ser que alguno alivie sus dolores físicos con el bálsamo espiritual del abrazo sacerdotal. Pero pretender que ésa sea la solución para todos es desconocer el pluralismo ético de las sociedades modernas. Si el argumento es el valor intrínseco y absoluto de la vida humana -su santidad, como diría el propio Dworkin- entonces resulta contradictorio que sea a costa de someter vidas particulares al suplicio de un dolor insoportable y humillante, a una vida de miseria y sufrimiento indescriptible. Kast agrega que el argumento de la libertad no vale pues la persona que sufre no es libre. En cierto sentido, eso es correcto: el dolor esclaviza. Pero en lugar de romper las cadenas, la receta de Kast es obligar a soportarlas.

Por tanto, al igual como en el caso del aborto, lo que corresponde es dotar a la comunidad médica de los procedimientos y certidumbres necesarias para que en ciertos casos -que siempre serán excepcionales pues la tendencia es aferrarse a la vida- puedan ayudar a las personas a concluir sus días en forma digna.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/03/09/columna-cristobal-bellolio-derecho-morir/