LA REPÚBLICA DEL DOLOR

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de junio de 2015)

Al regresar de sus vacaciones en el lago Caburga, la Presidenta Bachelet debió hacer frente al vendaval de críticas surgidas a partir del caso Caval, las que afectaban directamente a su primogénito Sebastián Dávalos. “Para mí como madre y Presidenta han sido momentos dolorosos”, dijo en la ocasión. Un par de meses más tarde, cuando el caso del financiamiento irregular de la política se filtró en su gabinete y la Presidenta se vio obligada por las circunstancias a prescindir de los servicios de su más leal y antiguo colaborador Rodrigo Peñailillo, reiteró que aquella “fue una dolorosa decisión”. Casi inmediatamente después, cuando el rumor de que su propia precampaña pudo haber sido financiada con este mecanismo de boleteo trucho, Bachelet admitió que sería “doloroso” enterarse que dichos dineros provenían de SQM. “Me duele que la gente no me crea” agregó en una reciente entrevista en Capital. Las citas son todas textuales. Y transmiten una sola percepción: a la presidenta le está doliendo gobernar.

Se supone que no hay puesto más codiciado que el sillón de O’Higgins. Pero eso no significa que sea un parque de diversiones. Recordando aquella muletilla de Arturo Alessandri Palma, La Moneda es la “casa donde tanto se sufre”. A Sebastián Piñera no se le notaba tanto. Por cierto que le afectaba la baja aprobación –a fin de cuentas, su sueño era ser querido por los chilenos- pero nunca fue un mandatario mortificado. Gozaba como niño con cada centímetro de sus prerrogativas. Quizás porque toda su vida quiso ser Presidente. De ahí que confesara que sería candidato todas las veces que fuesen necesarias.

El caso de Michelle Bachelet siempre fue distinto. Como rezaba su franja de campaña en 2005, se encontró en una expectante posición “sin pedirlo ni buscarlo”. Los jerarcas de la entonces Concertación nunca fueron fanáticos de la idea, pero tuvieron que inclinarse ante su inaudita popularidad. Algo parecido ocurrió esta vez: aunque hay versiones encontradas respecto de si Bachelet era feliz en Nueva York, lo cierto que podría haber continuado en sus labores al mando de ONU-Mujeres. Una tarea estimulante pero serena. Mil veces menos ingrata que la de regresar a Chile a gobernar el galopante mar de expectativas. A la Presidenta le pidieron que volviera porque en su ausencia la Concertación fue rematadamente porra. Le entregó el protagonismo a la calle, la que terminó elevando a sus propias figuras místicas –Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Iván Fuentes- e imponiendo un libreto que sería automáticamente convertido en programa presidencial. Para Bachelet no resultó una mala idea: el terreno parecía políticamente abonado para las reformas prometidas y faltaba el puro empujoncito que sólo sería capaz de proporcionar su capital simbólico personal.

A veces pareciera –haciendo exégesis de sus últimas declaraciones- que ella hubiera preferido no volver. Dijo que estuvo esperando que su coalición renovara sus liderazgos internos para no verse en la obligación de retomar la posta. Quizás era esa su intención. Pero no fue muy inteligente al respecto: bastaba con decir “no estoy disponible” para forzar el tiraje a la chimenea. No lo hizo en su primer gobierno y no lo hizo desde EEUU. Es decir, se puso ella misma en una situación de imprescindibilidad. Cuando empezó la procesión, la santa ya no podía decir que no. Redentora, voló a la patria para reinstalar en el poder a sus viejos compañeros.

Porque Bachelet es una militante con un alto sentido de la responsabilidad. Siempre tuvo en cuenta que de ella dependía que miles de cuadros recuperaran sus puestos en el aparato del estado. La suya nunca ha sido una causa egoísta. Bachelet se debe al proyecto colectivo en el que cree. En lo personal, quizás le gustaría estar en otra parte. Pero está atrapada en La Moneda -sin su equipo original de colaboradores y con la aprobación más baja que ha tenido desde 2006- comunicándonos de todas las formas posibles su desdicha. Evidentemente, no se le pasa por la cabeza renunciar. A estas alturas, el dolor viene con el cargo y el cargo se desempeña hasta el último día. Aunque es posible que, secretamente, la Presidenta no vea la hora de que todo esto se termine.

Ya no es la república del silencio, con esa Bachelet que vivía en la torre de marfil alejada del mundanal ruido de la política contingente. Ahora es la república del dolor, donde la Presidenta no pierde oportunidad de recordarnos que se siente atribulada por las injustas circunstancias. Atrás han quedado los tiempos del “paso”. Ahora estamos en la era de los  “me duele”. Como si de alguna manera quisiera reestablecer el vínculo emotivo que tenía con su pueblo, que por estos días le da la espalda. Fue un lazo que se probó indestructible, tejido en los atributos de credibilidad y cercanía. Ese lazo se gastó. De ahí la necesidad de construir uno nuevo sobre la compasión. Nuestro sentido moral se rebela ante la perspectiva de golpear a los caídos, por lo que Bachelet nos dice en todos los tonos que está sufriendo para que detengamos el bullying.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/06/12/000648-la-republica-del-dolor

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