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NO HAY PEOR ASTILLA

noviembre 5, 2013

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 1 de noviembre de 2013)

Corría octubre de 2009 y un leve pero inquietante temor se instalaba en el corazón concertacionista: según algunas encuestas existía la posibilidad que Marco Enríquez-Ominami superara al candidato oficial Eduardo Frei Ruiz-Tagle en la primera vuelta. En las semanas siguientes esa posibilidad se fue diluyendo. Del empate técnico que algunos ponderaban en torno al 24%, el senador DC levantaba tibiamente su intención de voto mientras ME-O bajaba unos cuantos puntos. El resultado de diciembre así lo confirmó: el candidato de la Concertación obtuvo el 29% de los sufragios contra el 20% del novel desafiante. Todo volvía a la normalidad: la segunda vuelta sería entre las dos grandes coaliciones que han venido disputándola desde 1999.

Cuatro años después ha ocurrido algo semejante pero en la otra vereda del espectro político. Hace un par de meses todo indicaba que Michelle Bachelet y Evelyn Matthei competirían en el ballotage, mientras ME-O y el debutante Franco Parisi se pelearían voto a voto el tercer puesto. A tres semanas de la elección presidencial la mayoría de las encuestas indican que Parisi ya superó al fundador del PRO y se acerca peligrosamente a la candidata Matthei. Según la última IPSOS el “economista del pueblo” ya estaría en 16% mientras la ex ministra del Trabajo no superaría el 22%. La medición de la UDP los ubica a sólo tres puntos de distancia. Una encuesta de radio Biobío limitada a la Quinta Región pone a Parisi en claro segundo lugar. Más allá de los números exactos, casi todas coinciden en que Parisi va en alza y Matthei se estanca.

Como es lógico, Parisi ha amplificado y exagerado estos resultados: “Caballo pillado es caballo pisado” ha dicho en reiteradas entrevistas (entendiendo que quiso decir ganado en lugar de pisado). Desde el comando de Matthei, como también es previsible, han desestimado las inquietantes cifras. Más de alguno, sin embargo, siente el mismo escalofrío que sufrió el comando de Frei frente a la amenaza ME-O. Parisi está teniendo para el establishment de la derecha chilena el mismo efecto destructivo que tuvo entonces Marco Enríquez para la Concertación.

“No hay peor astilla que la del mismo palo”, dice el refrán. ME-O fue vital para el colapso de la vieja estructura concertacionista. Básicamente porque la crítica siempre es más creíble cuando viene de adentro. No era Sebastián Piñera el más indicado para desnudar las falencias político-morales de un oficialismo agotado. Marco Enríquez jugó ese papel a la perfección. Reclamando su derecho a competir le reveló a los chilenos en qué se había transformado la otrora épica coalición del NO: en una organización apernada de defensas corporativas, bajo vuelo intelectual y escasa renovación de contenidos. La centroizquierda chilena tuvo que padecer a su enfant terrible después de haberlo mirado en menos. 

Si bien es cierto que Franco Parisi no puede alegar que no lo dejaron competir –aprendiendo de los errores de Camilo Escalona, Andrés Allamand y Carlos Larraín sí lo invitaron a participar de sus primarias- a la derecha le está pasando algo parecido con su incómoda candidatura. ¿Qué es lo que más molesta a derecha del fenómeno Parisi? Creo que hay tres factores claramente distinguibles. El primero es que su campaña le pega fuerte a la persistente cultura de apitutamiento que caracteriza a la política chilena y en especial a la derecha. Este año más que nunca, por ejemplo, la UDI recurre a “hijos de” para competir por varias diputaciones de la Región Metropolitana. En su particular estilo, Parisi les enrostra que su discurso meritocrático no tiene correlato con la realidad. En ese sentido lo que representa su candidatura no es muy distante de lo que trató de encarnar la fallida aventura presidencial de Laurence Golborne. Pero ahí viene el segundo factor de discrepancia: a la fronda aristocrática de nuestro país le simpatizan los independientes siempre y cuando sean manejables. Los caudillos mesiánicos, desde tiempos de O´Higgins, han sido resistidos por la elite. Parisi ha sido majadero en recordar que él no responde a los intereses de ningún grupo económico, agregando explícitamente que los partidos de la derecha sí. Un ají para la otra cultura del sector: el secretismo respecto a sus fuentes de financiamiento. Por último y como tercer eventual factor, el desenfado hedonista, ostentoso y aspiracional de Parisi está resultando más sexy para ciertos sectores jóvenes y medios –que en otros escenarios habrían votado por el postulante ofrecido por la derecha- que el acartonamiento mojigato y pseudoculposo de la derecha tradicional. El priapismo de ME-O revisitado.

Las reacciones del comando de Matthei en las últimas semanas delatan la latente incomodidad de la centroderecha con su más cercano perseguidor. La propia candidata de la Alianza se dedicó varios días a sacarle trapitos al sol en lugar de concentrarse en la puntera Bachelet. Suena una estrategia absurda en condiciones normales. Salvo que se hayan visto en la imperiosa necesidad de recurrir a que usualmente se conoce como campaña negativa para cortar las alas de Parisi antes de verse sobrepasados. En cualquier caso es poco probable que eso ocurra. Es cierto que la campaña de Matthei no ha sido particularmente bien dirigida y que la derecha se expone a una derrota abultada, pero su estado de descomposición anímica no es para tanto. Como ME-O a la Concertación, Parisi (sólo) les hará pasar un buen susto. Juzgue usted si un buen susto ya es daño suficiente. No hay peor astilla… 

Link: http://www.capital.cl/opinion/no-hay-peor-astilla/

BUSCANDO EL VOTO RELIGIOSO

noviembre 3, 2013

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 3 de noviembre de 2013)

“Ha llegado el momento de decirlo: quien vote por Bachelet simplemente ha renunciado a su impronta cristiana, a su proyecto de vida cristiana, a su destino cristiano” escribió en su habitual columna de los miércoles el historiador Gonzalo Rojas. A su entender, las definiciones del programa presidencial de la Nueva Mayoría –en especial en materia de matrimonio igualitario y ciertas formas de aborto- abrirían una brecha insalvable entre el Bacheletismo y los valores religiosos tradicionales de la nación chilena. Días después el ministro Cristián Larroulet subrayó el mismo punto desde La Moneda, agregando que en un eventual segundo gobierno de Michelle Bachelet “se promoverían valores contrarios a la familia y la vida”. Finalmente llegó el turno de la propia candidata Evelyn Matthei, quien criticó a la ex mandataria por perseguir la instalación de un “Estado Laico” en Chile, lo que en sus palabras amenazaría el lugar que Dios tiene en el centro de nuestras vidas. Esto en el contexto de la celebración del día de las Iglesias Evangélicas y Protestantes.

Si, como dice Larroulet, Bachelet “gira a la izquierda” con su nueva propuesta, perfectamente podríamos decir que entonces Matthei gira a la derecha: en lugar de salir a conquistar un electorado liberal y moderado sale a la caza del mundo evangélico y confesional. Quizás no sea una mala estrategia desde el punto de vista estrictamente electoral. Con voto voluntario lo relevante es movilizar a los propios antes de tratar de convencer a los dudosos.

Sin embargo, desde la perspectiva cultural y política es una batalla que la derecha ya perdió una vez. Corría 1999 y Joaquín Lavín les recordaba a los chilenos que su candidatura representaba los valores cristianos en contraste a la candidatura de Ricardo Lagos, declaradamente agnóstico. Lagos respondió que sus valores –los del Instituto Nacional y la Universidad de Chile- eran los valores de la clase media laica y republicana chilena. Se acabó la discusión. Años más tarde elegiríamos a una mujer, agnóstica y madre soltera contra el mismo Lavín que decía en los debates que no quería un Chile donde su hija anduviera con condones en la mochila.

Según Gonzalo Rojas, Bachelet promueve uniones no heterosexuales “porque no cree en la familia y nunca la ha practicado”. Sin ser bacheletista -ni cristiano- creo que Michelle se merece en este punto una defensa. Su valoración de la familia está conectada con una definición mucho más inclusiva: ya no sólo se trata del tipo tradicional prescrito en la letra bíblica sino de la capacidad de establecer relaciones afectivas duraderas sin discriminación de género. En rigor, Bachelet cree en la posibilidad de más familias que en las que cree el propio Rojas y el mundo evangélico.

Matthei también se equivoca al sostener que sacar a la religión del espacio público es un anhelo típicamente socialista. En Sudamérica los regímenes más proselitistas cuando se trata de hablar de Dios son los bolivarianos. Chávez, Maduro y Correa son más canutos que Piñera. El “Estado Laico” que tanto teme Evelyn es realmente un requerimiento clásico del liberalismo y de todos los países que se toman en serio el asunto de separar Iglesia y Estado. 

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2013-11-03&NewsID=243787&BodyID=0&PaginaId=11