Archive for the ‘Uncategorized’ Category

EL CATOLICISMO DE GUMUCIO

junio 12, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de junio de 2019)

Image result for por qué soy católico gumucio

En la introducción de Ateos fuera del Clóset (Debate, 2014) cuento que la idea de escribir el libro nace en una tertulia navideña donde confieso mi ateísmo como quien confiesa un crimen. “Ok, pero no es algo de lo cual puedas sentirte orgulloso”, replicó el patriarca de la familia, dolido por lo que interpretaba como una traición a mi formación católica y al colegio que nos educó. En ese entonces, antes de los escándalos de abuso sexual del clero chileno, declararse ateo era una provocación, al menos en círculos conservadores o de la elite criolla. En menos de una década, la situación es la inversa. Lo tiene claro Rafael Gumucio, acostumbrado como los buenos intelectuales a nadar contra la corriente, al publicar su ensayo Por qué soy Católico en pleno 2019. Lo que antes habría resultado una perogrullada, hoy constituye una curiosa provocación.

Pero, ¿de qué se trata el catolicismo de Gumucio? ¿es acaso una defensa de esos curas indefendibles? ¿de la sabiduría sempiterna de la iglesia apostólica y romana? ¿de las premisas metafísicas de la fe? ¿de la necesidad humana de rendirse ante el misterio de la vida? De todo esto hay poco. Gumucio destaca uno o dos curas obreros y al resto los considera un lastre. De la jerarquía vaticana y su pretensión de infalibilidad epistémica, no hay siquiera un párrafo. Tampoco se molesta en articular argumentos racionales de la existencia de dios, a la usanza tomista que todavía se enseña en la Pontificia. Y sobre el misterio, Gumucio no le da muchas vueltas y prefiere rendirse ante una versión actualizada de la apuesta pragmática de Pascal: es mejor creer que no creer, porque se pierde poco y se puede ganar mucho si el cielo efectivamente existe. A Gumucio no le importa tanto que su creencia sea o no sea Verdad, con mayúscula. Mientras sirva como antídoto contra la desesperanza y placebo contra el dolor existencial, su catolicismo resulta enteramente razonable.

Pero este catolicismo esconde también una colosal enseñanza ética. Mientras los ateos a-la-Dawkins insisten que la evolución es el mayor espectáculo sobre la Tierra, los creyentes a-la-Gumucio sostiene que la vida de Jesús es la historia más grande jamás contada. Su novedad literaria tiene menos que ver con la promesa teológica de la resurrección y mucho más con su reivindicación de los perdedores del mundo. En esta revolucionaria narrativa cristiana, advierte Gumucio, “ser pobre no solo es más sabio que ser rico, sino hay que procurar también ser nadie, paria sin ciudad, exiliado, esclavo de esclavos, perderlo todo para ganar un hipotético paraíso”. Esto ya lo había observado con claridad Nietzsche, que describió al cristianismo como una moral de esclavos. Nietzsche lamenta la inversión de valores que ocurrió en el mundo antiguo. Para los primeros romanos, relata, lo moralmente bueno estaba asociado a lo noble y aristocrático, mientras lo malo estaba asociado a lo bajo, lo abyecto, lo vulgar. Los judíos, acusa Nietzsche, dieron vuelta el tablero, glorificando a los perdedores, a los últimos, a los oprimidos. No podía ser de otra forma, viniendo de un pueblo acostumbrado a la esclavitud. Por su parte, a los poderosos de siempre se les hizo más difícil llegar al reino de los cielos que a los camellos pasar por el ojo de una aguja. Irónicamente, el judío a quien condenaron a muerte logró a través de su crucifixión la victoria final de la nueva narrativa y la derrota del viejo orden de valores. Es Jesús quien nos ofrece el relato imperecedero de cómo se puede ganar, perdiéndolo todo. Jesús de Nazareth, el mismo andrajoso que se juntaba con putas, publicanos y leprosos.

El catolicismo de Gumucio es anti-winner. Es el catolicismo de los dignos perdedores. Está destinado al éxito, confiesa sin querer, porque los perdedores siempre son más que los ganadores. Su cristianismo es democrático y solidario. Se preocupa de los desvalidos y los viejitos, los únicos que todavía van a misa un domingo de Otoño. El catolicismo de Gumucio no es para machos alfa, demasiado seguros de sí mismos. Quizás, consciente o inconscientemente, porque el autor se siente macho beta en un mundo de alfas: políticos alfa, actores alfa, periodistas alfa, mujeres alfa. Pero también es el catolicismo comunitarista, ése que entiende la filiación religiosa como pertenencia a un linaje de historias familiares. Porque el catolicismo de Gumucio no es protestante: no se vive en la individualidad, sino que se vive con aquellos que son parte de la misma historia. Con los tíos y los primos, en el almuerzo dominical, a punta de ritualidades. En ese sentido, comparte la crítica de MacIntyre y Taylor al liberalismo contemporáneo, su escasa solidaridad y su metodología depredadora.

Finalmente, aunque Gumucio sigue a Harari en considerar que el liberalismo no es más que una ficción apenas más sofisticada que el cristianismo, reconoce entre ambos raíces comunes –“le tenemos el cariño que uno le tiene a sus hijos”, dijo en la presentación del libro- y les vislumbra una alianza futura, contra el discurso puritano moralizante ha pegado fuerte en la izquierda del último tiempo. Yo no veo una alianza tan obvia. Si el cristianismo es la filosofía de los perdedores, es propicia para la cultura de la queja y la victimización que vivimos. Pero mi desacuerdo central con el catolicismo de Gumucio no es político ni literario. Ser católico, bajo su definición, es hasta romántico. Mi desacuerdo es teológico. Si Jesús no hubiese resucitado, escribió Saulo de Tarso, nuestra fe sería vana. No hay gimnasia retórica capaz, aun en la pluma de uno de los mejores narradores de su generación, de alterar la cuestión central sobre la religión cristiana: si acaso dice o no dice la verdad.

Link: https://www.capital.cl/el-catolicismo-de-gumucio/

 

Anuncios

LA LEY ARAVENA

mayo 30, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 24 de mayo de 2019)

Resultado de imagen para carmen gloria aravena + felipe kast + evopoli

Tan bien le fue a Felipe Kast en su postulación senatorial por la Araucanía que le alcanzó para arrastrar a su correligionaria de Evópoli y compañera de subpacto, la entonces desconocida Carmen Gloria Aravena. Mientras Kast fue primera mayoría en la circunscripción con un 18,8% de los votos, Aravena obtuvo apenas un 1,2% de las preferencias, menos que Germán Becker, Rojo Edwards, Gustavo Hasbún, Fuad Chahín, Eduardo Díaz o Aucán Huilcamán, por nombrar algunos que quedaron en carrera. En Evópoli, nadie apostaba por ella. Ni ella misma pensaba ser electa. Por lo mismo, no se chequearon muy celosamente sus posiciones políticas. Hubo cierta sorpresa cuando la flamante senadora confesó discrepar de la línea de su partido en algunas de las llamadas cuestiones “valóricas”. En simple, Aravena resultaba ser más conservadora que liberal. Hace algunas semanas, la senadora renunció a su partido. Se integrará, se ha dicho, al comité de senadores de RN. No sería raro que terminara fichando en esa tienda.

La renuncia de Carmen Gloria Aravena abre dos discusiones. La primera dice relación con el grado de consistencia ideológica interna que deben tener los partidos políticos. Obviamente, a ninguna directiva le gusta la idea de perder parlamentarios. Desde ese punto de vista, la noticia no es buena para Evópoli. Pero hay otra perspectiva: es mejor quedarse con aquellos que comparten el ideario colectivo. En este sentido, la senadora Aravena fue honesta en su proceso de reflexión: prefirió abandonar las filas de Evópoli antes que seguir produciendo ruido interno con cada discrepancia pública. La pregunta que debe contestar Evópoli es si acaso quiere ser un partido que represente ciertas convicciones liberales al interior de una coalición de derecha dominada por el pensamiento conservador, o bien quiere ser un partido donde todos quepan independiente de sus perfiles doctrinarios. Lo primero le pone límite al crecimiento, pero transmite una identidad más nítida. Lo segundo permite un ensanchamiento, aunque diluye su ADN ideológico. Sea cual sea la decisión estratégica, ambas tienen costos. La tentación es dilatarla para evitar pagar esos costos. Pero es mejor que sea una decisión deliberada y consciente antes que seguir ruborizándose por los exabruptos de militantes tipo Gonzalo de la Carrera, cuyas lealtades política están evidentemente con el proyecto de extrema derecha que lidera José Antonio Kast. ¿Puede haber doble militancia entre Acción Republicana y Evópoli? ¿Caben libertarios minarquistas en un partido que dice interesarse por la filosofía política liberal-igualitaria de Amartya Sen y Elizabeth Anderson? ¿Será Evópoli el partido joven que atrapa todo el flujo de las nuevas generaciones, sin importar si son humanistas laicos, católicos ultramontanos o pinochetistas nostálgicos? ¿Sabrá decir que no?

La segunda discusión es de justicia electoral. El problema no es, como algunos han sostenido, que algunos lleguen al Congreso con bajas votaciones. En los sistemas proporcionales, se vota por listas cuyos integrantes representan un cuerpo de ideas políticas y aspiraciones programáticas similares. Es decir, votar por un integrante de una determinada lista es votar por esas ideas y programas. No se vota estrictamente por las personas, como podría eventualmente hacerse en elecciones mayoritarias uninominales como la presidencial o la edilicia. Piense en el caso de Evópoli en la Araucanía. Su subpacto obtuvo 20%. Le corresponden, de acuerdo con la cifra repartidora, dos escaños. Le habrían correspondido los mismos dos escaños si Felipe Kast hubiese obtenido 10% y Carmen Gloria Aravena el 10% restante. Lo importante es cuántos votos obtiene la lista. Quienes alegan contra la elección de congresistas que obtienen por sí mismos una baja votación, no entienden la lógica del sistema o sencillamente se hacen. Si bastaba con un 10% de los votos para obtener un escaño, habría sido injusto, por así decirlo, que Evópoli perdiera el 10% remanente que obtuvo en la Araucanía. Piénselo así: Aravena no salió electa por su 1,2%, más bien, Evópoli se ganó dos escaños por el caudal de votación de su lista.

Precisamente por lo anterior, es injusto que Aravena se lleve la senaduría para la casa como si fuera nominal e intransferible. No es primera vez que un congresista renuncia al partido gracias al cual fue electo. El caso más bullado afectó justamente a RN, cuando una senadora y tres diputados abandonaron el barco para fundar una barcaza propia, Amplitud. A cualquiera le puede pasar. Por esto se hace imperativo legislar. Fórmulas hay varias. Una posibilidad es desincentivar la renuncia, al menos dentro de los primeros dos años desde la elección, creando una causal constitucional de cesación del cargo. En caso de verificarse la causal, a los partidos les gustaría poner en su reemplazo a una persona designada a dedo, tal como lo hizo RN y la UDI cada vez que Sebastián Piñera llamó a uno de sus senadores al gabinete en su primer gobierno. Pero hay formas más democráticas, como llenar la vacante con el candidato o candidata más votada del partido que no haya alcanzado a ser electa, por ejemplo.

Como fuere, lo que una “ley Aravena” tiene que evitar es que algunas personas usen a los partidos y sus listas como trampolín para después abandonarlos apenas iniciados sus períodos legislativos. Suena más grave cuando se trata de candidatos y candidatas que fueron arrastrados, pero, en principio, no cambia si renuncia un senador o diputado que lideró la votación de su lista. Si queremos fortalecer el sistema de partidos -vital para la salud de una democracia liberal- entonces tenemos que insistir en la importancia de la política como un proyecto colectivo que se organiza en torno a ideas y no a personas individualmente consideradas.

Link: https://www.capital.cl/la-ley-aravena/

LA JUSTICIA DE LA DESIGUALDAD

mayo 15, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 10 de mayo de 2019)

world day of social justice

El éxito de la democracia liberal como proyecto político depende en parte importante que la población perciba que las recompensas sociales se distribuyan de una forma que beneficie a todos. Si una porción relevante estima que los ganadores son siempre los mismos, el sistema pierde legitimidad. Ese es el principal riesgo de que las élites económicas no suelten la teta, parafraseando a un ex dirigente empresarial. Ahora bien, el club de los ricos bien podría replicar que todo lo que tienen lo han ganado justamente, y que son por tanto soberanos para hacer con esa riqueza lo que estimen conveniente. Muchos creen que de eso se trata el liberalismo: que la sociedad, a través del estado, se abstenga de meterse en los bolsillos de sus ciudadanos.

Es cierto que el liberalismo no aspira a la igualdad material de las personas. En cierto sentido, lo que hace el liberalismo es precisamente justificar ciertas desigualdades. Algunas serán justas y otra serán injustas. Las justas son, usualmente, aquellas que son producto de una competencia con relativa igualdad de oportunidades. Las injustas son las heredadas, las inmerecidas, las que son fruto de la suerte. Pero al liberalismo, históricamente, también le ha importado el resultado final de la distribución. Algunas de las figuras más importantes de la tradición liberal han manifestado su preferencia por economías libres, abiertas y descentralizadas en el entendido que esas economías son mejores para todos, y no solo para algunos.

Partamos por Adam Smith, nada menos que el padre de la economía clásica y del liberalismo económico. En la lectura de Smith, cada individuo participa en el intercambio de bienes y servicios persiguiendo su interés propio. Sin embargo, el resultado agregado de una multitud de agentes buscando su propio beneficio es el beneficio de la sociedad entera. De ahí la famosa idea de la mano invisible. Ya en la Teoría de los Sentimientos Morales, Smith sostiene que, a pesar del egoísmo y rapacidad de los ricos, orientado a su exclusiva conveniencia, “una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida, que habría tenido lugar si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitante, y así sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie”. Luego, en la Riqueza de las Naciones, Smith señala que los individuos no buscan el interés público ni están conscientes de cuánto lo promueven cuando buscan su propia ganancia. Sin embargo, en estos casos, los individuos “son conducidos, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte en su intención”.

Es decir, Smith entendía el liberalismo económico como un juego donde todos ganan. Si no fuese así, me atrevo a sostener, Smith no lo habría promovido. Si el resultado agregado de cada individuo persiguiendo su interés propio fuese que sólo unos pocos se benefician y la mayoría se empobrece, el modelo pierde parte importante de su atractivo normativo.

Doscientos años más tarde, John Rawls, el filósofo liberal más importante del siglo veinte, confiesa que preferiría una distribución perfectamente igualitaria de las recompensas sociales si acaso una distribución desigual no fuese más ventajosa para todos. Rawls entiende bien el rol que cumplen los incentivos en una economía. Tal como Smith, entiende que no es por la benevolencia del panadero, ni del cervecero ni del carnicero que tendremos nuestra cena esta noche. El bienestar de la sociedad, en especial de los menos aventajados, diría Rawls, se obtiene en cierto modo porque se les permite a las personas que traten de mejorar su propia situación socioeconómica. A su vez, la justicia de un sistema que admite la desigualdad pende del cumplimiento de la promesa Smithiana: que sea win-win y no suma cero.

Finalmente, los argumentos utilitaristas de Milton Friedman para preferir un sistema de mercado por sobre sus alternativas socialistas van en la misma dirección. La libertades económicas, piensa Friedman, son las principales responsables de la inédita prosperidad que ha experimentado casi todo el planeta en los últimos siglos. Todos estamos mejor gracias al capitalismo, en resumen. Los números probablemente le den la razón. Pero si la justicia del sistema descansa en la comprobación empírica de que todos ganan, entonces el sistema deja de ser justo cuando se comprueba que solo gana una fracción. Como todas las justificaciones de corte consecuencialista, hay que atender al resultado. Si el resultado no cumple con lo esperado, entonces podemos empezar a evaluar modelos alternativos.

En síntesis, siguiendo a teóricos liberales tan disímiles como Smith, Rawls y Friedman, la justicia de la desigualdad no sólo depende de la justicia del procedimiento sino también de que los resultados agregados sean beneficiosos para todos. La democracia liberal ha cumplido, hasta ahora, esa promesa. Los niveles de desarrollo material y los indicadores sociales son innegablemente mejores que los que teníamos antes del liberalismo económico. Pero no hay que perder de vista que se trata de una promesa continua. Apenas deja de cumplirse, o apenas la población percibe que el modelo no es win-win, su legitimidad se resquebraja. Parte del auge de los populismos contemporáneos se ha explicado precisamente a partir de esa variable: en los últimos años, los ricos se han hecho más ricos y las clases medias han visto su poder adquisitivo estancado. Ganan terreno las fórmulas autoritarias que prometen redistribuir las recompensas sociales liberándose de los amarres y contrapesos de la democracia liberal. Para que ésta subsista, entonces, no basta con que el estado no nos meta la mano en el bolsillo, como piensan algunos libertarios. Se requiere que la mano invisible actúe generando beneficio colectivo. La élite económica que no lo entienda, más temprano que tarde estará lamentando la pérdida de legitimidad del modelo.

Link: https://www.capital.cl/la-justicia-de-la-desigualdad/

LOS MUCHOS DILEMAS DE LA DC

mayo 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de abril de 2019)

Resultado de imagen para fuad chahin reforma tributaria

La decisión de aprobar la idea de legislar la reforma tributaria del gobierno abre una serie de interrogantes sobre el presente y futuro de la Democracia Cristiana. El primer nivel de análisis es contingente: ¿por qué dinamitar las confianzas que se estaban construyendo en la oposición? La DC insiste que su voluntad es seguir trabajando del lado de sus ex socios de la Nueva Mayoría y con el Frente Amplio, pero los hechos parecen demostrar otra cosa. La oposición tiene un problema más grave: aunque ya no crea ni lo que reza la DC, y en consecuencia sienta genuinos deseos de mandarla al carajo, no puede prescindir de ella si no quiere convertirse en minoría parlamentaria -y si no quiere perder por goleada en las inéditas elecciones regionales que vienen.

Por supuesto, es posible que los congresistas de la DC se hayan convencido de que la reforma de Piñera le hace bien a Chile. No todo es cálculo pequeño. En casi todo el espectro ideológico hay expertos que aconsejan la integración tributaria, por ejemplo. Por otro lado, la DC acaba de ser parte de un gobierno que no pasará a la historia por promover el crecimiento ni las oportunidades de negocio. Su timonel, Fuad Chahín, anuncia el voto favorable de la falange junto a un grupo de pequeños y medianos empresarios, queriendo decir que su partido no se ha olvidado de las capas medias que solía representar. La sospecha, al interior de la DC, es que Carlos Peña tenía razón y es Piñera quien mejor interpreta los anhelos de esas capas medias que experimentan el consumo como medio de afirmación de estatus.

Esto nos lleva a un segundo nivel de análisis: ¿dónde se sentiría más cómoda la DC? Parece claro que lejos del Partido Comunista. Si en algo ha sido exitoso el actual gobierno, ha sido en sacarle brillo a las diferencias políticas que convivían en la última coalición de Michelle Bachelet. Dividir para reinar. Pero no se trata sólo del PC. La crisis de pertenencia de la DC viene gatillada por una crisis de identidad: ya no sabe qué es ni para qué sirve. La DC tiene una rica biografía. Sus fundadores eran jóvenes que se escindieron del histórico Partido Conservador, atizados por indiferencia de sus padres ante la apremiante cuestión social y seducidos por la propuesta de la Iglesia Católica para hacerse cargo desde la política. En sus años mozos, en tiempos de Frei Montalva, la DC se dio un lujo que pocos partidos pueden darse: no necesitó de aliados ni coaliciones para gobernar. En un arrebato de orgullo, pensó que gobernaría cien años. Quienes recuerdan la marcha de la Patria Joven pueden dar testimonio de la potencia épica del aquel relato.

Un par de décadas más tarde, en plena madurez, la DC se transformó en el partido eje de la coalición que recuperó la democracia y encabezó uno de los mejores períodos de nuestra historia, en términos de estabilidad política, prosperidad material y paz social. Así fue, al menos, bajo los gobiernos de Aylwin y Frei Ruiz-Tagle. El ascenso de Lagos y luego de Bachelet marcaron un cambio en la correlación de fuerzas al interior de la Concertación. La influencia relativa de la DC menguó, aparejada de un progresivo deterioro electoral y un encorvamiento generacional de su militancia. Hasta que llegamos a la Nueva Mayoría y la confesión de su nuevo rol: limitarse a “hacer matices”. Como ese individuo que se aferra a su pasado glorioso y rehúsa actualizar su propia imagen, la DC se mira al espejo y ya no le gusta lo que ve. Sus carnes están flácidas. Sus músculos han perdido vigor. Su caminar es lento.

En un arranque de amor propio, lleva candidato presidencial y lista parlamentaria propia en las últimas elecciones. Para saber realmente cuantos pares son tres moscas. El resultado es peor de lo esperado. Carolina Goic llega quinta. Obtiene apenas cuatro diputados más que los debutantes de Revolución Democrática. En toda la Región Metropolitana, saca apenas uno. En esas condiciones, ¿qué más se puede pedir que “hacer matices”? De eso se aprovecha el gobierno, que pirquinea votos haciéndoles sentir importantes. Como partido bisagra, la DC puede decidir el curso de muchos proyectos. Parada en el medio de la cancha, la DC tiene el poder de inclinar la balanza hacia uno u otro lado. No es malo, por ahora, teniendo en cuenta las otras opciones: ser comparsa en una coalición de izquierda que no representa a lo que queda de su viejo electorado moderado, o integrarse a una coalición de derecha donde la primera línea todavía la ocupan los cómplices pasivos que exiliaron a sus camaradas en dictadura.

Queda, finalmente, la pregunta ideológica: ¿qué doctrina debiera encarnar la DC en el futuro? A mediados del siglo XX, las coordenadas estaban claras: la DC irrumpía como tercera vía entre el capitalismo salvaje y el marxismo ateo, la ruta reformista entre el statu quo y la revolución. Pero las condiciones ambientales han cambiado: nuestra derecha hizo suyo el discurso de justicia social y nuestra izquierda aceptó las reglas de la democracia burguesa. Ya no tiene mucho sentido, como lo hacía Aylwin, pelear contra la modernización capitalista. Para una buena parte de la población -la mayoría, quizás-, el progreso se mide en la ampliación de la autonomía individual. La insignia religiosa que alguna vez llevó con orgullo, hoy tiene menos brillo que nunca. Leyendo el escenario, Ignacio Walker propuso cambiar de nombre a Partido Demócrata de Centro. En efecto, el mundo DC puede seguir reclamando el centro. No pasa mucho en ese descampado. Ciertamente, no será un centro puramente humanista cristiano. Otras células, liberales y laicas, pululan el mismo espacio. Todas ellas enfrentan el desafío de reanimar el centro político chileno, que en la última elección murió de inanición.

Link: https://www.capital.cl/los-muchos-dilemas-de-la-dc/

MALENTENDIDOS SOBRE LA MARIHUANA

abril 22, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de abril de 2019)

Image result for weed in chile

La discusión pública sobre el estatus legal de la marihuana ha estado cruzada por malos entendidos. El principal de ellos ha sido presentar el debate como si se tratase de una competencia sobre quién tiene la mejor evidencia empírica: mientras sus promotores resaltan sus virtudes terapéuticas, sus detractores subrayan su potencial dañino. Como es natural a estas alturas, cada bando escoge los estudios que le convienen. Ninguno se percata que poner todos los huevos en la canasta de las consecuencias obligaría a cambiar de posición apenas el consenso científico sostenga que las consecuencias no son las originalmente afirmadas.

La razón que motiva, al menos la despenalización del cultivo, porte y consumo recreativo de marihuana, no descansa en sus efectos benéficos. Ni siquiera en su inocuidad. Se puede reconocer el daño que genera el consumo temprano y prolongado de cannabis, y al mismo tiempo defender la libertad de las personas adultas a consumirla. Del mismo modo que se reconoce el daño que genera el alcohol y se autoriza su venta regulada. La pregunta por el estatus legal de la marihuana es una pregunta acerca de la estructura de riesgos que los ciudadanos están dispuestos a compartir. Conducir vehículos motorizados es un riesgo. No sólo para el conductor, sino para el resto. Cada vez que salimos a la calle nos exponemos a ser arrollados por máquinas de fierro. Sin embargo, usualmente consideramos que estamos en condiciones de bancarnos ese riesgo. Lo atenuamos cuando prohibimos la conducción en estado de ebriedad. Pero no podemos eliminarlo. Así, vamos negociando la distribución de riesgos permitidos en la vida social.

Lo mismo ocurre con las sustancias que alteran parcialmente nuestro estado de consciencia. Hemos interactuado con ellas desde el comienzo de los tiempos. Todas ellas representan distintos grados de riesgo. De acuerdo a su composición y efectos, la marihuana se ha considerado históricamente la menos poderosa de las drogas. No es casualidad que su consumo se encuentre normalizado en amplios sectores de la población, sin importar estrato social u origen cultural. Es decir, aunque conlleva riesgos, se trata de un tipo de riesgo que adultos libres e informados pueden tomar sobre sí. Este no es un argumento para vetar el debate sobre la despenalización de otras drogas más duras. Pero sí ubica a la marihuana en una posición especial: a la luz del estatus legal del alcohol –cuyos efectos sociales son infinitamente más destructivos-, la exclusión del cannabis del catálogo de drogas reguladas es distintivamente injusto.

Esto es evidente pero a veces se nos olvida: el estatus legal de una sustancia no lo determina un médico. De lo contrario seríamos una tecnocracia científica. Los profesionales e investigadores de la medicina proporcionan insumos para tomar la mejor decisión política. Las decisiones políticas se toman considerando todas las aristas de un problema. Ahí se ponderan los riesgos de salud (en su debida medida) con los imperativos de la autonomía individual en una sociedad libre. No son las únicas consideraciones que importan. La aplicabilidad de una norma o política pública también es relevante. Su impacto en el ecosistema normativo, también. En este último nivel, los detractores de la marihuana suelen sostener que es posible ganar la guerra contra las drogas; sus defensores suelen apuntar que dicha guerra sólo acarrea violencia, mientras que la posibilidad del autocultivo y en general la despenalización de drogas menores permite focalizarse en el verdadero narcotráfico. El club de los ex-presidentes latinoamericanos –entre ellos Ricardo Lagos- ya llegó a esa conclusión.

Quedan, finalmente, las consideraciones prácticas de una eventual legalización de la marihuana. Mientras los activistas cannábicos de izquierda sueñan con un monopolio estatal a la uruguaya, para así evitar que la marihuana se vuelva otro negocio neoliberal, otros piensan que un mercado regulado a la californiana sería lo ideal. Los asistentes al último Expo Weed, una especie de FISA de la marihuana, pudieron atestiguar que hay un hambre comercial en la grilla de largada, lista para el disparo que dé inicio a la competencia. En el mundo de los vaporizadores de última generación y las semillas genéticamente modificadas, la estética no es Bob Marley sino Steve Jobs.

Por ahora, hay una sola causa que une a todos los consumidores habituales y esporádicos de marihuana: que el estado deje de tratarlos como delincuentes. Que saque la discusión del ámbito penitenciario. Después verá si prefiere llevarla al ámbito de la prevención, del tratamiento terapéutico o de la mera información. Pero el mínimo común denominador es que el poder político a través de la ley deje de amenazarlos con cárcel por tener dos plantas en el jardín. Eso es todo. Y no es mucho pedir. Desde el deporte al espectáculo, el alcohol lo auspicia prácticamente todo. Hasta frentes parlamentarios se forman para defender la industria pisquera nacional. Acá se pide algo más básico: el respeto a aquella máxima Milliana que establece que, de no mediar daño evidente a terceros, todo individuo es soberano de sí mismo, de su propio cuerpo y de su propio espíritu.

Link: https://www.capital.cl/malentendidos-sobre-la-marihuana/

LA VENTANA DE OVERTON

abril 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 29 de marzo de 2019)

Image result for overton window

Corría 2012 y la campaña municipal estaba en tierra derecha. En un programa televisivo, Josefa Errázuriz se declaraba partidaria del acuerdo de vida en pareja, pero no todavía del matrimonio igualitario. Respecto de la adopción homoparental, agregaba que aun no se formaba una opinión definitiva. En ese entonces, Chile ni siquiera tenía acuerdo de vida en pareja. Aun así, el mundo progresista le cayó duro a la candidata por Providencia (sin considerar, entre otras cosas, que se trataba de una señora mayor que habitó un tiempo más conservador y que nunca se presentó a sí misma como la campeona de las causas liberales). De pronto, estar en contra de una determinada política -que hasta hace pocos años era derechamente impensable- era como confesar un crimen. Debates éticos que admitían varias posiciones razonables, se volvieron más estrechos por la exigencia de uno de los bandos. La ventana del discurso público tolerable, parafraseando al politólogo Joseph P. Overton, se achicó.

Este no es un fenómeno local. Disectando las causas de la victoria de Trump, el columnista británico Edward Luce sugiere que, en los años previos, la izquierda estadounidense cayó en la tentación de presentar la última moda del pensamiento progresista como una verdad moral incontrovertible. El diálogo político dejó de tratarse de convencer a la gente de los méritos de un caso, se lamenta, y empezó a tratarse de la perversión de nuestros contradictores. En la misma línea, Mark Lilla sostiene que los demócratas comenzaron a tratar cada asunto “como si se tratase de un derecho inviolable, sin espacio para la negociación, e inevitablemente presentando a sus oponentes como monstruos inmorales, en vez de simplemente como conciudadanos con visiones distintas”. Esto pasa especialmente en los campus universitarios, agrega Lilla, donde la vigilancia de discurso es implacable y los pecados veniales se inflan como si fueran mortales.

Desde esos campus, donde se demandan espacios seguros para no escuchar ideas que violentan la conciencia del estudiantado (y de algunos profesores), se podría argumentar que la exclusión de discursos barbáricos es efectivamente una señal de progreso. Hace treinta años era peor visto, socialmente hablando, un homosexual que un homofóbico. En la actualidad, parece ser a la inversa. Desde una perspectiva ética liberal, eso es un evidente progreso: se amplían los derechos, gana la tolerancia, se fortalece la igualdad ciudadana. Sin embargo, es posible que esa relación sea inversa sólo en los circuitos culturales progresistas. De esos círculos nace la aspiración buenista de achicar la ventana de Overton, para que afuera queden los homofóbicos, los misóginos, los xenófobos, los racistas, y en general todo lo que huela a fascismo.

El problema que se genera es doble. Por un lado, porque el apuro en diagnosticar perversiones políticas sacrifica la rigurosidad del diagnóstico. Muchos de los estudiantes que se han opuesto a la visita de José Antonio Kast a sus universidades no se han dado el trabajo de explorar con sentido crítico su propuesta más allá de la frase sensacionalista. Les ha salido más fácil colgarle el rosario de etiquetas antes descritas. Esto no significa que las ideas de Kast sean intelectualmente consistentes o políticamente apropiadas. Pueden ser un bodrio tanto en la teoría como en la práctica. Yo, al menos, así lo creo. La pregunta es si acaso sus posiciones deben quedar desterradas de la provincia del desacuerdo razonable en una sociedad pluralista. Las manifestantes contra el Prosur de Piñera llamaron fascistas a todos los presidentes que vinieron a poner su firma. Así, sin más. Pasándose siete pueblos. Ahora bien, quizás crean que cualquier expresión de derecha es fascista. Eso sería dejar la ventana de Overton en ventanilla.

El segundo problema es estratégico. La ventana se achica, dijimos, cuando las visiones que antes eran tolerables dejan de serlo. Muchos de los que se quedan fuera perciben que esa transformación no ha sido el legítimo producto de un consenso cultural sino más bien una imposición del progresismo y su famosa corrección política. Mientras algunos prefieren pasar piola para no violar los nuevos códigos y ser víctima de la policía tuitera, otros, en cambio, se radicalizan. Hablan fuerte y claro, más fuerte y claro de lo necesario, porque también se niegan a negociación entre el cambio y la continuidad. Es la mentalidad reaccionaria, que se para de igual a igual y devuelve ojo por ojo. Es lo que hace atractivo a Kast.

El fenómeno da cuenta de una tendencia humana que se habría exacerbado por las redes sociales. Una de las promesas de Internet era su capacidad de unir mundos y abrirnos al conocimiento. Lo terminamos usando para juntarnos entre los que ya pensamos lo mismo, reforzando la idea de que nuestras intuiciones políticas son rectas mientras que las del adversario son corruptas. Opiniones que difieren, aunque sea ligeramente, de las nuestras, se reciben con “ufff” y “cerremos por fuera”. Es ese mundo donde “ustedes” siempre están pensando y diciendo brutalidades. Como casi todo violenta, el cargo se trivializa. Cuando de fondo hay ruido blanco, se hace difícil distinguir los enunciados realmente problemáticos de aquellos que admiten una que otra vuelta, por último en consideración al contexto.

Si la ventana se sigue achicando y cerco se sigue corriendo hacia un extremo del eje político-cultural, y eso se traduce en castigo social a la discrepancia, se balcanizará el debate y volaremos los puentes que construyen la amistad cívica. En ese sentido, hay un interés público en mantener la ventana relativamente abierta para discutir un ámbito de posiciones e ideas que cumplen un mínimo de razonabilidad, aunque no interpreten exactamente nuestra propia sensibilidad moral.

Link: https://www.capital.cl/la-ventana-de-overton/

POR QUÉ NO IMPORTA LA CALIDAD

marzo 20, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de marzo de 2019)

Image result for carrera de patines

Es un lugar común sostener que la reforma educacional de Michelle Bachelet partió al revés. Que antes de entrar a picar en la educación particular subvencionada por sus efectos estratificadores, debió haber concentrado sus esfuerzos en una educación municipal de calidad. Así no habría drama con la bendita tómbola. A fin de cuentas, todos quedarían en buenas opciones. Si todos los chilenos tuvieran educación de calidad, habría mayor igualdad de oportunidades y probablemente menos desigualdad de resultados. La desigualdad restante podría ser atribuida, ahora sí que sí, al mérito. En resumen, Bachelet se habría dedicado a cambiar las condiciones de acceso y de financiamiento sin referirse a lo más importante: la calidad.

Este es un lugar común enteramente razonable. Pero es un lugar común ingenuo. La calidad importa menos de lo que parece. Dicho de otra manera, la calidad no es lo que parece. Lo que los padres denominan calidad está relacionado con la capacidad de un establecimiento de cumplir una promesa educacional. Esto es, de dejar a sus hijos en una buena posición para enfrentar la carrera de la vida. Pero lo que determina una buena posición es relativo a la posición del resto. Si todos quedan en una buena posición, nadie queda en una buena posición. No, al menos, en un sistema competitivo de mercado cuyas posiciones más apetecidas son limitadas. En ese sistema, por mucho que todos hayan comprado entrada en cancha, algunos se ubicarán en cancha vip y otros en cancha diamante. No todos caben en cancha diamante. Si todos cupieran en cancha diamante, no sería cancha diamante. Sería cancha.

En eso, el ex ministro Eyzaguirre tenía razón. Si el objetivo de la reforma educacional de Bachelet era igualitario, entonces había que quitarle los patines a los que corrían con ventaja. Para seguir el ejemplo, había que abolir cancha vip (porque la cancha diamante no la tocaron). Ponerle patines a todos, como pidió la derecha, es prácticamente imposible. No sólo, advertía el filosófo libertario Robert Nozick, por lo que cuestan las “nivelaciones hacia arriba”. Sino porque los patines cumplen justamente la función de aventajarse del resto. Lo que quieren las familias que hacen un esfuerzo en equipar a sus hijos e hijas con patines es que ellos y ellas accedan a las posiciones sociales más altas dentro de un rango posible. En el improbable evento que el estado pueda ponerles patines a todos los niños y niñas de Chile –es decir, que pueda asegurar “calidad” a todos-, esas mismas familias equiparan a sus hijos con scooters.

Recordemos las marchas que organizó la Confederación de Padres y Apoderados de Colegios Particulares Subvencionados de Chile (Confepa) durante el pasado gobierno. En una de ellas, se leía un cartel que decía “no nos queremos mezclar”. En la percepción de esa clase media que fue capaz de emigrar de la educación municipal, los incipientes patines que tienen sus hijos no solo son el resultado legítimo del esfuerzo de sus padres, sino que además constituyen la afirmación de un cierto estatus. El estatus es la posición que una persona ocupa en un grupo social. Es, por tanto, siempre relativa respecto a la posición del resto. Si todos acceden automáticamente a mi estatus, mi estatus deja de reflejar una posición diferenciada. Pero eso es justamente lo que resulta en los mercados. Incluido el mercado de la educación. En éste, lo que se persigue no son sólo bienes curriculares, sino esencialmente posicionales. Si las familias son libres de equipar a sus hijos con lo que sea necesario -incluyendo scooters y monopatines con turbo- para acceder a esas posiciones sociales limitadas, entonces siempre habrá desigualdad y nunca tendremos una cancha pareja. Nozick habría visto con claridad el punto de Eyzaguirre: para limitar la desigualdad, en algún punto hay que limitar la libertad. El sistema educacional chileno hasta la reforma de Bachelet, agregaría Nozick, es un buen ejemplo de cómo la libertad se abre camino y genera (a su juicio, legítima) desigualdad.

Por lo anterior, la calidad tiene sólo limitada relación con lo que se enseña en una sala de clases, con diversas metodologías pedagógicas o con la capacidad de un colegio de inculcar disciplina. Esas cosas inciden en la calidad. Sin embargo, para algunos padres, la calidad pasa por mezclarse. Para otros, pasa por no mezclarse. Para los primeros, pasa por obligar a los segundos a que no compren cancha vip o que no ocupen patines. Para los segundos, pasa por que se les permita usar los dispositivos necesarios para aventajarse. En cancha vip se encontrarán con familias como ellas, es decir, con un nivel cultural similar. En la carrera de la vida, competirán entre ellos. Pero, al menos, competirán por la mejor vista de la cancha vip. Competirán entre aquellos con patines, con la tranquilidad de que los que corren a pata pelada no los alcanzarán jamás. Ni hablar de los que habitan la cancha diamante. Esos ni miran para atrás. El turbo monopatín los aventajó lo suficiente. Esa es la verdadera educación de calidad en una sociedad libre de mercado: la que permite diferenciarme en el acceso a las posiciones sociales más apetecidas.

Link: https://www.capital.cl/por-que-no-importa-la-calidad/

¿ESTÁ EN PELIGRO LA DEMOCRACIA CHILENA?

marzo 7, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 1° de marzo de 2019)

Image result for how democracies die

“How Democracies Die”, de los profesores de Harvard Daniel Ziblatt y Steven Levitsky, se convirtió en el libro de moda de la politología para grandes audiencias. Ariel acaba de publicarlo en castellano (“Cómo Mueren las Democracias”) y hasta Barack Obama lo recomendó en su lista de libros del 2018. En lo central, los autores plantean que las democracias ya no mueren como antes, a punta de Hawker Hunters o a través de cortes radicales con el antiguo régimen. Las democracias de hoy son gradual pero sistemáticamente socavadas por populistas con desvaríos autoritarios que sin embargo conservan la fachada institucional de una democracia liberal. Pasó en Venezuela, pasó en Turquía, pasó en Hungría. Estaría pasando en Estados Unidos. En este sentido, el libro de Ziblatt y Levitsky se une a la nutrida literatura “liberal” que responde al shock que ha significado Donald Trump. En dos años se ha publicado una docena de libros que hablan de lo mismo. A veces da la sensación de que le ponen color. Pero acá se ponen pruebas sobre la mesa: Trump estaría efectivamente echando a perder el juguete.

Más que una reseña, me interesa explorar posibles aprendizajes para el caso chileno, tomando en cuenta que en la derecha dicen que se nos viene una ultraizquierda populista y que en la izquierda dicen que se nos viene una ultraderecha populista. Basta que uno tenga razón para preocuparse. El libro abre con una lección central: los partidos políticos son los principales custodios de la democracia. De ellos depende abrir o cerrar las compuertas a los autócratas en potencia. Los ascensos al poder de Hitler, Mussolini y Chávez, piensan los autores, son paradigmáticas fallas de gatekeeping: el establishment político los invitó pensando que podía servirse de ellos. Luego fue demasiado tarde. Algo similar habría pasado con Trump, una vez que se le permitió competir en la primaria republicana. Al hacerlo, fue validado. La pregunta morbosa en el escenario nacional es si acaso los partidos de Chile Vamos visarán la participación de José Antonio Kast en las internas de 2021. Voces de Evópoli, por ejemplo, ya han anticipado que no les parece una buena idea.

Pero, ¿no le estaremos poniendo color nosotros? ¿Es José Antonio Kast realmente una amenaza para la democracia liberal? Ziblatt y Levitsky fijan varios criterios como señales de alerta. Por ejemplo, un potencial autócrata busca invalidar el sistema y sus instituciones. Trump decía todo el tiempo que le harían trampa y nunca se comprometió a respetar el resultado. Kast dijo que no tenía dudas de que la izquierda podía robarse la última elección presidencial. No recuerdo otro candidato que haya dicho algo similar en el último tiempo. Otro criterio para identificar populistas peligrosos es la sistemática negación de la legitimidad del oponente. Es decir, no es que los adherentes del partido del frente tengan distintas ideas respecto de cómo mejorar la vida de los ciudadanos, como es natural en una sociedad pluralista, sino que se trata de individuos corrompidos hasta la médula. En su carta a Bolsonaro, por ejemplo, Kast sostuvo que la izquierda en la región hacía política “mediante la violencia y la mentira”. Sin embargo, hay otros criterios respecto de los cuáles el fundador de Acción Republicana no resulta especialmente problemático. Parece mucho más amenazante el propio Bolsonaro.

La segunda lección de Ziblatt y Levitsky se vincula con lo anterior: la democracia liberal sobrevive no sólo porque tenga pesos y contrapesos constitucionalmente afinados, sino porque su práctica fortalece ciertos hábitos de convivencia cívica. Como insiste Michael Ignatieff, el gran biógrafo de Isaiah Berlin, las democracias funcionan cuando los políticos respetan la diferencia entre enemigo y adversario. Mientras a los adversarios se los derrota, a los enemigos se les destruye. Ziblatt y Levitsky reconocen que se trata de un ideal sofisticado y bastante reciente. En medio de un aparente revival Schmittiano y la fascinación que despiertan las teorías agonísticas, los valores liberales zozobran. Entre ellos, por un lado, el principio de tolerancia, que consiste en aceptar la legitimidad de posiciones políticas que detestamos, entendiendo además que quizás sean promovidas por personas decentes e igualmente bienintencionadas que nosotros; por el otro, el principio de contención, que sugiere evitar los escalamientos hostiles (incluido el lenguaje) y abstenerse de utilizar el arsenal que permite la legislación cada vez que se pueda herir al oponente. La política, en la versión liberal, no es una guerra. Hay que pensar la democracia, dicen los autores, como si fuera un juego que queremos jugar indefinidamente. Para asegurarnos de aquello, no hay que salir a pegarle tan duro al otro equipo hasta el punto de dejarlo incapacitado o que sencillamente no quiera jugar más con nosotros. Aunque en la democracia se juega a ganar, no es un todo-vale.

Aquí, las alarmas también se prenden en la izquierda. Recuerdo el tweet del diputado comunista Hugo Gutiérrez juramentándose para que derecha no vuelva nunca más al poder. Si bien ha sido un gran aporte a la discusión parlamentaria, a veces cuesta encontrar pasajes en los cuales su compañera Carmen Hertz no se refiera a sus pares de derecha como unos cretinos éticos e intelectuales. El Frente Amplio tampoco ha ejercido mucha contención en el uso de sus herramientas constitucionales a la hora de antagonizar al gobierno. Para qué hablar del calcetinerismo que han exhibido por los asesinos confesos de un senador en democracia.

Paradójicamente, Ziblatt y Levitsky concluyen ejemplificando con el caso Chile durante los noventa. Subrayan que la Concertación, probablemente la coalición más exitosa de nuestra historia en términos de paz social, estabilidad política y prosperidad económica, se fundó sobre un acuerdo entre dos mundos que habían estado profundamente divididos previo al golpe. El abrazo de Carmen Frei con Isabel Allende simboliza esa admirable capacidad de entendimiento, que no es romántica, pero vaya que requiere esfuerzo. Esa capacidad que se perdió en tiempos en los cuales gobernaron sus padres, cuando casi todos los proyectos políticos apostaron al todo o nada. Esa democracia se perdió de un bombazo. Muchas de las actuales, en cambio, degeneran en autoritarismo por la erosión lenta pero perceptible de su convivencia cívica.

Link: https://www.capital.cl/esta-la-democracia-chilena-en-peligro/

EL MITO DEL REVIVAL PINOCHETISTA

febrero 23, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 15 de febrero de 2019)

Image result for Camila flores pinochet

No hay tal cosa como un revival del pinochetismo. Viendo la película completa, lo único cierto es que su fuerza política ha ido en declive desde el plebiscito de 1988. En aquel entonces, Pinochet obtuvo nada menos que un 44% de las preferencias populares. Treinta años después, una encuesta arrojó que apenas un 18% votaría por el SÍ en la actualidad. Hay varias hipótesis al respecto, todas plausibles: el reconocimiento oficial de las violaciones a los derechos humanos con su correlato judicial, el descalabro reputacional de la propia figura de Augusto Pinochet a partir de su detención en Londres y el caso Riggs, la necesidad de los partidos de derecha de presentar credenciales democráticas, el advenimiento de una nueva generación que no estuvo marcada emocionalmente por la experiencia autoritaria, etcétera. Por donde se le mire, hoy Pinochet es menos popular que ayer.

¿Por qué entonces tanta alharaca en algunos medios, políticos y círculos de opinión? Por la misma razón por la cual nos impactan las noticias policiales en televisión. Pensamos que se trata de acontecimientos regulares cuando en realidad son extraordinarios. Porque la mayoría de las veces no hay crímenes. Pero cuando no pasa nada, no es noticia. Del mismo modo, el marchitar del pinochetismo no es noticia. Tampoco nos extrañan los exabruptos pinochetistas del diputado Urrutia o del senador Moreira porque no constituyen ninguna novedad. En cambio, nos impactan las declaraciones de Camila Flores justamente porque escapan de la normalidad. Tiene treinta años. Uno esperaría que a esa edad ya hicieran efecto algunas de las razones señaladas en el párrafo anterior. Si las nuevas generaciones, incluso en la derecha, son en promedio más liberales que sus padres -como sugieren algunos estudios- entonces por último el pinochetismo debiera ir decantando por ahí. Eso pasó justamente con Evópoli, el partido más joven de la coalición, el único que no nació al alero del dictador ni comprometido con la continuidad de su proyecto. En otras palabras, Camila Flores llama la atención porque la hegemonía política y cultural la consiguió hace rato el bando del NO.

Pese a que el pinochetismo no tiene fuerza suficiente para plantarse como actor ni como argumento decisivo en el paisaje político chileno, sí tiene (y tendrá) una importancia como parte de un marco discursivo más amplio: la resistencia contra la corrección política y la defensa de la libertad de expresión. Una de las razones por las cuales las expresiones pinochetistas están resultando atractivas -especialmente para grupos jóvenes con inclinaciones libertarias- es precisamente porque suponen una transgresión de lo políticamente correcto. En esa transgresión se reconoce un acto de valentía: decir las cosas por su nombre. No hay nada muy meritorio en someterse a los dictados de la mayoría, diría un lector de Stuart Mill. Afirmar públicamente el pinochetismo es contracultural. Lo mismo pasa con otras posiciones que suponemos en retirada, como la homofobia, el racismo, el machismo y otras tantas que alguna vez fueron dominantes. A los populistas les van bien con este relato porque conectan con un segmento que experimenta ansiedad ante un amenazante cambio en la correlación de fuerzas culturales -e incluso materiales.

Piense en Trump, Orban, Bolsonaro. En Chile, principal pero no exclusivamente, José Antonio Kast. Todos han incorporado la denuncia de la corrección política en sus narrativas. Hasta Jacqueline Van Rysselberghe acaba de confesar que le encantaría contar con el cantante Alberto Plaza en sus filas porque es “políticamente incorrecto”. Todos ellos se proclaman los campeones de esa parte del pueblo que reclama su derecho a seguir diciendo lo que piensa, aunque lastime más de alguna sensibilidad. Es un discurso que, paradójicamente, se nutre de la indignación de los grupos más progresistas, especialmente sus élites intelectuales. Mientras más nos escandalizamos por cosas que hasta hace poco eran normales y más más patrullamos las redes sociales en busca de pecadores por apedrear, la reacción conservadora crece. Por esto son estratégicamente torpes las iniciativas que buscan proscribir el pinochetismo por ley, a través, por ejemplo, de una eventual tipificación del delito de “negacionismo”. Más allá de los buenos argumentos a favor y en contra de una categoría tal, desde el punto vista práctico es agua para el molino de Acción Republicana: no habrá pinochetismo más sexy que el prohibido.

Camila Flores, probablemente, ni siquiera sea tan pinochetista como se pinta. Pero encontró una mina de oro al ponerse esa chapa. Fue electa diputada gracias al arrastre de un compañero de lista. Ahora es conocida a nivel nacional y no depende de los votos de nadie. El pinochetismo por sí mismo no tiene vuelo propio. Pero si se presenta como una posición política asediada por la tiranía de la opinión mayoritaria (cuando no de una ley mordaza), será funcional a un marco programático que apela no solo a pinochetistas, sino que a los “amantes” de la libertad de expresión en general -muchos de los cuales son genuinos liberales. Algunos cometen el error de pensar que Chile en 1990 equivale a Alemania en 1945. Pero en Alemania no quedó un solo nazi en pie para defender la obra de Hitler. En nuestro país casi la mitad de la población visó la continuidad de Pinochet. Bastante bien nos ha ido en estos últimos treinta años reduciendo el pinochetismo a una expresión marginal, sin la necesidad de amenazar con cárcel a sus partidarios. Convertirlos en una especie de minoría perseguida es contraproducente si la narrativa anti-corrección política sigue agarrando vuelo a partir del ascenso del populismo y la perpleja santurronería del progresismo.

Link: https://www.capital.cl/el-mito-del-revival-pinochetista/

EL PUEBLO Y EL CLIMA

enero 23, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 18 de enero de 2019)

Image result for les gilets jaunes

Brasil ya no prestará su casa para la cumbre mundial del clima que tendría lugar en 2019. Bolsonaro no cree que el asunto revista de gravedad. Su futuro canciller señaló que el cambio climático era un complot del marxismo cultural. Emulando a Trump, los nuevos gobernantes brasileños han dicho que se trata de una gran conspiración del gobierno chino para detener el progreso industrial de sus competidores. Es cosa de sentir el frío polar que está haciendo en invierno, tuitea el presidente estadounidense en esta época del año. Sencillamente no puede haber calentamiento global, concluye, apelando a la percepción común de sus compatriotas.

El nexo entre discursos populistas de extrema derecha y negacionismo científico -principal pero no exclusivamente- respecto del cambio climático está comenzando a ser investigado. No es solo Trump y Bolsonaro. El UKIP británico propone retirarse del Acuerdo de París, mientras el AfD alemán insiste que el clima ha cambiado desde que el mundo es mundo, agregando que las simulaciones realizadas por el Panel Internacional del Cambio Climático son solo juegos computacionales. No han llegado a ser gobierno, pero el UKIP fue el gran ganador del Brexit y el AfD ya es el tercer partido más grande del Bundestag. Casos similares de hostilidad al diagnóstico de la comunidad científica se han reportado en otros escenarios donde la extrema derecha populista goza de buena salud electoral.

Lo que ocurrió en Francia hace un par de meses añade otro capítulo a la historia. El movimiento les gilets jaunes, o de los chalecos reflectantes amarillos, nace como expresión de resistencia a las medidas anunciadas por Macron para combatir el cambio climático, entre ellas el aumento al impuesto a los combustibles fósiles. Aunque después se ramifica y complejiza, la narrativa original del conflicto es simple: se trata de una clase media atosigada por el creciente costo de la vida, que necesita bencina para moverse de la periferia al centro en automóvil, y en consecuencia se rebela contra una élite progresista y cosmopolita que puede darse el lujo de pensar en el planeta. Dicho de manera aún más sucinta, la ciudadanía no quiere pagar los costos de una política verde. No es casualidad que el movimiento haya recibido las loas de Marine Le Pen, por la ultraderecha, y de Jean-Luc Melenchón, por la extrema izquierda. En lo contingente, ambos quieren capitalizar el descontento popular. En lo central, ambos populistas están unidos en el relato contra el liberalismo globalista y la socialdemocracia bienpensante.

Este discurso populista -que subraya la oposición moral entre un pueblo virtuoso y una elite corrupta- tiene varios elementos dignos de ser tomados en consideración. No es puro odio ni pura mentira. Sabemos que el chancho está mal pelado. También sabemos que muchas decisiones se toman en cuerpos no electos que emplean criterios técnicos inaccesibles al ciudadano ordinario. En este sentido, el populismo es la exacerbación del ánimo democrático. Y está viviendo sus mejores días. Como viene repitiendo Steve Bannon, ahora en su calidad de conferencista internacional y proselitista-salido-del-clóset, el dilema del futuro no es democracia liberal versus populismo, es populismo capitalista versus populismo socialista.

Si Bannon tiene razón, es una pésima noticia para el planeta y su ecología. Porque Macron será un pije, el Panel Internacional del Cambio Climático un consorcio de científicos que nadie eligió y el Acuerdo de Paris una limitación a la soberanía de las naciones, pero en este asunto tienen razón: la amenaza es real y hay que hacer algo al respecto. Ya estamos llegando tarde. Electoralmente, sin embargo, es rentable acusar que todo es un invento para que el pueblo no pueda seguir forjando los fierros de la industria. Lo fue para Trump, que hizo campaña con un casco minero para prometer la reapertura de las termoeléctricas de carbón y así revivir las zonas económicamente deprimidas. Al populismo le cuesta ser verde, porque una política verde implica muchos sacrificios. Por eso los chalecos amarillos se rebelaron. “La crisis climática es una guerra contra los pobres” rezaban las murallas parisinas. Así, el cambio climático no sólo es un invento de los chinos o del marxismo cultural, también de las élites económicas e intelectuales para detener el carro del progreso, justo cuando ellos ya disfrutaron de todos sus beneficios. Es un portazo en la cara del pueblo que reclama su derecho al consumo contaminante. Porque, la verdad sea dicha, el consumo no contaminante tiene precios fuera de su alcance.

El problema de esta historia es que su desenlace práctico será el inverso: los pobres del mundo son los que más van a sufrir con los efectos del cambio climático. Parafraseando a Joaquín Lavín, los ricos se cuidan solos. Ya circulan series y películas con distopías futuristas donde los pudientes colonizan el espacio mientras menos aventajados se quedan recolectando escombros en un planeta casi inhabitable. Las crisis migratorias que vienen no serán forzadas por la guerra en Siria ni por la tiranía en Venezuela, sino por la desertificación, el aumento del nivel de los océanos a partir del derretimiento de los cascos polares y las catástrofes naturales. Como siempre lo han hecho, las élites encontrarán la manera de zafar. Los chalecos amarillos del mundo, en cambio, no la tendrán tan fácil. La crisis climática es efectivamente una guerra contra los pobres. Pero no en el sentido que los populistas sospechan.

Link: https://www.capital.cl/el-pueblo-y-el-clima/