STUART MILL, LAS COMPLETADAS Y LA TELETÓN

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 30 de mayo de 2014)

Me habría gustado que Michelle Bachelet dijera algo sobre la importancia de la ciencia y su promoción en Chile. Me habría gustado que se comprometiera a promover una institucionalidad acorde con el desafío. También me habría gustado que dijera una palabra o dos sobre la posición de su gobierno frente a los proyectos orientados a asegurar igualdad de derechos entre parejas heterosexuales y homosexuales. Empatizo con las organizaciones de científicos chilenos como con las agrupaciones de la diversidad sexual que se quedaron con los crespos hechos.

Sin embargo sería inconsistente de mi parte compadecerlos demasiado. Echamos de menos esas alusiones particulares porque el mensaje presidencial tuvo de todo: números, metas, localidades, programas y promesas casi infinitas. Algunos de los temas tratados fueron tan específicos que las redes sociales aprovecharon la oportunidad para el sarcasmo: “Ninguna mención al final de Breaking Bad. Mal”, “Bachelet tuvo tiempo de hablar de las mascotas y no dijo nada sobre el tema de los locales que te cobran la mayo aparte”, “faltó una mención a la política nacional de prevención de liendres y a los nuevos paraderos del centro de Calama”. Curiosamente, en el otro extremo, varios se indignaban por la falta de detalle: ¿Cómo pretende hacer funcionar las nuevas salas cunas sin el capital humano necesario? ¿De qué manera serán construidas las ciclovías prometidas? ¿Cómo vamos a fiscalizar las cuotas de pesca de la Merluza Austral?

Aunque entiendo que todos los diversos grupos y actores de la sociedad quieren escuchar hablar de su tema para sentirse tomados en cuenta, tiendo a pensar que sería mucho mejor un tipo de discurso presidencial menos micro y más macro. Es decir, pasar de la casuística del repaso ministerial para concentrarse en fijar los grandes objetivos políticos de la respectiva administración. La cuenta en detalle puede quedar inmediatamente disponible a través de las distintas plataformas comunicacionales del gobierno. De esa manera nos ahorraríamos el problema de identificar qué fue lo que faltó en una intervención que, hasta ahora, tiene incentivos para ser eterna.  

Pero ésa es sólo una idea y no es el punto de este artículo. Quisiera llamar la atención sobre el fenómeno del ámbito expansivo de preocupaciones del Estado (lo que obviamente se refleja en este tipo de cuentas públicas). Pocos quehaceres quedan fuera de su órbita. No siempre fue así: en los albores de la república, teníamos apenas tres o cuatro ministerios. Luego se fueron añadiendo más labores estatales en una progresión incesante que hoy nos tiene con más de veinte ministerios (y sumando). Norberto Bobbio explicaba que el fenómeno de la ampliación del radio de funciones del Estado contemporáneo estaba directamente vinculado con la ampliación del derecho a sufragio y la inclusión democrática de sectores hasta entonces irrelevantes. El Estado liberal clásico sólo tenía, de acuerdo a Locke, las estrictas funciones de proteger la vida, la libertad y la propiedad de sus integrantes. Dicho esquema era apropiado para una democracia de propietarios que -por sobre todo- necesitaban un guardián para custodiar sus intereses. Dicha intuición prosiguió hasta los días victorianos de John Stuart Mill, quien escribió “hay quienes, en cuanto ven un bien por hacer o un mal que remediar, desearían que el gobierno se hiciese cargo de la empresa, mientras que otros preferirían soportar toda clase de abusos sociales antes de añadir cosa alguna a las atribuciones del gobierno”. Me quiero concentrar en este contraste, que después de casi doscientos años no ha perdido vigencia.

Según algunos, la Nueva Mayoría es el mejor ejemplo de la primera actitud de las descritas por Mill. “Pídanle al Estado y se os dará”, editorializaba Héctor Soto al día siguiente del 21 de Mayo. Según Soto, “el mensaje fue una apuesta contundente, convencida, sistemática, recurrente y compulsiva por más Estado (que) corregirá, subsidiará, proveerá, vigilará. El Estado va a arreglarlo todo”. Yo me quedé con la misma idea. Una pregunta distinta es si acaso eso nos parece positivo o negativo, desde un punto de vista normativo.

Este es un punto en el cual libertarios de izquierda y de derecha –los doctrinarios de verdad, no los violentistas de panfleto- suelen encontrar una posibilidad de acuerdo. La idea compartida es que el verdadero mérito moral se ejerce en circunstancias de autonomía y no de heteronomía. Dicho de otra manera, se nos hace difícil mejorar como personas si somos coaccionados a comportarnos de una manera u otra. O como lo resumió brillantemente el anarquista Mijaíl Bakunin, “todo mandato lastima el rostro de la libertad”. Aunque lo que se ordene sea bueno.

Por eso no fue extraño leer a varios libertarios (de derecha, en este caso) celebrando con inusual entusiasmo el despliegue de voluntarios para hacer frente a las urgencias de Valparaíso tras el incendio: era la sociedad civil –en forma de Un Techo para Chile u otras similares- la que se organizaba en forma autónoma para enfrentar el problema sin depender de las órdenes de la autoridad. Sin ir más lejos, es una discusión que reaparece (aunque como un cierto tabú) cada vez que se realiza la fiesta de la Teletón. Los críticos de esta institución no-gubernamental sostienen que la labor de rehabilitación de los discapacitados debe recaer en el Estado porque se trataría de un asunto de justicia política que no puede depender de la solidaridad contingente de los chilenos, como sugirió el entonces dirigente estudiantil Giorgio Jackson. Es, usando la terminología de Mill, un caso prototípico donde hay un bien por hacer o un mal que remediar y en consecuencia el Estado debe ponerse manos a la obra. En la vereda del frente están los que estiman que darle más atribuciones al gobierno es (casi) siempre una pésima idea. Algunos –como el propio Soto- utilizan argumentos empíricos y apuntan a que el Estado suele hacer las cosas de regular a mal. Pero otros tienen razones de fondo: sólo en relaciones voluntarias se ejercitaría el músculo social de la solidaridad, que enriquece nuestra experiencia colectiva y permite testear el mérito ético individual. A fin de cuentas, nadie se siente mejor persona por pagar los impuestos que le corresponden. Donar plata a la Teletón es distinto: como nadie nos obliga, sentimos que hay un valor adicional en ese acto.

No pretendo adjudicar cuál de los bandos caricaturizados por Mill tiene razón. Por lo demás, entre estas dos posiciones hay una enorme gama de grises. Me interesa destacar la vigencia del contraste, que volvió a aparecer -casi literalmente- en el reciente mensaje de Bachelet. Comentando sobre la llamada “Ley Ricarte Soto”, la Presidenta señaló que “un país que se siente orgulloso de tantas cosas que tenemos no puede estar haciendo completadas para juntar la plata para los medicamentos”. El ejemplo de las completadas se refiere justamente al tipo de acciones que la sociedad civil lleva a cabo para resolver sus problemas en ausencia del Estado. Lo interesante es que el mismo argumento puede ser utilizado para el caso de la Teletón. Cambie la palabra completadas por shows televisivos y sustituya para los medicamentos por para la rehabilitación de las personas con capacidades diferentes.  El criterio es idéntico: si consideramos que hay asuntos de justicia que no pueden quedar entregadas a la solidaridad voluntaria, entonces el Estado debe hacerse cargo de una vez por todas. Y la crítica siempre será la misma: al quitarle a la sociedad civil esos espacios y poner todos esos menesteres sobre los hombros del gobierno, se fomenta un tipo de individuo que no asume en plenitud sus responsabilidades morales –las que se activan en condiciones de voluntariedad y no a punta de sanciones- porque siempre las va a descargar impersonalmente en el Estado.  

Link: http://www.capital.cl/opinion/stuart-mill-las-completadas-y-la-teleton/

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