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UNA DISTENDIDA TEMPORADA EN EL INFIERNO

abril 8, 2012

por Manuel Vicuña (publicada en revista Capital, edición del 30 de marzo de 2012)

Me declaro completamente desconcertado. Aunque jamás le tuve fe a la buena nueva de la derecha liberal del siglo XXI, nunca pensé que la impostura llegara a tanto. Y no estoy hablando del alza de impuestos, que ojalá hubiera sido resuelta sin tanta parsimonia cortesana. Estoy pensando en la autonomía individual, ese valor a la baja entre los redentores sociales instalados en algunos ministerios.

Quizás ellos se inspiran en una tradición liberal esotérica que yo desconozco, una tradición nunca atendida por los historiadores de las ideas e ignorada por los cultores de la teoría política, que aun así se ha mantenido viva pero a resguardo del público profano mediante el fervor de unos pocos iniciados. Como autoridades de gobierno, están demostrando un celo iluminado a la hora de afanarse por el bienestar de los ciudadanos.

Ahí está la nueva ley de alcoholes, con todo su ardor puritano y su melodramática campaña del terror, presentada como la única solución efectiva a un problema real y atendible, pero que sin duda admite alternativas menos intransigentes. Ahí está, también, la idea de contabilizar las calorías en los menús de los restaurantes como si se tratara de cápsulas de cianuro, aduciendo un imperativo de salud pública con ínfulas de cruzada religiosa.

Advierto que esta tendencia no se limita a la “derecha liberal”. También alcanza a los paladines del progresismo. Nuestros tutores de centroizquierda se han mostrado igualmente aficionados a las leyes de tolerancia cero. En la ley de alcoholes se cuadraron con una disciplina marcial hace tiempo olvidada en el hemiciclo de los díscolos. Y también han demostrado tener iniciativa propia. En defensa de una vida saludable, se pretende prohibirnos fumar en los estadios, los parques y las plazas; el modesto placer del pucho al aire libre va camino de convertirse en una obscenidad cívica.

Nadie duda que la libertad individual debe conciliarse con la persecución de fines colectivos, de bienes sociales, y que en nombre de éstos –sólo pensemos en la justicia o en la seguridad– corresponde establecer límites a la esfera de nuestra autonomía. De eso trata en parte el vilipendiado arte de la política democrática: de calibrar esa relación que sólo admite equilibrios inestables, porque están siempre sometidos al debate público y a las transformaciones culturales de las sociedades modernas. Nada escapa a la historia. Por eso las respuestas a las preguntas fundamentales de la vida en común cambian con el tiempo, y de hecho también lo hacen las preguntas que nos apremian.

¿Es legítimo el aborto? De ser así, ¿en qué circunstancias? ¿Lo decide el Estado, los médicos, la madre? ¿Debemos rendirnos a conceptos religiosos a la hora de definir el momento de inicio de la vida humana? ¿O bien dejar de lado a la fe, dado que somos ciudadanos de un Estado no confesional? ¿Puede imponerse a todos el concepto de vida buena de un sector particular o debo tener el derecho de conducir mi vida con libertad, de acuerdo a mis propias convicciones? Éstas son el tipo de preguntas que han movilizado algunos de los debates más interesantes del mundo contemporáneo.

El tema del aborto (terapéutico) vuelve a agitar a la clase política. La postura de los “defensores de la vida” remite a un tradicionalismo de raíz religiosa, y no a la mística de la seguridad vial o de la salud que acompaña a las leyes de tolerancia cero. Aquí la colisión con el liberalismo resulta más candente en términos doctrinales. Históricamente, el poder de veto de la iglesia católica ha inhibido la discusión franca y abierta sobre el tema. Bajo el papado tradicionalista de Juan Pablo II, los movimientos anti-aborto se ampararon en posiciones cada vez más absolutistas. Este giro confesional y militante también se advierte en el Congreso chileno. Sus apóstoles entienden parte de su labor legislativa como un dique contra la marea moral y socialmente disolvente del liberalismo.

En una sociedad pluralista como esta, el debate público debiese evitar fundamentar sus posiciones en creencias religiosas que, en la práctica, invalidan la diversidad de valores y de formas de vida presentes en nuestra sociedad. Que las encuestas afirmen que en su mayoría los chilenos son católicos no implica que ellos compartan de la A a la Z el mismo catálogo de opciones valóricas. El catolicismo se despliega en forma plural, y la diversidad de este país también se nutre de esa heterogeneidad que tanto perturba a los guardianes de la ortodoxia. Entre los católicos, las tablas de la ley se componen de distintas prescripciones.

Los liberales más decididos del siglo XIX hicieron lo posible por confinar la religión al espacio privado, intentando depurar la esfera pública de intromisiones teológicas. A los liberales incluso se les acusó, por su insumisión profana, de sucumbir a los mismos vicios –soberbia, rebeldía, libertinaje– del ángel caído. Hoy las intromisiones teológicas siguen a la orden del día, aunque, a diferencia del pasado, acuden a la ciencia o más bien a los médicos piadosos en busca de auxilio, en vez de atrincherarse tras los versículos de la Biblia.

Los aspirantes a herederos del liberalismo debiesen resucitar esa alicaída tradición intelectual, que siempre lució un temperamento escéptico ante los poderes públicos que nos obligan a postular al cielo, cuando lo único que ambicionamos es pasar una distendida temporada en el infierno.

Link: http://www.capital.cl/saca-la-voz/una-distendida-temporada-en-el-infierno-2.html

TUS MUERTOS Y LOS MÍOS

abril 6, 2012

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador el miércoles 4 de abril de 2012)

No se le puede pedir a nadie que sufra la pérdida de un ser querido de la misma manera que valora la partida de un desconocido. En todos esos casos aceptamos una ponderación subjetiva de la vida humana, porque entendemos que hay especiales vínculos de afecto que no son exigibles al resto de la comunidad. Sin embargo, una sociedad civilizada siempre debería efectuar una valoración política equivalente respecto de la vida de sus miembros.

Uso la expresión “valoración política”, porque en el nombre de algunos proyectos que ejercieron el poder durante el siglo XX se hizo común que la vida de los adversarios ideológicos valiera menos que la de los propios. Las recientes declaraciones de Margot Honecker son la mejor postal: la viuda del ex jerarca de la Alemania comunista minimiza el sacrificio humano de aquellos que intentaron cruzar el muro de Berlín. Añade además que la Stasi —policía secreta del régimen— existía, porque “la República Democrática Alemana tenía enemigos” y que quienes sufrieron la represión “se disfrazaron de víctimas políticas”.

Ahora, si usted cambia las palabras RDA por “Régimen Militar” yStasi por “DINA” se encontrará con la misma estructura argumental que promovían los defensores de la dictadura chilena: idéntica y errática búsqueda de una justificación moral para amparar crímenes sistemáticos e institucionalizados. En esto, lamentablemente, no hay superioridad que valga: izquierdas y derechas impenitentes que en nombre de imperativos abstractos barrieron con la dignidad de personas de carne y hueso.

La tarea ética de nuestro tiempo es derrotar ese faccionalismo dogmático y deshonesto para desarrollar aquel rasgo que el ensayista británico Cristopher Hitchens tanto admiraba de George Orwell: un consistente e integral antitotalitarismo, sea político, religioso o cultural. El propio Hitchens, de joven furioso marxista, cuenta en su biografía la ruta intelectual de frustraciones y contradicciones que debió asumir hasta emular al maestro. Sus experiencias en Cuba, Checoslovaquia, Portugal, Polonia, Argentina e Irak constituyeron la mejor escuela para el desengaño.

Es probable que a estas alturas del partido ciertos dinosaurios políticos sean químicamente incapaces de cambiar de mirada. Estamos hablando de una generación criada en la lógica de “tus muertos y los míos”. A veces les cuesta entender el presente y sólo tienen al pasado como elemento explicativo (es cosa de ver como en algunos círculos las conversaciones son 1973-céntricas). Y seguramente más de alguno todavía cree que el valor de la vida está asociado a la filiación política de la víctima.

Tengo la impresión de que la gran mayoría de los chilenos ha evolucionado positivamente en este sentido. La muerte gratuita y la violencia absurda son ampliamente rechazadas por la opinión pública en general. La abrumadora reacción nacional ante el brutal asesinato de Daniel Zamudio confirma que no somos indiferentes frente a la perversidad de unos pocos que insisten en dañar con su odio.

Quiero pensar que la mayoría también repudió el deceso del sargento Hugo Albornoz en Ercilla. A rato parecía que la derecha de las redes sociales insistía en sacar al pizarrón a la izquierda para que compartiera su indignación. Salvo tristes y contadas excepciones, lo hizo con la misma fuerza que el resto de sus compatriotas. Es más, a ratos fueron capaces de distinguir con precisión entre la pena por la muerte del carabinero y la rabia por la torpeza política que finalmente provoca este tipo de dramas.

“Matar un carabinero es matar a Chile” decía el difunto General Bernales. Años después, es probable que el crimen de Zamudio haya azotado con más virulencia el alma del país. No es una mala noticia: significa que la valoración política de la vida humana está finalmente adquiriendo cierta equivalencia. El rechazo generalizado a las expresiones de Margot Honecker —especialmente por parte de los líderes de la izquierda del futuro— es otro presagio de un Chile que toma conciencia que tus muertos y los míos terminarán descansando sus huesos en el mismo cementerio.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2012/04/04/tus-muertos-y-los-mios/

Think Punk Marzo (II)

abril 4, 2012

La revista Capital aparecida en los kioskos el 30 de marzo trae la quinta edición del recargado Think Punk (dedicado esta vez a la trilogía del “Hype Liberalismo”) con textos de Cristóbal Bellolio y diseño de Gonzalo Pino. Acá va el link para que la puedan disfrutar, como siempre, sin moverse de su escritorio: ThinkPunk5

NUESTRA VISIÓN EN EDUCACIÓN

abril 2, 2012

por Cristóbal Bellolio (columna solicitada por organización de apoderados de los Colegios y Liceos de Providencia -“Apoderate”- y publicada el  28 de marzo de 2012)

Existen dos maneras de concebir la educación municipal. Una parece considerar que los establecimientos le pertenecen al alcalde de turno, quien haría un favor especial abriendo sus puertas a estudiantes que provienen de otras comunas. La otra visión sostiene que los liceos administrados por la municipalidad son esencialmente públicos y están destinados a igualar oportunidades sin importar el lugar de residencia de los usuarios.

Los que defienden la primera tesis a través de declaraciones y hechos de conocimiento público conciben su tarea desde una perspectiva asistencialista y abierta a la discrecionalidad de la autoridad. Los que promueven la segunda entienden que el alumno posee un derecho inclaudicable a la educación que no puede verse afectado por las batallas personales del alcalde de turno.

Los primeros descansan sus premisas en la educación de excelencia que recibirían sus estudiantes. Los segundos saben que los buenos resultados de ciertos establecimientos se explican en gran medida por los exigentes mecanismos de selección escolar. Por lo anterior estos últimos no olvidan el estado de abandono de varios liceos en términos de infraestructura y debilidad institucional.

Quienes están alineados con la primera sensibilidad entienden la disciplina y el orden como la virtud estructurante del proceso educacional. Desconfían por tanto de los órganos de representación estudiantil y tienen dificultades para dialogar en dinámicas de alta conflictividad. Los que se ubican en la otra vereda piensan que el aprendizaje requiere de habilidades diversas, entre las cuales es esencial la participación activa en la discusión de los asuntos públicos y en la construcción de comunidades escolares robustas. Del mismo modo consideran vital garantizar el derecho de aquellos que quieren estudiar normalmente en tiempos de convulsión sin afectar la libertad de expresión de los demás. Esta tensión no debe ser entendida como un problema para el municipio, sino como una ineludible responsabilidad.

Quien conduce hoy los destinos de la comuna de Providencia da evidentes indicios de estar matriculado en la primera corriente. En contraste, la alternativa que aspiro a representar en las elecciones de octubre de este año se inspira en la segunda perspectiva. Es probable que se trate de una posición menos rentable desde el punto de vista electoral: el 90% de los estudiantes de liceos municipales no vive en Providencia y sus padres no califican como público cautivo a la hora de pedir el voto. Sin embargo nos invade una convicción anterior que determina la acción política posterior: La injusticia de Chile se empieza a pagar nivelando la cancha: la cuna no puede seguir determinando el destino. El desafío entonces es transformar la educación. Lo mejor de nuestros esfuerzos éticos debe dirigirse en esa dirección.

Link: http://apoderate.cl/2012/03/nuestra-vision-en-educacion/