Archive for 8 octubre 2008

¿Y POR QUIÉN VOTO YO?

octubre 8, 2008

(C. Bellolio)

Aunque este humilde blog no aspira a influenciar el comportamiento electoral de los dignísimos ciudadanos lectores, en esta ocasión me permitiré un lujo que probablemente me signifique una seguidilla de recriminaciones. Pero lo haremos igual, por amor al arte. Vamos a elegir algunas comunas emblemáticas y manifestaremos nuestra opinión frente a los candidatos a alcalde, como si efectivamente votáramos en ellas. Que quede claro desde un principio que no es ni remotamente una predicción sobre los ganadores.

Partamos. Si votáramos en Santiago, comuna capital, lo haríamos por Zalaquett. Y mis razones apuntan a la lamentable actitud que ha demostrado el candidato Ravinet en campaña, una extraña combinación de agresividad y soberbia. Si lo hiciéramos un poquito más allá, en Estación Central, lo haríamos por Rodrigo Delgado, dada la absoluta inconsecuencia que demostró el candidato del PC, el abogado de derechos humanos Hugo Gutiérrez, al defender la expulsión de Vivanco de territorio venezolano por parte de Chávez. Más allá, en Maipú, seguiríamos confiando en el camarada Undurraga, y en Peñalolén haríamos lo mismo con su compadre Orrego, que aunque hace una burda copia de los afiches de Obama, es sin lugar a dudas uno de los mejores alcaldes de Chile. Reconocimiento similar haríamos a Manuel José Ossandón en Puente Alto, comuna dura que ha sabido gestionar. En La Florida, otra populosa comuna, nos inclinaríamos por Hasbún, no sólo porque es un alcalde probadamente eficiente y capaz de trabajar con todos los sectores, sino por la absoluta ineptitud que presenta el actor –  candidato Gajardo en todas sus apariciones públicas. Si votáramos en Recoleta, lo dejaríamos en blanco, ya que entre una candidata reserva y una hija de, no somos capaces de discernir correctamente. En Huechuraba probablemente nos dejaríamos llevar por el encanto de Carola Plaza, por último porque se tiene una fe inconmensurable y se enfrentó a todo el coronelato de su partido. Pasando a Las Condes, comuna ciudad, haríamos la gracia de votar por el jovencísimo (aunque no lo parezca) Jorge Cash, como voto de castigo a un alcalde que goza con la prohibición, la limitación y la restricción de prácticamente todo (lo último que supe: el perla “de la gente” quiere cancelar para siempre el mítico Festival Alcántara, cuna de romances colegiales y bandas promisorias). En Vitacura está más que claro: Nuestro voto sería para Bórquez, que según tengo entendido es el Presidente de la Agrupación de Dueños de Locales Nocturnos: ¡Qué mejor que ir a joder al patrón de fundo a su propia casa! Aunque el triunfo de Torrealba está garantizado, me parece esencial hacerlo bajar en su votación histórica, en lo que además contribuye el otro candidato Terrazas. En Lo Barnechea nos esmeraríamos en diseñar un protuberante falo que cruzara toda la papeleta de votación, y creo que las razones sobran (con dedicación especial a la conducta antidemocrática de la Concertación de no presentar candidatos por saberse derrotados de antemano). Una figura similar nos nacería reproducir si votáramos en Providencia: No es que Labbé sea mal alcalde, pero si tanto alegamos por la alternancia, me parece impresentable que en su propio sector nadie diga lo mismo de la gestión municipal. Además no es democrático rehuir los espacios de debate. La estupenda señorita Donoso (imaginemos que es soltera) no llega a conquistar aun mi parte racional, aunque tiene cuento. En Ñuñoa tristemente marcaríamos dos preferencias, lo que en definitiva anularía el voto: Sabat ha sido un muy buen alcalde, pero también se está apernando al poder. La esforzada Danae Mlynarz sería una digna reemplazante, pero haber dejado a medio camino la importante tarea que estaba realizando en la Defensoría Ciudadana, sin haber llegado a puerto con la creación del Ombudsman chileno, le resta puntos. Reconocimiento final a los abnegados Uditos que se fueron a evangelizar a Pedro Aguirre Cerda y Quilicura. No sé si votaría por ellos, pero en el segundo caso, es un imperativo ético sacar a la familia de la señora Romo (la misma del acto con escolares a favor de Yasna Provoste) del poder. ¿Y en La Reina alguien compite contra Montt?

Quizás compartan conmigo estos singulares criterios, quizás no. La verdad es que no me corto las venas por ninguno, como seguramente ustedes tampoco, y por eso nos podemos dar la licencia de explorar otros criterios para definir nuestro voto. Que siga la fiesta de la democracia.

¿VALE LA PENA TRATAR DE CREAR UN NUEVO REFERENTE POLÍTICO? (2a Parte)

octubre 6, 2008

Por Daniel Brieba

(Continuación columna anterior…)

2.     La idea es beneficiosa para Chile aun si no tuviera éxito

 

Aun si no lográsemos constituir un nuevo referente, la política chilena se enriquecería por el solo hecho de que lográramos poner algunos de estos temas sobre la mesa. Si los partidos actuales, en respuesta al desafío de una colectividad genuinamente post-Pinochet y plantada en el corazón del siglo XXI, lograsen renovarse, modernizarse y ponerse a tono con los tiempos, pues tanto mejor. Lo más importante no es llegar a gobernar Chile, sino lograr que la política chilena se ponga al día. Más allá de eso, sólo el pueblo de Chile dirá qué rol le toca jugar a cada cual. Así, puede que no tengamos el peso ni los recursos para ganar elecciones o tener algún tipo de poder de negociación con los peces gordos de la política; pero, ¿qué importaría, si logramos instalar temas relevantes en la agenda pública y gatillamos cambios en la dinámica de la política actual? Éste debe ser nuestro verdadero norte: ayudar con nuestros intelectos y nuestras voluntades a producir una mejor política. Si nuestra propuesta prende y nos lleva hacia lugares que aun no podemos prever, será nuestra misión seguir y empujar y ser fieles a nuestro espíritu fundacional; pero si es tan sólo servir de motivador o catalizador de cambios en los partidos tradicionales o en otros lugares de la sociedad, pues bien, eso también sería un exitazo para Chile. Por ello, aun en el fracaso, el solo hecho de colocar temas de recambio generacional, de democratización del poder, de justicia social, de compromiso profundo con la superación de la pobreza, de voluntad modernizadora a fondo, de superación (no olvido) definitiva del trauma Pinochet, de calidad institucional, de ampliación de las dimensiones de la política y de mejorar los estándares del debate democrático, sería ya un éxito en sí mismo y un enorme servicio a Chile.

 

3.     Si no somos nosotros, ¿quiénes?

 

Los obstáculos a esta iniciativa son múltiples, significativos y quizás hasta intimidantes. Sin embargo, dado el perfil del partido o referente que se necesita construir- plasmando un Chile definitivamente post-Pinochet, un ideario a tono con el ADN de la mayor parte de la juventud actual, radical en sus propuestas modernizadoras y libre de ataduras en su voluntad creadora- la pregunta obvia es quiénes, si no nosotros, está llamado a (o siquiera está en condiciones de) crear un referente de estas características. ¿Quiénes somos “nosotros”? Por ahora y sólo para comenzar, me refiero a los jóvenes de educación universitaria privilegiada que, por la buena suerte de sus circunstancias, está en condiciones de dedicar tiempo y energía a lo público. Por sí sólo este grupo no logrará nada; pero sí puede liderar un cambio que convoque a muchos más y al hacerlo vaya incorporando las energías y visiones que se vayan sumando, de manera abierta y democrática. Este grupo está verdaderamente en una posición única. ¿A quiénes, si no a nosotros, se les puede pedir liderar un movimiento de estas ambiciones y envergadura? ¿Se lo vamos a pedir a la generación de nuestros padres, marcados por la UP y la dictadura, por la Guerra Fría y por el choque ideológico sin cuartel entre capitalismo y socialismo? ¿Se lo vamos a pedir a la juventud en general, alienada de lo público, formada en un sistema educacional que raya en lo desastroso y que lucha por no engrosar las filas del desempleo juvenil? ¿O confiaremos acaso en las juventudes partidistas, con su discurso confrontacional y su lógica estratégica de segunda mano, heredados de las actuales elites políticas? ¿Qué otro actor social está estructuralmente posicionado para pensar el Chile del futuro y para estar en condiciones de invertir tiempo y correr riesgos en pos de éste? ¿Quién más tiene siquiera la credibilidad para intentarlo, para proponer temas nuevos y ser escuchado sin sospechas ni antiguos resentimientos? Si los partidos políticos actuales no están en condiciones de liderar la renovación de la política, y la tesis de este artículo es que no lo están o no lo quieren estar, entonces no veo a nadie salvo la juventud profesional y universitaria capaz de ponerse al frente de la lucha y empezar a llamar, fuerte y claro, a la sociedad chilena a transformar su crítica de la política en acción constructiva.

 

Como decía Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”: cada generación es lo que es y lo que le toca vivir. A nosotros nos toca asumir el mundo que hemos heredado, con sus virtudes e insuficiencias, con sus traumas y esperanzas, y transformarlo con nuestro trabajo y pasión en algo mejor de lo que hemos recibido. La generación de nuestros padres, a pesar de sus luchas y sombras terribles, nos ha entregado un Chile mucho, mucho mejor del que recibió. Ahora es nuestro Chile, del cual debemos hacernos cargo; nos ha llegado el momento de mover las piezas, y el país espera de nosotros lo mejor de nuestros talentos como constructores de mundo para estar a la altura del desafío.

 

 

¿VALE LA PENA TRATAR DE CREAR UN NUEVO REFERENTE POLÍTICO? (1a Parte)

octubre 3, 2008

Por Daniel Brieba

 

Hace unos días en este espacio Cristóbal lanzó la idea de, simplemente, jugársela por armar un referente político dispuesto a participar en las próximas elecciones. Tomada en serio, es una idea radical; como él mencionó, la falta de reputación, medios, masa crítica y diversidad social, junto a las barreras del sistema electoral, podrían bien ser obstáculos demasiado altos incluso para un puñado de soñadores ardiendo por cambiar el mundo. Pero aquí quiero argumentar que la idea tiene mucho sentido político, que en sí misma ya es buena para Chile y, por último, que no hay nadie mejor posicionado que nosotros para llevarla a cabo. Veamos estos puntos en el mismo orden:

 

1.     La idea es viable porque representa un espacio político hasta ahora vacío, pero creciente en importancia.

 

Lo más importante para un proyecto de partido es representar algo distinto a lo que ya hay. Pero debe ‘representar’ dos cosas distintas: una identidad y un propósito. En efecto, toda agrupación política que busca participar en el espacio público debe responder dos preguntas muy distintas entre sí pero igualmente esenciales: ¿Quiénes somos?, y ¿Qué buscamos? La primera nos lleva a la fundación, a la identidad, al origen, a la memoria; la segunda nos lanza al futuro y nos aterriza en los propósitos, los medios y las acciones. El quiénes son nos lleva a la identidad política profunda y a la memoria histórica de las colectividades, mientras el qué quieren nos lleva de lleno a las políticas públicas que éstas quieren implementar. Por cierto, ambos se necesitan, ya que sin coherencia entre identidad y propósitos la credibilidad de cualquier grupo político quedaría en entredicho. ¿A qué viene esto? A que el “espacio político” que no está llenando ni la Concertación ni la Alianza, para ser real y factible de ser llenado por una nueva colectividad, debe existir en ambos niveles. Esto haría posible la construcción de un nuevo referente, con una identidad profunda y con una agenda de política pública coherentes y que le fuesen distintivas. Pues bien, ¿existe ese doble espacio? A mi juicio, sí:

 

i)                   A nivel identitario profundo (el quiénes son) hay una diferenciación aun muy profunda en Chile entre Concertación y Alianza, dada por el Gobierno Militar. La Concertación es, en lo más profundo, el grupo de los que estuvieron en contra de éste, mientras que la Alianza es la de los que estuvieron a favor (nótese que el “es” de cada cual se basa en lo que pasó hace tiempo, es decir, es pura memoria histórica). Muchas veces se tiende a minimizar esta oposición, especialmente por parte de la Alianza, donde sacan a relucir encuestas donde la gente dice (era que no) que reducir la pobreza y el desempleo actuales es mucho más importante que solucionar temas pendientes de DDHH. Pero la profundidad de este quiebre- en el fondo todos los sabemos- es real, vital y afecta el comportamiento electoral de las personas. De hecho, una encuesta de 1999, tomada justo después de la primera vuelta entre Lagos y Lavín, detectó que el “clivaje” o diferenciación más importante entre los “votantes Lagos” y los “votantes Lavín” era la posición que las familias de los encuestados habían tenido respecto al Gobierno Militar. Más que posturas en temas económicos, sociales o valóricos (aun habiendo algunas diferencias más bien menores en estos ámbitos), la posición frente a la dictadura era el mejor predictor, por lejos, de la votación del encuestado: entre los “votantes Lavín” un 63% venía de familias que habían apoyado el Gobierno Militar, mientras sólo 12% de familias que habían estado en contra, mientras que entre los “votantes Lagos” el 70% venía de familias que habían estado en contra y sólo 7% de familias que habían estado a favor. Ambos grupos eran mucho más heterogéneos en sus posturas de política pública, incluso frente a temas como el aborto o la prioridad de la igualdad por sobre el crecimiento.

Ahora bien, si aceptamos que la identidad importa, ¿qué se puede hacer? A mi juicio, la oportunidad está dada por la creciente masa de jóvenes que, no habiendo vivido los traumas de la UP y/o la dictadura, no definen su identidad política en base a este conflicto, aun si hasta ahora hayan votado más o menos como sus padres, al verse forzados a definirse entre dos opciones que sí están cargadas de esta memoria histórica-familiar. Creo- y esto es una apuesta- a que el tiempo ya está altamente maduro para una narrativa que parta no desde el trauma del conflicto 1970-1990 sino que desde el optimismo, la fuerza y también las deudas del período 1990-2010. Ha llegado el tiempo de una narrativa generacional que sea capaz de aceptar e incorporar dentro de sí los conflictos del período anterior. Se trata de poner de relieve una posición que todos compartimos pero que no forma parte del discurso oficial de ningún partido actual: que en el quiebre de la democracia todos fueron culpables en grados diversos, que las violaciones a los DDHH no tienen justificación posible y no podemos compartir un partido con personas que crean lo contrario, que la democracia como forma de gobierno es en sí misma un valor intransable, que la transición fue un gran éxito y que, como generación criada en democracia, estamos tremendamente agradecidos por la forma en que fue llevada a cabo por la generación que nos antecede. ¿Radical? No. ¿Creíble y liberador en boca de una generación nueva? Sospecho que mucho. Por cierto, esta parte del discurso es sólo el comienzo, que en sí misma sólo muestra que hay un “espacio identitario” entre Alianza y Concertación que está creciendo y que puede ser explotado. Pero lo que inspire a esta nueva generación serán sus propias luchas y desafíos, y aquí hay mucho por hacer en términos de épica fundacional.

 

ii)                Pasemos pues a la segunda parte de lo que es un partido, el qué quieren, las políticas públicas que éste busca llevar a cabo. Aquí, el gran éxito político de la Concertación y la Alianza ha sido convencernos de que, juntas, agotan el espacio de lo políticamente viable. Siempre se ha dicho, y con buenas dosis de razón, que existe un gran consenso de política pública entre Concertación y Alianza, el cual ha hecho posible un desarrollo sostenido y estable del país por las últimas dos décadas. Sin embargo, deducir de aquí que ambas coaliciones son al final bastante parecidas y que por ende no hay espacio para un nuevo referente político es, a mi juicio, un gran error. Primero, porque este consenso macro en la orientación estratégica de nuestro desarrollo económico (apertura económica externa, libertad de precios, políticas sociales focalizadas, reglas del juego claras y estables, etc.) esconde importantes diferencias filosóficas y de principios sobre la sociedad a la que cada cual aspira: entre nuestra centroderecha que mira al neoconservadurismo americano y nuestra centroizquierda que mira a la socialdemocracia europea hay mucho trecho. Basta indagar un poco acerca de qué se entiende a cada lado por “democracia” o por “igualdad social” para darse cuenta de esto. En segundo lugar, porque dicho consenso macro sobre la economía social de mercado, precisamente porque es un consenso de casi toda la sociedad chilena (excluyo a la extrema izquierda y a una tajada minoritaria del PS), permite que la política avance y se vayan generando diferenciaciones en otros temas de gran relevancia. Así, emergen con más fuerza las importantes diferencias que existen entre ambas coaliciones en temas valórico-morales, en política exterior, en política laboral, en reformas al sistema político, y así sucesivamente. En estos temas no nos guía ningún “consenso”, habiéndose dado más bien una discusión ad hoc en cada tema, pero donde claramente Alianza y Concertación no son lo mismo ni agotan las posturas posibles.

Sin embargo, acaso el problema más fundamental es que hay temas en que ambas coaliciones se quedan cortas para los estándares y voluntad de avance de las generaciones jóvenes que han aparecido en el espacio público desde el recomienzo de la democracia. Aquí, el famoso consenso se ha tornado más una fuerza del status quo que del progreso. Como dice Cristóbal, muchos “compartimos un ideario liberal con acento social y vocación de modernidad”, que se traduce en una voluntad democratizadora y redistribuidora del poder bastante más osada que lo que el centralismo estatista de la política social de la Concertación o la sensibilidad con resabios oligárquicos de la Alianza les permiten abrazar a cada una. También se traduce en una apertura a discutir los temas valórico-morales en el espacio público sin virulencias ni traumas, y (espero) con la voluntad de respetar la voluntad de las mayorías en estos temas sin estar sujetos al poder de veto que minorías a veces han impuesto en ambas coaliciones. Por último, la vocación de modernidad implica una sed de avance y una auto-comprensión de Chile como situado en un mundo económica, ecológica, cultural y políticamente globalizado sujeto a oportunidades y amenazas colectivas que no podemos enfrentar desde las ideologías del siglo XX. Para decirlo sucintamente: el “consenso” entre ambas coaliciones es una construcción incompleta e insuficiente para los desafíos del siglo que se abre, y por ello no está ni cerca de agotar el espacio de lo políticamente deseable y factible. No se trata, por ende, de que haya un espacio solamente “entre” la Alianza y la Concertación, como algo chatamente han imaginado Chile Primero y el PRI; se trata de que hay un espacio arriba, delante, a la izquierda y a la derecha de ellos, según sea el tema del que se trate; hay, sobre todo, un espacio al futuro de ambos. Veo, pues, un espacio no ocupado, una visión y sensibilidad distintivas no representadas en el mapa político actual. No hay nada inmutable en esto: si los partidos de la Concertación y la Alianza se renovaran en serio y de manera profunda, muchos de los temas aquí planteados podrían (quizás) ser abordados satisfactoriamente por uno u otro bando. Pero su misma identificación profunda con ser “los a favor” o “los en contra” del régimen de Pinochet les impide a veces la flexibilidad ideológica para aceptar cambios y adaptaciones en su manera de ver el mundo. Para la derecha demasiadas veces la participación del Estado huele inmediatamente a socialismo y de ahí a expropiación, en tanto a varios en la izquierda participación de los privados les huele a neoliberalismo y explotación. No es sólo un problema intelectual: es la memoria histórica profunda la que los llama de vuelta a sus madrigueras ideológicas cuando alguien los invita a salir y a oler los nuevos aires.

 

Para concluir esta sección: la idea de crear un nuevo referente político me hace mucho sentido precisamente porque tanto la base afectiva-identitaria profunda de las actuales coaliciones como sus consensos en política pública están desgastados y erosionándose. Producto del mismo éxito de la transición y de las políticas económicas y sociales aplicadas, ha emergido un nuevo Chile donde ya no necesitamos dividirnos políticamente de acuerdo a lo vivido por nuestras familias durante el Gobierno Militar y donde sí podemos ser más ambiciosos y decididos en la búsqueda del desarrollo y la justicia social. Precisamente porque la transición sepultó el odio político ya no necesitamos la coordenada Pinochet; y precisamente porque el crecimiento económico cimentó la fe en el “modelo chileno” y en la eficacia de sus consensos, podemos ir más allá de éstos y construir orientaciones estratégicas más comprehensivas y globales en muchas áreas de política. Y si Chile avanza, no podemos darnos el lujo de esperar a que los partidos políticos finalmente se den cuenta qué siglo es en quizás cuánto tiempo más. Si ellos no se renuevan- y no veo que lo vayan a hacer razonablemente pronto- alguien más debe generar el movimiento y llevar a la política a encontrarse con los nuevos tiempos que han llegado.

NOWHERE MAN

octubre 1, 2008

Lo primero que se me vino a la cabeza al ver los afiches de los candidatos a las próximas elecciones municipales es el título de esta vieja canción de Los Beatles, del álbum Rubber Soul. Los hombres y mujeres de las fotos ya no llevan (o muy pocos lo hacen), la marca del partido político que los apoya. A veces es imposible saber a qué sector representan. Son candidatos de ninguna parte. Pero ¿por qué lo hacen?

La razón es obvia, pero desafía una de las máximas de la Ciencia Política. Supuestamente, una de las principales funciones de un partido es “estructurar el voto”, es decir, orientar las preferencias del electorado. Identidad y simbología asociadas a una posición ideológica determinada. Los candidatos inpependientes, se ha dicho, atentan contra dicha digna función. Lo mismo ocurre cuando el cliché “yo voto por las personas” se impone. Que sea un cliché no le quita realismo ni pertinencia.

Ocultar el partido político es alterar el rol de estructuración del voto y los partidos políticos que lo avalan deberían estar perfectamente conscientes de lo que están haciendo. El paso siguiente es respetar la proliferación de los díscolos, sin quejas.

Pero en el fondo la táctica revela algo mucho peor: A los candidatos les avergüenza aparecer junto a eslóganes tan desprestigiados. Y a los partidos no les importa ser negados, tres y mil veces, con tal de obtener finalmente el anhelado cargo público: La gente puede confundirse, y en una de esas, les regala un voto que originalmente debió sumar en otra parte. No está muy lejos de lo que podríamos catalogar de “engaño”, ¿no?

Me llamó especialmente la atención el arguemento que entregó la UDI: Si la plata para la campaña la ponen los candidatos, pueden salir en la propaganda sin el logo partidario; en cambio si el financiamiento viene de arriba, todo cartel viene con el timbre institucional. Suena justo, pero es igualmente abominable: El que tiene recursos propios puede comprar su emancipación, el que tiene que pedirlos debe aceptar la esclavitud de los símbolos. La plata, finalmente, manda.

Todo esto no ayuda en nada a mejorar la cara de la clase política. Sacar a los partidos de los afiches no pasa de ser un maquillaje barato. Y probablemente, en el futuro sea contraproducente.