LA PROHIBICIÓN O EL CAOS

por Cristóbal Bellolio (columna solicitada pero no publicada)

La reciente decisión de Barack Obama de frenar la persecución penal a los consumidores de marihuana con fines terapéuticos es particularmente acertada en dos sentidos. En primer lugar, fortalece el respeto a la legislación local, ya que la disposición se aplica sobre 13 estados norteamericanos donde los médicos estaban habilitados desde 1996 para recetar el uso de cannabis en el tratamiento de ciertas enfermedades (glaucoma, artritis, efectos de la quimioterapia), pero aun así sus pacientes eran víctimas de acciones judiciales por parte de las autoridades federales, especialmente durante la administración Bush. Se impone así la descentralización jurídica y la autonomía de los estados. En segundo lugar se cumple una promesa de campaña. Es fácil regalar palabras al viento y hacer ofertones previo a las elecciones, lo difícil es concretar esos anhelos. Obama se anota otro punto a favor demostrando coherencia entre discurso campañero y ejercicio del poder. Pudo haber olvidado convenientemente este asunto para evitar conflictos con ciertos grupos republicanos, sabiendo que en la práctica los beneficiados por la medida son relativamente pocos. Pero prefirió honrar sus compromisos.

Pero el asunto de fondo es otro. Sus detractores han esgrimido el viejo argumento conservador: Este es un paso hacia la legalización de la marihuana. O prohibimos o abrimos las puertas al desastre. Esta lógica dicotómica la encontramos en casi todas las conversaciones en las cuales participan los defensores del orden y la tradición: Si legislamos sobre el aborto terapéutico estamos favoreciendo el aborto a secas, si regulamos las uniones civiles entre personas del mismo sexo estamos anticipando el matrimonio gay. Ningún antecedente realista indica que eso vaya a ocurrir, pero parece vivir en sus corazones una paranoia que no los abandona: Lo nuevo puede esconderse tras las esquinas, lo distinto acecha bajo la apariencia de lo conocido. ¿Y si finalmente fuera así? Si la despenalización del uso terapéutico nos llevara a discutir seriamente la legalización de la marihuana, como ocurre actualmente en California, ¿nos enfrentaríamos a un escenario tan terrible? Obama ya ha dicho que no es partidario de ir tan lejos, pero entiende que en las sociedades educadas se avanza gradualmente hacia mayores grados de libertad individual. Y que mientras más abiertas y tolerantes, mejor sabrán lidiar con las complejidades que provoca el ejercicio de esa autonomía. Parafraseando a Stuart Mill, el único fin que justifica que la autoridad se entrometa en la libertad de acción de los ciudadanos es evitar que perjudique a los demás, pues su propio bien, físico o moral, no basta como justificación.

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