CONDUCIR CON LA MIRADA FIJA EN EL ESPEJO RETROVISOR

por Davor Mimica (publicada en latercera.com el martes 29 de mayo de 2012)

Durante los últimos días hemos sido expuestos a un espectáculo tan chocante como decidor. Comenzó con una entrevista al ex presidente Patricio Aylwin donde éste criticó duramente la presidencia de Salvador Allende y su legado como político. La crítica no puede resultar sorpresiva, pues el mismo Aylwin lideró su oposición desde el Senado hace ya 40 años. Pero lo que podría haberse quedado como una discusión histórica, tan interesante como relevante, pasó rápidamente a protagonizar la discusión política nacional. Líderes democratacristianos defendiendo a su nonagenario líder, por un lado, mientras por el otro, líderes de izquierda desde parlamentarios hasta Ricardo Lagos Escobar e incluso Carlos Altamirano, criticaron a Aylwin con casi tanta fuerza con la que defendieron también la memoria política de Allende y su presidencia. Desde la vereda del frente, parlamentarios y presidentes de partido han salido a defender la visión de Aylwin como si fuera la propia. El espectáculo, por cierto, ha sido patético, demostrando lo gerontocrática, añeja y apolillada de buena parte de nuestra clase política al, una vez más, demostrar que sus mayores intereses, motivaciones y pasiones se encuentran, no en el presente del país ni menos aún en su futuro, sino 40 años en el pasado.

Ahora, estos anacronismos no son monopolio de un lado del espectro. Personalmente pude asistir hace unos meses a un debate entre Carlos Larraín y Cristóbal Bellolio en la sede nacional de RN, donde, ante mi completa sorpresa, tanto la discusión de parte del presidente de RN como buena parte de las preguntas del público (casi todos militantes del partido local) no eran sobre los problemas del Chile actual o sus desafíos futuros, sino sobre lo ocurrido desde el Congreso de Chillán de 1965 del PS hasta el gobierno de Allende (ver video: http://www.redliberal.cl/debate-entre-cristobal-bellolio-y-carlos-larrain). Nuevamente, liderando políticamente el país con la mirada fija en el pasado.

De izquierdas y derechas, seguimos siendo liderados por una generación afectada por múltiples traumas que los marcaron a fuego y les impiden mirar hacia adelante.

Lo realmente trágico es que el futuro, sin cambios dramáticos, no se ve demasiado esperanzador. Las generaciones de recambio muchas veces heredan acríticamente las mochilas ideológicas de sus mayores, ya sea para pertenecer, para agradar o incluso como condición para avanzar en los escalafones partidarios, hasta el ridículo caso en que dirigentes jóvenes de partidos contrincantes se acusan mutuamente de hechos que ocurrieron antes que ambos hubiesen nacido.

Es muy decidor que las principales coaliciones que tenemos en Chile sean justamente las que nacieron al alero de la última gran lucha política del país: el plebiscito de 1988. Para muchos, ese muro político que separa teóricamente a la izquierda de la derecha es infranqueable. El que está del otro lado es el enemigo. Las conversaciones sobre acuerdos o alianzas se hacen siempre dándole la espalda a ese muro. Sólo los de “mi” lado son posibles socios. Los del frente, jamás.

Ya 24 años después de esos hechos, es tanto justo como necesario preguntarse si la existencia de estas líneas divisorias, alimentadas por las periódicas re-ediciones de las viejas discusiones, no son más bien funcionales al anquilosamiento de un mismo grupo en el poder. Si las viejas banderas se transformaron en convenientes impedimentos para la entrada de nuevos paradigmas, nuevos aires, nuevos liderazgos. Cuando ya más de la mitad del padrón nació después de 1973 y tenemos un significativo número de votantes que lo hicieron después de 1988, cada vez que nuestros representantes vuelven a discutir sobre lo ocurrido hace 40 años provocan mayor lejanía, mayor hastío y mayor indignación en el público que, crecientemente, debieran preocuparse por representar.

La “generación dorada” que vivió las grandes luchas ideológicas de la segunda mitad del siglo XX y que, una vez conseguida la democracia construyó el país en el que hoy vivimos, progresivamente se está convirtiendo en un lastre. El volver una y otra vez a los conflictos de décadas pasadas nos demuestran que, si bien escribieron y protagonizaron la historia, no fueron capaces de aprender sus lecciones.

Ni las viejas alianzas, ni las viejas banderas, ni los viejos traumas son necesarios para lo que viene. Sí el ser capaces de enfrentar el futuro sin ataduras y armados con el aprendizaje desapasionado de los errores del pasado. Por lo mismo, será labor de las nuevas generaciones decirle a buena parte de nuestros anquilosados líderes políticos que tampoco son necesarios para lo que viene. Esa es la gran gesta de nuestros tiempos. Esa es la recuperación de nuestra democracia.

Link: http://blog.latercera.com/blog/dmimica/entry/conducir_con_la_mirada_en

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