ASAMBLEA CONSTITUYENTE: UNA CRÍTICA CONSTRUCTIVA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 2 de abril de 2015)

Esta es una crítica constructiva –o colaboración crítica, como dicen por ahí- porque creo que a Chile le haría bien contar con un nuevo texto constitucional re-legitimado a través de una instancia de participación y deliberación democrática. De todos los mecanismos disponibles, me parece que todos palidecen ante las posibilidades de una institucionalidad diseñada especial y enteramente para esos efectos (que contenga, por ejemplo, una serie de inhabilidades para los delegados que les impidan favorecer su posición en la siguiente elección parlamentaria). Me declaro moderadamente optimista de nuestras capacidades republicanas de llevar adelante una tarea cívica de tamaña envergadura. No la considero urgente ni imperativa, pero creo que un proceso de asamblea constituyente responsablemente conducido y estratégicamente bien articulado tiene más ventajas que desventajas para el horizonte de la convivencia nacional. Por lo mismo me parece pertinente subrayar algunos aspectos que, probablemente sin quererlo, están dañando el proyecto y su potencialidad de convocatoria.

1. Confundir procedimiento con resultado. La mayoría de los documentos que circulan solicitando adherirse a AC cometen el mismo error: invitan a hacerse parte de un procedimiento para elegir las disposiciones constitucionales del nuevo Chile, pero al mismo tiempo enumeran cuáles deben ser las disposiciones que debiésemos respaldar. Ya sea universidad gratuita, nacionalización del cobre o prohibición de represas, la promoción del mecanismo decisorio suele ir íntimamente ligada a un contenido prefigurado. Es decir, no siempre nos invitan a AC para discutir entre las alternativas X, Y o Z. Demasiadas veces se nos dice “si quieres X, apoya AC”, lo que obviamente genera reticencias entre los eventuales partidarios de Y o Z. Entiendo que no es igualmente atractivo hacer campaña por una causa que nos inflama el corazón que por un procedimiento donde cualquiera puede ganar. Sin embargo es la única forma de transmitir que en esta idea caben todos. ¿Qué pasa con aquellos que se oponen a la gratuidad universitaria, quieren privatizar las aguas o están de acuerdo en instalar centrales nucleares en territorio nacional? Ellos también tienen el derecho de pujar por sus posiciones en una eventual AC, pero difícilmente perderán el escepticismo si los resultados de ésta aparecen precocinados en la retórica de sus promotores.

2. Evitar el fetichismo constitucional. Desde consagrados sociólogos socialistas hasta enérgicos dirigentes estudiantiles, en las últimas semanas hemos escuchado que la Constitución vigente es prácticamente culpable de todos los males que aquejan al sistema político chileno. Algunos han sostenido que casos como Penta y Dávalos no habrían ocurrido en el marco de otro andamiaje constitucional. En el mejor de los casos, estas expresiones reflejan exceso de entusiasmo. En el peor, falta de rigurosidad. ¿Contribuiría un nuevo gran acuerdo social a revertir o atenuar la crisis de legitimidad de algunas de nuestras instituciones? Quizás. Ojalá. Pero ningún texto constitucional hace germinar virtudes donde no las hay. Delitos tributarios y faltas a la probidad se cometen en todos los regímenes. Abusos de autoridad y tráfico de influencias no son exclusivos ni necesariamente propios del modelo neoliberal. Atacar a un hombre de paja es una táctica discursiva hábil, pero muy vulnerable cuando subimos el nivel del debate. Salvo que se descanse sobre una teoría excesivamente gruesa que vincule el fenómeno de la codicia al articulado constitucional sobre libertad económica –de esas tan gruesas que devienen en irrelevantes- nada sugiere que bajo un nuevo ordenamiento institucional estos casos no ocurrirían. De hecho, ha sido bajo el imperio de la maldita Constitución Pinochet/Lagos que estos delitos –porque ya son consideradas conductas ilegales- han sido perseguidos y están siendo sancionados. En resumen, es prudente no sobrecargar el proyecto constitucional con expectativas que no podrá cumplir, y es de una inocencia imperdonable vender la idea de AC como penicilina universal contra la corrupción.

3. Moderar la ansiedad. El escenario más desfavorable para quienes queremos una AC en el mediano plazo es que el gobierno de Michelle Bachelet cumpla su promesa y ofrezca a Chile un nuevo texto constitucional. Las razones son obvias: las condiciones objetivas para una AC desaparecen si el gobierno transmite la idea que el trabajo sustantivo ya está hecho. Por lo demás, sus protagonistas serían los mismos que han venido administrando la marcha del país desde hace décadas –aquellos que teóricamente son parte del problema y no de la solución. En consecuencia, al movimiento AC le conviene reducir la presión constitucional sobre el oficialismo y negociar sólo la reforma que permita plebiscitar la iniciativa, con miras a completar la tarea en un próximo período presidencial. Así se gana tiempo para seguir socializando la iniciativa, ampliando la base política de la convocatoria –que no puede seguir encapsulada en una elite de izquierda si pretende ser sustentable- y apostando a la organización de nuevos referentes políticos y ciudadanos que mañana enfrentarán este desafío con mayor poder político efectivo que el que ostentan actualmente. Simbólicamente, la AC tiene mejores perspectivas si se promueve como el acuerdo político-social de la generación post-dictadura.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/04/02/000429-asamblea-constituyente-una-critica-constructiva

Una respuesta to “ASAMBLEA CONSTITUYENTE: UNA CRÍTICA CONSTRUCTIVA”

  1. Antonio Oneto Says:

    La AC no es solo la propuesta de un envase neutro – una Constitución – sino que es tabién la propuesta de un contenido. Este se presenta como un proyecto político de nueva sociedad, construida a partir de los intereses y los valores de los que promueven la AC, no de los que se oponen a ella. Por eso es muy ingenuo querer el envase y no querer el contenido.
    Los promotores de la AC han mostrado parcial y veladamente sus intenciones; si no le gustan al comentarista afortunadamente está a tiempo aun de decir NO, aunque pierda su aire “progresista”.
    En todo caso la columna es un aporte para dejar de manifiesto algunas de las complejidades de la propuesta de nueva Constitución.

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