MERKEL Y LA DC CHILENA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 4 de octubre de 2013)

Un “fantástico súper triunfo”, como lo llamó la propia Canciller Angela Merkel, obtuvo la Unión Demócrata Cristiana de Alemania en las recientes elecciones del domingo 22 de septiembre. Con un 42% de las preferencias quedó a un paso de conformar mayoría absoluta parlamentaria, incluso tomando en cuenta la caída estrepitosa de sus socios de coalición. Merkel se asegura así otros cuatro años, que se suman a los ocho que ya lleva conduciendo los destinos de la economía más poderosa de Europa. Y aunque en el resto del continente la miran con hostilidad por condicionar los paquetes de rescate a que los países deficitarios ejecuten severas políticas de austeridad, sus compatriotas le agradecen la mano dura que no sólo provee a los germanos de estabilidad sino que a estas alturas también está salvando al euro como moneda común.

Celebrando un triunfo ¿ajeno?

La pregunta que nos convoca es si acaso la DC chilena puede aplaudir como propia la victoria de su homónima alemana o, por el contrario, comete una patudez política toda vez que el partido de Angela Merkel parece ubicarse a la derecha del espectro político de ese país.

La primera tesis tiene fundamentos desde el punto de vista afectivo. La CDU alemana ha sido históricamente un referente, y un buen amigo, para la DC chilena. La fundación Konrad Adenauer, además, financia las actividades de instituciones chilenas ligadas al pensamiento democratacristiano. Por si fuera poco los líderes de ambos partidos sostienen encuentros cada vez que cruzan el océano. El último lo sostuvo hace poco el entonces postulante falangista Claudio Orrego de gira por Alemania.

También hay cierto piso para decir que existen coincidencias ideológicas. La CDU es un partido reformista que si bien confía en las bondades de la economía de mercado no se matricula en denominada ortodoxia neoliberal. Es probable en todo caso que los alemanes sean menos culposos y vacilantes que sus pares chilenos a la hora de reconocerse liberales en este ámbito. Mal que mal estaban aliados con un partido que llevaba orgulloso ese nombre. En torno a la agenda valórica ambos referentes democratacristianos se resisten al progresismo que clama por aborto y matrimonio homosexual, entre otras demandas de vanguardia.

Hasta aquí, todo bien. La sintonía se desafina cuando se constata que la CDU ocupa el espacio derecho del eje político alemán y nuestra DC es parte de una alianza de centroizquierda que hoy se extiende hasta el Partido Comunista. Hace poco la propia Merkel manifestó su extrañeza frente al fenómeno de una “Nueva Mayoría” que sería impensable en el viejo continente. En sus tierras el rival a vencer es justamente la socialdemocracia, que a todo esto se acaba de empinar sobre el 25% de los sufragios. Esto no quiere decir que la tienda de Merkel sea necesariamente la derecha; son los pequeños partidos nacionalistas –generalmente euroescépticos y antiinmigración- los que se ubican en ese extremo. La CDU es básicamente un partido centrista que dadas las condiciones del mapa político se posiciona históricamente como adversario electoral de las fuerzas de izquierda. Este no es un fenómeno aislado en Europa, donde las derechas dominantes son por lo general más moderadas y orientadas al centro que las que conocemos en Latinoamérica.

¿Es posible emular el fenómeno Merkel?

A partir del análisis anterior emergen dos interrogantes adicionales. Primero, si la DC chilena está políticamente capacitada para seguir los exitosos pasos del conglomerado de Angela Merkel. Segundo, si la DC chilena podría ocupar un espacio en el espectro derecho del sistema de partidos. Ambas respuestas, a mi juicio, son negativas.

Parte importante del resonante triunfo de la CDU se debe a los atributos personales de su líder. La DC chilena, en cambio, carece de una figura de esa estatura. La tuvo hace décadas en Eduardo Frei Montalva, curiosamente el único falangista nacional que en los ’60 pudo instalar a su partido en el gobierno sin alianzas ni coaliciones. Sin cambiar “una coma de su programa”, como le gustaba decir. Tal como Adenauer en los ’50 y la Merkel el día de hoy. Los magros resultados de Orrego en la pasada primaria hablan por sí solos del difícil momento que vive el mundo democratacristiano si de proyectar liderazgos de talla presidencial se trata.

Pero no es sólo una cuestión de nombres. La performance electoral del partido viene a la baja desde los ’90 a la fecha. Las repercusiones han sido evidentes: después de haber sido el partido central de la Concertación durante una década, su peso específico relativo ha menguado considerablemente en su interior. Sus dos últimos presidentes –Lagos y Bachelet- han salido del PS-PPD. El que rompió la racha en 2010 fue un DC. Lo dramático es que no hay pistas serias que permitan presagiar que esto se revertirá en el futuro. Por el contrario, pena el fantasma del encorvamiento generacional de su electorado y la ausencia de una batalla ideológica donde el partido tenga una misión identificable y seductora. Es decir, puede ocurrirle lo que ya le pasó al radicalismo chileno.

Con respecto a la segunda interrogante, y contra los sueños húmedos del Presidente Piñera y Carlos Larraín, por dos razones es muy poco probable que la DC se incorpore a una alianza con los actuales partidos de la derecha criolla. La razón de corto plazo tiene nombre y apellido: Augusto Pinochet. Independiente de cuántos democratacristianos apoyaron el golpe de 1973, lo determinante es que en 1988 estuvieron en el lote de partidos que le dijo “NO” al dictador. Eso marcó a fuego a dos generaciones –sino tres- de militantes y simpatizantes falangistas. Dibujó su mapa de lealtades de tal manera que cualquier entendimiento político profundo con la derecha sólo se puede dar cuando los protagonistas del pasado pasen a retiro. Mientras prohombres de la DC que fueron exiliados y hostigados por el régimen militar sigan en funciones, mientras esté vivo el recuerdo de las movilizaciones ochenteras y mientras se siga cantando la gesta épica del plebiscito que derrotó a Pinochet, no hay ningún camino que conduzca al partido de Ignacio Walker a la derecha (tomando en cuenta que en ésta también sobreviven activos defensores de la dictadura).

La segunda razón es atávica: la DC nace de la escisión de un grupo de jóvenes conservadores que en 1938 se niegan a votar por el candidato presidencial de sus padres. El origen del partido se aloja en el cuestionamiento a la derecha de la cual hasta entonces formaban parte, por su incapacidad para entender la complejidad de la cuestión social y las resonancias morales de la doctrina social de la Iglesia. Décadas más tarde otro influyente grupo de democratacristianos quiso virar más a la izquierda todavía: de esa costilla nació el MAPU. Y así hasta Radomiro Tomic, que se propuso llevar a su partido un poco más allá de las fronteras freiristas. Pareciera que la DC no puede volver a la derecha porque su historia es justamente una afirmación de su rebelión contra ella. 

 Link: http://www.capital.cl/opinion/merkel-y-la-dc-chilena/

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Una respuesta to “MERKEL Y LA DC CHILENA”

  1. Benja (@BenjaVerdessi) Says:

    Éste análisis peca de contexto, ¿Cual contexto? que la Merkel y la dc alemana mueve su posición política con la base de una Alemania que tiene ya consagrados muchos derechos sociales, La Dc chilena se mueve en un “centro izquierda” ya que Chile aún siquiera tiene una educación pública consagrada y en realidad nada desde salud y previsión, etc….

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