UN BRINDIS POR SU MAJESTAD

por Cristóbal Bellolio (publicado en la sección Calling from London de Revista Capital, edición N°290 del 3 de diciembre)

Anticipándome a las preguntas de mis amigos y familiares, aclaro de una vez por todas que no participaré en ninguna celebración callejera –menos oficial- en honor al Príncipe William y su prometida Kate Middleton. Mi posición apela a mis convicciones políticas, por supuesto: como liberal no puedo validar la institución de la monarquía. Un poder transmitido en forma hereditaria y amparado en títulos de nobleza evoca demasiado al antiguo régimen.

Pero claro, están los matices. Estamos hablando de una monarquía que comparte el poder con un parlamento y que no desempeña funciones de gobierno. Estamos hablando de una monarquía que está lejos de sus antecedentes absolutistas y que por el contrario se somete a la ley –supuestamente- como todos los británicos. Estamos hablando de una monarquía que en los últimos lustros ha perdido varios de sus privilegios, y que en tiempos de opinión pública empoderada, tiene bien rayada la cancha.  Aun así, estamos hablando de una monarquía.

Los espíritus críticos le bajan el perfil. Para ellos, la monarquía se parece a las figuras de cera del museo de Madame Tussauds. Lo consideran un recurso turístico –de hecho, acabo de comprar postales de cartón con el Príncipe Consorte en tenida de caza-, además de un recordatorio vivo de la gloria de otros tiempos, cuando Inglaterra era un Imperio, o más atrás cuando cobijaba leyendas medievales.

Sin embargo, sería un error reducir el rol de la monarquía al mero fetiche. Todavía es depositaria de un fuerte simbolismo político. La corona es la representación de la nación británica y por ende, el único recurso indisputable de unidad. Derechas e izquierdas por igual deben acudir a Buckingham para formar gobierno, mientras la Reina Isabel II se ubica –en teoría- por sobre el bien y el mal de la contingencia.

Asociado a lo anterior, hay que recordar que los británicos han sido generalmente identificados como exponentes de una cultura política “deferencial”. Es decir, son dados a respetar los símbolos de la autoridad sin mayores cuestionamientos. Ya sea por costumbre, vínculo afectivo o compromiso cívico, en estos lados la tradición vale. Los cambios se producen gradualmente, y en un marco básico de continuidad. El consenso ha sido, históricamente, una de sus claves políticas.

Se ha dicho que últimamente todo esto está sufriendo alteraciones. Que estamos presenciando –particularmente desde años setenta- el obituario de la deferencia. Sin embargo, varios analistas contemporáneos descartan esta posibilidad. Normalmente se destaca la paciencia y estoicismo de los huelguistas en los años ochenta, y se recuerda medio en broma medio en serio que los desempleados de la película Full Monty no se hicieron revolucionarios, sino strippers. Las masivas aglomeraciones para despedir a la Reina Madre en 2002 parecen indicar que la deferencia no ha muerto. Dicho de otro modo, aunque evidentemente existe una sociedad civil más informada y consciente de sus derechos –lo que en parte explica la limitación de los excesos monárquicos-, ésta no parece estar dispuesta a abandonar los ritos y ceremoniales que constituyen su identidad.

El casorio del Príncipe será una nueva oportunidad para ver quién tiene razón. Algunos grupos se han levantado para objetar el costo de la boda (algo así como 14 millones de euros), pero por otro lado el comercio –y el gobierno- se frota las manos con la expectativa de recaudar hasta 800 millones de euros durante los días de fiesta, entre visitantes, merchandising y festejos. Nada de mal para una economía alicaída.

Quiero creer que la gente que supuestamente saldrá a las calles a celebrar lo hará porque cualquier excusa es buena para hacerlo -no voy a descubrir aquí la debilidad de los británicos por el alcohol- antes que por la particular razón de brindar por el Príncipe y la Princesa. Si me pillan volando bajo, en una de esas también hago el brindis, pero que no se preste para confusión: un buen trago bien vale una reverencia.

Link: http://www.capital.cl/calling-from-london/un-brindis-por-su-majestad-2.html

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