MARIANA, LA SUBVERSIVA

febrero 23, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 23 de febrero de 2017)

Sostener que Mariana Aylwin representa un peligro para la seguridad del régimen castrista, como lo indicó la embajada cubana, es delirante. Es, sin embargo, un delirio a tono con la paranoia de las dictaduras que no aceptan la disidencia. Mariana Aylwin viajaba a Cuba para participar de un homenaje póstumo a su padre, organizado por una fundación que promueve la democracia y los derechos humanos en el continente. Estos son valores antitéticos a la autocracia que gobierna la isla. Solo en ese contexto hace sentido que la chilena sea acusada de participar de un plan para generar inestabilidad política. El gobierno cubano es sincero: es peligroso cualquiera que piense distinto.

Para suavizar el episodio, se ha dicho que todos los países, independiente del color político de sus gobiernos, se reservan el derecho de entrada. En eso consistiría el ejercicio de la soberanía. Cuba estaría haciendo lo mismo que hacen otros tantos estados, incluido Chile. Ni más ni menos. Eso es factualmente correcto.

Sin embargo, cualquier amante de la justicia pensaría que las razones que motivan a un estado para cerrar sus puertas no deberían ser arbitrarias. Si en efecto existen fundadas sospechas de un proyecto subversivo, quizás la prohibición de entrada sea justa. Pero no es el caso de la reciente orden ejecutiva expedida por Trump en Estados Unidos –que restringe el ingreso de ciudadanos de siete países musulmanes sin considerar sus méritos individuales- ni es el caso de la prohibición que afectó a Mariana Aylwin, donde la intención del gobierno cubano es propinarle un castigo a su oposición interna. Lo irónico de todo esto es que las Juventudes Comunistas estuvieron hace pocos días afuera de la embajada norteamericana protestando justamente a favor de la libertad de desplazamiento.Por cierto que les conviene decir que son casos distintos. En cierto sentido, lo son. Pero el principio general que se viola es el mismo: una limitación arbitraria del derecho a desplazamiento.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-02-23&NewsID=366954&BodyID=0&PaginaId=36

CAROLINA GOIC DIO EL SÍ

febrero 22, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 21 de febrero de 2017)

La senadora Carolina Goic ha anunciado su decisión de competir, representando a la DC, en el proceso presidencial de este año. En la práctica, eso implica participar en la primaria de la Nueva Mayoría. La posibilidad de romper la coalición y correr directamente en primera vuelta es remota; la propia Goic ha insistido en la importancia de ofrecerle a Chile una alianza de centroizquierda que incorpore a la DC.

El desafío para su partido es mejorar el triste desempeño que tuvieron en la primaria de 2013, cuando el representante falangista fue Claudio Orrego. A pesar de contar con el respaldo oficial de sus camaradas, Orrego llegó tercero detrás de Andrés Velasco, que no contó con ninguna maquinaria partidaria. Cualquier resultado que mejore esa presentación es bueno, pues revaloriza el rol de la DC en la coalición.

La cosa estará entonces entre Guillier, Lagos y Carolina Goic, a la espera que los socialistas se decidan entre José Miguel Insulza y Fernando Atria. Es un escenario más abierto. Aunque el único que realmente marca contra Piñera es Guillier, es improbable que el senador por Antofagasta pueda reeditar la paliza que Michelle Bachelet les dio a sus contrincantes hace cuatro años. Por su parte, la precandidatura de Lagos se advierte débil. Aunque no se quede con la nominación del bloque, Goic debiese apuntar a destronar al ex presidente en la competencia interna.

Carolina Goic es una buena carta para su partido. Es una figura relativamente fresca, que ayuda a revitalizar ese cuerpo viejo que es la DC. Por lo menos, es mejor que todos los otros nombres que sonaron. Sus cifras de aprobación personal son interesantes, aunque aún no se traducen en apoyo presidencial. En el frente interno, acaba de ratificar su liderazgo en una elección que ganó mirando para atrás. Es decir, es apreciada dentro del partido y tiene la expectativa de crecer fuera de él.

Bien por la DC. Demasiado tiempo ha pasado desde que ocuparon un rol de conducción política relevante. Goic no es la gallina de los huevos de oro ni anticipa una revolución ideológica, pero tiene la camiseta puesta mientras navega con viento a favor.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-02-21&NewsID=366753&BodyID=0&PaginaId=29

RETADORES

febrero 20, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 17 de febrero de 2017)

Es poco probable que Fernando Atria y Felipe Kast se queden con las primarias de sus respectivos sectores. Parece casi un hecho que la gran final será entre Alejandro Guillier por la Nueva Mayoría y Sebastián Piñera por ChileVamos. Esa es la primera coincidencia entre Atria y Kast: ninguno llegará a la papeleta. Aunque digan que sus candidaturas no son testimoniales -sería raro que lo dijeran-, ambos tienen clarísimo que sus posibilidades son exiguas. Por lo mismo, no corresponde juzgarlas con esa vara. Atria y Kast no están buscando ganar a toda costa. Están buscando otra cosa. En una frase, están tratando de articular un discurso que desafíe la comodidad doctrinaria de cada coalición.

Partamos por Atria. A pesar de que sus ideas fueron muy relevantes en la estructuración de la narrativa del movimiento estudiantil del 2011 y que por ende sería el candidato perfecto del llamado “Frente Amplio”, ha decidido correr por dentro de la institucionalidad oficialista. Hace un tiempo se convenció de que no había que fundar nuevas organizaciones y entró a militar en el viejo Partido Socialista, que no sólo ofrecía una casa lo suficientemente amplia para desplegar sus ideas sino también lo conectaba con décadas de lucha política y social. Atria ve en esa historia un legado de dignidad que merece ser preservado y proyectado hacia el futuro. Atria podrá ser ídolo de Millennials, pero no piensa políticamente con la misma lógica. Hoy se encuentra en medio de un proceso democrático interno cuyo desenlace es medianamente incierto. En el mejor de los casos, obtiene la nominación del PS. Pero luego vendría Guillier y Lagos. Fin de la historia. Ya es tarde para correr por fuera.

Felipe Kast hizo algo ligeramente distinto. Aunque sigue dentro de las fronteras coalicionales de ChileVamos, lo hace con pyme propia. A pulso y con buenas influencias -se necesita de ambas para transformarse en partido con todas las de la ley tan rápidamente- Evópoli se sienta en la mesa grande de la derecha. Kast cuenta en ese sentido con un buque más modesto que el de Atria, pero este modesto buque está a su nombre. Por lo menos, tiene cara de proyecto generacional. Es un lote que prefirió conscientemente no ponerse la camiseta de la UDI ni de RN. No eran alternativas muy tentadoras, a decir verdad. Kast vio entonces una oportunidad de oro: poner un pequeño quiosco -al comienzo, bastante boutique- al lado de estas dos grandes tiendas ideológicamente indistinguibles. Lo dotó de un relato liberalesco, aunque él mismo sea dudosamente un liberal. Pero con eso basto para distinguirse. Tampoco posee suficiente musculo para amagar a Piñera, pero su tribu meterá ruido. Si llega segundo -por sobre Ossandón y su tío José Antonio, teóricamente- ya es un gran resultado: queda en la pole position para la siguiente y las acciones de Evópoli suben en el universo piñerista que se dispone a gobernar.

Habría sido, hay que decirlo, un extraño placer ver a Fernando Atria y Felipe Kast compitiendo en noviembre. Probablemente, habríamos tenido una conversación política con cierta espesura programática. Atria es un académico, pero un académico público. Es decir, hace esfuerzos por comunicar los fundamentos conceptuales y normativos de sus posiciones. Kast no ha hecho carrera en la universidad sino en la política y el mundo social, pero cuenta con una preparación académica similar. El ministro del Interior Mario Fernández decía que le gustaba el enfrentamiento Lagos vs. Piñera porque, al menos, “ambos tenían doctorados”. Bueno, estos otros también.

En lo particular, Atria es importante para su sector porque participa de una discusión tanto sustantiva como estratégica respecto de las alternativas del proyecto de la izquierda en Chile. Cree, a grandes rasgos, que no hay pensar en un rojo amanecer con el capitalismo de rodillas. Pero sí que el socialismo consiste en avanzar siempre en esa dirección. Hoy, eso significa ampliación de la libertad política y seguridad económica, lo que se traduce en su idioma en profundización democrática vía nueva constitución y en la idea de derechos sociales en educación, salud y previsión. Kast es importante para su sector porque da la sensación de que amplía el campo de mirada de su equipo. Amplitud se había llevado a los pocos liberales que habían. Evópoli les ofrece una casa nueva, pero en el mismo barrio. La candidatura de Kast les dio la oportunidad de diseñar una propuesta política y programática a la medida. En ella destacan las diferencias “valóricas” con sus socios conservadores. No son las únicas novedades, pero destacan justamente porque ahí está la bisagra identitaria. No sería raro que votantes de Velasco 2013 se dieran una vuelta por la primaria de derecha para darle el voto al diputado por Santiago.

Por todo lo anterior, es positivo que Fernando Atria y Felipe Kast sean retadores oficiales. Les hacen un favor a sus conglomerados con una inyección de energía, convicción y contenidos. Le hacen un favor al nivel del debate público. En los tiempos que corren, con eso nos damos por pagados.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/02/16/136653/retadores

Can a Chilean outsider revive Latin America’s ailing left?

febrero 15, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Conversation Global el 10 de febrero de 2017)

According to popular wisdom, if a government’s approval ratings are in the low 20s with an election around the corner, odds are that the ruling party will not retain power; people will vote for change.

But popular wisdom is not always right. And this is the hope of the Chilean left.

Just 18 months after winning the 2013 presidential election with 62% of votes, President Michelle Bachelet suffered an unprecedented political breakdown. Public support for both her and her Nueva Mayoría administration – a coalition of the Socialist, Christian Democrat and Communist parties, among others – fell to the low 20s by mid-2015, where it has remained since.

For the November 2017 election, this centre-left coalition had originally set its sights on Ricardo Lagos, a former president who built his political career in the 1980s on courageous, repeated opposition to Augusto Pinochet’s dictatorship. And Lagos is willing to run.

But younger progressives are critical of Lagos’ 2000-2006 administration, arguing that was more market-oriented than socialist. Despite the 79-year-old’s commendable energy, he is polling at 5%.

This situation should favour the prominent conservative ex-president Sebastián Piñera (2010-2014), who is often portrayed as a successful businessman with a Berlusconian twist, to win Chile’s 2017 election.

A new hope for the left

But from this unexciting scenario – two former presidents running for president, neither particularly popular – a new name has emerged: journalist and former television news anchorman Alejandro Guillier.

Guiller made his political debut three years ago, winning a senate seat as an independent. He was supported by the Partido Radical, a traditional party that, though its best days are long past, has been a loyal – if almost voiceless – member of the centre-left coalition that has ruled Chile for 23 of the past 27 years.

Now, with Guillier, the Partido Radical has discovered a political goldmine. The newcomer has authoritatively surpassed Lagos in the polls, with support increasing from 1% to 14% in the past six months.

This has made Guillier into an instant cause celebre, and some Socialist congressmen who would be expected to support Lagos have already shifted their attentions his way. So, too, have many government officials who, among other interests, suddenly believe it’s possible to keep their posts.

Guillier, the candidate from nowhere, now seems like the only serious competition for Piñera. With recent predictions anticipating a dead heat between the two, he is likely to secure the ruling coalition’s nomination to run in November.

The fall

Understanding Guillier’s rise means understanding Bachelet’s fall.

There are two theories to account for her loss of support. Moderate intellectuals have suggested that the Chilean people are simply less socialist than Bachelet and her team thought.

Bachelet’s progressive 2013 campaign platform, which absorbed the ambitious demands of a 2011 left-wing students’ movement then gaining widespread support, proposed rewriting Chile’s constitution and establishing free university tuition, among other goals.

But it’s possible that Chileans were, in fact, not quite done with neoliberalism, which the country has largely embraced since the Pinochet years. In this hypothesis, the Bachelet government’s plight can be explained away as an inaccurate political diagnosis.

A second theory faults Michelle Bachelet’s own thundering loss of political capital for her government’s demise. To these commentators, the president’s personal popularity – not her reform agenda – was the one and only reason she won the 2013 election.

If, as this argument goes, most people respond more to a candidate than to their platform, then the Nueva Mayoría coalition’s political failure correlates to Bachelet’s fall from grace, which began when her eldest son and his wife were implicated in suspicious real estate dealings in early 2015.

The perception that a Bachelet family member used his relationships for profit was hard to square with the president’s discourse countering abuse and inequality.

Bachelet herself is accused of no wrongdoing. But, in Latin America today, the mere hint of corruption is damning because it resonates with other scandals across the region.

Placing blame on the shoulders of leaders allows progressives in Chile to avoid facing the awkward hypothesis that Chileans may endorse crucial aspects of a market economy.

This hypothesis also comforts progressives struggling to account for the sorry end of the 2000s-era “pink tide” – the rise of leftist leaders across the continent, from Lula in Brazil to Cristina Fernández de Kirchner in Argentina and Hugo Chávez in Venezuela. The Latin American left once seemed unstoppable, but recently corruption and discontent in many countries has fuelled a backlash.

In Brazil in 2016, a conservative wing of congress impeached the left-wing president Dilma Rousseff, Lula’s chosen successor. The ouster was pursued on constitutionally shaky grounds, but leveraging a simmering Brazilian case of corruption gave the opposition the power that neither ideological debate nor electoral process could.

Moral suspicions also led Argentina to vote out Kirchner in 2016, and deepened the profound crisis gripping Venezuela after two decades of Hugo Chávez’s “updated” socialism (though corruption is far from the only reason Venezuela is failing).

And the left will rise again?

Back in Chile, Guillier has said he will stand for many of the same ideals as Bachelet, adding that, political resistance aside, her reforms are much needed. He has also promoted a state-run economic growth strategy.

Guillier’s narrative aims to preserve the social-democratic spirit, but with a bright new face – uncontaminated by corruption, almost without a past.

Accordingly, Guillier sells himself not as a politician but as a grassroots guy. Besides, it’s hard to be more credible than the man who delivers the nation’s news every night.

Critics highlight Guillier’s populist traits (attacking politicians in bulk, endorsing any claim that happens to be fashionable) and his lack of an inner-circle of intellectuals and policy advisers.

But for now, Guillier’s autonomy and somewhat ambiguous opinions are working for him. And, of course, being anti-establishment has been winning voters across the world.

If Guillier wins, political thinking in Chile won’t change much, but the interpreter will be new. And, for the ailing Latin American left, that might be good enough.

Link: https://theconversation.com/can-a-chilean-outsider-revive-latin-americas-ailing-left-71213

GREMIALISMO-PIÑERISTA

febrero 13, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 13 de febrero de 2017)

Suena fuerte en la UDI la idea de apoyar lo antes posible al ex presidente Sebastián Piñera. Lo reiteró públicamente el senador Juan Antonio Coloma. Que lo diga él tiene cierta importancia. Fue uno de los lugartenientes de Jacqueline Van Rysselberghe, la nueva mandamás del gremialismo. Coloma está en el bando de los ganadores. Es uno de los pocos líderes históricos de su generación que quedan parados: Novoa y Longueira, míticos coroneles, cayeron en desgracia. Ni hablar de Orpis. Matthei y Lavín ya reclamaron sus premios a la trayectoria. Hernán Larraín va de salida. Chadwick está fuera del Congreso y actúa como interlocutor del Piñerismo.

Éste pareciese ser el rumbo que debiese tomar la UDI: dejarse de dilaciones en la esperanza ingenua de tener un candidato presidencial propio (y competitivo) y apoyar de una buena vez la reelección de Piñera. Coloma encarna el realismo al interior del gremialismo. Piensa que hay pocos espacios para una aventura que lo único que tendría como combustible es el amor a la camiseta pero que podría rendir tristemente en una primaria del sector. Pocos en la UDI se han enamorado de la cruzada del diputado José Antonio Kast, que ya se fue del partido justamente anticipando este escenario de realismo.

Esa es la paradoja de la última elección interna. Fue la senadora Van Rysselberghe la que compitió con el discurso de la identidad tradicional. Jaime Bellolio proponía un cambio, una renovación. Pero era este último el que necesitaba con más urgencia un candidato propio para recrear una épica con sentido de futuro. Al bando de Coloma ya no le interesa tanto ese asunto. Quiere ganar con Piñera. Quiere ganar cupos en el Congreso. Quiere que la UDI obtenga una buena tajada en la distribución del próximo ejecutivo. Así se mide el éxito partidario en constante y sonante.

Si dicho apoyo se articula pronto y en forma convincente, la UDI puede verse más piñerista que RN, que mientras tanto lidia con sus propios demonios. El primero se apellida Ossandón, que interpreta ideológicamente al corazón del larrainismo. Fue Carlos Larraín, de hecho, un célebre celoso de la relación de Piñera con la UDI. Para Coloma, llegó la hora de revitalizar esa relación. Ya se olvidaron los viejos traumas que alguna vez tensaban el ambiente. Ya se gobernó con el personaje. Por lo demás, Piñera también se ha Udizado. Hace rato se le advierte un gradual movimiento hacia la derecha. No se vienen a la cabeza muchos temas sustantivos o técnicos en los cuales haya discrepancia.

No debería ser, por tanto, una decisión dramática. Por el contrario, por el difícil momento de la propia Van Rysselberghe y los problemas reputacionales por los cuales atraviesa el partido, Piñera parece ser el mejor árbol para arrimarse.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-02-13&NewsID=366171&BodyID=0&PaginaId=27

“FACHO”

febrero 7, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 6 de febrero de 2017)

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Es sabido que las palabras tienen vida propia. Mutan de acuerdo a sus usos. Los conceptos políticos no escapan a este patrón. La gente los utiliza de forma más o menos libre. “Fascismo” es un ejemplo. Aunque tiene contornos imprecisos, es posible describir los principios centrales de la teoría política fascista. Sin embargo, se ha convertido en lugar común referirse a cualquier persona de derecha como tal. La expresión “facho” es un término peyorativo que se reparte con facilidad en las conversaciones. A estas alturas resulta iluso pedir que el concepto se reserve para ilustrar una ideología. Pero corresponde exigir cierta consistencia en su aplicación.

Lo que está ocurriendo en Estados Unidos nos proporciona una buena excusa para revisar el asunto. En las últimas semanas, comentaristas internacionales han dejado de referirse a Donald Trump como populista y han comenzado a preguntarse seriamente si acaso no exhibe rasgos propiamente fascistas. ¿Cuáles serían estos rasgos? La apelación a la idea superior de nación y al designio histórico de un pueblo, la exaltación del enemigo externo y la noción de permanente lucha, la discriminación sistemática del “otro” -usualmente minorías-, el desdén reiterado por los hechos y la razón científica, la poca tolerancia a la disidencia interna y la prensa libre, la convicción de que se puede gobernar mejor en forma vertical sin necesidad de espacios de deliberación democrática, etcétera. Trump los colecciona todos.

No pareciera, en todo caso, que sean rasgos exclusivos de la derecha. A lo largo de la trayectoria del chavismo en el poder, los venezolanos han sido testigos de muchas de estas prácticas. No hay contradicción necesaria, entonces, entre fascismo y socialismo. “Facho” podría ser, de acuerdo a esta descripción, cualquier persona que manifieste una tendencia clara en la dirección señalada.

De hecho, los teóricos políticos todavía discuten si el fascismo es realmente una filosofía del poder, un pasaje histórico, o un conjunto de prácticas y actitudes. Si es lo primero, fascismo es un modelo alternativo a la democracia liberal que se fundamenta en la idea de unidad nacional y la eliminación del conflicto político a través de una jerarquía natural que conduce el gobierno. Si es lo segundo, solo se puede hablar de fascismo en conexión a los casos empíricos del siglo XX, particularmente en Europa. Si es lo tercero, entonces “facho” es un mote procedimental y no necesariamente sustantivo. Lo que hemos visto de Trump hasta ahora lo acerca peligrosamente a esa etiqueta.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-02-06&NewsID=365577&BodyID=0&PaginaId=31

¿ESTADO O SOCIEDAD CIVIL?

enero 30, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 29 de enero de 2017)

Todos los años cuando se acerca la Teletón el debate se repite: ¿debiera una función tan importante como el tratamiento de la discapacidad quedar en manos de la solidaridad de la sociedad civil o debiese, en cambio, pasar a formar parte del ámbito de obligaciones del estado? Una pregunta similar ronda a propósito del mega-incendio que consume el centro sur de nuestro país: ¿qué corresponde exigir de nuestras autoridades públicas y qué responsabilidades colectivas pueden ser depositadas en la sociedad?

Por supuesto, esta es una pregunta que no se responde en blanco y negro. Seguramente serán muchas las instancias de colaboración entre ambos mundos. Pero la pregunta normativa vale igual. En ese sentido, lo primero que observamos es una tendencia casi automática de invocar la ayuda estatal, y especialmente del gobierno central. Esto debería llevarnos a repensar qué implica realmente un proceso de descentralización sin infraestructura, si ante problemas graves en regiones vamos a esperar tanto los recursos como las decisiones de Santiago. ¿Cambiará el panorama cuando tengamos intendentes electos? Dudoso. El “Soa Bachelet Haga Algo” es un meme gracioso, pero revela una premisa: todo lo que pueda hacerse lo debe hacer el Ejecutivo.

Hay buenas razones, en todo caso, para pensar que el tratamiento de una condición físicamente invalidante o el combate a los desastres naturales requieren de una acción pública protagónica. En ambos casos estamos frente a contingencias arbitrarias del destino que tienen consecuencias devastadoras para los individuos. Si gobernar es priorizar con sentido de justicia, como parece sensato sostener, entonces aquí están los deberes centrales del estado. Eso es lo que parece haber pensado el gobierno chileno al mostrarse inicialmente reacio a la idea del “Supertanker”.

Sin embargo, también hay buenas razones para ponerle fichas a la sociedad civil. La gracia de la Teletón, dicen sus defensores, está en el efecto que consigue en la dimensión comunitaria. Cuando todos ponemos el hombro, nos unimos como nación ante la adversidad. Además se ejercita mejor el músculo moral cuando la contribución es voluntaria. Probablemente las funciones de la Teletón podrían ser íntegramente costeadas vía impuestos. Alguien sugirió lo mismo respecto de los Bomberos. Pero en ese caso ya no estamos en el terreno de la solidaridad, sino de las obligaciones políticas. Lo que resulta inconsistente es pedirle todo al estado pero al mismo tiempo negarse a financiar sus capacidades.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-01-29&NewsID=365068&BodyID=0&PaginaId=15

#AMISHIJOSNO

enero 24, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 20 de enero de 2017)

Hace treinta años, en una pequeña localidad de Tennessee, USA, un grupo de padres se rebeló contra el programa de lectura obligatoria al cual estaban sometidos sus hijos en la escuela pública. Los apoderados estaban molestos porque las lecturas en cuestión contenían enseñanzas antitéticas con sus propias creencias religiosas. Entre otras cosas, el programa tenía por objeto desarrollar en los niños una serie de valores que podrían ser calificados como humanistas o seculares. Uno de los pasajes, por ejemplo, describía a un hombre realizando labores domésticas en la cocina, cuestión que fue resistida por aquellos grupos que preferían una instrucción tradicional sobre los roles correspondientes a cada género. Otro punto controvertido del programa enseñaba a los niños que existían diversas maneras de profesar la religiosidad, y que todas eran igualmente válidas. Para los fundamentalistas, esto constituía una abierta violación a su credo. Cuento corto: los padres demandaron a la escuela y solicitaron diversas estrategias de acomodación. Casi todas fueron rechazadas.

El caso, más conocido como Mozert v. Hawkins, es un buen pie forzado para analizar el revuelo que ha causado en ciertas familias conservadoras de Chile y Latinoamérica la supuesta medida de incluir polémicas perspectivas de género en la educación pública –esto a propósito de la ley de identidad de género que se tramita en el Congreso, cuyos alcances superan con creces la dimensión educativa. Bajo el lema #AMisHijosNo, miles de padres se han organizado para oponerse a que sus hijos sean “adoctrinados” en una “ideología” que, estiman, atenta contra sus principios judeo-cristianos. Esta columna no ofrece necesariamente un argumento a favor de la enseñanza específica de un cuerpo de ideas o doctrinas, sino que busca explorar la consistencia de una campaña como la descrita. La pregunta es acerca de los límites del poder político cuando se trata de la educación de nuestros hijos. Dicho sea de otra manera, de cuándo los padres están legitimados para decir #AMisHijosNo, ya sea respecto de este u otros contenidos controversiales.

A su favor, existen al menos tres vías argumentales. La primera, de origen libertario, apunta a que las relaciones de familia son estrictamente privadas. De ahí surge una robusta noción de derechos parentales. En su versión más radical, considera que los niños prácticamente pertenecen a sus padres. Más sutil es la idea de que los padres perfeccionan sus propios proyectos de vida a través de sus hijos. En ese sentido, elegir soberanamente sobre su crianza -educación incluida- es un componente fundamental de la experiencia filial. La segunda vía argumental, de tonos comunitaristas, se funda en el valor de la coherencia cultural. En este caso, entre el entorno familiar y la escuela. Es decir, no se funda sobre los derechos de los padres, sino sobre las necesidades del niño de crecer en un ambiente libre de mensajes contradictorios. El tercer argumento, que inspira a algunos liberales, es el respeto a la diversidad ética al interior de la sociedad. Según esta corriente, el poder político debe tolerar y conceder todas las acomodaciones pertinentes para honrar su compromiso con el pluralismo.

Sin embargo, ninguno de los argumentos señalados derrota a lo que podríamos denominar los fines centrales de una educación liberal en sociedades democráticas. Estos son, a grandes rasgos, el desarrollo de una capacidad de autonomía y la promoción de ciertas virtudes cívico-políticas básicas. Educar para la autonomía implica ejercitar el pensamiento crítico. Para aquello, es vital que los niños estén expuestos a distintas ideas y creencias respecto de la vida buena. Así, deben ser capaces de reflexionar sobre su propia herencia cultural. Ello no ocurre si los padres tienen el derecho de encapsular a sus hijos en un modelo educativo que tiene por objeto reproducir la lealtad tribal. Por eso no basta que aprendan a sumar y restar. Claro que es importante que las comunidades disfruten de continuidad intergeneracional, pero dichos objetivos no están por sobre el derecho de esos niños a tener, en la expresión de Joel Feinberg, un futuro abierto. En ese sentido, un liberalismo de raíz kantiana considera que los niños nunca deben medios para el desarrollo de los fines de los padres. Respecto de los propósitos cívicos, la literatura insiste en la importancia de aprovechar el espacio educativo como escuela de ciudadanía. El aprecio de la diversidad no supone un elogio a la balcanización cultural. Es justamente la circunstancia del pluralismo la que demanda mínimos políticos comunes para la convivencia. Esos mínimos se transmiten a través de currículos orientados a la formación de una conciencia de igualdad democrática.

La implicación real de la ley de identidad de género en el sistema educacional es mínima. Algunos incluso dicen que inexistente. Pero si acaso tuviera un correlato curricular o pedagógico, existen buenos argumentos para sostener que los principios que inspiran dicho proyecto están alineados con los objetivos de una educación liberal, tanto en su dimensión facilitadora de la autonomía como en su dimensión de ciudadanía. Nuestros niños tienen el derecho de conocer la realidad del mundo, incluidos los complejos debates científicos y normativos sobre el género. Tienen también el deber político -como futuros ciudadanos- de ser socializados en el respeto a la diferencia y la dignidad humana. En conclusión, cuando los objetivos centrales de la educación están en juego, ningún liberal debiese decir #AMisHijosNo.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2017/01/19/135740/amishijosno

POPULISMO, UNA ACTUALIZACIÓN

enero 22, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 21 de enero de 2017)

En el último tiempo se ha hablado tanto de populismo que el concepto ha perdido claridad. En el debate público se han hecho comunes las cruzadas acusaciones de populismo, usualmente en forma peyorativa. Ayer, sin embargo, en su discurso de inauguración, el 45° presidente de EEUU Donald Trump entregó varias pistas interesantes para identificar la frecuencia populista de la que tanto se habla.

En primer lugar, pareciera que los populismos comparten la tendencia de representar el presente en términos nefastos. Trump incluso ocupó la palabra “carnicería” para referirse al despojo que padecían sus compatriotas. De ahí su insistencia en la necesidad de “reconstruir”: para hacerlo, algo tiene que estar destruido. Por supuesto, el populista de manual pinta el futuro de colores. Trump profetizó que les esperaba un “destino glorioso”. En ese sentido, su mesianismo no conoce límites.

En segundo lugar, tal como lo hicieron los fascismos del siglo XX, el populista moderno entiende la importancia de identificar con claridad al enemigo. Para Trump, son los políticos. Un clásico. En su discurso ni siquiera le pidió ayuda al parlamento. Para qué. El populista construye un vínculo místico y emocional con el pueblo como entidad orgánica. Las instituciones representativas, en esa narrativa, sobran. Hay línea directa con el líder.

En tercer lugar, pareciera existir cierta relación entre populismo y nacionalismo. Todos tenemos derecho a un grado de patriotismo. Pero pocas veces se había escuchado en esa tribuna un discurso que exacerbara ese sentimiento de manera tan básica. Por una parte, Trump articula correctamente los preceptos del realismo como doctrina política. Lo único que importa, insistió majaderamente, es el interés nacional. No los derechos humanos, no la justicia global, no los esfuerzos colectivos por proteger el medio ambiente. Estados Unidos, dijo, “va a empezar a ganar otra vez, a ganar como nunca antes”. Ni Hobbes lo puso tan crudamente. Por otra parte, Trump promete proteger la industria local de los avatares de la globalización y el libre mercado. Algo irónico, viniendo del candidato de derecha en una cultura que supuestamente promueve un capitalismo abierto y competitivo. Compra nacional, contrata nacional, ordenó a sus seguidores.

Trato de buscar algo positivo en esta columna sobre el ascenso de Trump. Pero me veo superado. Salvo que, legítimamente, el lector considere que la descripción de populismo que acabo de hacer no suena tan mal.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2017-01-21&NewsID=364523&BodyID=0&PaginaId=10

LAGUISTAS FUERA DEL CLÓSET

enero 15, 2017

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 15 de enero de 2017)

Ricardo Lagos Escobar es el candidato oficial del PPD. Era importante para el Laguismo que esto ocurriera. Si no te proclama el partido que fundaste, mejor dedícate a otros menesteres. Pero tampoco es la gran cosa. Es un hito en el camino que le permite a Lagos seguir en carrera, sin avanzar muchos espacios. El apoyo del PPD no inclina ninguna balanza. De hecho, la noticia es que varios de sus diputados ya están respaldando públicamente la opción de Guillier. Los partidos de la Nueva Mayoría han optado por desdramatizar estos trasvasijes y apoyos cruzados. No les queda otra: el asunto ya escapó de sus manos.

En su repertorio de apoyos, es probable que Lagos coleccione a las figuras más notables de la cultura concertacionista. Tiene equipos políticos y técnicos en acción. Se insiste en que el ex presidente hace esfuerzos en poner temas sobre la mesa. Pero nada de eso está sirviendo contra el efecto dominó que está generando Guillier, a quien no se le conoce un entorno intelectual robusto. Sin embargo, esta aparente carencia podría ser incluso un activo en los tiempos que corren. A mucha gente no sólo le da lo mismo cuántos académicos aparezcan en la foto, sino que le molesta que se la muestren. A fin de cuentas, se piensa, esos expertos no saben leer el verdadero Chile. Por lo anterior es improbable que Lagos revierta su precaria condición en las encuestas apelando a importancia de discutir los grandes temas o reclutando mentes destacadas en su comando. El problema estructural está en lo que su candidatura representa, justa o injustamente.

Guillier, en este escenario, juega con viento a favor. Es como la Michelle del 2005: cuando se habían agotado las esperanzas de parir algo fresco, aparece para darle sentido a la continuidad. También toma las banderas reformistas que dieron origen a la Nueva Mayoría. Es decir, el diagnóstico de su lote es que en este gobierno falló el capital personal de la presidenta, no la dimensión programática. Se cree así que las reformas pueden ser recicladas y revendidas en la cara amable de una figura descontaminada de los avatares políticos. De paso, una figura que les ayude a conservar el aparato del estado. Si yo fuera operador político del oficialismo, estaría abrazado a Guillier. Por lo mismo, puedo imaginar el sufrimiento del PPD en estos momentos, cuando declarar amor por Lagos es casi un acto de obtusa valentía hipster.

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