LA ESTRUCTURA DE UNA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 13 de noviembre de 2015)

A comienzos de los sesenta, Thomas Kuhn publicó “The Structure of Scientific Revolutions”, una de las obras más influyentes del siglo XX en el campo de la historia y la filosofía de la ciencia. La tesis central de Kuhn es conocida: los científicos realizan su labor cotidiana asumiendo una serie de premisas básicas que constituyen un paradigma. Dicho paradigma es capaz de proveer de recursos explicativos suficientes para interpretar los fenómenos del universo. Sin embargo, cada cierto tiempo se producen anomalías. Son situaciones en las cuales el paradigma imperante es insuficiente en su ambición explicativa. Cuando estas anomalías se acumulan, el paradigma se triza y comienza a emerger un enfoque sustituto. Eso es lo que Kuhn llama una revolución científica, tal como la que ocurrió cuando Copérnico desplazó la teoría heliocéntrica o cuando Einstein introdujo la idea de relatividad en desmedro de la física newtoniana.

En la vida democrática, las sociedades atraviesan por fases similares. En el caso de Chile, la transición operó como paradigma para una o dos generaciones políticas. Se trató de un paradigma fundado en una serie de premisas sobre lo que era deseable -y posible- hacer. En la construcción de ese paradigma se conjugaron varios elementos: el recuerdo fresco de la dictadura y el trauma de la violencia ideológica, la necesidad de generar acuerdos transversales y la contención del conflicto, la importancia de los equilibrios macroeconómicos y la consolidación de una esquema de oferta política estable, entre otras. Los administradores del paradigma fueron los partidos tradicionales, organizados en dos grandes coaliciones que compartieron el ejercicio del poder. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el paradigma de la transición exhibe sus grietas.

Algunas de las anomalías están encriptadas en los debates en torno al modelo de desarrollo. Otras son producto de los cambios culturales que ha experimentado la sociedad chilena en un contexto globalizado y fuertemente influido por el avance tecnológico. Finalmente, están los problemas de legitimidad que afectan al elenco administrador del paradigma de la transición, es decir, a la clase política tradicional. Me interesa especialmente presionar en este último punto, pues pareciera que la narrativa de la renovación de los actores políticos en Chile ha carecido de un tratamiento sistemático por parte de la ciencia política criolla.

La primera anomalía, en este particular sentido, fue la candidatura presidencial de Marco Enríquez-Ominami en 2009. En aquel entonces, un reputado columnista lo llamó “el candidato inesperado”, revelando que la demanda de renovación tomaba al establishment por sorpresa. Dos años después, el movimiento estudiantil se encargó de asestarle un golpe mortal al paradigma de la transición. Desde 2010 a la fecha, se han creados decenas de nuevos movimientos políticos que aspiran a darle identidad organizacional a su propia experiencia histórica. En la mayoría de los casos, se trata de agrupaciones más o menos generacionales cuyos fundadores no cargan con historiales de militancia partidaria. Piense en Izquierda Autónoma, Revolución Democrática, Red Liberal, Ciudadanos, Todos, Evópoli, Republicanos, Construye Sociedad, etcétera. La proliferación de estos referentes da cuenta de la relativa incapacidad de los partidos tradicionales para representar a un segmento creciente de la población que no determina su pertenencia política a partir del clivaje transicional.

Guardando las proporciones, la interpretación Kuhniana de este fenómeno es la siguiente: la oferta política de los últimos 25 años está estrechamente ligada a la hegemonía del paradigma de la transición. Es natural, entonces, que la trizadura de dicho paradigma genere problemas de legitimidad en la oferta política tradicional. De ahí la importancia de registrar correctamente la acumulación de anomalías. Una respuesta instintiva es negarse al cambio. Es la que sugieren Walker, Andrade, Monckeberg, y seguramente la misma respuesta instintiva de aquellos científicos que fueron arrasados por la llegada del nuevo paradigma. La otra alternativa es saludar el proceso y generar las condiciones institucionales para que la revolución democrática –no necesariamente la del movimiento particular con ese nombre sino la de toda la corriente- se asiente definitivamente. La segunda parece ser mejor si se trata de evitar la completa erosión de la credibilidad del sistema político.

Nada de esto es dramático. Es una revolución meramente conceptual. No es muy diferente de lo que vivimos a fines de los ochenta. Períodos de proliferación partidaria dan paso a períodos de convergencia por razones ideológicas o electorales, culturales o institucionales. Los partidos tradicionales seguirán siendo relevantes de la misma manera que la mecánica newtoniana sigue dominando nuestras percepciones cotidianas sobre la realidad. Pero se verán forzados a entender su existencia en un nuevo marco. Los nuevos movimientos tampoco son portadores de la luz divina ni representan el fin de la historia; también llegará el momento en que sean reemplazados por otros. En ambos casos, sobrevivirán los que mejor se adapten.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/11/12/101103-la-estructura-de-una-revolucion-democratica

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: