¿SE FUE A PIQUE LA CREDIBILIDAD?

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 15 de febrero de 2015)

¿Es comparable el caso Penta con la situación que terminó en la renuncia del primogénito de la presidenta Bachelet? Por supuesto, todo depende de los criterios que usemos para establecer un ámbito de equivalencias. Aunque no sean similares en su dimensión legal o su magnitud política, en ambos casos podemos verificar efectos comunicacionales muy negativos para los protagonistas: el gremialismo se está llevando una paliza en las encuestas estivales y es posible presagiar que al gobierno tampoco le saldrá gratis la gracia de Sebastián Dávalos. También podríamos afirmar que ambos episodios retratan las opacas prácticas que imperan en ese gris territorio donde se juntan los intereses económicos con el ejercicio del poder. Varios analistas han visto en la actuación de Dávalos una extensión de la misma lógica de arrogancia e indiferencia a las reglas que habrían aplicado los involucrados en el caso Penta (o en cualquier otro escándalo del género). En otras palabras, el problema estaría en el resorte moral de una elite chilena que cree que tiene el derecho de hacer lo que se le venga en gana.

Hay sin embargo una tercera derivada. Casos como Penta y Caval –esos fríos acrónimos que se hicieron un espacio en nuestras conversaciones- funcionan a la perfección como ingredientes de una potente cazuela de encabronamiento ciudadano. Salvo para los hinchas de lado y lado (que siempre verán la paja en el ojo ajeno antes que viga en el propio), el resto de los chilenos no politizados se indigna por igual al enterarse que sus autoridades tienen las manos manchadas. Le crecen las ganas de salir a la calle con el cartel #QueSeVayanTodos. En ese mar de aguas servidas en que se ha convertido la política en el imaginario de millones de compatriotas, el único flotador para no irse a pique es la credibilidad. La UDI lo perdió. Dávalos lo perdió. Los que tengan ambiciones futuras deben trabajar duro por conseguirse uno.

La discusión de los últimos años en Chile ha sido saludablemente ideológica: hemos discutido arduamente si acaso los pilares del modelo de desarrollo nacional deben ser reemplazados o sólo enchulados. No recuerdo una campaña presidencial que haya insistido tanto en la importancia del programa que la última. Eso demuestra un cierto grado de madurez institucional: no sólo importan las caras sino que las ideas. Pero la emergencia de la credibilidad como virtud central nos obliga a volver a hablar de atributos personales. En especial, acerca de cuánta correspondencia existe entre lo que dice y lo que se hace, entre lo que se es y lo que se dice ser.

En su momento, Andrés Velasco enarboló la bandera de las buenas prácticas. ¡Qué festín se habría dado con ese mismo discurso en un contexto como el actual si no hubiera sido salpicado por el caso Penta! La posición expectante de Marco Enríquez-Ominami también puede leerse en esa clave: libre de contaminación por escandalillos financieros o tributarios, crece automáticamente al derribarse la credibilidad de sus rivales.

Ya no basta, como pensaba la Nueva Mayoría, con tener el programa que mejor represente las ideas transformadoras de la sociedad chilena. Tampoco bastará, como quisiera la derecha, con prometer otro ciclo de bonanza y crecimiento. El factor credibilidad es el único chaleco antibalas del campo de tiro en que se ha transformado la escena política criolla. Los que lo tengan bien puesto quedarán en mejor aspectados para disputar el poder.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-02-15&NewsID=301492&BodyID=0&PaginaId=9

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