UNA TEORÍA SOBRE EL FIN DE LA TRANSICIÓN

octubre 16, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de octubre de 2018)

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Después de Conversación en la Catedral, los peruanos se preguntan cuando se jodió el Perú. Los chilenos, en cambio, con la misma frecuencia nos preguntamos cuando se acabó la transición. ¿Se acabó cuando Pinochet dejó la comandancia en Jefe en 1998? ¿Se acabo cuando el dictador fue detenido en Londres y la primera querella criminal en su contra fue admitida en suelo nacional? ¿Se acabo cuando volvió un socialista a La Moneda? ¿Se acabó con las reformas constitucionales del 2005? ¿Se acabó cuando llegó la derecha democráticamente al poder después de veinte años de Concertación? Ninguna de las anteriores. Se acabó cuando se agotó su clivaje fundacional: el democrático / autoritario.

En 1999, se publicó un influyente articulo (“¿Sobrevivirá el nuevo paisaje político chileno?”) en el cual el sociólogo Eugenio Tironi y el politólogo Felipe Agüero sostenían que el sistema de partidos chileno se había consolidado a partir de las dos opciones que entregaba el plebiscito de 1988. Al lado del NO se organizó la Concertación de Partidos por la Democracia. En torno al SÍ se constituyó una coalición con distintos nombres pero que siempre integró a RN y la UDI. A juicio de los autores, ya no era posible volver al mapa de los tres tercios que existía previo al golpe militar. El plebiscito había generado lo que bautizaron como una “fisura generativa” entre la opción por el autoritarismo y la opción por la democracia. En lugar de diluirse con el tiempo, esta fisura se había consolidado en los noventa, principalmente por el efecto del sistema electoral binominal. Por tanto, Tironi y Agüero aventuraban que el mapa de partidos chilenos seguiría ordenado de la misma forma, al menos en el mediano plazo.

Tuvieron razón. Hasta que la generación de la transición envejeció y una nueva generación que adquirió conciencia política en democracia comenzó a pensar en términos propios. El clivaje democrático / autoritario se fue debilitando en la medida que sus articuladores tuvieron que empezar a compartir la escena con sus hijos. Como parece natural, la generación de la transición se aferró a su clivaje porque que les entregaba orientaciones inequívocas respecto de quién es quién, respecto de las filiaciones y pertenencias que marcan de por vida. Al hacerlo, estiró su permanencia en la primera línea. Ninguna otra generación, sugirió hace un tiempo Enrique Correa, ha durado tanto conduciendo la nación. Marco Enríquez-Ominami fue la señal de alerta. Después del 2011, se abrieron las compuertas de la renovación política de las élites. Aparecieron los Evópolis y las Revoluciones Democráticas. Empezó a desdibujarse el paisaje de la transición.

Lo anterior tiene un correlato desde el punto de vista de la demanda electoral. Todos los chilenos se inscribieron para votar en el plebiscito. Después de eso, los adolescentes que fueron cumpliendo dieciocho se registraron a cuentagotas. El padrón comenzó su progresivo encorvamiento hasta que la inscripción automática metió a la mayoría de los chilenos sub-40 de un tirón. A nuevos partidos, nuevos votantes. No necesariamente más votantes. Se generaron trasvasijes internos: de la UDI a Evópoli, del PPD a RD. Recientes estudios sugieren que el votante joven votó fuertemente por el Frente Amplio en la última votación. Al menos en la centroizquierda, los datos afirman la hipótesis de un quiebre generacional.

Todo esto coincidió con el cambio en el sistema electoral. Nuevas reglas, nuevos incentivos. Apareció una tercera coalición que entendió el juego y sacó provecho (nada menos que veinte diputados y un senador). Otras naufragaron en el intento. Así, retrocedió el duopolio. Los politólogos se preguntarán cuál fue el factor determinante del cambio del paisaje político chileno. No será fácil determinarlo: los factores “sociológicos” (la entrada de una nueva generación a la disputa del poder) y los factores “institucionales” (la modificación del sistema electoral) se confunden en un mismo proceso. Lo que parece claro es que no hay vuelta posible al escenario de la transición. Se agotó su fisura generativa. Se fueron retirando sus elencos. Se demolieron los diques que la contenían.

La manera en que los actores políticos conmemoraron los treinta años del plebiscito es prueba de aquello. El oficialismo apostó a neutralizar el hito: en la narrativa de La Moneda, no se celebraba un resultado determinado sino el acto mismo. Es decir, los que perdieron en 1988 lograron articular un discurso en el cual parecían todos ganadores. De esa forma, quisieron privar a sus viejos rivales de seguir rentando del clivaje democrático / autoritario. Si casi todos estamos al mismo lado de la gran fisura -según una encuesta, un 70% votaría NO y apenas un 18% votaría SÍ en la actualidad- entonces ya no tiene sentido seguir dividiendo el paisaje político de ese modo. A la ex Nueva Mayoría no le gustó la banalización de la fisura del ’88. Con el triunfo cultural del NO se revelan las paradojas de la hegemonía: se pierden las nítidas coordenadas (aliados vs. adversarios) que tenía el clivaje de la transición. Por eso, también, tanta celebración complica al Frente Amplio. En ese esquema, siguen mandando los papás… y el héroe sigue siendo Lagos.

Por todo lo anterior, la transición se acabó en 2011, cuando se venció su clivaje constitutivo. Y se venció porque ya no es suficiente para determinar la pertenencia política de las nuevas generaciones en Chile.

Link: https://www.capital.cl/una-teoria-sobre-el-fin-de-la-transicion/

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LA CUARTA OLA DE POPULISMO LATINOAMERICANO

octubre 4, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 28 de septiembre de 2018)

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Tres son las olas de populismo que han recorrido Latinoamérica, según los cientistas políticos. La primera tuvo lugar a mediados del siglo pasado, con los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y Lázaro Cárdenas en México, entre otros. Promotora de la industria local y antiimperialista, se extendió hasta que los movimientos revolucionarios se tomaron la escena en los años sesenta. Después de las dictaduras que sacudieron al continente, una segunda ola de populismo se registró a comienzos de los noventa de la mano de Alberto Fujimori en Perú, Carlos Saúl Menem en Argentina y Fernando Collor de Mello en Brasil. Acusaron a las élites de llevarlas al despeñadero económico y ofrecieron recetas neoliberales. La tercera ola de populismo latinoamericano sería luego asociada al “socialismo del siglo XXI” que promovió Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, entre otros. López Obrador sería su realización tardía en tierras aztecas.

No debiera llamar la atención que la lista incluya actores políticos tanto de izquierda como de derecha. El populismo, se dice, es una ideología “delgada” que se combina con elementos ideológicos de otras tradiciones de pensamiento. Lo que tienen en común los populistas, según una de las visiones dominantes en la literatura especializada (Mudde, Rovira, Müller, Taggard), es aquel discurso que divide en forma categórica a la nación entre una élite corrupta y un pueblo virtuoso. Es, por tanto, una línea divisoria de aguas moral. Lo que esta columna plantea es que en la actualidad hay material suficiente para testear la hipótesis de una cuarta ola de populismo en la región. Ésta estaría caracterizada por la irrupción de líderes y movimientos que despliegan discursos que calzan relativamente bien con la estructura recién mencionada, y que tienen por característica común la exaltación de la pertenencia religiosa.

Vamos por parte. En Brasil, puntea las encuestas presidenciales Jair Messias Bolsonaro. No tiene el triunfo asegurado, toda vez que las fuerzas políticas restantes están dispuestas a unirse para evitar que gane en segunda vuelta -tal como le ocurrió a Marine Le Pen en las elecciones francesas de 2017. Aun así, el Donald Trump paulista es un fenómeno de popularidad. La explicación de su ascenso no se agota en su carisma personal. Bolsonaro lleva una eternidad en el parlamento. Pero se le alinearon los astros: por un lado, muchos brasileños perciben que la única de manera de ponerle coto a la corrupción y la delincuencia es a través de un hombre fuerte que ponga mano dura; por el otro, el crecimiento de la población evangélica y su decidido ingreso en la arena política. Bolsonaro es su candidato. Su posición en los llamados temas “valóricos”, tales como orientación sexual o identidad de género, coincide con la visión del conservadurismo más radical. Bolsonaro es un cruzado contra el progresismo. Su lema de campaña es “Dios por encima de todos”.

En Costa Rica, una de las democracias más desarrolladas del continente, la derecha religiosa también pisó fuerte en las elecciones presidenciales de principio de año. El cantante de música cristiana y predicador Fabricio Alvarado obtuvo mayoría relativa en primera vuelta, siendo derrotado en el balotaje por el candidato oficialista. Su sostén fue el partido Restauración Nacional, orgullosamente evangélico y promotor de una agenda ultraconservadora. Alvarado no prometió expertise técnica ni credenciales académicas. Por el contrario, se presentó como un sencillo hombre del pueblo que llevaría los valores cristianos al poder. Estuvo cerca.

En Chile, más allá de la renovada presencia evangélica en el Congreso, han sido católicos como Manuel José Ossandón y José Antonio Kast los que se han destacado por discursos con ciertos rasgos populistas. Ambos han disparado contra las élites liberales y esa casta de intelectuales aparentemente divorciada de la realidad. Al mismo tiempo, ambos creen que a Chile le falta Dios. Kast, en particular, ha puesto en marcha una retórica con elementos populistas de manual: la alusión a una mayoría silenciosa que se enfrenta a una minoría vociferante, la apelación al sentido común como una forma de simplificar debates normativamente complejos, la imagen de una libertad de expresión asediada por la tiranía de la corrección política. En este último sentido, ha destacado que su par brasileño “dice con fuerza y con valentía las cosas que cree, a diferencia de otros políticos”. Es la misma virtud que le reconocen a Kast sus partidarios: dice lo que piensa, y lo que piensa lo pensamos muchos. Ese fue justamente es eslogan del populista Heinz-Christian Strache, sucesor de Jörg Haider como líder de la ultraderecha austríaca: “Él dice lo que Viena piensa”. Las similitudes entre Kast y Bolsonaro no se detienen ahí: ambos combinan su conservadurismo moral con liberalismo económico, y ambos tienen una buena opinión de las dictaduras que respectivamente gobernaron sobre Chile y Brasil. En justicia, Bolsonaro es Kast al cuadrado.

Pero el elemento central que los une, siguiendo el marco propuesto por la literatura sobre populismo, es su tendencia a moralizar el espectro político. La izquierda, le escribió Kast a Bolsonaro recientemente, “quiere seguir imponiendo su ideología mediante la violencia y la mentira”. Es decir, no se trata de adversarios que tienen opiniones legítimamente diferentes en el contexto de una sociedad pluralista. Por el contrario, los adversarios estarían éticamente corrompidos. Por cierto, lo mismo piensan los populistas de izquierda respecto de sus adversarios a la derecha, confirmando el carácter anti-pluralista del populismo. La novedad de esta nueva ola de populismo latinoamericano, sin embargo, es que utiliza la misma estructura retórica de siempre, pero con una identidad fuertemente religiosa.

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LA TRITURADORA DE FRANCISCO

octubre 1, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 29 de septiembre de 2018)

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Antes de convertirme en el ateo comecuras que soy, fui un niño profundamente religioso. Solía oficiar de acólito en las misas del colegio. Un buen día a fines de los ochenta o principio de los noventa nos llevaron a la Parroquia El Bosque a conocer al padre Fernando Karadima. Según me recuerdan, era una especie de prueba para ver si calificábamos para auxiliarlo en sus populares misas de domingo. No quedé entre los seleccionados. Probablemente no tenía “zapatitos”, como dicen que decía Karadima para referirse a las aptitudes de un postulante. A veces pienso, de la que me salvé. Otros no tuvieron la misma suerte. Otros conocieron su lado más oscuro. Otros conocieron al déspota abusador que resultó ser el sacerdote regalón de la clase alta chilena.

Me acuerdo de todo esto en el día que el Papa Francisco lo expulsa de la Iglesia. La justicia vaticana se tomó su tiempo. Pero llegó. Me pregunto qué le impidió al pontífice argentino tomar estas medidas antes de visitar en Chile en enero de este año, cuando la mayoría de los antecedentes que tiene ahora a la vista ya estaban disponibles. Su visita fue un fracaso diplomático y pastoral, en gran parte porque los fieles chilenos vieron al jesuita del lado de los abusadores. Perdió una oportunidad Francisco. Debe estar rezando para que no sea demasiado tarde. Debe estar enfurecido con la red de protección que se tejieron entre ellos los obispos para cubrirse las espaldas.

Sus últimas acciones han sido tan inéditas como decididas. Unos tras otros van cayendo los victimarios de sotana, sus cómplices y sus encubridores. El Papa Pancho no debería detenerse aquí en su cruzada justiciera. Ya abrió la válvula. Ya salió del desengaño. La razzia tendrá que ser intensa para limpiar su Iglesia. Porque pocas instituciones han sufrido un descalabro reputacional mayor. Los otrora bastiones morales de la nación hacen agua. Primero fueron los políticos y los empresarios. Después carabineros y los curas. A todos se les acabó la fiesta. Porque la confianza cuesta un mundo construirla, y cuesta poco perderla. Francisco pasará a la historia como el valiente que se atrevió a ventilar el vertedero. Pero nada asegura que los chilenos volverán a confiar. A mí, al menos, no me quita el sueño devolverle su prestigio ni su sitial de influencia política, social o espiritual. Por mí, que la Iglesia Católica cierre por fuera.

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EL NUEVO CONSENSO

septiembre 20, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 14 de septiembre de 2018)

Tres grandes consensos gozamos a lo largo de nuestra trayectoria independiente, sugería el historiador Gonzalo Vial. El primero era de carácter doctrinario, y se habría perdido cuando liberales y conservadores decimonónicos se enfrentaron por el rol de la Iglesia en la república. El segundo era de carácter político, y habría naufragado cuando presidencialistas y parlamentaristas hicieron estallar la Guerra Civil de 1891. El tercer consenso cayó cuando la oligarquía que hasta entonces había conducido los destinos del país no supo responder a las exigencias de la cuestión social a comienzos del siglo XX. Desde entonces, insinuaba Vial, Chile se encontraba tectónicamente dividido.

Desde 1932 a 1973, sin embargo, otros consensos parecen haber surgido: la expansión del estado, la industrialización, la democracia en un sentido formal. El golpe militar volvió todo a fojas cero. Pinochet pretendió refundar la patria, pero los consensos no se obtienen a punta de pistola. El plebiscito de 1988, por el contrario, reveló una fractura tan o más profunda que las anteriores. Los cientistas políticos se refirieron entonces al clivaje “autoritarismo vs. democracia”. La transición fue, qué duda cabe, un ejercicio exitoso administrando esa fractura. Pero la llamada democracia de los acuerdos fue un plan de contingencia más que un consenso en un sentido sustantivo. Las legítimas diferencias ideológicas, como diría Mansuy, fueron quedando en silencio. Por eso es tan importante lo que está ocurriendo por estos días en la política nacional.

Después de varios intentos fallidos por sacarse la mochila afectiva de la dictadura -desde Lavín admitiendo que habría votado por el NO con la información que tiene en la actualidad hasta Piñera hablando de los “cómplices pasivos” en su anterior gobierno- finalmente empieza a aparecer en la derecha un discurso consistentemente crítico respecto del período. Aparece, como era previsible, de la mano de las nuevas generaciones, aquellas que no tenían edad para votar en el plebiscito. Fue el argumento central que ofreció Hernán Larraín Matte (43), presidente de Evópoli, al sostener la tesis de la inviabilidad política de Mauricio Rojas en el Ministerio de Cultura: las violaciones a los DDHH no deben ser sometidas a ninguna “contextualización” que busque pasar de contrabando algún tipo de justificación o relativización. El mismo Larraín había coordinado hace cinco años una declaración con marcado acento generacional, distanciándose no sólo de los horrores cometidos por los agentes del estado bajo Pinochet, sino de la tesis de la “inevitabilidad” del golpe, además de proponer a los partidos del sector que retiraran de sus declaraciones de principios las alusiones a la “gesta liberadora del 11 de septiembre” (lo que ya ocurrió en RN y se debate en la UDI).

Algo similar hace el diputado gremialista Jaime Bellolio (37), quien le pide a la derecha que no caiga en lo mismo que critica y condene sin ambages los procederes del régimen militar. Su tesis es radical en el sentido que contradice el argumento de naturaleza utilitarista que muchas veces se esgrime en la derecha para moderar su condena: no habríamos tenido el despegue económico que tuvimos sin Pinochet. Recientemente, el díscolo de la UDI ha tomado el camino Kantiano: los buenos resultados en un área particular no justifican jamás los procedimientos viciados.

Al otro lado del firmamento, la bengala más luminosa la lanzó Gabriel Boric (32). El diputado autonomista pidió a sus socios del Frente Amplio reflexionar sobre los silencios cómplices y las apologías explícitas que abundan en la izquierda respecto de los regímenes autoritarios del mismo signo ideológico. Los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela salieron a la palestra. Sus palabras fueron aplaudidas por casi todo el espectro, pero el ala más radical de su coalición le cayó encima. Pidieron, de la misma forma que lo hace la derecha con Pinochet, “contextualizar” los distintos procesos. Pero lo de Boric también es Kantiano: ningún proceso puede reivindicarse a punta de atropellos a los DDHH, y ninguna concepción de democracia económica o social puede ser tan laxa como para devaluar garantías políticas en materia de libertad de expresión y posibilidad efectiva de oposición.

Con Boric se matricularon sus colegas de Revolución Democrática, Giorgio Jackson (31), y del Partido Liberal, Vlado Mirosevic (31). Este último renunció a la presidencia de la comisión de RREE de la Cámara Baja por las críticas sistemáticas que los sectores duros del frenteamplismo le dirigen, justamente por sus posiciones universalistas en materia de DDHH. Mirosevic ha sido consistente en su discurso: ni Castro ni Pinochet. Desde el punto de vista estratégico, además, el triunvirato que conforman Boric, Jackson y Mirosevic -el autentico partido transversal del FA- entiende que es incompatible un proyecto político con vocación de mayoría que al mismo tiempo defienda lo indefendible ante el tribunal de la opinión pública. No están solos. Varios parlamentarios del bloque -especialmente sus correligionarios- se han pronunciado en el mismo registro. A primera vista, incluso, es la minoría política del frenteamplismo -MDP, Poder, Igualdad- la que se niega a reconocer los abusos de la izquierda en la región. En este sentido, sus visiones son mucho más afines a las del Partido Comunista chileno. Y emergen de una mecánica de razonamiento que comparten muchos en RN y la UDI, especialmente los más veteranos: en ambos extremos del espectro, se imponen visiones consecuencialistas que privilegian el fin (desarrollo económico en caso de la derecha, justicia social en el caso de la izquierda) por sobre los medios utilizados. 

Sin embargo, volviendo a la nomenclatura de Vial, irrumpe un nuevo consenso, que va desde Jaime Bellolio en la derecha hasta Gabriel Boric en la izquierda, en torno a la inviolabilidad de los DDHH y a la observación irrestricta de los procedimientos democráticos. Es un consenso que, finalmente, expresa una convicción transversalmente liberal: lo que se construye con atajos no goza de legitimidad.

Link: https://www.capital.cl/el-nuevo-consenso/

LA FORMA Y EL FONDO

septiembre 6, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 31 de agosto de 2018)

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Es la obsesión de muchos nuevos movimientos y partidos en formación: venderse como castos, puros y virginales, alejados de las malas prácticas y de los vicios mañosos de sus exponentes más tradicionales. La promesa es una nueva forma de hacer política, éticamente impoluta, horizontal y participativa, de puertas abiertas y fraterna camaradería. Sin cocina. Sin macuqueros. Sin lucha de egos. Sin traiciones. Sin agendas personales. A veces, incluso, sin ideología.

Pero asaltan varias preguntas. Primero, si acaso existe tal novel forma, tomando en cuenta las particularidades de la actividad política. Segundo, si es conveniente anunciar a los cuatros vientos que eres distinto a los demás, cuando aún no le has tomado el peso a las inercias del ejercicio del poder. Me inclino a responder negativamente a ambas. No existe una nueva forma de hacer política y cuando se dice no es más que un eslogan. Acá no hay salvadores ni mesías. Nadie ha descubierto la piedra filosofal. La política es la política y siempre estará cruzada por las imperecederas debilidades humanas. La ambición por el poder no un defecto de los políticos sino su condición inherente y necesaria. Nos gusta pensar que somos moralmente mejores que nuestros rivales, pero sometidos a prueba reaccionamos en forma más o menos parecida. Por lo mismo, abusar del discurso de las manos limpias es un error estratégico. A la primera que te sorprenden haciendo lo que hacen todos los demás, el reproche es doble: no solo eres corrupto, también eres farsante. En cambio, los partidos viejos, curtidos en el arte de gobernar, son prudentes a la hora de escupir al cielo. Entienden que la lucha por el poder es como jugar en el Parque Schott en pleno invierno: todos salen embarrados.

Este ha sido uno de los problemas que ha debido enfrentar el Frente Amplio. Dijeron que eran distintos. Ahora, los medios de comunicación y sus adversarios políticos festinan con sus episodios de crisis. Nada del otro mundo, pero terminan siendo amplificadas por la propia hipersensibilidad de sus dirigentes y militantes. Recientemente, el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, se quejó porque su bloque estaba “en el peligroso camino de parecerse a una fuerza más en el escenario político”. ¿Y qué se supone que son? ¿Los elfos de Lothlórien? ¿Monjes tibetanos? ¡Son justamente una fuerza más en el escenario político! La gracia del Frente Amplio es que se trata de una tercera alternativa que viene a oxigenar el petrificado paisaje coalicional chileno, que tiene una vocación declaradamente autoflagelante respecto de los años de la Concertación y que se conecta naturalmente mejor con la experiencia histórica de la generación post-Pinochet. Es decir, un marco ideológico claro -a la izquierda del espectro-, un mito originario -las movilizaciones estudiantiles del 2011- y una estética atractiva -rostros frescos como de sitcom de Netflix. Con eso basta. No hay necesidad de agregarle fanfarrias de virtuosismo moral. Ese camino conduce derechito a la frustración. Es cosa de ver lo que le ocurrió al propio movimiento social porteño que levantó la candidatura de Sharp: son los principales desencantados porque pensaron que gozarían de una alcaldía ciudadana y horizontal. Acusaron traición -échele un vistazo al libro de Rocío Venegas- cuando el Autonomismo se llevó la pelota para casa. Pero quizás los ingenuos hayan sido ellos y sencillamente no haya forma de ejercer el poder que no tenga cierta verticalidad, hermetismo y horizonte electoral.

Para qué hablar de Ciudadanos. Andrés Velasco irrumpió en política promoviendo las buenas prácticas. Si la encerrona del almuerzo millonario ya le hizo mella, el espectáculo tragicómico que está dando su partido en la elección interna es para cerrar por fuera. Aunque las sospechas de fraude recaen sobre los rivales del velasquismo -que habrían violentado las reglas electorales- el desenlace no será feliz para ninguno. Los únicos que se ríen son Guido Girardi y Francisco Vidal, íconos de las malas prácticas en el relato original. Lo que ocurrió en Ciudadanos sería grave en cualquier partido -lo fue para la DC en el llamado Carmengate que selló la candidatura presidencial de Aylwin sobre Gabriel Valdés en 1988- pero no todos los partidos nacen con un eje discursivo tan centrado en hacer una nueva política, limpia y honesta. Evópoli, por ejemplo, se concentró en un par de ideas de fondo -los niños primero, la meritocracia y la posibilidad de una derecha medianamente liberal en las llamadas materias “valóricas”- antes que jactarse de sus formas éticamente superiores a la hora de hacer política. Saben que en una de esas les toca participar de alguna cocina en el futuro. Porque cocina habrá siempre; la pregunta es cuán legitimados están los actores que participan en ella y cuanto recambio es necesario para que las elites no se estanquen. El Partido Liberal del diputado Mirosevic también ha tocado las teclas correctas, conectándose con la tradición del liberalismo decimonónico chileno, peleando por la autonomía personal en la arena legislativa y marcando el contraste con sus socios frenteamplistas respecto de la universalidad de los DDHH. No construyó su discurso sobre la base de una pretendida inmunidad frente a las tentaciones del lado oscuro de la política, que -sabemos- es un error subestimar.

En resumen, el consejo estratégico parece ir por el lado de fortalecer la identidad ideológica antes que vestirse con ropajes santurrones. Principalmente porque la política no es para santos y tarde o temprano nuestros pecadillos quedarán expuestos frente a todos aquellos que alguna vez mandamos al confesionario.

Link: https://www.capital.cl/la-forma-y-el-fondo/

CONTRA LA POLÍTICA DE LAS IDENTIDADES

agosto 24, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 17 de agosto de 2018)

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Mark Lilla es uno de los intelectuales de cabecera del mundo liberal gringo. Allá, liberal es sinónimo de centroizquierda y es la sensibilidad que representa el Partido Demócrata. Por eso, leer a Lilla es leer la autocrítica de un mundo que perdió dolorosamente a manos de Donald Trump. Es lo que hace en “The Once and Future Liberal” (2017) -recientemente publicado en castellano como “El Regreso Liberal”-, una fiera crítica a la política de las identidades como eje narrativo de la acción política, y al mismo tiempo su manifiesto para recuperar el poder.

Fue adoptar la política de las identidades, sostiene Lilla, lo que condenó a la centroizquierda. No sólo en la última elección. Es un proceso que se viene arrastrando. Los demócratas tuvieron alguna vez una visión convocante. Fue en tiempos del New Deal de Roosevelt, rememora. La siguiente gran visión-país vino con Reagan en los ochentas: una visión libertaria, individualista, winner. Desde entonces, piensa el autor, ha habido poco que apele a lo que tenemos en común, y mucho más de aquello que nos divide en identidades. La izquierda liberal construyó su discurso apelando a grupos que pedían para sí una serie de reivindicaciones justas: LGTB, mujeres, afroamericanos, nativo-americanos, inmigrantes, hispanos, etcétera. Pero, en la pasada, dejó de hablarle al resto de la nación, especialmente a aquellos sectores trabajadores que siempre fueron su sostén electoral. Eso que Trump y los populistas de manual llaman la “mayoría silenciosa”. Los liberales norteamericanos se parapetaron en las universidades y construyeron burbujas progresistas fáciles de escandalizar de sus cavernarios compatriotas. Asociado a lo anterior, descuidaron la política de verdad, esa que se gana con votos, y declararon su amor a los movimientos sociales y las ONG. No es raro que de ahí vengan sus élites dirigentes.

En la política de las identidades y el reconocimiento, piensa Lilla, no hay como ganar. Los negros se quejaron de que la mayoría de la dirigencia era blanca -lo que era cierto. Las feministas dijeron lo mismo de los hombres -también cierto. Luego las mujeres negras enjuiciaron a sus pares negros de machismo y el racismo implícito de las feministas blancas. A continuación, todas ellas fueron cuestionadas por las lesbianas por presumir la naturalidad de la familia heterosexual. Y así sucesivamente. La política de las identidades abrió nuevos frentes de conflicto: las llamadas guerras culturales y los avatares de la corrección política. Las discusiones dejaron de tratarse del mejor argumento y se transformaron en un concurso donde gana la identidad moralmente superior. De ahí que solo ciertas personas puedan hablar de ciertos temas. Ya no fue tan importante si las aseveraciones eran verdaderas o falsas, lo importante fue si son puras o impuras desde un pretendido olimpo ético. Es cosa de darse una vuelta por Twitter, donde los sumos sacerdotes del buenismo dan sus sermones.

Dice Lilla que a los liberales gringos se les metió el hábito de “tratar cada asunto como si se tratase de un derecho inviolable, sin espacio para la negociación, e inevitablemente presentando a sus oponentes como monstruos inmorales, en vez de simplemente como conciudadanos con visiones distintas”. Se les olvidó que los grandes cambios, para que sean sustentables, requieren de amplios consensos y para eso es mala idea demonizar al adversario. La política de campus se volvió religiosa, reflexiona Lilla: “implacable vigilancia del discurso, protección de oídos vírgenes, inflación de pecados veniales como si fuesen mortales, la prohibición de los predicadores de ideas impías”. Las redes sociales, por su parte, no ayudaron, pues funcionan como cámaras de eco donde principalmente escuchamos a los que piensan igual.

En su tránsito hacia la pontificación discursiva, la izquierda perdió contacto con el mundo real. En la lógica de las identidades, las fuerzas se mueven en forma centrífuga. En cambio, la política partidista que convoca y aglutina es centrípeta: habla del futuro compartido. No tiene miedo a decir a nosotros, como si en aquello se escondiera un privilegio que busca pasar por neutral. No busca tanto la expresión de la propia personalidad, sino que se orienta hacia la persuasión. Esa es la política que la centroizquierda necesita, remata Lilla. Lo otro, la política de las identidades, es la abolición de la sociedad. Es Reagan para izquierdistas.

En Chile, uno de los principales lectores de Lilla es Andrés Velasco. En un reciente artículo publicado en Project Syndicate, Velasco pide reconocer que la derecha, especialmente la reaccionaria y populista, también apela a las identidades de ciertos grupos. Su punto central es que quizás no sea posible una política que no se construya en cierta forma desde las distintas identidades, y que eso no es enteramente malo. La representación por evocación de valores abstractos tiene limitaciones. Lo que queremos, muchas veces, es que nos represente alguien que haya vivido algo parecido a lo que nosotros hemos vivido. Esa idea de representatividad por presencia, sugiere Velasco, no debe ser desechada. Aun reconociendo sus evidentes riesgos y problemas, la tesis del ex ministro de hacienda es que es posible rescatar el lado virtuoso de la política de las identidades. En el fondo, Lilla y Velasco no están en desacuerdo: ambos destacan la vitalidad social del pluralismo -y en ese sentido son antipopulistas- pero insisten en la importancia de desarrollar una conciencia cívica común -desde el liberalismo- que ponga acento en lo que nos une antes que en lo que nos separa.

Link: https://www.capital.cl/lilla-contra-la-politica-de-las-identidades/

TIERRAPLANISTAS

agosto 6, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 3 de agosto de 2018)

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Un importante periódico de la plaza le dedicó hace poco una de sus secciones al tierraplanismo, relatado en primera persona por uno de sus cultores, el arquitecto Guillermo Wood. Era importante precisar su profesión. Le da más autoridad. No es un cualquiera: debe tener alguna idea de lo que está hablando. Muchos se quejaron en las redes sociales. Les pareció que se validaba una creencia absurda, manifiestamente falsa, casi peligrosa. No vaya a ser que alguien lea el artículo y empiece a creer que la Tierra es plana. Bueno, es lo que le pasó a Wood, que abre su presentación contando que se hizo tierraplanista tras leer una noticia en ese vasto mar que es Internet.

La polémica sobre el tierraplanismo no es científica, pero sí es política. Es el caso de laboratorio (que suelen ser los más extremos) que ocupan los filósofos para preguntarse cuál es el espacio -en el contexto de una sociedad pluralista y un régimen democrático- que pueden tener las creencias, ideas y opiniones que se rebelan frente al conocimiento científico, contra los hechos establecidos, contra la verdad de como son las cosas. Es una pregunta cada vez más importante. Aunque nadie sabe con certeza qué diablos es la post-verdad, pareciera tener relación con la reivindicación de ciertos de grupos de promover visiones alternativas de la realidad. Dicho de otra manera, de llevarle la contra a la ciencia. Populistas, fundamentalistas religiosos y libertarios -aunque por distintas razones- suelen encontrarse en los pastos del negacionismo científico. El manifiesto del tierraplanista tiene de un poco de todo eso: conspirativo, apelando al sentido común, rebelándose ante la ciencia como discurso disciplinario a-la-Foucault, estructuralmente escéptico al mismo tiempo que insoportablemente dogmático.

Pero, al menos desde la perspectiva liberal, no es cosa de llegar y silenciar el negacionismo. Se supone que tenemos un compromiso con la tolerancia. Sostener creencias en ausencia de evidencia -o contra la evidencia- es un derecho. Persistir en una equivocación fáctica, ídem. Más todavía, reservarse el derecho de dudar del consenso científico. En eso estaremos más o menos de acuerdo. Los problemas empiezan cuando salen de la privacidad de la creencia individual y reclaman no solamente libertad de expresión, sino derecho a plataforma y tribuna. Por eso las redes sociales se enojaron con el medio y no con el tierraplanista. El segundo está loco, decían, pero el primero es irresponsable. Es la misma intuición que nos invade cuando vemos científicos de verdad y negacionistas discutiendo de igual a igual en los matinales: no son posiciones simétricas, pensamos, no deberían tener el mismo espacio. Pero esa es una decisión que deben tomar los medios, guiados por sus lineamientos éticos. Si entre ellos se encuentra la importancia de educar a la población y no meramente entretenerla, entonces se desprende que deben tomar partido por el conocimiento científico establecido (en cualquier caso, no pienso que La Tercera haya “avalado” el tierraplanismo: la sección en comento se llama “cosas de la vida”, que es como decir “hay de todo en la viña del Señor”. Es casi una celebración del folclore patrio). Por cierto, los medios también debiesen reflexionar sobre la posibilidad legitimar teorías que pueden poner en riesgo físico a la población. Los Tierraplanistas son jocosos por la debilidad de su evidencia pero también porque son inofensivos. No es el mismo caso de los antivacunas.

De aquí pasamos al siguiente nivel de complejidad: ¿tienen los padres el derecho de educar a sus hijos en creencias manifiestamente falsas o que contradicen las “verdades” de la ciencia? Álvaro Fischer, el gran darwinista chileno, sostuvo en una reciente entrevista que las familias tenían el derecho de educar a sus hijos en colegios creacionistas, aquellos que niegan la teoría de la evolución. Más aún, con subsidio público. Muchos liberales piensan lo mismo. Les aterra que el estado les diga qué pensar. Mejor una familia ignorante que vive libre que un estado que obligue a la ilustración. Pero ¿no estamos comprometiendo los derechos individuales del niño al presentarle una visión científicamente equivocada de la realidad? Si nos importa la igualdad de oportunidades, ¿no los estamos desaventajando negligentemente en la carrera de la vida? ¿No deberíamos asegurar un set de conocimientos básicos sobre la estructura y funcionamiento del cosmos que funcione como mínimo común democrático, como una especie de requerimiento de ciudadanía?

Finalmente, el tercer nivel de complejidad versa sobre el tipo de argumentos y razones que ofrecen los actores políticos para justificar normas y políticas públicas. La ciencia se presume epistemología pública. En su versión ideal, es un método que todos los ciudadanos razonables pueden reconocer como imparcial y válido para dirimir contiendas fácticas. Por eso se espera, al menos como un deber de civilidad, que los gobernantes, congresistas y jueces, no se aparten en sus labores públicas de la evidencia científica disponible. Que un diputado tenga preferencias esotéricas no constituye ningún problema cívico. El problema son los diputados que legislan contra la ciencia.

Como el ministro Varela, que agradece que su “mala analogía” haya introducido una conversación importante, hay que agradecerle al tierraplanista por introducir la punta de un iceberg que hay que abordar de manera más sistemática.

Link: https://www.capital.cl/tierraplanistas/

EN EL NOMBRE DE LOS POBRES

julio 23, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 20 de Julio de 2018)

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Primera escena: el entonces candidato presidencial Sebastián Piñera propone eliminar el doblaje de los dibujos animados para niños, con el objeto de que se familiaricen con el inglés desde la más temprana edad. A continuación, el diputado de RD Giorgio Jackson rechaza la propuesta por “elitista”, pues los niños pobres de Chile no tendrían a mano los recursos para entender un idioma foráneo. Segunda escena: en la pasada cuenta pública, el gobierno anuncia la extensión del metro de Santiago hacia La Pintana. Aunque prácticamente todos celebran la medida, el diputado frenteamplista Gonzalo Winter pone en el acento en la perniciosa especulación inmobiliaria que dicho proyecto alentaría. Tercera escena: el gobierno de Piñera dispone una serie de medidas para facilitar el acceso de los adultos mayores al sistema bancario, de tal forma que sigan siendo sujetos de crédito. Desde el Frente Amplio, nuevamente, dijeron que lo que parece una medida a favor de la tercera edad es solo un “mal entendido derecho a endeudarse”, añadiendo que la bancarización es finalmente un negocio para unos pocos.

¿En qué se parecen estos tres casos? En todos ellos, la derecha ha propuesto medidas que van en beneficio de los sectores populares. En todos ellos, la nueva izquierda representada por el Frente Amplio ha retrucado que dichos beneficios son solo aparentes. ¿Lo son?

En el caso de los dibujos animados en idioma original -lo que algunos medios bautizaron como el #Peppagate- la evidencia es abrumadora a favor de la medida si se trata de que nuestro país mejore sus tristes niveles de inglés. Los niños tienen más capacidad de absorber una lengua distinta que los adultos. La idea es justamente lo opuesto de elitista, pues se trata de llevar un recurso pedagógico que la gran mayoría de las familias chilenas carece, a la pantalla de sus hogares. Lo elitista es precisamente dejar que los niños de sectores acomodados tengan clases de inglés en sus colegios y olvidarse del resto. Para quienes no pueden pagar clases particulares, que los dibujos animados se transmitan en inglés es una propuesta democratizadora e igualadora de oportunidades. Que sea difícil en un comienzo no es un argumento demoledor en contra: todos los procesos educativos lo son.

En el caso del metro a La Pintana, la evidencia nuevamente muestra que prácticamente no hay inversión inmobiliaria privada en dichas áreas de la capital, salvo la que hace el propio estado. Es cierto que la llegada del metro sube el valor del terreno, pero eso no es malo para vecinos y comerciantes del sector. La inversión pública atrae inversión privada, de la que muchos -no sólo las grandes inmobiliarias- pueden beneficiarse. Por lo demás, tomando en cuenta que uno de los principales problemas de nuestra ciudad es la segregación, una buena red de transporte público es fundamental para conectar nuestras experiencias sociales. Eso también genera equidad, que debiese ser un valor central para la izquierda, tanto la vieja como la nueva.

Finalmente, está el temor a la bancarización como sinónimo de negocio para los bancos y deudas para los mortales. Pero la bancarización también se conoce como inclusión financiera, justamente porque descansa sobre la premisa que una economía cuyos instrumentos le están vedados a ciertos grupos es una economía que discrimina injustamente. Los países que más admira la izquierda chilena (no autoritaria) por su ethos igualitarista -es decir, los países nórdicos- han sido precisamente los más entusiastas a la hora de promover la bancarización. No lo hacen porque quieran asegurar el negocio de los bancos ni porque disfruten viendo como los ancianos se endeudan; lo hacen justamente porque la inclusión financiera es democratizadora en su capacidad de generar accesos igualitarios a los instrumentos modernos del comercio y el mercado.

En resumen, los sectores menos aventajados de la sociedad chilena bien podrían preguntarse quién representa mejor sus intereses: una derecha que promueve accesos igualitarios a recursos educacionales, de plusvalía y acceso al crédito, o una izquierda que mira con reticencia dichos avances. Digo con reticencia en lugar de rechazo porque tampoco es justo hacer una caricatura. El diputado Winter, por ejemplo, entiende perfectamente los beneficios de la extensión del metro. De hecho, los celebró. Pero hizo noticia porque prefirió llamar la atención acerca de los potenciales abusos de la especulación inmobiliaria. Y en ese sentido tiene razón: si lo vamos a hacer, hagámoslo bien. Lo mismo respecto de la inclusión financiera. Como bien me retrucó un tuitero, la izquierda chilena no propone volver al trueque. Por su parte, el diputado Jackson me señaló correctamente que los avances tecnológicos del comercio -por ejemplo, la progresiva desaparición del efectivo y la conversión al dinero electrónico- podrían ser independientes de la bancarización “neoliberal” a la que apuesta parte de la derecha chilena. Finalmente, siempre está la posibilidad teórica -desde la izquierda- de cuestionar estructuralmente la promesa de estas inclusiones capitalistas. Por eso no argumento que el Frente Amplio sea necesariamente incoherente en su crítica. Lo que sí hago es llamar la atención respecto de algo que ya parece un patrón. No vaya a ser que desde esos mismos sectores desaventajados le pidan a esta nueva izquierda que no siga hablando a nombre de los pobres.

Link: https://www.capital.cl/en-el-nombre-de-los-pobres/

LA LIBERTAD DE LOS MERCADOS

julio 17, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 6 de Julio de 2018)

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Acaba de estar en Chile el filósofo político John Tomasi. La de Tomasi no es una empresa chica: quiere fusionar la tradición liberal clásica con la liberal igualitaria en un solo programa. Es lo que propone su libro “Free Market Fairness” (2012). Sería posible, según Tomasi, sentar a conversar a Hayek con Rawls. De ese coito intelectual nacería una nueva teoría de justicia liberal, una síntesis mejor que las teorías que propusieron padres, que Tomasi bautiza como “democracia de mercado”.

Lo que distingue a los liberales clásicos, piensa Tomasi, es la importancia que le dan a las libertades económicas típicas del capitalismo. Éstas se expresan en el derecho a trabajar en lo que uno estime conveniente, en poseer propiedad privada, en hacer transacciones con sus bienes y en definitiva en usarlos o consumirlos a su gusto. Estos son derechos básicos pero no absolutos para la tradición liberal clásica, advierte Tomasi. Son tan básicos como los otros derechos civiles y políticos que asegura una constitución liberal. En ese sentido, el autor dibuja una línea entre liberales clásicos y libertarios. Tomasi sabe de libertarios: solía ser uno de ellos. Los libertarios -de derecha, habría que agregar- creen que no hay nada más importante que las libertades económicas. Por lo mismo rechazan cualquier otro rol para el estado que no sea el de proteger la propiedad y hacer respetar los contratos. Los liberales clásicos, como Hayek, pensaban en cambio que el gobierno tenía entre sus funciones financiar la educación y otros bienes sociales que no se obtenían por mera iniciativa privada. La idea de asegurar estándares mínimos de subsistencia, por ejemplo, viene del liberalismo clásico y no está muy presente en la tradición libertaria de Murray Rothbard o Ayn Rand.

Las cosas empezaron a cambiar con Stuart Mill, piensa Tomasi. De pronto, las libertades más importantes pasaron a ser las de pensamiento y expresión, consciencia y asociación. Ahí se jugaba la individualidad, el corazón del pensamiento liberal. Las libertades económicas fueron progresivamente desplazadas en un proceso que culminó con John Rawls y el advenimiento de un nuevo tipo de liberalismo, que se promocionó a sí mismo como un upgrade moral de la versión anterior. En efecto, hablar de liberalismo en los círculos académicos actuales es hablar de la corriente liberal igualitaria. Rawls es el alfa y el omega, para coincidir o discrepar. Pero entre las libertades básicas que buscaba asegurar el modelo Rawlsiano no había muchas libertades económicas capitalistas. De hecho, sólo menciona el derecho a poseer propiedad personal.

He ahí el problema del liberalismo igualitario -o High Liberals, como los llama Tomasi a propósito de la denominación algo pedante que les dio Samuel Freeman-: no advierten que las libertades económicas forman parte esencial del ámbito en que las personas deciden sobre su proyecto de vida. En lo que uno trabaja, lo que uno produce, lo que compra y vende, lo que consume, son todas actividades significativas si se trata de configurar la identidad propia. Tomasi cree que Rawls y los High Liberals tienen razón en que las sociedades son estructuras cooperativas donde los ciudadanos comparten su suerte. Cree que tienen razón en que estamos donde estamos, en gran medida, debido a contingencias moralmente arbitrarias y no realmente a nuestros merecimientos estrictos. Cree que tienen razón en que el liberalismo se trata de respetar las distintas formas de la existencia humana, y que para ello es condición esencial que todas las personas -y no sólo unos pocos suertudos- gocen de estándares de vida dignos que les permitan elegir un camino de vida. Cree que tienen razón en que la búsqueda de la igualdad no puede agotarse en la mera igualdad formal ante la ley del liberalismo clásico. Pero también cree que dentro del set de libertades básicas del liberalismo de izquierda deben incluirse las libertades de una economía capitalista. De lo contrario se ponen todos los huevos en la canasta de la igualdad de estatus democrático pero muy pocos en la agencia individual, que es fundamental para que las personas sean dueñas de su destino.

En efecto, el liberalismo igualitario de la escuela Rawlsiana tiene una tensa relación con la economía de mercado. Somos capitalistas renuentes, diría Ronald Dworkin. Por lo mismo, la tarea de Tomasi ha sido internamente controversial. No dejó muy contentos a los libertarios ortodoxos ni a los liberales de izquierda. Pero es un esfuerzo encomiable. En palabras de Tomasi, su idea fue desanclar el liberalismo clásico de sus cimientos utilitarios y reconstruirlo sobre las premisas deontológicas del liberalismo igualitario. Aquí, las personas son tratadas como ciudadanos democráticos, fines en sí mismos, antes que como maximizadores de utilidad económica. La novedad que propone el autor de “Free Market Fairness” es que dicha concepción incorpore la importancia de las libertades económicas típicas del capitalismo porque son fundamentales si la idea es que los individuos sean los autores de su propia existencia, y porque a la vez generan dinámicas de crecimiento que mejoran sistemáticamente la calidad de vida material de las capas menos aventajadas de la sociedad. Es decir, Rawls y Hayek juntos en un atractivo híbrido filosófico.

Link: https://www.capital.cl/la-libertad-de-los-mercados/

TRABAJEN, FLOJOS

julio 12, 2018

por Cristóbal Bellolio (publicada en The Clinic del 5 de Julio de 2018)

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“Pónganse a trabajar”, fue el recado que mandó el presidente Sebastián Piñera a la oposición, en medio de acusaciones de sequía legislativa por parte del Ejecutivo. Pero averiguar si la culpa del tránsito lento en el Congreso recae en el oficialismo o en las huestes de la ex Nueva Mayoría y el Frente Amplio no tiene mucho sentido. Obviamente, hay responsabilidades compartidas. En los sistemas hiper-presidenciales, la música -y especialmente el ritmo a través de las urgencias- la pone el gobierno. Sin embargo, el Congreso no está pintado. Los parlamentarios de oposición tienen sus propios mecanismos para regular los éxitos legislativos de La Moneda. Por eso, esta discusión tiene poca sustancia en el campo del derecho constitucional y sus derivados.

No obstante, es una controversia sabrosa en otro ámbito: el de la simbología política. La gente no evaluará si la razón la tiene Piñera o la oposición de acuerdo a lo que dice la constitución respecto de la tramitación de las leyes. La gente suele creerles a los actores políticos que promueven un discurso consistente con sus atributos. En ese sentido, Piñera sabe que sale ganando al tratar -sutilmente- a sus adversarios de flojos. En subsidio, de obstruccionistas. En el imaginario colectivo, Piñera puede tener mil defectos, pero pocos disputan que se trata de un hombre extraordinariamente trabajador. Sus problemas reputaciones son de orden ético, pero no de aquel que los ingleses denominan work ethics. En otras palabras, da la sensación de que Piñera se saca la chucha trabajando. Que, a diferencia de la mayoría de los mortales, le gusta levantarse a laburar. Tan obsesivo como entusiasta, Piñera no pasa por remolón ni sacador de vuelta.

De pasada, refuerza la idea que la derecha es mejor para hacer que para discursear. En los noventa, fueron las alcaldías lavinistas. Más adelante, con el propio Piñera, las parcas rojas. El primer presidente de derecha electo en democracia no quería ser un Jefe de Estado en la estratósfera de los estadistas que miran a cien años plazo, sino un Primer Ministro con las manos en la masa. Esto no quiere decir que los políticos de izquierda sean poco trabajadores. Pero se ha ido consolidando la imagen de que sus habilidades están más bien en el campo de la oratoria, la negociación y la refriega doctrinaria. La derecha reflexiona menos, lo que quizás tenga relación con su mayor vocación ejecutiva. Es la izquierda la que pide acortar la jornada laboral y aprueba con beneplácito nuevos feriados. Y es la derecha, usualmente, la que pone el grito en el cielo por la eventual disminución de la productividad.

El desenlace de la última elección presidencial también puede leerse en esta clave. El cientista político Patricio Navia la resumió como una contienda entre el pillo (Piñera) y el flojo (Guillier), agregando que su voto sería para Piñera porque “es más fácil controlar a un pillo que hacer trabajar a un flojo”. El propio Guillier salió en defensa de lo que llamó la “vieja práctica provinciana de la siesta”, que lamentablemente la campaña le estaba negando. Quizás por lo mismo invitó a los chilenos a pegarse una pestaña el domingo que se realizaban las primarias de Chile Vamos y el Frente Amplio. Aunque fue una humorada que varios se tomaron con excesiva gravedad, el episodio sirvió para reafirmar la sospecha: Guillier es virtualmente narcolépsico. Y tal como expresó Navia con crudeza, muchísimos chilenos prefirieron al pillo trabajólico.

Por tanto, si la idea es salir a golpear al gobierno porque ha sido flojo en sus deberes legislativos, tendrá que ser ejecutada a la perfección para que sea creíble. Si el eje semántico del debate gira en torno a la capacidad de trabajo de los actores políticos, entonces Piñera lleva las de ganar. Hay otras áreas en las cuales el presidente es vulnerable. Por ejemplo, la mayoría de los chilenos creyó a pies juntillas que Piñera estuvo involucrado -vía Ruiz-Tagle- en la salida de Harold Mayne-Nicholls de la ANFP, y consecuentemente, de Marcelo Bielsa del seleccionado nacional. Se lo creyeron porque es algo que Piñera podría hacer. Lo conocieron a través de una radio Kioto conspirando telefónicamente con amigotes para destruir a una correligionaria. No es descabellado pensar que estuvo metido en la salida de Bielsa -un personaje que le resultaba difícil de manejar por su declarada antipatía. Pero sí suena raro que el Congreso no esté haciendo su pega por culpa de la inacción de un presidente con piduye que si pudiera reescribiría todas las leyes para que lleven su firma.

A Piñera, en el fondo, le conviene esta polémica. Es una cancha que le favorece en la dimensión de las percepciones generales y las llamadas verdades históricas. Le costará un censo a la oposición hacer que Piñera parezca dejado, desmotivado, flojo. Por eso Piñera contraataca con la cantinela del obstruccionismo. A fin de cuentas, ese es un cargo que el jurado ciudadano se puede tragar fácil. Todas las oposiciones son más o menos obstruccionistas. Y esta no tiene cara de ser la excepción.

Link: http://www.theclinic.cl/2018/07/04/columna-cristobal-bellolio-trabajen-flojos/