RESPUESTA A LOS LIBERTARIOS

por Cristóbal Bellolio (publicada en Ciudad Liberal del 03 de febrero de 2016)

Hace algunos días revista Capital publicó una columna de mi autoría titulada “Mucho Hayek y poco Rawls”. Resumiendo, dicha columna planteaba dos cosas. Primero, que la disputa semántica por el concepto de liberalismo difícilmente tendría un bando victorioso entre liberales clásicos y liberales igualitarios, ya que –siguiendo la célebre expresión de W.B. Gallie- se trata de un concepto “esencialmente controvertido”. Por lo anterior, la columna sugería un enfoque genealógico del problema. Luego, sin embargo, añadí que cualquier discusión sobre las características del liberalismo contemporáneo –incluso en Chile y para fines normativos- estaría incompleta sin tomar en cuenta el estado el arte en la literatura filosófica especializada. En ese sentido, planteé que tanto la idea de justicia como imparcialidad a partir de una posición original hipotética como la idea de un consenso traslapado entre doctrinas comprehensivas para fundar los esenciales constitucionales –dos aportes metodológicos distintivos de John Rawls- debían considerarse parte integrante de la herencia liberal.

Cuatro respuestas se publicaron en diversos medios de comunicación. Como se trata de un debate interno (“familiar”, según mi propia caracterización del liberalismo extendido), he optado por responder a ellas en esta plataforma. El orden de las réplicas no es aleatorio. Comienzo con la más pobre y termino con la que, a mi juicio, es la más interesante.

I. La primera respuesta a mi columna la escribió Dusan Vilicic Held y se tituló “Mucho Bellolio y demasiada retórica barata”. Parto por rescatar lo (único) sensato de su breve exposición: efectivamente nunca explico por qué hay mucho Hayek, o en qué sentido Hayek sería problemático para la articulación criolla de un liberalismo moderno. Lo cierto es que Hayek es un pensador sutil. Hacia el final de su vida incluso reconoció cercanía ideológica con Rawls. No creo, bajo ninguna circunstancia, que deba ser exiliado del panteón liberal. El título de mi columna llama a ecualizar las influencias, no a desterrar al pensamiento hayekiano.

Lamentablemente, Vilicic cae luego en un juego que me parece francamente infantil. Cualquier persona medianamente inteligente es capaz de entender que la referencia al “viejo Hayek” y al “bueno de Rawls” es un recurso narrativo y no un contraste evaluativo entre ambos. Vilicic parece creer que si Rawls es “bueno”, irremediablemente Hayek es el malo –porque además es “viejo”. Cree incluso que dicha estrategia sería “artera” de mi parte. Tragicómico. Lo que viene después es preocupante respecto de la comprensión que los propios libertarios tienen de su filosofía. Sostener que el liberalismo libertario “no acepta el ejercicio del poder político” es confundirlo con el anarquismo o el anarco-capitalismo. Incluso la idea de Estado Mínimo promovida por Robert Nozick –probablemente el libertario más influyente en la teoría política analítica de los últimos cuarenta años- incorpora un ámbito de justificación del poder político para proteger a las personas contra el robo, el fraude y la violación de los contratos. Finalmente, Vilicic sostiene que, dado nuestro socialismo galopante, “Bellolio y su tipo son un virus a eliminar”. Espero sinceramente que se refiera a eliminación en la batalla de las ideas y no en la dimensión literal del lenguaje.

II. La respuesta de Lucas Blaset se titula “Mucho Rawls y poco Hayek”, y fue publicada en la plataforma online de revista Capital. Blaset tiene un punto válido al criticar mi distinción entre “liberales de derecha” y “liberales de izquierda” según su adhesión a la escuela clásica o igualitaria, respectivamente. Se trata de una simplificación que no captura todos los matices de la discusión. Para remediarlo, mi contradictor establece una categorización más amplia, identificando cuatro proyectos políticos chilenos que hacen distintas interpretaciones del credo liberal. Al hacerlo, sin embargo, Blaset también reduce la conversación a etiquetas controvertidas: “liberal-conservadores”, “liberales de centro”, “liberales progresistas”, “liberales químicamente puros”. La simplificación, a fin de cuentas, parece inevitable. Ello no deslegitima el esfuerzo por distinguir e identificar las diversas ramas de la familia.

Mis problemas con su respuesta aparecen después. Lo primero que captura mi atención es que Blaset se define orgullosamente como un militante “libertario” del proto-partido Amplitud. Tengo dudas que aquello pueda ser teóricamente posible. La naciente alternativa de “centro-liberal” –a través de la coalición Sentido Futuro- tiene entre sus principios el combate a las desigualdades que nos parecen injustas. Tengo entendido que alcanzar un estado de igualdad de oportunidades efectivas también es norte de su acción política. Esos empeños van asociados a una cierta teoría de justicia que justifica el proceder redistributivo del estado. Los libertarios, en cambio, consideran que el cobro de impuestos es un robo institucionalizado, o como decía Nozick, equivalen a trabajos forzados. Si Blaset realmente quiere participar en una empresa electoral que abrace los valores libertarios a-la-Nozick, quizás está equivocado de domicilio político. Mi consejo amistoso sería instarlo a que sus pares “químicamente puros” levantaran una alternativa política real y competitiva. Recursos no escasearán.

Blaset también pretende disputar la idea de justicia como imparcialidad, observando que la vida en comunidad es dinámica y no estática. Es una observación curiosa: la posición original Rawlsiana es un experimento mental hipotético que puede llevarse a cabo en cualquier momento para descubrir cuáles serían los principios fundamentales de justicia que abrazaríamos sin saber nuestra posición actual. No tiene como presupuesto la vida en sociedades estáticas. Luego, a propósito del proceso constituyente, el joven autor presenta algunas observaciones sobre la importancia de limitar el poder en la tradición liberal. Evidentemente, liberales participando en una convención constituyente deberían promover acuerdos sustantivos que apunten a la protección de los derechos y libertades individuales. Pero la tradición liberal está igualmente interesada en la cuestión del origen y la legitimidad del ejercicio del poder. Aquella es justamente la tesis de Jeremy Waldron en su seminal Theoretical Foundations of Liberalism: un orden social y político será ilegítimo a menos que se base en el consentimiento de todos los que tienen que vivir bajo sus reglas. Ningún liberal puede negarse a la conversación constituyente arguyendo que el marco constitucional actual –independiente de sus condiciones de justificación- protege suficientemente sus derechos individuales. Ésa es solo la mitad del problema.

III. La tercera réplica vino por parte del investigador de la Fundación para el Progreso (FPP), Jean Masoliver. En cierto sentido, me hizo recordar aquello que señalara Pablo Ortúzar hace un tiempo: más que un Think Tank, la FPP actúa como un Fight Tank. Ése espíritu pugilístico parece impregnar la columna “Demasiado Rawls”, publicada en la plataforma online de Capital. Para comenzar, Masoliver parte descalificando la contribución Rawlsiana al pensamiento liberal por considerarla una “moda”. Entiendo que los liberales autodenominados clásicos o libertarios tengan problemas para aceptar que, cuando la filosofía política contemporánea se refiere al liberalismo, usualmente lo haga para referirse al cuerpo teórico elaborado en torno a Rawls y sus sucesores. Eso no quiere decir que la única forma de concebir al liberalismo sea a partir de la escuela igualitaria. La humilde recomendación que hice en mi columna -que parece irritar a Masoliver- es que las articulaciones criollas del concepto no pierdan de vista el estado del arte en la materia. Las discusiones más relevantes de los últimos cuarenta años -sobre individuo y comunidad, sobre universalidad y multiculturalismo, sobre los tipos de igualdad, sobre neutralidad y perfeccionismo, sobre razón pública y democracia, sobre justicia global y transgeneracional, sobre género, religión y cultura, entre otros- han sido abordadas por la literatura liberal desde un marco más o menos Rawlsiano, ya sea en forma de interpretaciones, reformulaciones o críticas. Es cosa de revisar los programas de los cursos de teoría política en las mejores universidades del planeta (el programa de los cursos de verano de la propia FPP no cuenta). La pregunta por la legitimidad de la redistribución, lamentablemente para el libertarianismo, parece estar en los márgenes. Como se trata de ideas que en Chile gozan de buena salud en importantes circuitos culturales, a los escuderos del libertarianismo de derecha les molesta que alguien proceda a revelar que dichas ideas son consideradas poco más que una curiosidad en el debate académico. Esto no significa que Masoliver y sus aliados ideológicos tengan que someterse a este marco de análisis. No hay ningún problema en que la FPP continúe disputando los presupuestos metodológicos y las conclusiones normativas del liberalismo-igualitario. Pero pretender que se trata de una “moda académica” digna de ser ignorada es actuar con poco rigor intelectual y menos amor por la disciplina. Es como hacer física sin tomar en cuenta las contribuciones de la teoría cuántica o seguir promoviendo el argumento del diseño de William Paley sin tomar en serio los avances que ha hecho la biología evolutiva en cien años. Por supuesto, Masoliver tiene razón: en el futuro, el paradigma puede ser distinto.

En lo sustantivo, hay varias pifias en su exposición. Primero, su asimilación del liberalismo Rawlsiano con el utilitarismo es aberrante: el objeto de A Theory of Justice es explícitamente la elaboración de una alternativa al utilitarismo filosófico. Son modelos rivales. No creo que la FPP tenga problemas de caja chica para invertir en algunas copias de la obra de Rawls: mi contradictor podría reparar en que la formulación del primer principio de justicia es justamente la protección de libertades individuales básicas que no pueden violarse ni aun a pretexto de beneficio colectivo. Como señala más tarde su colega Jorge Gómez, el proyecto Rawlsiano es de matriz kantiana.

En segundo lugar, concuerdo con Masoliver en el sentido de interpretar al liberalismo como una doctrina de corte meliorista o progresista. Sin embargo, no entiendo por qué “darle la categoría de «injusto» a lo que heredamos a nuestros hijos deshumaniza el progreso”. No hay relación lógica entre la idea de construir un mundo mejor a partir de nuestras capacidades racionales -una premisa profundamente ilustrada- y el reconocimiento que las ventajas que se transmiten de una generación a otra puedan ser inmerecidas a nivel individual. Nada impide que una comprensión más acabada de la noción de progreso moral esté asociada a una teoría de justicia más igualitaria o que ponga énfasis en la dimensión efectiva y no puramente formal de la libertad.

En tercer lugar, Masoliver expresa la misma inquietud de Blaset en torno a un proyecto de un acuerdo constitucional que, por acción de la democracia, pueda violar derechos individuales. Fue mi error no especificar la importante diferencia entre el “primer Rawls” y el “segundo Rawls” en este respecto. La idea de un consenso traslapado que exprese los acuerdos básicos de una sociedad plural se enmarca en la defensa de un liberalismo puramente político y no sustantivo (no metafísico, diría Rawls). Es un tipo de liberalismo tan minimalista -en cuanto no compromete las doctrinas comprehensivas- que conservadores y socialistas razonables también podrían declararse tributarios de sus instituciones. Es un liberalismo que aspira a funcionar como marco general en el cual las diversas nociones de la vida buena puedan desplegarse, cuidando de preservar un núcleo de convicciones compartidas en torno a la idea de lo justo. Como ciudadano, me interesa avanzar hacia la articulación colectiva de ese liberalismo político. Como liberal, quisiera que mis ideas respecto de la vida buena sean respetadas y mis intuiciones fundamentales sobre lo justo estén recogidas en ese consenso traslapado.

Finalmente, Masoliver parece confundir garrafalmente los planos de la discusión. Los presupuestos de la justicia como imparcialidad están formulados a modo de teoría ideal y se aplican sobre las instituciones de lo que Rawls llama la estructura básica de la sociedad. Las condiciones del diálogo democrático actual, especialmente en Chile, son obviamente distintas. Por supuesto que los actores concretos poseen intereses contrapuestos. Teóricos y prácticos deben conciliar sus aspiraciones normativas con las realidades factuales de los procesos políticos. Mi percepción es que muchas personas en el mundo libertario sencillamente no quieren correr el riesgo de rebarajar el naipe del poder. Lo entiendo desde la humana tendencia a conservar el statu quo que nos beneficia. Lo entiendo desde la posición sustantivamente liberal que busca proteger la libertad económica. Pero negarse por estas razones al proceso constituyente es incoherente con las demandas del liberalismo político. El final de Masoliver es una colección de eslóganes. Menciona una serie de principios liberales históricos, pero olvida todos los que dicen relación con la igualdad -el principio fundamentalmente liberal, según Ronald Dworkin-, con la idea de tolerancia -que para otros pensadores como William Galston es la idea fundacional del proyecto liberal europeo a partir de la Reforma- o bien con la derivación kantiana de autonomía -que para otros constituye el verdadero núcleo ilustrado del liberalismo. El liberalismo no se juega en la mera libertad contractual ni en la autonomía de la billetera. El remate de Masoliver es de un entusiasmo conmovedor: “lo que más hay es redistribución, lo que más hay es la violación del individuo, lo que más hay es Rawls”. Es irónico que las ideas de libre mercado en Chile hayan sido introducidas por una dictadura que violó los derechos de los individuos en múltiples otras dimensiones. Los modelos de países desarrollados que se asemejan al ideal Rawlsiano, en cambio, no parecen sufrir de violaciones dramáticas a la libertad de los individuos por contar con acuerdos redistributivos.

IV. La respuesta más interesante vino de la mano de otro investigador de la FPP, Jorge Gómez Arismendi. Fue publicada en El Mostrador y lleva por título “Liberales modernos y postmodernos”. Ya señalé que la distinción entre liberales de derecha y liberales de izquierda es una simplificación excesiva de una familia más compleja. Pero Gómez añade que la distinción entre liberalismo moderno y clásico a partir de la adhesión a políticas redistributivas a secas es “un simple juego retórico”. No desconozco que se trata de otra simplificación, pero al tenor de las tres respuestas examinadas, el lector se dará cuenta que algo hay de cierto en ella. Si se trata de buscar las coincidencias al interior de esta tradición de pensamiento, no sería raro que liberales igualitarios y libertarios estuvieran de acuerdo en rechazar aquellas legislaciones que buscan proteger a las personas del daño que puedan hacerse a sí mismas, como en el clásico caso del cinturón de seguridad. Es ese sentido, ambas escuelas suelen ser anti-paternalistas. También es muy probable que se opongan al despliegue coercitivo del poder político para promover una idea determinada de la virtud o la vida buena. Un liberal podría tener objeciones religiosas con la homosexualidad, pero no piensa en movilizar los recursos del estado para obstaculizar los derechos de la población gay. Las coincidencias parecen extinguirse cuando se trata de la redistribución de la renta o del patrimonio de los ciudadanos. En este ámbito, los liberales igualitarios suelen considerar que la justicia es el valor central de la convivencia social. Luego, construyen una teoría de justicia que a partir de una serie de presupuestos metodológicos y premisas sobre los bienes primarios de la vida humana establece una serie de arreglos institucionales. Las libertades básicas de la teoría liberal forman parte de este arreglo. Pero los liberales igualitarios no se detienen ante la (importante) protección de la libertad negativa. Avanzan en la formulación de principios de igualdad democrática y problematizan la legitimidad de la desigualdad socioeconómica. Los libertarios, en cambio, suelen echar mano de una teoría de justicia distinta, en el cual las distribuciones desiguales quedan enteramente justificadas por un proceso histórico de intercambios voluntarios. Algunos autores creen que las teorías de laissez faire no debieran calificar como auténticamente liberales a estas alturas del partido (es la robusta tesis de Samuel Freeman en Illiberal Libertarians: Why Libertarianism Is Not a Liberal View), pero yo ni siquiera he argumentado algo semejante.

Aquí viene la sugerencia interesante de Gómez: indica que dar luz verde para que el estado recaude impuestos se asemeja mucho a darle luz verde como agente moralizante. Al permitirle al poder político que decida sobre el mejor uso de nuestros recursos, le estamos permitiendo que decida (aunque sea parcialmente) sobre el rumbo de nuestras vidas. Es decir, no sería enteramente cierto que tenemos coincidencias en dos ámbitos y discrepamos en el tercero. El argumento de Gómez es que no podemos hablar de coincidencia en el plano anti-perfeccionista si admitimos la legitimidad de la función redistributiva. Concluye Gómez que “esta diferencia radical no divide las aguas entre liberales de derecha e izquierda, como plantea Bellolio, sino entre liberales modernos y liberales postmodernos”. En resumen, los liberales igualitarios seríamos modernos porque aceptamos la injerencia (moral) del poder político en nuestra soberanía individual, mientras los liberales reunidos al alero de la FPP serían postmodernos porque rechazan todo tipo de intervención coercitiva sobre nuestra suprema subjetividad. He dicho que me parece una objeción interesante porque, si Gómez tiene razón, los liberales igualitarios enfrentamos un problema de consistencia interna del discurso. Tiendo a pensar que no la tiene. Me parece que Gómez recrea el trauma hayekiano de postguerra: la idea de vivir bajo un estado centralmente planificador donde la economía y los otros ámbitos de la vida son igualmente controlados por la autoridad. Lo primero, pensaba Hayek en The Road to Serfdom, es la puerta de entrada a lo segundo. Pero la estructura institucional del liberalismo Rawlsiano está lejos de ese escenario distópico. Quizás lo primero que haya que decir es que los liberales modernos no buscan sustituir el modelo de mercado. Incluso Dworkin reconocía que una persona dispuesta a abandonar el sistema capitalista no merece el apellido liberal. Según Dworkin, en el mercado se juega otra dimensión de la igualdad de las personas, pues el poder político no debiese presumir qué es lo que los ciudadanos quieren y prefieren en sus vidas. El mercado encarna un espacio donde la libertad creativa de los individuos también se despliega. Sin embargo, los liberales modernos han promovido regulaciones al libre mercado justamente para que viva a la altura de los principios que dice encarnar. El mismo Hayek defendía las regulaciones que introdujeran competencia. La mayoría de estos liberales también cree en la importancia de disminuir los niveles de desigualdad, de generar redes de protección social y de proveer servicios públicos en áreas estratégicas. Creen en ello pues reconocen que la estructura distributiva obedece -casi siempre- a nuestras posiciones de partida y no al merecimiento de acuerdo a nuestra contribución social, sin mencionar que parte importante de los frutos del trabajo son colectivos. Algunos consideramos que una estructura distributiva que no reconoca aquello es profundamente injusta (recomiendo al respecto un artículo en coautoría con Daniel Brieba: Por qué la desigualdad importa). Por lo mismo, estos liberales promueven un esquema de igualdad de oportunidades lo más extenso posible, equilibrando esas exigencias con otras libertades individuales igualmente atesoradas. Desde la perspectiva conceptual, el liberalismo igualitario no tiene por qué negar que los esfuerzos redistributivos implican sacrificios a la libertad individual. La pregunta normativa es si aquellos sacrificios se justifican en el marco ideológico general. La respuesta es afirmativa. Si los libertarios insisten en denominar dicho resultado como “socialista”, que así sea. Pero esto no compromete la subjetividad individual, como vagamente la describe Gómez. Si por subjetividad individual se refiere a lo que ocurre dentro del radio de la libertad negativa, la vida en sociedad está plagada de circunstancias en las cuales dicha libertad no será absoluta por una serie de consideraciones. Como bien reconocía Isaiah Berlin, la extensión de dicho radio siempre será controvertida. Lo relevante es que se trate de un dominio lo suficientemente amplio para que las personas puedan llevar adelante sus proyectos de vida. El liberalismo busca proteger ese dominio a través de una serie de garantías y así limita la eventual voracidad del poder político al respecto. Del escepticismo sobre cómo se ejerce dicho poder -que podemos compartir- no se sigue la imposibilidad justificatoria de dicho poder en términos auténticamente liberales.

Valga la pena una aclaración histórica: el liberalismo igualitario de Rawls ha sido precisamente criticado por autores comunitaristas por asumir un individualismo normativo en el corazón de su teoría de justicia. Fueron ésas críticas las que generaron debate en la literatura especializada (MacIntyre, Taylor, Sandel), al menos durante los ochenta. Blaset y Gómez tienen la errónea impresión que Nozick “refutó” a Rawls. La triste verdad es que casi nadie cree eso en la teoría política contemporánea. Salvo G.A. Cohen -quien vio en Nozick un interesante desafío al marxismo- nadie tomó demasiado en serio al libertarianismo de los setenta. Si estuviese vivo, Nozick sería un hombre feliz contemplando el éxito de sus ideas en este lejano y excéntrico país andino.

Valga también la pena una aclaración semántica. Gómez hace tres movimientos curiosos. Uno, dice que llamamos libertarios a los libertarios porque en realidad los consideramos “libertinos”. No sé de dónde sale esa inferencia. No creo que el fenómeno del libertinaje -lo que sea que eso signifique- necesite una categoría política. Luego, se refiere reiteradamente a los “mal llamados liberales igualitarios”. No me queda claro en qué sentido “mal llamados”. ¿Insinúa Gómez que los liberales igualitarios no debiesen considerarse liberales bajo ningún respecto por el hecho de justificar cierta función redistributiva? Si aquella es su insinuación, entonces toda la literatura contemporánea está equivocada y los futuros filósofos políticos del mundo entero debiesen correr a registrarse en los cursos de la FPP para ser iluminados al respecto. Finalmente, no deja de ser paradójico que Gómez reclame para la resurrección de las ideas del liberalismo clásico el mote de “liberalismo postmoderno”. Locke fue el precursor de la idea de un estado cuyas funciones se limitan proteger la vida, la libertad y los bienes de las personas. Nozick fue su actualización. Pero entre uno y otro, la humanidad presenció la explosiva expansión del sufragio universal. El liberalismo, notaba Norberto Bobbio, no pudo volver a ser lo mismo. Cuando la propiedad estaba concentrada en pocas manos, las limitadísimas funciones del estado tenían sentido como mecanismo de autoprotección de las elites. Pretender rehabilitar el liberalismo clásico en las condiciones actuales no tiene nada de postmoderno; más bien debiese ser llamado “retroliberalismo”.

Sin duda, estas conversaciones continuarán. Si el objetivo de estos intercambios es enriquecer el debate sobre el liberalismo chileno, me parecería interesante profundizar en la idea de “la inviolabilidad de la subjetividad humana” que presenta Gómez. Quizás haya que refinar la respuesta de por qué admitir la injerencia coercitiva del estado en el área socioeconómica no es igual a aceptar su pretensión moralizante. Agradezco las otras respuestas -no tanto la que me considera un virus a eliminar- pero no veo en ellas mucho material para continuar. Desde la perspectiva puramente práctica, me encantaría saber cómo encaja el libertarianismo de Blaset en una coalición de centro liberal. Finalmente, me gustaría llamar la atención sobre el importante trabajo que lleva adelante la FPP. Masoliver y Gómez se unen a Axel Káiser y Francisco Belmar en una auténtica armada libertaria (o liberal clásica, si prefieren) que parece ser consistente en su defensa de un liberalismo radical de sensibilidad ácrata. Tengo entendido que se oponen a iniciativa legales que afectan la libertad individual no solo en materia económica sino también en materia de derechos civiles (como en el caso del control de identidad preventivo). Se espera que sean más activos en debates sobre derechos reproductivos o políticas de drogas, donde podemos actuar en conjunto. En las materias donde subsiste la discrepancia, bienvenida sea.

Link: http://www.ciudadliberal.cl/?p=16361

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