TRUMP Y LA CRÍTICA AL LIBERALISMO

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 25 de noviembre de 2016)

El shock mundial de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos ha gatillado una serie de reflexiones. Aquí quiero concentrarme en una lectura recurrente en los medios anglosajones y repetida en la periferia que le sirve como caja de resonancia global: que la culpa de este desenlace la tienen los liberales.

La tesis es más o menos la siguiente. Los liberales estadounidenses –tal como los liberales británicos frente al Brexit- subestimaron olímpicamente a su rival. Insistieron en tratar de ignorantes a quienes apoyaban a Trump. No se cansaron de apuntar con el dedo a sus cavernarios compatriotas. En lugar de defender sus valores progresistas por la vía argumental, se deshicieron en insultos. Desde la isla de la corrección política, sencillamente no fueron capaces de entender las razones de la discrepancia. Tras escandalizarse, se solazaron en su supuesta superioridad moral e intelectualmente. ¿Qué persona en su sano juicio, parecían preguntar, podría entusiasmarse con Trump –o con el Brexit- salvo que se tratase de racistas, homofóbicos, misóginos, xenófobos, fanáticos o completos analfabetos? Ese habría sido el problema central del mundo liberal, ése de cacareada vocación demócrata, ése que junta izquierdistas sofisticados, defensores de la cultura ilustrada, cosmopolitas evangelizadores, conciencias ecológicas e igualitaristas de salón.

La culpa, en resumen, habría sido de quienes perdieron por no saber interpretar contra quiénes estaban compitiendo. Resulta que no estaban compitiendo contra un ejército de trogloditas, sino contra los perdedores de la globalización, aquellos que por diversas razones no se han comprado las imposturas de la elite ni se han adaptado a los vaivenes de la posmodernidad. En síntesis, los votantes del Brexit y de Trump no serían villanos sino víctimas incomprendidas por la arrogancia liberal. He ahí los vulnerables a la inmigración, a la disrupción tecnológica, a la ética de los filósofos. ¿El perfil? Hombres blancos, mayores de cincuenta, con pocos años de educación, lejos de las urbes más vibrantes en términos de intercambio económico y cultural. Lo que hizo Trump, de acuerdo a esta teoría, fue apenas ponerle voz a esa mayoría silenciosa que se quedó debajo de la mesa, y que hoy se queja tirando del mantel. Los liberales debieron escuchar ese quejido inarticulado, esa indignación postergada, antes que descalificar la rabia por escasamente sofisticada.

Sin embargo, es un error tragarse esta tesis de moda. Frente a la descorazonadora derrota, se hace necesario distinguir dos dimensiones de la conversación. Una es estratégica, y apunta a los defectos actitudinales de la tribu liberal frente a sus contradictores. La otra es normativa, y se refiere a los valores que corresponde defender.

En la primera dimensión, la crítica puede ser correcta. Se nos hizo fácil tratar al adversario como si fuese portador de una enfermedad cognitiva. No hay peor táctica, si se quiere persuadir a alguien, que tratarlo de tarado, inculto o ignorante. La soberbia es pésima aliada en campaña. Pero ese problema estratégico es independiente del fondo de la discusión. Los liberales pueden y deben insistir en la robustez política y moral de sus principios. De acuerdo: no sirve caricaturizar a Trump como un monstruo. Pero eso es distinto de relativizar la narrativa que puso en movimiento. En ese sentido, la diferencia que existe entre Trump y Obama es oceánica: mientras el primero pone acento en la idea de grandeza nacional a partir de la exclusión del otro, el segundo ha hecho carrera encarnando la esperanza de un mundo en el cual podamos vivir todos como iguales. Mientras Trump escoge reforzar los prejuicios de su audiencia para profitar del temor, Obama pide apertura mental para abrazar las condiciones de un mundo diverso. Insisto: no todo lo malo es Trump ni todo lo bueno es Obama. Pero el contraste no puede suavizarse: los discursos de uno y otro encienden el espíritu, pero uno alimenta las sombras y el otro busca sus luces. Basta con advertir el efecto alentador que ha tenido el triunfo de Trump sobre algunos grupos funestos y abiertamente incitadores al odio.

No desconozco las historias de postergación que inflamaron la reivindicación blanquista –los leños de la locomotora Trump. Ellas nos ayudan a entender el origen del miedo, de la inseguridad y del resentimiento. Pero apreciar la sinceridad de aquellos sentimientos no equivale a condonar todas sus expresiones. Estamos programados para buscar culpables. Ahí está el extranjero, el musulmán, el ecologista, el homosexual, el negro, etcétera. Pero la mayoría de las veces no es intelectualmente honesto ni normativamente justo. Denunciar los discursos fácticamente falsos o moralmente cuestionables no es, en sí mismo, arrogante. Tampoco es empíricamente correcto el relato del multimillonario que se transforma en el campeón del pueblo. Su base electoral fue la clase media y parte importante del mundo que teme perder sus privilegios. Es normal votar por interés. Pero no lo transformemos en un grito de justicia. Que la elite progresista no comprenda a cabalidad los avatares de la clase trabajadora es una cosa. Otra distinta es una elite reaccionaria y nostálgica que rapiñe de esa falencia.

En resumen, que la torpeza estratégica liberal para interpretar su entorno no arroje por conclusión que las posiciones en competencia eran moralmente equivalentes. No lo son.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2016/11/24/151154-trump-y-la-critica-al-liberalismo

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