CINCO CLAVES DE UNA TRISTE SEGUNDA VUELTA

diciembre 12, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 11 de diciembre de 2017)

  1. Campañas del Terror

Tanto Sebastián Piñera como Alejandro Guillier han acusado ser víctimas de una campaña del terror, mientras simultáneamente ambos han legitimado campañas del terror contra el adversario. Se habla de campaña del terror cuando el argumento para movilizar votantes no se concentra en las virtudes del candidato propio sino en las desgracias por venir si gana el otro. Desde la derecha se ha dicho que un triunfo de Guillier nos acerca peligrosamente al chavismo (de ahí el hashtag #Chilezuela que se viraliza en redes sociales) o bien nos pone en el umbral de una nueva UP. Desde la izquierda se dice que un nuevo gobierno de Piñera sería un retroceso en una serie de derechos sociales conquistados bajo la segunda administración Bachelet: se revocaría la ley de aborto en tres causales, se acabaría con la gratuidad y los funcionarios públicos tendrían que abandonar sus puestos de trabajo.

Todas estas son exageraciones. Chile no cambia radicalmente de semblante si gana Piñera o gana Guillier. Piñera entiende que no puede aplicar la lógica de la retroexcavadora sino más bien construir sobre lo obrado. Guillier se ha cuidado de no hacer promesas excesivamente onerosas. Pero sus comandos y colaboradores saben que en escenarios de voto voluntario gana el candidato más eficiente en movilizar su base electoral. Y la mejor manera de movilizar es pintar un cuadro de colores dramáticos. Imprimir sentido de emergencia es el mejor de los incentivos a la participación electoral: aunque muchos no crean realmente todo lo que dicen del rival, le meten carbón al fuego para que sus respectivos partidarios no se queden en la casa el próximo domingo.

  1. Guerra de Condoros

Los candidatos no andan finos. Cada vez que hablan, se exponen al condoro. Piñera ha tenido que volver sobre sus palabras varias veces. Si bien es cierto que hubo un par de denuncias de votos marcados en todo Chile, el número es anecdótico e irrisorio en la escala de las cosas que importan. Ponerlo en la agenda fue una irresponsabilidad. También tuvo que refrasear su posición sobre los niños transgénero.

Dicen que Piñera quedó tan quemado con sus asesores después de los resultados de primera vuelta, que decidió no escuchar a nadie y seguir sus instintos. ¿Se acuerdan de la serie política gringa The West Wing? Un capítulo se titulaba “Let Bartlet Be Bartlet”, en referencia a lo bueno que resultaba, estratégicamente hablando, que el (ficticio) presidente Jed Bartlet se soltara y siguiera sus propias ideas. No es el caso con el ex presidente chileno: Dejar que Piñera sea Piñera es una mala idea.

Un día después de los errores no forzados de Piñera, fue el turno de Guillier, quien habló de meter la mano en el bolsillo de los ricos que no hacen patria y concluyó con adolescentes consignas guevaristas. A mucha gente indecisa, cada vez que habla Piñera le dan ganas de votar por Guillier. Habla Guillier y le dan ganas de votar por Piñera. Cuando agarran el micrófono, sus colaboradores empiezan a preparar el control de daños.

  1. Llorones e hipersensibles.

¿Se ha fijado en lo desagradable que son esos partidos de fútbol donde los equipos están más preocupados de pedir tarjetas para los jugadores contrarios que de jugar a la pelota? Es una justa analogía para lo que ha ocurrido en esta campaña de segunda vuelta. Al menor roce, se movilizan los comandos para denunciar juego sucio. Así ocurrió, por ejemplo, con aquella fugaz escena de la franja de Guillier donde se alcanzan a leer algunos chilenismos que una de sus partidarias pone por escrito acerca de la derecha. Nada del otro mundo. El piñerismo en pleno explotó de falsa indignación como esos jugadores que se lanzan teatralmente al piso cuando los tocan. Corrieron hacia el árbitro con los ojos desorbitados exigiendo las penas del infierno, aun cuando el contexto de la escena hacía obvio que no pretendía ser ofensivo contra su candidato (aunque probablemente lo hicieron para tapar el condoro de los votos marcados).

La hipersensibilidad no es buena consejera en política. Perdieron el día lloriqueando en lugar de instalar su propia agenda. Desde el Guillierismo la actitud no es muy distinta. Se moviliza hasta La Moneda, magnificando y sobrerreaccionando cada expresión de Piñera. La ministra Narváez también lleva un mes corriendo detrás del árbitro pidiendo tarjetas.

  1. A la caza del voto huérfano.

Ambos candidatos quedaron lejos de la mayoría absoluta y se vieron en la obligación de salir a buscar el apoyo de los postulantes que quedaron en el camino. A Piñera se le hizo más fácil: José Antonio Kast se plegó a su campaña sin condiciones. Sin embargo, Piñera se vio obligado a realizar gestos al mundo evangélico y a la familia militar, gestos que pueden alejarlo del votante moderado. Más condiciones puso Manuel José Ossandón para ponerse al servicio de la causa. El caudillo de Puente Alto forzó a Piñera a prometer gratuidad en la educación superior, una política que va contra las ideas de la derecha al respecto. Los doctrinarios se preguntan si acaso vale la pena ganar a toda costa traicionando los principios. Felipe Kast, por su parte, han sido el encargado de sumar apoyos del centro político, abogando por una coalición donde quepan actores más liberales en materias “valóricas”. Es dudoso, sin embargo, que los respaldos que ha recibido Piñera de la tribu velasquista se traduzcan en un caudal electoral relevante.

En la otra vereda, Guillier vive su propia teleserie. No logró abrochar el apoyo institucional del Frente Amplio pero sí de sus figuras más importantes, entre ellas la propia Beatriz Sánchez. No ha cedido en todo lo que le han pedido pero sí se ha acercado con cierta ambigüedad –por ejemplo, anunciando una condonación parcial del CAE. Aunque se le sumó oficialmente la DC, varios en ese mundo han dicho que no votarán por Guillier. Son pocos, pero los medios conservadores disfrutan amplificándolos con megáfono.

  1. Demasiado largo.

No ha sido las mejores semanas para la política chilena. Los candidatos presidenciales en carrera no han sido inspiradores en su relato ni contundentes en su propuesta. No han añadido nada sustantivo a lo que ya sabíamos de ellos. Piñera ha estado más errático que en primera vuelta. Guillier ha mejorado levemente pero está lejos de ser una figura motivante. Por sobre todo, está resultando eterno. Un mes entre la primera y la segunda vuelta es demasiado. Es cierto que entre medio hay que hacer espacio para la Teletón y un feriado religioso de escasa justificación secular, pero lo ideal sería que en el futuro estos períodos se acorten. De lo contrario la ciudadanía se hostiga, especialmente con una campaña que no se ha destacado por sus luces sino por sus sombras. Tampoco tiene mucho sentido que los congresistas electos tengan que esperar cuatro meses para tomar posesión de sus cargos. Por si fuera poco, el gobierno en funciones debe convivir con 6 meses de clima electoral, lo que es excesivo en períodos de cuatro años y agudiza el fenómeno del pato cojo.

Que se termine luego.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-12-11&NewsID=388961&BodyID=0&PaginaId=48

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SONRISA DE MUJER

diciembre 8, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de diciembre de 2017)

Michelle Bachelet esboza una sonrisa después de los resultados de la primera vuelta. No porque a la candidatura oficialista le haya ido muy bien. El rendimiento electoral de Alejandro Guillier fue malísimo. No, la presidenta no sonríe por eso. Bachelet sonríe por lo mal que le fue a Piñera y –en cierto sentido- por lo bien que le fue a Beatriz Sánchez.

Un triunfo de Piñera en primera vuelta –o una votación lo suficientemente abultada que lo dejara en el umbral de la mayoría absoluta- habría confirmado la tesis de que el diagnóstico que llevó a Bachelet a La Moneda por segunda vez estaba descuadrado. Es decir, que los chilenos no estaban ansiosos por derribar el modelo sino que aceptaban de buena gana su dinámica, aquella donde el mercado determina el acceso a bienes y servicios básicos de acuerdo al poder adquisitivo de los individuos. Fue la tesis que articuló –mejor que nadie- el intelectual público Carlos Peña.  Los chilenos, decía Peña, valoran la dimensión emancipadora de la modernización capitalista. La expansión del consumo les ha abierto puertas que antes estaba reservadas para unos pocos. Hay cosas que el dinero sí puede comprar –escribe Peña en un guiño antagónico al pensador comunitarista y crítico del liberalismo Michael Sandel- y eso se siente bien. Entre las cosas que se pueden adquirir bajo este sistema no sólo hay bienes materiales; el mercado es también una competencia abierta por estatus.

La tesis de Carlos Peña es sociológica y no necesariamente normativa. Su objetivo es describir el nuevo paisaje más que pontificar sobre los valores que debiéramos profesar. Por cierto, Peña cree que hay algo valioso en la descripción. El suyo no es precisamente un lamento. Pero sus críticos olvidan  –probablemente porque no se han tomado el tiempo de leer su último libro- que Peña reconoce que estos procesos van aparejados de una persistente sensación de malestar social. Aun así, remataba Peña, la clase media chilena se ha encariñado con el vilipendiado modelo, y quien mejor representaba esos anhelos era Sebastián Piñera, no la izquierda quejumbrosa encarnada por el Frente Amplio. Una victoria arrolladora del candidato de Chile Vamos habría dado a Peña la razón y nos habría permitido sostener –ahora con la seguridad que dan los números- que el diagnóstico 2013 estaba ciertamente mal calibrado.

Pero no fue así. Piñera no fue capaz siquiera de repetir la votación que obtuvo ocho años atrás. Aunque gane la segunda vuelta, la sensación que queda en el ambiente es que no confirma ninguna tesis sobre una clase media fundamentalmente satisfecha con el modelo. Entre Guillier, Sánchez, Goic, ME-O, Navarro y Artés –todos más o menos críticos del mismo- acumularon el 55% de los votos válidamente emitidos. En estricto rigor, esto no refuta a Peña: sólo sugiere que su tesis sociológica no se traduce en lenguaje electoral (lo que puede tener explicación dada la naturaleza polarizadora del voto voluntario: quizás los chilenos satisfechos con la modernización capitalista no sufragaron). No prueba tampoco la tesis del derrumbe del modelo. Pero probablemente alcanza para especular que no se han rendido a sus pies.

Por lo mismo se ha puesto hincapié en las holgadas votaciones que consiguió la candidata del Frente Amplio en núcleos urbanos típicamente de clase media –sea lo que eso signifique. Varios integrantes de la familia que pasa el fin de semana en el mall de Maipú o Puente Alto marcaron Beatriz Sánchez. Aunque no es sabio reducir el electorado de la “Bea” a un solo perfil ideológico, parte importante de su base no cree que las reformas de Bachelet sean malas para Chile. Por el contrario, creen que el gobierno de la Nueva Mayoría ha sido tímido al respecto.

En ese sentido, los resultados del domingo 19 nos entregan pistas para resolver un puzzle que parecía insoluble: si acaso la baja popularidad de Michelle Bachelet se debía al rechazo mayoritario de la ciudadanía a sus reformas o a los efectos devastadores que significó el caso Caval para su capital político. Lo primero es de fondo. Lo segundo es contingente. A la derecha le habría gustado que fuera lo primero. Al Frente Amplio le convenía que fuese lo segundo. Ahora es plausible sostener que los últimos estaban en lo correcto: el gobierno no cayó por su programa sino por una falla en el liderazgo encargado de promoverlas.

Eso, paradójicamente, le saca una mueca de alivio a Bachelet –que compara campante sus actuales treinta y tanto de popularidad con la votación de Piñera. No alcanza para carcajada, pero sí para sonrisa. La presidenta no ha sido exitosa en parir sucesores a la altura. En su primer gobierno, tuvo dos hijos políticos: Andrés Velasco y Marco Enríquez. El mateo y el díscolo. Pero Bachelet le cortó las alas al primero –que la seguía en popularidad- y no pudo respaldar la aventura del segundo –que representaba chasconamente sus ideas. Tuvo que apoyar al tío poco agraciado de la familia. En este segundo mandato lo intentó con Peñailillo. Terminó mal. A última hora apareció Beatriz Sánchez, el conchito de este árbol genealógico llamado progresismo. Guillier es otro tío poco agraciado. A Bachelet le habría gustado votar por el Frente Amplio. A fin de cuentas, juntos corrieron el cerco de la política chilena. Por eso se contenta su corazón en el epílogo. Por eso se pasea, como su política pública estrella, con sonrisa de mujer.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/12/06/146057/sonrisa-de-mujer

AMARILLOS, PERO NO TONTOS

diciembre 4, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 3 de Diciembre de 2017)

“Amarillos” –recuerdo de mis tiempos universitarios- se le decía a quienes no manifestaban posiciones políticas claras y definidas. Ser amarillo era ser ambiguo, no casarse con ninguna opción, querer navegar en la indefinición. Esa es la acusación que ha recibido el Frente Amplio en los últimos días: su declaración frente a la segunda vuelta –en resumen: llamamos a votar, que cada uno decida libremente, pero Piñera nos parece un retroceso- habría sido amarilla. Lo señaló el propio Guillier: “Uno espera en política que la gente tenga posiciones definidas”, dando a entender que el Frente Amplio no las tenía.

En la derecha celebraron. Con exceso de entusiasmo, el senador Allamand indicó que el Frente Amplio le estaba dando un portazo al candidato de la Nueva Mayoría. No es tan así. Hasta Humbertito, si fuese militante de alguno de los colectivos que apoyaron a Beatriz Sánchez, entendería perfectamente que en este caso la libertad de acción no implica que Guillier y Piñera sean opciones igualmente válidas. Lo que Guillier perdió, en cualquier caso, fue la posibilidad de marcar un hito y generar momentum electoral.

El Frente Amplio habría preferido no encontrarse en esta situación. La gran familia concertacionista todavía no perdona a Marco Enríquez por el tibio apoyo que le dio a Frei en la segunda vuelta de 2009. Hay algunos que todavía le echan la culpa por haberle entregado el gobierno a la derecha en bandeja. La coalición de Boric, Jackson y Mayol no quería verse sometido al mismo chantaje. Querían apartar ese cáliz. Ellos esperaban una votación presidencial más acotada, junto a un Sebastián Piñera muy cerca de conseguir la mayoría absoluta. En ese escenario, nadie les podría haber recriminado nada. Pero consiguieron más poder del esperado, y con el poder vienen las responsabilidades.

Esto no se trata de que sean cabros chicos porfiados o Millennials. Estratégicamente hablando, al Frente Amplio no le conviene que la Nueva Mayoría recomponga sus fuerzas y se consolide como la principal coalición política de la centroizquierda. El oficialismo está herido –el magro porcentaje obtenido por Guillier en primera vuelta lo refleja- y en una de esas es mejor dejar que se desangre para que sea una nueva generación la que reclame su derecho a ocupar ese espacio. Esto puede sonar feo en algunos oídos, pero es una táctica razonable pensando las aspiraciones futuras del Frente Amplio. Si gana Piñera, la competencia por la conducción de la oposición queda abierta. Y para varios en la Nueva Mayoría –especialmente el PC y ciertos sectores del PS- se haría atractiva la idea de unirse a la savia joven del izquierdismo nacional cuyas acciones van al alza. Serán amarillos, pero no tontos.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-12-03&NewsID=388240&BodyID=0&PaginaId=29

ENFERMO TERMINAL

diciembre 1, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 28 de noviembre de 2017)

Todas las personas tienen una imagen de sí mismas. Cada cierto tiempo, sin embargo, esa imagen debe actualizarse. No es lo mismo tener veinte años que cuarenta. No es lo mismo tener cuarenta que ochenta. Varias cosas cambian. Quienes no actualizan la imagen que tienen de sí mismo corren el riesgo de hacer el loco.

Es lo que le pasa la Democracia Cristiana. Nació irreverente con sus padres, escindiéndose del viejo Partido Conservador. Contó con liderazgos de vanguardia, decididos a llevar los ideales de la doctrina social de la Iglesia a la política. Fue una gallarda tercera vía entre el marxismo ateo y el capitalismo salvaje. Llevó la mística de la militancia al paroxismo en la marcha de Patria Joven que condujo Frei Montalva. En su adultez, guió la delicada transición a la democracia. La DC puede decir que durante una década fue el partido más importante de la coalición política más exitosa de la historia de Chile.

El cambio de siglo le hizo mal. Zaldívar fue destrozado por Lagos en 99, Alvear ni siquiera llegó a la cita con Bachelet en 2005, Frei Ruiz-Tagle fue el candidato del 29% en 2009 y a Orrego le ganó hasta Velasco sin partido en 2013. El eje de poder pasó a manos del progresismo. La modernización capitalista y el discurso de las libertades individuales -éxitos de la propia Concertación que algún día lideraron- aceleraron la obsolescencia de su narrativa comunitarista y socialcristiana. La DC perdió influencia en círculos intelectuales y entre los estudiantes se transformó en una rareza. Sus príncipes nunca se hicieron reyes. Pero cada vez que se miraba al espejo, la DC seguía viendo al musculoso joven que alguna vez fueron.

La reciente paliza que acaban de recibir en la presidencial y parlamentaria fue un baño de realidad. En eso hay que agradecer la aventura de Carolina Goic. Aunque el propósito era revivir la identidad del falangismo, sirvió finalmente para que supiéramos el real estado de salud de la DC. Su agonía será lenta. Aunque dejen de ser gravitantes, los partidos pueden sobrevivir largo tiempo conectados al respirador artificial. Es cosa de mirar al Partido Radical.

En ese contexto hay que entender las peleas que hoy cruzan a la DC. Peleas de viejo achacoso que no soporta contemplar su progresiva intrascendencia. A estas alturas da lo mismo quien lidere el partido. La conducción cayó ahora en manos de una desconocida dirigente. Su principal misión es contribuir a que gane Guillier para que los militantes que trabajan en el gobierno no pierdan la pega. Así se aseguran que el respirador artificial siga funcionando por un rato más.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-11-28&NewsID=387864&BodyID=0&PaginaId=16

Chile heads into presidential runoff with a transformed political landscape

noviembre 30, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Conversation el 28 de Noviembre de 2017)

It took some time, but it seems Chile has finally entered a new political era.

For 27 years after the end of Augusto Pinochet’s dictatorship, politics in this South American country were dominated by the same faces. The generation that, starting in 1990, led Chile through one of the world’s most celebrated democratic transitions stayed in power, almost uncontested, for nearly three decades.

No longer. In the country’s Nov. 19 general election, it was new parties helmed by fresh leaders that emerged victorious. Never have so few incumbents – seven senators and 74 congressional representatives – been reelected. Never have so many new faces – 12 senators and 81 congressional representatives – joined government.

Propelled by a younger generation, these political newcomers have thrown open Chilean politics and made the Dec. 19 presidential runoff between former President Sebastián Piñeraand the center-leftist Alejandro Guillier anyone’s race.

At long last, renewal

Led by former student activists who are now in their early 30s, the Frente Amplio, or Broad Front – a new left-wing coalition often compared to Spain’s populist Podemos Party – took the day.

The party’s presidential candidate, Beatriz Sánchez, a 46-year-old journalist, got 20 percent of the vote – far greater than expected. Many of her supporters are expected to back Guillier in the second round of voting.

The Broad Front also won 20 seats in the lower house of Congress. It previously held just three seats.

The Broad Front now has more representatives than the historically powerful Christian Democratic Party, which faces an aging party membership and an increasingly obsolete moderate discourse, and the Party for Democracy, whose founding in the late 1980s helped defeat Pinochet’s regime.

Some commentators are reading the Broad Front’s success as a shift toward the populist left. But, as I believe, it is best understood as the emergence of a new political generation. For the first time in my life, my country’s politics are not defined by the cleavages of Pinochet’s times.

Not only were traditional leftist parties unable to bring new talent into leadership positions this electoral season, leading to shakeups on the campaign trail, but so too were right-wing parties.

The recently founded Evópoli Party gained five new congressional seats, giving it six representatives in Congress. It also got two candidates elected to the Senate.

Within Chile’s conservative right wing, which is dominated by parties born to defend Pinochet’s legacy, Evópoli stands out for its slightly more liberal and open-minded outlook.

It cannot yet challenge the electoral strength of other conservative parties – Evópoli’s 40-year-old leader, Felipe Kast, unsuccessfully challenged Piñera in the June presidential primary – but its modern discourse is speaking to younger audiences.

Presidential uncertainty

Piñera, who was Chile’s president from 2010 to 2014, will now face off against Guillier in a tough second election. In the lead-up to the first round of voting, opinion polls gave him between 43 percent and 46 percent of the popular vote in an eight-person contest.

Winning with 36.6 percent of the vote was thus a victory with a bitter taste for Piñera. Pundits are offering numerous theories to explain his unimpressive showing. The simplest is that polls in Chile failed miserably, as they’ve done across the world this past year.

Another analysis holds that Chileans are simply not as unhappy with Socialist President Michelle Bachelet’s administration as the right wing insisted. Conservatives have criticized Bachelet’s controversial changes to education and tax policy as unpopular and wrong-headed. But it now seems like headlines were more negative on Bachelet’s reforms than voters were.

A third hypothesis blames a far-right candidate, José Antonio Kast, for Piñera’s weak performance. He unexpectedly challenged Piñera from the right by appealing to Christian values, Pinochet nostalgia and anti-immigration sentiment. Kast, who is the uncle of Evópoli Party head Felipe Kast, got 7.9 percent of votes.

After celebrating his fourth-place finish, which many believe – or fear – could lead to a new far-right movement to form in Chile, Kast quickly endorsed Piñera. Most of his supporters will almost surely vote for Piñera in the second round.

Still, that’s not enough to ensure victory. Political wisdom teaches that runoffs are decided in the center, but to win over moderate conservatives, Piñera would have to adopt somewhat more liberal positions. He cannot do that without alienating his emboldened right flank.

To be sure, Piñera’s 14-point lead over Guillier still makes him the favorite to win Chile’s presidency. But what was presented as fact is now just probability. Reflecting this new uncertainty, the Chilean stock market dropped six points the day after the election.

The leftist puzzle

If Piñera’s position is uncertain, so, too, is his opponent’s. Guillier represents the ruling center-left New Majority coalition, heir to the alliance that defeated Pinochet in 1988 and subsequently governed Chile undefeated for two decades.

Fourteen points is not an insurmountable gap, but beating Piñera will require complex negotiations within the left. Carolina Goic, who finished fifth with 5.8 percent as candidate of the declining Christian Democratic Party, has already pledged her allegiance to Guillier.

Marco Enríquez-Ominami, a progressive outsider who did well in the 2009 presidential election, has also swung his 5.7 percent of first-round voters over to Guillier.

But to win, Guillier needs Beatriz Sánchez’s 20 percent, or 1.2 million voters. Her left-wing Broad Front Party has said it will not join Guillier’s coalition, but many of Sánchez’s ardently anti-right-wing supporters will back Guillier anyway.

The question is whether Sánchez and other Broad Front leaders will encourage the rest of their electorate – many of whom see Piñera and Guillier as just flip sides of the same neoliberal coin – to support Guillier, the more leftist of the two.

The Broad Front, a party founded just over a year ago, now holds the key to Chile’s political future. Chilean politics have officially entered the realm of the unknown.

Link: https://theconversation.com/chile-heads-into-presidential-runoff-with-a-transformed-political-landscape-86453

LLEGÓ LA RENOVACIÓN. AL FIN.

noviembre 28, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 24 de noviembre de 2017)

Hace ocho años, cuando Marco Enríquez-Ominami irrumpió en la carrera presidencial, un reputado columnista de la plaza tituló “el candidato inesperado”. El establishment político y el elenco de la transición no estaban esperando que un mocoso de 36 primaveras –“marquitos”, como lo llamó Camilo Escalona- osara disputar el poder a Sebastián Piñera y Eduardo Frei. El columnista obraba sobre la premisa que su generación política gozaba todavía de espléndida salud. En las urnas, sin embargo, los chilenos le dieron nada menos que 20 puntos a ME-O.

No alcanzaron a pasar dos años y ME-O fue tempranamente jubilado. Jóvenes en sus tempranos veintes marcharon sobre las ciudades exigiendo reformas estructurales al modelo educacional heredado de la dictadura y perfeccionado en Concertación. Florecieron figuras como Camila Vallejo, Giorgio Jackson y Gabriel Boric. Se convirtieron en la pesadilla de Sebastián Piñera. Elaboraron un diagnóstico que fue la base de las reformas que prometió Michelle Bachelet en 2013. Ellos mismos postularon al Congreso y se convirtieron en diputados. Desde ahí, especialmente Jackson y Boric, fortalecieron sus movimientos y construyeron alianzas. La pasión adolescente fue domesticada e institucionalizada. En la vereda derecha, otros tantos jóvenes que trabajaban en el gobierno de Piñera prefirieron no engrosar las filas de los partidos tradicionales y levantaron su propia pyme. Representando esos colores, Felipe Kast también llegó a la Cámara.

La renovación de la clase política, sin embargo, sería más lenta de lo esperado. Los analistas políticos criticaron el mal rendimiento de las nuevas tiendas en las municipales 2016. Los partidos tradicionales no se mostraban vulnerables. La élite se sobaba las manos anticipando un duelo entre Lagos y Piñera en la presidencial. Aunque el candidato del oficialismo fue finalmente Guillier, la sensación es que la política chilena seguía dominada por la generación de la transición. Mucho ruido y pocas nueces en el discurso de la renovación, se decía. 

Hasta el domingo 19 de noviembre. Aunque la principal novedad en términos electorales es que Piñera no tiene la carrera corrida y la segunda vuelta es incierta, la noticia política es que existe una demanda real por recambio. La votación del Frente Amplio es un botón de muestra. No sólo reelige a sus diputados en ejercicio (que obtienen sendas mayorías nacionales) sino que ensancha groseramente su representación parlamentaria: ahora cuenta con 20 diputados y 1 senador. La Democracia Cristiana, en contraste, sólo consigue 14. Revolución Democrática, por sí sola, obtiene 10. Era cuestión de tiempo: mientras la DC sufre un inevitable proceso de encorvamiento generacional acompañado de la obsolescencia de un discurso fraguado para otro escenario ideológico, RD se consolida como actor joven con tendencia al alza. Está experimentando lo mismo que vivió el PPD a fines de los ochenta y principios de los noventa, cuando fue el partido de moda. En la actualidad, en cambio, el PPD es poco atractivo para las nuevas generaciones, en parte porque está indisolublemente ligado a la épica 88-céntrica. RD está en mejores condiciones de representar la experiencia histórica del progresismo post-transición. La gran familia Concertacionista es la dueña del pasado. La Nueva Mayoría administra el presente. El Frente Amplio es el dueño del futuro.

Un fenómeno similar aunque menos pronunciado ocurre en la derecha. Evópoli esperaba elegir 1 senador y 3 diputados. Obtiene 2 senadores y 6 diputados. Queda lejos del contingente parlamentario de sus hermanos mayores. Pero envía una señal que extiende el buen sabor de boca que dejó su participación en las primarias. Su líder Felipe Kast, sin ir más lejos, arrasó en una región a la cual llegó hace apenas un par de meses y le alcanzó para arrastrar a su compañera de lista. Tiene razón el diputado gremialista Jaime Bellolio cuando sostiene que el problema de la UDI no es de stock sino de flujo: hoy son el partido más grande –aunque RN les arrebató esa posición en la última elección- pero cada joven que entra a la política se siente más seducido por pertenecer a Evópoli que a los partidos tradicionales de la derecha –que también cifran su hito originario en 1988. Si figuras como Jaime Bellolio desembarcan finalmente en Evópoli –son conocidas sus diferencias con Jacqueline Van Rysselberghe- el proceso de recambio se acelera y consolida.

Nada de esto es inevitable. Los partidos mueren de jóvenes y no de viejos, dice el adagio. Es casi impensable que un partido cierre sus puertas porque ya no se hace necesario para Chile (de lo contrario el radicalismo lo habría hecho hace rato). También es posible que los nuevos liderazgos se contaminen y pierdan frescura. El caso español es interesante: el Podemos emerge como fuerza de izquierda con sello generacional para disputar el espacio que por décadas ha ocupado el PSOE. Pero no le alcanza para desplazarlo y se tiene que conformar con un período de cohabitación –similar a la cohabitación que le espera al Frente Amplio y la Nueva Mayoría. Los partidos tradicionales también pueden renovarse internamente y reconectar con su audiencia. En parte, ha sido su incapacidad para darle tiraje a la chimenea lo que ha propiciado este escenario. En Chile, ya nadie puede decir que la renovación es inesperada. Hace ocho años comenzó el proceso. Hoy se ven sus frutos.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/11/23/145682/llego-la-renovacion-al-fin

VUELTAS DE CARNERO

noviembre 27, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 27 de Noviembre de 2017)

Sebastián Piñera abrocha el respaldo de Manuel José Ossandón prometiendo avanzar en gratuidad de la educación superior, una iniciativa que su sector siempre ha rechazado y que él considera injusta. El apoyo explícito y el despliegue personal de Ossandón se consideran clave para mejorar el rendimiento del candidato Piñera en áreas populares –como Puente Alto- donde el actual senador y ex alcalde ronca. Si ya Piñera parecía tironeado entre los dos Kast –José Antonio por la derecha y Felipe por el centro-, Ossandón también hace notar su existencia.

Desde el piñerismo se explica esta voltereta con el argumento de que “su” gratuidad estará focalizada en centros de formación técnica e institutos profesionales. No sería entonces para pagar la universidad de los ricos, como se ha criticado la reforma de Bachelet. Añade Piñera que el cumplimiento de la promesa depende del crecimiento. Si no hay plata, se suspende el compromiso. Son explicaciones válidas, pero no bastan para resolver la contradicción de fondo: la derecha no cree que este sea un puro problema de recursos. Tiene la convicción de que las personas deben retribuir lo recibido aunque sea a través de un sistema benevolente de créditos contingentes al ingreso.

Por el lado izquierdo, Alejandro Guillier se encuentra en una encrucijada. Según la sabiduría politológica, los balotajes se ganan en el centro. Pero Guillier tiene que salir a buscar el 20% de Beatriz Sánchez. Es decir, tiene que satisfacer las demandas del  Frente Amplio -al menos las más emblemáticas. Su entorno ha sido errático al respecto: mientras algunos dan por hecho que el candidato anunciará el fin de las AFP y una Asamblea Constituyente, otros desde el comando indican que no hay tal compromiso. Durante la campaña de primera vuelta, Guillier habló de tener un sistema de previsión estatal paralelo, pero no de eliminar el modelo de capitalización individual. Lo mismo en el tema constitucional: ha dicho que sí a la nueva constitución pero sin casarse con ningún mecanismo específico.

Si Guillier cede, tendremos otra vuelta de carnero. Terminaría por alejar definitivamente al sector conservador de la DC, el que –profecía autocumplida- votará por Piñera en diciembre. Nada dramático, en todo caso: los últimos números sugieren que no son tantos ni tan importantes como ellos quisieran.

En cualquier caso, nada de esto pone colorado a nadie. Es normal que en una segunda vuelta los candidatos salgan a ampliar su base electoral y flexibilicen su oferta programática. Sobre todo en una elección tan estrecha como esta, donde cada voto cuenta. Piñera y Guillier podrían repetir como Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-11-26&NewsID=387717&BodyID=0&PaginaId=17

Y NO ERA TAN MALA CANDIDATA

noviembre 20, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 20 de noviembre de 2017)

Beatriz Sánchez obtiene el 20% de los votos en la elección presidencial y se transforma en la principal ganadora de la jornada. Es cierto: solo llega tercera. Pero le pisa los talones al candidato oficialista Alejandro Guillier. Le respira en la nuca. En regiones emblemáticas, incluso, le gana. No solo lo supera en la región Metropolitana y Valparaíso, sino además lo vence en Antofagasta, donde Guillier es senador. La Bea, como cariñosamente se le conoce, se convierte en elemento clave para el desenlace de la segunda vuelta.

Su desempeño como candidata del Frente Amplio fue criticado. Se decía que no estaba lo suficientemente preparada, que su falta de experiencia le pasaba la cuenta, que en los debates se veía superada por candidatos profesionales. Finalmente, estuvo muy por sobre lo esperado. Se sabía que obtendría dos dígitos, pero pocos apostaban a superar el 15% -lo que ya habría sido digno para la primera aventura presidencial de su coalición. El debut del Frente Amplio fue un éxito y eso se debe en parte a la figura de Beatriz. Tuvo la capacidad de bajar a tierra el discurso de la izquierda, combinando la sensación de malestar respecto del modelo económico con su natural calidez y simpatía. Los diputados Jackson y Boric pueden estar tranquilos: eligieron bien.

No solo eso. Beatriz Sánchez fue un excelente paraguas para la lista parlamentaria del Frente Amplio, que gozará de una respetable bancada en el próximo Congreso. A diferencia del fenómeno que representó Marco Enríquez-Ominami en 2009 -que también llegó a 20 puntos- la candidatura de Sánchez tiene espalda institucional. Su futuro no está definido. En teoría, prestaría sus servicios en esta elección y luego dejaría la primera línea. Ahora, ese plan se reevalúa.

Por de pronto, Beatriz Sánchez tiene un rol fundamental que jugar en las negociaciones que vienen. No todos piensan igual en el Frente Amplio respecto de la posibilidad de apoyar a Guillier. En cierto sentido, no era tan malo para ellos que ganara Piñera: así se agudizan las contradicciones y se debilitaba la centroizquierda tradicional, abriendo un espacio de disputa por el protagonismo opositor. Ahora, de ellos depende -en parte- que Guillier llegue a La Moneda. Esperaban gobernar más adelante, cuando sus jóvenes liderazgos maduraran un poco más. La baja votación de Guillier y la sorpresiva votación de Sánchez cambian el panorama: una alianza entre el Frente Amplio y la Nueva Mayoría aleja a Piñera de la presidencia. El frenteamplismo no esperaba tener la llave de la elección. La Bea la acaba de conseguir.

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LA BATALLA DE LOS DIAGNÓSTICOS

noviembre 19, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 19 de Noviembre de 2017)

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Michelle Bachelet arrasó en la última elección presidencial por dos factores. Uno, su capital político personal e intransferible, el mismo que la hizo terminar su primer mandato con cifras tropicales de aprobación. Dos, porque desplegaba un discurso –plasmado en el famoso programa de reformas- que conectaba con la gran mayoría de los chilenos: había llegado la hora de desmontar las vigas centrales de un modelo de desarrollo basado en el mercado.

A poco andar, la popularidad de la Presidenta se erosionó. El caso Caval la hirió fatalmente. En paralelo, al interior del propio oficialismo se comenzaron a preguntar si acaso el diagnóstico del 2013 –una formulación derivada de las demandas estudiantiles que desbordaron las calles en 2011- era tan certero como se pensaba. En una de esas, los chilenos disfrutaban la dimensión emancipatoria de lo que Carlos Peña ha llamado “la modernización capitalista”. Aunque no contó con la fuerza de otras manifestaciones, el hito simbólico clave fue aquella marcha en la cual los apoderados de colegios particular subvencionados le decían al gobierno “no nos queremos mezclar”.

Hoy, lo más probable es que triunfe la derecha. El diagnóstico del piñerismo es exactamente opuesto al de hace cuatro años: los chilenos estiman perfectamente legítimo que el acceso a distintos bienes y servicios esté mediado por su capacidad de pago. Es decir, han abrazado el juego del esfuerzo individual y los incentivos monetarios que opera en un modelo de mercado. Si Sebastián Piñera termina propinándoles una paliza a sus contrincantes, será difícil moderar la convicción de que cuentan con la lectura correcta de la sociedad chilena. Sería la derecha, y no la izquierda, la que entendería mejor los sueños y aspiraciones de la clase media chilena.

A los observadores externos les llama mucho la atención esta bipolaridad. Hace cuatro años, parecía que queríamos derribar el modelo a martillazos. Hoy, pareciera que lo abrazamos como quien se aferra a un ser querido que estuvo a punto de perder. Por lo mismo, sería un error que la derecha se enamorara de su diagnóstico e imitara la retórica de la retroexcavadora. Quizás la impopularidad de este gobierno se debe más a la erosión del capital personal de Bachelet que a un rechazo consciente de las ideas que inspiraron las reformas. No lo sabemos a ciencia cierta. Por ahora, sin embargo, pareciera que la batalla de los diagnósticos la gana la derecha. Eso es lo que está en juego en la elección de hoy.

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VOTO DESIERTO

noviembre 16, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 10 de Noviembre de 2017)

Nunca me había pasado: no tener candidato en una elección presidencial chilena. Que quede claro: no soy de los ilusos que esperan de un candidato presidencial todas las virtudes. Soy demasiado cínico para comprar el buenismo. A veces hay que bajar la vara. A veces las elecciones se tratan de escoger al menos malo. Pero esta vez no puedo: cada una de las ocho postulaciones encarna un proyecto que me hace ruido en varios niveles. Vamos por parte.

Comienzo por descartar la opción de Eduardo Artés: creo que sencillamente no comparte los elementos centrales de una democracia liberal. No pienso que la rabia que lo inspira sea ilegítima. Por el contrario, la rabia contra la injusticia es un poderoso motor motivacional. Sin embargo, es el tipo de rabia que genera revanchismos autoritarios cuando no derechamente tiránicos. Algo distinto me sucede con Alejandro Navarro: creo que se trata de una candidatura absolutamente superflua, innecesaria, levantada artificialmente por el narcisismo de su titular. No hay prácticamente nada sustantivo en su propuesta que no esté ya encarnado en las otras candidaturas de izquierda. Artés parece representar parte de esa izquierda marginal y popular que tuvo en Roxana Mirada su último estandarte. Navarro juega para él. Sus opiniones respecto de las vacunas me terminaron por convencer de que se trata, además, de un peligro público.

Luego viene José Antonio Kast, cuya visión de mundo se encuentra prácticamente en las antípodas de la mía. Kast mira a Chile como una gran familia donde hay ciertos valores objetivos –asociados a sus creencias religiosas- que deben determinar los modelos de convivencia social. Los liberales creemos en el pluralismo moral y en la importancia de la razón pública a la hora de justificar el ejercicio del poder. Discrepamos en materia de inmigración, impuestos, educación, derechos civiles, seguridad ciudadana y una larga lista de etcéteras.

Aunque le guardo especial aprecio, no votaría por ME-O en esta pasada. No tiene nada que ver con sus líos judiciales. Me parece más relevante su sistemática apología del régimen chavista, que para mí constituye lo que los angloparlantes llaman un deal-breaker. También me parece algo impostada su virulencia frente a Piñera. Si algo positivo logró en 2009 fue posicionarse como candidato transversal, capaz de invitar a gente de distinta proveniencia política a cruzar el río. Ha perdido esa habilidad.

Me han sugerido mirar con atención a Carolina Goic, ya que ambos nos sentimos parte del centro político. Pero mi centro político es liberal, no socialcristiano. No sólo el mío: es una tendencia creciente en nuestro país. La DC tiene poca razón de ser en el Chile del futuro. No basta autoproclamarse elemento moderador o bisagra. Cuando escucho a Goic diciendo que en ciertas materias quiere ser “muy clara”, lo que produce a continuación es ambigüedad y lugar común. Por lo demás, su apelación a la ética y la decencia no es consistente con la trayectoria de un partido que en el último tiempo se ha destacado -en parte- por profitar del aparato público sin ninguna de esas cualidades.

Luego pienso en Beatriz Sánchez. Tengo muchas coincidencias con el Partido Liberal, matriculado en el Frente Amplio. También he promovido expresamente el recambio generacional y he justificado la emergencia de nuevos movimientos. Pero hasta ahí llego. Pienso que hay un problema en el diagnóstico que realiza ese mundo. Pienso que los chilenos tienen serios inconvenientes con ciertos aspectos del modelo pero parecen abrazar otros tantos -como lo ha articulado sistemáticamente Carlos Peña. Por ejemplo, no estoy seguro que haya que eliminar el sistema de capitalización individual en materia previsional ni creo compartir su visión en materia de educación superior, ni tampoco me convence la beatería moralizante que se cuela en su discurso.

¿Y Alejandro Guillier? Parecía una alternativa interesante: sobrio, mesocrático, laico. Casi siempre sensato y ponderado. Pero me supera su coalición. Es un elenco muy opaco. Su comando es un botón de muestra: una lúgubre colección de operadores. Tengo la sensación que los cuadros técnica e intelectualmente más preparados son viudos de Lagos. Lo que queda de la otrora gran familia concertacionista es abundante en improvisación y desprolijidad. No veo mucho más que ganas de aferrarse al poder. En resumen, no desapruebo muchas de las ideas que promueve Guillier, pero creo que le falla el capital humano.

Piñera, en cambio, se ufana de contar con los mejores equipos –esta vez ya no son novatos que vienen a turistear al estado. Ya voté por él en 2005 y en la segunda vuelta del 2009. Pero esta vez se me hace muy difícil. Su derechización es la piedra de tope. La fuerza de la UDI es internamente incontrarrestable. RN, por su parte, abandonó el libreto liberal hace siglos. Piñera es el candidato ideal de los evangélicos. No creo que su gobierno sea necesariamente un retroceso –la alternancia hace generalmente bien- pero es muy probable que nos situemos en veredas opuestas en una serie de temas relevantes: separación estado – iglesia, garantismo vs. populismo penal, discusión constituyente, política de drogas, etc. Salvo honrosas excepciones, la derecha que llega a La Moneda con Piñera es la cavernaria, no la moderna que gobierna en otros países. Por alguna razón, a Piñera le exijo más que al resto. Por eso me aproblema especialmente su carencia de formas republicanas, su hostigante repetición de eslóganes vacíos y su tendencia irrefrenable a ser cumpleañero de todos los cumpleaños.

Al menos en primera vuelta, declaro mi voto desierto.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/11/09/145259/voto-desierto