RESPUESTA A LOS LIBERTARIOS

febrero 4, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Ciudad Liberal del 03 de febrero de 2016)

Hace algunos días revista Capital publicó una columna de mi autoría titulada “Mucho Hayek y poco Rawls”. Resumiendo, dicha columna planteaba dos cosas. Primero, que la disputa semántica por el concepto de liberalismo difícilmente tendría un bando victorioso entre liberales clásicos y liberales igualitarios, ya que –siguiendo la célebre expresión de W.B. Gallie- se trata de un concepto “esencialmente controvertido”. Por lo anterior, la columna sugería un enfoque genealógico del problema. Luego, sin embargo, añadí que cualquier discusión sobre las características del liberalismo contemporáneo –incluso en Chile y para fines normativos- estaría incompleta sin tomar en cuenta el estado el arte en la literatura filosófica especializada. En ese sentido, planteé que tanto la idea de justicia como imparcialidad a partir de una posición original hipotética como la idea de un consenso traslapado entre doctrinas comprehensivas para fundar los esenciales constitucionales –dos aportes metodológicos distintivos de John Rawls- debían considerarse parte integrante de la herencia liberal.

Cuatro respuestas se publicaron en diversos medios de comunicación. Como se trata de un debate interno (“familiar”, según mi propia caracterización del liberalismo extendido), he optado por responder a ellas en esta plataforma. El orden de las réplicas no es aleatorio. Comienzo con la más pobre y termino con la que, a mi juicio, es la más interesante.

I. La primera respuesta a mi columna la escribió Dusan Vilicic Held y se tituló “Mucho Bellolio y demasiada retórica barata”. Parto por rescatar lo (único) sensato de su breve exposición: efectivamente nunca explico por qué hay mucho Hayek, o en qué sentido Hayek sería problemático para la articulación criolla de un liberalismo moderno. Lo cierto es que Hayek es un pensador sutil. Hacia el final de su vida incluso reconoció cercanía ideológica con Rawls. No creo, bajo ninguna circunstancia, que deba ser exiliado del panteón liberal. El título de mi columna llama a ecualizar las influencias, no a desterrar al pensamiento hayekiano.

Lamentablemente, Vilicic cae luego en un juego que me parece francamente infantil. Cualquier persona medianamente inteligente es capaz de entender que la referencia al “viejo Hayek” y al “bueno de Rawls” es un recurso narrativo y no un contraste evaluativo entre ambos. Vilicic parece creer que si Rawls es “bueno”, irremediablemente Hayek es el malo –porque además es “viejo”. Cree incluso que dicha estrategia sería “artera” de mi parte. Tragicómico. Lo que viene después es preocupante respecto de la comprensión que los propios libertarios tienen de su filosofía. Sostener que el liberalismo libertario “no acepta el ejercicio del poder político” es confundirlo con el anarquismo o el anarco-capitalismo. Incluso la idea de Estado Mínimo promovida por Robert Nozick –probablemente el libertario más influyente en la teoría política analítica de los últimos cuarenta años- incorpora un ámbito de justificación del poder político para proteger a las personas contra el robo, el fraude y la violación de los contratos. Finalmente, Vilicic sostiene que, dado nuestro socialismo galopante, “Bellolio y su tipo son un virus a eliminar”. Espero sinceramente que se refiera a eliminación en la batalla de las ideas y no en la dimensión literal del lenguaje.

II. La respuesta de Lucas Blaset se titula “Mucho Rawls y poco Hayek”, y fue publicada en la plataforma online de revista Capital. Blaset tiene un punto válido al criticar mi distinción entre “liberales de derecha” y “liberales de izquierda” según su adhesión a la escuela clásica o igualitaria, respectivamente. Se trata de una simplificación que no captura todos los matices de la discusión. Para remediarlo, mi contradictor establece una categorización más amplia, identificando cuatro proyectos políticos chilenos que hacen distintas interpretaciones del credo liberal. Al hacerlo, sin embargo, Blaset también reduce la conversación a etiquetas controvertidas: “liberal-conservadores”, “liberales de centro”, “liberales progresistas”, “liberales químicamente puros”. La simplificación, a fin de cuentas, parece inevitable. Ello no deslegitima el esfuerzo por distinguir e identificar las diversas ramas de la familia.

Mis problemas con su respuesta aparecen después. Lo primero que captura mi atención es que Blaset se define orgullosamente como un militante “libertario” del proto-partido Amplitud. Tengo dudas que aquello pueda ser teóricamente posible. La naciente alternativa de “centro-liberal” –a través de la coalición Sentido Futuro- tiene entre sus principios el combate a las desigualdades que nos parecen injustas. Tengo entendido que alcanzar un estado de igualdad de oportunidades efectivas también es norte de su acción política. Esos empeños van asociados a una cierta teoría de justicia que justifica el proceder redistributivo del estado. Los libertarios, en cambio, consideran que el cobro de impuestos es un robo institucionalizado, o como decía Nozick, equivalen a trabajos forzados. Si Blaset realmente quiere participar en una empresa electoral que abrace los valores libertarios a-la-Nozick, quizás está equivocado de domicilio político. Mi consejo amistoso sería instarlo a que sus pares “químicamente puros” levantaran una alternativa política real y competitiva. Recursos no escasearán.

Blaset también pretende disputar la idea de justicia como imparcialidad, observando que la vida en comunidad es dinámica y no estática. Es una observación curiosa: la posición original Rawlsiana es un experimento mental hipotético que puede llevarse a cabo en cualquier momento para descubrir cuáles serían los principios fundamentales de justicia que abrazaríamos sin saber nuestra posición actual. No tiene como presupuesto la vida en sociedades estáticas. Luego, a propósito del proceso constituyente, el joven autor presenta algunas observaciones sobre la importancia de limitar el poder en la tradición liberal. Evidentemente, liberales participando en una convención constituyente deberían promover acuerdos sustantivos que apunten a la protección de los derechos y libertades individuales. Pero la tradición liberal está igualmente interesada en la cuestión del origen y la legitimidad del ejercicio del poder. Aquella es justamente la tesis de Jeremy Waldron en su seminal Theoretical Foundations of Liberalism: un orden social y político será ilegítimo a menos que se base en el consentimiento de todos los que tienen que vivir bajo sus reglas. Ningún liberal puede negarse a la conversación constituyente arguyendo que el marco constitucional actual –independiente de sus condiciones de justificación- protege suficientemente sus derechos individuales. Ésa es solo la mitad del problema.

III. La tercera réplica vino por parte del investigador de la Fundación para el Progreso (FPP), Jean Masoliver. En cierto sentido, me hizo recordar aquello que señalara Pablo Ortúzar hace un tiempo: más que un Think Tank, la FPP actúa como un Fight Tank. Ése espíritu pugilístico parece impregnar la columna “Demasiado Rawls”, publicada en la plataforma online de Capital. Para comenzar, Masoliver parte descalificando la contribución Rawlsiana al pensamiento liberal por considerarla una “moda”. Entiendo que los liberales autodenominados clásicos o libertarios tengan problemas para aceptar que, cuando la filosofía política contemporánea se refiere al liberalismo, usualmente lo haga para referirse al cuerpo teórico elaborado en torno a Rawls y sus sucesores. Eso no quiere decir que la única forma de concebir al liberalismo sea a partir de la escuela igualitaria. La humilde recomendación que hice en mi columna -que parece irritar a Masoliver- es que las articulaciones criollas del concepto no pierdan de vista el estado del arte en la materia. Las discusiones más relevantes de los últimos cuarenta años -sobre individuo y comunidad, sobre universalidad y multiculturalismo, sobre los tipos de igualdad, sobre neutralidad y perfeccionismo, sobre razón pública y democracia, sobre justicia global y transgeneracional, sobre género, religión y cultura, entre otros- han sido abordadas por la literatura liberal desde un marco más o menos Rawlsiano, ya sea en forma de interpretaciones, reformulaciones o críticas. Es cosa de revisar los programas de los cursos de teoría política en las mejores universidades del planeta (el programa de los cursos de verano de la propia FPP no cuenta). La pregunta por la legitimidad de la redistribución, lamentablemente para el libertarianismo, parece estar en los márgenes. Como se trata de ideas que en Chile gozan de buena salud en importantes circuitos culturales, a los escuderos del libertarianismo de derecha les molesta que alguien proceda a revelar que dichas ideas son consideradas poco más que una curiosidad en el debate académico. Esto no significa que Masoliver y sus aliados ideológicos tengan que someterse a este marco de análisis. No hay ningún problema en que la FPP continúe disputando los presupuestos metodológicos y las conclusiones normativas del liberalismo-igualitario. Pero pretender que se trata de una “moda académica” digna de ser ignorada es actuar con poco rigor intelectual y menos amor por la disciplina. Es como hacer física sin tomar en cuenta las contribuciones de la teoría cuántica o seguir promoviendo el argumento del diseño de William Paley sin tomar en serio los avances que ha hecho la biología evolutiva en cien años. Por supuesto, Masoliver tiene razón: en el futuro, el paradigma puede ser distinto.

En lo sustantivo, hay varias pifias en su exposición. Primero, su asimilación del liberalismo Rawlsiano con el utilitarismo es aberrante: el objeto de A Theory of Justice es explícitamente la elaboración de una alternativa al utilitarismo filosófico. Son modelos rivales. No creo que la FPP tenga problemas de caja chica para invertir en algunas copias de la obra de Rawls: mi contradictor podría reparar en que la formulación del primer principio de justicia es justamente la protección de libertades individuales básicas que no pueden violarse ni aun a pretexto de beneficio colectivo. Como señala más tarde su colega Jorge Gómez, el proyecto Rawlsiano es de matriz kantiana.

En segundo lugar, concuerdo con Masoliver en el sentido de interpretar al liberalismo como una doctrina de corte meliorista o progresista. Sin embargo, no entiendo por qué “darle la categoría de «injusto» a lo que heredamos a nuestros hijos deshumaniza el progreso”. No hay relación lógica entre la idea de construir un mundo mejor a partir de nuestras capacidades racionales -una premisa profundamente ilustrada- y el reconocimiento que las ventajas que se transmiten de una generación a otra puedan ser inmerecidas a nivel individual. Nada impide que una comprensión más acabada de la noción de progreso moral esté asociada a una teoría de justicia más igualitaria o que ponga énfasis en la dimensión efectiva y no puramente formal de la libertad.

En tercer lugar, Masoliver expresa la misma inquietud de Blaset en torno a un proyecto de un acuerdo constitucional que, por acción de la democracia, pueda violar derechos individuales. Fue mi error no especificar la importante diferencia entre el “primer Rawls” y el “segundo Rawls” en este respecto. La idea de un consenso traslapado que exprese los acuerdos básicos de una sociedad plural se enmarca en la defensa de un liberalismo puramente político y no sustantivo (no metafísico, diría Rawls). Es un tipo de liberalismo tan minimalista -en cuanto no compromete las doctrinas comprehensivas- que conservadores y socialistas razonables también podrían declararse tributarios de sus instituciones. Es un liberalismo que aspira a funcionar como marco general en el cual las diversas nociones de la vida buena puedan desplegarse, cuidando de preservar un núcleo de convicciones compartidas en torno a la idea de lo justo. Como ciudadano, me interesa avanzar hacia la articulación colectiva de ese liberalismo político. Como liberal, quisiera que mis ideas respecto de la vida buena sean respetadas y mis intuiciones fundamentales sobre lo justo estén recogidas en ese consenso traslapado.

Finalmente, Masoliver parece confundir garrafalmente los planos de la discusión. Los presupuestos de la justicia como imparcialidad están formulados a modo de teoría ideal y se aplican sobre las instituciones de lo que Rawls llama la estructura básica de la sociedad. Las condiciones del diálogo democrático actual, especialmente en Chile, son obviamente distintas. Por supuesto que los actores concretos poseen intereses contrapuestos. Teóricos y prácticos deben conciliar sus aspiraciones normativas con las realidades factuales de los procesos políticos. Mi percepción es que muchas personas en el mundo libertario sencillamente no quieren correr el riesgo de rebarajar el naipe del poder. Lo entiendo desde la humana tendencia a conservar el statu quo que nos beneficia. Lo entiendo desde la posición sustantivamente liberal que busca proteger la libertad económica. Pero negarse por estas razones al proceso constituyente es incoherente con las demandas del liberalismo político. El final de Masoliver es una colección de eslóganes. Menciona una serie de principios liberales históricos, pero olvida todos los que dicen relación con la igualdad -el principio fundamentalmente liberal, según Ronald Dworkin-, con la idea de tolerancia -que para otros pensadores como William Galston es la idea fundacional del proyecto liberal europeo a partir de la Reforma- o bien con la derivación kantiana de autonomía -que para otros constituye el verdadero núcleo ilustrado del liberalismo. El liberalismo no se juega en la mera libertad contractual ni en la autonomía de la billetera. El remate de Masoliver es de un entusiasmo conmovedor: “lo que más hay es redistribución, lo que más hay es la violación del individuo, lo que más hay es Rawls”. Es irónico que las ideas de libre mercado en Chile hayan sido introducidas por una dictadura que violó los derechos de los individuos en múltiples otras dimensiones. Los modelos de países desarrollados que se asemejan al ideal Rawlsiano, en cambio, no parecen sufrir de violaciones dramáticas a la libertad de los individuos por contar con acuerdos redistributivos.

IV. La respuesta más interesante vino de la mano de otro investigador de la FPP, Jorge Gómez Arismendi. Fue publicada en El Mostrador y lleva por título “Liberales modernos y postmodernos”. Ya señalé que la distinción entre liberales de derecha y liberales de izquierda es una simplificación excesiva de una familia más compleja. Pero Gómez añade que la distinción entre liberalismo moderno y clásico a partir de la adhesión a políticas redistributivas a secas es “un simple juego retórico”. No desconozco que se trata de otra simplificación, pero al tenor de las tres respuestas examinadas, el lector se dará cuenta que algo hay de cierto en ella. Si se trata de buscar las coincidencias al interior de esta tradición de pensamiento, no sería raro que liberales igualitarios y libertarios estuvieran de acuerdo en rechazar aquellas legislaciones que buscan proteger a las personas del daño que puedan hacerse a sí mismas, como en el clásico caso del cinturón de seguridad. Es ese sentido, ambas escuelas suelen ser anti-paternalistas. También es muy probable que se opongan al despliegue coercitivo del poder político para promover una idea determinada de la virtud o la vida buena. Un liberal podría tener objeciones religiosas con la homosexualidad, pero no piensa en movilizar los recursos del estado para obstaculizar los derechos de la población gay. Las coincidencias parecen extinguirse cuando se trata de la redistribución de la renta o del patrimonio de los ciudadanos. En este ámbito, los liberales igualitarios suelen considerar que la justicia es el valor central de la convivencia social. Luego, construyen una teoría de justicia que a partir de una serie de presupuestos metodológicos y premisas sobre los bienes primarios de la vida humana establece una serie de arreglos institucionales. Las libertades básicas de la teoría liberal forman parte de este arreglo. Pero los liberales igualitarios no se detienen ante la (importante) protección de la libertad negativa. Avanzan en la formulación de principios de igualdad democrática y problematizan la legitimidad de la desigualdad socioeconómica. Los libertarios, en cambio, suelen echar mano de una teoría de justicia distinta, en el cual las distribuciones desiguales quedan enteramente justificadas por un proceso histórico de intercambios voluntarios. Algunos autores creen que las teorías de laissez faire no debieran calificar como auténticamente liberales a estas alturas del partido (es la robusta tesis de Samuel Freeman en Illiberal Libertarians: Why Libertarianism Is Not a Liberal View), pero yo ni siquiera he argumentado algo semejante.

Aquí viene la sugerencia interesante de Gómez: indica que dar luz verde para que el estado recaude impuestos se asemeja mucho a darle luz verde como agente moralizante. Al permitirle al poder político que decida sobre el mejor uso de nuestros recursos, le estamos permitiendo que decida (aunque sea parcialmente) sobre el rumbo de nuestras vidas. Es decir, no sería enteramente cierto que tenemos coincidencias en dos ámbitos y discrepamos en el tercero. El argumento de Gómez es que no podemos hablar de coincidencia en el plano anti-perfeccionista si admitimos la legitimidad de la función redistributiva. Concluye Gómez que “esta diferencia radical no divide las aguas entre liberales de derecha e izquierda, como plantea Bellolio, sino entre liberales modernos y liberales postmodernos”. En resumen, los liberales igualitarios seríamos modernos porque aceptamos la injerencia (moral) del poder político en nuestra soberanía individual, mientras los liberales reunidos al alero de la FPP serían postmodernos porque rechazan todo tipo de intervención coercitiva sobre nuestra suprema subjetividad. He dicho que me parece una objeción interesante porque, si Gómez tiene razón, los liberales igualitarios enfrentamos un problema de consistencia interna del discurso. Tiendo a pensar que no la tiene. Me parece que Gómez recrea el trauma hayekiano de postguerra: la idea de vivir bajo un estado centralmente planificador donde la economía y los otros ámbitos de la vida son igualmente controlados por la autoridad. Lo primero, pensaba Hayek en The Road to Serfdom, es la puerta de entrada a lo segundo. Pero la estructura institucional del liberalismo Rawlsiano está lejos de ese escenario distópico. Quizás lo primero que haya que decir es que los liberales modernos no buscan sustituir el modelo de mercado. Incluso Dworkin reconocía que una persona dispuesta a abandonar el sistema capitalista no merece el apellido liberal. Según Dworkin, en el mercado se juega otra dimensión de la igualdad de las personas, pues el poder político no debiese presumir qué es lo que los ciudadanos quieren y prefieren en sus vidas. El mercado encarna un espacio donde la libertad creativa de los individuos también se despliega. Sin embargo, los liberales modernos han promovido regulaciones al libre mercado justamente para que viva a la altura de los principios que dice encarnar. El mismo Hayek defendía las regulaciones que introdujeran competencia. La mayoría de estos liberales también cree en la importancia de disminuir los niveles de desigualdad, de generar redes de protección social y de proveer servicios públicos en áreas estratégicas. Creen en ello pues reconocen que la estructura distributiva obedece -casi siempre- a nuestras posiciones de partida y no al merecimiento de acuerdo a nuestra contribución social, sin mencionar que parte importante de los frutos del trabajo son colectivos. Algunos consideramos que una estructura distributiva que no reconoca aquello es profundamente injusta (recomiendo al respecto un artículo en coautoría con Daniel Brieba: Por qué la desigualdad importa). Por lo mismo, estos liberales promueven un esquema de igualdad de oportunidades lo más extenso posible, equilibrando esas exigencias con otras libertades individuales igualmente atesoradas. Desde la perspectiva conceptual, el liberalismo igualitario no tiene por qué negar que los esfuerzos redistributivos implican sacrificios a la libertad individual. La pregunta normativa es si aquellos sacrificios se justifican en el marco ideológico general. La respuesta es afirmativa. Si los libertarios insisten en denominar dicho resultado como “socialista”, que así sea. Pero esto no compromete la subjetividad individual, como vagamente la describe Gómez. Si por subjetividad individual se refiere a lo que ocurre dentro del radio de la libertad negativa, la vida en sociedad está plagada de circunstancias en las cuales dicha libertad no será absoluta por una serie de consideraciones. Como bien reconocía Isaiah Berlin, la extensión de dicho radio siempre será controvertida. Lo relevante es que se trate de un dominio lo suficientemente amplio para que las personas puedan llevar adelante sus proyectos de vida. El liberalismo busca proteger ese dominio a través de una serie de garantías y así limita la eventual voracidad del poder político al respecto. Del escepticismo sobre cómo se ejerce dicho poder -que podemos compartir- no se sigue la imposibilidad justificatoria de dicho poder en términos auténticamente liberales.

Valga la pena una aclaración histórica: el liberalismo igualitario de Rawls ha sido precisamente criticado por autores comunitaristas por asumir un individualismo normativo en el corazón de su teoría de justicia. Fueron ésas críticas las que generaron debate en la literatura especializada (MacIntyre, Taylor, Sandel), al menos durante los ochenta. Blaset y Gómez tienen la errónea impresión que Nozick “refutó” a Rawls. La triste verdad es que casi nadie cree eso en la teoría política contemporánea. Salvo G.A. Cohen -quien vio en Nozick un interesante desafío al marxismo- nadie tomó demasiado en serio al libertarianismo de los setenta. Si estuviese vivo, Nozick sería un hombre feliz contemplando el éxito de sus ideas en este lejano y excéntrico país andino.

Valga también la pena una aclaración semántica. Gómez hace tres movimientos curiosos. Uno, dice que llamamos libertarios a los libertarios porque en realidad los consideramos “libertinos”. No sé de dónde sale esa inferencia. No creo que el fenómeno del libertinaje -lo que sea que eso signifique- necesite una categoría política. Luego, se refiere reiteradamente a los “mal llamados liberales igualitarios”. No me queda claro en qué sentido “mal llamados”. ¿Insinúa Gómez que los liberales igualitarios no debiesen considerarse liberales bajo ningún respecto por el hecho de justificar cierta función redistributiva? Si aquella es su insinuación, entonces toda la literatura contemporánea está equivocada y los futuros filósofos políticos del mundo entero debiesen correr a registrarse en los cursos de la FPP para ser iluminados al respecto. Finalmente, no deja de ser paradójico que Gómez reclame para la resurrección de las ideas del liberalismo clásico el mote de “liberalismo postmoderno”. Locke fue el precursor de la idea de un estado cuyas funciones se limitan proteger la vida, la libertad y los bienes de las personas. Nozick fue su actualización. Pero entre uno y otro, la humanidad presenció la explosiva expansión del sufragio universal. El liberalismo, notaba Norberto Bobbio, no pudo volver a ser lo mismo. Cuando la propiedad estaba concentrada en pocas manos, las limitadísimas funciones del estado tenían sentido como mecanismo de autoprotección de las elites. Pretender rehabilitar el liberalismo clásico en las condiciones actuales no tiene nada de postmoderno; más bien debiese ser llamado “retroliberalismo”.

Sin duda, estas conversaciones continuarán. Si el objetivo de estos intercambios es enriquecer el debate sobre el liberalismo chileno, me parecería interesante profundizar en la idea de “la inviolabilidad de la subjetividad humana” que presenta Gómez. Quizás haya que refinar la respuesta de por qué admitir la injerencia coercitiva del estado en el área socioeconómica no es igual a aceptar su pretensión moralizante. Agradezco las otras respuestas -no tanto la que me considera un virus a eliminar- pero no veo en ellas mucho material para continuar. Desde la perspectiva puramente práctica, me encantaría saber cómo encaja el libertarianismo de Blaset en una coalición de centro liberal. Finalmente, me gustaría llamar la atención sobre el importante trabajo que lleva adelante la FPP. Masoliver y Gómez se unen a Axel Káiser y Francisco Belmar en una auténtica armada libertaria (o liberal clásica, si prefieren) que parece ser consistente en su defensa de un liberalismo radical de sensibilidad ácrata. Tengo entendido que se oponen a iniciativa legales que afectan la libertad individual no solo en materia económica sino también en materia de derechos civiles (como en el caso del control de identidad preventivo). Se espera que sean más activos en debates sobre derechos reproductivos o políticas de drogas, donde podemos actuar en conjunto. En las materias donde subsiste la discrepancia, bienvenida sea.

Link: http://www.ciudadliberal.cl/?p=16361

LA CRUZADA CIVILIZATORIA DE JAIME BELLOLIO

febrero 2, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el 26 de enero de 2016)

El diputado UDI Jaime Bellolio es mi primo hermano. Tenemos prácticamente la misma edad y compartimos todos los veranos de nuestra infancia. No teníamos más de diez años cuando nos disputamos el amor de una mujer. Cada uno preparó su mejor ramo de flores y caminamos juntos a pedirle a la muchacha que decidiera entre los dos. La fortuna estuvo conmigo esa vez, aunque a esa tierna edad un pololeo no involucra beneficio físico alguno. Años después, mi primo se desquitó. A fines del 2002 competimos por la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica. Jaime encabezaba la tradicional lista del Movimiento Gremial y el suscrito corría como primer vicepresidente de la Opción Independiente, liderada por el actual subsecretario de Transportes Cristián Bowen. Algunos se referían al Bellolio Bueno y al Bellolio Malo, siendo Jaime en casi todos los casos el primero. Cuento corto: la victoria fue del gremialismo y en la sede de calle Suecia tomaron nota de la aparición de un joven talento. Desde entonces yo me he acostumbrado a perder elecciones. El resto es historia: El Bellolio Bueno estudió en Chicago, trabajó en la Fundación Jaime Guzmán y se desempeñó como prosecretario de la UDI. José Antonio Kast le abonó el terreno para que se transformara luego en diputado por San Bernardo y Buin. Hoy, con 35 años, está cerca de transformarse en el nuevo presidente del partido.

Originalmente no era Jaime el elegido para renovar la dirigencia del gremialismo, pero la caída de Ernesto Silva aceleró las cosas. El show debe continuar y la nueva generación de la UDI –al menos la mayoría de los diputados jóvenes- no está dispuesta a devolver el control total a los coroneles. Se han juramentado a batallar, aunque en la vereda contraria se agrupen verdaderos emblemas partidarios como Joaquín Lavín, Juan Antonio Coloma o Víctor Pérez. Corresponde entonces preguntarse de qué se trata la operación que trama Jaime Bellolio y compañía.

El diagnóstico compartido es que la UDI pasa por un momento reputacional complejo y atrás quedaron los días dorados del partido más grande de Chile. “Es un avión que va con la nariz abajo”, ha dicho el diputado Bellolio. Sin un cambio de dirección, piensan, el descenso es inevitable. En lo inmediato, el temor es que el electorado castigue con dureza a los candidatos de la UDI en las próximas municipales y parlamentarias. Es el único control de daños fidedigno después del terremoto Penta. Tótems como Jovino Novoa y Jaime Orpis están en la vitrina popular de políticos corruptos y es razonable pensar que la gente cobrará esa cuenta en la organización que los ampara. En ese escenario se entiende el estratégico desmarque que Jaime Bellolio intentó realizar respecto de la nula condena que la dirigencia de la UDI emitió sobre el caso de Novoa. A diferencia de Silva –cuyos vínculos familiares y profesionales le hacían imposible levantar la voz- el diputado Bellolio tiene más espacio para establecer estándares de mínimo sentido común. Desde el punto de vista normativo, su discurso debe ser capaz de distinguir la defensa del libre mercado de la defensa de intereses empresariales particulares. No es fácil: la derecha chilena tiende a confundir las fronteras del pro-business con el pro-market. ¿Se puede salvar al capitalismo de los propios capitalistas? Quizás, pero para eso hay que quemar bastantes naves. En el caso de la UDI, ello implica tensar relaciones con una tribu que históricamente los ha financiado y avalado. El desafío táctico es encontrar nuevos interlocutores en el mundo empresarial, voces autocríticas que sean capaces de asumir los errores cometidos sin echarle la culpa de todo al gobierno o a las reformas.

Pero el problema no es sólo inmediato. Más allá de lo que ocurra en las próximas elecciones, las generaciones de recambio de cualquier partido tienen el deber de custodiar el futuro. La UDI goza de una extensa red de presencia territorial, pero en los últimos años ha perdido el atractivo que tenía para los jóvenes de derecha que buscan un espacio en la política. Para un estudiante veinteañero de pulsiones liberal-conservadoras, es más interesante probar suerte en un grupo emergente como Evopoli que en una organización todavía marcada por la sombra de Pinochet. En términos de encorvamiento generacional del padrón de militancia, la UDI corre el riesgo de transformarse en la DC. Así como la competencia de los partidos de la Nueva Mayoría en las universidades chilenas es Revolución Democrática o la Izquierda Autónoma, la competencia de los partidos tradicionales de derecha es Evopoli. Dicho de otra manera, el problema de la UDI no es de caja sino de flujo. Es difícil que eso cambie si su próximo presidente es Lavín o Coloma. Jaime Bellolio, en cambio, saldría directamente a contener el crecimiento del protopartido de Felipe Kast. Por todo lo anterior, el desafío de Jaime es sacrificar a Pinochet. ¿Puede abjurar del dictador una colectividad que nace a su alero con el fin explícito de proteger su obra? Nada fácil, pero vale la pena el esfuerzo. RN ya hizo modificaciones a su declaración de principios en ese sentido. Los conocidos arrebatos de diputados pinochetistas como Ignacio Urrutia o Jorge Ulloa debiesen ser motivo de reproche al interior de la nueva UDI versión Jaime Bellolio. Asimismo, la condena a las violaciones a los DDHH cometidas en dictadura debe ser irrestricta y sin bemoles. Ése es el piso moral básico de la convivencia política del siglo XXI y la UDI debe decidir si está a la altura. Evidentemente, esto también generará tensiones con otro mundo que se relaciona estrechamente con el gremialismo. No importa: cada columna de Hermógenes o Gonzalo Rojas fustigando esta estrategia es una victoria para Jaime.

Desde mi perspectiva, también es un avance para Chile. Aunque me siento tan cerca de la UDI como del Partido Comunista –es decir, equidistante pero a mucha distancia- y mis diferencias doctrinarias con el diputado Bellolio son sustantivas, creo que su esfuerzo le hace bien a su partido pero también al país. Tenemos una derecha muy a la derecha del espectro. Eso tiende a generar conversaciones polarizadas con escasa posibilidad de diálogo productivo. En los últimos días incluso ha circulado el hashtag #NoMásUDI. Jaime Guzmán solía decir “nos odian porque nos temen, y nos temen porque nos saben irreductibles”. La política no es el lugar idóneo para caerle bien a todo el mundo, pero en los tiempos que corren me parece igualmente absurdo aspirar al odio del resto de la ciudadanía. Si la cruzada civilizatoria de Jaime Bellolio y sus aliados logra redefinir algunos aspectos centrales de su partido –conectándolo con criterios cívico morales ampliamente aceptados en la población- entonces el sistema de partidos chilenos estará ganando un aporte en lugar de un permanente dolor de cabeza, aunque sigamos discrepando de sus posiciones. No ignoro que el propio Jaime ha sido blanco de duros ataques por su actuación en el debate educacional, especialmente respecto del fallo del Tribunal Constitucional que modificó el plan de gratuidad universitaria anunciado por el gobierno. Esas actuaciones, al mismo tiempo, lo han hecho acreedor de respeto político entre sus pares. Su figura ha crecido al interior de la propia derecha -lo que contribuye a atenuar el argumento de la inexperiencia- e incluso sus detractores le reconocen méritos intelectuales y personales que a otros no. Algunos creen que la UDI necesita una figura de unidad de cara a los próximos desafíos electorales. Pero eso es pan para hoy -con suerte- y hambre segura para mañana. Lo que dicho partido parece necesitar es una dosis de tensión productiva que asuma las pérdidas y se reformule políticamente pensando en el futuro. De lo contrario, tiene poco futuro.

Link: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/01/26/la-cruzada-civilizatoria-de-jaime-bellolio/

EL ARTE DE GOBERNAR

febrero 1, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 01 de Febrero de 2016)

Uno de los comentarios más recurrentes de políticos y analistas es que el actual gobierno ha obrado con excesiva desprolijidad en una serie de episodios que pudieron manejarse mejor. Episodios como el vilipendiado viaje de Bachelet a la Araucanía –que pudo hacerse de forma distinta- o como el anuncio de restricciones a los periodistas que se sumen a las giras presidenciales –que pudo explicarse forma distinta- son ejemplos de esta desprolijidad. Es decir, no se trata de una crítica a la dirección ideológica de las reformas ni al contenido sustantivo del programa sino a la manera en que los equipos de gobierno han realizado su tarea. Independiente del juicio que oficialistas y opositores tengan del fondo, ambos parecen coincidir en un cuestionamiento general a la forma. En síntesis, el segundo mandato de Michelle Bachelet estaría marcado por una administración políticamente torpe.

Lo mismo se dijo, al menos al comienzo, del gobierno de Sebastián Piñera. Se hablaba de los “errores no forzados” de La Moneda: aquellos problemas que se creaban por desaguisados internos antes que por aciertos del adversario. Piñera tuvo que recurrir a los viejos cracks de la derecha (Longueira, Chadwick, Allamand, Matthei) para subsanar el déficit político de su conducción. Aun así, quedó la sensación que los resultados en materia de políticas públicas fueron comparativamente mejores a los resultados en materia de percepción puramente política.

Los gobiernos anteriores, en cambio, gozaron de la reputación contraria. De Ricardo Lagos se dijo que su talón de Aquiles fueron las políticas públicas, pero no la política. Su equipo de navegación –que incluía a José Miguel Insulza y Francisco Vidal- no cometía errores infantiles y salía jugando cuando se presentaban dificultades. El primer mandato de Bachelet partió cojeando pero terminó percibiendo los beneficios de un manejo político aceitado.

¿Qué hace que un gobierno sea mejor que otro en términos de destreza política? ¿La calidad de los asesores del segundo piso? ¿La experiencia de los ministros? ¿La muñeca del presidente? ¿La coordinación táctica? Quizás un poco de todas las anteriores. Lo claro es que gobernar se parece más a un arte que a una ciencia. No existe una metodología infalible ni una receta a prueba de incendios. No basta con leer a Maquiavelo o a Sun Tzu. Gobernar es navegar en aguas turbulentas y  muchas veces se requieren cambios de estrategia sobre la marcha. Al gobierno le quedan dos años: ¿podrán sus artistas mejorar la actuación?

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-02-01&NewsID=336980&BodyID=0&PaginaId=29

LA UTOPÍA DE VIVIR SIN CORRUPCIÓN

enero 30, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 30 de enero de 2016)

Hace quinientos años –exactamente en diciembre de 1516- el abogado inglés Tomás Moro publicó “Utopía”, una obra que describe el funcionamiento de una sociedad perfecta donde sus habitantes viven en armonía respetando las leyes. En griego, Utopía significa “no-lugar”. Es decir, Moro estaba perfectamente consciente que un lugar semejante no existía en la Tierra. De hecho, su idea era contrastar este paraíso social y político imaginario con las prácticas corruptas de la sociedad inglesa de su época, donde cortesanos, clérigos y comerciantes conspiraban, engañaban y delinquían por igual. Algo parecido a lo que ocurre en el Chile contemporáneo. Los últimos años han sido un balde de agua fría: muchos pensábamos que vivíamos en una especie de isla –como Utopía- aislada de la corrupción. La verdad parece ser distinta.

Sin embargo, no todo es tan malo. Es difícil imaginarse a los familiares de Enrique VIII desfilando por los tribunales del reino, sometiéndose a la justicia como cualquier otro vasallo. Ayer, la nuera de la presidenta de la república en ejercicio y el sobrino de un ex presidente comparecieron ante un juez civil que aplicó sobre ellos una serie de medidas cautelares en el marco de la investigación del caso Caval. El año pasado ocurrió algo similar con dos de los empresarios más poderosos del país. Esto no quiere decir que la justicia en Chile sea verdaderamente ciega y no dependa, hasta cierto punto, de la influencia y el dinero. Pero se me ocurren varios países latinoamericanos donde es inimaginable que los parientes del gobernante paguen por sus abusos.

El caso Caval ha puesto de manifiesto que ninguna red de protección política es suficiente. Gracias al trabajo del Ministerio Público nos hemos enterado que Caval era un negocio irregular donde no sólo participaba Natalia Compagnon e indirectamente Sebastián Dávalos, sino además una serie de personajes de filiación política opositora. La corrupción no es patrimonio de la izquierda ni de la derecha. Quizás de la misma forma se explican los pagos del yerno de Pinochet –a nombre de SQM- a políticos de la Nueva Mayoría. El patrón común en estos casos es que la plata fue siempre más importante que la política.

Probablemente Humberto Maturana tenga razón y la corrupción no sea culpa de la ideología ni el modelo, sino de “una expresión cultural muy antigua de obtener ventajas a cualquier precio… surge de la ambición, avaricia y el afán de poder, emociones todas que llevan a la deshonestidad”. Probablemente, entonces, siempre hemos convivido con estas prácticas. No somos más corruptos que antes, pero ahora estamos teniendo la capacidad de enfrentar la mugre que antes se escondía bajo la alfombra. La narrativa mitológica de políticos y empresarios probos se desmoronó. No vivimos en Utopía. Pero al menos nuestros cortesanos no pueden invocar sus lazos con el rey (o la reina, para estos efectos) para zafar del castigo.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-01-30&NewsID=336807&BodyID=0&PaginaId=18

LOS OTROS PRESIDENCIABLES

enero 26, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 25 de enero de 2016)

En Chile estamos acostumbrados a que los candidatos presidenciales en serio provengan de los partidos o coaliciones tradicionales. Es decir, hay pocos outsiders competitivos, como ocurre en otros países de la región. Esto, generalmente, se considera síntoma de un sistema político sano: la oferta política está institucionalizada y no depende de la explosión de personalismos. Sin embargo, parece curioso que una ciudadanía que grita a los cuatros vientos su cansancio de la clase política tradicional no apueste por liderazgos alternativos. Que los nombres de Lagos y Piñera se impongan por defecto en las encuestas es revelador, y ciertamente triste desde la perspectiva de la renovación de las elites dirigentes.

Haciendo política ficción, la pregunta es qué otras cartas podrían emerger en el contexto de deslegitimación de las estructuras partidistas. A continuación, una lista tentativa. La figura de Eduardo Engel, por ejemplo, podría concitar apoyos en nombre de la transparencia y el combate a la corrupción. Si la narrativa de la próxima elección es el hastío con el aprovechamiento y el delito, las imágenes del ex contralor Ramiro Mendoza o del ex fiscal nacional Sabas Chahuán ganan terreno. El experto en política educacional Mario Waissbluth también asoma como un personaje con credibilidad y discurso crítico. Y si es por buscar en la categoría de “hombres buenos”, el sacerdote jesuita Felipe Berríos y el activista social Benito Baranda llevan la delantera. Tampoco hay que descartar las voces que, desde el debate y los medios de comunicación, encarnan el sentir de muchas y muchos. Carlos Peña y Tomás Mosciatti son ejemplos al respecto.

Luego vienen los líderes sectoriales, capaces de articular discursos políticos desde causas particulares. Así, el relato pro-emprendimiento lo encarna Jorge Errázuriz o Juan Pablo Swett; la cruzada anti-abortista ha resucitado a Soledad Alvear; el ex líder sindicar Cristián Cuevas ejerce un embrujo especial en grupos de izquierda fuera de la Nueva Mayoría; Rolando Jiménez se ha graduado como efectivo cabildero en la promoción de la agenda de la diversidad sexual; el ex intendente Francisco Huenchumilla tiene un relato atractivo sobre el conflicto chileno-mapuche; la sencillez de Iván Fuentes le ha granjeado el mote del “Pepe Mujica chileno”; el excéntrico Leonardo Farkas ya marca en algunos sondeos y muchos lo ven como símbolo de la filantropía; etcétera.

Seguramente algunos de los mencionados serán tentados por partidos o movimientos para asumir desafíos electorales. Todavía, sin embargo, nadie se toma muy en serio un experimento presidencial con estos nombres. No porque sean malos nombres, sino porque intuimos –correctamente- que la política se juega en proyectos colectivos. Pero el escenario es líquido y la indignación ciudadana con la clase política de la transición es creciente. A veces basta con estar en el momento correcto en el lugar adecuado para que las combinaciones habilitantes se produzcan.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-01-25&NewsID=336373&BodyID=0&PaginaId=33

MUCHO HAYEK Y POCO RAWLS

enero 24, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 22 de enero de 2016)

La familia liberal es enorme. En ella caben distintas tradiciones e interpretaciones. Por lo mismo, hablar de liberalismo sin ponerle segundo apellido resulta un poco vago a estas alturas. En Chile, en el último tiempo, han surgido diversas iniciativas políticas, comunicacionales, intelectuales y académicas que se consideran inspiradas en el pensamiento liberal. Sin embargo, representan visiones de un liberalismo en tensión. La Fundación para el Progreso, por ejemplo, realiza un intenso despliegue para difundir las ideas de un liberalismo de cuño clásico. Si hubiese sido publicado en el mundo anglosajón, el best-seller La tiranía de la Igualdad de Axel Káiser sería considerado parte de la corriente libertaria. Sin embargo, en la naciente coalición de “centro liberal” –donde conviven Ciudadanos, Amplitud y Red Liberal– varios de sus dirigentes abrazan los postulados centrales del llamado liberalismo-igualitario, que en la teoría política contemporánea se ha quedado con el nombre de liberalismo a secas. Lo mismo respecto del Partido Liberal de Chile y su diputado Vlado Mirosevic.

Esta columna no pretende zanjar quiénes son los auténticos o verdaderos liberales. No porque sea imposible llevar a cabo una reflexión conceptual, sino porque términos como liberalismo cargan con tanto bagaje histórico y ramificaciones contextuales que, a decir de Quentin Skinner, lo mejor que podemos dibujar es genealogías. Dicho de otra manera, no creo que haya impostores de mala fe en la gran familia liberal. Seguidores de Rothbard y de Dworkin tienen diferencias de fondo, pero ambos pueden ser sinceros en su identificación con el apellido común. Por supuesto que me permito dudar de la comprensión del liberalismo en una persona que al mismo tiempo se define como pinochetista, pero entiendo que las distinciones en este campo admiten gamas de grises.

A simple vista, lo que distingue a los liberales en Chile es su posición respecto a la justificación y legitimidad del ejercicio redistributivo del Estado. Aquéllos que se agrupan bajo el paraguas clásico son altamente escépticos al respecto. Los liberales modernos, en cambio, no conciben una teoría de justicia sin un componente igualitario en la distribución de las recompensas sociales. Aunque ambos grupos suelen coincidir en la importancia de limitar las atribuciones paternalistas del poder político, así como en combatir los intentos de legislación moralizante, sus discrepancias en el ámbito económico-social son suficientemente relevantes como para dividir aguas entre liberales de sensibilidades de derecha y de izquierda. Los primeros tienen por estandarte intelectual al viejo Hayek, los segundos al bueno de John Rawls.

Sin perjuicio de las legítimas diferencias descritas, a los liberales chilenos de la escuela clásica les haría bien tomar nota de dos aportes de la escuela igualitaria, sin los cuales se hace difícil entender la metodología liberal en la literatura especializada. Estos dos aportes se resumen, en la obra de Rawls, en la idea de justicia como imparcialidad y en la idea de un liberalismo esencialmente político como consenso traslapado.

La idea de justicia como imparcialidad se asocia a lo que algunos denominan el “primer Rawls” de A Theory of Justice (1971). Es una visión tan intuitiva como poderosa, que se desprende de un experimento mental –que Rawls llama la Posición Original– en el cual nos imaginamos una situación en la cual no tenemos conocimiento de qué posición nos tocará ocupar en la sociedad. La pregunta es qué arreglos institucionales nos parecería justo acordar bajo dicho velo de ignorancia. ¿Por qué se trata de una lección importante para los liberales ubicados en la frontera mercurial? Porque en ese mundo abunda la percepción que la (desigual) distribución actual es justa en la medida que –idealmente– no fue generada a partir del fraude sino de intercambios voluntarios. Rawls es útil para recordarles que eso no es enteramente cierto, y que fueron nuestras posiciones de origen las que determinaron en gran medida las posiciones que actualmente ocupamos. La idea de justicia como imparcialidad –mecanismo constructivista prototípicamente liberal– nos pide que pensemos en lo justo sin tener en consideración los privilegios que queremos naturalmente defender y transmitir a nuestros hijos. De lo contrario, la igualdad de oportunidades es puramente nominal y casi nunca efectiva.

Del “segundo Rawls” de Political Liberalism (1993), los liberales chilenos debieran recoger la importancia de fundar la convivencia política sobre un acuerdo que establezca mínimos ideológicos compartidos. La renuencia que muchos liberales exhiben a la hora de debatir el proceso constituyente revela una entendimiento parcial de los requisitos procedimentales que el mismo liberalismo exige para justificar el ejercicio del poder político en sociedades plurales. En estricto rigor, los liberales debiesen ser entusiastas en la promoción de un acuerdo que redibuje los esenciales constitucionales bajo condiciones ideales de imparcialidad, tomando en cuenta que el actual marco normativo constitucional careció de ellas.

En síntesis, si bien los esfuerzos por revitalizar la vigencia del pensamiento liberal clásico en Chile son loables desde la perspectiva del enriquecimiento del debate, no es intelectualmente honesto referirse al liberalismo sin tomar en cuenta la metodología predominante en la filosofía política contemporánea, la que en muchos casos arroja resultados más igualitarios que los que algunos quisieran aceptar.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/01/21/150124-mucho-hayek-y-poco-rawls

EL DONALD TRUMP CHILENO

enero 20, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 20 de enero de 2016)

Como se dice en el campo, al diputado PPD Jorge Tarud se le arrancaron las cabras pal’ monte. Uno espera que las personas que ostentan cargos de representación de alto nivel sean capaces de contener sus impulsos rabiosos frente a la cámara o el teclado. Más cuando se trata de un miembro de la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara, de quien uno esperaría además una cuota de diplomacia. Tarud estuvo en las antípodas de la diplomacia: sus expresiones respecto del presidente venezolano Nicolás Maduro fueron groseras y ofensivas. Eso no corresponde a un político serio, menos a uno que dice tener aspiraciones presidenciales.

Lamentablemente, Tarud sigue un ejemplo de lenguaje soez y desvarío nacionalista que tiene éxito en ciertos contextos. Aunque partió casi como una humorada, la candidatura presidencial del excéntrico multimillonario Donald Trump en Estados Unidos va como avión. Su estrategia es decir fuerte y claro lo que alguna gente piensa, sin el filtro de la prudencia ni de la responsabilidad, especialmente cuando se trata de estereotipar al extranjero, al migrante, a cualquiera que pertenezca a otro credo cultural. Tarud viene practicando un deporte similar desde hace un buen tiempo*. Es cierto que eso le ha granjeado cierta simpatía en el extremo derecho del arco iris, pero nadie en su partido o en su coalición está dispuesto a jugársela por su aventura presidencial.

Esto no quiere decir que Tarud no pueda o no deba emitir juicios frente a las indesmentibles violaciones cotidianas a los derechos humanos que se viven bajo el autoritarismo chavista. Las vejaciones sufridas por la familia de Leopoldo López son política y moralmente condenables. Muchos quisiéramos tener un gobierno que rompa el silencio cómplice respecto de la situación venezolana. Pero la bravuconería no es el instrumento idóneo para conseguir resultados efectivos en las relaciones internacionales.

*Honestidad obliga a consignar que su reacción frente a la crisis migratoria en Medio Oriente fue muy distinta a la de Trump: Tarud llamó públicamente al gobierno chileno a acoger refugiados sirios. La pulsión chauvinista de Tarud se desata especialmente en conflictos regionales. 

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-01-20&NewsID=335990&BodyID=0&PaginaId=20

DÁVALOS-COMPAGNON: MONOS CON NAVAJA

enero 18, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 18 de enero de 2015)

Según Sebastián Dávalos, primogénito presidencial, su caída en desgracia estuvo digitada por las huestes del ex ministro Peñailillo y la llamada G-90. ¿Habrá tenido tanta importancia el director del área sociocultural de La Moneda como para ser objeto de una conspiración en su contra? Dudoso. Sabemos que la relación entre el hijo biológico y el hijo político de Michelle Bachelet era tensa, pero Dávalos parece atribuirse más importancia que la que tiene. Naturalmente, el lote de Peñailillo aprovechó de copar los espacios de poder disponibles como lo haría cualquier grupo ambicioso que siente que finalmente llegó su oportunidad. Pero uno pensaría que en ese objetivo había peleas más importantes que deshacerse del joven Dávalos, por muy cercano que éste haya sido a su madre.

Lo escribo en pretérito porque cada noticia que sale del caso Caval es otro clavo en la tumba de la popularidad de Bachelet. Lo único que está claro de la estrategia del matrimonio Dávalos-Compagnon es que no están muy preocupados de ahorrarle malos ratos a la Presidenta. Por el contrario, a veces pareciera que la táctica de victimización y despecho va asociada a un intento deliberado de meter al gobierno al baile. Hace pocos días, Natalia Compagnon indicó que la mismísima mano derecha de Bachelet, Ana Lya Uriarte, estuvo involucrada en los controvertidos negocios de Caval. Si Transantiago era una “mala palabra”, la Presidenta debe tener pesadillas con esta otra, que ahora se le instala en el segundo piso.

La táctica de Compagnon –que arriesga una formalización e incluso prisión preventiva en el marco de la investigación judicial- parece ser la siguiente: si caigo yo, caen todos conmigo. Al sumar más nombres a la ecuación –especialmente nombres sensibles para La Moneda- el dúo Dávalos-Compagnon quiere que el gobierno entienda los costos de dejar al atribulado matrimonio a su suerte. Eventualmente, que active sus influencias para que la sangre no llegue al río. Se sienten solos contra el mundo, tal como se sintió Hugo Bravo antes de cantar en el caso Penta. Son animales heridos. Por eso son peligrosos para el gobierno, que parece no tener armas para controlarlos.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-01-18&NewsID=335853&BodyID=0&PaginaId=38

¿PUEDE LA DC ABANDONAR EL BARCO?

enero 5, 2016

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 3 de enero de 2016)

El viaje “clandestino” -como lo bautizaron algunos- de la Presidenta a la Araucanía y la sonora queja del ministro Burgos volvieron a poner en la mesa una discusión recurrente: si acaso la DC no debiera romper con la Nueva Mayoría, dada su situación de incomodidad ideológica habitual y esporádicos ninguneos políticos. Lo volvió a plantear esta semana Gutenberg Martínez, uno de los líderes históricos del partido.

El principal problema, en cualquier caso, es que la DC no tiene adonde ir. Mientras Pinochet siga vivo en la memoria de sus dirigentes, no hay posibilidad de cruzar hacia la ribera derecha del río. Hace poco, Andrés Velasco les abrió la puerta de la naciente coalición de “centro liberal”. Pero aparte de compartir una difusa tendencia a la moderación, el ethos democratacristiano está lejos de compartir el acento doctrinario que los liberales ponen en la autonomía individual como criterio central de la acción política.

¿Y por qué no iniciar una carrera de solista? A fin de cuentas, la DC ya probó la gloria de un gobierno en solitario con Eduardo Frei Montalva. Lamentablemente para la falange, los tiempos no son los mismos. En los sesenta, la DC era un partido joven, transformador y con enorme proyección. Hoy, su padrón se encorva generacionalmente y su rol se ha limita a ofrecer matices a dirección de otros. Ideológicamente hablando, la DC es un partido del siglo XX.

Dicho de otra manera, la DC está un poco vieja para aventuras en solitario. Tiene mucho que perder y poco que ganar. Entre las cosas que tiene que perder están los miles de cargos que sus militantes ostentan en el aparato estatal. Puede sonar descarnadamente pragmático, pero en política no todos los argumentos son románticos. Participar en el ejercicio del poder siempre ha sido una razón poderosa y seductora.

El drama de la DC es que tiene que actualizar la visión que tiene de sí misma. Le pasa algo parecido a lo que experimentan esos jugadores de fútbol que cuando fueron jóvenes acostumbraban a explotar su habilidad y rapidez en el frente de ataque, pero después de una década inflando redes son retrasados en el campo por el entrenador. Es lógico: tienen la experiencia pero ya no el vértigo. Pasan de ser delanteros a posiciones de relativa contención. Es cierto que brillan menos, pero si se niegan a ocupar esa posición no van a jugar en ninguna.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2016-01-03&NewsID=334721&BodyID=0&PaginaId=9

PEOR DIABLO CONOCIDO QUE SANTO POR CONOCER

diciembre 29, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 24 de diciembre de 2015)

En una reciente entrevista, el senador socialista Carlos Montes decretó que en Chile “ya no surgieron partidos que representen tendencias nuevas y soluciones distintas”. Añadió que “podrían haber surgido” en el particular contexto de desprestigio de la clase política tradicional, pero que finalmente no apareció ninguno. Sin embargo, el diagnóstico de Montes es equívoco. En rigor, somos testigos la proliferación de nuevos movimientos y proto-partidos que aspiran a competir electoralmente por el ejercicio del poder político. Ya sea en la izquierda, el centro o la derecha, noveles fuerzas se organizan en torno a ciertas coordenadas ideológicas y una narrativa desanclada del eje ochentayocho-céntrico, que suele darle sentido histórico a las coaliciones tradicionales. La lista incluye a los Autonomistas, Revolución Democrática, el Partido Liberal, Ciudadanos, Amplitud, Red Liberal, Evopoli, Republicanos, Construye Sociedad, Todos, entre otros. Es cierto que estos referentes están en una etapa embrionaria, pero no es correcto descartar su potencial aporte. De hecho, los colegas de Montes hacen todo lo posible desde el Congreso para elevar las barreras de entrada a los nuevos actores políticos. Así es fácil condenarlos a la irrelevancia.

¿Por qué es importante darle una oportunidad a estos proto-partidos? No es, evidentemente, porque sean portadores de virtudes morales superiores o de una inteligencia colectiva superlativa. Los que objetan la teoría de la renovación generacional creyendo que ella implica que los jóvenes son mejores que los viejos construyen un hombre de paja y evaden el fondo del asunto. La política es la política y ninguna generación puede jactarse de hacerla de manera muy distinta a la anterior. El argumento a favor de los nuevos movimientos es distinto. Por una parte, es notorio que el limitado tiraje a la chimenea de los partidos tradicionales afecta su capacidad de conectarse con el relato histórico de una generación post-transición. La hipótesis que subyace a la emergencia de los nuevos movimientos es que, en general, ellos serían capaces de representar de mejor manera a quienes han vivido una experiencia histórica más o menos similar. Por la otra, porque en los actores políticos emergentes reside una esperanza de regeneración democrática. Es una esperanza vaga y cargada de optimismo, pero al menos propone una salida para rehabilitar la conexión política entre representantes y representados. Que figuras como Giorgio Jackson tengan la positiva evaluación que tienen es un antecedente a favor de esta tesis.

Pero no es un dato aislado. Hace algunas semanas, Cadem publicó una lámina decidora: a mayor conocimiento de los partidos políticos chilenos, peor es la imagen que de ellos tiene la ciudadanía. A su vez, las agrupaciones con mejor imagen son lejos las menos conocidas. La pregunta es si acaso es mejor diablo conocido que santo por conocer. La mejor manera de responder a esa pregunta es atendiendo a las necesidades del escenario político actual: en tiempos de aguda crisis de representatividad de las instituciones políticas tradicionales, no perdemos nada con intentar algo distinto. Por el contrario, no solo no perdemos nada, sino que además se nos abre una interesante oportunidad. Es imposible asegurar que esa oportunidad será bien aprovechada y las nuevas expresiones políticas contribuirán a revertir el calamitoso estado de las confianzas en Chile. Pero seguir apostando a los mismos no está ayudando mucho tampoco.

Nada de esto invita a ignorar los eventuales problemas de la fragmentación del sistema de partidos y efectos negativos de la alta volatilidad de la oferta política. La institucionalidad política debe generar condiciones de dinamismo básico y reconfigurarse cada cierto tiempo de acuerdo a los clivajes históricos más significativos. Invertir en estos movimientos tampoco equivale, obviamente, a renegar de la política y abrazar formas populistas o caudillistas. Prácticamente todos ellos se definen doctrinaria y programáticamente. Se trata justamente de sanar la política con más y no menos política.

Por todo lo anterior, me sumo al llamado que hiciera recientemente Mario Waissbluth: inscríbase en uno de estos movimientos. Firme en la notaria o afíliese en la web. Da lo mismo en cual. Elija el más cercano, ideológicamente hablando. Pero ponga su granito de arena para dibujar el nuevo mapa político chileno. Préstele ropa a la savia joven que quiere cambiarle a la cara a Chile a través de la herramienta democrática por esencia: el partido. De lo contrario, Montes terminará teniendo razón y los nuevos grupos nunca tendrán la fuerza necesaria para desafiar a los incumbentes. Sería triste, pues en la idea del reemplazo de las organizaciones políticas actuales radica una interesante oportunidad para salir del pozo en el que estamos.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/12/23/091201-peor-diablo-conocido-que-santo-por-conocer

 


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 81.096 seguidores