LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA

agosto 31, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 31 de agosto de 2015)

Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro, dice la sabiduría popular. Por eso traemos la historia de vuelta. Para recordarla a través de comparaciones y analogías. Como la que hizo la generación 73-céntrica en el amargo e incómodo episodio de los camiones. Dirigentes de todos los colores trajeron sus fantasmas, rememorando ese paro de los camiones que acosó al presidente Allende en octubre del 72. Uno de ellos –según se reporta desde La Moneda- fue el subsecretario Aleuy, que no habría tolerado la imagen (sediciosa en su memoria) de las máquinas estacionadas en la Alameda. Por ningún motivo: malos recuerdos.

Por supuesto, la memoria es importante. Pero hay algunas que persisten alterando la perspectiva. Quizás ahí empezó el cortocircuito que afectó al equipo político esta semana. No hay analista que diga que salieron jugando. El asunto pudo resolverse mejor. Pero de alguna manera el problema nunca pudo concentrarse cien por ciento en lo relevante: las condiciones objetivas para el orden público para el ejercicio indisputable del derecho a reunión y protesta. Este siempre fue un problema de circulación de tránsito, con buenos argumentos de lado y lado para autorizar o restringir. Al estado no le corresponde calificar los motivos sustantivos de la demanda en cuestión para otorgar o negar los permisos.

Por lo mismo tampoco tenía mucho sentido argumentar que la autorización debía concederse en función de la causa específica de los camioneros –básicamente un mensaje de mano dura en la Araucanía. Fue perfectamente posible defender su derecho a libre expresión y circulación sin compartir la interpretación que ese gremio particualr tiene del conflicto chileno-mapuche. Lo que algunos llaman Paz en la Araucanía, para otros es la pacificación del Wallpamu. Otra vez, un pésimo recuerdo. Ahí está, nuevamente, la persistencia de la memoria.

Burgos, en cambio, habría sido menos sentimental. Esperó, evaluó, jugó con lo que fue pasando. No vamos a decir que la estrategia de contención fue un éxito. El ministro de Interior salió evidentemente machucado. La rabieta de Aleuy sería la prueba del incordio. El jefe desautorizó al subordinado, pero este subordinado tiene jineta. Burgos, lo dijo, asumía toda la responsabilidad. Como sea, calificar a este último de traidor, desleal o derechista por tomar decisiones más o menos atolondradas es perder –otra vez- la perspectiva. Burgos no quiso herir la legítima memoria de nadie. Ni darle un contenido celebratorio a una demostración ¿ciudadana? que podría haber sido una anécdota pero terminó siendo un severo dolor de cabeza.

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¿TIENE CHILE UN NUEVO MAPA POLÍTICO?

agosto 28, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 27 de agosto de 2015)

¿Tiene Chile un nuevo mapa político? Todavía no, pero está naciendo. El viejo ciclo dictadura-transición se niega a morir, pero ya asoman algunos proyectos que se emancipan de esa lógica y buscan su identidad en una narrativa propia.

Los partidos mueren de jóvenes y no de viejos, dice la experiencia. Por eso colectividades pre-73 como la DC y el PS siguen gozando de buena salud. Pero no tienen el futuro asegurado. El encorvamiento generacional es un problema real. Lo mismo que le ocurrió a los radicales (que apenas sobreviven con respirador artificial) le podría estar afectando especialmente a los democratacristianos. Los comunistas están viviendo una especie de segundo (o tercer) aire gracias a sus buenos resultados a nivel estudiantil. ¿Seguirá unida la Nueva Mayoría? Lo más probable es que sí. El poder es un afrodisíaco potente. Dividirse es ponerlo en riesgo. Por lo demás, para la generación que (todavía) lidera dichos partidos, el recuerdo de Pinochet no se ha ido. Mientras perdure la épica de la lucha contra la dictadura, hay material afectivo suficiente como adhesivo coalicional.

El sistema binominal se encargó de traducir esa grieta cultural en una pétrea división electoral. Nos acostumbramos a vivir en condiciones duopólicas: a un lado la Concertación, al otro la Alianza. Eso no cambiará de la noche a la mañana, aun con nuevo sistema electoral. Los protagonistas de la derecha siguen siendo RN y la UDI, partidos que han demostrado una admirable resiliencia: pocas colectividades pueden bancarse tantas derrotas, fracasos y palizas sucesivas y seguir tan campantes como antes.

¿Algo nuevo bajo el sol? Hay dos tipos de referentes nuevos: los llamaremos “reciclados” y “juveniles”. Los primeros son aquellos cuyos dirigentes más conocidos renunciaron a sus tiendas de origen y se organizaron en forma paralela. Es el caso del PRO de Marco Enríquez-Ominami, Amplitud de Lily Pérez, e incluso Fuerza Pública de Andrés Velasco. Los segundos son movimientos cuyos rostros no cuentan con trayectoria partidaria reconocida y que buscan dar el paso a la adultez, como Evopoli, Revolución Democrática, la Izquierda Autónoma o Red Liberal.

¿Podríamos presenciar un cambio en las alianzas? Lo interesante será observar qué ocurre con el bloque de Centro-Liberal (donde grupos que nunca antes se habían sentado en la misma mesa tendrán que construir una institucionalidad y cultura común) y si acaso las organizaciones de Giorgio Jackson, Gabriel Boric y otros movimientos afines se ponen de acuerdo para disputarle el espacio de izquierda a los partidos tradicionales que lo habitan.

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EL ÚLTIMO REY DE ARAUCO

agosto 26, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 26 de agosto de 2015)

No va más don Francisco Huenchumilla. No le gustó que lo sacaran a medio partido y se fue pateando la perra. Criticó el rumbo del gobierno y se lanzó en picada contra el ministro de Interior, diciendo entre otras cosas que Jorge Burgos “no tiene la más remota idea de lo que es el mundo mapuche”. ¿Qué dijo el otro? Que no es republicano andar de víctima por la vida, sobre todo cuando se trata de los siempre veleidosos cargos de confianza presidencial. En efecto, a Burgos le tocó ejecutar pero es lógico inferir que la orden vino visada por la propia Presidenta. Pero, ¿por qué echaron a Huenchumilla, prócer democratacristiano y caudillo de Arauco?

La versión oficial es que era hora de hacer cambios en una zona que no ha sido políticamente bien gestionada. La percepción es que la violencia no ha cesado, sino por el contrario. Los últimos días han sido simbólicos: mientras varias comunidades mapuche se tomaron la sede de la Conadi, una caravana de camiones avanza desde el sur hacia Santiago para contarle al gobierno de la desprotección que padece el sector productivo que opera en la Araucanía. Es decir, si se trataba de ponerle paños fríos al asunto, Huenchumilla no estaba haciendo la pega.

Pero Huenchumilla, rebelde con causa, no estaba para marcar el paso. Fue una autoridad polémica porque –a diferencia de sus predecesores- tomó velado partido en el eterno conflicto chileno-mapuche (que algunos medios insisten en denominar como puramente “mapuche”, como si el estado que los absorbió a la fuerza no tuviera nada que ver en el entuerto). Sabemos que la política oficial de la dirigencia nacional respecto a dicha problemática es la pura contención. Así lo ha sido desde que tenemos memoria. Algunos han reconocido que se trata de un conflicto sencillamente insoluble. Por tanto no había espacio para propuestas osadas ni innovadoras que fueran a cambiar mucho el panorama, menos para obligar al gobierno a asumir compromisos de los que después se quiera retractar.

Parece que ése era, justamente, el plan de Huenchumilla. Entonces los jefes le tiraron la cadena porque el hombrón no se manda solo. No fuera cosa que La Moneda se viera obligada a hacer algo al respecto en la Araucanía…

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RICARDO LAGOS O EL SÍNDROME PAPÁ MONO

agosto 23, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 23 de agosto de 2015)

Salvo contadas excepciones, los ex presidentes en Chile siguen merodeando el gallinero por un buen rato. Puede ser porque los períodos son relativamente cortos y sienten que les queda energía para pegarse un doblete. Puede ser porque la máquina de renovación de liderazgos no está aceitada y nadie sale a desafiarlos cuando llega la hora de la verdad. Como sea, es sintomático que desde las presidenciales 2009 siempre hayamos tenido a un ex mandatario tratando de volver a La Moneda. Por si fuera poco, hay varios analistas que pronostican un Piñera versus Lagos para 2017.

Ricardo Lagos Escobar no da puntada sin hilo. Por eso la intensificación de sus apariciones públicas se asocia a que la idea de competir le seduce. En una entrevista reciente señaló que haría “todo para que Chile salga adelante”, lo que lógicamente incluye una eventual postulación presidencial. Confesó que la gente en la calle le decía “vuelva usted para que por lo menos ponga orden”. Que se le acercaban y le preguntaban “¿Qué hemos hecho nosotros? ¿Por qué nos ha abandonado?” Junto a lo anterior, se dio el lujo de aterrizar físicamente en el palacio de gobierno para reunirse con su ex colaborador y actual ministro de Interior Jorge Burgos. La foto dio para mucho. Como la Presidenta parecía estar quitándole piso a su jefe de gabinete, Lagos aparecía providencialmente para prestarle ropa y transmitirle algo de su influencia. Se dijo incluso que Lagos estaba torpedeando a Michelle Bachelet en su ausencia.

Es innegable que Lagos tiene una alta concepción de sí mismo y de su valor político. Esa autoconfianza genera un efecto positivo en aquellos que demandan mano firme en el timón. Aunque el propio Lagos diga que no quiere volver “en los brazos de la derecha” como Arturo Alessandri en 1932, que la narrativa de su regreso sea “poner orden” simboliza un alejamiento del actual relato de la izquierda en el poder. ¿Será cierto eso que Chile siempre prefiere liderazgos autoritarios que nos digan qué hacer? Quizás, pero este país tampoco es el mismo que dejó Lagos en 2006. Los mandatos de Bachelet y Piñera han sido catárticos en cierto sentido. Nuestra relación con los titulares del poder político se ha desacralizado. Insistir con Lagos es como retornar a la casa de los papás después de varios años viviendo solos. La pregunta es si acaso vamos a volver a obedecer todas sus reglas como cuando éramos adolescentes. Esa verticalidad parece cosa del pasado.

Cierto es que Lagos –entendiendo que gobernaría con ochentaytantos- ha hecho esfuerzos por modernizarse: interviene a favor de la legalización de la marihuana en foros internacionales, proyecta mega-ciudades para el siglo siguiente y promueve plataformas digitales para la discusión constitucional. Pero hay algo en la retórica del salvataje que deja un mal sabor de boca. No somos niños abandonados. No estamos eligiendo a Papá Mono.

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MARX, DARWIN Y LOS LÍMITES DE LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL

agosto 21, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 21 de agosto de 2015)

Cuenta la leyenda que Karl Marx se fascinó con las conclusiones de las investigaciones de Charles Darwin. Al menos, en la dimensión en la cual se sugería que la historia de la biodiversidad no requería de intervenciones divinas y podía explicarse enteramente a partir de fenómenos materiales. Tanto fue el entusiasmo que Marx envió a Darwin una copia de sus propios escritos, los cuales –al parecer- no habrían sido digeridos con el mismo entusiasmo por el naturalista inglés. En el entierro de Marx, su amigo Friedrich Engel fue más allá: comparó el descubrimiento marxiano de las leyes del desarrollo humano con el descubrimiento darwinista de las leyes del desarrollo orgánico de las especies. Sin embargo, este entusiasmo tenía un límite. El propio Marx siempre desconfió de aquella parte en la cual Darwin –siguiendo a Malthus- enfatizaba la lucha por la sobrevivencia a partir de la fatal combinación entre sobrepoblación y escasez de recursos. La inclinación “natural” de los seres humanos por diferenciarse, competir y superar a sus pares representaba un problema tanto para la teoría normativa del socialismo utópico como del científico.

Cien años después, la izquierda marxista reaccionó con igual incomodidad ante los hallazgos de la naciente sociobiología. Según controversiales investigadores como el entomólogo E.O. Wilson, la cultura humana estaba prácticamente determinada por su herencia genética. En consecuencia, el espacio para modificar su conducta social a través de instituciones políticas o económicas era reducido… un balde de agua fría para el anhelo socialista de modelar un hombre nuevo. El marxismo quiso entender la teoría de la evolución como un proceso biológico que terminaba en el amanecer de la cultura, cuando la especie humana emancipada de la tiranía de sus genes podría elevarse en la construcción de un mundo diferente. Pues la sociobiología portaba una ingrata noticia: tan diferente no podría ser. A los seres humanos les costaría demasiado vivir bajo sofocantes reglas igualitaristas. De ahí la célebre sentencia de Wilson acerca del comunismo: “Gran idea, pero en la especie equivocada… funcionaría si fuésemos hormigas”.

Desde entonces, la izquierda post-marxista se ha visto obligada por las circunstancias de la realidad a replantear algunos de los presupuestos de su proyecto político. No porque haya que vivir de acuerdo a las descripciones de una teoría científica –sabemos desde Hume que los hechos no constituyen enunciados de valor- sino porque esas descripciones actúan como restricciones de lo posible. Filósofos de izquierda como Peter Singer se han abocado a la elaboración de una propuesta ideológica que tome en consideración que -en el fondo- no somos más que mamíferos que aspiran a replicar su material genético. Esto explicaría  una serie de tendencias que nos parecen enteramente naturales. Como la de favorecer a nuestra prole por sobre la prole del vecino. O como la de acceder a dinámicas de cooperación social siempre y cuando exista “altruismo biológico” o reciprocidad. En efecto, Singer propone abandonar la premisa de una naturaleza humana completamente modificable a través del influjo de la cultura. También recomienda desechar la idea de que toda desigualdad debe interpretarse como resultado de una relación necesariamente opresiva (pues la persecución de estatus diferenciador está en nuestra herencia adaptativa: a nuestros antepasados les fue muy útil para incrementar su aptitud reproductiva). Esto no significa abdicar del sueño de una sociedad más igualitaria. Significa elaborar un plan que incorpore estos conocimientos para no seguir estrellándose contra la pared. Podría significar extraer lo mejor del fenómeno de la competencia para ponerla al servicio de lo público. O intensificar las estrategias de cooperación bajo reglas darwinianas. E, inexorablemente, cambiar de perspectiva respecto de la posición de los animales no-humanos que comparten con nosotros el planeta. En otras palabras, reconocer que si bien la cultura sobrepasa largamente el ámbito de la biología, sus raíces están en ella.

¿Tiene esta reflexión algún vaso comunicante con lo que estamos viviendo en Chile? Podría tenerlo. En la narrativa histórica de la izquierda, la dictadura “implantó” un modelo neoliberal que –a la larga- dio a luz a una sociedad individualista y competitiva. Eso explicaría, entre otras cosas, por qué las familias insisten en segregarse socialmente, haciendo lo posible por aventajar a sus propios hijos en la carrera de la vida. O por qué la acumulación material de riquezas se ha convertido en el criterio para asignar posición y estatus. O por qué muchas personas evalúan que sin incentivos al bienestar particular no hay razón para esforzarse más de la cuenta. O por qué tanta gente prefiere jugar al polizonte (free-rider) cuando perciben que no hay ganancia en la cooperación. Pero quizás –subrayo el quizás- estas conductas no fueron culturalmente injertados –menos por obra y gracia de un texto constitucional- sino que resisten interpretaciones naturalistas.

Nada de lo anterior sugiere que estas inclinaciones sean moralmente buenas o políticamente justas. Sin embargo, una izquierda reflexiva debiera estar abierta a la posibilidad que detrás de cada uno de estos fenómenos puede haber algo más potente que un eslogan de derecha o la protección de un interés de un grupo fáctico. Si esta hipótesis es correcta, el verdadero “realismo sin renuncia” consiste básicamente en reconocer que la ingeniería social tiene límites y que la política consiste en una larga y paciente lucha por modificar la realidad en sus márgenes. No es poco lo que se puede lograr.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/08/20/080813-marx-darwin-y-la-transformacion-social

MICHELLE BACHELET Y LA VIRTUD DE LA AMBIGÜEDAD

agosto 17, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 16 de agosto de 2015)

Al finalizar su primer mandato, Michelle Bachelet rondaba la friolera de ochenta puntos de aprobación. Una de sus principales virtudes carismáticas, se dijo entonces, era su capacidad de transmitir que todos –o casi todos- podían verse representados en ella. Para obrar esa magia hay que jugar con definiciones lo más gruesas posibles. O derechamente, con la indefinición. Así, Bachelet perfeccionó el arte de la ambigüedad y lo convirtió en un arma retórica infalible. La Presidenta decía poco pero los políticos de diversa procedencia interpretaban sus palabras en su favor. Había una Michelle para todos: socialistas, progresistas, comunitaristas, liberales y hasta el Bacheletismo-Aliancista de Joaquín Lavín.

¿Cambió Bachelet en su segundo mandato? La verdad es que no. Sigue apostando a la indefinición. La diferencia es que no es lo mismo ser ambigua con ochenta puntos que con veinte. Con veinte puntos se activa la reacción inversa: todos encuentran en sus palabras un motivo de crítica, especialmente cuando el objetivo es desmarcarse. El esfuerzo que antes se hacía por identificar las coincidencias discursivas con el fenómeno de los ochenta puntos, nadie lo hace por salir en la foto con la decepción de los veinte.

Fue lo que ocurrió con la comentada entrevista que dio en un medio nacional el pasado domingo. Sus detractores la leyeron como una declaración de guerra, una retirada al extremismo, una abdicación del realismo. Pero Bachelet no hizo nada de eso. Si bien es cierto que señaló que quienes creían que Burgos y Valdés llegaban para cambiarle rumbo a su presidencia “hicieron una lectura equivocada” (no sé quién esperaba sinceramente que dijera lo contrario sin debilitarse gratuitamente como autoridad), un poco antes afirmó: “yo comparto plenamente el escenario que los ministros Rodrigo Valdés y Jorge Burgos tienen, en el sentido de que tenemos que actuar de manera realista”. Es decir, la primera mandataria sigue fiel a su registro: dice una cosa y luego dice otra. ¿Confuso? Probablemente ¿Contradictorio? Quizás. Pero de ahí a señalar que Bachelet prefirió a los comunistas por sobre los democratacristianos, o le quito el piso a sus nuevos ministros, hay mucho trecho.

No, Bachelet sigue igual que antes. Lo que ocurre es que antes se le perdonaba todo, como se hace con los ídolos. Tenía un campo de fuerza que evitaba que le entraran balas. Ese campo de fuerza lo extinguió su primogénito Sebastián Dávalos. Ahora la ciudadanía la mira como una política más: no tiene propiedades místicas, no sana a los enfermos, no camina sobre las aguas. Sin mediar el caso Caval, la economía podría andar igual de mal y algunas reformas ser igual de impopulares, pero ella no andaría a patadas con el veinte-por-ciento. Seguiría apelando a la virtud de la ambigüedad que tantos frutos dio en su carrera política. Con más éxito que ahora, seguramente.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-08-16&NewsID=322193&BodyID=0&PaginaId=14

SER O NO SER PARTIDO

agosto 16, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 15 de agosto)

Fuerza Pública, el movimiento liderado por el ex ministro de Hacienda Andrés Velasco, toma hoy una importante decisión: si comienza o no los trámites para convertirse en partido político con todas las de la ley. Todo indica que la opción mayoritaria será la afirmativa… ¿Es una buena o mala idea?

Partamos por los pros: en democracia, los partidos son los oferentes principales de candidatos a cargos de elección popular. Fundar un partido tiene toda lógica si la intención es competir en comicios parlamentarios y municipales. Si se tratase de la pura presidencial, Velasco no necesita un partido. No lo tuvo en las primarias del 2013 y aun así superó a dos contrincantes con partidos históricos. Al manifestar su intención de organizarse legalmente, el velasquismo está diciendo que lo suyo va más allá de la adoración al fundador. Eso es bueno: la política es el reino de los proyectos colectivos. Tal como lo hizo Marco Enríquez con el PRO, al someterse a estructuras institucionales, ambos presidenciables atenúan la crítica de caudillismo.

¿Los contras? Ante los ojos de la opinión pública, los partidos son caca. Invertir en un concepto tan desprestigiado es un riesgo para la popularidad de Velasco. Pero sus dirigentes pueden decir que el problema está en los actuales partidos y no necesariamente en la idea de organizarse políticamente. A fin de cuentas, están dándole más alternativas a los desencantados de las tiendas tradicionales. El otro peligro es no conseguir las firmas necesarias. Pero tener la obligación de juntar las firmas obligará a Velasco y compañía a recorrer Chile construyendo una auténtica base de militantes. La tarea del líder ya no será potenciar su prospecto personal sino hacer crecer a su naciente partido, lo que seguramente es más desafiante que seguir en la escaramuza de las boletas.

Nota: la opción afirmativa ganó con el 99% de las preferencias.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-08-15&NewsID=322140&BodyID=0&PaginaId=23

LA AGONÍA DEL MAMO Y LOS DESAFÍOS DE LA “NUEVA” DERECHA

agosto 11, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador del 10 de agosto de 2015)

Escribo estas líneas mientras Manuel Contreras agoniza en el Hospital Militar. Su inminente deceso ha dado origen a una inédita discusión al interior de la derecha chilena: si acaso el “Mamo”, jefe de la policía secreta de la dictadura y sobre quien recaen múltiples condenas por violaciones a los Derechos Humanos, merece morir con los honores castrenses que corresponden a su investidura de General de Ejército. En estricto rigor, son dos debates distintos: uno se refiere a las solemnidades de su funeral y otro a la posibilidad de degradarlo pre o póstumamente. Lo primero estaría más o menos resuelto a partir de un instructivo del propio Ejército que elimina los honores militares en caso de uniformados que carguen con este tipo de condenas. Sin embargo, ambas cuestiones se han fundido ante los ojos de la opinión pública y en ese sentido trataré la discusión como una sola.

Fue nada menos que el senador Hernán Larraín –el presidente de la UDI que hace poco dijo no sentirse de derecha- quien abrió el debate confesando que “quisiera que Manuel Contreras no muriera como general”. Su colega de RN, Manuel José Ossandón, respaldó el sentimiento: “el general Contreras no debe ser general y hay algunas personas que perfectamente pueden ser degradados”. La idea no cayó bien en el gremialismo. El sempiterno diputado por Talcahuano, Jorge Ulloa, señaló que no había espacio para hacer excepciones y por ende a Contreras se le debían rendir honores militares como a cualquier otro de su rango. La jefa de bancada UDI, María José Hoffman, también desestimó la degradación del viejo líder de la DINA. En la misma línea argumentó Jacqueline van Rysselberghe, nada menos que la presidenta de la comisión de DDHH del Senado. El portazo final a la idea de Hernán Larraín lo pegó el incombustible Hermógenes Pérez de Arce, quien prácticamente lo mandó a callar.

Permítanme hacer algunas observaciones a partir de esta diferencia de opinión en el seno de la derecha, en el marco de la relación de este sector con la memoria histórica nacional.

Para comenzar: cualquier intento por refundar el sector pasa por cortar definitivamente los vínculos afectivos con la dictadura. Si la generación que participó directa o indirectamente en el régimen de Pinochet no puede hacerlo, entonces que dé un paso al costado y permita la germinación de brotes verdes descontaminados de cualquier tipo de complicidad con las atrocidades cometidas. El diputado Felipe Kast, por ejemplo, pidió el fin de todo pacto de silencio que impida a los familiares de las víctimas conocer el destino de sus seres queridos perdidos a manos de agentes del estado. Añadió que ese oscuro registro “tiene que causarnos un dolor como referente, un dolor en nuestra historia”. Por petición del colectivo Amplitud –que técnicamente no está en la coalición de derecha pero proviene de esa costilla- la comisión de Defensa de la Cámara acordó citar a los Comandantes en Jefe de las FFAA para aclarar la existencia de estos supuestos pactos de silencio. Son dos casos puntuales que se unen al espíritu de las palabras del senador Larraín y van en el sentido correcto de la historia.

Por supuesto, las críticas vienen de lado y lado. En la derecha más dura, los que reniegan de su apoyo a la dictadura son tachados de “traidores” y “cobardes” –así fue como se refirió expresamente el hijo de Manuel Contreras a Hernán Larraín. Desde la izquierda, la primera intuición es desconfiar de la sinceridad de quienes se desmarcan de su pasado. “Oportunistas” es lo más suave que se escucha. Pero una derecha decente, moderna y democrática no debiera amilanarse ante esta (esperable) reacción. Por una parte, porque la consecuencia que pide el pinochetismo como expresión de virtud política está sobrevalorada. La verdadera valentía está en reconocer los errores (y horrores) y estar dispuesto a cambiar de mirada respecto de la evaluación moral que sobre esos hechos recae. Por la otra, porque al sistema político chileno le hace bien tener una derecha incuestionablemente comprometida con la defensa de los DDHH con independencia de las suspicacias de la izquierda. En el agregado, sube el estándar.

El senador RN Baldo Prokurica señaló que la exacerbación de este tema era rentable para la unidad de la Nueva Mayoría pero malo para el país. En un sentido estrictamente descriptivo, tiene algo de razón: si hay algo que une a la izquierda chilena es el repudio a la dictadura. La pregunta relevante es si acaso la derecha ha hecho algo en los últimos 25 años para disputar esa rentabilidad política. Y la respuesta es negativa. Es enteramente razonable que la izquierda chilena se niegue a mirar a su adversario ideológico desde una plataforma de equivalencia ética. No sólo porque le conviene políticamente sino porque la derecha ha dado muy pocas señales de empatía genuina respecto del anhelo de justicia de las víctimas. Es sintomático que Prokurica no dimensione las equivocaciones de su generación en la producción de este escenario estructuralmente desnivelado en contra de su sector. Ha sido justamente la incompetencia política de dos décadas en este tema la que ha puesto sobre las nuevas generaciones de derecha una mochila pesadísima a la hora de enfrentar estos cuestionamientos históricos. ¿Quieren que el drama de las violaciones a los DDHH deje de ser rentable para la izquierda? Pues pónganse a la altura y arrebátenle ese monopolio en buena lid. La persistencia de los Ulloa es el recordatorio de una generación egoísta que en el fondo no quiere que sus ideas prevalezcan democráticamente. Cualquier lloriqueo por Cuba o Venezuela –aunque teóricamente justificado- queda automáticamente descalificado si no se comienza por casa.

Es posible, finalmente, que el principal obstáculo de este corte con la tradición apologética de la derecha respecto de la dictadura no esté en la dimensión política sino económica. Ya lo decía esa especie de pensamiento hablado del empresariado chileno que es César Barros: “el Ejército ha hecho tantas cosas buenas por Chile que tiene derecho a haber cometido muchos errores”. Respaldar la degradación de militares condenados por delitos de lesa humanidad no es tan difícil. Es un piso mínimo, incluso. Más complejo es reexaminar la legitimidad de un modelo económico impuesto por la vía de las armas. Ello no implica que la derecha no pueda abrazar las virtudes de una economía de mercado; significa que la justificación del modelo debe construirse intelectualmente por separado. Es un ejercicio evidentemente incómodo para quienes se enriquecieron –directa o indirectamente- gracias a la dictadura: ¿cómo rechazar la sangre si al mismo tiempo se acepta la plata? La tarea de cualquier derecha que se precie de “nueva” es promover esta reflexión interna y eventualmente minimizar la influencia de opiniones como las de Barros.

Link: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2015/08/10/la-agonia-del-mamo-y-los-desafios-de-la-nueva-derecha/

EN VALDÉS CONFIAMOS

agosto 9, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 9 de agosto de 2015)

Dicen que habló poco en el famoso cónclave de la Nueva Mayoría. Que junto al ministro de Interior Jorge Burgos salieron debilitados de la cita ante la reafirmación de los compromisos programáticos del gobierno. Que la tesis del “realismo sin renuncia” que ambos encarnan sufrió un abollón pues de realismo hubo poco. Sin embargo, al ministro de Hacienda Rodrigo Valdés se salió el habla días después para insistir en su posición: las platas públicas no son infinitas, la situación económica es delicada, y por ende el itinerario político debe ajustarse a esa realidad. Ello implica priorizar, dijo textualmente. Algunas reformas tendrán que esperar. Otros cambios deberán implementarse gradualmente. En otras palabras, que la ansiedad transformadora de la Nueva Mayoría debe contenerse.

Los ministros de Hacienda suelen ser poderosos en Chile. Alejandro Foxley lo fue con Aylwin. Eduardo Aninat en tiempos de Frei. Nicolás Eyzaguirre bajo la dirección de Lagos. Para qué hablar de Andrés Velasco en la primera administración Bachelet. Felipe Larraín con Piñera. O el propio Alberto Arenas, mientras duró. Rodrigo Valdés cultiva un perfil más bajo, pero está llamado a ser protagonista en los meses que vienen. Varias de las reformas que anhela el oficialismo requieren financiamiento. Una cosa es pedirle a Valdés que haga lo imposible por cuadrar la caja. Otra distinta es que haga magia. No se trata de ser más o menos de izquierda, sino de cuidar la responsabilidad fiscal de un país al cual le ha costado ganarse un prestigio en ese sentido.

El panorama de desaceleración económica no le conviene a nadie. Obviamente no les conviene a los empresarios que viven de esto. Pero tampoco le conviene al gobierno pues sin crecimiento hay menos recaudación. No les conviene a los chilenos en situación de pobreza pues si no se agranda la torta es magra la redistribución. No le conviene a los miles de compatriotas que buscan trabajo o dependen de la inversión. Por supuesto: no todo es crecimiento económico. Sin embargo todo se hace más lento y trabado si no recuperamos la capacidad de expandir la producción.

A la presidenta de la CUT, Bárbara Figueroa, le han caído mal las expresiones prudenciales del ministro de Hacienda. Pero hay que tomar en serio a Valdés. Su compromiso con las reformas de la Presidenta no debería ser objeto de cuestionamiento. De hecho acaba de defender el espíritu de la reforma laboral frente al influyente Fondo Monetario Internacional. Lo que ha dicho Valdés es que reformas de este tipo tienen un impacto en la economía y esos eventuales costos deben minimizarse para armonizar distintos objetivos. Dejemos trabajar al ministro Valdés. A Chile le conviene que le vaya bien en su pega.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-08-09&NewsID=321540&BodyID=0&PaginaId=13

NO SE VUELVE A LA CASA DE LOS PAPÁS

agosto 7, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de agosto de 2015)

Queda mucho tiempo todavía, pero en períodos presidenciales tan cortos es casi inevitable plantearse la pregunta de la sucesión. Desde el retorno a la democracia, la figura que puntea los sondeos a comienzos del año anterior a la elección es la que finalmente llega a La Moneda. En abril de 1992, por ejemplo, Eduardo Frei les sacaba varios cuerpos a sus competidores. En enero de 1998 ya estaba más o menos claro que Ricardo Lagos sería el próximo Presidente. En abril de 2004 se disparaba Michelle Bachelet. En abril de 2008 la pole position era de Sebastián Piñera. En abril de 2012 no había muchas dudas que Bachelet volvería a ponerse la banda tricolor. En otras palabras, como señaló un semanario, el que viene es el “semestre decisivo” para los aspirantes a la primera magistratura y sus respectivas coaliciones, partidos o movimientos.

Ante el estado de relativa descomposición que presenciamos, algunos comentaristas y medios de comunicación anticipan que la próxima elección tendrá un carácter restaurativo. Según este análisis, las chilenas y los chilenos estarían buscando liderazgos capaces de proyectar autoridad y certidumbre, voz de mando y experiencia. En ese contexto, las mejores cartas serían dos ex mandatarios: Ricardo Lagos Escobar por la izquierda y Sebastián Piñera Echeñique por la derecha. El primero no sólo está siendo sondeado por el PPD, sino que además despierta entusiasmos transversales en los nostálgicos de la Concertación. Su incursión en el debate constituyente y la intensificación de sus actividades públicas revela que no tiene intenciones de jubilarse de la escena. El segundo, no es misterio, se quedó con sabor a poco en su primera administración. Tiene a varios de sus ex ministros trabajando sigilosamente para su regreso a las pistas. Sabe que está un peldaño más arriba que los otros contendores de su sector. Lagos vs Piñera: duelo de titanes, pelea de pesos pesados, competencia de egos, carrera por demostrar quién es más estadista. Atractiva, sin duda. Pero que implicaría, una vez más, el fracaso de la estrategia de renovación de la elite política en Chile.

No es un fenómeno tan local, en cualquier caso. El prestigioso The Economist acaba de publicar una nota preguntándose por qué a los líderes latinoamericanos les cuesta tanto retirarse de la primera fila. Los ex presidentes, como pilas Duracell, nunca se dan por vencidos. Siempre están al acecho, esperando la oportunidad de volver al poder. Sería el caso de Álvaro Uribe en Colombia, Tabaré Vázquez en Uruguay, Alan García en Perú… y Ricardo Lagos en Chile (que asumiría con 80 años en marzo de 2018). Mientras ellos creen que estar disponibles es una señal de amor a la patria –para algunos sinceramente lo es- el efecto que provocan en su entorno político es un evidente bloqueo de las nuevas –y no tan nuevas- generaciones. La sombra que proyectan es suficiente para oscurecer el camino de los que vienen más atrás. Varios de ellos tienen problemas para entender que el ejercicio de liderazgo no se trata de volverse imprescindible, sino todo lo contrario.

Los padres deben saber cuándo dejar a sus hijos volar con alas propias. Y los hijos deben aprender a hacerle frente a las dificultades de la vida sin regresar a la casa paterna cada vez que las cosas andan mal. Es tentador, para cierta parte de la centroizquierda chilena e incluso para sectores liberales, descansar en el regazo de papá Lagos y dejar que su vozarrón calme las tempestades. Es igualmente tentador, para la derecha, peregrinar a Tantauco para que Piñera arregle a su particular manera el desaguisado mayúsculo que tiene su sector. Pero no más. Independiente de las condiciones que se presenten dentro de los próximos meses, me parece importante establecer un principio simple pero radical a la vez: no se vuelve a la casa de los papás. Los problemas políticos, económicos y sociales que tenemos en el nuevo Chile los podemos arreglar nosotros.

Material suficiente hay. En la izquierda, Marco Enríquez-Ominami ya se graduó de presidenciable serio. Las últimas encuestas lo posicionan como la carta más fuerte dentro del mundo progresista e incluso en un round de segunda vuelta contra Piñera. A falta de ME-O, la Nueva Mayoría tiene a Nicolás Eyzaguirre, Carolina Tohá, Isabel Allende, Ricardo Lagos-Weber, Claudio Orrego e Ignacio Walker. Por el centro, Andrés Velasco y Lily Pérez serían estupendos retadores por el cetro del renaciente ethos liberal. Por la derecha, Manuel José Ossandón, Andrés Allamand o Felipe Kast son todas posibilidades decentes. De hecho, una competencia a tres bandas entre ME-O, Velasco (o Lily en su defecto) y Ossandón sería tremendamente interesante desde el punto de vista de la claridad de la oferta ideológica: una opción socialista moderna, una liberal-laica y una conservadora socialcristiana. Si en cambio la contienda es Lagos vs Piñera, los contornos programáticos se difuminan para dar paso a la glorificación del caudillo.

No, no es necesario volver con el rabo entre las piernas a la casa del papá. Siempre estaremos agradecidos –como buenos hijos que somos- de los servicios prestados y los cariños recibidos. Pero cada vez que tocamos ese timbre se abre la puerta de nuestra propia incompetencia para resolver los problemas. Ya cometimos el error de esperar todas las respuestas de una figura maternal salvífica. No lo cometamos de nuevo. Obliguémonos a crecer.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/08/06/120811-no-se-vuelve-a-la-casa-de-los-papas


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