LA POBRE LIBERTAD

por Cristóbal Bellolio y Daniel Brieba (publicada en El Quinto Poder el miércoles 28 de julio)

El aumento en la brecha socioeconómica a partir de la distribución del ingreso es uno de los tantos síntomas de la enfermedad que padece Chile. Pero no es ni la causa ni el problema mismo. Desde una perspectiva liberal, toda sociedad puede permitirse desigualdades de ingreso, las que son consideradas tolerables, legítimas y hasta saludables en la medida que el acceso a esas posiciones diferenciadas haya sido relativamente igualitario y que el beneficio social implique necesariamente un beneficio de los menos favorecidos en la repartición de riqueza. Son dos requisitos que, de cumplirse, desdramatizan los números recientemente conocidos. Pero ¿se cumplen?

La realidad de la primera de las condiciones amaga toda tentación de atribuir justicia a la estructura de desigualdad de nuestro país: las recompensas sociales (desde el estatus al ingreso) no están distribuidas en cancha pareja. La pretendida igualdad de oportunidades colisiona de frente con la discriminación, el clasismo y la segregación. Los resultados de este modelo no pueden ser considerados justos por los liberales en la medida que el procedimiento observado careció de reglas compartidas, ignoró el mérito y se echó al bolsillo la genuina competencia. El escándalo, entonces, no está en la desigual distribución del ingreso; el escándalo está en la desigualdad de nuestro sistema escolar y en las exclusiones de nuestro mercado laboral. De muestra un botón: un egresado universitario proveniente de un liceo municipal de una comuna pobre, pero dentro del 10% de mejor rendimiento de su generación, gana menos al entrar al mercado laboral que un compañero proveniente de un colegio privado de una comuna rica que estuvo en el 10% de peor rendimiento de sus pares (Núñez y Gutiérrez, 2004). Lo indignante en este caso no es que dos personas tengan distinta remuneración, sino la desigualdad en el acceso a esa remuneración.

La segunda de las condiciones parece satisfecha. Sabemos que los sectores en situación de pobreza no han mejorado su calidad de vida en la misma proporción de los sectores más acomodados, pero han ido progresivamente aumentando sus ingresos. Tendríamos peores noticias si viéramos cómo los pobres se van haciendo más pobres, lo que en el caso chileno no ocurre a nivel agregado. La canción de Los Prisioneros (“los de arriba suben, los de abajo bajan”) no sería rigurosamente procedente. Aun así, la obsesión por medir los índices de pobreza exclusivamente a partir del ingreso (que es lo que permite adquirir los bienes de la canasta mínima) contradice la mirada contemporánea del problema. Para ésta, pobreza es incapacidad de participar de manera digna en la vida social, y no sólo poca renta. La poca renta es una de las causas importantes de esa incapacidad, pero no la única. Pueden existir prestaciones estatales que no sean traducidas en renta y que generen más capacidad (por ejemplo, garantías en salud o asesoría jurídica), o al mismo tiempo condiciones políticas y culturales que sin relación con el ingreso mejoran notablemente la calidad de vida (participación, igualdad de trato, respeto a la diferencia). Si entendemos el éxodo de la pobreza como desarrollo de esas capacidades, entonces la desigualdad en el ingreso no es el índice absoluto. Lo anterior es difícil de medir, pero es crucial para visibilizar carencias que, no siendo monetarias, limitan la libertad individual de maneras inaceptables. En síntesis, lo que nos debe importar como sociedad no es si una persona dispone de más o menos de $60.000 al mes, sino básicamente si puede ejercer su libertad. Así, la pobreza entendida como incapacidad lesiona la autonomía de los individuos: más pobreza significa menos libertad.

La pregunta que los liberales debemos hacernos es central: ¿es la no-interferencia del Estado realmente el mejor regalo que podemos hacer a quienes no tienen las condiciones mínimas para elegir entre al menos dos cursos de acción? Pareciera que así como el poder público debe ser alejado de nuestros dormitorios justamente en nombre de la libertad, cobra fundamental relevancia en su función de emparejar la cancha y asegurar procedimientos justos (que generen desigualdades justas), así como en su misión de contribuir a que todos los individuos gocen de una perspectiva razonablemente amplia de libertad.

Link: http://www.elquintopoder.cl/fdd/web/sociedad/opinion/-/blogs/la-pobre-libertad

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Una respuesta to “LA POBRE LIBERTAD”

  1. Pablo MUller Says:

    En mi modesta opinión, los pobres SI se hacen más pobres, por algo el ingreso puro decayó, claro si le sumamos q el gob transfiere crca de 50 mil, que son más q los 30 mil de antes, claro, son menos pobres, por miseros mil pesos al mes… Como dijo Gordi, “veamos los datos completos”

    Fuera de eso, bastante de acuerdo
    Saludos

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