EL OTRO OTRO MODELO

septiembre 5, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 30 de agosto de 2019)

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Cuenta la leyenda que en una reunión de gabinete, la entonces primer ministra británica Margaret Thatcher sacó de su cartera un ejemplar de “La Constitución de la Libertad” del filósofo y economista austríaco Friedrich Hayek, lo tiró en la mesa y sentenció “en esto creemos”. En el improbable caso que un liberal de centro llegara a La Moneda en las próximas elecciones presidenciales, pondría sobre la mesa el nuevo libro de Andrés Velasco y Daniel Brieba, “Liberalismo en Tiempos de Cólera” (Debate, 2019). Aunque no es un recetario de políticas públicas para gobernar, su mérito es proveer de coordenadas doctrinarias relativamente claras respecto de la dirección ideológica y el estilo que debiese adoptar esa tribu política, tan venida a menos en Chile y en el mundo. No será, como los autores lo reconocen, material de referencia para todas las ramas que salen del gran tronco liberal. Aunque se advierte el respeto intelectual hacia figuras como Adam Smith y el propio Hayek, ni Velasco ni Brieba se consideran liberales “clásicos”. El suyo es un ladrillo liberal “igualitario”, en la progresista tradición que anticipa John Stuart Mill y consolida John Rawls.

Más aun, dentro del liberalismo igualitario, Velasco y Brieba precisan que su idea política medular está contenida en la filosofía de igualdad democrática o relacional de Elizabeth Anderson, con guiños a Martha Nussbaum y Amartya Sen. A diferencia de los liberales igualitarios canónicos, que se centran en la importancia de la redistribución de los recursos económicos, la concepción de igualdad democrática apunta a generar relaciones sociales igualitarias -donde no hay dominación y cada ciudadano vive una vida relativamente autónoma- que son independientes de la igualdad material estricta. Desde este lugar montan una robusta crítica al proyecto intelectual que los autores identifican con Fernando Atria y en general con la orientación normativa del Frente Amplio, que también han asumido los sectores autoflagelantes de la vieja Concertación. En uno de los capítulos más importantes del libro, Velasco y Brieba proponen una concepción alternativa de derechos sociales que admite ciertas desigualdades en su provisión en la medida que se cumplan ciertos estándares. Agregan, sin embargo, una condición crucial: que esas desigualdades operen en favor de todos, y no solo de algunos. De otra manera carecerían de legitimidad, que es, a fin de cuentas, el objetivo final de cualquier proyecto político liberal: que las normas coercitivas que se imponen en una sociedad sean justificables para todos.

En una frase, Velasco y Brieba son promotores de un liberalismo win-win, esto es, un liberalismo cuyo atractivo normativo reside en su promesa de que todos estaremos mejor, en parte, precisamente, porque se permiten ciertas desigualdades. Este no es el liberalismo utilitarista a-la-Friedman: no basta que, en promedio, la sociedad esté mejor. Tampoco es el liberalismo de suma cero de los llamados “igualitaristas de la suerte” (luck egalitarians) ni mucho menos el libertarianismo Lockeano de los derechos pre-políticos de propiedad que es indiferente al resultado de la distribución. El liberalismo del win-win, que discurre de Smith a Rawls, exige que, si vamos a aceptar la desigualdad, sea beneficiosa para todos.

En este contexto, no sorprende que los autores evalúen positivamente el legado de la Concertación en Chile, y de la llamada Tercera Vía en el mundo. Bajo Ricardo Lagos, por ejemplo, nuestro país efectivamente creció con igualdad. Si de la obra del primer Rawls se dijo que era una especie de justificación ex post del estado de bienestar, el libro de Velasco y Brieba es testimonio de las virtudes de los gobiernos de la Concertación. No sólo de sus reformas políticas, económicas y sociales, sino también de su talante gradualista y moderado, que sería equivalente a una actitud liberal, cauta frente a los cambios radicales y escéptica de las revelaciones proféticas. En esta dimensión del liberalismo, barren para adentro hasta con Aylwin.

En todo caso, el adversario declarado del libro no es el socialismo Atriano ni el Chicago-Gremialismo -como le llaman- que tanto ha influido en la derecha. Es el fenómeno populista, que Velasco y Brieba resumen como el discurso que niega tanto la complejidad de los problemas públicos como el legítimo pluralismo de ideas a la hora de enfrentarlos. La batalla del futuro, anticipan, será entre populismo y democracia liberal. Aunque la vía que proponen es específicamente liberal igualitaria en su registro doctrinario, los autores entienden que en esta batalla tendrán que hacer causa común con otras tradiciones que comparten nociones básicas con el liberalismo -como la idea de constitucionalismo liberal que aceptan conservadores, socialdemócratas y socialcristianos, y la misma idea de un talante o actitud liberal en el arte del gobernar. Aunque no acusan directamente ni a la derecha ni a la izquierda chilena de populistas, identifican brotes problemáticos en ambos extremos.

Aquí, finalmente, se advierte una paradoja: por un lado, el liberalismo es escéptico frente a las autoproclamadas autoridades epistémicas que diseñan instituciones y políticas públicas top-down. Pero, al mismo tiempo, el rechazo al saber experto y la tecnocracia son marcas registradas del populismo. Nadie puede acusar a Velasco y Brieba de despreciar la evidencia científica y de glorificar el mero sentido común. Falta en ese sentido una explicación más contundente de las áreas que someteremos a control democrático y de aquellas que le serán sustraídas en función de la calidad de los resultados, especialmente si queremos trazar una línea divisoria entre populismo y liberalismo.

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BALAS DE PLATA

agosto 27, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 16 de agosto de 2019)

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En política no existen las balas de plata. Es decir, no existen propuestas o medidas que cumplan todos los objetivos socialmente deseables. Algunas serán buenas en un sentido pero malas en otro sentido, mientras que las que son malas en el primer sentido pueden ser buenas en el segundo. Los actores políticos, sin embargo, intentan persuadir a la ciudadanía de que sus propuestas y medidas son buenas en todos los niveles posibles. Eso es, usualmente, falso.

Algo parecido está ocurriendo en la discusión sobre la jornada laboral. Derecha e izquierda postulan sus proyectos como si fuesen capaces de conjugar las evidentes tensiones que los atraviesan. Si bien la flexibilización de la jornada -como propone el Gobierno- es positiva para muchas ocupaciones, es innegable que para otras genera los clásicos problemas asociados a la asimetría de poder negociador entre empleador y empleado. Si bien la reducción de la jornada -como propone la oposición- es positiva para que los trabajadores puedan disfrutar, entre otras cosas, de más tiempo libre con sus familias, perfectamente podría significar un costo para muchas empresas -grandes y chicas- y eventualmente un sacrificio de la productividad. En resumen, ambos proyectos permiten proyectar beneficios pero también tienen sus puntos ciegos.

Lo políticamente honesto es reconocer esos puntos ciegos y justificar normativamente por qué hay que bancárselos. Es decir, construir un argumento que no mienta ni oculte los eventuales costos, sino que los asuma en nombre de los valores superiores que encarnan los beneficios proyectados. Por ejemplo, el Gobierno podría reconocer que flexibilizar la jornada laboral podría generar escenarios de precarización pero que, en el agregado, es la dirección obligada que debe tomar una economía que busca revitalizarse. Del mismo modo, la bancada transversal por las 40 horas podría transparentar que tiene escaso control sobre la reacción del mundo empresarial y que más de alguno podría quedarse sin trabajo.

Esto no significa que los dos proyectos sean igual de buenos o igual de malos. Significa que la decisión final que tomemos depende de una evaluación sobre el tipo de sociedad que queremos. Esa evaluación, en último término, es principalmente ideológica y no meramente técnica. No tiene ningún sentido acusar al adversario político de defender un proyecto ideológico -como se han acusado ambos bando en forma cruzada- si la razón final por la cual se promueven dichos proyectos es legítimamente ideológica, es decir, representa una manera de comprender el mundo que asigna mayor importancia a unos valores que a otros. Todos quieren libertad, justicia, igualdad, paz, solidaridad, etcétera. Todas las ideologías, en este sentido no-marxista del término, se constituyen a partir de estos ingredientes, pero cada fórmula ideológica tiene una receta distinta. En algunos casos será más importante la libertad, en otros casos la igualdad, en otros tantos la paz social, y así sucesivamente.

El caso de la reforma a la jornada laboral no es, en el fondo, distinto. El gobierno tiene una convicción ideológica respecto de la importancia de reactivar la economía dándole mayor libertad a los empleadores, en la esperanza que dicha reactivación sea beneficiosa para todos en el agregado. Es la misma convicción que trasunta su reforma tributaria. Esa no es una posición puramente técnica, en el sentido que no descansa sobre la constatación empírica de la efectividad de la política del chorreo. Por supuesto que la derecha cree que el chorreo funciona, pero aunque no funcionara todo lo bien que cree, la convicción ideológica sobre la importancia de la libertad económica no se ve alterada. La oposición, por su parte, tiene la convicción ideológica de que no todo es trabajo en la vida, en la esperanza que trabajadores más plenos en otras áreas de su vida sean también más productivos en el lugar de trabajo. Tampoco es una posición estrictamente técnica. Si bien hay correlaciones entre salud mental y productividad laboral, es posible que en Chile no aumente un ápice la productividad sino todo lo contrario. Pero tampoco sería el fin del mundo, desde esta perspectiva ideológica. Hay cosas más importantes que el crecimiento, sentenció la ex presidenta Bachelet, haciendo frente a las críticas por los magros números de su gestión económica. Lo dijo cuando se rechazó el proyecto minero Dominga. La ocasión fue propicia. Bachelet construía así una coartada plausible para explicar el bajo crecimiento de su segundo gobierno: hay cosas más importantes, entre ellas la protección medioambiental. Esa decisión, entre crecimiento económico y protección medioambiental, por mencionar solo un ejemplo, es finalmente una evaluación política que se toma desde un marco ideológico determinado.

Por eso es tan importante que los actores políticos no esquiven ni omitan evidencia o datos empíricos, para que los ciudadanos podamos desentrañar y evaluar las verdades razones que motivan sus propuestas. Estas razones no son ideológicamente neutras ni de mero sentido común, como algunos pretenden. Están ligadas a una cierta prelación de valores. Eso es completamente normal en sociedades pluralistas, donde las personas tienen legítimas discrepancias sobre lo que constituye una vida buena. Lo que no es normal es encontrar balas de plata que resuelvan todos los problemas y se conecten con todas las aspiraciones normativas del espectro político.

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LA CASA DE LOS ESPÍRITUS

agosto 8, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 2 de agosto de 2019)

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La gobernación provincial de Antofagasta acaba de facilitar una propiedad fiscal al “centro de sanación espiritual Luz y Progreso” que, según la declaración de la propia autoridad, trata a los enfermos con la ayuda de “médicos que han fallecido y que siguen trabajando en esta tierra, pero desde otra dimensión”. El comunicado detalla que estas almas (¿en pena?) tendrían “diferentes especializaciones”, las que se harían efectivas a través de la acción de una médium.

Naturalmente, la noticia despertó la indignación de las sensibilidades más racionalistas y las comunidades científicas. El senador por la zona, Alejandro, Guillier pidió incluso un informe del ministro de Bienes Nacionales, comparando las actividades del centro en comento con el tierraplanismo y el movimiento antivacunas. El gobierno provincial, por su parte, se defendió argumentando que la casa en comento estaba infestada de drogadictos y okupas. Desde ese punto de vista, la asignación sin duda mejora la situación actual. Sin embargo, se supo que había otras instituciones -como la Cruz Roja- que también habían postulado -sin éxito- a terrenos fiscales para desarrollar su labor social. La diputada RN Paulina Núñez avaló las actividades del grupo -aparentemente cristiano- Luz y Progreso, por su larga trayectoria sirviendo a la población local a través de actividades de extensión social y cultural. Pero esa no fue la razón por la cual se les asignó el inmueble, según el propio documento oficial. La discusión está circunscrita a sus métodos controversiales de sanación vía participación sobrenatural.

A primera vista, este es un clásico caso donde falla la separación entre estado e iglesia. Al aceptar la validez de las prácticas de este centro de sanación espiritual, el estado chileno estaría reconociendo la veracidad de un postulado metafísico de textura religiosa: que los muertos siguen participando de alguna manera en los asuntos terrenales. No obstante, tal como lo sugiere Guillier, estos rituales de sanación espiritual se parecen al tierraplanismo y al antivacunismo. Pero estos últimos no son fenómenos religiosos sino bastante seculares. Lo que los hace problemáticos desde el punto de vista político no es su carácter religioso o secular, sino ciertas deficiencias epistémicas: no cuentan con evidencia a su favor, no siguen el método científico, no son creencias justificadas ante estándares de razonamiento compartido, no funcionan, etcétera.En Estados Unidos, por ejemplo, los creacionistas que desafían la teoría de Darwin han intentado varias veces hacerse un espacio en los textos escolares y las clases de biología. Las cortes han fallado que, en la medida que se propone una hipótesis sobrenatural para explicar la biodiversidad, el creacionismo es religión y por tanto debe quedar fuera del currículo. Sin embargo, esta lógica parece igual de equivocada: la razón por la cual el creacionismo queda fuera del currículo no es porque invoque agencia sobrenatural sino porque es mala ciencia.

Piense en el caso de la homeopatía. En Reino Unido y Francia se ha debatido intensamente si acaso los servicios públicos de salud deben costear tratamientos y medicinas homeopáticas. Mucha gente piensa que no. Y sus razones no tienen ninguna relación con la religión, sino con que se trata de una pseudo-ciencia igual de desacreditada que la quiromancia, la numerología, la iridología o las teorías agrícolas de Lysenko en la Unión Soviética. Lo que se advierte es que sólo la ciencia occidental establecida y convencional basta como estándar justificatorio para el desembolso de recursos fiscales y como base para las políticas públicas. Ninguna medicina alternativa, por ejemplo, cumpliría esas condiciones. Los ciudadanos conservan el derecho de recurrir a ellas, pero no pueden esperar ayuda del gobierno para acceder a ellas.

Piense ahora en el siguiente ejemplo. Tenemos tres alternativas y debemos escoger una para el currículum escolar obligatorio: dos horas de educación física, dos horas de Yoga, o dos horas de plegarias. A mucha gente le parece obvio que debemos optar por lo primero. El Yoga todavía suena demasiado oriental, místico, esotérico. Sin embargo, si se hacen explícitos sus objetivos beneficios físicos y mentales, quizás estén dispuestos a reevaluar su decisión. La razón por la cual no escogerán las plegarias no tiene que ver con su carácter religioso, sino con que no son efectivas como práctica gimnástica o deportiva. Es decir, la decisión dependerá de cuál de las alternativas parece ser más efectiva para los propósitos específicos. Lo mismo ocurre con la ciencia: damos por sentada su primacía justificatoria porque casi siempre funciona.

Pero esto no resuelve el problema que se genera en sociedades pluralistas donde coexisten grupos de personas que tienen distintas ideas de lo que funciona para ellos. Esta discusión se vincula con el tipo de reconocimiento que deben (o no deben) tener los placebos y se extiende hacia las distintas nociones de efectividad que caben en medio de la diversidad cultural y cognitiva contemporánea. No basta, por tanto, decir que la casa de los espíritus de Antofagasta es una afrenta contra la ciencia. Hay que explicar por qué la ciencia goza de un lugar preferencial en la estructura de justificación en democracias donde hay gente que cree en métodos alternativos. Esa tarea, al menos desde la filosofía política, está incompleta, y se hace cada vez más urgente en un mundo donde las grandes autoridades epistémicas se han debilitado y las personas reivindican su derecho a conducirse de acuerdo con teorías que desafían el consenso científico.

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NEYMAR EMOCIONAL

julio 26, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 19 de Julio de 2019)

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“La víctima es el héroe de nuestro tiempo”, escribe el filósofo italiano Daniele Giglioli en su último ensayo Crítica de la víctima (Herder, 2017). Evidentemente, no es un ataque contra las víctimas reales de abusos o injusticias. Lo que Giglioni observa es que “hacerse” la víctima tiene una serie de beneficios, pues se presume automáticamente que la víctima es buena e inocente. Es decir, inmuniza ante la crítica y genera una especie de derecho al reconocimiento moral de la comunidad. Por eso, insinúa, las redes sociales están repletas de acusadores: una vez identificado el victimario, uno queda libre de toda sospecha. Es perfectamente racional, entonces, que exageremos todos los agravios. Hasta la falta más mínima se presenta como el peor de los pecados. Ya lo había notado John Locke: la razón por la cual se hace necesario un tercero imparcial para juzgar nuestras disputas es porque somos especialmente severos y desproporcionados con aquellos que nos hacen un mal, pero rara vez consideramos igual de graves los males que nosotros cometemos.

Un amigo lo definió como el síndrome del Neymar emocional. Más allá de su habilidad superlativa, el crack brasileño se hizo famoso en el último mundial por exagerar a destajo las faltas en su contra. Todavía circula el gif de Neymar rodando hasta el infinito. Algo parecido ocurre en el debate actual: ante un pequeño empellón, nos tiramos al suelo bramando de dolor y exigiendo tarjeta para el agresor. Sabemos lo feo que se pone el fútbol cuando los jugadores caen en esa práctica. El debate público no es la excepción: se pone horrible. Cuando la batalla de los argumentos se pone cuesta arriba, muchos esperan la oportunidad de agrandar una falta que les permita vestirse de víctimas y con ello inhabilitar moralmente al contradictor. El senador Jaime Quintana, por ejemplo, se pasó tres pueblos acusando al presidente Piñera de articular un “discurso de odio” por sugerir obstruccionismo por parte de la oposición. La diputada Andrea Parra acusó de misógino a su colega René Manuel García por una expresión que no tuvo la connotación sexual que prácticamente todos los medios le dieron. Valga la aclaración: el diputado García está lejos de ser santo de mi devoción, pero me parece injusto que no nos hayamos dado el trabajo de analizar de buena fe lo que quiso decir en esa ocasión (en corto, que no se le “caerían los pantalones” como quien no se deja amilanar). Para qué: una vez identificado el victimario, lo imperioso era sumarse a la camotera de las víctimas, aunque sean presuntas. Si andamos por la vida con las antorchas prendidas, siempre encontraremos a quien quemar.

Si el síndrome del Neymar emocional es común en política, lo es más aun en las universidades. En The Coddling of the American Mind, Greg Lukianoff y Jonathan Haidt sacan una extraordinaria foto del momento crítico de la educación superior en Estados Unidos. Muchas de sus observaciones se aplican también a Chile. Son tres los grandes problemas, según los autores. Primero, muchos estudiantes piensan que la universidad debe ser un “espacio seguro”, donde no se vean expuestos a ideas desafiantes o controvertidas que puedan causarles algún cuadro de ansiedad. El fenómeno de vetar invitados en los campus no es nuevo. Lo nuevo es justificar la censura en nombre de la salud mental. Sin embargo, advierten Lukianoff y Haidt, la universidad es el gimnasio intelectual ideal para aprender a enfrentar, en pequeñas dosis como las vacunas, los inquietantes fenómenos políticos que los estudiantes encontrarán fuera de sus burbujas.

En segundo lugar, muchos estudiantes se han malacostumbrado a obedecer a sus emociones, sin necesidad de pasarlas por un filtro de racionalidad crítica. Importa poco si un profesor o un compañero tuvo la intención de causar un daño o si acaso existe mérito objetivo para declararlo. Lo que importa es si acaso los estudiantes se “sienten” ofendidos o vulnerados. Es decir, todo depende de la percepción subjetiva del daño. El problema es que muchas veces nuestras emociones juzgan demasiado rápido y, de cuando en cuando, se equivocan. Sin espacio para generar esa reflexión, el umbral para la victimización es muy bajo. Un ejemplo es lo que ocurrió hace algunos meses con el candidato gremialista a la FEUC. Descontando la arista política del caso, lo más probable es que el centenar de estudiantes que abandonaron el Aula Magna abrazadas y entre lágrimas hayan experimentado una sincera sensación de angustia y vulnerabilidad. Fueron un solo cuerpo representándose como víctima. Lo único que faltó fue una evaluación racional del escenario, tomando en cuenta que se trataba de una acusación anónima en redes sociales, sin indicios serios de su culpabilidad. Las dirigentes sostuvieron incluso que no se sentían seguras a su lado en la tarima, como si el joven en comento fuera un monstruo incapaz de contenerse. Una suposición escasamente racional.

Finalmente, agregan Lukianoff y Haidt, el tercer problema es la reconfortante pero distorsionada idea de que el mundo se divide entre los buenos (nosotros) y los malos (ellos). Bajo ese marco, víctimas y victimarios están predeterminados. Ni siquiera es necesario juzgar caso a caso. Lo que hace falta, sugieren, es aplicar el principio de caridad, es decir, hacer el esfuerzo ético e intelectual por interpretar lo que la otra persona hace o dice en la mejor de sus versiones, tomando en cuenta su contexto y considerando la posibilidad de que no actúa motivado por el egoísmo mezquino o es malo del alma. A fin de cuentas, todos hemos sido malinterpretados o sacados de contexto alguna vez. Por el contrario, si no le damos el beneficio de la duda a nuestros pares, la sentencia condenatoria ya viene escrita. En ella, nosotros siempre somos las víctimas, rodando eternamente por el pasto como Neymar, pidiendo tarjeta para el rival, aunque apenas nos hayan rozado.

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UN OSCAR PARA CHILE

julio 10, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 5 de Julio de 2019)

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Las encuestas son consistentes: hoy en día, no hay liderazgos presidenciales competitivos dentro del mundo de la ex Nueva Mayoría. En preferencias espontáneas lideran los nombres de Beatriz Sánchez, Joaquín Lavín y José Antonio Kast. Más atrás, es cierto, aparece la incombustible Michelle Bachelet, el todavía senador Alejandro Guillier y el alcalde de Recoleta Daniel Jadue. Pero Bachelet ha dicho que no correrá nuevamente, y su promesa parece sincera. A diferencia de su gloriosa primera salida, esta vez quedó duramente golpeada en lo personal y en lo político. Tiene todas las de perder en un enfrentamiento con una derecha ordenada tras un candidato al alza como Lavín. Por su parte, Guillier representa el extraño caso del excandidato que queda lejísimos de la pole position después de haber llegado segundo en un balotaje. Lavín quedó bien aspectado después de su derrota con Lagos en 2000, lo mismo que Piñera tras perder con Bachelet en 2005. En ese sentido, Guillier se parece más al Frei de 2009, un candidato desechable e ideal para perder una elección que se perdería de todos modos. Jadue podría ser un buen candidato para la izquierda, pero no lo es para la vieja gran familia concertacionista. No es necesario ser anticomunista para que el discurso de Jadue parezca radical y dogmático. Su porcentaje de rechazo le pone techo, lo que suele ser problemático para ganar una presidencial, bajo la premisa que éstas se disputan en el centro político, entre los moderados, en el voto blando. En resumen, la derecha tiene toda la cara de quedarse en el poder. Esto con relativa independencia de que el presidente Piñera no termine con buenos números de aprobación. Frei Ruiz-Tagle terminó su mandato con 28% a su favor y aun así le entregó la banda a Ricardo Lagos. Bachelet cerró su primer gobierno con cifras tropicales de aprobación y no fue capaz de dejar un sucesor de su coalición en La Moneda. Los candidatos importan. Por ahora, los mejores están en la órbita de Chile Vamos.

La crisis de liderazgos presidenciales en la centroizquierda chilena coincide con la crisis ideológica y electoral del proyecto socialdemócrata en el mundo. Es discutible si acaso la Concertación fue genuinamente socialdemócrata. En la esquina autoflagelante, muchos creen que se limitó a administrar el modelo neoliberal heredado de la dictadura. Sin embargo, al menos en lo que respecta al otrora sector progresista de la coalición más exitosa de la historia de Chile (es decir, descontando a la DC), es justo decir que navegaron a tono con los tiempos de la renovación socialista, primero, y de la Tercera Vía, más tarde. Son esos proyectos, reformistas antes que revolucionarios y responsables antes que demagógicos, los que entraron en crisis, asediados por populismos en ambos extremos. Chile no es la excepción.

En este contexto, es especialmente interesante la irrupción de la opción presidencial del economista socialista Oscar Landerretche. Partamos por lo obvio: Landerretche no concita la adhesión de las masas, no recorre matinales y su porcentaje de conocimiento fuera de la elite debe ser bajísimo. Sin embargo, es capaz de motivar una reflexión ideológica y generacional muy necesaria. Landerretche pertenece a un mundo que vio como sus padres recuperaron la democracia y luego se sentó en la segunda fila de la transición. A diferencia de sus hermanos chicos del Frente Amplio, la generación concertacionista de Landerretche aprendió a respetar -demasiado- a sus mayores. Cuando el único de los suyos se atrevió, fue tratado de “Marquitos”. Muchos son viudos de Lagos, y hace rato están preguntándose si acaso les corresponde tramitar su jubilación anticipada de la vida política con apenas cincuenta años. Landerretche representa el espíritu de revancha de la Generación X, apretujada entre los Baby Boomers que se resisten a dejar el poder y los Millennials que amenazan con tomarlo sin permiso.

Pero la gracia de Landerretche no termina ahí. Por la complejidad de su pensamiento político -Landerretche tiene muchas más herramientas intelectuales que el economista estándar y muchas más variantes ideológicas que el socialista promedio-, logra conectar con distintos grupos y tradiciones. Les habla a los socialdemócratas, pero también le habla al comunitarismo que todavía reside en los alrededores de la DC, y al liberalismo igualitario que promovió la figura de Andrés Velasco y que se posiciona en el centro del espectro. Incluso, por el lado izquierdo, despierta simpatías de más de algún RD y frenteamplista razonable. Puede que esta “aventura culta”, como la llamó Alfredo Joignant, no llegue muy lejos. Pero si el panorama para el 2021 ya es difícil, quizás sea mejor perder construyendo algo que florezca eventualmente en el mediano plazo antes que seguir depositando fichas en la generación de la transición (¿Insulza?, ¿Heraldo? ¿Montes? ¿Allende?).

Mis amigos socialistas se entusiasmaron con el triunfo de Pedro Sánchez en España. Significa, dijeron, que Podemos no se comió al PSOE como se había presagiado. Les da esperanza ante el avance del Frente Amplio. Sin embargo, la victoria de Sánchez no fue fortuita. Su partido tuvo que trabajar seriamente para volver a ser una alternativa de gobierno atractiva, incluyendo importantes esfuerzos en la renovación de los elencos. No hay procesos de cambio sin sacrificios ni costos. La pregunta es si acaso un liderazgo como el de Landerretche puede contribuir a activar esos engranajes. Si lo hace, sería bueno para la centroizquierda y bueno para Chile.

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LA POLÍTICA CONTRA LA POLÍTICA

junio 27, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 21 de Junio de 2019)

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Observó bien Carlos Peña: la novedad de la segunda cuenta pública de Sebastián Piñera fue su énfasis en reformas que apuntan a modificar la institucionalidad política. La derecha, sugería el rector, suele moverse dentro de las reglas del juego, confiando que puede hacer la diferencia por la vía de la gestión. El presidente Piñera, sin embargo, le tiró los perros al poder legislativo y al poder judicial. Al primero lo amenazó con reducir la plantilla de congresistas. Al segundo le comunicó el fin de sus atribuciones en materia de nombramientos. Llamó a generar un gran acuerdo nacional para perfeccionar ciertos aspectos de nuestra democracia. Novedoso, es cierto, viniendo de un sector político que durante toda la transición insistió que las reformas políticas no estaban entre las prioridades ciudadanas ni representaban los problemas reales para la gente.

Pero, a pesar de las apariencias, Piñera usa la política para combatir la política. La idea de reducir el número de senadores y diputados no encuentra su fundamento en ninguna teoría normativa o científica muy sofisticada. Sí encuentra eco, y mucho, en la opinión pública, que suele considerar que los políticos son una manga de flojos con salarios exorbitantes e incontables prebendas. Al fijar el blanco en el supuesto exceso de congresistas, Piñera le sigue la corriente a la leyenda popular según la cual los políticos son malos. Porque son malos, justamente, es mejor tener menos que más. En vez de combatir el desprestigio de la función política profesional, el presidente lo alimenta. A los analistas les costó encontrar una razón para esta medida que no fuera sencillamente la convicción piñerista de que atacar al Congreso le puede ayudar a subir en las encuestas.

Pero hay otras hipótesis disponibles. El aumento en el número de diputados de 120 a 155 se correlaciona con la entrada en gloria y majestad del Frente Amplio al hemiciclo, que se ha opuesto a casi todas las iniciativas legislativas relevantes de La Moneda. En círculos del oficialismo se lamentan tener que lidiar con una Cámara más chúcara que las anteriores. De ahí la nostalgia por un Congreso más ordenado. Así como Pinochet se quejaba de los “señores políticos”, Piñera parece quejarse de los “jóvenes políticos”. En esta lectura, la propuesta del presidente no ataca al Congreso per se, sino al Frente Amplio, a partir de la percepción generalizada en su sector de que esta muchachada sólo contribuye a revolver el gallinero. Lo paradójico es que si bien el aumento de congresistas permitió elegir a una nutrida bancada frenteamplista, los partidos más beneficiados por el aumento de congresistas fueron precisamente los oficialistas.

Restan dos hipótesis más caritativas. La primera, sugerida por el ministro Blumel, es que los congresos más reducidos son más “eficientes” en su trabajo legislativo. Pero no hay evidencia concluyente de dicha afirmación. Los problemas del trabajo parlamentario podrían resolverse limitando el número de comisiones en las cuales cada congresista debe participar, o bien mejorando la asesoría técnica del Congreso. Por lo demás, es normal que un diputado que viene llegando se tome cierto tiempo en entender los vericuetos procedimentales y burocráticos de su labor. La elección de 2017 significó la mayor renovación del Congreso desde el retorno de la democracia, con 92 nuevas incorporaciones. Desde esta perspectiva, el problema no tiene tanto que ver con la ineficiencia de un Congreso más numeroso, sino con el hecho de que muchos congresistas están debutando. Si a La Moneda le interesa tener puros legisladores veteranos, entonces no se entiende que estén patrocinando al mismo tiempo la idea de restringir la reelección indefinida.

La segunda hipótesis caritativa, deslizada por el propio Piñera, apunta a evitar la fragmentación del sistema de partidos, en el entendido que la fragmentación redunda en un déficit de gobernabilidad. A diferencia de lo que ocurre en los sistemas mayoritarios uninominales –donde ganan las primeras mayorías-, los sistemas proporcionales por lista permiten que partidos y coaliciones minoritarias obtengan su cuota de escaños. El sistema binominal era el menos proporcional de los proporcionales. Mientras más escaños a repartir, se incentiva la formación de nuevos partidos y coaliciones. Esto representa un dolor de cabeza para los Ejecutivos obligados a negociar con distintas fuerzas políticas para llegar a acuerdos. Hasta el partido más pichiruchi puede tener la sartén por el mango.

Esta última consideración sí amerita una reflexión profunda respecto del sistema político que queremos. Hay que evitar, sin embargo, la tentación de demonizar ciertos grados razonables de fragmentación. La generación de la transición se parapetó en dos grandes coaliciones estables y Chile fue reconocido entre los politólogos por la baja volatilidad de su sistema de partidos. Pero, al mismo tiempo, cada vez más chilenos dijeron no sentirse identificados con esa oferta electoral. La aparición de nuevos contendores tanto dentro como fuera de las coaliciones tradicionales es solo el síntoma de la incapacidad que demostraron los partidos de la transición para renovarse internamente e incorporar mayor diversidad en sus cuadros dirigentes. El nuevo sistema electoral, en parte por el aumento del número de congresistas, dio cabida a algunas de esas nuevas expresiones. Achicar el Congreso es revertir el proceso hacia una menor diversidad ideológica y cultural de la representación. ¿Queremos acaso eso en un Chile cada vez más complejo?

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EL CATOLICISMO DE GUMUCIO

junio 12, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de junio de 2019)

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En la introducción de Ateos fuera del Clóset (Debate, 2014) cuento que la idea de escribir el libro nace en una tertulia navideña donde confieso mi ateísmo como quien confiesa un crimen. “Ok, pero no es algo de lo cual puedas sentirte orgulloso”, replicó el patriarca de la familia, dolido por lo que interpretaba como una traición a mi formación católica y al colegio que nos educó. En ese entonces, antes de los escándalos de abuso sexual del clero chileno, declararse ateo era una provocación, al menos en círculos conservadores o de la elite criolla. En menos de una década, la situación es la inversa. Lo tiene claro Rafael Gumucio, acostumbrado como los buenos intelectuales a nadar contra la corriente, al publicar su ensayo Por qué soy Católico en pleno 2019. Lo que antes habría resultado una perogrullada, hoy constituye una curiosa provocación.

Pero, ¿de qué se trata el catolicismo de Gumucio? ¿es acaso una defensa de esos curas indefendibles? ¿de la sabiduría sempiterna de la iglesia apostólica y romana? ¿de las premisas metafísicas de la fe? ¿de la necesidad humana de rendirse ante el misterio de la vida? De todo esto hay poco. Gumucio destaca uno o dos curas obreros y al resto los considera un lastre. De la jerarquía vaticana y su pretensión de infalibilidad epistémica, no hay siquiera un párrafo. Tampoco se molesta en articular argumentos racionales de la existencia de dios, a la usanza tomista que todavía se enseña en la Pontificia. Y sobre el misterio, Gumucio no le da muchas vueltas y prefiere rendirse ante una versión actualizada de la apuesta pragmática de Pascal: es mejor creer que no creer, porque se pierde poco y se puede ganar mucho si el cielo efectivamente existe. A Gumucio no le importa tanto que su creencia sea o no sea Verdad, con mayúscula. Mientras sirva como antídoto contra la desesperanza y placebo contra el dolor existencial, su catolicismo resulta enteramente razonable.

Pero este catolicismo esconde también una colosal enseñanza ética. Mientras los ateos a-la-Dawkins insisten que la evolución es el mayor espectáculo sobre la Tierra, los creyentes a-la-Gumucio sostiene que la vida de Jesús es la historia más grande jamás contada. Su novedad literaria tiene menos que ver con la promesa teológica de la resurrección y mucho más con su reivindicación de los perdedores del mundo. En esta revolucionaria narrativa cristiana, advierte Gumucio, “ser pobre no solo es más sabio que ser rico, sino hay que procurar también ser nadie, paria sin ciudad, exiliado, esclavo de esclavos, perderlo todo para ganar un hipotético paraíso”. Esto ya lo había observado con claridad Nietzsche, que describió al cristianismo como una moral de esclavos. Nietzsche lamenta la inversión de valores que ocurrió en el mundo antiguo. Para los primeros romanos, relata, lo moralmente bueno estaba asociado a lo noble y aristocrático, mientras lo malo estaba asociado a lo bajo, lo abyecto, lo vulgar. Los judíos, acusa Nietzsche, dieron vuelta el tablero, glorificando a los perdedores, a los últimos, a los oprimidos. No podía ser de otra forma, viniendo de un pueblo acostumbrado a la esclavitud. Por su parte, a los poderosos de siempre se les hizo más difícil llegar al reino de los cielos que a los camellos pasar por el ojo de una aguja. Irónicamente, el judío a quien condenaron a muerte logró a través de su crucifixión la victoria final de la nueva narrativa y la derrota del viejo orden de valores. Es Jesús quien nos ofrece el relato imperecedero de cómo se puede ganar, perdiéndolo todo. Jesús de Nazareth, el mismo andrajoso que se juntaba con putas, publicanos y leprosos.

El catolicismo de Gumucio es anti-winner. Es el catolicismo de los dignos perdedores. Está destinado al éxito, confiesa sin querer, porque los perdedores siempre son más que los ganadores. Su cristianismo es democrático y solidario. Se preocupa de los desvalidos y los viejitos, los únicos que todavía van a misa un domingo de Otoño. El catolicismo de Gumucio no es para machos alfa, demasiado seguros de sí mismos. Quizás, consciente o inconscientemente, porque el autor se siente macho beta en un mundo de alfas: políticos alfa, actores alfa, periodistas alfa, mujeres alfa. Pero también es el catolicismo comunitarista, ése que entiende la filiación religiosa como pertenencia a un linaje de historias familiares. Porque el catolicismo de Gumucio no es protestante: no se vive en la individualidad, sino que se vive con aquellos que son parte de la misma historia. Con los tíos y los primos, en el almuerzo dominical, a punta de ritualidades. En ese sentido, comparte la crítica de MacIntyre y Taylor al liberalismo contemporáneo, su escasa solidaridad y su metodología depredadora.

Finalmente, aunque Gumucio sigue a Harari en considerar que el liberalismo no es más que una ficción apenas más sofisticada que el cristianismo, reconoce entre ambos raíces comunes –“le tenemos el cariño que uno le tiene a sus hijos”, dijo en la presentación del libro- y les vislumbra una alianza futura, contra el discurso puritano moralizante ha pegado fuerte en la izquierda del último tiempo. Yo no veo una alianza tan obvia. Si el cristianismo es la filosofía de los perdedores, es propicia para la cultura de la queja y la victimización que vivimos. Pero mi desacuerdo central con el catolicismo de Gumucio no es político ni literario. Ser católico, bajo su definición, es hasta romántico. Mi desacuerdo es teológico. Si Jesús no hubiese resucitado, escribió Saulo de Tarso, nuestra fe sería vana. No hay gimnasia retórica capaz, aun en la pluma de uno de los mejores narradores de su generación, de alterar la cuestión central sobre la religión cristiana: si acaso dice o no dice la verdad.

Link: https://www.capital.cl/el-catolicismo-de-gumucio/

 

LA LEY ARAVENA

mayo 30, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 24 de mayo de 2019)

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Tan bien le fue a Felipe Kast en su postulación senatorial por la Araucanía que le alcanzó para arrastrar a su correligionaria de Evópoli y compañera de subpacto, la entonces desconocida Carmen Gloria Aravena. Mientras Kast fue primera mayoría en la circunscripción con un 18,8% de los votos, Aravena obtuvo apenas un 1,2% de las preferencias, menos que Germán Becker, Rojo Edwards, Gustavo Hasbún, Fuad Chahín, Eduardo Díaz o Aucán Huilcamán, por nombrar algunos que quedaron en carrera. En Evópoli, nadie apostaba por ella. Ni ella misma pensaba ser electa. Por lo mismo, no se chequearon muy celosamente sus posiciones políticas. Hubo cierta sorpresa cuando la flamante senadora confesó discrepar de la línea de su partido en algunas de las llamadas cuestiones “valóricas”. En simple, Aravena resultaba ser más conservadora que liberal. Hace algunas semanas, la senadora renunció a su partido. Se integrará, se ha dicho, al comité de senadores de RN. No sería raro que terminara fichando en esa tienda.

La renuncia de Carmen Gloria Aravena abre dos discusiones. La primera dice relación con el grado de consistencia ideológica interna que deben tener los partidos políticos. Obviamente, a ninguna directiva le gusta la idea de perder parlamentarios. Desde ese punto de vista, la noticia no es buena para Evópoli. Pero hay otra perspectiva: es mejor quedarse con aquellos que comparten el ideario colectivo. En este sentido, la senadora Aravena fue honesta en su proceso de reflexión: prefirió abandonar las filas de Evópoli antes que seguir produciendo ruido interno con cada discrepancia pública. La pregunta que debe contestar Evópoli es si acaso quiere ser un partido que represente ciertas convicciones liberales al interior de una coalición de derecha dominada por el pensamiento conservador, o bien quiere ser un partido donde todos quepan independiente de sus perfiles doctrinarios. Lo primero le pone límite al crecimiento, pero transmite una identidad más nítida. Lo segundo permite un ensanchamiento, aunque diluye su ADN ideológico. Sea cual sea la decisión estratégica, ambas tienen costos. La tentación es dilatarla para evitar pagar esos costos. Pero es mejor que sea una decisión deliberada y consciente antes que seguir ruborizándose por los exabruptos de militantes tipo Gonzalo de la Carrera, cuyas lealtades política están evidentemente con el proyecto de extrema derecha que lidera José Antonio Kast. ¿Puede haber doble militancia entre Acción Republicana y Evópoli? ¿Caben libertarios minarquistas en un partido que dice interesarse por la filosofía política liberal-igualitaria de Amartya Sen y Elizabeth Anderson? ¿Será Evópoli el partido joven que atrapa todo el flujo de las nuevas generaciones, sin importar si son humanistas laicos, católicos ultramontanos o pinochetistas nostálgicos? ¿Sabrá decir que no?

La segunda discusión es de justicia electoral. El problema no es, como algunos han sostenido, que algunos lleguen al Congreso con bajas votaciones. En los sistemas proporcionales, se vota por listas cuyos integrantes representan un cuerpo de ideas políticas y aspiraciones programáticas similares. Es decir, votar por un integrante de una determinada lista es votar por esas ideas y programas. No se vota estrictamente por las personas, como podría eventualmente hacerse en elecciones mayoritarias uninominales como la presidencial o la edilicia. Piense en el caso de Evópoli en la Araucanía. Su subpacto obtuvo 20%. Le corresponden, de acuerdo con la cifra repartidora, dos escaños. Le habrían correspondido los mismos dos escaños si Felipe Kast hubiese obtenido 10% y Carmen Gloria Aravena el 10% restante. Lo importante es cuántos votos obtiene la lista. Quienes alegan contra la elección de congresistas que obtienen por sí mismos una baja votación, no entienden la lógica del sistema o sencillamente se hacen. Si bastaba con un 10% de los votos para obtener un escaño, habría sido injusto, por así decirlo, que Evópoli perdiera el 10% remanente que obtuvo en la Araucanía. Piénselo así: Aravena no salió electa por su 1,2%, más bien, Evópoli se ganó dos escaños por el caudal de votación de su lista.

Precisamente por lo anterior, es injusto que Aravena se lleve la senaduría para la casa como si fuera nominal e intransferible. No es primera vez que un congresista renuncia al partido gracias al cual fue electo. El caso más bullado afectó justamente a RN, cuando una senadora y tres diputados abandonaron el barco para fundar una barcaza propia, Amplitud. A cualquiera le puede pasar. Por esto se hace imperativo legislar. Fórmulas hay varias. Una posibilidad es desincentivar la renuncia, al menos dentro de los primeros dos años desde la elección, creando una causal constitucional de cesación del cargo. En caso de verificarse la causal, a los partidos les gustaría poner en su reemplazo a una persona designada a dedo, tal como lo hizo RN y la UDI cada vez que Sebastián Piñera llamó a uno de sus senadores al gabinete en su primer gobierno. Pero hay formas más democráticas, como llenar la vacante con el candidato o candidata más votada del partido que no haya alcanzado a ser electa, por ejemplo.

Como fuere, lo que una “ley Aravena” tiene que evitar es que algunas personas usen a los partidos y sus listas como trampolín para después abandonarlos apenas iniciados sus períodos legislativos. Suena más grave cuando se trata de candidatos y candidatas que fueron arrastrados, pero, en principio, no cambia si renuncia un senador o diputado que lideró la votación de su lista. Si queremos fortalecer el sistema de partidos -vital para la salud de una democracia liberal- entonces tenemos que insistir en la importancia de la política como un proyecto colectivo que se organiza en torno a ideas y no a personas individualmente consideradas.

Link: https://www.capital.cl/la-ley-aravena/

LA JUSTICIA DE LA DESIGUALDAD

mayo 15, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 10 de mayo de 2019)

world day of social justice

El éxito de la democracia liberal como proyecto político depende en parte importante que la población perciba que las recompensas sociales se distribuyan de una forma que beneficie a todos. Si una porción relevante estima que los ganadores son siempre los mismos, el sistema pierde legitimidad. Ese es el principal riesgo de que las élites económicas no suelten la teta, parafraseando a un ex dirigente empresarial. Ahora bien, el club de los ricos bien podría replicar que todo lo que tienen lo han ganado justamente, y que son por tanto soberanos para hacer con esa riqueza lo que estimen conveniente. Muchos creen que de eso se trata el liberalismo: que la sociedad, a través del estado, se abstenga de meterse en los bolsillos de sus ciudadanos.

Es cierto que el liberalismo no aspira a la igualdad material de las personas. En cierto sentido, lo que hace el liberalismo es precisamente justificar ciertas desigualdades. Algunas serán justas y otra serán injustas. Las justas son, usualmente, aquellas que son producto de una competencia con relativa igualdad de oportunidades. Las injustas son las heredadas, las inmerecidas, las que son fruto de la suerte. Pero al liberalismo, históricamente, también le ha importado el resultado final de la distribución. Algunas de las figuras más importantes de la tradición liberal han manifestado su preferencia por economías libres, abiertas y descentralizadas en el entendido que esas economías son mejores para todos, y no solo para algunos.

Partamos por Adam Smith, nada menos que el padre de la economía clásica y del liberalismo económico. En la lectura de Smith, cada individuo participa en el intercambio de bienes y servicios persiguiendo su interés propio. Sin embargo, el resultado agregado de una multitud de agentes buscando su propio beneficio es el beneficio de la sociedad entera. De ahí la famosa idea de la mano invisible. Ya en la Teoría de los Sentimientos Morales, Smith sostiene que, a pesar del egoísmo y rapacidad de los ricos, orientado a su exclusiva conveniencia, “una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida, que habría tenido lugar si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitante, y así sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie”. Luego, en la Riqueza de las Naciones, Smith señala que los individuos no buscan el interés público ni están conscientes de cuánto lo promueven cuando buscan su propia ganancia. Sin embargo, en estos casos, los individuos “son conducidos, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte en su intención”.

Es decir, Smith entendía el liberalismo económico como un juego donde todos ganan. Si no fuese así, me atrevo a sostener, Smith no lo habría promovido. Si el resultado agregado de cada individuo persiguiendo su interés propio fuese que sólo unos pocos se benefician y la mayoría se empobrece, el modelo pierde parte importante de su atractivo normativo.

Doscientos años más tarde, John Rawls, el filósofo liberal más importante del siglo veinte, confiesa que preferiría una distribución perfectamente igualitaria de las recompensas sociales si acaso una distribución desigual no fuese más ventajosa para todos. Rawls entiende bien el rol que cumplen los incentivos en una economía. Tal como Smith, entiende que no es por la benevolencia del panadero, ni del cervecero ni del carnicero que tendremos nuestra cena esta noche. El bienestar de la sociedad, en especial de los menos aventajados, diría Rawls, se obtiene en cierto modo porque se les permite a las personas que traten de mejorar su propia situación socioeconómica. A su vez, la justicia de un sistema que admite la desigualdad pende del cumplimiento de la promesa Smithiana: que sea win-win y no suma cero.

Finalmente, los argumentos utilitaristas de Milton Friedman para preferir un sistema de mercado por sobre sus alternativas socialistas van en la misma dirección. La libertades económicas, piensa Friedman, son las principales responsables de la inédita prosperidad que ha experimentado casi todo el planeta en los últimos siglos. Todos estamos mejor gracias al capitalismo, en resumen. Los números probablemente le den la razón. Pero si la justicia del sistema descansa en la comprobación empírica de que todos ganan, entonces el sistema deja de ser justo cuando se comprueba que solo gana una fracción. Como todas las justificaciones de corte consecuencialista, hay que atender al resultado. Si el resultado no cumple con lo esperado, entonces podemos empezar a evaluar modelos alternativos.

En síntesis, siguiendo a teóricos liberales tan disímiles como Smith, Rawls y Friedman, la justicia de la desigualdad no sólo depende de la justicia del procedimiento sino también de que los resultados agregados sean beneficiosos para todos. La democracia liberal ha cumplido, hasta ahora, esa promesa. Los niveles de desarrollo material y los indicadores sociales son innegablemente mejores que los que teníamos antes del liberalismo económico. Pero no hay que perder de vista que se trata de una promesa continua. Apenas deja de cumplirse, o apenas la población percibe que el modelo no es win-win, su legitimidad se resquebraja. Parte del auge de los populismos contemporáneos se ha explicado precisamente a partir de esa variable: en los últimos años, los ricos se han hecho más ricos y las clases medias han visto su poder adquisitivo estancado. Ganan terreno las fórmulas autoritarias que prometen redistribuir las recompensas sociales liberándose de los amarres y contrapesos de la democracia liberal. Para que ésta subsista, entonces, no basta con que el estado no nos meta la mano en el bolsillo, como piensan algunos libertarios. Se requiere que la mano invisible actúe generando beneficio colectivo. La élite económica que no lo entienda, más temprano que tarde estará lamentando la pérdida de legitimidad del modelo.

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LOS MUCHOS DILEMAS DE LA DC

mayo 3, 2019

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de abril de 2019)

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La decisión de aprobar la idea de legislar la reforma tributaria del gobierno abre una serie de interrogantes sobre el presente y futuro de la Democracia Cristiana. El primer nivel de análisis es contingente: ¿por qué dinamitar las confianzas que se estaban construyendo en la oposición? La DC insiste que su voluntad es seguir trabajando del lado de sus ex socios de la Nueva Mayoría y con el Frente Amplio, pero los hechos parecen demostrar otra cosa. La oposición tiene un problema más grave: aunque ya no crea ni lo que reza la DC, y en consecuencia sienta genuinos deseos de mandarla al carajo, no puede prescindir de ella si no quiere convertirse en minoría parlamentaria -y si no quiere perder por goleada en las inéditas elecciones regionales que vienen.

Por supuesto, es posible que los congresistas de la DC se hayan convencido de que la reforma de Piñera le hace bien a Chile. No todo es cálculo pequeño. En casi todo el espectro ideológico hay expertos que aconsejan la integración tributaria, por ejemplo. Por otro lado, la DC acaba de ser parte de un gobierno que no pasará a la historia por promover el crecimiento ni las oportunidades de negocio. Su timonel, Fuad Chahín, anuncia el voto favorable de la falange junto a un grupo de pequeños y medianos empresarios, queriendo decir que su partido no se ha olvidado de las capas medias que solía representar. La sospecha, al interior de la DC, es que Carlos Peña tenía razón y es Piñera quien mejor interpreta los anhelos de esas capas medias que experimentan el consumo como medio de afirmación de estatus.

Esto nos lleva a un segundo nivel de análisis: ¿dónde se sentiría más cómoda la DC? Parece claro que lejos del Partido Comunista. Si en algo ha sido exitoso el actual gobierno, ha sido en sacarle brillo a las diferencias políticas que convivían en la última coalición de Michelle Bachelet. Dividir para reinar. Pero no se trata sólo del PC. La crisis de pertenencia de la DC viene gatillada por una crisis de identidad: ya no sabe qué es ni para qué sirve. La DC tiene una rica biografía. Sus fundadores eran jóvenes que se escindieron del histórico Partido Conservador, atizados por indiferencia de sus padres ante la apremiante cuestión social y seducidos por la propuesta de la Iglesia Católica para hacerse cargo desde la política. En sus años mozos, en tiempos de Frei Montalva, la DC se dio un lujo que pocos partidos pueden darse: no necesitó de aliados ni coaliciones para gobernar. En un arrebato de orgullo, pensó que gobernaría cien años. Quienes recuerdan la marcha de la Patria Joven pueden dar testimonio de la potencia épica del aquel relato.

Un par de décadas más tarde, en plena madurez, la DC se transformó en el partido eje de la coalición que recuperó la democracia y encabezó uno de los mejores períodos de nuestra historia, en términos de estabilidad política, prosperidad material y paz social. Así fue, al menos, bajo los gobiernos de Aylwin y Frei Ruiz-Tagle. El ascenso de Lagos y luego de Bachelet marcaron un cambio en la correlación de fuerzas al interior de la Concertación. La influencia relativa de la DC menguó, aparejada de un progresivo deterioro electoral y un encorvamiento generacional de su militancia. Hasta que llegamos a la Nueva Mayoría y la confesión de su nuevo rol: limitarse a “hacer matices”. Como ese individuo que se aferra a su pasado glorioso y rehúsa actualizar su propia imagen, la DC se mira al espejo y ya no le gusta lo que ve. Sus carnes están flácidas. Sus músculos han perdido vigor. Su caminar es lento.

En un arranque de amor propio, lleva candidato presidencial y lista parlamentaria propia en las últimas elecciones. Para saber realmente cuantos pares son tres moscas. El resultado es peor de lo esperado. Carolina Goic llega quinta. Obtiene apenas cuatro diputados más que los debutantes de Revolución Democrática. En toda la Región Metropolitana, saca apenas uno. En esas condiciones, ¿qué más se puede pedir que “hacer matices”? De eso se aprovecha el gobierno, que pirquinea votos haciéndoles sentir importantes. Como partido bisagra, la DC puede decidir el curso de muchos proyectos. Parada en el medio de la cancha, la DC tiene el poder de inclinar la balanza hacia uno u otro lado. No es malo, por ahora, teniendo en cuenta las otras opciones: ser comparsa en una coalición de izquierda que no representa a lo que queda de su viejo electorado moderado, o integrarse a una coalición de derecha donde la primera línea todavía la ocupan los cómplices pasivos que exiliaron a sus camaradas en dictadura.

Queda, finalmente, la pregunta ideológica: ¿qué doctrina debiera encarnar la DC en el futuro? A mediados del siglo XX, las coordenadas estaban claras: la DC irrumpía como tercera vía entre el capitalismo salvaje y el marxismo ateo, la ruta reformista entre el statu quo y la revolución. Pero las condiciones ambientales han cambiado: nuestra derecha hizo suyo el discurso de justicia social y nuestra izquierda aceptó las reglas de la democracia burguesa. Ya no tiene mucho sentido, como lo hacía Aylwin, pelear contra la modernización capitalista. Para una buena parte de la población -la mayoría, quizás-, el progreso se mide en la ampliación de la autonomía individual. La insignia religiosa que alguna vez llevó con orgullo, hoy tiene menos brillo que nunca. Leyendo el escenario, Ignacio Walker propuso cambiar de nombre a Partido Demócrata de Centro. En efecto, el mundo DC puede seguir reclamando el centro. No pasa mucho en ese descampado. Ciertamente, no será un centro puramente humanista cristiano. Otras células, liberales y laicas, pululan el mismo espacio. Todas ellas enfrentan el desafío de reanimar el centro político chileno, que en la última elección murió de inanición.

Link: https://www.capital.cl/los-muchos-dilemas-de-la-dc/