EL ADIOS DE DON CARLOS DE LAS CONDES

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de junio de 2014)

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En España dicen que el (ex) Rey Juan Carlos fue de más a menos. La misma apreciación podría hacerse del largo reinado de Carlos Larraín en RN. Este fin de semana entregó la conducción del partido tras ocho años en los cuales su mano nunca pasó desapercibida.

Al igual que sucedió con Juan Carlos el Borbón, al principio nadie le tenía mucha fe a don Carlos de Las Condes. En aquellos días RN venía saliendo de tiempos turbulentos. La marea lavinista fue un desastre para un partido que veía crecer a su socio, perdía elecciones claves, menguaba en influencia y se desdibujaba en identidad. Larraín se echó al hombro la tarea de ordenar la casa. Y lo hizo. A poco andar recompuso relaciones cordiales con la UDI (la dupla con Hernán Larraín funcionó como relojito) y se dio el lujo histórico de acompañar a uno de sus militantes a la puerta de La Moneda. Hasta ahí, la performance de Carlos el Oportuno era meritoria. Entonces empezó la de Carlos el Obstinado.

De pronto, su viveza criolla y repertorio verbal dejaron de ser graciosos. De simpático caballero aristocrático pasó a simbolizar el Chile que la mayoría quiere dejar atrás. Se hacía cada vez más difícil verle el lado lúdico a sus expresiones, a veces simplemente prejuiciosas o descalificatorias. Entonces se hizo evidente que debió haber abdicado mucho antes. Sobre todo, que no era el hombre ideal para acompañar a Piñera desde la testera de RN. Como oficialista, Carlos Larraín fue un digno opositor. En jerga futbolística, el timonel de RN se creyó figura y no captó la filosofía colectiva del nuevo juego. Se llenó de amagues efectistas -como el famoso acuerdo con la DC- y a la larga terminó dañando a su gobierno y a su partido, el que a los ojos de la ciudadanía fue cualquier cosa menos el partido moderno, moderado y liberal que le faltaba a la derecha para consolidar su crecimiento hacia el centro. De hecho, en los últimos meses el feudo larrainista se ha achicado por la escisión de algunas repúblicas que han reclamado su independencia, como el grupo de parlamentarios que conforman el movimiento Amplitud.

Pero mejor abdicar tarde que nunca. Atormentado por problemas personales donde su figuración pública sólo empeora las cosas, don Carlos da un paso al costado. El Felipe VI de esta operación es el diputado Cristián Monckeberg. Como Felipe, Monckeberg sabe que debe reclamar su autonomía política para dar la sensación que se vienen nuevos tiempos. Larraín advirtió que no quiere ver cambios en la declaración de principios del partido, a propósito de la explícita adhesión al Golpe de 1973, notificando a Monckeberg que si quiere hacer la diferencia debe partir justamente por ahí. Es el turno de la generación post-pinochetista en la derecha chilena. Que se note.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-06-22&NewsID=280221&BodyID=0&PaginaId=23

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