Archive for 8 marzo 2012

Think Punk Febrero

marzo 8, 2012

La edición de febrero de revista Capital -publicada el 2 de marzo de 2012- trae la tercera edición de la nueva Think Punk, con textos de Cristóbal Bellolio y diseño de Gonzalo Pino. Vea el PDF completo en el siguiente hipervínculo: ThinkPunk3

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Las Claves del Movimiento Social de Aysén

marzo 6, 2012

Publicamos programa “Mesa de Diálogo” emitido por El Mostrador TV el domingo 4 de marzo de 2011, con la participación de Alejandro Guillier, Antonio Leal, Cristóbal Bellolio y la conducción de Rayén Araya.

Link: http://www.elmostrador.tv/programas/las-claves-del-movimiento-social-de-aysen/

LA VOZ DE CALLE Y LA VOZ DEL PUEBLO

marzo 5, 2012

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el viernes 2 de marzo de 2012)

El Presidente Piñera nos tiene acostumbrado a salidas de libreto, exabruptos menores y otros tantos comentarios francamente escandalosos. Pocas semanas atrás sostuvo para un diario argentino que “no siempre la voz de la calle es la voz del pueblo”, causando una vez más la indignación de parte importante del público informado. A mí, en cambio, me pareció de una sensatez evidente y de una obviedad absoluta.

Es notorio que los diversos movimientos sociales han concitado el apoyo de la opinión pública. Números más números menos, en general es fácil cosechar simpatías en nombre de la educación, el medioambiente o la descentralización. Esto es sin duda una buena noticia. Sin embargo el grado de polarización —que no es lo mismo que politización— tiende a bajar las exigencias del buen juicio e incentiva a subirse a todas las micros que le compliquen la vida al Gobierno.

Hay excepciones. Los habitantes de Aysén promueven un petitorio que lleva años en barbecho. Muchos de sus dirigentes no están en el juego del aprovechamiento político. Lo que llama la atención es que, de la noche a la mañana, sus demandas parezcan incontrovertibles e indisputables. Algo parecido a lo que ocurrió el año pasado con el movimiento estudiantil. Cualquier discrepancia de fondo fue sancionada socialmente por reaccionaria e insensible. Fuimos abandonando entonces la sana costumbre de preguntar por los efectos de una reforma y la justicia de una medida. Porque en pedir no hay engaño y los movimientos ciudadanos no están obligados —no es su rol— a velar por los intereses de otros sectores, el Gobierno cumple con su deber escuchando y dialogando con todos, pero no está compelido a conceder la infinidad de puntos que un grupo empoderado puede concebir. Más aún —y esta parte casi nadie la quiere escuchar— obligación ineludible del Gobierno es mantener el orden público y garantizar el abastecimiento de las ciudades que permanecen con sus accesos cerrados.

En esto, recordemos, la Concertación no vaciló. Supo echar mano a la fuerza pública —con los excesos de siempre, marginales pero igualmente nefastos— y al mismo tiempo cuidar la billetera. ¿O ustedes se imaginan a cualquiera de los cuatros ministros de Hacienda de aquel entonces corriendo a Coyhaique con la chequera abierta y la pluma goteando millones, subsidios y dispensas? Yo no.

Por eso tiendo a desconfiar de toda causa en la que, repentinamente, se encuentren alineados profesores, estudiantes, ambientalistas, funcionarios públicos y de la salud, entre otros. Es posible que mi desconfianza sea mezquina. Pero es la defensa que mi intelecto ofrece cuando me impiden analizar caso a caso la justicia de cada una de las demandas. No hay pecado de reaccionario en invocar el tribunal de la razón. Muchas veces la razón estará del lado de aquellos que se manifiestan en la calle, pero otras tantas veces no (esto sin entrar a cuestionar la sinceridad de sus penurias).

No se me viene a la mente un mejor ejemplo que las airadas protestas de la comunidad musulmana contra la publicación de “Los Versos Satánicos” de Salman Rushdie, a finales de los ‘80. Las calles de Londres fueron abarrotadas de ofendidos fieles que exigían al Gobierno británico la censura del libro e, indirectamente, que les entregaran al autor para lincharlo de acuerdo a los designios del Ayatolah de Irán. La calle se pronunció claramente contra Rushdie. Pero estaban equivocados. Y no porque “la mayoria silenciosa” (una entelequia muy conveniente a la derecha que no se organiza ni marcha) haya estado en lo cierto, sino porque emprenderlas contra Rushdie constituía una aberración contra la libertad de expresión.

La calle cumple una función clave. Los movimientos sociales también. Son inputs fundamentales del sistema político, pero no reemplazan el mecanismo democrático a través del cual las sociedades civilizadas distribuimos el poder. Atribuirse la voz del pueblo es una tentación mesiánica que debe ser combatida con las reservas morales e intelectuales que nos queden.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2012/03/02/aysen-la-voz-de-la-calle-y-la-voz-del-pueblo/

LOS MUROS DE CHILE

marzo 1, 2012

por Cristóbal Bellolio (publicada en Radio Futuro el jueves 1 de marzo de 2012)

No tuve hermano grande ni padres rockeros. Por eso conocí The Wall varios años después de su lanzamiento -1979, el año que nací- recién con motivo del legendario festival con que Pink Floyd y compañía celebraron la caida de muro de Berlín en 1990. Inevitablemente, desde entonces, mi memoria asoció el disco a la derrota del comunismo, aunque también de cualquier proyecto lo suficientemente totalitario como para levantar muros entre las personas. La imagen del dictador fascista de la película homónima, con sus símbolos de poder y dominación, contribuye a consolidar la idea. Que el mismísimo año 90 estuviera llegando a su fin nuestra propia experiencia autoritaria iba en la misma línea evocativa. Aunque probablemente se trate del tema central, el trauma de Roger Waters con la guerra fue siempre una consideración menor en mi interpretación subjetiva. 22 años después sigue habiendo espacio para interpretaciones subjetivas.

Nuestras referencias culturales se van modificando y los sentidos del receptor ven la misma obra con otros ojos y oídos. Hagamos el ejercicio: ¿Qué resonancia tiene The Wall hoy en Chile?

La primera parece obvia y acaba de ser refrendada por Waters: “habría que sustituir la palabra muro por barrera”. Los muros de hoy -salvo la vergüenza que sigue en pié en Gaza- no se levantan con ladrillos ni bloques de concreto. Se trata -en contextos democráticos o semidemocráticos- de barreras más sutiles pero no menos dañinas para la libertad y la igualdad de las personas, las fronteras donde comienzan la discriminación, la segregación y la exclusión sistemática. El grito de The Wall es el llamado a la rebelión frente a todas las estructuras verticales que de algún modo reproducen relaciones de superioridad, dependencia y alienación. De más está decirlo, coincidente con el momento político y social que estamos viviendo los chilenos; desde el retorno de la democracia, nunca antes las instituciones -del Gobierno a la Iglesia, de las empresas a los sindicatos, de la prensa a los militares- habían estado sumidas en el estado de desprestigio y desconfianza que hoy generan. Y aunque están naciendo ciertas expresiones colectivas -difícil de precisar si son políticas o ciudadanas si acaso existe alguna diferencia- que son vistas con esperanza como antídotos en favor de la horizontalidad y la participación, no sería sorpresivo que en ellas también se desplegaran otras tantas barreras de intolerancia. Como sea, la obsesión antibélica de The Wall contiene el germen de encabronamiento más visceral contra toda clase de autoritarismo. Estaremos de acuerdo en que ésa es una bandera que no tiene fecha de vencimiento histórico.

Una segunda lectura nos obliga a reflexionar sobre el potentísimo mensaje contra el sistema educacional. Algo de eso ha anticipado Roger Waters acercándose a Chile, seguramente informado del estado del arte criollo. En ese contexto resulta casi natural vincular la demanda por una mejor educación con los motivos de la obra maestra de Pink Floyd. Sin embargo, hay matices. Los niños triturados por el amargado profesor de The Wall no cargan con petitorios omnicomprensivos. Básicamente quieren ser dejados en pazhey, teacher: leave them kids alone. La crítica de Waters en este punto está bastante alineada con la reflexión del párrafo anterior: el enemigo es la autoridad desplegada con sus peores sombras. La autoridad que uniforma, la autoridad que humilla, la autoridad que controla. Hago énfasis en el sentido crudo del manifiesto para recordar que nuestro movimiento estudiantil no jugó -casi- ningún papel en una de las discusiones más fundamentales: la forma en la cual estamos educando a las nuevas generaciones. Los álgidos debates sobre el lucro o la gratuidad fueron importantes y necesarios, pero es altamente probable que las reformas en estos terrenos no impliquen ningún cambio de paradigma, práctica o visión acerca de las pobres relaciones profesor-alumno, las lógicas de instrucción escolástica, la disciplina castrense y la incapacidad de dotar a los estudiantes de herramientas que superen las meras necesidades de la vida laboral. The Wall, aquí, es un canto a la autonomía individual, la autenticidad y los colores de la diversidad. Es el rechazo absoluto a ser devorado por la máquina, la tiranía de las constumbres o la hegemonía de la opinión pública. Es la resistencia a convertirse en another brick in the wall.

Link: http://www.futuro.cl/minisitios/rogerwaters_vivo/index.html