ME LLAMO CRISTÓBAL Y SOY SEXISTA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de diciembre de 2014)

La cultura del piropo callejero está bajo asedio. Y por buenas razones: en muchos contextos se representa como una expresión de acoso sexual que violenta la dignidad de las mujeres. Es un resabio de dominación patriarcal que nos retrata de cuerpo entero. En la mayoría de los países desarrollados casi no existe, pero es un fenómeno persistente en la periferia global. Latinoamérica no es la excepción. Por el contrario, los latinos tendemos a pensar que el arte de adular la belleza física de una fémina en el espacio público –incluyendo a veces una pormenorizada descripción de lo que haríamos con ellas en la intimidad- es parte de nuestra identidad: extrovertida, juguetona, caliente. Por eso es notable que simultáneamente en Santiago, Lima y Buenos Aires se levanten voces para enjuiciar esta tradición dudosamente honrosa.

Que conste que no estoy pontificando desde la sofisticación cultural europea. Estoy reflexionando sobre mi propio sexismo y el de casi todos los que me rodean. Como los alcohólicos, el primer paso para solucionar el problema es reconocerlo: me llamo Cristóbal y soy sexista.

No quería reconocerlo hasta que hace unos meses asistí con un colega teórico político –escocés y marxista- a una conferencia académica al norte de Londres. Le comenté que la expositora me parecía estupenda, agregando uno que otro colorido adjetivo. Me cayeron encima sus ojos castigadores. “No puedes decir eso”, me advirtió respetuosamente. El problema no era la frivolidad de mi comentario, sino que había reducido a una notable investigadora con decenas de pergaminos a la categoría de objeto de apreciación estética o derechamente sexual. Por supuesto, no lo hice con mala intención. Me defendí argumentando que su exposición también me había parecido muy interesante. Añadí finalmente que se trataba de un comentario entre amigos, lejos de constituir una agresión. No aceptó ni la una ni la otra. Replicó que las mujeres trabajaban durísimo en el mundo académico para granjearse el respeto intelectual de sus pares y ahí estaba yo divagando sobre sus curvas; agregó que las tallas entre compadres sólo contribuían a validar la espiral del sexismo pues nos auto-engañábamos creyendo que el tema pasaba por evitar la incorrección política en público.

En efecto, el lenguaje construye realidades. Cuando estamos en confianza decimos lo que pensamos, probablemente cosas que no diríamos frente a gente que no conocemos. Pero el problema no está sólo en lo que decimos sino en lo que pensamos. Nuestra intuición sexista revela una tendencia moralmente cuestionable porque descansa sobre la cosificación de la mujer. Estamos tan acostumbrados que nos cuesta reparar en ello.

El manual del liderazgo adaptativo enseña a cambiar mentalidades para luego cambiar comportamientos. Creo que en este caso el proceso debe funcionar a la inversa: para dejar de pensarlo hay que dejar de decirlo. Aristóteles decía que la virtud es cuestión de hábito. En corto, hay que aprender a morderse la lengua incluso en ambientes sociales seguros. Alguien podrá decir que se trata de una estrategia insincera, pero al menos estaríamos evitando llevar más agua al molino del sexismo.

Desde hace un tiempo en Chile ocurre algo similar con las típicas bromas sobre homosexuales: aunque han sido progresivamente erradicadas de los medios de comunicación masivos, siguen presentes en la sobremesa de los machos. El ejercicio adaptativo pasa por aprender a no sumarse a esa carcajada. Y ojala, a riesgo de ser considerado grave o aguafiestas, a llamar la atención del resto sobre la nocividad de reiterar rutinas humorísticas prejuiciosas y neuronalmente básicas.

¿Significa lo anterior que hay que prohibir legalmente todas las opiniones políticamente incorrectas? No necesariamente. Los liberales somos muy escépticos de entregarle al poder político atribuciones coercitivas ilimitadas para que nos diga cómo debemos vivir la vida. Los individuos tienen todo el derecho del mundo a ser descriteriados, brutos o sencillamente malas personas. En muchos casos basta con la sanción social. Pero el análisis debe hacerse caso a caso. Si los piropos son ofensivos al punto que constituyen una agresión, quizás no sea tan mala idea pensar en su tipificación penal. Muchos dirán que hay que distinguir entre acoso sexual callejero y el cumplido simpático que ayuda incluso a elevar el autoestima. Sin duda es una delgada línea por trazar. Lo que no podemos perder de vista es que la cultura del piropo –aun del inofensivo- alimenta en muchas mujeres una sensación de inseguridad. Porque no son los hombres los que tienen que pensar dos veces qué ropa ponerse para no ser tomadas por asalto verbal en la calle, como si sus cuerpo pertenecieran a la multitud de desconocidos que miran, chiflan, siguen y murmuran obscenidades que hipócritamente jamás aceptarían que fuesen proferidas sobre sus parejas, madres e hijas.

Hemos sido educados en una cultura sexista. Pero también crecimos en una sociedad homofóbica que cada vez lo es menos. Llegará también el día de superar nuestras trancas racistas y clasistas. En todos estos casos el primer paso es reconocer la enfermedad: me llamo Chile y soy sexista.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2014/12/12/091227-me-llamo-cristobal-y-soy-sexista

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3 comentarios to “ME LLAMO CRISTÓBAL Y SOY SEXISTA”

  1. Cristóbal Says:

    Buen argumento, Cristóbal. Creo que se puede ilustrar de forma simple: ¿Cómo se sentiría un hombre si fuera piropeado una y otra vez en la calle? Tal vez al comienzo le daría gusto o le haría gracia, pero dudo que así sería luego de un tiempo.

  2. Fran Says:

    tengo una duda, porqué sexista y no machista?? a mi entender el machismo es la jerarquía que se establece entre hombres y mujeres, siendo los hombres considerados como superiores.
    De ahí se desprende la homofobia, como la deshonra del género masculino que hace un hombre que se porta o se ve como una “insignificante mujer”.
    Creo que se plantean varias cosas con mucha sinceridad, y con varias concuerdo, sin embargo me parece necesario reparar en dos puntos:
    – la sociedad no funciona de una forma mecánica, es dinámica y dialéctica. Lo digo porque no se trata de cambiar la mentalidad para luego dejar de decir cosas, ni dejar de decir cosas para luego dejar de pensar así. El proceso se retroalimenta, sin duda alguien que decide dejar de vociferar huevadas es porque tuvo una reflexión y probablemente el dejar de decir cosas le traerá nuevas ideas. Es bueno entenderlo así para no descuidar ni uno ni otro aspecto, además de no caer en la falacia de que cambiando uno cambiará el otro.
    – un cumplido es un cumplido, no es un piropo, no se dice al pasar, no se le dice a un desconocidx, no se grita, no es estético necesariamente, ni resalta características físicas siempre. El cambio también debe ser desde nosotras, nuestra autoestima no debería depender de cómo nos vemos ni de cuanto nos acercamos al estereotipo de mujer sexualmente atractiva. No solo los hombres deben dejar de confundir piropo con cumplido (pa q nos dejemos de la tontera de q la línea es muy fina), las mujeres también debemos formar nuestros propios criterios desde los que nos valoramos. Quizás de esa forma muchas ya no intentarán verse bien, sino que definirán qué es lo que desean ser

  3. Clau Says:

    Buena reflexión, se agradece que haya uno menos que nos diga tonteras, eso sí llama mi atención una cosa: tuvo que ser otro hombre quien te hizo caer en cuenta de lo reprochable del comportamiento. Me pregunto ahora: cada vez que me piropean en la calle y me detengo a hablar con los tipos y explicarles las mismas cosas que te explicó el escosés ¿realmente provocaré algún tipo de reflexión en ellos?, porque yo soy una mujer, actriz y chilena no más, no soy hombre, teórico político ni escocés. ¿si una mujer te hubiera dicho lo mismo, habría tenido el mismo efecto en ti?

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