LIBEREN A LOS LIBERALES

por Francisco Javier Díaz (publicada en revista Capital en la edición del 20 de julio de 2012)

¿Qué significa ser liberal? ¿Es una postura filosófica C. ante la vida? ¿Es una postura pragmática ante las cosas? ¿Tiene algún destino político tratar de organizar a los liberales hoy día en Chile? ¿O están destinados a vivir desperdigados y ser, más bien, una suerte de Pepe Grillo libertario en los partidos de izquierda y derecha? Porque si todos tenemos algo de liberal, ¿por qué no apelar a ese voto directamente?

Hace tiempo que los liberales dejaron de tener representación política específica en Chile. Durante los albores de la república y mediados del siglo 19, los liberales (los famosos pipiolos) lograron organizarse como partido político y promover políticas acordes a su ideario. En libertades civiles, libertad de prensa, cuestiones religiosas, libre circulación de los bienes, los liberales lograron dejar su impronta en nuestra legislación, oponiéndose al poderoso eje católico-agrario-conservador. Dejan como legado grandes y controvertidos líderes, desde José Manuel Balmaceda a Arturo Alessandri.

Los liberales se dedicaron a gobernar y legislar desde fines del siglo 19 y comienzos del 20. Sin embargo, nunca lograron conectar certeramente con la naciente y creciente clase media, desde donde el Partido Radical termina ganándole sin contrapeso. Su genealogía de elite le impidió abrirse a nueva gente. Ni hablar de inserción en movimientos sociales, campesinos, pobladores u obreros. Poco a poco, los liberales fueron asimilándose a sus otrora adversarios, los conservadores, en la defensa del orden establecido. Hacia mediados del siglo 20, el clivaje religioso lo encarnaba mejor la disputa entre radicales y democratacristianos. Los liberales se asociaban, más bien, con el antiguo régimen oligárquico y patriarcal. Luego de la debacle electoral de 1965, terminaron fusionándose como partido de clase, junto al Conservador. Y finalmente, lo poco que quedaba de ese partido no fue capaz de cumplir con lo mínimo que le correspondía hacer a un partido democrático en dictadura; en otras palabras, no se vio a los liberales defendiendo libertades. Esa fue la bancarrota moral del liberalismo clásico en Chile.

¿Pero es justo limitar el liberalismo chileno a aquel añoso Partido liberal? Ciertamente, no. Surgen hacia fines del siglo 20 plataformas liberales en diversos puntos del espectro político. En la derecha, el neoliberalismo económico y social, inspirado en Hayek y Friedman, que gana adeptos rápidamente y forma una exitosa alianza estratégica con el gremialismo político para hacerse de la manija de las políticas públicas durante el régimen de Pinochet. Pero su lógica de análisis, su verdadera filosofía, se impregna con fuerza en toda la derecha y logra subsistir mucho más allá del gobierno militar.

La derecha, sin embargo, ha sido temerosa para entrar en otras áreas. El extremo liberalismo (o neoliberalismo) económico, el de la desregulación y el estado subsidiario no ha sido acompañado de un correlato político ni valórico. La derecha liberal en Chile terminó defendiendo a senadores designados y enclaves autoritarios, oponiéndose a la píldora del día después, o al matrimonio homosexual. ¡Si hasta Andrés Allamand se opuso a la ley de divorcio a fines de los años noventa!

En el centro y en la izquierda, el proceso de renovación también abrió espacios para el pensamiento liberal. Distintas ramas de pensamiento fueron construyendo, de manera menos orgánica que el neoliberalismo en la derecha, pero igualmente influyente, un cuerpo de ideas socialdemócrata-liberal que fue el que, casi sin decirlo, gobernó durante los 20 años de Concertación. En lo político, la renovación de la izquierda y el predominio exclusivo de la democracia representativa; en lo legal, la ética de los derechos humanos y las libertades personales; en lo social, un mayor balance entre igualdad y libertad; en las políticas públicas, la lógica implacable del rational choice; en lo económico, la aceptación del mercado como motor de la economía; en lo valórico, el divorcio completo con la tradicional moral conservadora.

Este cuerpo de ideas de la Concertación, sin embargo, se armó a pulso, más en la práctica que en los cursos de teoría política. Leyeron a Rawls, Giddens y Bobbio, es cierto, pero la construcción del socio-liberalismo chileno es una construcción pragmática, evolutiva, más parecida al laborismo inglés o a la socialdemocracia escandinava que a la verborrea izquierdista bolivariana.

A esta evolución ideológica en la derecha y en la izquierda se debe sumar el empoderamiento ciudadano. Hoy en día, detrás de cada movimiento social hay también una motivación individual. Lo colectivo se ha fundido con lo personal. El empoderamiento ciudadano es el empoderamiento de miles y miles de personas, todos sujetos de nuevos derechos.

Ad portas de un nuevo escenario presidencial, algunos candidatos han tratado de hablarle a este nuevo mundo. Andrés Velasco y Marco Enríquez-Ominami llevan la delantera (aunque MEO de manera menos explícita). Andrés Allamand podría intentarlo también, aunque Golborne tiene toda la biografía para tener más éxito en esta tarea. El gran logro de ellos sería poder aglutinar a los liberales de todos los sectores en una sola gran causa, una suerte de “nuevo centro” de la política chilena, moderno, meritocrático, tecnocrático, progresista y pluriclasista. Suena difícil hacerlo porque, en cierta forma, ‘significa liberarse de inercias pasadas. Pero creo que no tienen nada mejor que hacer que intentarlo.

Link: http://www.capital.cl/reportajes-y-entrevistas/los-desafios-del-liberalismo-2.html

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