OPORTUNIDAD CONSTITUCIONAL Y CULTURA DEMOCRÁTICA

enero 23, 2020

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 17 de enero de 2020)

Related image

Se han dado distintas razones para elaborar una nueva constitución. Una razón recurrente es la ilegitimidad de origen de la actual Carta Magna, promovida por la dictadura de Pinochet y aprobada en un referéndum con escasas garantías democráticas. Aunque es una razón poderosa, no conviene ponerle todas las fichas a ese argumento: las constituciones suelen emanar de procesos de crisis institucional, y muchas veces reflejan el orden de los vencedores. Quedarían pocas constituciones legítimas en el mundo si atendiéramos únicamente a sus condiciones de origen. La mayoría se va legitimando a través del ejercicio político, tal como ocurrió en Chile en las últimas décadas. Lo contrario nos lleva a afirmar que todo lo que pasó desde los setenta queda invalidado, desacreditando los esfuerzos de la generación que recuperó la democracia y corrigió los aspectos más autoritarios de la constitución de Pinochet. El argumento de la ilegitimidad de origen, además, está siendo utilizado por la derecha dura para rechazar en el plebiscito de abril, apuntando a la violencia callejera que presionó el acuerdo constituyente del Congreso.

La segunda razón que se cita para elaborar una nueva constitución no tiene que ver con su origen sino con su contenido. Aunque en este caso calzan (origen autoritario y contenido neoliberal, sea lo que eso signifique), ambos elementos son analíticamente independientes. De hecho, la nueva constitución podría resultar igual de neoliberal si así lo acuerdan los 2/3 de la Convención Constituyente. Es un escenario improbable, pero atender a esa posibilidad ilumina el problema del argumento: apostar todo al contenido sustantivo nos obligaría a disputar la legitimidad del resultado del proceso constituyente si sus resultados no nos satisfacen ideológicamente. Como se advierte, no es una posición muy democrática.

Pero hay una tercera razón, que no descansa ni en el origen ni en el contenido, y que, por lo mismo, puede ser más transversal. Es el argumento de la oportunidad. Desde hace un tiempo, se advierte en Chile una profunda desafección entre la ciudadanía y sus instituciones políticas, que coincide con el ascenso de una nueva generación post dictadura en el debate público. Este es, entonces, el momento propicio para redibujar la arquitectura del poder. En el mejor de los casos, este nuevo texto sería capaz de producir lo que algunos llaman “patriotismo constitucional”, esto es, una cierta identificación con los valores sustantivos y procedimentales que allí se expresan, con las reglas del juego democrático, y las instituciones que lo encarnan. En ese sentido, que el quórum para alcanzar acuerdos sea alto es positivo: anticipa que será una constitución donde estarán plasmados los mínimos comunes de la convivencia política, y aleja el riesgo de un texto que represente la victoria ideológica de un sector sobre otro -como lo fue la constitución de 1980.

En principio, el argumento de la oportunidad tiene la capacidad de motivar a todos los sectores, en tanto constituye una invitación sin exclusiones a participar de un momento histórico de redefinición institucional que, eventualmente, generará las condiciones discursivas y los mecanismos normativos para un país más justo. No es necesario caer en ningún tipo de fetichismo constitucional para abrazar este argumento. La constitución no hace magia. Pero un buen proceso constituyente tiene un potencial legitimador que vale la pena explorar.

Ahora bien, no todos creen que sería un buen procedimiento. Mucha gente, tanto en el centro como en la derecha, tenía pensado votar afirmativamente en abril, y ha cambiado de opinión en las últimas semanas ante lo que percibe como un ánimo matonesco de la izquierda. La agresión al diputado Boric, el saboteo violento de la PSU, y otras tantas expresiones de la cultura de la funa que han desplegado ciertos grupos, serían testimonio de ese ánimo. ¿Cómo embarcarse en un proceso constituyente, donde los temas son emocional e ideológicamente cargados, si vamos a usar cada discrepancia para dividir el mundo entre buenos y malos, entre espíritus puros y almas corruptas, entre justicieros con derecho a todo y victimarios sin derecho a nada? Este es un miedo genuino que los partidarios del proceso constituyente debemos abordar. Porque no da lo mismo ganar en abril con una mayoría holgada y transversal, que hacerlo por un estrecho margen. Y porque el triunfo tampoco está garantizado; aunque según todas las encuestas es altamente improbable, en una de esas, la opción del Rechazo puede dar la sorpresa como lo hizo el Brexit o la elección de Trump.

Por esto, el argumento de la oportunidad se juega su validez en la práctica política de los actores. Es crucial que, de lado y lado, existan dirigentes y movimientos dispuestos a construir puentes de entendimiento y confianza cívica básica para aventurarse juntos en un delicado proceso de redistribución del poder. Sin abandonar la representación de sus perspectivas doctrinarias, estos actores deben explicitar a sus bases que la democracia lleva implícita la posibilidad de pérdida y cesión. Deben ejercitar el tendón de la discrepancia razonada para que tenga la flexibilidad suficiente de procesar los desacuerdos en forma civilizada. Tenemos pocos meses para (re)construir esos puentes, educar la frustración y ejercitar ese tendón. Tenemos pocos meses para generar una auténtica cultura democrática que a ratos se ha visto algo extraviada.

Link: https://www.capital.cl/oportunidad-constitucional-y-cultura-democratica/

LA TRAGEDIA DEL FRENTE AMPLIO

diciembre 27, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 20 de Diciembre de 2019)

Image result for Frente Amplio + Estallido social

El nacimiento del Frente Amplio era una buena noticia para Chile. Se conformaba una coalición de partidos y movimientos que aspiraba a competir democráticamente a partir de dos elementos comunes. Por una parte, una crítica ideológica, desde la izquierda, al extenso tránsito de la Concertación en el poder. Por otra parte, la experiencia compartida de una generación que no vivió los traumas de la dictadura. El Frente Amplio representaba renovación doctrinaria y estética de la política. Por lo mismo, le fue tan bien en sus primeras elecciones: su candidata presidencial llegó tercera (pisándole los talones al candidato del oficialismo) y obtuvo, para sorpresa de todos, veinte diputados y un senador.

La élite económica y los sectores conservadores vieron al Frente Amplio como el cuco. En su desconexión, y por la poca información que había de ellos en los medios tradicionales, pensaban que querían convertir a Chile en Cuba o Venezuela. Pero las mentes lúcidas del Frente Amplio siempre estuvieron mirando a los países nórdicos, que gozan de altos grados de libertad -incluida económica- pero al mismo tiempo han sido capaces de tejer redes de protección social y asegurar derechos sociales para todos. Es cierto que el Frente Amplio quiere ampliar las atribuciones empresariales del estado, pero ha sido justamente por esa vía que muchos países han logrado encaminar estrategias de desarrollo de largo plazo. De los miles de estudiantes chilenos que se perfeccionan en el exterior, es probable que la mayoría se sienta representada por el ethos generacional y el perfil ideológico del Frente Amplio. Es decir, mientras la vieja guardia les recriminaba su poca experiencia, estos jóvenes construían en silencio su músculo académico, técnico e intelectual.

Que llegaran al poder era cuestión de tiempo. Era cosa de esperar que su generación dorada estuviera en edad de merecer. Es cierto que la convivencia de sus primeros años no estuvo exenta de polémica. Pero muchas de esas escaramuzas internas eran anecdóticas, propias de la adolescencia política y la ansiedad de protagonismo. ¿Acaso la derecha no fue una hoguera de vanidades durante toda la transición? De pronto, vino el estallido social. Es falso que la movilización no sea de izquierda ni de derecha. La mayoría de sus demandas empalma mejor con un ideario de izquierda, tal como el del Frente Amplio. Por eso, esta era su oportunidad para mostrarle a Chile una ruta doctrinaria y encontrar una voz que resonara en medio del balbuceo desconcertado del resto de los actores políticos. Lamentablemente, no fue así.

El Frente Amplio nunca supo cómo relacionarse con el momento insurreccional. Fueron ambivalentes entre cuadrarse con la institucionalidad democrática y el orden público, por un lado, y echarle más leños al fuego del conflicto para poner al gobierno contra las cuerdas, por el otro. Sus condenas a la violencia siempre vinieron contextualizadas con admirable destreza retórica, como si en el fondo hubiesen querido estar en barricada, o como si les tuvieran miedo a los elementos más chorizos de la movilización. Sin embargo, para liderar proyectos políticos en serio, es necesario frustrar a los elementos más extremos de la tribu propia. Lo hizo Luther King, lo hizo Mandela, lo hizo Aylwin. Cosechar aplausos entre los que piensan igual es fácil. Tal como lo hizo Boric en su arrebato con los militares en Plaza Italia. Para mostrar el camino y construir una nación para todos, en cambio, se requiere valentía. Como la que tuvo el mismo Boric la noche del acuerdo constituyente. Que haya sido penalizado entre sus pares por su actuación estadista del 15N dice mucho de sus pares. La suerte política nunca está echada, pero la figura de Jorge Sharp se ha hundido en los escombros de Valparaíso.

La tragedia del Frente Amplio no se limita a las dificultades de encontrar una voz propia en un escenario ideológicamente propicio. Se extiende hacia el futuro. Una cosa es tratar de ser Finlandia con un país económicamente en marcha y otra cosa es administrar pobreza. En el peor escenario proyectado por el Banco Central -10% de desempleo y 6% de inflación- vamos a retroceder 27 años en materia de desigualdad. Profunda ironía que ésa sea la resaca de un movimiento justiciero. El poco interés que han demostrado en ponerle coto a la dimensión destructiva de la movilización -llegaron a pedir perdón por sancionar formas evidentemente violentas de protesta social- demuestra que no están pensando seriamente en administrar el estado. Por lo demás, si se trata de alianzas público-privadas y grandes acuerdos que establezcan estrategias de desarrollo de largo plazo, lo fundamental es construir confianzas. Con el grado de polarización de los últimos meses -borrachera de maniqueísmo moral en la cual ha participado el Frente Amplio- será difícil hacerlo.

Las vueltas de la vida: este es el momento en el cual el Frente Amplio tiene que parecerse a la Concertación que venció a Pinochet a finales de los ochenta. Con pragmatismo democrático y minimalismo programático, entendiendo que todo se devuelve y llegará el minuto de trabajar con -y no contra- los adversarios políticos. Este es el momento de aislar a los elementos que atornillan al revés, y de trabajar con sentido histórico -no para la selfie– para el rebaraje de poder más importante de las últimas décadas que se producirá en la convención constituyente.

Link: https://www.capital.cl/la-tragedia-del-frente-amplio/

JUDEA CONTRA ROMA

diciembre 12, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 6 de diciembre de 2019)

Image result for nietzsche

Se han ensayado distintas teorías para explicar el estallido social chileno. Algunas son de corte marxista, otras de textura liberal. Las primeras apuntan al grado de desigualdad material que produce un modelo de desarrollo capitalista donde unos pocos concentran la riqueza a expensas de los trabajadores. Las segundas apuntan a las frustraciones y expectativas insatisfechas de un modelo que prometía expandir la fiesta del consumo y democratizar el acceso a bienes y servicios que reflejan estatus y autonomía. Para las teorías marxistas, la solución pasa por derribar el modelo. Para las teorías liberales, la solución pasa porque el modelo cumpla su promesa. Sin perjuicio de la validez de ambas interpretaciones, aquí propongo una aproximación alternativa a la movilización social y a la forma en la cual ha construido inorgánicamente su relato justiciero.

La aproximación que propongo es Nietzscheana. En La Genealogía de la Moral (1887), el filósofo alemán sostiene que la idea de lo bueno y lo malo han invertido su significado a través del tiempo. En la vieja Roma, cuenta Nietzsche, lo bueno estaba vinculado a los valores aristocráticos, a imagen y semejanza de la contextura, nobleza y carácter de los patricios. Lo malo, en cambio, era lo abyecto, lo bajo, lo pobre, a imagen y semejanza del mendigo que se presumía mentiroso, ladrón, flojo y borracho. Hasta que llegaron los judíos y afirmaron todo lo contrario: los poderosos son los malos, los oprimidos son los buenos. Una narrativa conveniente, piensa Nietzsche, para una nación acostumbrada a la esclavitud y la persecución. La paradoja de esta historia es que fue Jesús de Nazareth, el judío que los judíos mandaron a matar, quien consolidó esta inversión de significados con los grandes éxitos de la naciente ética cristiana: los últimos serán los primeros, es más fácil para un camello pasar por el ojo de un aguja que para un rico entrar al reino de los cielos, bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra, los envío como corderos entre lobos, si te golpean una mejilla entrega la otra, etcétera. La moral judeocristiana, en resumen, trocó para siempre la noción de lo bueno y de lo malo que tenían los romanos. Es cosa de mirar la historia: salvo el breve destello de valores clásicos que observamos en el Renacimiento, Judea se ha impuesto sobre Roma una y otra vez. La Revolución Francesa, según Nietzsche, es su máxima expresión moderna: los buenos son los revolucionarios de la liberté, égalité, fraternité, que a punta de resentimiento acumulado pasan por la guillotina a la familia real y a toda la jerarquía social que oliera a antiguo régimen, los malos de la película.

La escena del movimiento social chileno acusando a la élite política, económica y social de secuestrar en su favor las instituciones y abusar de su poder tiene mucho de Judea contra Roma. Hubo un tiempo reciente en el cual la sociedad chilena destacaba las virtudes patricias. Nuestros empresarios eran máquinas de crear empleo y nuestros políticos eran sobrias excepciones en un contexto regional bananero. Hoy, en cambio, los poderosos están en entredicho por el mero hecho de serlo. Un rayado que dijera “Los señores están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido” -así lo describe el propio Nietzsche- estaría a tono con la movilización. Porque si algo caracteriza al movimiento social -probablemente a todos los movimientos justicieros- es la exaltación de sus propias virtudes y la parcialidad frente sus defectos. Sus participantes insisten en que las formas violentas o destructivas de protesta no son verdaderamente parte del movimiento, como si uno pudiera excluir a los primos indeseables de la familia. Algo de ese narcisismo está retratado en su iconografía Marvel. En lugar de promover liderazgos con nombre y apellido -porque esos siempre tienen tejado de vidrio y son vulnerables a la funa- sus héroes usan capucha y antifaz, cuando no disfraz completo. La llamada “primera línea” -los muchachos que enfrentan a Carabineros para permitir que la manifestación pueda desarrollarse a su espaldas- ha sido elevada a categoría mitológica: son nuestros 300 enfrentando al ejército infernal de Jerjes.

Esta inversión de valores tiene una expresión más nítida, aunque filosóficamente más compleja: la idea de que los pecados de la élite son peores que los pecados del pueblo. En tiempos de Roma, los delitos de cuello y corbata se tienen por desajustes menores. Por el contrario, se encarcela la pobreza. En tiempos de Judea, el reproche de las faltas depende de su magnitud. El pueblo saca la calculadora y concluye que colusiones, evasiones y perdonazos suman mucho más que las pillerías de los plebeyos. Es la derrota de la tesis del cura Berríos, que hace algunos años advertía que “todos tenemos un Penta chiquitito”, es decir, que todos somos infractores con independencia de la magnitud del daño. Es una tesis Kantiana, porque lo que importa no es la consecuencia sino la buena voluntad. En estas semanas, se ha impuesto la tesis opuesta: el tamaño del Penta sí importa. Eso explica que el movimiento no haya juzgado nunca las evasiones masivas del Metro y haga gimnasia retórica para contextualizar los costos que está sufriendo el país, como si no le correspondiera hacer ninguna autocrítica hasta a empatar el saqueo de la élite.

Judea, eso sí, carga con una promesa: su “odio creador” debe dar paso a un “amor nuevo”. No sirve el resentimiento seco ni la rabia como combustible anímico si no se construye un orden social renovado donde plasmar esos valores. En ese mundo, advierte Nietzsche, hasta Roma se judaíza.

Link: https://www.capital.cl/judea-contra-roma/

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE DIGNIDAD

diciembre 3, 2019

por Cristóbal Bellolio y Daniel Brieba (publicada en La Segunda del 27 de noviembre de 2019)

Image result for plaza de la dignidad santiago"

Desde el estallido social del 18 de octubre, la noción de dignidad ha sido recurrente en lienzos, murallas y discursos. La Plaza Italia, incluso, ha sido rebautizada como la Plaza de la Dignidad. Si bien todos tenemos una noción intuitiva de qué significa la dignidad, el concepto es tan amplio que casi cualquier demanda podría ser presentada ante el resto como una demanda por dignidad. Por eso, queremos rescatar aquí dos ideas filosóficas que pueden ayudar a darle contenido específico a esta noción.

La primera idea es del teórico liberal-igualitario John Rawls, que plantea que en una sociedad justa no solo deben distribuirse de manera relativamente igualitaria bienes como las libertades, las oportunidades y la riqueza, sino que también algo que él llama las bases sociales del autorrespeto. En concreto, éstas refieren a las condiciones sociales que permiten a cada ciudadano desarrollar un cierto grado de autoestima o percepción del valor propio. Por ejemplo, una sociedad donde algunos se ven a sí mismos como dignos de especial consideración y trato, mientras otros son socializados desde la infancia acerca de su escasa valía, no le está proveyendo las bases sociales del autorrespeto a los segundos. El clasismo y el racismo, por ejemplo, se sostienen en la creencia de que hay cierto grupo de personas que es inherentemente superior a las de otro grupo.

La segunda idea es de Elizabeth Anderson, quien ha insistido que la igualdad más propia de una sociedad democrática no es la de ingreso sino la igualdad relacional, es decir, la que se produce cuando las personas se relacionan unas con otras en un pie de igualdad. Lo contrario a la igualdad relacional son las jerarquías de estatus dictadas por la raza, la clase, el género u otras semejantes, donde un grupo puede dominar o imponer sus términos sobre otro.

Ambas ideas son muy relevantes para el caso chileno, pues se trata de una sociedad con fuertes resabios estamentales e informalmente estructurada en torno a jerarquías de clase y raza. Ejemplos abundan: la diferencia entre tener un apellido de origen castellano-vasco o anglosajón versus uno de origen mapuche se traduce con frecuencia en oportunidades diferenciales y/o discriminación; la gente percibe que, con frecuencia, es maltratada debido a su clase social, lo que ocurre tanto en lugares de trabajo como en servicios públicos; en Chile, la sociedad y los profesores asumen que los niños de tez más blanca tendrán mejor rendimiento académico, y los alumnos de tez más oscura comparten esa apreciación y reportan una menor confianza en sus propias competencias. Por lo tanto, sugerimos, la demanda por dignidad se puede pensar como una demanda por una sociedad donde cada persona pueda contar con las condiciones sociales que le permitan desarrollar su autorrespeto y se pueda relacionar con otras desde un pie de igualdad, es decir, como iguales ciudadanos.

Por todo lo anterior, es probable que el cambio constitucional –fundamental para dibujar la nueva arquitectura institucional del país- no sea suficiente para revertir nuestro déficit de igualdad relacional y asegurar así las bases sociales del autorrespeto para todos y todas. Para ello, será necesario abordar también dimensiones materiales, simbólicas y de trato que requieren, más allá de los cambios institucionales, de importantes cambios culturales en nuestra sociedad.

Link: https://digital.lasegunda.com/2019/11/27/A/9F3NI27C#zoom=page-width

SOBRE LA VIOLENCIA

noviembre 19, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 8 de noviembre de 2019)

Image result for chile protests"

Aceptemos una verdad incómoda: sin los hechos violentos del viernes 18, jamás habríamos asistido a la impresionante concentración del viernes 25 siguiente. Sin viernes de furia, no hay viernes de paz. Sin el espectáculo escalofriante de las estaciones de metro vandalizadas en medio de las llamas, no se produce esta movilización social ni resucita el proceso constituyente ni el gobierno termina contra las cuerdas. Si Chile efectivamente despertó, como celebran tantos compatriotas, fue porque lo sacaron de la cama a patadas. Es una tesis incómoda pero inescapable: la esperanza que millones de chilenos depositan en el desenlace de esta historia, esa nueva normalidad a la que aspiran, expresada en un cambio de modelo, en una distribución más justa, en una vida menos onerosa, en el fin de los abusos, etcétera, no habría surgido sin el hito insurrecto y pirómano que abrió las compuertas del descontento y alteró el equilibrio de poder. Cacerolazos, carnavales y cabildos, todas las formas de expresión que se han sumado a la causa -esa causa donde caben todas las causas- son consecuencia de la violencia original.

Por supuesto, la mayoría de los manifestantes pacíficos condena la violencia y reivindica el derecho a reunión, asamblea y expresión. Es una condena genuina, pero que olvida convenientemente un detalle: esos derechos no se hubieran activado sin el caos purgante que asoló Santiago y otras ciudades. Como si un buen día, sin mediar detonante, se les hubiera ocurrido salir en masa a marchar por las injusticias acumuladas. Muchos incluso agregan que los violentistas no son verdaderos luchadores sociales, sino que reman en contra del movimiento. Son como esos dirigentes deportivos que se desmarcan de sus barras bravas después de un incidente, diciendo que no son verdaderos hinchas. Obvio que lo son, en ambos casos. Las formas de protesta son variadas y dependen de los recursos culturales de los manifestantes. Algunos protestan bailando electrónica en Ñuñoa, otros asistiendo con la familia a actos culturales, otros jugando a la guerrilla urbana contra fuerzas especiales, y otros saqueando supermercados para ¡por una vez que sea! ganarle al sistema. En el escenario actual, disculpen mi cinismo, me parecen más honestos los que admiten que hay ciertas transformaciones que, por su envergadura, no se obtienen siguiendo las reglas del juego convencionales. O bien, que la correlación de fuerzas está tan amañada por el sector que escribió las reglas en su beneficio, que no hay otro camino más efectivo que patear el tablero y empezar de nuevo. En estos días, le pongo más oreja a los que dicen que la democracia liberal y representativa, con su majadera insistencia en las formas y su exasperante lentitud burocrática, sencillamente no sirve para procesar el desborde de la voluntad popular.

Es una conclusión incómoda, insisto. Para quienes nos consideramos liberales y demócratas, una conclusión temible. Nosotros pensamos que la violencia está descartada para conseguir objetivos políticos. Pero este estallido nos recuerda que esa es una declaración de buenas intenciones, no una realidad. Nuestro sistema político, legalista y representativo, prescribe cuáles son las acciones permisibles para influir en el curso de la vida social. Una de esas acciones, obviamente, es competir en elecciones para ejercer cargos de poder. Otras consisten en organizarse en torno a un interés -empresarial, sindical, etcétera- para hacerlo avanzar frente a los tomadores de decisiones. Ese rango de acciones permisibles excluye el uso bruto de la fuerza. Entendida en términos Arendtianos, la violencia es la negación de la política. Sin embargo, aunque haya sido desterrada del rango de acciones permisibles en una comunidad política civilizada, la violencia no ha desaparecido del repertorio humano. Está siempre ahí, contenida, esperando activarse cuando la desidia e inoperancia de los mecanismos formales genera una frustración más allá de lo tolerable.

Esta es probablemente la lección más radical de las últimas semanas en Chile: aunque elaboremos reglas que la excluyen de la vida cívica, la violencia no puede ser exorcizada de la convivencia social. Esto significa reconocer que dichas reglas -las reglas de una democracia liberal y representativa- son más frágiles de lo que parecen. Y nos obliga a aceptar que la normatividad impresa en nuestras instituciones no es neutra ni evidente ni refleja una verdad metafísica. Sobre esa normatividad específica se eleva un sinfín de posibilidades empíricas que describen la realidad del conflicto político, y eventualmente diseñan una nueva normatividad. Esto no significa, finalmente, que la violencia sea buena, legítima o aceptable. Bajo los parámetros de la democracia liberal, no lo es y nunca lo será. Pero nos recuerda, como enseñaba Maquiavelo, a mirar de cerca la verita effettuale della cosa.

Link: https://www.capital.cl/sobre-la-violencia/

EL MOMENTO POPULISTA

noviembre 5, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en La Nación de Argentina el 9 de noviembre de 2019)

Image result for ni izquierda ni derecha, los de abajo contra los de arriba"

Sebastián Piñera tenía razón al presentar a Chile como una excepción -un “oasis”, dijo- en un contexto de inestabilidad política regional y global. El viernes 18 de octubre de 2019, sin embargo, Chile se sumó finalmente a la larga lista de países que viven un momento populista, en el sentido académico del término: un pueblo que denuncia y se manifiesta contra una élite que percibe como corrupta y abusiva. Esa es la nueva normalidad, en Latinoamérica y el mundo. Es lo que conecta, guardando las obvias particularidades, el Brexit y Donald Trump, Orban y Erdogan, Cinque Stelle y Des Gilets Jaunes, el impeachment a Dilma y la revuelta de Ecuador. Si Chile era un oasis, lo era porque aun no entraba en la dinámica de los tiempos. Seguía fiel a la teoría noventera de Fukuyama. El viernes 18 de octubre de 2019, como me sugirió un colega historiador, Chile entró definitivamente en el siglo XXI.

Por supuesto, la tesis del momento populista no excluye otras claves interpretativas de un fenómeno que aun está en desarrollo. Hay que dudar de los diagnósticos concluyentes, sobre todo si nos falta perspectiva y distancia. Pero hay muchos elementos que se conjugan para darle sustento. Es cierto que la furia ciudadana se combustionó a partir del alza en la tarifa del transporte público, y se explicó más tarde como un malestar extendido por el encarecimiento de los servicios básicos y del costo de la vida, en general. En Chile, sabemos, todo se paga. Sin embargo, las dificultades para llegar a fin de mes y las exigencias que impone una sociedad de consumo se ligaron, en el discurso de las últimas semanas, a la convicción de que existe una clase dirigente que flota en sus privilegios, estruja a la población en su exclusivo beneficio, y nunca responde por sus pecados de la misma manera que lo hace la clase trabajadora. Hasta las demandas más oportunistas y teóricamente incompatibles con el reclamo original -como los automovilistas particulares que exigen la rebaja del peaje de las autopistas, una demanda regresiva desde el punto de vista redistributivo y perjudicial desde el punto de vista medioambiental- calzan con esta doble condición: por un lado, se trata de incrementos objetivos del costo de la vida; por el otro, se percibe que los empresarios detrás de estas concesiones lucran en forma desmedida e inmoral.

El momento también parece populista en su rechazo transversal a la dirigencia política. No hay banderas de partidos y los pocos congresistas que se han aparecido por las marchas corren peligro de ser linchados. El populismo, explica la literatura, prescinde de las instituciones mediadoras del conflicto político. El líder populista busca conectarse directamente con la voluntad putativa del pueblo, sin intermediarios ni representantes, sin comités de expertos ni mecanismos contramayoritarios. Aunque de este movimiento no ha surgido (aun) ningún caudillo carismático -la ausencia de interlocutores claros es su marca registrada-, el rechazo a todas las instituciones de intermediación, sin distinción ideológica, es patente en el ánimo colectivo.

Ligado a lo anterior, el momento también parece populista en tanto simplifica problemas complejos. Se multiplican las voces que consideran que las soluciones son sencillas y que la única razón por la cual no se procesan inmediatamente las innumerables demandas del movimiento social es mezquindad o pura mala voluntad. Nadie quiere ser el aguafiestas que recuerda las restricciones presupuestarias. Aunque puede ser la oportunidad idónea para plasmar las bases de un nuevo acuerdo político y así rehabilitar la legitimidad del sistema, se ha presentado el camino de la asamblea constituyente como el remedio a todos los males de la patria.

Pareciera que fue hace una eternidad cuando éramos Greta-lovers y discutíamos sobre la urgencia de mitigar los efectos de la crisis climática. Chile acaba de cancelar la organización de la COP25, y los más felices son los extremos del espectro político. Emulando a otros líderes mundiales de derecha populista, José Antonio Kast viene diciendo hace tiempo que estas cumbres de liberales biempensantes y burócratas internacionales son innecesarias y desvían la atención de las verdaderas necesidades de la gente. Por su parte, el Partido Comunista afirmó que la cancelación de la COP25 era un triunfo del pueblo movilizado. La similitud con el caso francés salta a la vista: la resistencia ciudadana a los impuestos verdes de Macron fue simultáneamente azuzada por Le Pen en la esquina derecha y Melenchón en la esquina izquierda: ¿De qué sirven los compromisos multilaterales y el desfile de expertos cuando hay carencias materiales indiferentes a la huella de carbono? Usando un argumento similar al de los Brexiteers en Reino Unido, que exigían la salida de Bruselas para financiar hospitales, Kast y los comunistas chilenos consideran que hay mejores formas de emplear esos recursos (aunque sean apenas simbólicos para la magnitud de los desafíos).

En todas estas dimensiones, el golpe lo acusa la democracia liberal, formalista y representativa. Más que un enemigo ideológico, el populismo aparece como el síntoma de todas sus limitaciones, deficiencias y promesas incumplidas. Con todas las complejidades de un movimiento social y políticamente heterogéneo, un denominador común subyace a todas sus demandas: la percepción de asimetría y subordinación ante un establishment que dice gobernar por todos pero concentra glotonamente las granjerías. Es un sentimiento que lleva tiempo instalándose en el mundo a partir de la ralentización de la economía. Chile recién se pone al día.

Link: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/de-el-fin-de-la-historia-de-fukuyama-al-fin-de-la-excepcion-chilena-nid2303026

¿CUÁNTO AGUANTA UNA DEMOCRACIA?

octubre 28, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada el viernes 25 de octubre en revista Capital)

Image result for piñera renuncia"

¿Cuánto aguanta una democracia? ¿Qué tan fea tiene ponerse la cosa para que sea claro que el orden vigente no da abasto? ¿Qué tan asediado por la realidad tiene que verse un jefe de estado para evaluar su continuidad en el cargo? ¿Cuánta excepcionalidad es admisible para volver a la normalidad? ¿Dónde está la línea que distingue a un dirigente que exige responsabilidades políticas de un golpista? ¿Cuánto vale el mandato popular obtenido en elecciones limpias frente a una movilización social posterior que pareciera, informalmente, revertirlo?

Al momento de hacer estas preguntas (N. de la R.: lunes 21 de octubre), ninguna suena evidentemente descabellada. Ojalá que al momento de su publicación, esta columna esté desactualizada, el caos haya sido superado, la violencia haya cesado, y los chilenos hayan vuelto a lo suyo. Ahora bien, ni en el escenario de más rápida estabilización será posible hacer como que nada pasó. El orden de las prioridades cambió y ningún actor político relevante puede ignorarlo. Si las propias instituciones democráticas son capaces de procesar los dolores más sentidos de la calle, estaremos bien. Esta columna está pensada para un escenario más sombrío: el escenario en que la dirigencia es incapaz de conducir esta crisis a buen término, las posiciones no se acercan, y se hace imposible saber si la conflictividad va in crescendo o lo peor ya pasó. El tipo de escenario donde se producen manifestaciones que piden explícitamente el término del gobierno en funciones.

A primera vista, pedir la renuncia de Piñera es absurdo. Que un gobierno no esté cumpliendo sus promesas de campaña a medio camino de su gestión no es causal para interrumpir el ciclo democrático constitucional, eso es evidente. Hasta los malos gobiernos tienen derecho a terminar, diría un auténtico demócrata. Cuenta la leyenda que, en 1973, al enterarse que un golpe militar estaba en marcha, el dirigente democratacristiano Bernardo Leighton quiso abandonar la seguridad de su casa para concurrir a La Moneda a defender al gobierno en funciones. No era mucho lo que podía hacer, pero para Leighton se trataba de una cuestión de principios. Leighton era opositor a Salvador Allende. Pero lo que estaba en juego no era una cuestión de alianzas partidistas. Lo que estaba en juego era la continuidad del sistema democrático. La familia y sus amigos, según esta historia, tuvieron que extremar recursos para abortar su arrebato. Si aplicamos el estándar Leighton, todos deberíamos defender la continuidad del gobierno de Sebastián Piñera, aunque no nos guste su ideología, su programa o su estilo de conducción.

Concebida de esta forma, la democracia puede ser exasperante. Mucho énfasis en los procedimientos y poco en los resultados. Pero son justamente esos procedimientos los que garantizan que nadie se lleve la pelota para la casa. La democracia es lenta y burocrática, inhabilitada para operar transformaciones sustantivas en corto plazo. Los únicos regímenes que aprueban reformas estructurales de la noche a la mañana son las dictaduras. La democracia tampoco asegura un derrotero recto hacia un mundo mejor, precisamente porque reconoce la existencia de distintas ideas respecto de lo que constituye un mundo mejor. La democracia es un camino zigzagueante, lleno de baches, retrocesos y saltos discretos. Probablemente ni siquiera sea digna de un poema o de una exhortación dramática. Pero suele resolver una cuestión central para la vida social: el traspaso no violento del poder. Nadie muere en la cámara secreta como se muere en las guerras. Simple y radical a la vez. Cualquier alternativa es peor.

¿Qué argumento podría elaborarse entonces para pedir la renuncia de Piñera sin abandonar el compromiso democrático? Que dirigentes comunistas y tuiteros afiebrados declaren unilateralmente su incompetencia no parece suficiente. Podemos enumerar todo lo que el gobierno ha hecho mal en esta crisis, pero -hasta el momento- nada sugiere que esa negligencia política se pague con la rescisión del mandato popular otorgado en diciembre de 2017. Lo único que podría echar todo abajo es el abuso de la fuerza contra la propia población. La decisión de mandar a los militares a la calle es riesgosa. Se multiplicarán las situaciones confusas donde más de algún testimonio delatará la brutalidad de los fusiles. En principio, y esto es importante decirlo, no hay contradicción entre un régimen democrático y la presencia de las Fuerzas Armadas controlando el orden público que las fuerzas originalmente destinadas a ello no pudieron controlar. No es una medida necesariamente arbitraria o injusta, en la medida que las atribuciones del estado de excepción respectivo están expresamente detallas en la constitución. Una cosa es lamentarse -y con razón- de una imagen que la inmensa mayoría de los chilenos no quería volver a ver, y otra es inventar un principio según el cual eso no puede nunca ocurrir. Si las FFAA son efectivas y discretas en su rol de asegurar condiciones básicas de orden público, Piñera habrá cumplido su rol más esencial. Es su deber escuchar las demandas de la ciudadanía movilizada y procesar políticamente la nueva agenda. No obstante, como enseña Hobbes, no hay nada más importante que la seguridad, pues nadie quiere vivir una vida breve. El desafío es que el Leviatán no amenace la seguridad de aquellos que debe defender. Al delegar en ellos, la suerte de Piñera depende del criterio de los militares. Si fallan, no habrá formalidad democrática que valga.

Link: https://www.capital.cl/cuanto-aguanta-una-democracia/

UN ICEBERG EN EL OASIS

octubre 23, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en Diario Financiero del 21 de octubre de 2019)

Image result for chile protestas 2019

“En medio de esta América Latina convulsionada”, dijo hace unos días el Presidente Sebastián Piñera, “Chile es un verdadero oasis con una democracia estable”. Es cierto: no vivimos la crisis económica de Argentina, la lucha de las FARC en Colombia, el estallido social de Ecuador, la fragilidad de las instituciones en Perú o el descaro generalizado de la clase política en Brasil. Nuestros indicadores objetivos en materia de la calidad de vida y desarrollo humano están entre los mejores del continente. Lo que hemos logrado, especialmente en materia de reducción de la pobreza dura, es meritorio bajo cualquier parámetro. Pero la prosperidad que revelan los números nunca ha sido garantía de paz social. Malestares originalmente localizados son capaces de expandirse en la medida que la población conecta y empatiza con la demanda. Nuevas demandas, en tanto pueden relacionarse con la original en su estructura normativa, se suman al reclamo. Lo que parte como un hecho aislado se transforma en un proceso de descontento ciudadano generalizado. Así ha ocurrido siempre. El movimiento estudiantil de 2011 partió con un tímido rechazo a las condiciones del pase escolar. Terminó poniendo en jaque la legitimidad del lucro. En 2018, la ola feminista partió con casos puntuales de abuso mal procesados por las universidades. Terminó generando una reflexión nacional sobre la igualdad de género.

Por alguna incomprensible razón, Piñera no entendió que esta vez se estaba germinando un cuadro similar. Es fácil ser general después de la batalla, pero la verdad es la mayoría de los analistas coincidía ya el viernes en la mañana en que lo que vivía Santiago no podía ser tratado como un problema de estricto orden público, sino como un fenómeno que requería un tratamiento político. De la evasión como respuesta al alza en el pasaje del metro, habíamos pasado a un discurso que conectaba distintas alzas en el costo de la vida de los chilenos, situación que contrastaba con la percepción de privilegios de la elite económica, y se agudizaba ante la torpe insensibilidad de las intervenciones ministeriales. La teoría del Iceberg, dijeron algunos: lo del metro es la punta que se ve, pero abajo hay una plétora de situaciones que se combustionaron en un encabronamiento colectivo. Cuando el gobierno sacó la voz, el viernes por la tarde, no se dio por enterado. Sólo ofreció aplicar la ley de seguridad interior del estado contra los violentistas. En ese momento quedó sellada su suerte. El sábado en la tarde, cuando habló el propio Piñera, congelando incluso el alza en el pasaje del metro, ya era demasiado tarde. Todo Chile -y no solo los delincuentes- se plegaba a una manifestación espontánea, inorgánica, confusa pero genuina, de malestar. Todos los déficit políticos de la derecha en el poder se hicieron patentes. Haberle entregado el control de la ciudad a los militares -una decisión que pudo ser justificada en su propio mérito- revela que la política sencillamente no tuvo los medios para hacer su tarea, es decir, canalizar el conflicto. Es posible que este no sea el momento de pedir cabezas -la situación sigue delicada y hay una logística que sostener- pero es manifiesto que este gabinete político está inhabilitado para conducir el proceso de recomposición de las confianzas que urge comenzar. Si el caso Catrillanca sólo fue capaz de abollar al acorazado Chadwick, el fin de semana en que Santiago se convirtió en Ciudad Gótica lo hundió en las profundidades.

Sobre el rol de la oposición se abren muchas interrogantes. Desde el comienzo resultó algo disonante que partidos o movimientos que juegan dentro de la institucionalidad avivaran la cueca de la evasión. Visto en perspectiva, eran performances inofensivas. Pero contribuyeron a articular un relato que condicionaba el acatamiento de las normas a la percepción subjetiva de injusticia. Desde la izquierda, muchos ironizaron con la obsesión liberal por las “formas” de la protesta, como si las grandes transformaciones se hubieran conseguido siguiendo las reglas y sin costos asociados. Alguna violencia ocurriría, algo de destrucción material habría. Pero estaba bien, parecían sugerir, en la medida que despertara al gobierno de su letargo. Narrativa peligrosa, porque la decisión sobre la legitimidad de los medios utilizados queda a discreción. La democracia es justamente un acuerdo sobre el rango de formas permisibles. Si alguien piensa que todo vale para conseguir un fin, por noble que sea, bien puede ser un justiciero social pero no es demócrata. Es evidente que el gobierno inflamó el conflicto y fue su torpeza la que agudizó las contradicciones. Pero la irresponsabilidad que manifestaron dirigentes del Frente Amplio y el Partido Comunista no pasó desapercibida para los muchos que vemos con interés la emergencia generacional de un nuevo actor en la izquierda chilena que sea capaz de gobernar. Es cierto que el movimiento espontáneo que protagonizó este episodio no se dejaría cooptar por sector político alguno, pero la izquierda que ayudó a darle forma discursiva también podría haber ofrecido sus buenos oficios para destrabar el conflicto. La postal apocalíptica del domingo en la mañana es testimonio de ese (otro) fracaso.

Ahí se acabó la política y comenzó una catarsis que osciló entre el frenesí festivo de la transgresión colectiva y el nihilismo anómico al cual le importa un carajo dañar al propio pueblo. La pregunta es si acaso los demonios que se desataron sobre varias ciudades del país son la externalidad indeseable pero inevitable de un llamado a la protesta social pacífica, y si acaso estamos a tiempo de rescatar la causa profunda de esa protesta para su tratamiento político, sin la amenaza de los fusiles.

Link: https://www.df.cl/noticias/opinion/columnistas/un-iceberg-en-un-oasis/2019-10-20/183738.html

EL DERECHO A GOBERNAR

octubre 16, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 11 de octubre de 2019)

Image result for marcela cubillos + acusacion constitucional

Se salvó la ministra de educación Marcela Cubillos. En el fragor de la celebración, describió el rechazo de la acusación constitucional en su contra como “el reconocimiento al derecho de gobernar”. Es el argumento más inteligente que desplegó el gobierno. La cuestión tenía poco que ver con la “valentía” de la ministra (como majaderamente trató de instalar el oficialismo a través de un hashtag absurdo), sino con una pregunta más fundamental: ¿puede un gobierno promover su propia agenda cuando ésta colisiona con las reformas aprobadas por la administración anterior? Fue el enfoque de la defensa del abogado Francisco Cox, quien si bien se definió como opositor ideológico al gobierno de Sebastián Piñera, insistió en que las acusaciones constitucionales no se pueden usar para castigar la discrepancia política. Es el mismo argumento que terminó por convencer a los diputados Pepe Auth y Matías Walker: ambos dejaron claro que les desagrada el estilo agresivo y confrontacional de la ministra Cubillos, y que no comulgan con las políticas de educación del actual gobierno, pero recalcaron que aquello no configura ninguna de las causales de cesación del cargo que establece la constitución.

Es decir, la tesis que se impuso no constituye un espaldarazo político a la gestión de Marcela Cubillos ni necesariamente sugiere que el gobierno va por buen camino en materia educacional. La tesis que se impuso es mucho más gruesa: los gobiernos tienen derecho a llevar adelante el programa con el cual fueron elegidos, aunque eso signifique desalentar las normas y políticas públicas del antecesor. Desde el oficialismo señalan que a Cubillos no se le puede exigir entusiasmo en la promoción de reformas que no sólo no comparte, sino que considera injustas y perjudiciales para los niños de Chile. Es obvio y natural que haya insistido en las falencias de la ley de inclusión de Michelle Bachelet. Si bien es cierto que se trata de una cuestión emblemática para el mundo de la ex Nueva Mayoría, e incluso para el Frente Amplio (pues fueron sus dirigentes los que comenzaron a empujar sus ideas matrices en las movilizaciones de 2011), el principio de evaluación es el mismo: al votar nuevamente por Piñera, la gente votó por rechazar las reformas del segundo mandato de Bachelet. De eso se trata, precisamente, el derecho a gobernar: es un derecho a desandar lo andado, que emana del mandato popular.

Pero la línea es delgada. ¿Es qué momento la crítica pública de las normas vigentes se confunde con la displicencia dolosa de su aplicación? ¿En qué momento la falta de entusiasmo de la ministra Cubillos para comunicar el nuevo sistema se confunde con sus ganas de sabotearlo? ¿En qué momento la selección de evidencia a favor de la tesis propia se confunde con la omisión o tergiversación de la evidencia a favor de la tesis contraria? Estas son preguntas válidas. No es necesario pertenecer a una “izquierda totalitaria”, como señaló un diputado UDI, para atender a estas preguntas. Aunque, personalmente, no creo que los casos citados por el libelo acusatorio hayan sido lo suficientemente contundentes como para demostrar notable abandono de deberes por parte de la ministra, tampoco creo que este episodio haya demostrado necesariamente la mala utilización de la herramienta. En jerga futbolística, la ministra venía pegando patadas y al menos se merecía una amarilla. Por eso me hace ruido ese lugar común que declara que la ministra salió “fortalecida”. Por jugar al filo del reglamento, estuvo a punto de ver la tarjeta roja. Conservar la pega no equivale, al menos no directamente, a salir fortalecido de una situación.

El gobierno de Piñera, entonces, impuso su tesis: en democracia, los gobiernos entrantes tienen derecho a un sutil torpedeo de las reformas del gobierno anterior. Sutil, porque no puede consistir en incumplimiento flagrante de la ley. Pero torpedeo a fin de cuentas, porque es evidente que no le interesa en lo más mínimo que a esas reformas les vaya bien, o que tengan buena acogida en la ciudadanía. Por el contrario, piensa Cubillos, ojalá que no la tengan. Con ese propósito explícito recorrió Chile. Por supuesto, nadie en el gobierno actual fue tan bruto como para hablar de una retroexcavadora. Pero la diferencia es de grado, no de esencia. En el fondo, la tesis que salvó a Cubillos es incompatible con nuestra tradición -que tanto nos enorgullecía en tiempos de la Concertación- de continuidad de las políticas públicas. No puede haber continuidad en las políticas públicas si cada nuevo gobierno reclama su derecho a desandar el camino andado por el gobierno anterior, especialmente si se trata de sus reformas más emblemáticas. Esto no quiere decir que no tenga ese derecho. Sólo quiere decir que afirmar ese derecho colisiona con la vieja narrativa de la continuidad de las políticas públicas. La derecha, al menos, queda impedida de usarla honestamente.

De aquí en adelante, los grupos políticos que accedan al poder tienen un precedente: si no les gustan las políticas de sus antecesores, tienen derecho a torpedearlas sutilmente. Nada muy vistoso: una exageración por aquí, una caída de sistema por allá. Las leyes hay que cumplirlas, pero no es exigible la buena fe. Tampoco comprometerse con su implementación exitosa. A fin de cuentas, diría un tomista, es inmoral perseguir con ahínco el cumplimiento de leyes que se estiman injustas.

Link: https://www.capital.cl/el-derecho-a-gobernar/

MORIR CON LAS BOTAS PUESTAS

octubre 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 27 de septiembre de 2019)

Image result for the enigma of reason book

En el último tiempo, principalmente gracias al trabajo de Daniel Kahneman y Amos Tversky, se ha popularizado la idea de que los seres humanos pensamos con dos sistemas alternativos: por un lado, uno rápido, que apela fundamentalmente a emociones e intuiciones; por el otro, uno lento, que involucra lógica y deliberación. Entre otras cosas, esta teoría explicaría por qué los ciudadanos ordinarios y los expertos discrepan en tantos debates públicos: mientras los primeros piensan (más seguido) con el sistema 1, los segundos aplican (más seguido) el sistema 2. Los expertos serían capaces, dándole en el gusto a Kant, de elevarse por sobre sus deseos de guata para analizar los escenarios de manera fría y racional. Esta teoría también echaría por tierra una vieja premisa de la llamada “epistemología naturalizada”: que las personas comunes y los científicos profesionales activan el mismo sistema cognitivo, con la única diferencia de que los segundos corrigen sus sesgos de confirmación a través de una serie de procesos de control. En lo central, pensaban autores como W. V. O. Quine, John Dewey e incluso Karl Popper, el razonamiento científico es apenas una extensión del sentido común. Según la teoría del sistema dual, se ha dicho, se trata de dos formas de razonamiento distintas.

Sin embargo, la teoría del sistema dual de pensamiento ha sido recientemente amenazada por una nueva teoría, que sus promotores denominan “interaccionista”. La teoría interaccionista, articulada en detalle en el libro The Enigma of Reason (Penguin: 2017) de Hugo Mercier y Dan Sperber, sostiene que no es posible establecer dicha separación. La razón humana, señalan los autores, evolucionó para adaptarse a un nicho ecológico altamente social. Eso significa que su función no es precisamente identificar la verdad de las cosas, sino para navegar la realidad de su entorno. En otras palabras, para interactuar exitosamente. Mercier y Sperber no descartan la existencia de distintos módulos inferenciales, pero que no son independientes. La relación entre intuición y razón sería más estrecha de lo que pensamos: las personas se mueven básicamente por intuición, y la razón cumple la función de justificar ex post dichas intuiciones. Esta no es una función menor, pues el éxito de nuestras interacciones sociales depende de la capacidad de ofrecer razones persuasivas al resto. Eso es lo que llamamos capacidad argumentativa. Contra Kant, la idea básica de esta teoría ya está presente en Hume: la razón es la sierva de las pasiones, y su función es proveer de los medios más eficientes para alcanzar los fines que las intuiciones morales ya decidieron. Lo que esta teoría añade es que no da lo mismo la calidad de las razones que ponemos sobre la mesa, pues de ellas depende nuestra vida social.

En resumen, lo que Mercier y Sperber proponen es olvidarse del paradigma del genio solitario, que aplicando procesos mentales complejos, llega a las mejores conclusiones o realiza los más grandes descubrimientos. Lo cierto es que pensamos mejor en colectivo, justamente por la razón humana evolucionó en ese contexto. Por lo mismo, somos flojos para evaluar nuestras propias razones y estrictos cuando se trata de evaluar las razones ajenas. Esto explica por qué nos enamoramos de nuestras tesis y nos cuesta tanto reconocer que estamos equivocados. No queremos aparecer ante el mundo como personas equivocadas y por tanto hacemos lo posible por presentar nuestras opiniones de la manera más convincente posible, incluso cuando sospechamos que algo huele mal. Seleccionamos la evidencia que refuerza nuestro punto y descartamos la que infringe daño. Siempre ha sido mejor, desde una perspectiva evolucionaria, morir con las botas puestas. Esto resume, en buena parte, nuestra vida social y política.

Pero también explica la importancia de contar con procedimientos e instituciones capaces de canalizar nuestra tendencia a los sesgos de confirmación. Una de esas instituciones son los jurados. Varias cabezas piensan mejor que una, en la medida que se aplican, en forma cruzada, estándares más exigentes para las opiniones del resto. Lo mismo respecto de la ciencia. Mercier y Sperber no creen que los científicos razonen distinto a los ciudadanos comunes y corrientes. Ellos también quieren tener (siempre) la razón. No son modelos de virtud epistémica. Por el contrario, la virtud epistémica de la ciencia radica en el método, capaz de mitigar la influencia de los distintos sesgos de confirmación en acción. Justamente porque conocemos nuestra necesidad ancestral de ganar las discusiones, y en la ciencia no debiera ganar la retórica más hábil sino la teoría que mejor describa la realidad fáctica, es que sometemos las hipótesis científicas a exhaustivos controles de pares. Esto, de paso, rehabilita a Quine: el razonamiento científico no es, en esencia, distinto al razonamiento de la persona común. La diferencia es que el razonamiento científico se produce en un contexto social que nos permite apreciar sistemáticamente los errores en los que habitualmente incurre la razón.

Todo esto tiene aplicaciones prácticas que superan la mera reflexión filosófica. Permite entender mejor la naturalidad de nuestros desacuerdos políticos y morales, así como nos ayuda a comprender fenómenos como el negacionismo científico contemporáneo. Las personas se aferran a sus creencias y elaboran argumentos más o menos complejos para defenderlas en la vida social. Por eso escuchamos tan pocas veces la frase: tienes razón, estoy equivocado. Nuestros sistemas cognitivos evolucionaron para -si se perdona la teleología- morir con las botas puestas.

Link: https://www.capital.cl/morir-con-las-botas-puestas/