EL ULTIMÁTUM DEL PC

agosto 3, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 3 de agosto de 2015)

Difícil es la situación del Partido Comunista al interior de la coalición gobernante. Es evidente que la estrategia de “realismo sin renuncia” que anunció la Presidenta Bachelet implica un grado de renuncia a los objetivos y ritmos del programa que unificó a moros y cristianos (léase comunistas y democratacristianos) tras su candidatura. Por lo mismo, el PC no está contento y así lo ha señalado. Más aun, ha deslizado una sutil advertencia: si en el cónclave de hoy lunes el oficialismo no ratifica su compromiso con las transformaciones estructurales prometidas, el partido de Teillier, Vallejo y compañía evaluará su permanencia en la Nueva Mayoría. ¿Se trata de una amenaza creíble? Y si lo fuera ¿corre peligro el gobierno?

El PC no es muy grande pero ronca fuerte. Ha sido relativamente leal con Michelle Bachelet y ha sido premiado con importantes cargos en el aparato público. La primera pregunta –práctica y mundana- es si acaso la dirigencia comunista está dispuesta a dejar a tanto compañero sin pega en el nombre de la consecuencia programática. Salvar el honor cuesta caro. También sería algo triste que su primera incursión gubernamental desde tiempos de Allende no alcanzara a durar ni 18 meses.

La segunda pregunta es cuanto perdería La Moneda sin el PC. Obviamente, a ningún gobierno le agrada achicar su base de apoyo. Pero quizás no le quede otra. Si el nuevo gabinete político estima que las prioridades han cambiado y la única manera de salvar la plata –no olvidemos que el gobierno exhibe cifras paupérrimas de aprobación- es dando un giro hacia la preocupación por el crecimiento económico y la seguridad ciudadana, no hay nada que el voluntarismo rojo pueda hacer. Darles en el gusto a los herederos de Gladys podría significar sacrificar a la DC: cuando las sábanas son cortas, para cubrirse el pecho hay que destaparse los pies. Y en este particular escenario de crisis, esa no parece la jugada más prudente. Después de tanto hinchar con sus “matices”, el partido más conservador de la Nueva Mayoría está como chancho en el barro con la retórica de la gradualidad y la reforma de la reforma.

Al resto de los socios no les gustó nada el ultimátum de los comunistas. No quieren aliados amurrados ni arrastrando el poncho, dijeron. La puerta es ancha para quienes quieren salir, insinuaron. A fin de cuentas, después de una partida de caballo inglés no han aportado mucho que digamos. Primero fue el condoro del embajador Contreras en Uruguay, luego vino el entuerto de las platas de la Arcis y ahora la guinda de la torta son los (supuestos) nuevos antecedentes que vinculan al PC con las FARC colombianas. Esto sin mencionar que han sido políticamente incapaces de cuadrar al combativo gremio de los profesores –que nominalmente dirigen- con los proyectos del gobierno. Echarle la culpa de todos sus infortunios al anticomunismo es un poco infantil a estas alturas.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-08-03&NewsID=320994&BodyID=0&PaginaId=34

GRATUIDAD: PROGRESISTAS DE CARTÓN

julio 29, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 24 de Julio de 2015)

Cuando el gobierno envió sus primeros proyectos de ley para dar cumplimiento a la reforma educacional prometida, muchas voces se alzaron para cuestionar su orden de prioridades. La propia Presidenta reconoció, tiempo después, que su primera intuición había sido despachar las iniciativas correspondientes al fortalecimiento de la educación pública municipal. Pero nadie pudo reprocharle al oficialismo algún pecado de incoherencia doctrinaria. En efecto, en el programa ideológico de la Nueva Mayoría siempre fue central combatir la lógica de la educación de mercado, aquel edificio socio-institucional donde el diferencial en la capacidad de pago de las familias se traduce invariablemente en segregación escolar. El gobierno arriesgó mucho en la jugada –y la ruidosa irrupción de grupos de apoderados de colegios particulares subvencionados que defendieron el copago es testimonio de aquello- pero al mismo tiempo exhibió una osada convicción.

Con el proyecto actual de gratuidad universitaria –que comenzaría a implementarse en la matrícula 2016- sucede otra cosa. Los rectores Montes, Peña y Benítez han hecho el punto reiterada y correctamente: si la idea es favorecer a los estudiantes más vulnerables del país, no es razonable excluir del beneficio a quienes estudian en planteles privados de educación superior (precisamente porque, en el agregado, es justamente ahí donde están matriculados los estudiantes más pobres). Esta crítica no debe entenderse como un cuestionamiento a la gradualidad –no es tan difícil entender que a veces sencillamente los recursos no alcanzan para hacerlo todo de un tirón- sino a la justificación de un tipo de gradualidad que ubica a los estudiantes de universidades del CRUCh por sobre sus compañeros, aquellos que tuvieron la mala idea de “preferir” universidades creadas después de 1980.

El mismo gobierno que fue valiente en enfrentar el modelo de financiamiento compartido -profundamente arraigado en la clase media aspiracional chilena- careció en cambio de esa valentía a la hora de enfrentar al cartel de universidades agrupadas bajo el denominador común de la “tradición” (pues ni siquiera obtienen la prelación por ser “estatales”). Paradójico que un sector político que gusta de autodenominarse “progresistas” se rinda tan fácilmente ante las credenciales del tradicionalismo y el peso de la historia, en lugar de perseverar en el anhelo –típicamente progresista- de reconfigurar los márgenes de lo posible en aras de construir una sociedad más justa. Dicho de otra manera, la administración Bachelet optó por una estrategia genuinamente conservadora.

¿Qué habría sido más progresista? Probablemente, se habría sido necesario bajar el umbral de estudiantes favorecidos por la medida al interior de las universidades del CRUCh, pero ese diferencial podría haber beneficiado a los estudiantes más vulnerables de otras instituciones de educación superior, técnica o universitaria. No sólo habría sido más progresista en términos de desafiar una institución cuya legitimidad descansa en el paso del tiempo, sino que además habría sido más coherente con las banderas igualitarias que dicen portar en La Moneda. Si la idea es reducir las brechas y dar una mano a las familias que más lo necesitan, la estrategia del gobierno es poco defendible en lo normativo.

Por cierto, no todo es consistencia normativa. El realismo –palabra de moda- también implica actuar tomando en consideración el escenario presente. Una presidenta seriamente debilitada y una conducción política en entredicho no invitan a la osadía ni al espíritu refundacional del progresismo. Para evitar las olitas, a veces es recomendable sacrificar los principios y dar en el gusto a los grupos que han capturado más poder. En ese sentido, La Moneda y el Mineduc pueden haber calculado que no era buena idea abrir un foco de conflicto con el CRUCh o con la propia CONFECh –que para estos efectos ha optado convenientemente por representar los intereses de una fracción de sus confederados, dejando a los estudiantes de instituciones privadas a su suerte. Por lo mismo, la aparición de un referente que agrupa a la dirigencia estudiantil de planteles privados (OFESUP) es un síntoma interesante: a diferencia de la defensa del financiamiento compartido que hizo CONFEPA en 2014, la OFESUP le pide al gobierno que viva a la altura de sus ideales, aquellos que supuestamente apuntan a obtener mayores niveles de igualdad.

Finalmente, tanto la derecha aliancista como el llamado centro liberal han tenido ciertas dificultades para articular un discurso en nombre de los miles de estudiantes discriminados por el gobierno. A fin de cuentas, ellos siempre se han opuesto a la gratuidad como principio, bajo el argumento de que se trata de una política pública regresiva y que dichos recursos debiesen concentrarse en educación escolar y preescolar. Por eso les resulta intelectualmente incómodo salir a exigir al gobierno que extienda o modifique las condiciones habilitantes de un beneficio cuya justicia, en el fondo, disputan. Algunos incluso prefieren guardar silencio, en el convencimiento de que es mejor que la gratuidad universitaria cubra a la menos cantidad de estudiantes posibles.  Otros, en cambio, se resignaron a que la gratuidad será una realidad con o sin su consentimiento y han decidido batallar para que, al menos, sea una reforma que se implemente en forma coherente con sus propios objetivos.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/07/23/140758-gratuidad-progresistas-de-carton

AUTOFLAGELANTES VERSUS AUTOCOMPLACIENTES: EL DEBATE QUE SE TOMA A LA DERECHA

julio 28, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador del 23 de Julio de 2015)

El seminario organizado por el senador Andrés Allamand y el diputado Jaime Bellolio -cuyo objetivo declarado era “repensar la derecha”- fue el escenario que delató la colisión de frecuencias –diálogo de sordos, dijeron alguno- entre los jóvenes intelectuales y los políticos profesionales del sector.

Primero tomaron la palabra los académicos Hugo Herrera (Universidad Diego Portales), José Francisco García (Libertad y Desarrollo), Daniel Mansuy (Universidad de Los Andes) y Pablo Ortúzar (Instituto de Estudios de la Sociedad), un cuarteto que según reportes mercuriales representa lo más lúcido de la crítica interna en el seno de la derecha chilena. No es un título desmedido. Son de la casa, pero no vacilan en denunciar el conformismo cognitivo, la pobreza estratégica, la faramalla irreflexiva y la vacuidad conceptual de los líderes y las estructuras de la Alianza. Una rareza esto de tener tanto “investigador de las humanidades” en el planeta de los economistas, administradores y técnicos en políticas públicas. Aquella mañana reiteraron el pesimista diagnóstico que han esbozado en libros, artículos y columnas de opinión: hay una enormidad de trabajo pendiente si se trata de actualizar, complejizar y densificar la narrativa ideológica que la derecha ofrecerá a la ciudadanía en el futuro. No solo eso: agregaron que en los últimos 25 años los partidos de derecha se habían dedicado a profitar de las ventajas institucionales heredadas de la dictadura para bloquear las transformaciones promovidas por la izquierda, sin hacer el esfuerzo de generar contenidos innovadores propios.

Luego intervinieron los políticos de fuste, los viejos cracks, los profesionales: Alberto Espina, Patricio Melero, Juan Antonio Coloma y el mismísimo Sebastián Piñera, que se robó la película y copó las notas del día siguiente con sus críticas al gobierno de Michelle Bachelet. Entre todos ellos reforzaron un mantra conocido en el sector: no es que nuestras ideas sean malas o impopulares –mucho menos que no tengamos ideas- sino que tenemos problemas para comunicarlas. En otras palabras, indirectamente rechazaron la osadía de estos jóvenes inquisidores que –debieron pensar para sus adentros- muy inteligentes serán pero nunca han ganado elecciones.

Un nuevo clivaje tiene entonces la derecha criolla: por un lado, los autoflagelantes que creen que seguir repitiendo como loro que se defiende la libertad, la subsidiariedad y la propiedad  privada es insuficiente para fundar un proyecto político serio; por el otro lado, la generación autocomplaciente que creció con la retórica de la guerra fría, adquirió pétreo convencimiento que los mercados libres y el orden público son la llave del desarrollo de los pueblos y están orgullosos de las ideas que sembraron en Chile durante las últimas décadas. Los autoflagelantes creen que no tiene mucho sentido volver a gobernar si no se cuenta con un relato más o menos sofisticado, de esos que tienen sentido histórico, hilo ideológico conductor y reconocimiento a ciertas tradiciones intelectuales. Los autocomplacientes están más preocupados de volver a gobernar porque parten de la base que siempre lo harán mejor que los otros.

Aunque en lo personal creo que la interpretación de los autoflagelantes es la correcta -la derecha ha sido efectivamente un páramo desértico en materia de reflexión intelectual y sus políticos profesionales nunca le han prestado demasiada atención a este déficit- pienso que los autocomplacientes tienen todas las de ganar. No solo porque en la práctica son los que administran el poder en la derecha sino porque el desmoronamiento de Michelle Bachelet les viene como anillo al dedo: ¿para qué sacrificar tiempo y recursos en disquisiciones filosóficas mortificantes si la (hipotética) debacle de la Nueva Mayoría les puede devolver las llaves de La Moneda? A fin de cuentas, fue la misma exitosa estrategia de irritante pasividad que aplicó la Concertación bajo Piñera: nunca se dio por aludida en la necesidad de acometer cambios profundos en sus partidos pues la carta de Bachelet bastaba para abrochar el regreso. No importó que fuera una mala oposición y desarrollara escasas ideas propias. Lo que sus cuadros no pensaron en cuatro años sí lo hizo el llamado “movimiento social”. Por eso, llegado el momento, no les quedó más remedio que comprarles el manifiesto y convertirlo en programa.

Si la desaceleración económica se instala como eje semántico en el debate nacional –junto a la agenda de seguridad ciudadana- la derecha podría esperar sentadita que las encuestas pongan a uno de los suyos en la cima. Lo más probable es que sea Piñera. Sería la peor noticia para los autoflagelantes: en la lógica del ex presidente no hay cuña, eslogan o conjunto de tres adjetivos que no pueda reemplazar a un trabajo teórico-político reposado. En su estructura mental, ideología es una mala palabra, todo se resuelve invocando la reactivación de la economía y la libertad es un vocablo talismán intercambiable. En la UDI, por su parte, no sería extraño asistir a la resurrección del lavinismo. Las primeras señales ya están disponibles. Hace algunas semanas los diputados José Antonio Kast y Ernesto Silva publicaron una carta fustigando las prioridades políticas del gobierno y emplazando a retomar las urgencias sociales (una versión actualizada de los problemas reales de gente). Luego vino la memorable cuña del senador y mandamás gremialista Hernán Larraín, quien con admirable soltura de cuerpo señaló que la UDI no era un partido de derecha. Es decir, en lugar de dar la batalla para que las ideas de centroderecha ganen el favor mayoritario, se estima conveniente esconder las chapitas de filiación o procedencia doctrinaria. Mejor no hablar de ciertas cosas. En síntesis, la combinación entre una mala situación económica, la consolidación de Piñera como carta de triunfo y un cosismo revisitado es el peor escenario para que los jóvenes teóricos autoflagelantes sean escuchados en sus pertinentes recomendaciones.

Link: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2015/07/23/autoflagelantes-versus-autocomplacientes-el-debate-que-se-toma-a-la-derecha/

¿ES LA UDI UN PARTIDO DE DERECHA TRADICIONAL?

julio 27, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 26 de Julio de 2015)

El presidente de la UDI, senador Hernán Larraín, sostuvo esta semana que él no se consideraba un hombre de derecha, y que su partido tampoco calzaba con esa definición, al menos en el sentido tradicional. La recepción de las redes sociales fue sarcástica: se suele dar por descontado que la UDI se ubica en el extremo derecho del arco iris ideológico nacional. Pero, ¿hay algo de cierto en la confesión del líder gremialista?

Hernán Larraín siempre ha sido un ejemplar distinto entre la fauna de los coroneles de la UDI. No fue funcionario de la dictadura, por ejemplo. Su condena a las violaciones a los DDHH tiene menos matices (o “contextos”) que los introducidos por la mayoría de sus correligionarios en este debate. Más de alguna vez ha votado en forma diferente en el Congreso. Su visión en materias “valóricas” es levemente más abierta que el promedio de los militantes de calle Suecia.

Sin embargo, que en su fuero interno no se vea a sí mismo como un representante ortodoxo del sector no altera el hecho indesmentible que la UDI constituye un partido prototípicamente de derecha. Baste citar tres ejes de análisis. En primer lugar, es un agrupación que defiende una cierta concepción filosófica del ser humano y la sociedad que empalma con la ética cristiana y lo que podríamos llamar conservadurismo moral. En cualquier parte del mundo, los partidos que tienen este sello forman parte de la derecha. En segundo lugar, es un partido que asigna mayor valor al orden público por sobre el despliegue de ciertas libertades personales. Por eso le queda cómodo el discurso de la mano dura. Su pasado autoritario confirma el gen. Finalmente, la UDI nace con la misión de promover las virtudes de una economía de mercado, con un estado subsidiario y una estrategia de crecimiento concentrada en la competencia y productividad del sector privado. Es decir, un sistema de pensamiento que representa a las derechas de aquí y la quebrada del ají.

Es imposible que el senador Larraín ignore estas condiciones. ¿A qué se habrá querido referir entonces? A que la UDI, a diferencia de los partidos de derecha pre-73, no aspira a representar (solo) a una clase social acomodada sino que tiene esa vocación popular que le inyectó Jaime Guzmán. En efecto, el gremialismo da la pelea en todos los territorios. Pero es innegable que la composición social de su dirigencia es igual de elitista que la del viejo Partido Nacional. Su mecánica política interna es más aristocrática que democrática. Competir (e incluso ganar) en comunas populares no basta como criterio para argumentar que la UDI rompe el molde de los partidos de derecha.

Larraín probablemente apunta a que el gremialismo no es heredero institucional de la cultura derechista tradicional del siglo XX. Sus socios de RN parecen encarnar mejor ese papel. En efecto, algo de innovador hay en el fenómeno de formación y crecimiento de la UDI. Pero de eso ya han transcurrido tres décadas. Lo que en los ochenta bien pudo ser una “nueva derecha” hoy ya tiene visos de tradicional, especialmente ante los ojos de las generaciones jóvenes. Son otros los que ahora buscan adueñarse de ese concepto.

Finalmente, una precaución: hace algún tiempo se puso de moda ocultar la procedencia partidaria en las campañas. Se instó a la gente a votar por “personas” y no por ideologías. Fue un primer paso en el peligroso juego de auto-desprestigio político. En las palabras de Larraín pareciera que hay un dejo de vergüenza por representar a la derecha. Eso es nocivo para su propio sector. El desafío intelectual y electoral de los partidos es convencer a la ciudadanía que las ideas que se promueven son las mejores. Conceptos como derecha o izquierda, liberal o conservador, admiten varias interpretaciones pero todavía son útiles como brújulas orientadoras para navegar el mapa de la representación política.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-07-26&NewsID=320350&BodyID=0&PaginaId=17

LA PARADÓJICA VICTORIA DEL LIBERALISMO POP

julio 19, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 19 de Julio de 2015)

En menos de un año, Chile podría haber aprobado un inédito estatuto de convivencia legal para parejas del mismo sexo, una importante flexibilización de las normas en materia de producción, porte y consumo de cannabis, y una legislación que despenaliza la interrupción del embarazo en tres casos excepcionales. Por supuesto, son conquistas parciales si lo que se quiere es contar con matrimonio igualitario, liberalización de las drogas y aborto legal. Sin embargo, no puede negarse que se trata de hitos importantes en el contexto de un país que –según algunos- todavía es conservador.

Los tres asuntos mencionados han personificado la agenda de lo que podríamos bautizar como liberalismo pop. Se trata de causas liberales porque su justificación descansa sobre principios de autonomía e individualismo normativo, por una parte, y de igualdad e universalidad de derechos, por la otra. Sin mencionar que vienen impregnadas de un sentido progresista de la historia: su premisa es que vamos avanzando en el camino correcto. Son causas que conectan fácilmente con el espíritu de mayor apertura de las nuevas generaciones respecto del conservadurismo de sus padres. Era cuestión de tiempo que la modernización institucional y económica trajera algo de modernidad cultural. En pleno 2015, son demandas que se caen de maduras.

Es un fenómeno interesante: según todas las encuestas de opinión, la gran mayoría de los chilenos está de acuerdo con avanzar en estas áreas. Pero al mismo tiempo no se le reconoce mérito especial a la clase política por algo tan básico como ponerse a tono con los tiempos. Es una situación paradójica para todos los actores políticos. El oficialismo experimenta dificultades para registrar estas reformas “valóricas” como victorias propias. De partida, no han podido ser capitalizadas por el (segundo) gobierno de Michelle Bachelet. Sus congresistas tampoco mejoran sus índices reputacionales por dar en el gusto a las mayorías.

Para la derecha tradicional, estas derrotas no son (tan) dolorosas. Son de aquellas que se van a perder, sí o sí, algún día. En el páramo de la disputas culturales, siempre hay un sector que pasa a la historia por haberse opuesto a medidas que tiempo después parecen obvias. Finalmente, también es un problema para los sectores autodenominados liberales. Movimientos como Red Liberal nacieron justamente al alero de estas tres banderas. ¿Qué hacer una vez que –como tantas otras banderas del liberalismo en el mundo- pasen a ser moneda corriente, completamente internalizadas en el mainstream de la corrección política? Si todos se vuelven liberales –al menos en esta dimensión hasta los comunistas parecen serlo- entonces los liberales ganan una batalla pero pierden un clivaje. Y se ven forzados a complejizar las coordenadas de su identidad ideológica a partir de otras conversaciones (¿la economía?, ¿la política social?, ¿la educación?) donde sus posiciones pueden ser menos populares.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-07-19&NewsID=319694&BodyID=0&PaginaId=11

NO HAY PLATA

julio 13, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 12 de Julio de 2015)

No hay plata. Como una madre explicándole al insistente hijo de siete años que no puede comprarle el juguete nuevo. Aunque se lo haya prometido. Es que sencillamente no hay plata. Esa es la situación del gobierno después del acto de “sinceramiento y realismo” –como lo calificaron algunos medios- de la Michelle Bachelet. Con las expectativas de recaudación presentes, no se alcanzan a solventar las ambiciosas reformas que contemplaba el programa. Da lo mismo a estas alturas de quién sea la culpa: sin crecimiento sustantivo no baila el monito. La voz de alarma ya se había dado en algunos partidos oficialistas. Pero la confirmación de la Presidenta de cara al país marca un hito político.

Hace doce meses, la percepción era distinta. La gran pregunta de 2014 era si acaso el diagnóstico de la campaña había sido el correcto. Especialmente ante la arremetida de los apoderados de colegios particular subvencionados, varios en la Nueva Mayoría se preguntaron si acaso era cierto eso de que los chilenos querían cambiar el modelo. Si acaso no había sido un error calcar el libreto de “la calle” que atormentó al ex presidente Sebastián Piñera. En cambio, hoy la inquietud es distinta. Ya no se trata de poner en tela de juicio la narrativa que sustenta a las reformas. Esa etapa parece superada. La duda del 2015 es si acaso los recursos disponibles –económicos y políticos-  son suficientes para acometer las transformaciones estructurales que (todavía) Chile necesita.

Este giro en el discurso, aunque no lo parezca a primera vista, es un salvavidas retórico para La Moneda. Las administraciones que muestran la billetera jugosa no tardan en recibir pliegos de peticiones y demandas. Por el contrario, las que lloran miseria tienden a zafar del síndrome del Viejo Pascuero. Bachelet no está diciendo que los ideales que inspiraron su postulación y que orientan su segundo gobierno hayan cambiado. Los movimientos sociales pueden estar tranquilos: no es que no tengan razón, es que vamos a tener que avanzar más lento. Gradualidad, esa palabra que aprendieron a odiar las nuevas generaciones.

Por supuesto, también hay espacio de la crítica. Como han reconocido altos personeros de la ex Concertación, el proyecto Bachelet 2.0 comenzó apenas ganó Piñera. Tuvieron tiempo de sobra para prepararse. Pero no lo hicieron. O les falló el cálculo. Es comprensible que esta nueva camada de líderes de la centroizquierda desestime la tecnocracia noventera y quiera reivindicar el arte de la política. Pero sin el dominio técnico adecuado, la política se vuelve demagógica. Tirón de orejas para los que prometieron lo que no podían cumplir.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-07-12&NewsID=319042&BodyID=0&PaginaId=15

¿Y POR QUÉ NO EL PARLAMENTARISMO?

julio 11, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 10 de Julio de 2015)

En el marco de la discusión constitucional que estamos teniendo, algunos sectores políticos han comenzado a esbozar sus propuestas respecto del contenido que debería tener el nuevo texto fundamental. A diferencia de lo que ha ocurrido recientemente en otros países de la región, el impulso constituyente chileno parece desasociado de la tendencia latinoamericana de darle más poder al poder presidencial. Los que temen una convención constituyente que termine por consagrar una especie de cesarismo chavista harían bien en echarle una mirada al debate concreto que están teniendo los partidos chilenos, donde gana terreno la idea de avanzar hacia un régimen semi-presidencial o semi-parlamentario (dependiendo del punto de vista). Es una idea que viene proponiendo Marco Enríquez desde hace un tiempo. Es la idea que subyacía al malogrado acuerdo DC-RN. Es una idea que toma fuerza al interior del PS. Es una idea que seduce también a las sensibilidades liberales.

En teoría, un modelo semi-parlamentario distribuye más equitativamente las cuotas de poder entre los poderes del estado, conservando la figura presidencial –en calidad de Jefe de Estado- pero habilitando la figura del primer ministro o líder de la mayoría parlamentaria –en calidad de Jefe de Gobierno. El problema de esta fórmula es que no queda enteramente claro quién manda. Si el presidente sigue siendo elegido por votación universal y directa, la población depositará sus expectativas sobre dicho cargo, en circunstancias que las labores de conducción política efectivas recaerán sobre el primer ministro y su gabinete. Esta cohabitación se puede convertir en un fenómeno especialmente problemático si el Jefe de Estado y el Jefe de Gobierno tienen signo político distinto (como ocurrió en Francia cuando Jacques Chirac fue presidente y Lionel Jospin su primer ministro).

Para evitar esta confusión de roles, quizás sería mejor idea pensar derechamente en la adopción de un sistema parlamentario con todas sus letras. Esto quiere decir que la ciudadanía no escoge directamente un presidente de la república, sino que escoge a sus congresistas (reunidos en una sola Cámara). Luego forma gobierno aquel partido o coalición que sea capaz de aglutinar y conducir políticamente una mayoría parlamentaria. El líder del partido o coalición mayoritaria se convierte en primer ministro, hasta que no cambie la correlación de fuerzas o se produzca una censura de sus pares.

Una de las ventajas de este modelo –por sobre el presidencialista que actualmente tenemos- es que se reducen drásticamente las opciones de los liderazgos meramente carismáticos o de los caudillos del momento. Aunque Chile todavía está lejos de convertirse en Perú en ese particular respecto, no sería descabellado que en el futuro siguiera creciendo la votación de los presidenciales outsiders en desmedro de la suma de votos de los candidatos de las grandes coaliciones. Un presidente elegido por su conexión emotiva con el pueblo puede ser romántico, pero institucionalmente complejo si no cuenta con ningún apoyo parlamentario para sacar adelante su programa. De hecho, el propio Sebastián Piñera ya sufrió en carne propia lo que era gobernar sin mayoría parlamentaria. Parte de su discurso de enfocarse en la gestión tenía que ver con este reconocimiento.

El modelo parlamentarista exorciza esos riesgos: el Jefe de Gobierno, por definición, tendrá siempre mayoría parlamentaria. Cuando deja de tenerla, cae. Para evitar vacíos de poder, se podría emular la norma de censura constructiva a la alemana: sólo cesa en funciones el primer ministro cuando la mayoría censuradora ha llegado a un consenso sobre su reemplazante. Quedan a la vista las dos ventajas del sistema por sobre el presidencialismo: por una parte, se incentiva la formación de partidos fuertes capaces de generar condiciones de mayoría parlamentaria; por otra, se evita la paralización del gobierno por la ausencia de dichas mayorías. Que el sistema sea parlamentario no implica que el Ejecutivo sea débil; por el contrario, su titular tiene más margen de maniobra que un presidente con un Congreso adverso (ni Cameron ni Merkel habrían tenido los problemas que ha tenido Obama, por ejemplo, a la hora de aprobar su reforma de salud). Finalmente, tampoco es mala idea que los miembros del gabinete –que idealmente serán diputados reclutados de la mayoría parlamentaria- tengan algún tipo de validación democrática.

Por supuesto, el Jefe de Gobierno podría conservar todos los simbolismos que actualmente goza el Presidente de la República. Podría incluso retener el título, para no espantar a los nostálgicos. Como lo hizo en el mal llamado período parlamentario de comienzos del siglo pasado. Con la diferencia que aquello fue cualquier cosa menos un régimen parlamentario en forma. Su fracaso no descalifica la propuesta actual.

Por supuesto, una innovación tan radical como esta tiene pocas chances de convertirse en realidad. Sin embargo, es positivo que en paralelo a la discusión acerca de la forma que debe tomar el proceso constituyente, estemos conversando sobre algunos de sus posibles contenidos en el ánimo de explorar la viabilidad política del experimento.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/07/10/000754-y-por-que-no-el-parlamentarismo

* Agradezco a Cristóbal Caviedes por haberme persuadido que ésta es una idea que vale la pena tomar en serio.

CACEROLAZO VIP

julio 7, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 5 de Julio de 2015)

Un cacerolazo se organizó en varias comunas capitalinas -especialmente del sector Oriente- para repudiar la delincuencia y exigirle al gobierno que endurezca la mano frente al supuesto incremento de robos y asaltos violentos que está sufriendo la población. Las redes sociales se dividieron frente a esta inusual manifestación. Mientras unos solidarizaron, otros criticaron con virulencia. Según esta última perspectiva, los grupos más acomodados y pudientes del país no tendrían cara para protestar cuando en la práctica viven en una burbuja sobrealimentada. Algunos fueron aún más duros y la bautizaron como #CacerolazoFacho. ¿Es justa esta crítica?

En general, no lo es. En primer lugar porque carece de un mínimo de empatía. Un crimen contra la propiedad, en el barrio alto o en cualquier otro, es también una violación de la intimidad que genera una sensación de vulnerabilidad y desprotección traumática. Si a ello se le suma una amenaza a la integridad física o directamente una agresión, el miedo naturalmente crece. Nadie puede desconocer que estos estados perjudican severamente la calidad de vida; reclamar contra su proliferación es perfectamente comprensible.

En segundo lugar, porque la mayor fortuna que han tenido algunos en la distribución de los recursos económicos no es inhabilitante para exigir el resguardo de ciertos derechos básicos. No hay incompatibilidad entre distintas causas y demandas sociales legítimas. No tiene sentido descalificar una de ellas porque sus voceros sean ABC1. Mucho menos consistente es referirse a todos ellos como “fachos” mientras se exige al mismo tiempo un Chile más integrado y fraterno.

Dicho todo lo anterior, los críticos del cacerolazo vip tienen un punto: la delincuencia no va a desaparecer con eslóganes tipo “se les acabó la fiesta” o “pongámosle candado a la puerta giratoria”. Sus causas son complejas y multidimensionales. Varias de ellas escapan a la gestión política del gobierno de turno. Entre otras cosas, la criminalidad de la que se quejan en Vitacura, Las Condes o Lo Barnechea tiene que ver con la marginalidad, la segregación y la desesperanza de compatriotas que han sacado la peor parte en la distribución de recompensas sociales. Justamente en esas comunas habita la clase dirigente que tiene en sus manos el poder de aliviar esa injusticia a través del diseño de instituciones más inclusivas. Por sí solo, el cacerolazo no sirve.

Para La Moneda, finalmente, que se instale el tema de la delincuencia en la agenda no es grato. Las administraciones de izquierda siempre han tenido problemas para lidiar con este eje semántico. La coloquial respuesta que dio la Presidenta Bachelet en el estadio (“el viernes le robaron el celular a mi hija, ¡imagínese!”) marca el tono de la desorientación del oficialismo al respecto.

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MEJOR DIABLO CONOCIDO QUE SANTO POR CONOCER

julio 7, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 28 de junio de 2015)

Mejor diablo conocido que santo por conocer. Al parecer, ésa fue la lógica de la Presidenta Michelle Bachelet a la hora de escoger a sus nuevos colaboradores en el gabinete. Nicolás Eyzaguirre ya era uno de sus ministros más cercanos y ahora cambia de cartera para estar aún más cerca de la primera mandataria, esta vez en el corazón de su equipo político. Por su parte, Adriana Delpiano tiene millaje en los anteriores gobiernos concertacionistas. También sería cercana a Bachelet y está a caballo con los objetivos del gobierno en Educación.

Después de haber sacrificado a sus más leales escuderos en el último cambio de gabinete, la Presidenta parecía resignada a volver a entregarle el control de La Moneda a un Pánzer DC (tal como lo hizo en su primer mandato): Burgos aparecía hasta hoy como el hombre fuerte del segundo tiempo. El desembarco de Eyzaguirre altera la correlación de fuerzas. No sería sorpresivo que operara como el ministro más poderoso del gobierno. Tiene la oreja de Michelle Bachelet, sobrevivió a las aguas turbulentas de un ministerio jodido y ahora va a roncar como el PPD más encumbrado en la jerarquía del poder.  Junto a Burgos conforman un tándem de respeto y la Jefa podría finalmente descansar en ellos para que le ordenen la casa.

Queda compensado así el partido que más estaba sufriendo con los cortes de cabeza. Peñailillo es PPD, Insunza es PPD. A Eyzaguirre no hay yayitas nuevas que pillarle. Si sale airoso de esta, no sería raro que su partido lo promocione como futuro presidenciable. Es cierto que la Secretaría General de la Presidencia no es la tribuna más sexy para lucirse, pero tratar de hacerlo desde Educación es como correr con las piernas amarradas.

Habrá que ver como se conecta con los parlamentarios. Hace algunos unos años -cuando era el mandamás de Hacienda- dijo que trabajar con los políticos era cosa terrible. Ojalá que haya cambiado de opinión. O en su defecto que tenga la paciencia suficiente. A fin de cuentas, viene de negociar con los estudiantes.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-06-28&NewsID=317642&BodyID=0&PaginaId=21

LA CARTA MAGNA Y LA DISCUSIÓN CONSTITUCIONAL EN CHILE

julio 7, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 26 de Junio de 2015)

Ochocientos años cumplió la Carta Magna y los británicos le dedicaron una serie de actos conmemorativos. Recordemos que se trata de un documento –un tratado de paz, para ser exactos- que los nobles ingleses le impusieron al rey Juan Sin Tierra en el siglo trece para limitar las prerrogativas del poder monárquico, y en especial para mantener a raya la voracidad cobradora de impuestos de la corona. Con la participación de la reina Isabel II en varias de las actividades oficiales, no perdieron la oportunidad de recordarle al mundo la invaluable contribución que representa la Carta Magna para la narrativa política de la libertad.

¿Es posible hacer algún paralelo razonable entre la celebración multi-centenaria de este documento histórico y la discusión que actualmente estamos teniendo en Chile sobre la eventual elaboración de una nueva constitución? Sin estirar mucho el chicle, son dos las dimensiones de análisis posibles. Anticipo que son dimensiones políticas y no necesariamente jurídicas, pues nuestra tradición legal tiene poco que ver con la anglosajona.

En un primer sentido, es interesante observar como muchos partidarios de la derecha política chilena se apuraron a observar la eterna vigencia de la Carta Magna como una manera de realzar la importancia de la estabilidad. Por supuesto, el argumento tiene intencionalidad política en el contexto actual: pretende contener la ansiedad constituyente de la izquierda. Sin embargo, apuntar a la longevidad como principio determinante es insuficiente. La Carta Magna goza del prestigio histórico que goza porque abre un proceso que gradualmente va desembocando en la idea clásica de derechos humanos. Su valor reputacional está en su carácter de hito originario. En esa dimensión, es motivo de orgullo para los británicos. La pregunta que la derecha chilena podría hacerse a sí misma es si acaso la constitución de 1980 posee la misma estatura reputacional ante los ojos de la ciudadanía. La respuesta no pareciera ser afirmativa. Por el contrario, todo indica que tenemos un serio problema de afectos constitucionales. Incluso a pesar de sus reiteradas modificaciones, el texto vigente no despierta el sentido de lealtad, pertenencia o identidad que en otras latitudes sí genera la ley fundamental. El caso de Estados Unidos es probablemente el más llamativo: una constitución de doscientos años que sus ciudadanos siguen venerando como la expresión suprema de los principios que rigen su convivencia. Del mismo modo, la Carta Magna recibe honores y en su nombre se brinda por la patria.

Por cierto, lo anterior no garantiza que un proceso constituyente en Chile dará origen a un texto que amaremos como a un hijo. El desafío de la izquierda es convencer a la derecha de que al menos hay una interesante posibilidad de revitalizar los afectos constitucionales a partir de un nuevo pacto político y social. Los mecanismos en disputa –asamblea, congreso o comisión de expertos- pueden a su vez ser evaluados de acuerdo a su hipotética capacidad de producir ese vínculo simbólico que supera la dimensión estrictamente jurídica.

En un segundo sentido, es importante tener a la vista que la Carta Magna es sobre todo un cortafuego a la arbitrariedad de la autoridad. Dicho en otros términos, es la consagración de un catálogo de derechos y garantías individuales de no interferencia estatal. Dicho discurso ideológico de corte liberal clásico se aleja de la idea que tiene la izquierda chilena en mente a la hora de acometer el proceso constituyente. En efecto, parte del combustible que mantiene a flote esta cruzada es la promesa de una ley fundamental que habilitará al poder político para desarrollar muchas más funciones que las que hoy realiza. De ahí, por ejemplo, la asonada contra el principio de subsidiariedad. Desde ese punto de vista, los experimentos que han llevado a cabo nuestros vecinos venezolanos o ecuatorianos han transitado en una dirección ligeramente opuesta a la de la Carta Magna. Es decir, han concentrado el poder en la autoridad presidencial en desmedro de la protección del individuo en áreas como libertad de expresión o debido proceso. Por cierto, no todo cambio constitucional requiere un retroceso en materia de libertades personales o “negativas”. La izquierda chilena bien podría retrucar que su proyecto contempla un ejercicio de adición: además de las garantías de no interferencia, la población gozará de derechos sociales que funcionan como mandatos de optimización de los recursos del poder político. Este es, por supuesto, un lenguaje desconocido en los términos de la Carta Magna. Es un desafío al minimalismo constitucionalista liberal, pero no necesariamente incompatible con él.

En este sentido, el gobierno conservador de David Cameron también fue acusado de incoherencia al subirse al carro de las celebraciones por la Carta Magna, pues en el último tiempo ha patrocinado una serie de iniciativas –por ejemplo, en materia de vigilancia- que van en contra del espíritu del histórico documento. Tal como en el caso latinoamericano, podría haber cierta incongruencia al aplaudir las virtudes de una piedra angular en la lucha por restringir el poder del monarca, mientras al mismo tiempo se legisla para ampliar su ámbito de atribuciones.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/06/26/000624-la-carta-magna-y-la-discusion-constitucional-en-chile


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